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jueves, 6 de julio de 2023

El jardín inglés (relato por encargo)

Hace menos de dos años dirigía el área de Difusión y Actividades de la Biblioteca Pública de Palma de Mallorca. Un día la semana coordinaba un club de lectura en la Casa de la Cultura de Santa Ponça. Conquense, fue mi primer destino como bibliotecario. Vivía en can Capes, un barrio de la periferia. Mi compañera, mallorquina, Paula, trabajaba en la redacción de una revista de viajes y promoción del turismo. Habíamos encontrado a través del Editor Jefe un piso con tres habitaciones, salón y terraza construido en los años noventa y una renta favorable. Era el tercero de un edificio de alquiler de cuatro plantas y un bajo que ocupaba doña Mercé, la conserje, una viuda catalana que había pasado los sesenta y perdido a su marido, sargento jubilado de los Mossos D’Esquadra, en la primera oleada del covid. Entrometida de oficio pero de temperamento afable vivía con su hijo único, Agustí, treintañero de pocas palabras, cuya principal ocupación, aunque no la única como supimos después, consistía en arreglar las chapuzas menores de la comunidad y contratar a los profesionales que se encargaban de las mayores a comisión con el administrador de la finca. También hacía portes esporádicos con su furgoneta. El inquilino del primero era Jaume, un cocinero de edad indefinida de la Transmediterránea, que pasaba a bordo mucho más tiempo que en su piso al que volvía en los períodos de descanso acompañado de una cuarentona teñida de rubio, la blonda, que hablaba español con acento francés. En el segundo, pasaban las vacaciones un matrimonio gay de alemanes jubilados. Gerhart, el mayor, decía que había subido casi todos los peldaños del escalafón del Deutsche Bank hasta acabar como gerente de empresas. Según me contó, un atardecer que paseaban del brazo por la playa de Andratx, había cambiado la captación clientes por la “alegría de vivir”. Günther, había sido ayudante de restauración en el Dresden City Museum y ahora dedicaba parte de su tiempo al estudio de la alfarería y cerámica balear. En el último, vivía Aurora, funcionaria del Ministerio de Hacienda, que se había trasladado desde Soria cuando nació su hija Jasmina debido a los prejuicios provincianos hacia las madres solteras. Estoy convencido de que me contó la mitad de la mitad. Ahora Jasmina era una adolescente a la deriva de los cambios hormonales, como todas.

El edificio tenía un patio exterior tapiado que bordeaba la parte trasera de unos quinientos metros cuadrados donde estaba previsto construir una piscina y un parque infantil. Los recortes presupuestarios habían parado el proyecto y condenado el patio al matorral y a las malas hierbas. Al llegar la primavera, los alemanes pidieron a Don Tomeu, propietario del inmueble, permiso para transformar el patio en un espacio comunitario “con fines recreativos y de mejora”. Las explicaciones del restaurador sobre decoración urbana y los del banquero sobre revalorización fueron decisivos para su conformidad. Para informar a los vecinos de las bondades del asunto y comentar los detalles nos invitaron a tomar el aperitivo en una conocida terraza del paseo marítimo. Incluso el marino y su amiga acudieron a la cita. Entre copas de rosado, queso palmero y tostas de sobrasada nos contaron que el proyecto era la imitación de un jardín inglés. El exbanquero tenía una notable elocuencia. El jardín inglés –leyó Günther de una revista que sacó del bolsillo- busca la imitación de la naturaleza virgen, aunque esta representación espontánea sea en el fondo el resultado de un elaborado proyecto artístico. El ideal del jardín inglés es lograr un entorno sorprendente, innovador, con el aspecto de un lugar que no ha conocido la mano del hombre… Me suena esa revista pedante, me susurró Paula al oído.

Nadie se opuso, al contrario, Don Tomeu lucía una corbata con alfiler regalo de los nuevos vecinos. Doña Mercé anunció su intención de plantar pepinos y tomates y la madre de Sara laurel, perejil y cilandro. Paula compraría macetas en Juanito Vivers para adornar el patio, el cocinero convino en que se trataba de una idea estupenda pero por desgracia su trabajo no le permitía colaborar lo que hubiera deseado. En fin, en menos de un mes los emprendedores alemanes convirtieron el patio en un vergel con trochas y papeleras. Doña Mercé y su hijo, se ocupaban de la llave.

A las dos semanas de concluir los trabajos de horticultura, cuando me despejaba de la siesta, Paula y su joven amiga Beatriu, graduada en ciencias del mar, entraron alteradas en mi dormitorio:

- ¡Los alemanes, gritó Paula, los mamones han plantado un campo de marihuana en el patio!

- No cabe la menor duda, añadió su amiga. Sé distinguir un alga verde de una planta de cannabis sativa (los tres fumábamos regularmente). Mira (y esparció unas hojas cortadas sobre la mesa).

- Tiene buena pinta, comenté soñoliento.

Al día siguiente hice una visita a la pareja con el pretexto de pedirle consejo a Gerhart sobre posibles inversiones en bolsa. Nada serio, dije. Me contestó que lo pensaría antes de darme una respuesta, aunque por su gesto torcido tuve la impresión de que sabía de finanzas lo que yo de pesca submarina. Decidí no apretar más el lazo con la opinión de Günther sobre los pintores catalanes en Mallorca; sin más desvié la conversación hacia lo que me había llevado a su puerta.

