sábado, 8 de septiembre de 2018

Deber y felicidad



Hace años en este blog me referí a la primera triada (y clave de bóveda) de la filosofía kantiana: los tres sujetos kantianos, a saber, el sujeto empírico o psicológico, el sujeto lógico o trascendental y el sujeto metafísico o alma. Tres en uno, como el lubricante que todo lo arregla o el misterio de la trinidad divina. Una construcción especulativa magistral. Con razón afirmaba Borges que la filosofía es una rama inestimable de la literatura fantástica, tanto en su consideración sistemática (Leibniz, Berkeley, Spinoza o el mismo Kant) como en su versión fragmentaria, es decir, en forma de fuente de problemas (el doble, el tiempo, la memoria, el azar, la identidad personal) que son aprovechados ávidamente por todos los géneros literarios.
Ahora quiero referirme a la segunda de las triadas kantianas que sustentan su filosofía práctica y dan lugar a otro notable ejercicio especulativo y, sobre todo, a una fuente ilimitada de sinergias literarias y cinematográficas: los tres imperativos morales que dirigen nuestra acción.

- Contrarios al deber (“Engaño a mi esposa con otras porque me apetece divertirme y sólo se vive una vez”). Son normas propias de las éticas materiales (por ejemplo, el hedonismo).

- Conformes al deber (“No engaño a mi esposa con otras porque puede divorciarse y perjudicar a mis hijos, a mi consideración social y a mi trabajo”). Son normas propias de las éticas materiales (por ejemplo, el utilitarismo).

- Por sentido del deber (“Soy siempre fiel y leal con mi esposa porque como persona casada es mi obligación sin más”). Son propias de una ética formal.

En este último caso, cuando se actúa por imperativos de “deber puros”, la voluntad se somete a una ley moral (universal y necesaria) no por placer o utilidad u otros motivos relacionados con la felicidad, sino por acuerdo con su propia ley dictada exclusivamente por el sentido del deber. Según Kant, solamente estos imperativos tienen valor o mérito moral absoluto.
Una voluntad que actúa por puro sentido del deber orienta sus acciones mediante imperativos categóricos, cuya fórmula más general es: “Se debe hacer X siempre y sin condiciones”. Con palabras de Kant: obra según una máxima tal que puedas querer al mismo tiempo que se convierta en una ley universal. Ahora bien, el propio Kant advirtió del carácter imposible (o no verificable) de estos imperativos.

En cambio, el único problema que no necesita solución es, sin duda alguna el de cómo sea posible el imperativo de la moralidad {categórico}, porque este no es hipotético y, por lo tanto, la necesidad representada objetivamente no puede asentarse en ninguna suposición previa, como en los imperativos categóricos. Sólo que no debe perderse de vista que no existe ejemplo alguno y, por lo tanto, manera alguna de decidir empíricamente si hay semejante imperativo {categórico}; es preciso recelar siempre de que todos los que parecen categóricos puedan ser ocultamente hipotéticos. Así, por ejemplo, cuando se dice: "no debes prometer falsamente", y se admite que la necesidad de tal omisión no es un mero consejo encaminado a evitar un mal mayor, como sería si dijese: "no debes prometer falsamente, no vayas a perder tu crédito al ser descubierto", sino que se afirma que una acción de esta especie tiene que considerarse como mala en sí misma, entonces es categórico el imperativo de la prohibición. Pero no se puede en ningún ejemplo mostrar con seguridad que la voluntad aquí se determina sin ningún otro motor y sólo por la ley, aunque así lo parezca; pues siempre es posible que en secreto tenga influjo sobre la voluntad el temor de la vergüenza o acaso también el recelo oscuro de otros peligros. ¿Quién puede demostrar la no existencia de una causa, por la experiencia, cuando esta no nos enseña nada más sino que no percibimos la tal causa? De esta causa, empero, el llamado imperativo moral, que aparece como tal imperativo categórico e incondicionado, no sería en realidad sino un precepto pragmático, que nos hace atender a nuestro provecho y nos enseña solamente a tenerlo en cuenta.
KANT, Crítica de la razón práctica.

No se puede contar mejor. O dicho con palabras de un ilustre kantiano español, Manuel García Morente:

Si el hombre pudiera por los medios que sea, de la educación de la pedagogía, o como fuera, purificar cada vez más su voluntad en el sentido de que esa voluntad pura y libre dependa solo de la ley moral; si el hombre va poniéndose  cada vez más, sujetando y dominando la voluntad psicológica y empíricamente determinada; al cabo de esta tarea tendríamos realizado un ideal; tendríamos un ideal cumplido. Se habría cumplido el ideal de lo que Kant llama la santidad. Llama Kant santo, a un hombre que ha dominado por completo, aquí, en la experiencia, toda determinación moral oriunda de los fenómenos concretos, físicos o psicológicos para sujetarlos a la ley moral.

