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lunes, 14 de septiembre de 2026

Vista a la derecha

 


¿A qué se debe el pronunciado giro actual de la derecha en el espacio de la Unión Europea?

A estas alturas de la globalización nadie duda de que quienes controlan el poder no son los políticos, sino las grandes tecnológicas (crecidas por los algoritmos de la Inteligencia Artificial), el capital industrial o productivo (crecido por la gráfica de la carrera de armamentos) y el capital financiero o especulativo (crecido por el exceso de liquidez de los bancos y el insaciable rendimiento de las inversiones). La socialdemocracia, arcadia del centro izquierda, casi ha desaparecido del mapa de la “Europa de los ciudadanos” y los únicos partidos “que tienen credibilidad” para la mayoría son los que representan a la derecha conservadora, a saber, los gestores de los poderes reales. Ciudadanos de todas las edades, sabedores de lo que hay, votan a una derecha cada vez más escorada hacia sí misma para que los que pueden hacer hagan lo que les proponen sus intermediarios y suministren a los mercados tecnologías del bienestar asequibles o gratuitas aunque el producto seas tú y tu intimidad, puestos de trabajo sin importar las condiciones precarias y préstamos a bajos tipos de interés blindados con letra pequeña y cláusulas de amortización. Pragmatismo puro y duro: lo que importa es comer y después pensar. El lema de la agónica socialdemocracia: “El individuo frente el Estado y el Estado frente al mercado”. Una vez que el neoliberalismo elimina al Estado como factor perturbador de las leyes del progreso social se restablece el orden natural de la libre competencia entre individuos. Después de todo, el individualismo era el fundamento antropológico del liberalismo clásico de Adam Smith y David Ricardo.  

Pero también importa pensar para después comer. Gran parte del pueblo soberano ha interiorizado los dogmas del ideario neoliberal que, a su vez, ha mutado en un neodarwinismo social que comporta nuevos medios que justifican los fines de los más aptos sin concesiones a una mínima coherencia ética, lógica y ontológica. Se ha normalizado el populismo, la posverdad, las noticias falsas, los bulos, el insulto y el acoso. La polarización consiste en la conversión de la ideología en una concepción del mundo cerrada, sin ventanas al exterior como las mónadas de Leibniz. Desaparece el argumento cooperativo que critica pero reconoce de forma explícita o implícita la validez de ciertas aportaciones del adversario político. Se prescinde de la utilidad del punto de vista compartido o el acuerdo sobre un problema puntual y se impone la cultura de la cancelación. Como en la célebre novela de Orwell es posible reinventar la historia y se condena la discrepancia interna o externa por nefasta en sí misma. El disidente es vaporizado. Los hechos objetivos observables y verificables cuando contradicen la ideología dominante no se debaten, se niegan y desaparecen en el sumidero de un agujero negro; si cuestionan la versión oficial no existen. Se elige el camino parmenídeo del No Ser puesto que lo que se puede decir es innecesario. Un clima propicio para que la internacional antidemocrática fomente un nihilismo que anuncia la decadencia de occidente, de la Unión Europea y de la misma democracia representativa. El Estado social y democrático de derecho debe ser demolido. ¿Una nueva mutación en curso? Liberalismo clásico, neoliberalismo, darwinismo social y el resurgir del fascismo en Europa. “Corren malos tiempos, pero para la música siempre habrá un lugar" como anuncia la letra de la canción del artista andaluz Alejandro Astola.

viernes, 6 de marzo de 2026

C'est la guerre

 

Estamos viviendo (presente continuo) la última etapa del liberalismo clásico. El nacionalismo identitario, el ultraliberalismo económico y el retorno a una política de bloques (en el fondo una nueva versión de la Guerra Fría) han puesto de manifiesto una verdad latente desde la extinción de los neandertales a manos de las violentas hordas de cromañones, nosotros, que ya sabíamos (o temíamos): el poder político está subordinado al poder económico, y ambos, en última instancia, al poder militar. Ahora sin disfraces ni tapaderas. Cuando esta certeza sobrevenida se ha convertido en coyuntura histórica, la primera consecuencia ha sido la quiebra del contrato social que sustenta las democracias representativas: la legitimidad de la voluntad general. La segunda es la ausencia de una legalidad internacional aceptada y respetada (aunque desde su fundación la ONU ha sido una mera caja de resonancia de los intereses de las grandes potencias). La tercera, la guerra.

El neodarwinismo social difunde la ideología dominante de que la guerra es una de las principales claves del progreso hacia nuevas formas de civilización. Internet, los avances en navegación marítima y aeronáutica, la cibernética, las tecnologías electrónicas y la investigación genética se crearon y financiaron, según esta especulación pseudocientífica, para aumentar la capacidad operativa de los ejércitos. Lo cierto es que nos sobrecogen los fines militares de los viajes espaciales, las supercomputadoras cuánticas o los desafíos de la Inteligencia Artificial. El pacifismo, la interculturalidad o las condiciones de una guerra justa (desde Tomás de Aquino hasta John Rawls) serían interpretaciones contaminadas de moralidad sobre cómo debe ser el mundo, no sobre cómo realmente es. Y una tendenciosa filosofía de la historia: la guerra siempre comparece en las etapas cruciales de la evolución de la humanidad. Las Guerras Médicas, las Guerras de Religión, La Revolución Francesa, el Octubre rojo, las dos Guerras Mundiales, el atentado contra las Torres Gemelas. En la actualidad, Palestina, Ucrania, Venezuela, Irán… Un horizonte de sucesos imprevisible. La guerra se convierte en un fín en sí mismo a la espera sin plazos de que la ley del más fuerte determine las consecuencias del proceso. 