- Compartimos el edificio desde el portal hasta la antena colectiva pasando por el jardín. ¿No deberíais haber informado al propietario y a los vecinos de lo que os trajináis? Podéis meternos en un buen lío. Antes de una semana, sugerí sin amenazar, tenéis que quitaros de en medio con las razones que os convengan. Labia no os falta. Después me despedí cordialmente de dos estatuas de sal.

En las cálidas noches mediterráneas un suave aroma dulzón subía hasta el cielo delante de nuestras narices. Y eso era todo. Por supuesto, no cortamos ni una planta aunque nos moríamos de ganas. Los vecinos no notaron nada raro y yo no era el pregonero del barrio.

Un domingo por la mañana, cuatro días después de mi amistosa charla con los del segundo, estaba todavía en la cama, cuando Paula salió de la terraza donde le gustaba desayunar temprano en compañía de la prensa digital.     

- Echa una ojeada a la calle, exclamó, no es posible, los dos tortolitos de la mano, esta vez con esposas y a punto de subir a un coche de la pasma. Espero que no tengas nada que ver, susurró.

- Estoy tan pasmado como tú, contesté con sinceridad.

Fue el final del jardín inglés. Había sido Blonda, aficionada a liarse algún que otro porro, quien se percató del chiringuito y dado el pitazo. Días más tarde, en comisaría, nos tocó como a los demás inquilinos, contestar a las preguntas del inspector Palomeque de la brigada de estupefacientes y asistente asiduo al club de lectura en Santa Ponça:

- No, no sabíamos lo que cocinaban esos turistas. No los tratábamos casi, eran muy reservados, sabíamos que estaban casados, nos lo dijo la portera, parecían personas respetables, no recibían visitas, créame ha sido una desagradable sorpresa. Sí, continué, alguna tarde me di una vuelta por el jardín, pero aunque no distingo una rosa de un clavel me llamó la atención que todas las plantas fueran muy parecidas…

El inspector sacó del cajón de su despacho una pitillera de cuero, cogió un purito, lo encendió con calma, saboreó el humo y se tomó su tiempo para exhalarlo. Después nos miró fijamente.

- Escuche y no me joda bibliotecario, estoy seguro de que estaban al tanto: hablan español perfectamente, no son alemanes sino polacos procedentes de Austria. Todo lo que les han contado son patrañas. Los teníamos en el radar desde que llegaron a Palma hace un año. No están casados, les gustan las putas caras y en todo caso su vida privada es suya. Creemos que en la isla actúan varios grupos que no se conocen entre sí aunque es evidente que trabajan para alguien que da las órdenes, almacena y mueve la venta. Es la reina de una colmena de avispas asiáticas; primero crea un nido primario, luego el secundario y después el terciario y así sucesivamente si no se corta el rollo. Sospechamos de quien se trata pero todavía no podemos probarlo. Cultivan la yerba en los sitios más increíbles, huertos, piscinas vacías, caserones antiguos, locales abandonados convertidos en invernadero con luces, ventilación y un sofisticado sistema de riego. Hemos confiscado este jardín de las delicias y ocho más. En total más de treinta kilos de marihuana de primera clase. A diez euros el gramo su precio en el mercado sería de trescientos cincuenta mil dólares. Creemos que los polacos la colocaban en pequeños alijos para que no se notara la siega y evitar sospechas. Sabemos que el encargado de trasportarla hasta una nave de logística es Agustí, el hijo de la conserje; no descartamos que esté implicada. Tampoco es un asunto demasiado grave mientras sólo se trate de marihuana.

Soy un decidido partidario de la legalización de la marihuana, le dije a modo de despedida. Yo también, me respondió, me evitaría un montón de problemas. Como me cae bien, soy un bocazas y parece sacado de la última novela de intriga que nos recomendó le voy a poner al tanto. Les dimos carrete a los transportistas que entregaban la mercancía en la nave. Luego los trincamos a todos excepto a la reina. Nadie conocía a nadie. Sus vecinos me intentaron convencer de que la plantación estaba destinada a la industria farmacéutica en general. Tenían cuentas en un banco de Andorra que nos toreó con su alto nivel de discreción operativa y legal. El abogado de oficio (no conocían a ninguno español) en cuanto se percató del embrollo les aconsejó que el mejor favor que se podían hacer era colaborar en la investigación. Y puerta. La nave era una empresa pantalla registrada en Gibraltar. El encargado no sabía nada, por supuesto. Nos mostró solícito los registros de entrada de los paquetes. Coincidían en fecha y hora con los portes de los detenidos. No me molesté en pedirle los registros de destino porque me hubiera encontrado con otro pantallazo. Puede que estuvieran todavía en el almacén, pero no era cuestión de pedir al juez un orden para inspeccionar todos los posibles paquetes de la puta marihuana… Lo que me preocupa es que sea una maniobra de distracción, un señuelo para tener ocupada a la brigada de estupefacientes mientras que la reina madre se dedica a introducir en las islas a doña blanca, el caballo y la pastilla roja. Estamos en ello. Pronto se enterará por la prensa. Por cierto, Don Tomeu, mallorquín de toda la vida, es propietario de otros cuatro inmuebles de alquiler repartidos por Mallorca. Todos adquiridos en los tres últimos años. Ninguno con patio trasero. Si lo hubieran tenido, incluso sembrados, estaría menos preocupado. En todo caso está fuera de mis competencias. Otros están en ello. Apagó el purito en el cenicero, se dio media vuelta y empezó a tararear en nuestras narices:

El patio de mi casa

es particular.

