viernes, 27 de marzo de 2026

Historia breve de la sexualidad

 

Lo bonito y atractivo gusta, de ahí que lo bello y lo bonito se hallen tan expuestos al peligro de ser devorados o explotados miserablemente.

Robert Walser, “Jakob Von Gunten

En los años severos de la posguerra el ethos dominante sobre lo que la sociedad española entendía por sexualidad era la doctrina oficial de la Iglesia católica sacada de las sesudas reflexiones sobre los principios de la ley moral de Tomás de Aquino (el primero de los católicos más perspicaces junto con Chesterton, José Bono y Juan Manuel de Prada). Según el teólogo medieval el fin primario de la conjunción de los sexos, aquella actividad que nos iguala a las bestias (sic), es la procreación y la educación de los hijos dentro de la familia, y el fin secundario, la satisfacción de la concupiscencia. La síntesis del instinto parental, la filiación y la pulsión sexual dio lugar a sombrías leyendas sobre sábanas moradas que cubrían las imágenes santas antes del obligado ayuntamiento conyugal o sobre camisones carmelitanos que se arrastraban por el suelo con ojales estratégicos.

Volvamos con los jóvenes. En los años setenta algo cambió. Tenía fama por entonces la “fila de los mancos”, es decir, la última bancada de los cines donde las animosas parejas trataban de dar licencia a sus pasiones. Un modesto viaje a Citera interrumpido por los siseos y las linternas cuando los trances amorosos subían de tono. El paradigma de esta sexualidad emergente fue el célebre caso del cipote de Archidona a principios de los setenta (que no me resisto a evocar) al que Camilo José Cela puso letra y música para darle el épico nombre de insólita y gloriosa hazaña. Dos novios de ese amable pueblo de la provincia de Málaga asistían a la consabida sesión de tarde en la que se anunciaba un anodino musical. Quizás por el hábito o por la búsqueda de sensaciones más intensas (dudo mucho que por la trama de la cinta), en un instante luminoso los jóvenes subieron el listón de sus tiernos tocamientos. A la joven se le fue la mano y el joven se dejó hacer mientras admiraba el virtuosismo de Ginger Rogers. El resultado natural de tan deleitoso lance fue un éxtasis amoroso que solo puede ser descrito con justeza mediante el primer cuarteto de El ciprés de Silos, el bello soneto de Gerardo Diego. 

Enhiesto surtidor de sombra y sueño

Que acongojas al cielo con tu lanza.

Chorro que a las estrellas casi alcanza

Devanado a sí mismo en loco empeño. 

La savia del mozo garrido se derramó abundante sobre las dos filas delanteras, y ante tal lluvia de oro es fácil imaginar el tumulto que se armó: los juramentos e imprecaciones de los directamente afectados, las burlas y remoquetes de las filas de secano, las risotadas del patio de butacas al percatarse del caso. Los novietes, corridos de vergüenza, salieron al galope por el pasillo lateral, abochornada ella por ser el móvil del delito y él subiéndose todavía los pantalones. Pasamos por alto las estúpidas denuncias de algunos implicados, demasiado susceptibles por algo que le puede pasar a cualquiera, y finalizamos el divertido episodio con las nupcias felices de la pareja como mandan los cánones y las indulgencias plenarias del pueblo.

Por los ochenta se produjo otro salto cualitativo en los usos y costumbres de los jóvenes que debe ser tenido por confirmación de la idea de progreso. Ahora, las parejas de tórtolos huían de los sofocantes cines para refugiarse en los coches. Nada de hoteluchos de tercera; en cuanto el encargado de recepción se olía la tostada los ponía de patitas en la calle. Tampoco se podían permitir los exclusivos hoteles de paso para parejas anónimas. Con el auto de papá, sin embargo, podían desplazarse a los parajes más ocultos de la jungla del asfalto: las callejuelas del arrabal sin farolas (o rotas a pedradas), el aparcamiento del supermercado en las afueras, demasiado concurrido a las doce de la noche, el calvero abierto entre los chopos, el camino solitario que se aleja de la carretera nacional. Un renovado Kama Sutra dentro del seiscientos. Por ejemplo: en los asientos delanteros, uno frente al otro o uno detrás del otro; en los asientos traseros, uno encima del otro con las ventanas abiertas para poder sacar las piernas o el clásico 69 convertido por falta de espacio en un humilde 33. El problema de estos encuentros es que la mayoría de las veces respondía al patrón desenfrenado del “aquí te pillo, aquí te mato”, sin ningún tipo de embarazosas precauciones o simplemente dejándolas de lado porque, en el fondo, el amor es un deporte de riesgo. A esto se añade el universal biológico de que las muchachas en flor se quedan encinta con sólo mirarlas. La conclusión necesaria de este silogismo práctico es que los embarazos no deseados brotaban como las flores de los almendros en primavera.