Lo cierto es que no deja de ser un ideal y que la santidad es una condición transmundana por lo que tales imperativos no están al alcance del ser humano. El propio Jesucristo en tanto que hombre se entrega al sacrificio de la cruz por obediencia a Dios, su padre, tal y como aparece en el episodio evangélico de la oración en el Huerto de los Olivos: Padre, si quieres, aparta de mí ese cáliz. Pero que no se haga mi voluntad, sino la tuya. Los frailes o monjas de clausura llevan una vida entera de sacrificio y oración porque esperan obtener la salvación eterna. Es el mismo caso de los mártires por la fe en el primitivo cristianismo: más allá del dolor está el goce en la contemplación de Dios. Los participantes en una ONG humanitaria y, con frecuencia peligrosa, como Médicos sin Fronteras o los antiguos misioneros que arriesgaban sus vidas en tierras lejanas por predicar la fe cristiana, actúan así porque les realiza, les gusta o les salva. Los testigos de Jehová consideran que es un imperativo de deber no transfundir sangre a sus fieles aunque peligre la vida del paciente… porque lo dice su forma de entender la religión.
La moralidad no puede traspasar el amplio círculo de las normas contra o conforme al deber. Por consiguiente, actuamos siempre mediante imperativos hipotéticos, o sea, normas limitadas, sometidas a una condición que las hace válidas. Su forma general sería: “Si quieres conseguir Y, debes hacer X”. El deber existe en toda acción moral, como afirma la forma de ambos imperativos, pero siempre podemos rastrear en los categóricos la condición manifiesta o latente próxima o lejana, expresa u oculta de la felicidad, la utilidad, el placer, la paz interior, la salvación, el conocimiento, la autorrealización, el interés o el beneficio, la riqueza, el poder o la fama que los determina en última instancia. En mi opinión, con la definición de una voluntad pura, Kant no pretende tanto mostrar cómo debe ser el hombre sino cómo es realmente y preparar el tránsito de la ética  la religión.
Analicemos algunos ejemplos peliagudos. Imperativos categóricos como “Se debe respetar la vida humana siempre”, “No se debe mentir nunca” o “Hay que respetar sin excepciones las opiniones de los demás” tienen evidentes excepciones: es moralmente legítima la defensa propia, sin entrar en los supuestos morales y legales de la interrupción artificial del embarazo, la guerra justa o no poner en peligro la vida de la madre en el parto; igualmente, parece conforme al deber dar información tranquilizadora (aunque falsa) a enfermos terminales o proporcionar datos falsos a un grupo terrorista o a un ciberdelincuente; también es una obligación moral rechazar opiniones racistas, ideas delirantes sobre el hombre o teorías y prácticas anticientíficas… No todas las opiniones, ideas o ideologías son respetables. Por tanto, no son leyes morales universales y necesarias. Si aun así se insiste en su universalidad, automáticamente se convierten en normas contrarias al deber. Otro caso: la conducta única del héroe que en un acto supremo entrega su vida para salvar la de sus semejantes, es encomiable en grado sumo pero no universalizable. Normas, asimismo, “Hay que vengar siempre las ofensas recibidas” o “Se debe buscar el beneficio propio sin condiciones” no son generalizables al hacer imposible la vida social, nos harían volver a un descontrolado estado de naturaleza incompatible con la sociedad civil.  
Aparece con una notoria frecuencia en las noticias que un probo ciudadano ha devuelto un maletín extraviado con un montón de euros en efectivo o un talón al portador por una suma importante extraviado en el banco de un parque o un anillo de brillantes perdido en el ascensor. En realidad, esa excelente persona ha actuado por sentido del deber pero no puro sino condicionado. Ha actuado conforme al deber: por ejemplo porque no podría dormir ni vivir en paz consigo mismo si se quedara con el dinero o la joya. O porque su esposa o sus hijos lo va a censurar y considerar poco menos que un delincuente. O porque intuye que antes o después se va a descubrir el pastel y puede tener problemas con la justicia. ¿Cuánto hay en su decisión de deber y cuánto de motivos empíricos? ¿Mitad y mitad? No lo creo. Si deber y felicidad fuera las coordenadas cartesianas de la acción moral resultaría sorprendente la ecuación final de nuestras decisiones. Deber y felicidad transitan por separado aunque pueden a veces encontrarse de manera más o menos confusa, hipócrita o  disimulada. El ser humano es lo que es por lo que no puede superar los amplios límites (eso sí) de la estructura felicitaria de la moral. La síntesis perfecta entre virtud y felicidad solo puede alcanzarse fuera del mundo. De ahí la tercera triada kantiana: los tres postulados de la razón práctica (la libertad de la voluntad, la inmortalidad del alma y la existencia de Dios) y el consiguiente tránsito de la moral a la religión: Pero esto ya es otro tema.