Solo se ha conseguido detener la carrera de armamentos de forma temporal y discontinua en las agregaciones diplomáticas. Asesores bien pagados firman acuerdos y resoluciones para lograr una paz perpetua que pronto resultan papel mojado. Las grandes potencias empeñadas en su superioridad por tierra, mar y aire (en orden inverso) fabrican artefactos cada vez más sofisticados: aviones de combate indetectables, drones furtivos, satélites omniscientes, anti, contra, recontra misiles, robots soldados como en la Guerra de las Galaxias y venden los excedentes desmochados al resto del mundo. Por no hablar de las grandes flotas de superficie o submarinas. Toda una estética industrial. Es un círculo vicioso: la guerra alimenta el negocio de la industria militar y viceversa. Sin olvidarnos de las armas biológicas de destrucción masiva diseñadas en laboratorios secretos bajo la supervisión de las fuerzas armadas. Según algunas teorías conspirativas, la pandemia del covid 19 fue un ensayo de la Tercera guerra mundial. Otro escenario es la conflagración digital, los ciberataques de los señores del aire a los sectores estratégicos de un país. Las agencias de seguridad mediante la intercepción y análisis de las comunicaciones monitorizan infinitos datos con fines de inteligencia y contrainteligencia. La globalización y el fin de la historia anunciada por los profetas del neoliberalismo ha devenido espionaje a escala planetaria: pero no sólo de los mensajes de los líderes o partidos que suponen un peligro real o imaginario para la seguridad del Estado; se han intervenido con programas ilegales las comunicaciones de altos dirigentes de países aliados. Todos estamos localizados, vistos y evaluados en el infinito laberinto de los centros de datos. Por el momento sólo les interesa modelarnos mediante procedimientos de ingeniería social. Les basta con los navegadores y el teléfono móvil. Es cierto que las armas termonucleares han evitado por el momento la única madre de todas las batallas, el holocausto y el final de las especies. Aunque todo indica que el Armagedón está cada vez más cerca.

jueves, 26 de febrero de 2026

Estado social y democrático de derecho

 

En una reciente entrevista a Arturo Pérez-Reverte en el diario El País en la que se suceden sus consideraciones intempestivas sobre la guerra civil, su polémica por la XI edición de Letras en Sevilla o sus puntos de vista sobre la izquierda y la derecha española (a veces da la impresión de que surgen sobre la marcha según el noticiero), las que más me interesan son la que tratan de la decadencia de la cultura europea: Europa fue un referente mundial, desde Homero hasta hace cuatro días. Todo el mundo quería ser como nosotros. Esa fascinación ha desaparecido. Ahora nos desprecian. Europa ya no es nada. Vienen otros imperios. Y nos van a dar, pero bien. A mí no, que yo no voy a estar. A vosotros. Y a vuestros hijos. Ese mundo que viene va a triturar lo que va quedando de Europa. Y Europa es lo mejor que ha ocurrido en la historia.

De las dimensiones del ocaso de la grandeur europea a las que alude el escritor y académico, la primera, por ser el marco de las demás, es la devaluación gradual del Estado social y democrático de derecho.

El ESDD fue un proyecto político que trató de reunir los ideales del liberalismo clásico y del pensamiento socialista: del primero, un conjunto de derechos y libertades inalienables; del segundo, una aspiración a la igualdad, la solidaridad y la justicia social. Inspirado en la primera y sucesivas declaraciones de los derechos humanos se convirtió en el “Estado de bienestar”. Desde la fundación de la democracia por Pericles en el siglo quinto de la Grecia Clásica no se había producido en Occidente un acercamiento tan estrecho entre ética y política. El momento álgido del ESDD coincidió con el gobierno de una constelación de notables estadistas impulsores de la socialdemocracia: Willy Brandt, Olof Palme, Bruno Kreisky, François Mitterrand o Felipe González, entre otros.

Actualmente, el Estado del bienestar, el modelo europeo más genuino y legítimo, ha sido minimizado en parte por la falta de políticos socialdemócratas a la altura de sus predecesores y también por el giro copernicano del electorado hacia el amplio espectro de las derechas neoconservadoras, ultranacionalistas o simplemente autoritarias (cuyas causas desbordan este análisis). Un apunte histórico. Las sucesivas crisis económicas, desde la remota del petróleo de 1973 hasta la reciente de 2008, hicieron que se tambalease el Estado del Bienestar y el consiguiente retroceso de unos derechos sociales que parecían consolidados. El contexto para su derribo fueron los necesarios recortes y reformas para salir de la recesión mundial que los mercados financieros norteamericanos crearon con sus temerarias especulaciones. Los mismos han sido el problema y la solución, una contradicción lógica y política que obviamente tiene consecuencias.

Vamos a recordar, cual elogio fúnebre cabe la tumba del finado, los principios del Estado social y democrático de derecho.

La idea fundacional era lograr una síntesis entre democracia política y democracia social. Significa que el Estado no tiene que conformarse con el papel pasivo de árbitro de las reglas del juego económico ni con su exclusiva intervención en aquellas áreas que carecen de interés para la iniciativa privada. Por el contrario, debe actuar en los siguientes aspectos:

Coordinar los distintos ámbitos de la economía nacional para evitar los desajustes coyunturales y las crisis periódicas.

Promover la función social de la propiedad mediante leyes destinadas a reducir los abusos del mercado en los sectores básicos de la sociedad: alimentación, vivienda y trabajo.

Regular las instituciones financieras para controlar las prácticas especulativas contrarias al bien común (expresión que por desgracia ha caído en desuso).

Intervenir en aquellos casos en que la función social de la propiedad lo requiera: el derecho de expropiación forzosa mediante justiprecio o la inyección de fondos públicos para reflotar empresas estratégicas y mantener los niveles de producción y empleo.

Propiciar tanto la inversión privada como la propiedad colectiva de los medios de producción. El Estado debe tener iniciativa propia para crear empresas públicas con un patrimonio saneado y competitivo.

Sostener un conjunto de prestaciones universales: la educación gratuita y obligatoria, al menos hasta una determinada edad, la asistencia sanitaria, la protección del desempleo, las pensiones de jubilación, la ayuda a la familia y a la tercera edad, así como el apoyo a los grupos sociales más desfavorecidos.

Buscar una redistribución justa y solidaria de la riqueza mediante una política fiscal progresiva donde las tasas impositivas aumentan a medida que crecen los ingresos o la riqueza del contribuyente.


El artículo 1.1. del Título Preliminar de la Constitución establece que España se constituye en un Estado social y democrático de Derecho.