Cuando llueve se moja

como los demás...

miércoles, 16 de enero de 2019

Hercule Poirot


Para mí hay tres grandes detectives en el mundo de la literatura: Sherlock Holmes de Arthur Conan Doyle, el Padre Brown de Gilbert Keith Chesterton y Hercule Poirot de Agatha Christie. No soy muy original, lo reconozco. A los dos primeros les he dedicado un artículo en este blog. Vamos con el tercero en  sabrosa compañía de sus ilustres colegas.
Es evidente que a Agatha Christie le interesó mucho marcar las diferencias entre su personaje más célebre, el detective belga afincado en Inglaterra (se exilia en Inglaterra tras la ocupación alemana de Bélgica durante la Primera Guerra Mundial), y el más grande de los sabuesos literarios. Todo son contrastes: Poirot es un hombre de mundo, bajo, rollizo, cabeza ovoide, pendiente de su forma impecable de vestir así como de su engominado mostacho, el más cuidado de su época según las crónicas. Lo más atractivo de su figura son sus ojos verdes de gato que brillan cuando vislumbra un hallazgo crucial. Al revés que Holmes, que utiliza una indumentaria convencional, abrigo y gorra incluidos (excepto cuando se disfraza) y está siempre apremiado por encontrar un caso a la medida de su talento (y si no chute de cocaína y violín lamentoso), Poirot ya no desea ejercer como detective porque a la altura en que nos lo presenta la escritora en sus aventuras más famosas tiene una abultada cuenta corriente debido a sus anteriores éxitos, la mayoría legendarios y muy bien pagados. Se sabe que entre las dos guerras mundiales, recorrió Europa y Oriente Medio, resolviendo problemas en los que estuvieron involucrados personajes de la alta sociedad e, incluso, de la realeza. Ahora (alrededor de 1935) sólo desea disfrutar de una vida viajera, gastronómica y de lujo. A Poirot los casos le caen encima en circunstancias imprevistas e inexcusables: por supuesto un misterioso asesinato cometido delante de sus engalanadas narices, que, le obligan, a pesar de sus sinceras protestas, a tomar cartas en el asunto. Al final, le puede el instinto del viejo cazador fascinado por las brumas del misterio y lo insólito del caso. Se trata, por tanto, de un detective retirado que, como el Padre Brown, se tropieza indefectiblemente con laberintos criminales de una gran complejidad intelectual que, como a Holmes, le permitan poner en funcionamiento la formidable maquinaria de sus células grises. El más simple en su vestimenta es el padre Brown, antítesis de Poirot, cubierto con su grasienta sotana, su papista sombrero de teja y un enorme paraguas. A su vez, Holmes es el más excéntrico, seguido de Poirot y el inefable Padre Brown (del que ignoramos los detalles de su vida privada).
Otra diferencia es el lugar donde viven. La casa del primero refleja su carácter ordenado, metódico, simétrico: un cuadro torcido, una mantelería mal puesta pueden privarle del sueño. Las habitación que Holmes comparte con Watson en la calle Baker es caótica, desordenada y usada para fines experimentales de todo tipo (química, balística, anatomía comparada, resistencia de materiales…). Nada conocemos, aunque nos lo imaginamos, de las celdas monacales de las parroquias dónde ejerció el Padre Brown: una cama sencilla a juego con una mesa y una silla, un montón de libros apilados en el suelo, en la cabecera un crucifijo de madera.   
Otra distancia notable es que mientras Holmes soluciona sus casos en Londres o en sus alrededores (como mucho toma un tílburi o un tren de cercanías en la Estación Victoria), Poirot es un detective cosmopolita, amante de los mullidos camarotes de primera clase o de las confortables cabinas de la Compañía Internacional de Coches Cama: muchos de sus crímenes más famosos ocurren incluso fuera de Europa, como recuerdan los amantes del género. Es cierto que Holmes también cuenta entre sus clientes con algunas de las testas coronadas más célebres del viejo continente, pero finalmente todas acaban llamando a la campanilla de la calle Baker. También el Padre Brown se relaciona en ocasiones con los embrollos de las capas más altas de la sociedad para hacerles comprender, cuando cae el telón, la necesidad del único camino y la vaciedad de la vanitas
Pero quizás la gran distancia entre los tres detectives está en sus métodos. Holmes es logicista, Poirot psicologista y Brown espiritualista. Holmes utiliza el método inductivo, no aventura hipótesis, lo que le interesa es la colección de datos, el filtrado de los hechos relevantes de los irrelevantes y su afán por construir una teoría que abarque todos los datos empíricos significativos. Los sospechosos encajan o no en los hechos lógicamente ordenados hasta que por destilación se descubre la secuencia completa del crimen y el culpable acaba entre rejas. Los actores del drama están, en cierto modo, “cosificados”.
Poirot se interesa, por supuesto, por los hechos pero sobre todo por la personalidad de cada uno de los personajes. Para avanzar con paso firme en la urdimbre del enigma les hace a cada uno las preguntas que, acordes con su forma de ser, resultarán productivas. En realidad, para Poirot no hay propiamente hechos objetivos sino perspectivas subjetivas desde las que los hechos afloran, salen a la luz y cobran sentido después de que cada actor enfoque o desenfoque su relato. La forma de interrogar es básica. Una pregunta aparentemente neutra dirigida incorrectamente puede diluir la semilla de un hecho como si la hubiéramos teletransportado, alejarnos de la verdad y hacernos perder un tiempo inestimable (¡El asesino no duerme!). Poirot exprime a los testigos con preguntas sorprendentes, incluso extravagantes, cuya intención pasa inadvertida incluso para los expertos policías. Esta es su manera de desvelar lo oculto aunque esencial. De ahí que la paradoja que nos engancha surja de la forma en que los distintos personajes explican lo que vieron o escucharon (o creyeron ver o escuchar). También se interesa por la interpretación que alguien hace de la interpretación de otro o de varios. De ahí la teatralidad, el estilo indirecto, retórico, grandilocuente de sus interrogatorios frente al carácter conciso, preciso y nada ampuloso de los de Holmes. Como el Padre Brown, el fundamento de sus éxitos (antes de exiliarse, Poirot fue uno de los miembros más famosos de la policía belga) es el análisis de la condición humana en sus múltiples facetas. Eso le permite convertir los detalles más nimios en pistas relevantes e inversamente, rechazar los hechos inmediatos, evidentes, como sendas perdidas. Lo que tiene vital importancia surge del mundo de la vida no de las huellas dactilares. Lo que cuenta no el puñal que se utilizó sino por qué ese y no otro y quién lo escogió.
El padre Brown va acaso más lejos al transformar lo sobrenatural en natural, lo milagroso en racional, lo trascendente en humano, demasiado humano. Todavía más que su admirado Tomás de Aquino, separa radicalmente razón y fe. Su método se basa en la empatía con la mente criminal. Por sus dotes introspectivas y su profunda comprensión espiritual de la naturaleza humana es capaz de ponerse en el lugar de la intención más perversa, penetrar en los motivos más impúdicos y en los planes más antinaturales… Su capacidad de adivinar los oscuros meandros del libre albedrío para apartarse de la ley moral (el demonio existe) le permite intuir primero, deducir después y por último simplificar lo acontecido. El tema central de los enigmas del curita católico es la magnitud del Mal en el mundo por lo que la resolución del caso es en primer lugar una invitación a la reflexión ética. El Padre Brown es más un filósofo que un psicólogo y más un psicólogo que un científico.
Poirot es el más vanidoso de los tres (se llega a considerar el detective más grande del mundo). Después Holmes, que se ruboriza como una jovencita cuando le alaban (y en el fondo piensa lo mismo) y por último, a años luz, el Padre Brown, humilde, sencillo y nada narcisista. El egocentrismo de Poirot se muestra en lo que podemos llamar la puesta en escena final del crimen. Una representación en la que todos, sospechosos, inocentes, culpable y lector asisten pasmados a la explicación de lo inexplicable. En realidad, los tres grandes, cada uno a su manera, deben rendir cuentas al lector.
Si quieren conocer más y mejores detalles les remito a esta estupenda entrada del blog Mis detectives favoritos creado por Santiago Rafael Roncagliolo.