lunes, 13 de agosto de 2018

Robótica y sexo


Océanos de tinta se han vertido sobre Internet y la realidad virtual, Telépolis, la galaxia digital o “el cuarto mundo de Popper” hasta el punto de que esa realidad paralela cobra cada vez más relevancia en todos los ámbitos del ser (la expresión realidad objetiva ha llegado a tornarse equívoca). El dinero y la prensa ambos de papel tienen los días contados. La banca digital y el comercio electrónico están cada vez más extendidos. La telemática educativa, médica y el teletrabajo son recursos (¿avances?) irreversibles. Los grupos, reuniones y congresos alrededor del plasma sustituyen en muchos casos a los costosos viajes internacionales (¡tres hurras por el ahorro público y privado!). En la actualidad las guerras entre las grandes potencias se libran en Telépolis. Eso incluye el control masivo de datos, la piratería informática, el espionaje industrial, el rastreo de información privilegiada o el uso masivo de las redes sociales para difundir informaciones teledirigidas con muy diversos fines, por ejemplo, políticos o económicos: es el caso de las fake news… 
¿Y qué me cuentan de la robótica, heredera directa de la cibernética? La "ciencia cognitiva" imaginó a finales del siglo XX un modelo del hombre basado en la analogía con la computadora. La mente es una computadora de propósito universal y la actividad mental procesamiento de la información. Como metáfora no está mal. El cerebro es el hardware o soporte físico de la mente y los procesos cognitivos el software o soporte lógico.  En este punto proliferaron las teorías alternativas que se fueron desinflando: monistas, cognitivistas, conexionistas, etc. Cuanto más sugerentes menos contrastadas. El cerebro, el órgano del conocimiento, es tan complejo que no se conoce a sí mismo. 
Posteriormente la neurociencia y la inteligencia artificial empezaron a interesarse por máquinas no mecánicas que simulan la conducta humana, es decir, cerebros electrónicos. O sea, menos rollo teórico y más inventos prácticos. Mientras que la computadora es una máquina no consciente (solo el ser humano puede afirmar “pienso, luego existo”) dotada de un soporte o equipamiento electrónico, el ser humano es, en el fondo, un autómata consciente (tiene estados mentales o de consciencia) dotado de un sofisticado equipamiento biológico. Si los ingenieros del futuro pudieran construir una máquina con un equipamiento electrónico capaz de reproducir funciones psicológicas, tendría estados mentales equivalentes a los humanos, incluidos la autoconciencia, el lenguaje, el pensamiento abstracto y los sentimientos... 
Legiones de especialistas trabajan en ello a todo trapo porque las posibilidades de transformar el mundo, no sabemos en qué dirección, dependen en gran medida de esta tecnología de la conducta. (Nos vamos a quedar todos en la calle). Estamos hablando de la tercera revolución industrial a escala planetaria. 
No hace mucho, la prensa nos presentó en primera plana a Sophia la robot más avanzada del mundo. La novela y el cine de anticipación han poblado nuestras neuronas de humanoides serviciales, replicantes imposibles de distinguir de los humanos, androides superdotados y almas de metal rebeldes. Por cierto, no se pierdan la estupenda película Ex maquina. Por supuesto, estamos de vuelta de Matrix, de la súper divertida Desafío total o de la original Robocop. Pero Sophia es de verdad. Recogemos una información reciente de la Agencia EFE.

Sophia, la robot humanoide más avanzada del mundo, creada por Hanson Robotics, ha intervenido hoy ante los alumnos de la Universidad Pública de Navarra, donde ha contestado a numerosas preguntas y, sobre todo, ha formulado muchas de ellas a su entrevistador, Joaquín Sevilla. La robot, que en un principio fue diseñada para trabajar con personas mayores en residencias de ancianos, tiene capacidad de hablar, interactuar y acompañar su discurso con expresiones y movimientos faciales de manera similar a los humanos. (…) Tiene además su propia página web y perfil en las redes sociales. La humanoide, ha comentado Joaquín Sevilla a Efe, es "espectacular", porque "está pensada para interaccionar con las personas de una manera natural, mantener una conversación, y eso es muy sorprendente".
Imaginen la industria sexual que se avecina. Eso sí que va a ser un mercado seguro, próspero y estable. Me estaba acordando de la chifladura de las muñecas hinchables. A no ser que te lo montes como Michel Piccoli en la película de Luis Berlanga Tamaño natural y estés dispuesto a dar la vida por tu juguete secreto, la cosa carece de interés erótico (creo yo). Nada que tenga que ver con los sofisticados robots que se preparan en los grandes centros de inteligencia artificial. Todo para la señora, todo para el caballero. Casi todo para cualquier elección sexual. Preferencias de cualquier tipo, estimulación científica de zonas erógenas, placeres del uno al diez, programas informáticos que emulan cambios de decorado y personalidad como en el cine porno. Se acabó la monótona monogamia. La imaginación al poder. Juegos para todas las edades y condición. En el fondo una profunda revolución sexual. Preguntas aviesas: ¿Le pone los cuernos al marido la esposa que se compra el ingenio en cuestión? ¿Peligra la profesión más antigua del mundo? ¿Se escindirá todavía más la sexualidad del amor? Las posibilidades son impensables. Al principio serán robots muy caros, como las teles de alta definición. Luego bajarán los precios, se harán populares, aunque las cortesanas de lujo, las sophias sexy, estarán solo al alcance de ricachos disfrutones. Habrá condenas “morales” unánimes y manifiestos a favor de la libertad sexual. En resumen, el onanismo como una de las bellas artes… No me explico cómo Celia Blanco no le ha dedicado un artículo en Contigo dentro. También la ciencia médica se verá afectada. Los cardiólogos y psiquiatras se van a hacer de oro. 