Para confirmar el cumplimiento de su letra habría que recurrir al realismo mágico puesto de moda por unas novelas a mi entender sobrevaloradas, o al nominalismo puro, al poder de la palabra como expresa el comienzo del hermoso poema de Borges El golem.

 Si (como afirma el griego en el Cratilo)

el nombre es arquetipo de la cosa

en las letras de “rosa”

está la rosa

y todo el Nilo en la palabra “Nilo”'.

miércoles, 18 de febrero de 2026

La clase política

 

Hace unos días me contaba un buen amigo, diputado a Cortes durante varias legislaturas en la comunidad autónoma de Castilla-Mancha, que entregó el acta porque no tenía ningún interés en ser el disidente de su grupo parlamentario; en ejercer de “pepito grillo” y ganarse la bronca por saltarse la disciplina del partido con críticas sobadas y sabidas por todos sus compañeros y por él primero.

- ¿Por qué lo haces?, le pidieron explicaciones desde el comité ejecutivo.

- Entre otras razones porque no vivo de la política, respondió con sinceridad. La política me gusta más que comer con los dedos, pero si la dejo te aseguro que tengo la vida resuelta. Y alta edad no estoy aquí para pullas y remoquetes. Y menos para planteamientos eclesiásticos que te obligan a comulgar con ruedas de molino. Me doy de baja en el partido por motivos personales y vuelvo a mi cátedra de sociología en la Universidad. Ironía o iglesia.

Muchos políticos recuerdan al clero semianalfabeto y a los monjes medievales que entraban en seminarios y conventos para utilizar el poder espiritual en su provecho. Por no hablar de las prebendas de los altos cargos de la jerarquía. Las sombras que se proyectan en el muro de la caverna platónica son las imágenes narcisistas de los políticos. En términos psicoanalíticos, los partidos fomentan la regresión infantil. Los hijos de cuarenta años tienen que repetir sin rechistar lo mismo que dice el padre. El tan “necesario debate interno” no es una confrontación ideológica sino una lucha por abrirse paso a codazos. “El que se mueve no sale en la foto”, sentenciaba para la posteridad un reconocido político de izquierdas, mientras reivindicaba como lema heráldico la libertad de expresión, el pluralismo y la función liberadora de la crítica. Nada ha cambiado. O al revés, en la fotografía oficial de la presentación de un nuevo PET-TAC en un hospital público se ve a ambos lados a un ingeniero biomédico, al director gerente y a varios jefes de servicio; el centro de la imagen, tapando la máquina, la ocupan sonrientes el alcalde y el consejero autonómico de Educación. El discurso posterior del regidor municipal es sonrojante. Chorradas y autobombo. Los de la bata blanca no saben dónde meterse…

Toda institución, una vez consolidada, cumple los fines contrarios para los que se fundó: la política, por supuesto; pero qué me dicen del deporte, de la religión, la moral social, la educación reglada (los profesores lo sabemos mejor que nadie) o la economía. Muchos se afilian a los partidos para medrar. Lo he oído sin recato a alumnos míos de quinto de derecho. La carrera política es una buena salida, decían, mejor que remover carpetas en el sombrío despacho de un bufete, el síndrome de Bartleby. El poder llama al dinero. Y el dinero llama a las siete puertas del… Bueno, lo saben de sobra.

En las Juventudes de los partidos abundan los arribistas que tratan de hacerse visibles en la plaza pública mediante tormentas en un vaso de agua, pasamanos oficiales, reuniones de negocios con falsas promesas o una legión de falsos seguidores en las plataformas creados mediante cuentas automáticas. Algunos llegan plenos de buenas intenciones que se pierden por el camino. Al final, cae el tinglado de la antigua farsa: ser es aparentar, pero no cejan; no acaban de comprender que lo contrario de la verdad es la falsedad y la mentira de la certeza y que no es posible saltarse el principio del tercero excluido: casi todos los políticos que creyeron encontrar la fórmula de una opción intermedia acabaron cumpliendo condena.

Otros, menos impacientes, más astutos, apuntan al vértice de la pirámide. Inflan sus currículos con méritos ficticios, copian trabajos polvorientos, plagian tesis o recurren a “negros” para publicar libelos inocuos sobre el bien común; o a la inteligencia artificial porque andan escasos de la natural. Abundan títulos de posgrado fantasmas y másteres a los que no asisten, aprueban carreras al galope en chiringuitos universitarios o falsean documentos con la connivencia de sectores académicos corruptos que esperan pedir lo suyo cuando les toque. Inversamente, las mentes privilegiadas del país no quieren ni oír hablar de la cosa pública. Si entras al trapo, piensan, te puedes ver envuelto en un enredo mayúsculo y acabar en los juzgados por culpa de la clase de tropa o de sus mandos. Nunca sabes a quien tienes al lado. La carrera del político profesional se rige por la ambición, la deslealtad y la puñalada trapera. Lo que cuenta es quienes son los primeros en las listas electorales, lo demás es representación y postureo. Intra muros nulla salus.

Pero no sobrevaloremos la política. En un debate televisado antes de las últimas elecciones generales un representante de la izquierda de la izquierda se preguntaba como remate del llamado minuto de oro: ¿Son los políticos quienes realmente mandan en la sociedad civil? Lo cierto es que en una democracia representativa, además de los tres poderes del Estado dudosamente independientes, hay un cuarto, la prensa y los medios de comunicación, un quinto, las redes sociales, un sexto, los grupos de presión, un séptimo las fuerzas armadas y por encima de todos un ser supremo, el dinero, el primer motor inmóvil que pone en movimiento los engranajes del mundo. Bancos de toda condición, los Centrales primi inter pares, fondos de inversión en casi todo, corporaciones mercantiles, multinacionales tecnológicas, empresas de distribución, consultoras, aseguradoras de las aseguradoras… 

Hagamos un poco de memoria histórica. Recuerdan la confrontación de Yanis Varufakis con las autoridades económicas de la Unión Europea para sacar a Grecia de la quiebra en 2015 y como acabó el conflicto; por poco no se llevaron la Acrópolis a la Grand-Place de Bruselas. El fin del mundo llegará cuando los cajeros automáticos dejen de escupir dinero, le dijeron. Lo toma o lo deja. Y punto final.  O la crisis financiera de 2008, en realidad la gran estafa. Al final pagamos todos el rescate de los desmanes bancarios, además de sufrir años de recesión, desempleo y austeridad. ¿Sacaron los políticos neoliberales que propiciaron el desastre alguna conclusión? Sin duda. Decidieron que la solución era una huida hacia adelante mediante un cambio de paradigma que corregía y aumentaba los errores del anterior: el neodarwinismo social, al cual dediqué unas líneas que entre otras me permito citar: el nuevo paradigma supone la cancelación del contrato social propio de las democracias representativas. La ley de gravitación social que sustituye a la oferta y la demanda propone que los individuos y colectivos más aptos prosperen por todos los medios que hagan valer su superioridad, mientras que los menos aptos están condenados a la extinción. Las miserias del sistema son necesarias por cuanto responden a su funcionamiento natural: la ley del más fuerte.