domingo, 18 de octubre de 2015

Henri Rousseau, un negocio rentable


La semana que viene estaré jubilado. He trabajado durante cuarenta años como funcionario de aduanas en la Oficina de Recaudación de Arbitrios de París y estoy harto de pudrirme encadenado a un escritorio cubierto a reventar de carpetas polvorientas y legajos grasientos. Desde hace meses medito la manera de invertir mis ahorros amasados durante décadas de austeridad y rutinas baratas.
Me encanta la naturaleza, tengo unas ganas locas de vivir en el campo, lejos de una ciudad que la gente considera el centro del universo. En el fondo de mi alma soy un un agricultor y un ganadero lo mismo que mis ancestros del neolítico que poblaban los fértiles valles del Loira. He manejado tres opciones: comprar una casa rural en la Francia profunda para cultivar marihuana y venderla a los laboratorios médicos, obtener una licencia profesional para criar perros de raza épagneul-breton en una aldea perdida o crear una granja de vacas lecheras no muy lejos de una ciudad (el transporte es oro). Finalmente me he decido por la tercera. Tras largas y sesudas consultas parece el negocio más rentable.

- ¡La vache (aulló mi mujer tras conocer mis bucólicos planes); no acabo de comprender si es un pretexto para dejarme o eres idiota perdido! No pienso calentarme la cabeza averiguándolo. En todo caso, deberás decidir antes de una semana: las vacas o yo.

-No te cambiaría, querida, por media docena de vacas. En cuanto a mi capacidad mental, de la que sólo dudas cuando pierdes los nervios, no hay mejor prueba que la audacia de este proyecto. Confía en mí, jamás te he fallado.   

- ¡Estás completamente loco, clamó mi querida levantando las palmas al cielo (llevo años engañando a mi mujer que prefiere no hablar del tema)! Por quien me has tomado, capullo, yo no soy la vaquita que ríe tus gilipolleces. Con una vaca lechera en la cama, tu legítima, ya tienes bastante. Yo me largo. Se me ocurren varios chistes relativos a los cuernos. Por cierto, qué piensa ella de esta sandez.

- Es comprensiva, tolerante, me quiere de verdad y ha comprendido mis planes, me esperará en París, lealmente, fielmente, hasta que algún día vuelva para siempre.

- No me creo una palabra. Me dan ganas de llamarla para que  te tragues tus mentiras, aunque no hace falta, me imagino lo que ha dicho.