lunes, 23 de julio de 2018

Narcisismo futbolero



Los aficionados silban a Cristiano Ronaldo en los estadios, en general cae mal, incluso a muchos madridistas (ahora con más motivo) porque es un personaje narcisista dentro y fuera del campo; mientras que, por ejemplo, Messi se limita a jugar al fútbol y sobrellevar la pesada carga de la vida privada de los famosos sin alardes musculosos, novias de pasarela o fiestas babilónicas (lo que los une es que ambos tienen serios problemas con el fisco). En la última final de la Champions se empeñó en ser el centro de todas las miradas y dejar en segundo plano a la orejona. En ese momento terminó con el Madrid. Se tacharon mutuamente.
Para no estar triste necesita verse bien, tener una imagen positiva de sí mismo, a través del balón de oro, la afición, la prensa, Florentino, el entrenador, el vestuario, el árbitro, los rivales o el ministro de Hacienda. Si el espejo le dice que no es el más bello deja de ser Cristiano y se convierte en la madrastra cabreada: me tienen envidia porque soy guapo y rico. Puyazo a Blancanieves. Un equipo como el Real Madrid ha tolerado durante años sus desplantes toreros por su rendimiento en el campo y los beneficios en caja. Pero todo tiene un límite, sobre todo a cierta edad: ni le han duplicado la ficha ni le han pagado las deudas con Hacienda. Puerta por una fortuna. Sería curioso saber qué relación tiene el final de esta historia de amor y desencuentro con la escapada de Zidane.
Pero el narcisismo al que me refiero ahora está relacionado con el fútbol pero en las antípodas del mundo de Cristiano. El colegio donde estudiaron la ESO y el Bachillerato mis hijos competía en varias categorías: alevines, benjamines, cadetes, juveniles, etc. Apunté a mi hijo en la categoría de alevines, entre 11 y doce años si mal no recuerdo. Los padres acompañábamos a los niños a la zona de Madrid donde les tocaba jugar de visitante, con riesgo de patadón y pedrada en ciertos barrios, o al patio del cole si lo hacían de local. Vista la cosa en sí, sin contaminaciones narcisistas, se trataba de divertirse los domingos por la mañana, aprender a formar un grupo de amigos comprometidos con la causa, hacer ejercicio dos tardes a la semana en los entrenamientos que dirigía uno de los profes de educación física y comprender los valores básicos del deporte, entre otros, saber ganar y perder; en el libro que me bajé de Internet había un montón más: crear sinergias positivas sobre organización y superación, sincronización entre la mente y el cuerpo, evaluación de decisiones... Chorradas. Si en el fútbol profesional es misión imposible, creía, inocente inocente, que era posible en el fútbol de alevines. 
Lo que me encontré fue un mundo al revés, la realidad puesta cabeza abajo, como decía Marx de Hegel. Algunos padres creían que sus hijos eran los magos del balón, que el equipo debía ganar sí o sí, y si se perdía el partido cargaban contra los culpables: los compañeros, el entrenador, el árbitro y, en última instancia, la dirección del colegio. ¡Vaya imagen hemos dado! Durante el partido presionaban a sus hijos de modo intolerable. Se veían a sí mismos en el espejo de sus hijos, los cuales en vez de disfrutar al aire libre sufrían el delirio paterno. Fueron los mismos padres que se enfrentaron al entrenador por hacer rotaciones durante los partidos para que el banquillo al completo pudiera jugar; obviamente había mejores y peores con el cuero en el pasto, como decía el gran Alfredo Di Stéfano; llegaron a amenazarlo con partirle la cara si no planteaba el partido y las alineaciones (sobre todo) como ellos querían. Fue vergonzoso. No sé cómo aguantó. Recuerdo especialmente a uno de los padres que se pasó la primera parte increpando groseramente al árbitro que había expulsado a su hijo por pisar la cabeza de un contrario delante de sus narices después de tirarlo por detrás. Todos sabíamos que el niño se las traía. Se aprende lo bueno y lo malo. Harto, el árbitro paró el partido y amenazó con suspenderlo si seguían los insultos. Jugábamos en el campo del Canal de Isabel II. Siguió la bronca con los padres del rival. Un gachó de arma y cuchillo plantó cara al discrepante: ¡Deja de joder o vamos a tenerla! Llamé a mi hijo que chupaba banquillo y discretamente nos largamos. A lo lejos vimos como un coche de la policía con luces y sirena ponía rumbo al Canal. El encargado de campo, experto en estas lides, hacía rato que se había percatado del follón en ciernes. El árbitro salió escoltado, me enteré después.
Al domingo siguiente más de lo mismo. No sabíamos dónde meternos. La cosa fue a más: pasaron de chillar a sus hijos a criticar alto y claro a los nuestros. Gordo, lento, torpón… El colmo. Y ahí fue cuando, por desagradable que fuera, tomamos cartas en el asunto. Pedimos una reunión con el director del centro al que le expusimos con detalle, con la confirmación del entrenador, el mal ambiente que rodeaba al equipo cada fin de semana. El director convocó a los padres implicados en los “incidentes” y primero les rogó que cesaran de inmediato. Ni caso. Después les advirtió que si se repetían, sus hijos serían apartados del equipo (eso sí, en voz pasiva porque dos eran miembros del Consejo Escolar y votaban). Como estábamos a final de temporada (quedaban cuatro jornadas) todo transcurrió en una tensa normalidad donde unos padres no les dirigían la palabra a los otros y se mascullaban maldiciones por lo bajo. Los chicos eran tristemente conscientes de lo que se cocía entre bambalinas. Como el fútbol (y cualquier deporte) es un estado de ánimo perdimos un partido tras otro hasta quedar en la parte baja de la tabla, lo que no le hizo ninguna gracia al director, acostumbrado, dijo, a que el centro diera otra imagen en la clasificación. De nuevo el narcisismo dirigía los acontecimientos. El entrenador dimitió y lo dimitieron de su puesto de trabajo.  
La solución salomónica fue crear dos equipos A y B (la normativa de alevines lo permitía: más equipos, más fichas, más dinero) para jugar en la misma liga escolar en función de “la calidad de cada plantilla”. El nuevo entrenador hizo la selección y distribución, seguramente aconsejado por quienes hubieran debido guardar un silencio culpable. Qué casualidad que sus retoños se quedaran sin excepción en el primer equipo. Los padres e hijos del B se indignaron, al conocer el desdoble perpetrado por las altas instancias. Desde estas se les explicó que obedecía solo a razones técnicas y que las oportunidades de jugar quedaban abiertas a todos. Falso porque algunos fueron desviados forzosamente al balón-volea. Asimismo, los jugadores del B tenían la opción de subir al A por méritos propios. Hubo desbandada en los “malos”. Los chicos excluidos lloraban sin consuelo. Otros padres y otros hijos ajenos, entraron. El mío decidió jugar un año más en el B. Cuando acabó la temporada, eligió otro deporte fuera del colegio, el tenis, y si te he visto no me acuerdo. Ahora juega en una liga futbolera de cuarta. Cuando vuelve del partido sólo le pregunto si sigue entero.