Con el nuevo siglo el efecto 2000 afectó sobre todo a la visión de la sexualidad en los jóvenes. Un ejemplo significativo es una parte de la entrevista que le hice como profesor de ética a una alumna de Segundo de Bachillerato para la revista del instituto que al final no se publicó por la censura conjunta del Departamento de Orientación, la Asociación de Padres y el ceño fruncido de la Junta Directiva (que respiró con alivio).

 P. ¿Crees que tu grado o nivel de información sobre la sexualidad es completo y adecuado o más bien pobre e insuficiente? 

A. Para mi edad creo que no está mal. Pero siempre se puede mejorar. Si hicieras el amor la mitad que yo serías feliz. Es broma. Estoy abierta a todo. Bueno, a casi todo. 

P. Recuerdas tu primeras experiencias sexuales, si es que no es una pregunta indiscreta.

A. Lo es, pero no me importa responder. En las vacaciones de verano en el chalet de mis abuelos nos lo pasábamos pipa con los amigos jugando a las prendas y al escondite. Tenía un morbo alucinante. Eso sí, si alguien se iba de la lengua podías prepara las maletas.  

P. ¿En tu opinión qué es el erotismo?

A. Lo mismo que la sexualidad. Una sexualidad sin erotismo como la de nuestros abuelos es un martirio chino. Por cierto, ya que no me lo preguntas te diré que el erotismo sin sexualidad compartida está muy bien pero hay planes mejores . 

P. ¿Es lo mismo el amor y la sexualidad?

A. No siempre. Supongo que eso vale para los novios y recién casados. Pero puede haber sexo sin amor y amor sin sexo aunque por un tiempo limitado; si se contenta con largar el rollo una retirada a tiempo es una victoria. Recuerdo una peli que alquiló mi hermano en el cine club que se titulaba ¿Por qué lo llaman amor cuando quieren decir sexo?  

P. ¿Qué piensas de las relaciones prematrimoniales?

A. Pienso que para algo se inventaron los preservativos. A no ser que seas supercatólico es lo que hace todo el mundo. Ligarte a un chico para besarse en el sofá o meterse mano con el abrigo puesto está bien para una tarde, dos como mucho. Después, o cambias de tercio o cambias de novio. 

P. ¿Crees que los rasgos o características de la sexualidad masculina y femenina son distintos?

A. No entiendo bien la pregunta. Suena a cantada del siglo pasado. Físicamente son evidentes. Mentalmente, habría que preguntarles a los expertos: no lo sé. Me da la impresión de que son muy parecidas. Creo que se ha escrito mucho sobre el “misterio de la mujer” y otras chorradas. Cada cual a su manera pretende hacer feliz al otro y se acabó lo que se daba. 

P. ¿Qué opinas de la siguiente frase: “El fin primario de la sexualidad es la procreación y la educación de los hijos, y el secundario, la satisfacción de la concupiscencia”.

A. Déjame que mire en el móvil qué quiere decir “concupiscencia”. ¡Ah, ya veo! ¿Quién dijo eso? ¿Es una broma, no?  

lunes, 23 de marzo de 2026

La educación sexual de entonces

 

Recuerdo la “educación sexual” de los jóvenes nacidos durante la época de los cincuenta, la segunda generación de la dictadura y el nacionalcatolicismo (¡aquello sí que era educación en valores!).

¡Sexo! Nadie mentaba la palabra tabú. La omertà, la ley del silencio siciliana, era una broma, un mentidero madrileño comparada con el consenso de la familia y la escuela para eludir el tema. Era una sociedad asexuada, nuestros padres carecían de atributos sexuales y nadie por debajo los tenía, ni siquiera la flora y la fauna. Que las madres enseñaban a sus hijos los misterios de la coyunda “con ejemplos de la vida animal” es una leyenda urbana. Nadie abría el pico. Invitados a una boda, el celebrante adornaba el sermón con loas y floripondios sobre la preminencia de la charitas, del amor desinteresado al prójimo frente a los desórdenes de Don Carnal. Entre los fines lícitos del matrimonio ocupaba el último lugar la satisfacción de la concupiscencia.

A partir de los doce años nos llegaban noticias del sexo, casi siempre de algún amigo mayor que nosotros, avispado y obsceno, quien nos anunciaba con redobles de tambor la buena nueva. Tras demorarse una semana para caldear el ambiente te largaba una conferencia clandestina sobre órganos de los que nunca habías oído hablar (ni volverías) y complicados acoplamientos anatómicos imposibles de imaginar (no digo de entender). Pero la naturaleza se imponía otra vez a la cultura al dotarnos de unos instintos de vida que nos permitían vislumbrar un mundo de intensas sensaciones. Primero, las inesperadas poluciones nocturnas. Lo mejor era no contárselo a nadie por si acaso. Pronto, la práctica del autoerotismo nos llevaba al descubrimiento del cuerpo del amor. Insistíamos con asombro. Pero esta práctica inocente del amor propio era censurada por las grandes instancias de la moral colectiva. Los curas, mediante la catequesis, la confesión y los ejercicios espirituales, donde proyectaban sus luchas heroicas con mundo, demonio y carne (los enemigos del alma), deformaban nuestras tiernas mentes con la pesada carga de la culpa.