- ¡Haz lo que te dé la gana! Me dijo mi hija por Skype desde Dijon. Con tus majaderías estás convirtiendo mi herencia en bosta de vaca, ¿por qué no te dedicas a jugar a la petanca en el parque del barrio como todo el mundo? Vas a acabar en el asilo antes de lo previsto.

- Contesto a tus objeciones: pienso doblar tu herencia en menos de un año; jugar a la petanca jubilado es poner un pie en la tumba, además, como afición prefiero dedicarme a la pintura; la vida de madrugón y ordeño prolonga tu estancia en el mundo. Espero que vengas a verme con tu marido y mis nietos.

Alertada por mi hija, mi madre, biznieta de un oficial del emperador, no tardó en darme su opinión.

- Mira Henri, tu padre era un modesto hojalatero que no pudo darte una carrera pero si levantara la cabeza y supiera de tu amor por las vacas te colgaría un cencerro al cuello y te pasearía por el pueblo atado a una maroma. ¡Deja de delirar ahora mismo, es una orden!

- Siempre he considerado, madre, que te guías por la discreción pero probablemente ofuscada por los juicios precipitados de mi hija esta vez no es así. Yerras en lo de mi amor por las vacas pues nada personal hay en ello y es tan solo un negocio. También te equivocas en lo que haría tu marido si saliera de la tumba como Lázaro. Pasearíamos los dos por Laval, cierto, pero otros que se tienen por cuerdos llevarían la maroma y el cencerro. Tu hijo, que te quiere, no puede, con pesar, obedecerte. Atentamente...

Por fin ha llegado el momento de tomar la decisión. El problema es que he recibido una rígida educación puritana, no soy el clásico católico, honesto a veces, creyente a tiempo parcial. Corre por mis venas la sangre de los hugonotes masacrados en la noche de San Bartolomé. Me considero entre los elegidos, soy intachable incluso cuando sueño. ¿Mi mujer, mi amante, mi hija, mi madre? Sigo los dictados del fundador de las iglesias reformadas, Martin Lutero: Peca fuertemente, pero cree todavía con más fuerzaA pesar de mi pesimismo sobre la condición humana, si tengo que escoger entre los animales y las personas prefiero en general las personas; sin embargo, movido por mi  profundo calvinismo, llevado por el afán del éxito mundano como signo seguro de salvación, si hay que elegir entre las personas y el dinero, por ejemplo, una inversión rentable en vacas lecheras, prefiero el dinero. Es la divina predestinación, lo dicen los evangelios. Por tanto, he dado un telefonazo al director de Gestel, una empresa de alquiler de vacas cerca de Lyon. Adelante. El próximo lunes me iré. A partir de ahora comienza el primer día de mi nueva existencia.

martes, 1 de septiembre de 2015

Jacques Carelman, la cuna bañera


A causa de la crisis se han puesto de moda los “objetos multifunción”. El polifacetismo es tendencia. La familia mira el dinero que invierte en el hogar. El espacio de las casas es cada vez más reducido. Las habitaciones de nueva construcción son más pequeñas por lo que resulta imprescindible calcular las posibilidades exactas de acoger a las personas y a las cosas. Si usted tiene niños pequeños o tiene que hacer un regalo realmente útil le ofrecemos una excelente solución a los problemas de espacio y de dinero: la Cuna-Bañera, una revolucionaria innovación en el mundo del diseño.
La CB es, por supuesto, convertible. En el jardín de la casa se transforma en una estupenda camita que permite al niño disfrutar de una confortable siesta al aire libre sin los inconvenientes de la silla tradicional. Si preferís que vuestro hijo se bañe tranquilamente mientras arregláis la manguera, cortáis el césped o regáis las flores, lo que necesitáis es una CB
La enumeración de sus ventajas es interminable. Si os vais unos días a la playa, el niño dispondrá de una pequeña piscina privada que podéis llenar de agua salada o dulce con solo poneros cerca del mar o de la ducha. Al ser totalmente desmontable la bañera puede convertirse en una barquita de remo para jugar en la orilla. Si practicáis los deportes de invierno, puede utilizarse como un cómodo trineo para descender suavemente por la nieve ya que su material pulimentado es capaz de deslizarse por pendientes de bajo desnivel.
Si viajáis en coche cama, la CB es el complemento ideal para un lugar estrecho además de una hucha al no tener que pagar más literas. Cuando el niño crezca, la bañera os servirá de recipiente original para guardar cualquier cosa, balones, cremas de belleza, películas grabadas... También puede servir de macetero para alegrar con plantas de interior la terraza de servicio. Para los aficionados al golf es una excelente herramienta de entrenamiento dentro y fuera del hogar: desde la alfombra del salón o el césped del jardín podéis chipear hasta llenarla de bolas. Finalmente, cuando hayáis decidido no usarla, podéis regalársela a vuestra hermana o a vuestra mejor amiga para celebrar sus embarazos.
Se vende aparte un accesorio premium pensado para que su bebé tenga un sueño plácido y usted se sienta libre. Se trata de un motor adaptable a las ruedas del cochecito denominado perpetuum mobile que permite regular el movimiento que mece la cuna. Incorpora un cronómetro que sirve para programar el tiempo de balanceo. Tiene tres velocidades ajustables, una radio con auriculares y un lector de Cd por si su bebé tiene el hábito de dormirse escuchando nanas o cuentos infantiles. El accesorio lleva un multisensor de sonido, temperatura y luminosidad. Todos los parámetros pueden ser controlados mediante un mando a distancia audio-video con un radio de acción de más de cien metros. ¡En todo momento puede ver y oír a su bebé e incluso comunicarse con él por videoconferencia!        