martes, 17 de julio de 2018

Cosmopolita



El término “cosmopolitismo”, antítesis de “nacionalismo” (al que me referí en otro artículo) tiene varios significados que me gustaría por lo menos airear. Comienzo brevemente por sus raíces históricas para seguir con algunas consideraciones más actuales.
Literalmente “cosmopolita” significa “ciudadano del mundo”. Sócrates y los sofistas fueron los primeros en contraponer naturaleza y convención como tema de reflexión: la diferencia es que al primero lo condenaron a muerte por cuestionar las convenciones sociales, mientras que los segundos enseñaban a usarlas con éxito en la vida pública.
Pero el primer filósofo griego que reivindicó el término “cosmopolita” fue Diógenes de Sínope, fundador de la escuela helenística cínica o etimológicamente “perruna”. Según parece, sus compatriotas atribuían esta denominación a los pensadores (o individuos) que se declaraban ajenos o contrarios al rígido nacionalismo diferencial del nomos (usos sociales, costumbres, leyes, religión) de las ciudades Estado griegas. Después de todo, el perro es un animal que se rige por sus inclinaciones naturales y habita en todos los lugares del mundo. También los estoicos defendieron que el vínculo primordial que une a los hombres no es político sino natural. La naturaleza humana, como la cualquier ser vivo, es un conjunto de necesidades, instintos, tendencias, deseos y fines universales. En líneas generales, ambas escuelas vinculan la tesis del cosmopolitismo con la existencia de una ley común, una especie de ley natural que, por encima de cualquier legislación positiva determina el bien y el mal, lo justo y lo injusto, la virtud y el vicio, la felicidad y la desdicha, y sería la medida exacta de la conducta humana. Corresponde a la razón descubrir esta naturaleza innata. Son las leyes naturales las que unen a los hombres y los acercan fraternalmente como ciudadanos de un orden utópico, decían. La mayoría de las escuelas helenísticas, por ejemplo, los epicúreos, crearon jardines y espacios de convivencia ajenos a la ciudad Estado. Para las escuelas helenísticas, el hombre no es por naturaleza un animal político, como afirmaba Aristóteles, sino simplemente… un animal.
Y aquí empieza el lío: cuando las sucesivas generaciones de filósofos pretendieron haber encontrado las leyes comunes ocurrieron tres cosas: primero, que las convirtieron automáticamente en sólidas convenciones, en formulaciones explícitamente teológicas,  éticas y políticas; segundo, que no hubo acuerdo en la formulación de tales leyes. Recordemos a San Agustín (¡dos ciudades que se ignoran!) Tomás de Aquino, Hobbes, Locke, Rousseau o Marx; tercero, la diversidad de interpretaciones de la esencia de la naturaleza humana desvía el sentido genuino del cosmopolitismo hacia su contrario: las diferencias religiosas, morales y legales.  
Algunos han querido ver esa naturaleza humana común, universal, en la construcción histórica de los derechos humanos. Podemos pasar por alto que su descubrimiento histórico, progresivo y progresista, no sea contradictorio con su carácter natural. Una sola anécdota desbarata el invento. Hace años participé en la elaboración de los programas de Bachillerato y los libros de texto de un país centroafricano. Contaba con la colaboración de dos expertos nativos pertenecientes a etnias distintas. Cuando salió a la palestra el tema de los derechos humanos ambos coincidieron en que eran un invento de la cultura occidental y que no tenían ningún valor para las etnias africanas. Allí regían otros códigos inmutables. Incluso los derechos naturales eran diferentes para cada etnia, una de las cuales, para empezar, se sentía superior a la otra desde tiempo inmemorial por unas mitologías arcanas anteriores incluso a la aparición de las razas. Los jefes tribales son los herederos de los héroes inmortales del mito y sus derechos sobre sus súbditos son ilimitados.
En los países que defienden la universalidad de los derechos humanos, ocurren, a su vez, tres cosas: primero, los respetan parcialmente o no los respetan; segundo, son el aceite lubricante del capitalismo industrial y financiero; tercero, una tupida niebla semántica difumina el significado de sus términos para adecuarlos cuando convenga a fines particulares. No me extraña que los miembros de la Academia de la Lengua pierdan los papeles en sus disputas.
La Unión europea está basada en intereses económicos puntuales y un nacionalismo sin careta. La actual política internacional de Estados Unidos, Rusia o China consiste exclusivamente en barrer hacia dentro. No se ponen de acuerdo siquiera en evitar los crímenes de lesa humanidad.
Leía hace días en la prensa que un renombrado astrofísico afirmaba que por un montón de razones estamos solos en el cosmos. Inversamente, en la NASA consideran que sería un milagro estadístico que fuera así. Sea como sea, la mayoría de las personas, posiblemente influenciadas por la ciencia ficción y otras ficciones más interesadas, consideran a los extraterrestres provenientes de otros lugares del universo más como una amenaza nacionalista a escala planetaria que como unos pacíficos bienhechores dispuestos a compartir el pan y la sal. Después de todo, nada menos cosmopolita que El señor de los anillos o Juego de tronos. En las encuestas extraterrestres se impone la fuerza a la sabiduría. Quizás esos viajeros del más allá sepan en qué consiste la ley común a los seres racionales. Que nos visiten estos ciudadanos del cosmos acaso sea la única solución posible a lo que Borges tituló Historia universal de la infamia.
¡Pobre Diógenes si levantara la cabeza!
En cualquier caso, como dice el refrán, Dios aprieta pero no ahoga. Hay brotes verdes de cosmopolitismo entre los jóvenes: por ejemplo, los universitarios que disfrutan de las becas Erasmus para formarse profesionalmente y conocer otras personas, lenguas y culturas en los países de la Unión Europea. Vuelven encantados y enriquecidos con la experiencia. Algunos encuentran allí a su media naranja e incluso se instalan definitivamente porque fuera de España hay mejores oportunidades de trabajo debido a la libre circulación de personas y, sobre todo, a la escasez y precariedad de nuestro mercado laboral.
Las oportunidades de viajar a precios asequibles permiten a los jóvenes moverse por todos los rincones del planeta y conocer, independientemente de su valoración ética y política, una increíble variedad de culturas. Esta es quizás la mejor educación cosmopolita: observar, aprender, comparar, proponer.
Dejo sobre la mesa, por último, tres preguntas: en los grandes centros urbanos, coexisten diversas razas, creencias, costumbres, tradiciones procedentes de diferentes países; por ejemplo, Nueva York, París, Berlín, Londres o Madrid. ¿Se puede hablar realmente de cosmopolitismo?  ¿Ha sido y es Barcelona una ciudad cosmopolita? ¿Qué respuesta cabe desde el cosmopolitismo al drama de la emigración desde las costas africanas a Europa?