P.D.1 El artículo 33 de la Constitución Española establece la función social de la propiedad. Es una mentira piadosa. La certeza es que, como subrayó Marx en su Contribución a la crítica de la economía política, la única finalidad del capital es la acumulación de capital.

P.D.2 La libertad de pensamiento y expresión son los principios constituyentes de una democracia representativa. Los demás derechos y libertades fundamentales son su desarrollo consecuente.

domingo, 16 de noviembre de 2025

La cuestión catalana

 

¿Independentistas o constitucionalistas? Dos interlocutores pueden sostener ideas contrarias, sobre un mismo tema y ambos tener razón. Se trata, en el fondo, de la teoría medieval de la doble verdad, una para la fe (Dios existe) y otra para la ciencia (Dios no es necesario), que defendió en el siglo XII el filósofo hispanoárabe Averroes: razón y fe no entran en conflicto irresoluble, sino que abordan la verdad desde perspectivas distintas; una trata de comprender el mundo desde el intelecto, otra de interpretar las verdades reveladas desde la experiencia religiosa. La teoría fue tolerada (o ignorada) hasta que el integrismo islámico se impuso en Al-Ándalus tras su conquista por los almohades. El ilustre filósofo fue desterrado cerca de Córdoba y sus obras prohibidas. Sólo su prestigio intelectual le libró de las mazmorras del califa.

Razón y fe, secesión o unidad. Desde el punto de vista de la lógica en ambos casos lo que se produce es una antinomia, es decir, un recorrido dialéctico cuya solución es que la tesis y la antítesis tienen la misma fuerza probatoria. Esta singularidad del pensamiento se tensiona en la denominada cuestión catalana: conclusión, la unidad indisoluble; conclusión, la independencia irrenunciable. 

Un maestro mallorquín de la lógica, Raimundo Llull, pertrechado con su Ars Magna, dictaría que el nudo gordiano se cierra al argumentar con las mismas pretensiones el constitucionalismo en defensa de la unidad de la nación y el independentismo a favor del derecho de Cataluña a convertirse en una nación soberana. Lo único que puede hacer la lógica, añadiría el maestro, es reunir y exponer los diez argumentos que conforman la antinomia catalana. El resto es ética y política en las que la lógica no entra.

Por un lado, la democracia debe ser el imperio de la ley: si no se aplica por igual a todos los ciudadanos de un Estado no hay democracia.

Por otro, la ley está al servicio de la democracia: es un instrumento que sirve para legitimar las decisiones mayoritarias de un territorio mediante la correspondiente consulta popular o referéndum. 

Por un lado, la decisión sobre la autodeterminación de Cataluña como Estado independiente corresponde a la totalidad del pueblo español.

Por otro, la decisión sobre la autodeterminación de Cataluña como Estado corresponde exclusivamente a los catalanes. 

Por un lado, en un referéndum de independencia sería precisa una mayoría cualificada de al menos dos tercios del cuerpo electoral para declararla válida.

Por otro, bastaría la mayoría simple. 

Por un lado, Cataluña es una nacionalidad histórica, junto con el País Vasco y Galicia, que debe tener un estatuto de autonomía con unas competencias identitarias siempre dentro del marco de la Constitución.

Por otro, Cataluña no es una autonomía sino una nación por razones culturales, económicas, sociales y lingüísticas.

Por un lado, el castellano y el catalán son lenguas cooficiales que deben coexistir en igualdad de condiciones y reconocer que el bilingüismo es un privilegio y un valioso patrimonio cultural.

Por otro, el catalán es la lengua materna de los catalanes y el castellano un freno para la construcción de la identidad nacional de Cataluña. El uso de la lengua catalana debe ser general y obligatorio en todos los ámbitos de la vida social, las instituciones oficiales y, sobre todo, en los centros de educación de todos los niveles.   

Por un lado, sólo los tribunales de justicia españoles (incluidos los de Cataluña) son competentes en la aplicación de las leyes.

Por otro, Cataluña debería tener Tribunales Superiores de Justicia no dependientes ni subordinados a los correspondientes españoles. 

Por un lado, es imposible legalmente la integración de Cataluña en la Unión Europea porque, según las normas actuales, la incorporación de un nuevo miembro requiere la aprobación unánime de los miembros actuales. 

Por otro, Cataluña reúne todos los requisitos para integrarse como nuevo miembro en la Unión Europea, una entidad supranacional con capacidad jurídica para cambiar la norma y decidir positivamente sobre tal integración. 

Por un lado, las representaciones diplomáticas acreditadas en el extranjero, sean embajadas, consulados, misiones permanentes u oficinas de enlace solo corresponden al Estado español. Cualquier otro tipo de representación autonómica no tiene carácter oficial.

Por otro, el estatuto de autonomía catalán deberá incluir entre sus competencias identitarias el establecimiento de relaciones diplomáticas oficiales con los países y entidades supranacionales que La Generalitat considere oportunas. 

Por un lado, en cualquier competición deportiva internacional, incluidas las Olimpíadas, la representación oficial corresponde exclusivamente a la nación española.

Por otro, Cataluña debe tener sus propias representaciones deportivas independientes de las españolas, por ejemplo, una selección de fútbol reconocida por la FIFA y la UEFA o un equipo olímpico o delegación reconocida por el C.O.I.          