Con la Cuna-Bañera la vida cambia, cada plan es diferente, se abren nuevos proyectos. Si no la tenéis aun, ha llegado el momento. Si la adquirís a lo largo de esta semana recibiréis también en vuestro domicilio una sombrilla-paraguas que se coloca sobre la CB. No lo dudéis ni un instante. Será vuestra compra del año. Solicitadla llamando por teléfono al número gratuito… o desde nuestra página web… ¿Quién da más por menos?

viernes, 24 de julio de 2015

Honoré Daumier, abogados y burócratas


Ha sido finalmente la ciudadana Thérèse Lagarde quien ha conseguido el primer premio en el popular concurso La varita del hada. Como es sabido, el programa se celebra en Francia cada tres meses en la cadena privada de televisión France Loisir (RFL).
Cada emisión varía el tema del concurso. Los últimos han sido las medidas más audaces para superar el racismo en Francia o las formas más insólitas de engañar a tu pareja sin que sufra. La parafernalia es notable: los patrocinadores (las grandes firmas del negocio multimedia), la presencia en el escenario de figuras del espectáculo, la política o el deporte, las bellas animadoras, los números musicales, han logrado, en fin, que el índice de audiencia se dispare hasta las nubes.
Se trata de un concurso con jurado caviloso, finas impugnaciones, conexiones con sabios del ancho mundo, ayuda del equipo del concursante y la intervención del público a través de los canales del programa. Tras cuatro semanas de competición, el vencedor sube al podio nimbado de gloria y una suma más que generosa en el bolsillo. La ganadora se embolsará esta vez la nada desdeñable cifra de seiscientos mil euros.
Sobre el tema elegido, leemos en la web oficial de la RLF www.franceloisirlabonnefée.fr: Se tendrá en cuenta la idea más original que el participante proponga acerca del concurso a fin de incluirla de modo inmediato en la primera de sus bases. El programa, por tanto, se piensa a sí mismo, lo que implica su desliz a la fase barroca y un barrunto de declive y extinción. Se incluye además la obligación de que la idea ganadora deberá ser aplicada al pie de la letra en la presente edición como condición necesaria del premio. Es evidente que los promotores han decidido esta vez ser más fieles que nunca al famoso lema del concurso: El hada te concederá un deseo si se lo pides con talento
El título de la idea premiada de Lagarde, una joven licenciada en ingeniería civil, ha sido nada más y nada menos que: ¡Tirad el dinero por la ventana! En ella se precisa que la mitad del premio (o sea, 300.000 euros) deberá ser lanzado a la calle desde el balcón consistorial de la alcaldía de la ilustre ciudad de… (donde ella reside) en fecha por determinar. La cantidad restante será del ganador.
Y aquí comienzan los problemas. El Alcalde de la ciudad, tras largos debates en el Concejo Municipal, ha considerado la idea demasiado chabacana. Un portavoz autorizado ha declarado que sólo se accederá si la excéntrica condición va acompañada de una cierta detracción de fondos a favor del municipio que justifique el permiso oficial, por ejemplo 60.000 euros destinados a fines de interés general. Los promotores, a través de su servicio jurídico, han objetado que tal desvío de fondos no está contemplado en las bases del concurso. Tendría que ser la ganadora la que, a título personal, hiciera la donación, lo cual comunicamos a la interesada Doña… a todos los efectos.
A esto se añade otra pega: Monsieur Armand Garaudy, oficial superior de la Gendarmería, ha confirmado, tras los pertinentes informes, que la iniciativa es de alto riesgo para el orden público y la integridad física de los asistentes. Dicho con sus palabras en rueda de prensa: Si tal idea se llevara a cabo podríamos asistir a la mayor manifestación que haya tenido lugar en esta ciudad desde la liberación de Francia en 1944. Si seguimos adelante, el circo está servido. El oficial Garaudy, persona de verbo (y trago) fáciles, se ha arrancado a continuación con una canción de Edith Piaf, imitando la “erre alveolar arrastrada” de la gran cantante.
Emportés par la foule qui nous traîne
Nous entraîne
Écrasés l'un contre l'autre
Nous ne formons qu'un seul corps
Et le flot sans effort
Nous pousse, enchaînés l'un et l'autre
Et nous laisse tous deux
Épanouis, enivrés et heureux.
Por su parte, los abogados de Thérèse, seguramente inspirados en su ingenio, han propuesto un saludable ménage a quatre, es decir, un acuerdo que satisfaga al alcalde, a los promotores, a la gendarmería y, por supuesto, a ella misma. He aquí los términos: El Ayuntamiento recibirá la cantidad prevista como donación. Asimismo, la Gendarmería recibirá igual cantidad por su colaboración, sin entrar en más detalles. La joven, por su parte, ingresará los seiscientos mil euros en una cuenta del BNP a su nombre. Un día tras otro, excepto los fines de semana, Thérèse tirará desde el balcón consistorial, al que le facilitarán el acceso, una moneda de un céntimo, lo cual supone un total de 365 céntimos al año, excepto los bisiestos, hasta cancelar la cifra fijada.