viernes, 13 de julio de 2018

Impresiones de un profesor en Barcelona



Lo que describo a continuación son mis experiencias en un instituto de enseñanza secundaria de Barcelona a principio de los años ochenta. Era mi primera plaza en propiedad. Insisto: me limito, en la medida de lo posible (no existe la neutralidad pura) a exponer en primera persona, no a juzgar ni a criticar las distintas vivencias de entonces.
Como decía, era mi primer destino como funcionario de carrera en prácticas. Soltero y sin compromiso. El primer lugar que me asignaron fue Huesca, lejos de Madrid; no me gustaba pero al menos era una capital de provincia. Calculé que podría acercarme a mi tierra en un par de años ya que aún no había concursos de traslados autonómicos que prácticamente te impedían (o restringían) salir de la comunidad de destino. Tras el obligado período de reclamaciones de los opositores a la lista provisional me asignaron la plaza definitiva en un instituto periférico de Barcelona. Un rebote inesperado. Me lo tomé por el lado positivo: vivir un tiempo en la ciudad más próspera, europea, marítima y modernista de nuestro país. Una experiencia prometedora.
Mi relato se sitúa en plena efervescencia del nacionalismo catalán, aunque no tanto como ahora. El tema de la independencia estaba latente, pero de momento el objetivo era conseguir un estatuto lo más amplio posible. No diré nombres. 
Cuando me presenté al director en la fecha prevista, lo primero que me espetó, tras un breve saludo y una información protocolaria sobre el centro y mis colegas del departamento, fue que aunque era madrileño era evidente que tenía raíces catalanas: mi segundo apellido es Isern, muy común en Cataluña; en mi caso procede de Mallorca. Le mentí prudentemente que así era; que una parte de mi familia materna vivía en Pedralbes, lo cual era cierto: Nos habíamos tratado muy poco. Ignoro las razones. Les hice varias visitas. Eran muy españolistas. Recuerdo lo que me dijo un tío abuelo la última vez que comí con ellos: ten siempre presente que Cataluña está dividida en dos partes que se ignoran y en el fondo, se desprecian. Lo único que se interpone es el dinero. Antes o después serán irreconciliables.  
Me preguntó el director si pensaba quedarme permanentemente en Barcelona, tras cerciorarse de que era exclusivamente castellano hablante. Le dije que todavía no lo había decidido, que me sentía a gusto en Barcelona (un halago de doble filo) pero que me inclinaba por volver a Madrid por motivos familiares. No se interesó por los detalles. Me recordó que si no pensaba integrarme definitivamente en Barcelona, con todas sus consecuencias culturales y lingüísticas, fuera consciente de que ocupaba la plaza de un profesor catalán que quizás estuviera desplazado en otras comunidades españolas: sonaba a que el profesor catalán estaba exiliado contra su voluntad y yo expatriado voluntariamente. Como traía la lección aprendida le contesté que estaría encantado de permutar mi plaza (un procedimiento legal) con un profesor catalán de mi asignatura que estuviera destinado en Madrid o provincia pero que ese procedimiento no era viable mientras yo estuviera en prácticas (una argucia del Ministerio de Educación para pagar menos a los profesores durante el primer curso de ejercicio). Somos un instituto bilingüe, concluyó, pero comprenderás que nuestra lengua predomine a todos los efectos. No le pregunté de qué “efectos” hablaba porque prefería enterarme sobre la marcha. Por cierto, entre norma y consejo dejé caer que no me interesaba lo más mínimo el fútbol y que no iba con el Real Madrid. A partir de ese momento y durante los dos cursos que trabajé en Barcelona mi relación con el director fue buena, es decir, inexistente, aunque no dejamos de saludarnos cortésmente en los pasillos. Buen rollo entre dos líneas paralelas que nunca llegan a encontrarse. No volví a pisar su despacho excepto para despedirme cordialmente. Jamás sentí el menor tipo de acoso profesional por parte de ningún miembro de la junta directiva, al contrario, siempre conté con su apoyo y colaboración.
Había horario partido, lo que suponía dar clase por la tarde dos días a la semana. El primer día que me tocó, me uní a la hora de comer a un grupo de diez profesores en la cafetería-comedor del instituto. Hablaban todos en catalán, excepto un catedrático de historia que sentía un desprecio manifiesto por el ambiente maniqueo de las mesas. A oídos sordos insistía en que la historia de Cataluña que contaban los nacionalistas era tendenciosa, falsa y además ellos lo sabían. El no ser me envolvía. Tuve la suerte de conocer pronto a un compañero de fatigas vallisoletano, profesor de lengua y literatura españolas, que vivía en Barcelona desde hacía un montón de años y a algunos colegas de la misma condición. Hacíamos vida aparte. Nunca hubo malos rollos. Simplemente nos ignorábamos. En mi opinión, sin la guerra civil  y la implacable represión de la lengua y la cultura catalana por el franquismo, Cataluña sería algo parecido a Escocia. Se ha cumplido la profecía de mi tío abuelo.