Por un lado, el derecho de autodeterminación se aplica exclusivamente a la descolonización de un territorio.

Por otro, el derecho de autodeterminación es universal.

lunes, 10 de noviembre de 2025

Representación

 


La ideología política de los partidos en una democracia representativa se ha convertido en doctrina. La ideología deviene una totalidad de significado hermética en la que los hechos se encajan a martillazos. Es justo lo contrario de lo que debiera ser: una reflexión constituyente sobre ideas fundadas. Recuerda a los astrónomos jesuitas que se negaban a mirar por el telescopio para soslayar los descubrimientos de Galileo contrarios a la cosmovisión aristotélica. La política se convierte en un dogma que hay que preservar contra viento y marea (y es más que una frase hecha). Las ocurrencias más inverosímiles, las mentiras más flagrantes son presentadas por la teología política como epifanías. Cuando la ideología renuncia a la crítica tal y como la entiende Kant se transforma en apología, refractaria incluso al sentido común. Lo que acontece en la sociedad civil se deduce al modo de la ética de Spinoza mediante axiomas, demostraciones y corolarios autosuficientes. Y si los acontecimientos los desmienten, peor para ellos, siempre existen formas consagradas de rectificarlos en función de lo que cada partido entiende por bien común según las circunstancias.

En las sesiones parlamentarias el diálogo se transforma en discusión y la discusión en gresca, un remedo patético de la lucha hegeliana de las autoconciencias. La diferencia radical con Hegel es que ahora todo lo irracional es real. En el partidismo no existe un lenguaje observacional común que permita confrontar los argumentos. La clase política se ha convertido en el coro de grillos que cantan a la luna; el Parlamento en una caja de resonancia de discursos paralelos o incompatibles.

El Moi commun de Rousseau construido mediante el derecho al voto responsable suena a retórica gastada. Lo cierto es que cada cuatro años cumplimos con el rito de expresar en las urnas nuestros resentimientos y esperar otros cuatro mientras los partidos disponen a su antojo de la voluntad general. Es preferible la democracia porque nos permite bajar al quiosco de la esquina y comprar el periódico que queremos. Mejor el coro de grillos que cantan a la luna que la bota del soldado desconocido. Por lo demás, resulta lúcida la definición que hizo Marx del voto: Un comentario sentimental y extenuante a los logros de la etapa anterior de poder.

Sabemos desde Maquiavelo que la política tiene un único principio: obtener, mantener y extender el poder. También sabemos que la política no tiene que ver con la ética ni tampoco con la lógica: se puede decir una cosa cuando gobiernas y la contraria en la oposición o insultar al adversario por lo que hay debajo de su alfombra aunque tú seas un duplicado o caer en las contradicciones más confusas porque lo exige la dirección del partido.

Inversamente, la alta política desde Pericles hasta Lincoln se ha basado en el perspectivismo. Un diputado perspicaz debería ser capaz de descubrir diez certezas, diez errores y diez dudas en la misma afirmación. La verdad política es la síntesis racional de las treinta caras de un prisma. Esta unidad de los contrarios impuesta a la historia por el talento de algunos estadistas es lo contrario de las disyunciones excluyentes y la negación de la evidencia que enturbian el arco parlamentario. Enlodamos el caudal de lo posible para adaptarlo al pensamiento único. Los consejeros, esa legión de ideólogos disfrazados de expertos que asesoran a los partidos, controlan los parámetros que influyen decisivamente en los procesos electorales. La inteligencia artificial es lo único que faltaba para el desarrollo de esta perversa ingeniería social. Su función consiste en "direccionar los condicionantes para optimizar el impacto" (sic). Habría que cambiar el sentido del término “representativa” en una democracia puesto que quienes realmente detentan el poder son los poderes fácticos, los poderes universales de los mercados, las tecnológicas y la industria militar y el resto es una mera puesta en escena del concepto de ciudadanía. Cuando el Presidente del gobierno alardea de que la economía española “está que se sale” y es la mejor del mundo según The Economist, es obligado preguntarse a qué economía se refiere.

domingo, 3 de agosto de 2025

Sobre la corrupción

 

En el convite nupcial de una sobrina política nos asignaron por amistad y familia la mesa número 12, Balcón de Europa, a cuatro matrimonios jubilados. Boomers. A mi derecha se sentaba Jaime, primo segundo y profesor universitario de economía financiera, al que solo trataba de boda en boda. Durante la parte inevitable de la cena me había dedicado a esquivar con diplomacia vaticana las tajantes opiniones políticas del resto de los comensales, gente de orden, mediante términos como “diálogo”, “respeto”, “colaboración”, “acuerdos”, todos sospechosos de sanchismo disfrazado. Imposible con esa gente, primero que se vayan y después hablaremos fue la respuesta general. Como no me gusta discutir sin argumentos y menos que me sacudan como a una estera vieja, el resto es silencio, la última frase que pronuncia Hamlet antes de morir. Cada vez es más difícil ser un viejo y entrañable liberal en esta España nuestra.  

Me había fijado en que durante la cena el profesor había empinado el codo con prudente mutismo sin entrar al trapo de respuestas sobradas y disputas vanas. Al levantarnos de la mesa después del reparto de puros me acerqué curioso a mi primo para pedirle su opinión sobre el problema crónico de la corrupción que nos envuelve. Mero tanteo posicional en medio de las albricias alcohólicas, servilletas al viento y cantos regionales de los amigos de los novios. Tras llevarnos sendos gin-tonic lejos de la pista de baile me contestó con sincera ironía que en una economía de mercado es necesaria una cantidad aceptable de corrupción para lubricar los engranajes del sistema. Los mercados deben constatar que existe un margen establecido de estrategias no declaradas, de atajos no aceptables pero aceptados que faciliten abrir y cerrar con éxito un número rentable de inversiones, operaciones y contratos. Es más, añadió, los derechos y libertades de una Constitución son el soporte ideológico del capitalismo industrial y financiero. Aunque políticamente incorrectas, estoy convencido de que los comensales de la mesa 12 hubieran sonreído tolerantes ante ambas afirmaciones. 