La alcaldía y los gendarmes están de acuerdo (la primera con una clausula de revisión del seis por ciento cada cinco años, los segundos con una aportación anual de seis mil euros a su fondo de pensiones). Sin embargo, el servicio jurídico de los patrocinadores ha alegado que en las bases del concurso se dice literalmente se tirará el dinero desde el balcón consistorial; y el dinero hay que entenderlo necesariamente como la totalidad del dinero sin partes ni cortapisas. Los abogados de Lagarde replican que tal necesidad es una mera conjetura y que el dinero, puestos a matizar, es algo que está sujeto por naturaleza a partes o fracciones que en este caso van desde los billetes de 500 euros hasta la moneda aludida en la propuesta. Con buen criterio, los promotores, por razones de popularidad (las encuestas los ponían de vuelta y media) y los costes legales hasta el día del Juicio Final, han decidido aceptar los términos del acuerdo.

El semanario Elle toujours, de corte feminista, ha conseguido la primera entrevista con Thérèse (en círculos próximos se comenta que el precio de la exclusiva ha cubierto con creces los gastos). En ella, la ingeniera desgrana sus jugosas opiniones. Dice de sí misma, para salir al paso de ciertos rumores, que no es introvertida ni tímida: Decididamente no me gustan los tímidos. La mayoría no dice nada porque nada tiene que decir, no oculta nada porque nada tiene que ocultar. Hace dos años me enamoré de un hombre tímido: su aura de misterio, su ensimismamiento, sus momentos delicados, los silencios... Al final eran depresión. Sobre el feminismo afirma que es una solemne estupidez porque su punto de partida es la inferioridad de la mujer. Otra perla: No me interesa la política. Las mujeres y los hombres más inteligentes, más valiosos, más capaces, jamás se dedican a la política. Los “argumentos políticos” solo son justificaciones de los prejuicios de cada cual.  
Al preguntarle la reportera  en la segunda página si por curiosidad había calculado cuántas generaciones de herederos la sucederán hasta que dentro de seis mil años se arroje por la ventana el último centavo, la astuta joven le ha respondido con una canción plena de sabiduría mundana:
La vie est belle même si c’est vrai qu’parfois le destin s’en écarte.
Faut vivre ta vie comme si tu mourrais demain.
Profite de chaque instant avant qu’la mort vienne te dire faut qu’tu partes.
Car il sera trop tard pour te reprendre en main.
Posdata. Cuando Thérèse deposite el dinero en el BNP, esta centenaria institución le dará una tasa mínima de interés del 5% a plazo fijo anual revisable igual o al alza. ¡Hagan ustedes mismos las cuentas!

viernes, 10 de julio de 2015

Puccini, una semana en la buhardilla


Soy un solterón divorciado. Desde que me abandonó mi ex he olvidado las benditas rutinas y la mejor versión de mi mismo. Su punto de vista es que soy honesto con todo menos con ella. Ahora vivo en un mundo en el que cada mañana tengo que imaginar lo que sigue. Me he pasado el primer año maldiciendo la puta independencia. Creo que solo el hábito y los errores pueden simular la ilusión de ser felices. En el fondo, libertad y obligación son lo mismo. Demasiado profundo. Detesto desayunar envuelto en un enjambre de planes insólitos, a cual más trivial y absorbente.
Tengo que organizar mis vacaciones de verano. El año pasado me tocó por decreto mi hija Julia de diecisiete años. Alquilé un apartamento en la Costa de la Luz y pasamos el mes de Agosto como todo el mundo, perdiendo el tiempo. Sólo la dejación logró que el tedio de Julia no alcanzara el punto crítico. Sospecho, por lo poco que me cuenta, que mi ex la ata corto pero le da más pasta. Las fuerzas de atracción-repulsión se nivelan. Las eternas proporciones femeninas. Hace unos días me llamó su madre para recordarme que se iban los tres a Croacia. ¿Los tres (pregunté inquieto por mi hija)? Intentó hablarme de mi sucesor pero me negué en redondo. Me exigió vengativa que no llamara a Julia a todas horas porque interfería, según el psicólogo en su proceso de adaptación. ¿El psicólogo de quién? pregunté sin malicia; y me colgó. En fin, lo reconozco, puedo superar los celos pero no el resentimiento. 