Un grupo de profesores, muchos catalanes conversos, provenientes de otras regiones de España, organizaron en la primera semana del curso una excursión sabatina al Penedés en un autobús alquilado. Había dos tipos de conversos: los que habían nacido en Barcelona y los que no (cuanto menos catalanes, más radicales). Me llamaban Isern. Decidí observar el panorama. En seguida se formaron varios grupos separados, como en las bodas. Si el objetivo era confraternizar, fracaso total. Después de comer, se montó en una cabaña una partida de póquer. Uno de los conversos no natos, algo bebido que además perdía empezó a llamarme “el social” en alusión a la temida brigada político-social franquista, a insultarme desde que se enteró de que era de Madrid. Estuvimos a punto de llegar a las manos. Les gané una considerable cantidad de dinero, jugaba mejor que ellos sin más, y en estas menudencias pasamos la tarde. A los pocos días, los perdigones de la cabaña me invitaron a una timba en casa de uno de ellos. Me olí la tostada de un contubernio para desplumarme (nunca lo supe, lo reconozco) y rehusé en tres ocasiones hasta que se cansaron y me dejaron en paz. Los catalanes autóctonos soportaban a los conversos que les hacían loas y zalemas pero tampoco los trataban como a iguales. Cuatro grupos sociales convivían en el centro. Desde mi punto de vista, la diferencia entre conversos y autóctonos era que a los primeros los entendía, los consideraba mis próximos (los insultos del pagano del póquer eran impensables en un catalán de pura cepa); me resultaban incluso más transparentes que otros colegas de diversas regiones españolas que he tratado en Madrid. Los autóctonos, al contrario, me resultaban mas impenetrables que otros profesores europeos...
El trato con los alumnos fue en general bueno. No hay mejor método que levantar la mano y facilitar las cosas. Les expliqué los avatares burocráticos que me habían llevado hasta allí. Casi en tono de disculpa. Algunos me preguntaron si podían escribir los exámenes en catalán. Les dije que por supuesto, el único inconveniente era que mis conocimientos de su lengua materna eran limitados y quizás no entendiera sus respuestas todo lo bien que merecían por lo que podría haber errores de evaluación y continuas consultas en el departamento. Nunca tuve que corregir un examen en catalán. Su nivel de castellano era equivalente al de los alumnos de otras partes de España donde había trabajado de interino. En resumidas cuentas, eran bilingües; una riqueza cultural que no le hacía demasiada gracia a la directora del departamento de lengua catalana cuando cometí el error de comentárselo. Me trataba por mi apellido e intentaba captarme para la causa en un castellano tan fluido como el mío. Se dirigía, según ella, a la pars sana de mi herencia genética. Sutilmente me informó que había clases complementarias para los castellanoparlantes que decidieran también ser  bilingües, si tanto me gustaba eso. Para ella el castellano era una imposición del Estado que perjudicaba gravemente a Cataluña. Le dije que se lo agradecía pero que no merecía la pena que asistiera a sus clases pues pensaba pedir el traslado en cuanto pudiera para dejar mi plaza a un catalán de verdad, no a medias como yo. Su sentido del humor era un enigma inescrutable. Me contó que en un viaje a Madrid para participar en unas jornadas sobre la Renaixença, se partía de risa con las caras que ponían los dependientes de El Corte Inglés cuando les hablaba en catalán para comprar ropa interior. 
Los claustros de profesores eran “a todos los efectos” en catalán. Los temas estrella eran los de siempre: organización, coordinación, secuenciación, adaptación, distribución, evaluación... aparentemente se los tomaban muy en serio. En mi caso, nunca noté nada raro en el aula. Lo mejor era ver, oír y callar. Si algún foráneo preguntaba en castellano se le contestaba aleatoriamente en una u otra lengua. Mi amigo de Valladolid era el encargado de aclararme lo que pudiera tener relación con mi trabajo y se me hubiera escapado; nunca demasiado (después de todo el catalán es una lengua romance).
Hablo del ambiente que respiré en el instituto de enseñanza secundaria, no de Barcelona, la ciudad más próspera, europea, marítima y modernista de nuestro país.