Eran tan imprevisibles que le rogué explicarse un poco más. En el fondo son lo mismo, dijo. La ley de la oferta y la demanda, dogma del capitalismo desde Adam Smith, propone que la libre competencia entre privados establece las condiciones óptimas del mercado y la máxima utilidad social. La famosa mano invisible según la cual la búsqueda de los legítimos intereses individuales determina el máximo beneficio colectivo sin la intervención del Estado, mero garante de las reglas del juego. Asimismo, el liberalismo económico necesita el soporte constitucional del liberalismo político de las democracias representativas inspirado literalmente en La Declaración Universal de Derechos Humanos. Aunque sería más exacto decir de algunos derechos humanos. Todo esto es muy conocido, no le aburro concluyó.

El problema es que la ley natural de la oferta y la demanda es falsa. La única ley que rige los mercados es la acumulación de capital, no la libre competencia. El capital industrial y financiero sabe que la propuesta fundacional del librecambio dejar hacer, dejar pasar, el mundo va por sí mismo no sirve para aumentar los beneficios, mejorar la balanza de pagos y alcanzar una posición dominante. Al revés, para lograr tales objetivos es preciso utilizar estrategias de adjudicación irregulares con la complicidad de la clase política, es decir, del Estado. Del rey abajo todos valen. Luego añadió pensativo: el mundo ha cambiado, la globalización neoliberal no es el final de la historia como anunció Fukuyama, sino historia. Quizás en la siguiente boda podamos retomar el tema.

Hablemos, pues, de la corrupción de los políticos, prosiguió Jaime tras darle un tiento a la copa. La prevaricación, la malversación, los sobres, los sobornos, el tráfico de influencias, el uso de información privilegiada, las puertas giratorias. También muy conocido. Lo que me interesa es el proceso que lleva a un político a dejarse corromper. Primer paso: la corporación, la empresa o la entidad bancaria tientan al representante electo que podría ocuparse de lo suyo con maletines, cuentas en Suiza o jugosas canonjías. Una vez que el implicado está presto al intercambio se suceden tres figuras jurídicas de la conciencia corrupta: la legal, la alegal y la ilegal. En todas, el político se rodea de una corte de abogados de confianza que le asesoran. Es decir, le dicen lo que quiere oír a cambio de un buen precio o de una participación en el premio gordo. Si la cosa se tuerce abandonarán discretamente el barco.    

En la legal le aseguran que sus componendas caben dentro de dos líneas paralelas que delimitan lo que el código penal considera permisible. Adelante con los faroles. Lo cierto es que mientras sean paralelas el embrollo funciona, pero en la primera curva pronunciada descarrila con estruendo y acaba en las portadas y las pantallas.

En la alegal lo persuaden, tras largas deliberaciones en restaurantes de moda, llaves de apartamentos y encuentros exclusivos que el tejemaneje que se trae entre manos permanece en un limbo legal. No hay, según ellos, legislación vigente que lo prohíba y lo que no está prohibido está permitido. Brillante sofisma que no tarda mucho en esfumarse. Las tertulias del bando contrario se frotan las manos por las mañanas temprano.     

En la ilegal, le sugieren que el momio no es del todo transparente y podría haber tropiezos legales. Aunque no hay que preocuparse. El desliz es tan leve que el juicio sería de primero de derecho. Además, al tratarse de alguien tan influyente, es prácticamente intocable. Error de lesa codicia. En la época del periodismo de investigación y la omnisciencia digital el tropiezo se convierte en caída desde un sexto piso y el escándalo promete una serie de varias temporadas.    

Los tres casos suelen acabar del mismo modo: un desfile interminable de imputados, investigados, encausados y procesados. En un sistema jurídico garantista, como el nuestro, desenredar la madeja puede durar años. Eso sin contar con la colaboración activa del poder judicial dependiente… Jaime volvió la mirada hacia los recién casados que bailaban felices. La pregunta que nos quema la lengua, dijo, es cuantos corruptos se salen con la suya y cuantos acaban en los juzgados, lo cual no implica que sean condenados y mucho menos que devuelvan el botín.

lunes, 24 de febrero de 2025

Ultraliberalismo

 

Todos sabemos sin necesidad de recurrir al hombre-filósofo de la calle, ocurrencia de Gramsci, que desde las primeras civilizaciones la política sea cual sea su sistema (autoritario, totalitario, autocrático, teocrático o democrático) ha estado supeditada de forma explícita o implícita, manifiesta o latente, a los poderes universales del dominium mundi: el dinero, la técnica y el ejército.

La instauración de la democracia liberal desde principios éticos y jurídicos fue la consecuencia de la derrota del fascismo en la Segunda Guerra mundial mediante la conjunción de tales poderes y la Declaración Universal de los Derechos Humanos en la Asamblea General de las Naciones Unidas. Aunque no es menos cierto que ética y política, como pensó Maquiavelo y todos sufrimos, son agua y aceite. El ilustre florentino incluso sugirió en 1532 que un político demasiado honesto nunca sería un buen político porque nadie lo creería, temería ni respetaría. Esta disonancia empírica entre ética y política explicaría el décalage, la distancia entre la letra de las Constituciones y su permanente incumplimiento por los gobiernos de turno. 

La democracia liberal se denominó “Estado social y democrático de derecho” en la edad de oro de la socialdemocracia europea. Así consta en los tratados de filosofía social y en las Constituciones nacionales. Sus abuelos fueron Alexis de Tocqueville, La democracia en América (1840) y Stuart Mill, Sobre la libertad (1859). Sus bisabuelos, Charles Louis de Secondat, barón de Montesquieu, El espíritu de las leyes (1748) y Jean Jacques Rousseau, El Contrato social (1762).

Coincido (y cito de nuevo) a mi docto amigo el Coronel Abengoa cuando pontificaba los martes en la tertulia del Café Comercial: Prefiero la democracia liberal porque me permite bajar al quiosco del barrio y comprar el periódico que quiero y decir aquí y en todas partes lo que me parece. Todo lo demás o lo pongo entre paréntesis o me lo creo a medias o no me lo creo. Considero perspicaz la definición que hizo Marx del voto democrático (aunque sin posteriores conclusiones): “Un juicio sentimental y extenuante, a los logros de la etapa anterior de poder”. Por lo demás, siempre voto y participo cuanto puedo en la cosa pública. Mi escepticismo militante con el rancio liberalismo que nos rodea no implica falta de compromiso con los derechos y libertades civiles sino todo lo contrario.