¡Vacaciones de riesgo! me sugirió en la piscina un viudo sesentón amigo mío. Helarte en el Polo, mosquitos del Amazonas, visita a Chernóbil, bucear entre tiburones, lanzarte en paracaídas... Chorradas. Este año he preferido una variante del llamado “turismo temático”, una tendencia surgida, por supuesto, en las agencias francesas de viaje, esos centros de poder descritos por Michel Houllebecq en su novela Plataforma. Para empezar, he contratado en la página j'adorelescontrastes.fr lo que llama “una estancia abierta”, lo cual quiere decir que al elegir el paquete no te obligan a cerrar el tema. Además de las opciones que aparecen en la web te aguardan otras tan buenas o mejores. Secreto, curiosidad (¡buena idea, voto a tal!). Pagas una entrada y, después, en la Agencia de la rue de Rivoli, te informan a fondo y decides sobre la marcha la opción que te interesa. Por supuesto, el curso presencial lo pagas aparte. A primera vista, la página ofrece sabrosas propuestas (cito algunas literalmente): pistolero en un pueblo del salvaje oeste, pretoriano de Nerón en la Roma imperial, líder estudiantil en el Mayo del 68, campeón mundial de los pesos medios o miembro de la resistencia francesa en la Segunda Guerra Mundial… Las opciones que más me tiraban, dentro del tópico Paris me manque! (imposible de traducir), eran las de vagabundo en la Belle époque (agradable sorpresa) o poetastro en la Bohème de fin de siglo. La única condición es hablar francés. Con cierto humor, la monitora del curso nos reiteró que a partir de ahora los insultos en los salones de la frontera o los requiebros en las mancebías del Tíber se oirán en la lengua de Voltaire.
En el hotel, después de leerme otra vez el folleto del curso, descarté convertirme en mendigo. Demasiada farsa. Ropa astrosa de marca, dormir en colchón blando bajo los puentes del Sena, comer en los parques crêpes de cangrejo envueltos en Libération, orinar en las esquinas sin multa o molestar a las figurantes sin que te rompan la cara… Nada invita a disfrutar del reto. Confirmé, por tanto, mi primer impulso: siete días como poeta bohemio a finales del XIX. Probablemente sería lo mismo, pero el papel se acercaba vagamente a mi situación: el abandono, la incertidumbre, las extravagancias de la vida cotidiana. En todo caso, las miserias de los vagabundos me parecieron excesivas. Aun no he llegado a tanto.    
El día del comienzo de la estancia, la  Agencia nos citó en su sede central. Los inscritos en la sección Eventos modernos esperábamos sentados en la sala multiusos, un salón con collages en serie, mojiganga decó y música ambiental. Un gerente vestido con traje blanco, tras una bienvenida chispeante con quesos y paté, sacó un folio y anunció con voz de mando:
- Los que han escogido la opción “Bohemia”, acompáñenme, por favor. Pero antes voy a leer la asignación de roles: Marcel, el pintor, será…, Schaunard, el músico será a su vez… y, finalmente, el poeta Rodolphe le ha tocado a... Sabrán de los demás en su momento. Un minibús aparcado en la puerta les conducirá a la buhardilla donde se alojarán. Al salir, no se olviden de recoger una maleta con su nombre. Dentro encontrarán, entre otros útiles, el atuendo que les corresponde y las instrucciones para familiarizarse con el personaje. ¡Incluso encontrarán una loción antipiojos! (largó el cretino). También unos vídeos que obviamente no verán hasta que vuelvan a la vida burguesa, si es que vuelven. A partir de este momento les espera (cambio al registro teatral) la felicidad en la miseria, el amor en el rechazo, la libertad en las cadenas. Como dice el refrán: ¡Sarna a gusto no pica! (interpretación discutible del dicho francés). Dentro de una semana, si antes no se han ido a un buen hotel, los sacaremos de su madriguera. ¡Viva la bohemia! Coraje y hasta pronto.
Después de una ascensión sofocante llegamos a la buhardilla en el sexto piso. Cuando recobramos los pulsos, Marcel abrió la puerta que crujió y pasamos a una amplia pieza cuadrada bajo un techo grasiento de cuatro metros en su punto más alto; la luz entraba por una cristalera corrida desde la que se veían los tejados del París. Estábamos en algún rincón del barrio latino. Junto a la pared de la derecha había una estufa de tubos. En el centro, una enorme mesa redonda sin mantel ni macetas. Enfrente, una estantería con tres baldas llenas de libros de poesía, partituras polvorientas y apuntes de teatro. En la pared de la izquierda, un armario de dos cuerpos con telas a medio terminar, una paleta usada, pinceles sucios y un caballete desmontado. Si no hubiéramos estado en Agosto, el frío nos habría matado. Dejamos los bártulos en el suelo. Nos cambiamos en las celdas, entramos al lavabo y volvimos al salón. ¿Y ahora qué, dijo Schaunard, a correr al campo? O a contar los frailes del convento, añadió Rodolphe; por si falta alguno, completó Marcel.
De pronto, oímos una dulce melodía de soprano. Triste, cálida, insinuante. Atrapados, nos miramos y al instante salimos por la puerta a empujones. La voz venía del piso de abajo. Llamamos con golpes suaves, aunque no fue el hada madrina quien nos recibió sino un tipo vestido con esmoquin, alto, barbudo, musculoso.
- Le barbu. Salut les artistes ! Si vous voulez connaître la mignonnette, vous devez payer un prix supplémentaire. Ces sont les clauses additives du contrat. Vous ne lisez jamais les petites lignes ?

- Marcel. Tu plaisantes ? C’est une escroquerie quand même !

- Rodolphe. Oh là là, c’est une prostituée ! (Rappelez-vous s'il y avait des préservatifs dans la boîte?).

- Schaunard. D’abord, nous voudrions la voir et après on verra…

- Le barbu. Oubliez les disputes, elles ne servent à rien.
De l'intérieur on entend une mélodie délicieuse : Sì, mi chiamano Mimi !   
Ensuite, une femme dans la quarantaine, teinte, dodue, plantureuse apparaît dans mini-jupe montrant ses cuisses pleines.
- Marcel. Je m’en vais.

- Rodolphe. Moi aussi, j’ai besoin de l’air de Paris. Tout à fait!

- Schaunard. Je reste ici, l’aventure, c’est l’aventure. Je préfère bavarder un petit peu avec ce mondain et sa protégée. Il est, à n’en pas douter, un véritable mécène. Plus tard nous nous verrons dans le Café Momus pour faire la fête au quartier Latin. C’est la vie. A plus, les copains…
(À suivre)