Según la doctrina oficial, el onanismo reblandecía el cerebro, impedía el crecimiento y emponzoñaba el futuro de la pareja. Proponía como alternativa la castidad sostenible (diríamos hoy), el único camino para reforzar los hábitos rectos y la fortaleza de ánimo; en realidad lo único que reforzaba era la represión. Me acuerdo del confesor pringoso de Amarcord, la película de Fellini, y su obsesión por los pensamientos impuros (¿hay algo más puro que besar a la niña de tus sueños?), los tocamientos pecaminosos y las ocasiones propicias. Pero las hormonas en alza podían más que palmar en pecado mortal y acabar en las calderas de Pedro Botero. Surgieron los guateques en casa de los padres progres que se iban los fines de semana a su segunda vivienda y los bailongos en las primeras discotecas juveniles de los sesenta. El que más y el que menos trataba de arrimarse. Había llaves de lucha libre para impedir a la moza recular; cuando una bofetada estallaba en medio de una pieza sabíamos que alguien había abusado de las artes marciales. Tras el tumulto y las risotadas, una se iba a tomar el aire fresco y otro al baño, entre otras cosas a ocultarse del bochorno.

La siguiente etapa de la educación sentimental era la primera novia, una continuación de la moral dominante, no un cambio cualitativo. Ahora la masturbación se convertía en un delicioso dueto de viola y violonchelo. Los neófitos frecuentaban las últimas filas del cine de barrio (la gemidora fila de los mancos), los parques solitarios, los portales en invierno.  

Una nueva figura de la autoconciencia erótica surgía tras la mili (otra escuela de barbarie sexual): el noviazgo serio. En un piso alquilado por cuatro amigos se intuía la posibilidad de mantener relaciones sexuales completas. El contraataque no se hacía esperar y las víctimas eran las mujeres: mitos de la virginidad, males imaginarios, falacias del respeto… Otro frente de batalla: el drama irreparable de quedarse embarazada, la vergüenza de ser madre soltera, y aún peor, la posibilidad impensable de interrumpir el embarazo. La asamblea de fieles al completo velaba por la vida del no nato hasta que nacía y entonces todos salían corriendo menos los padres y los abuelos. Pero la vida siempre se abre paso. Más que buscarse, las relaciones sexuales se perpetraban. Corrían tiempos de calzarse dos preservativos superpuestos y sellados con cinta. No era fácil conseguirlos. Una alternativa era comprarlos en el puesto del tío estafa en el Rastro, pero sólo su cara te echaba para atrás. Además vete a saber si lo que vendía era un coladero de trastienda. Sólo había otra opción: esperar a que no hubiera nadie en la farmacia de un barrio lejano y entregar muerto de vergüenza al boticario un papel escrito a máquina; la mayoría de las veces te volvía la espalda con desprecio y lo arrojaba a la papelera; otras te echaba con cajas destempladas. Al final, algún padre descuidado tenía alguno en la mesilla. Si la conjunción de los astros era favorable, la joven accedía (en realidad decidía) y los amigos se iban al cine la pareja podía corear el anhelado ¡Al fin solos!

Pero quedan otras etapas de la educación sexual: la luna de miel, el matrimonio, la sesentena (o sexentena) y más allá. Por el momento lo dejo aquí con la promesa de nuevas disquisiciones. Sólo me queda una reflexión final: a una edad avanzada sin precisar (en lo del sexo cada cual es cada cual y sus cadacualidades) la pérdida de músculo no significa un problema menos como especulan los incautos. Al contrario, el deseo es el verdadero fuego eterno con el agravante de que su satisfacción es ahora una quimera. En lugar de condones pedimos Viagra con receta. En esto se basa eterno mito de Fausto.

lunes, 16 de marzo de 2026

Cables y enchufes

 

Se atribuye a Esquilo la célebre máxima de que la primera víctima de la guerra es la verdad. La única brújula fiable es la cotización de los índices bursátiles por las puertas giratorias que comunican a los grandes inversores de oriente y occidente con los fabricantes de hazañas bélicas. Desconectemos de la guerra de los mundos que nos carcome el cerebro con propaganda y desinformación para disfrutar de unas sabrosas consideraciones sobre algunos aspectos de la sociología de la vida cotidiana. Por ejemplo, por qué las flores y las cremas corporales son rasgos de la subcultura femenina (aunque pierden terreno) y los cables y enchufes de la masculina. 