En esta encrucijada de la historia, la democracia representativa, solo cuestionada por quienes forman parte del fraude, es un valioso legado que ojalá seamos capaces de preservar (¡que se quede como está!) para nuestros hijos, nietos y biznietos. Los poderes universales de la primera potencia mundial (los mercados industriales y financieros, las corporaciones tecnológicas, la carrera de armamentos) han decidido, tras las últimas elecciones presidenciales, demoler los principios de la democracia representativa. Entre otros, el imperio de la ley, la división de poderes y el respeto a las minorías. El liberalismo mutó en neoliberalismo y el neoliberalismo en ultraliberalismo. Fin del Estado social y democrático de derecho. Primero se derrumbó el denominado socialismo real de los países de la Unión Soviética porque sólo servía para repartir pobreza entre la mayoría de la población, excepto los cuadros de la burocracia dirigente del partido comunista que gozaban de todo tipo de privilegios. Posteriormente la crisis se extendió a la socialdemocracia y al modelo del estado del bienestar, hoy en declive, cuando no desplome, tanto en los Estados miembros de la Unión Europea como en el Parlamento de Bruselas.   

Analicemos en presente algunos aspectos del futuro distópico de Europa. Se minimizan las competencias del Estado que ni siquiera es el árbitro de las reglas de la libre competencia al estar los mercados desregulados. Los mercados crean las reglas en cada coyuntura económica según sus versátiles criterios. Se considera al Estado una institución intrusiva, ineficiente, ruinosa por lo que es necesario reducir al mínimo sus competencias y tamaño. Se recorta drásticamente la plantilla de funcionarios civiles de la administración pública. Se pretende la autorregulación extrema de la iniciativa individual (“viva la libertad”) y la privatización gradual de los servicios esenciales como la Educación y la Sanidad. En la Educación, se potencia la creación de Universidades privadas de gama alta, caras y selectivas, según el modelo norteamericano (algo en mi opinión condenado al fracaso); en la Sanidad se favorece la implantación de los grandes grupos hospitalarios nacionales e internacionales con seguros de atención sólo al alcance de una minoría con alto poder adquisitivo. La emergencia de empresas militares privadas de asesoramiento, provisión y sustitución de las Fuerzas Armadas, y la proliferación de las criptomonedas como sistema de intercambio comercial y especulación financiera son síntomas inequívocos de la gestión del Estado como un negocio global. Desaparece la función social de la propiedad. Se regresa a unas teorías librecambistas anteriores y más radicales aún que las formuladas por Adam Smith, Ricardo y Malthus. Se considera la justicia social un mito y la aspiración a la igualdad una quimera comunista. En consecuencia, se impone a golpe de decreto un darwinismo socioeconómico cuyo objetivo es el desmantelamiento del Estado del bienestar, de la democracia liberal y del europeísmo, es decir, de nuestras señas de identidad supranacional. El ultraliberalismo es la fase final del capitalismo. En fin, como decía el genial humorista Chumy Chúmez es más lo que nos une que lo que nos espera.

lunes, 23 de diciembre de 2024

Lógica y antipolítica

 

Estamos rodeados de filosofía por los cuatro costados por más que esté cuestionada por la pregunta permanente de para qué sirve. Este acoso es el motivo más fuerte para insistir con empeño en la enseñanza de la filosofía tanto académica como mundana. En cierto que el formato disciplinar de las pruebas de acceso a la universidad supone una cierta limitación para este enfoque holístico. Nada que objetar. Por suerte la mayoría de los alumnos escoge la opción de Historia de España lo que concede al profesor un valioso margen para que, sin descuidar el programa oficial, intente una visión más integradora y divergente. Por ejemplo, la Lógica, esa parte de la filosofía que se puso de moda en muchas facultades españolas durante los años setenta por influencia anglosajona, es una referencia didáctica y un modelo comparativo para entender la antipolítica que actualmente nos envuelve. Lo intentamos.

La tradicional definición aristotélica del hombre como “animal racional” (zoon logikon) no es del todo precisa; debería traducirse más bien como “animal dotado de la facultad de la palabra”. Y quien tiene tal facultad puede utilizarla de un modo racional o irracional. Aristóteles trató de enseñarnos los diferentes modos de utilizarla correctamente. Llamó Organon a los tratados de Lógica y consideró que la silogística era el instrumento propio del razonamiento formalmente válido. En un silogismo, si el contenido empírico de las premisas es verdadero, la conclusión, el juicio, lo será necesariamente. Del juicio o proposición, pasamos al argumento y del argumento a la tesis o propuesta (detesto la manida palabra “relato”). Pero en la antipolítica las premisas del silogismo están contaminadas: su punto de partida no son hechos verificados, sino interpretaciones incompatibles con los hechos o farsas prefabricadas de los hechos. En la antipolítica el lema festivo y creador de la imaginación al poder se ha convertido en su perverso contrario.

La consecuencia de esta degeneración del razonamiento deductivo supone la quiebra de los tres grandes principios de la Lógica formal: identidad, contradicción y tercero excluido.

Del principio de identidad, en cuanto los mismos hechos, exactos e iguales, pierden su carácter unívoco y se desvanecen en una gama de grises en la palabra intempestiva de nuestros representantes electos. El Parlamento se convierte en una Torre de Babel ingobernable, en un conjunto de lenguajes privados donde cada concepto se asocia según la bancada a uno o más anticonceptos, como en la física de partículas. No hay que olvidar que la Torre, un desafío irracional al Logos supremo, acabó, según algunas exégesis bíblicas, por ser quemada, tragada por la tierra y arruinada por el tiempo.  

Sus señorías tampoco se atienen el principio de contradicción. Pueden defender a corto plazo una posición o la contraria según los intereses circunstanciales de cada partido. Es legítimo pactar con los irreconciliables o defenestrar al primero de la lista porque ha dicho la verdad; o pasar del duelo a garrotazos al abrazo de Vergara en función de las encuestas internas o de un puñado de votos. Lo cierto es que de una contradicción se sigue cualquier cosa. Así nos va.