Cena de parejas con mesa y mantel. Las interpretaciones, dije, que atribuyen un simbolismo sexual a los rasgos masculinos: clavijas machihembradas (Forges), adaptadores de enchufes, empalmes, alargaderas, polos opuestos, postes de luz, descargas eléctricas… son bastante prosaicas. Tras un trago de Ribera, mi viejo amigo opinó que cables y enchufes son un arquetipo masculino desde el paleolítico superior porque las mujeres se ocupaban de las labores domésticas, la crianza de los hijos y la preparación de los alimentos, mientras que los varones se afanaban en acondicionar y reparar las cavernas. Es evidente que la cultura occidental ha sido un patriarcado, dije, sin entrar al trapo de la manida guerra de los sexos. Tampoco hay que desdeñar, añadí, el protagonismo de las mujeres en la historia como nos recuerdan las series televisivas. La suya opinaba que el matriarcado hubiera evitado que la especie humana esté en peligro de extinción. La mía guardó silencio y se limitó a meter el tenedor en el plato de rabas. 

¡A que les suena esta historia! Un viernes por la tarde marido y mujer pasean por una calle comercial del centro de Madrid. Viven en un adosado de la periferia y han venido a ver tiendas. Ella se detiene en un escaparate de moda; entra decidida, mientras, el marido espera en la calle con cara de palo y se fija por reflejo condicionado en las jóvenes dependientes. A los veinte minutos sale sin haber comprado nada, algo que al marido le parece inaudito acostumbrado a ir de compras a remolque y a tiro hecho. Normalmente delega en la señora la ropa, que prefiere ir sola y no aguantarlo. Unos pasos más allá cambian las tornas: el marido se detiene en estado de trance delante de una surtida ferretería, mientras que su mujer le tira del brazo; la última vez que vio esa expresión en su rostro acabó con la compra inaplazable de unas tijeras cortasetos y unos guantes especiales para podar los doce metros cuadrados del jardín. Total, doscientos euros.

A veces, el marido vuelve de la compra con una bolsa en cada mano: la derecha con los encargos de la lista más una botella de licor de arándanos, un lata de paté francés y unas galletas mejicanas de jengibre; la izquierda repleta de cables y enchufes que esconde al entrar de miradas indiscretas. Después de comer, el marido entra a hurtadillas en el cuarto trastero donde guarda las herramientas con un fardo misterioso bajo el brazo. Su mujer que pasaba por ahí sabe de sobra que en cuanto la pierda de vista se dedicará a pelar cables, aparejar enchufes y otras chapuzas de electricista amateur. Cuando vuelva del club de lectura verá que debajo del mueble de la tele ha brotado un embarullado invento que multiplica los entes sin necesidad.

De niño su juego favorito consistía en destripar el coche teledirigido o la máquina del tren eléctrico para después reconstruirlo pieza a pieza, cable a cable. Por supuesto, nada volvía a encajar en su sitio. La madre ponía el grito en el cielo y el padre, ahora abuelo, aparentaba enfadarse. Después se pasaba el fin de semana deshaciendo el entuerto. Curiosamente salía del trastero con los ojos húmedos y la sonrisa en los labios. La paga semanal del chico no se resentía. Durante la adolescencia montaba radios de galena que duraban una semana y altavoces caseros que se oían peor que los del tocadiscos hasta que un día tocó algo que no debía y le dio tal calambre que modificó su conducta operante sin curva de ensayo y error durante meses. En la mayoría de edad nunca compró libros del tipo Hágalo usted mismo. Sólo en una ocasión consultó en la Biblioteca nacional uno sobre "cómo hacer tu propia alarma”. Pensaba instalarla en la puerta de su habitación (una fantasía de independencia). Pero fue imposible encontrar los accesorios y comprendió que lo mejor era comprarla en una tienda de seguridad de la calle Mayor donde le mandaron a paseo. Todavía no existía internet.

Al casarse volvió a las andadas: tras años de ahorro y las amenazas de la señora de tirar los cables por la ventana se metieron en la reforma integral del piso. Los electricistas al entrar en el salón abrieron los ojos como platos y preguntaron alarmados: ¿Toda la casa está así? Al finalizar habían eliminado todos los vestigios de su arte. Pero el empeño siguió con los electrodomésticos: la televisión, el móvil, el ordenador, la tablet, la cadena musical, la videoconsola, las gafas de realidad virtual, el libro electrónico. Los aparatos se conectan entre sí. Más clavijas, cargadores, cables y supletorios. La imaginación al poder; las posibilidades son infinitas. La televisión se conecta a la cadena, el ordenador a la tele, el móvil al ordenador, el iPhone a la videoconsola, las gafas a internet. Nuevas masas de cobre surgen detrás de los muebles y debajo del sofá, canaletas autoadhesivas y regletas multicontactos colonizan suelos y paredes. Hay que agradecer a las conexiones inalámbricas la disminución del número de divorcios. Por contra, vivimos en un mundo saturado de ondas electromagnéticas que nos bombardean constantemente sin que se conozcan (o no se quieran airear) sus daños colaterales. Veremos lo que da de sí la IA en el ámbito de la robótica casera, automatización de tareas y teletransporte. Por supuesto, supone un adiós definitivo a cables y enchufes… aunque, atención, sólo a los externos.

 P.D. ¿No sería preferible utilizar la imaginación para planificar viajes soñados o gastarte el dinero en caprichos principescos que no sean artefactos? También para regalarle a tu chica una joya el día de su no cumpleaños, por ejemplo unos pendientes de esmeraldas (me chiflan), ¡no una Thermomix, idiota!  

viernes, 6 de marzo de 2026

C'est la guerre

 

Estamos viviendo (presente continuo) la última etapa del liberalismo clásico. El nacionalismo identitario, el ultraliberalismo económico y el retorno a una política de bloques (en el fondo una nueva versión de la Guerra Fría) han puesto de manifiesto una verdad latente desde la extinción de los neandertales a manos de las violentas hordas de cromañones, nosotros, que ya sabíamos (o temíamos): el poder político está subordinado al poder económico, y ambos, en última instancia, al poder militar. Ahora sin disfraces ni tapaderas. Cuando esta certeza sobrevenida se ha convertido en coyuntura histórica, la primera consecuencia ha sido la quiebra del contrato social que sustenta las democracias representativas: la legitimidad de la voluntad general. La segunda es la ausencia de una legalidad internacional aceptada y respetada (aunque desde su fundación la ONU ha sido una mera caja de resonancia de los intereses de las grandes potencias). La tercera, la guerra.

El neodarwinismo social difunde la ideología dominante de que la guerra es una de las principales claves del progreso hacia nuevas formas de civilización. Internet, los avances en navegación marítima y aeronáutica, la cibernética, las tecnologías electrónicas y la investigación genética se crearon y financiaron, según esta especulación pseudocientífica, para aumentar la capacidad operativa de los ejércitos. Lo cierto es que nos sobrecogen los fines militares de los viajes espaciales, las supercomputadoras cuánticas o los desafíos de la Inteligencia Artificial. El pacifismo, la interculturalidad o las condiciones de una guerra justa (desde Tomás de Aquino hasta John Rawls) serían interpretaciones contaminadas de moralidad sobre cómo debe ser el mundo, no sobre cómo realmente es. Y una tendenciosa filosofía de la historia: la guerra siempre comparece en las etapas cruciales de la evolución de la humanidad. Las Guerras Médicas, las Guerras de Religión, La Revolución Francesa, el Octubre rojo, las dos Guerras Mundiales, el atentado contra las Torres Gemelas. En la actualidad, Palestina, Ucrania, Venezuela, Irán… Un horizonte de sucesos imprevisible. La guerra se convierte en un fín en sí mismo a la espera sin plazos de que la ley del más fuerte determine las consecuencias del proceso. 

Solo se ha conseguido detener la carrera de armamentos de forma temporal y discontinua en las agregaciones diplomáticas. Asesores bien pagados firman acuerdos y resoluciones para lograr una paz perpetua que pronto resultan papel mojado. Las grandes potencias empeñadas en su superioridad por tierra, mar y aire (en orden inverso) fabrican artefactos cada vez más sofisticados: aviones de combate indetectables, drones furtivos, satélites omniscientes, anti, contra, recontra misiles, robots soldados como en la Guerra de las Galaxias y venden los excedentes desmochados al resto del mundo. Por no hablar de las grandes flotas de superficie o submarinas. Toda una estética industrial. Es un círculo vicioso: la guerra alimenta el negocio de la industria militar y viceversa. Sin olvidarnos de las armas biológicas de destrucción masiva diseñadas en laboratorios secretos bajo la supervisión de las fuerzas armadas. Según algunas teorías conspirativas, la pandemia del covid 19 fue un ensayo de la Tercera guerra mundial. Otro escenario es la conflagración digital, los ciberataques de los señores del aire a los sectores estratégicos de un país. Las agencias de seguridad mediante la intercepción y análisis de las comunicaciones monitorizan infinitos datos con fines de inteligencia y contrainteligencia. La globalización y el fin de la historia anunciada por los profetas del neoliberalismo ha devenido espionaje a escala planetaria: pero no sólo de los mensajes de los líderes o partidos que suponen un peligro real o imaginario para la seguridad del Estado; se han intervenido con programas ilegales las comunicaciones de altos dirigentes de países aliados. Todos estamos localizados, vistos y evaluados en el infinito laberinto de los centros de datos. Por el momento sólo les interesa modelarnos mediante procedimientos de ingeniería social. Les basta con los navegadores y el teléfono móvil. Es cierto que las armas termonucleares han evitado por el momento la única madre de todas las batallas, el holocausto y el final de las especies. Aunque todo indica que el Armagedón está cada vez más cerca.

jueves, 26 de febrero de 2026

Estado social y democrático de derecho

 

En una reciente entrevista a Arturo Pérez-Reverte en el diario El País en la que se suceden sus consideraciones intempestivas sobre la guerra civil, su polémica por la XI edición de Letras en Sevilla o sus puntos de vista sobre la izquierda y la derecha española (a veces da la impresión de que surgen sobre la marcha según el noticiero), las que más me interesan son la que tratan de la decadencia de la cultura europea: Europa fue un referente mundial, desde Homero hasta hace cuatro días. Todo el mundo quería ser como nosotros. Esa fascinación ha desaparecido. Ahora nos desprecian. Europa ya no es nada. Vienen otros imperios. Y nos van a dar, pero bien. A mí no, que yo no voy a estar. A vosotros. Y a vuestros hijos. Ese mundo que viene va a triturar lo que va quedando de Europa. Y Europa es lo mejor que ha ocurrido en la historia.