El principio del tercero excluido afirma que una proposición sólo puede ser o verdadera o falsa y no cabe otra. Pero para los partidarios de la antipolítica existe un inagotable repertorio de verdades intermedias o medias verdades según una lógica polivalente que busca la eliminación del contrario. Lo característico de los llamados “hechos alternativos”, según la lógica, es que tienen múltiples sentidos y la misma referencia.  

No menos frecuentes son las falacias en que incurren sus señorías sin empacho ni sonrojo. En Tópicos y Refutaciones sofísticas, otros escritos del Organon, Aristóteles clasificó y analizó estos falsos silogismos. Aquí explicamos las falacias más esgrimidas en las cámaras desde la lógica actual. Seguramente las reconocen. Además pueden ponerles nombres y apellidos.

Falacia ad hominem: En lugar de analizar una idea y criticar las razones que la sostienen, la consideramos falsa tras desautorizar, desprestigiar y ningunear a la persona que la propone.

Falacia tu quoque (tú también, o tú más): Es una variante de la anterior. Se alega que una crítica o una objeción se aplican igual o más a la persona que la defiende para descartarla sin entrar en la cosa misma.

Falacia ad verecundiam: Una tesis o idea es verdadera por la supuesta autoridad intelectual, política, moral o religiosa de quien la mantiene.

Falacia ad baculum: La aceptación de una propuesta no se debe a las razones que la sustentan sino a las amenazas explícitas o implícitas que se presentan como razones incontestables.

Falacia ex populo: Se defiende una propuesta tras aducir que por unanimidad o mayoría imaginarias todo el mundo está de acuerdo y, por tanto, hay que aceptarla sin discusión.

Falacia de la ambigüedad: El uso en una argumentación de términos poco rigurosos semánticamente proporcionan un margen de maniobra tan amplio que nos permiten sostener cualquier cosa.

Falacia de la generalización precipitada. La cometemos cuando a partir de unos datos claramente incompletos establecemos un estereotipo o una generalización que damos por buena.

Falacia de los términos aseguradores. Son expresiones cuya intención dialógica es presentar una idea como cierta e indudable para evitar así la controversia mediante un falso escudo de seguridad y certidumbre.

Falacia de los términos sesgados: Algunas palabras y expresiones incorporan connotaciones positivas o negativas. Creencias religiosas y morales, dogmas ideológicos, prejuicios raciales o sexuales, tópicos sociales... están cargados de un significado bipolar (peyorativo-apreciativo) que infecta el argumento de un modo irreparable.  

P.D. 1 Definición del demagogo populista o manipulador de la palabra: el político que larga rollos sectarios que sabe que son mentira a un público que sabe que es idiota. El parlamento que debería ser un lugar para resolver problemas con la eficacia del señor Lobo se ha convertido en un corralito de apuestas con gallos de afilados espolones y diputados lenguaraces. Es evidente que no hemos superado los impulsos fratricidas de la Guerra Civil. Los franceses estallan periódicamente en convulsos conflictos y callejones sin salida, pero al final salen juntos bandera en mano cantando La Marsellesa en los Campos Elíseos.

P.D. 2 Es imprescindible una reflexión a fondo sobre el concepto de patriotismo.

martes, 3 de diciembre de 2024

Ironía o iglesia

Ironía o iglesia, decía Santiago González Noriega, maestro admirable en la Universidad Autónoma de Madrid que nos dejó prematuramente en 2003, privando a la filosofía española de una de sus voces más incisivas y difícilmente clasificables. La evolución de su brillante, lúcida y escéptica trayectoria intelectual es un paradigma de la separación insalvable entre el pensamiento libre y las ideologías políticas. Este apego a los dogmas lapidarios es el principal problema que impide a la sociedad española alcanzar una transición definitiva. Dogmas generacionales, educacionales, ancestrales. Todavía no hemos encontrado la salida del laberinto español. Lo cierto es que España no es una democracia normalizada.

Otro de mis mentores y amigo, el doctor Abengoa Garmendia, decía en su tertulia del Ateneo que la política española actual se parece a una película del Oeste donde los buenos son muy buenos y los malos muy malos (sin señalar quién es cada cual). En realidad, añadía, son todos muy malos; pistoleros de segunda que desenfundan con cualquier pretexto para disparar sus maldades prefabricadas y arrasar al contrario. Recuerdo sus palabras cuando los jovenzanos con ínfulas de leídos le interrogaban sobre sus ideas políticas, morales, religiosas o estéticas: pregúntenme sobre un asunto puntual, concreto, y les diré lo que pienso hoy.

Abstracto y concreto. Abstracto proviene del latín abstractus, compuesto del prefijo abs que denota separación, privación y tractus, participio del verbo trahere, que significa arrastrar. Abstracto es lo que ha sido empujado, alejado de sus límites precisos, como los conceptos políticos universales, tópicos adaptados al arsenal del partido que se esgrimen como armas arrojadizas en cualquier contexto, pero vacíos de contenido objetivo. El término concreto procede del verbo latino concrescere que significa crecer conjuntamente. El pensamiento concreto es la única aproximación posible a la espiral productiva de la dialéctica, al arte del diálogo, al viaje a Siracusa a través de la palabra. La dialéctica es contradicción, negación de la negación… el reverso de las ideologías políticas cerradas y selladas.

Por lo demás, las ideologías políticas son imprescindibles para una democracia representativa, esa forma de politeia, de espacio público que permite leer los periódicos que quieras, separar las voces de los ecos y expresar tus ocurrencias libremente, siempre bajo el control del algoritmo que graba, censura y manipula. En todo caso, es mil veces preferible el coro de grillos que cantan a la luna que la bota del soldado desconocido. Las ideologías políticas forman parte del contrato social que garantiza nuestros derechos y libertades, pero tienen graves inconvenientes. Los hemos analizado en numerosas ocasiones: la delegación del voto en una clase política poco formada e incompetente, la desconfianza en las instituciones, el nihilismo antipolítico o las formas degenerativas del Estado, entre otros.