De las dimensiones del ocaso de la grandeur europea a las que alude el escritor y académico, la primera, por ser el marco de las demás, es la devaluación gradual del Estado social y democrático de derecho.

El ESDD fue un proyecto político que trató de reunir los ideales del liberalismo clásico y del pensamiento socialista: del primero, un conjunto de derechos y libertades inalienables; del segundo, una aspiración a la igualdad, la solidaridad y la justicia social. Inspirado en la primera y sucesivas declaraciones de los derechos humanos se convirtió en el “Estado de bienestar”. Desde la fundación de la democracia por Pericles en el siglo quinto de la Grecia Clásica no se había producido en Occidente un acercamiento tan estrecho entre ética y política. El momento álgido del ESDD coincidió con el gobierno de una constelación de notables estadistas impulsores de la socialdemocracia: Willy Brandt, Olof Palme, Bruno Kreisky, François Mitterrand o Felipe González, entre otros.

Actualmente, el Estado del bienestar, el modelo europeo más genuino y legítimo, ha sido minimizado en parte por la falta de políticos socialdemócratas a la altura de sus predecesores y también por el giro copernicano del electorado hacia el amplio espectro de las derechas neoconservadoras, ultranacionalistas o simplemente autoritarias (cuyas causas desbordan este análisis). Un apunte histórico. Las sucesivas crisis económicas, desde la remota del petróleo de 1973 hasta la reciente de 2008, hicieron que se tambalease el Estado del Bienestar y el consiguiente retroceso de unos derechos sociales que parecían consolidados. El contexto para su derribo fueron los necesarios recortes y reformas para salir de la recesión mundial que los mercados financieros norteamericanos crearon con sus temerarias especulaciones. Los mismos han sido el problema y la solución, una contradicción lógica y política que obviamente tiene consecuencias.

Vamos a recordar, cual elogio fúnebre cabe la tumba del finado, los principios del Estado social y democrático de derecho.

La idea fundacional era lograr una síntesis entre democracia política y democracia social. Significa que el Estado no tiene que conformarse con el papel pasivo de árbitro de las reglas del juego económico ni con su exclusiva intervención en aquellas áreas que carecen de interés para la iniciativa privada. Por el contrario, debe actuar en los siguientes aspectos:

Coordinar los distintos ámbitos de la economía nacional para evitar los desajustes coyunturales y las crisis periódicas.

Promover la función social de la propiedad mediante leyes destinadas a reducir los abusos del mercado en los sectores básicos de la sociedad: alimentación, vivienda y trabajo.

Regular las instituciones financieras para controlar las prácticas especulativas contrarias al bien común (expresión que por desgracia ha caído en desuso).

Intervenir en aquellos casos en que la función social de la propiedad lo requiera: el derecho de expropiación forzosa mediante justiprecio o la inyección de fondos públicos para reflotar empresas estratégicas y mantener los niveles de producción y empleo.

Propiciar tanto la inversión privada como la propiedad colectiva de los medios de producción. El Estado debe tener iniciativa propia para crear empresas públicas con un patrimonio saneado y competitivo.

Sostener un conjunto de prestaciones universales: la educación gratuita y obligatoria, al menos hasta una determinada edad, la asistencia sanitaria, la protección del desempleo, las pensiones de jubilación, la ayuda a la familia y a la tercera edad, así como el apoyo a los grupos sociales más desfavorecidos.

Buscar una redistribución justa y solidaria de la riqueza mediante una política fiscal progresiva donde las tasas impositivas aumentan a medida que crecen los ingresos o la riqueza del contribuyente.


El artículo 1.1. del Título Preliminar de la Constitución establece que España se constituye en un Estado social y democrático de Derecho.

Para confirmar el cumplimiento de su letra habría que recurrir al realismo mágico puesto de moda por unas novelas a mi entender sobrevaloradas, o al nominalismo puro, al poder de la palabra como expresa el comienzo del hermoso poema de Borges El golem.

 Si (como afirma el griego en el Cratilo)

el nombre es arquetipo de la cosa

en las letras de “rosa”

está la rosa

y todo el Nilo en la palabra “Nilo”'.

miércoles, 18 de febrero de 2026

La clase política

 

Hace unos días me contaba un buen amigo, diputado a Cortes durante varias legislaturas en la comunidad autónoma de Castilla-Mancha, que entregó el acta porque no tenía ningún interés en ser el disidente de su grupo parlamentario; en ejercer de “pepito grillo” y ganarse la bronca por saltarse la disciplina del partido con críticas sobadas y sabidas por todos sus compañeros y por él primero.

- ¿Por qué lo haces?, le pidieron explicaciones desde el comité ejecutivo.

- Entre otras razones porque no vivo de la política, respondió con sinceridad. La política me gusta más que comer con los dedos, pero si la dejo te aseguro que tengo la vida resuelta. Y alta edad no estoy aquí para pullas y remoquetes. Y menos para planteamientos eclesiásticos que te obligan a comulgar con ruedas de molino. Me doy de baja en el partido por motivos personales y vuelvo a mi cátedra de sociología en la Universidad. Ironía o iglesia.

Muchos políticos recuerdan al clero semianalfabeto y a los monjes medievales que entraban en seminarios y conventos para utilizar el poder espiritual en su provecho. Por no hablar de las prebendas de los altos cargos de la jerarquía. Las sombras que se proyectan en el muro de la caverna platónica son las imágenes narcisistas de los políticos. En términos psicoanalíticos, los partidos fomentan la regresión infantil. Los hijos de cuarenta años tienen que repetir sin rechistar lo mismo que dice el padre. El tan “necesario debate interno” no es una confrontación ideológica sino una lucha por abrirse paso a codazos. “El que se mueve no sale en la foto”, sentenciaba para la posteridad un reconocido político de izquierdas, mientras reivindicaba como lema heráldico la libertad de expresión, el pluralismo y la función liberadora de la crítica. Nada ha cambiado. O al revés, en la fotografía oficial de la presentación de un nuevo PET-TAC en un hospital público se ve a ambos lados a un ingeniero biomédico, al director gerente y a varios jefes de servicio; el centro de la imagen, tapando la máquina, la ocupan sonrientes el alcalde y el consejero autonómico de Educación. El discurso posterior del regidor municipal es sonrojante. Chorradas y autobombo. Los de la bata blanca no saben dónde meterse…

Toda institución, una vez consolidada, cumple los fines contrarios para los que se fundó: la política, por supuesto; pero qué me dicen del deporte, de la religión, la moral social, la educación reglada (los profesores lo sabemos mejor que nadie) o la economía. Muchos se afilian a los partidos para medrar. Lo he oído sin recato a alumnos míos de quinto de derecho. La carrera política es una buena salida, decían, mejor que remover carpetas en el sombrío despacho de un bufete, el síndrome de Bartleby. El poder llama al dinero. Y el dinero llama a las siete puertas del… Bueno, lo saben de sobra.

En las Juventudes de los partidos abundan los arribistas que tratan de hacerse visibles en la plaza pública mediante tormentas en un vaso de agua, pasamanos oficiales, reuniones de negocios con falsas promesas o una legión de falsos seguidores en las plataformas creados mediante cuentas automáticas. Algunos llegan plenos de buenas intenciones que se pierden por el camino. Al final, cae el tinglado de la antigua farsa: ser es aparentar, pero no cejan; no acaban de comprender que lo contrario de la verdad es la falsedad y la mentira de la certeza y que no es posible saltarse el principio del tercero excluido: casi todos los políticos que creyeron encontrar la fórmula de una opción intermedia acabaron cumpliendo condena.

Otros, menos impacientes, más astutos, apuntan al vértice de la pirámide. Inflan sus currículos con méritos ficticios, copian trabajos polvorientos, plagian tesis o recurren a “negros” para publicar libelos inocuos sobre el bien común; o a la inteligencia artificial porque andan escasos de la natural. Abundan títulos de posgrado fantasmas y másteres a los que no asisten, aprueban carreras al galope en chiringuitos universitarios o falsean documentos con la connivencia de sectores académicos corruptos que esperan pedir lo suyo cuando les toque. Inversamente, las mentes privilegiadas del país no quieren ni oír hablar de la cosa pública. Si entras al trapo, piensan, te puedes ver envuelto en un enredo mayúsculo y acabar en los juzgados por culpa de la clase de tropa o de sus mandos. Nunca sabes a quien tienes al lado. La carrera del político profesional se rige por la ambición, la deslealtad y la puñalada trapera. Lo que cuenta es quienes son los primeros en las listas electorales, lo demás es representación y postureo. Intra muros nulla salus.

Pero no sobrevaloremos la política. En un debate televisado antes de las últimas elecciones generales un representante de la izquierda de la izquierda se preguntaba como remate del llamado minuto de oro: ¿Son los políticos quienes realmente mandan en la sociedad civil? Lo cierto es que en una democracia representativa, además de los tres poderes del Estado dudosamente independientes, hay un cuarto, la prensa y los medios de comunicación, un quinto, las redes sociales, un sexto, los grupos de presión, un séptimo las fuerzas armadas y por encima de todos un ser supremo, el dinero, el primer motor inmóvil que pone en movimiento los engranajes del mundo. Bancos de toda condición, los Centrales primi inter pares, fondos de inversión en casi todo, corporaciones mercantiles, multinacionales tecnológicas, empresas de distribución, consultoras, aseguradoras de las aseguradoras… 

Hagamos un poco de memoria histórica. Recuerdan la confrontación de Yanis Varufakis con las autoridades económicas de la Unión Europea para sacar a Grecia de la quiebra en 2015 y como acabó el conflicto; por poco no se llevaron la Acrópolis a la Grand-Place de Bruselas. El fin del mundo llegará cuando los cajeros automáticos dejen de escupir dinero, le dijeron. Lo toma o lo deja. Y punto final.  O la crisis financiera de 2008, en realidad la gran estafa. Al final pagamos todos el rescate de los desmanes bancarios, además de sufrir años de recesión, desempleo y austeridad. ¿Sacaron los políticos neoliberales que propiciaron el desastre alguna conclusión? Sin duda. Decidieron que la solución era una huida hacia adelante mediante un cambio de paradigma que corregía y aumentaba los errores del anterior: el neodarwinismo social, al cual dediqué unas líneas que entre otras me permito citar: el nuevo paradigma supone la cancelación del contrato social propio de las democracias representativas. La ley de gravitación social que sustituye a la oferta y la demanda propone que los individuos y colectivos más aptos prosperen por todos los medios que hagan valer su superioridad, mientras que los menos aptos están condenados a la extinción. Las miserias del sistema son necesarias por cuanto responden a su funcionamiento natural: la ley del más fuerte.

P.D.1 El artículo 33 de la Constitución Española establece la función social de la propiedad. Es una mentira piadosa. La certeza es que, como subrayó Marx en su Contribución a la crítica de la economía política, la única finalidad del capital es la acumulación de capital.

P.D.2 La libertad de pensamiento y expresión son los principios constituyentes de una democracia representativa. Los demás derechos y libertades fundamentales son su desarrollo consecuente.

jueves, 12 de febrero de 2026

La felicidad

 

En una memorable tira de Quino, Mafalda entra en una cerrajería, saluda al anciano que la observa detrás del mostrador y le anuncia con desparpajo que ha venido a que "le haga la llave de la felicidad". El amable artesano le dice al instante: "Con mucho gusto nenita, ¿A ver el modelo?" Mafalda sale de la tienda con cara de haber captado el mensaje: "¡Astuto viejito!" piensa...

Quizás por los tiempos que nos ha tocado vivir, la “felicidad” ha vuelto al primer plano de las palabras de moda. Nos sobrevuela una considerable floración de aforismos y apotegmas de filósofos dispuestos a aportar su granito de arena. Obviamente a los medios, sobre todo a las redes, les interesa el impacto inmediato de la frase lapidaria y no tanto las mediaciones que la sustentan.

El término “felicidad” es excesivamente amplio. Cualquier intento de definición caerá en una generalización inconclusa similar a la que propone la Real Academia Española de la Lengua: Estado del ánimo que se complace en la posesión de un bien. Es una causa perdida. La felicidad es un concepto indeterminado. Las palabras del lenguaje que expresan estados de ánimo ("esperanza", "dicha", "gozo", "melancolía”, "resentimiento", "ansiedad"), lo que Georges Bataille denominaba experiencia interior, incorporan un exceso de contenido introspectivo, mentalista. La definición de la RAE no demarca el concepto sino que lo expande, abre mundo en expresión de Heidegger. La condición humana, versátil y contradictoria, es capaz de desear un número ilimitado de bienes cuyas determinaciones se disuelven en una casuística heterogénea e inabarcable. Es más, el infortunio nace con frecuencia de las expectativas imposibles que hemos decidido desear.

Para Wittgenstein son términos con una intención meramente pragmática. Es evidente, afirma, que no podemos cambiar ni forzar el contenido semántico del lenguaje, su gramática, además de admitir, que está bien como está. Y que los enredos y malentendidos surgen cuando el lenguaje se va de vacaciones. Un hablante con una competencia comunicativa normal entenderá correctamente lo que queremos decir cuando los utilizamos en los contextos apropiados. No existe un modelo original (como sugería el cerrajero) de la felicidad sino múltiples juegos del lenguaje en los que el término se usa con propiedad.

La concepción de la felicidad que más me convence es la aristotélica (no me privo de dar mi opinión). Anticuada, aburrida, viejuna, puede ser. Pero la edad determina la conciencia y me cae bien el astuto viejito de Mafalda.

Durante el helenismo, Aristóteles confirió al término un significado ético, costumbrista, individual: la felicidad es el resultado de la práctica constante de determinadas virtudes intelectuales (sabiduría, ciencia, entendimiento, prudencia, arte) y morales (fortaleza, amistad, liberalidad, modestia y justicia, entre otras). La felicidad no es un estado puntual, aislado, ocasional. La auténtica es siempre la consecuencia de tales hábitos y sólo quien los posee en grado eminente es capaz de alcanzarla. El resto es satisfacción circunstancial. La felicidad es una forma de vida. Así lo entendieron, fieles a tal idea, las escuelas postaristotélicas.