domingo, 1 de julio de 2018

Palcos de ayer y hoy



Ya no hay palcos como los de antes. Me refiero a los palcos de ópera de las grandes capitales europeas. A los más exclusivos. A los de la ópera Garnier, por ejemplo. Normalmente estaban contratados una temporada tras otra por la crème de la sociedad parisina: los auténticos Guermantes del Faubourg Saint-Germain, la nobleza de rango, pares de Francia, escudos de prestigio con fortuna o sin ella (aunque este fuera su último empeño, en el doble sentido del término; ver y ser visto: figuro, luego existo). También la alta burguesía, familias adineradas de la banca y de la industria, intachables de puertas afuera, influyentes (l’argent fait tout), para las que el palco era un espacio de futuros negocios y escaparate de hijas casaderas bien vistas por los títulos nobiliarios con mucha heráldica y poco contante: nombres con mucho crédito en ciertas cosas y muy poco en otras. También por apuestos oficiales con uniforme de gala cuyo campo de batalla eran las veladas del París elegante: hijos de ilustres generales, cargados de medallas y billetes de banco, afines a la Restauración o renegados del Imperio, estos últimos con pocas oportunidades de ascender en la escala social.
Antes de comenzar la representación se pasa lista: quien está y quien no está, quien está con quien o quien no está con quien. Desfile de alta costura y joyas de las grandes firmas en manos, brazos y escotes deslumbrantes. Esmóquines, bastones de marfil con empuñadura de plata (que ocultan una hoja de acero filoso), monóculos, guantes blancos.
Caras nuevas en el patio de butacas, mundanos de pacotilla, petimetres y profesionales del sablazo, libertinos al estilo de Casanova y cortesanas de primera fila. Una noche en la ópera. Cuando se apagan las luces reaparecen los binoculares de orfebre. Empieza el tráfago en los palcos; en menos de media hora la geografía humana ha cambiado. En el patio de butacas, donde la movilidad es más limitada, el aforo mira a todas partes menos a escena. Sociología de la ópera decimonónica: paraíso (lugar de las clases medias), patio de butacas, palcos del primer y segundo anfiteatro: mundos paralelos, mónadas con estatus sin ventanas al mundo, culturas incomunicadas que necesitarán que finalice el siglo para empezar a comprenderse.     
La ópera profunda cobra vida en los palcos del Garnier. Requiebros amorosos que llegan a las manos de las bellas como por ensalmo, versos satíricos sobre ciertas matronas que los han vetado o pullas para difamar a sus rivales; replican a los galantes sobres perfumados con epigramas de doble o triple sentido. Un alto representante del clero entra camuflado en el palco de la condesa de N y se sienta en segunda fila. La peluca y el rostro empolvado no esconden el brillo salaz de sus ojos. En el escenario Adelina Patti interpreta un aria del Barbero de Sevilla, un libreto acorde con las inocentes travesuras del todo París.
Una variante de la época son los palcos sellados, cerrados a cal y canto. Gruesas cortinas de terciopelo que reservan inocentes pasatiempos. En el palco del duque de B. se juega a media voz una partida de bridge o de whist; apuestas fuertes sobre el tapete. En el de Monsieur L., el craso bodeguero borgoñés negocia sobre una mesa improvisada los términos de la boda entre su única hija y el vástago de una casa ducal venida a menos. En el de la marquesa de P. la baraja francesa se usa para jugar a las prendas entre tres damas y sus maridos, todos medio desnudos al terminar el primer acto. En el palco de la Princesa de N. sólo se corre la cortina de terciopelo para improvisar un refrigerio en petit comité. El príncipe consorte ha traído unas minucias de lo mejor de su cocina: perdiz fría, caviar iraní, queso de Normandía, croquetas de faisán, pastel de merluza y tarta de marron glacé. Un criado acude con dos botellas abiertas de Moët & Chandon en una cubitera con hielo. En el del Vizconde de V. dos cocottes retozan con el noble libertino, las bocas tapadas con pañuelos de seda para evitar los susurros, los gemidos a dúo o las frases obscenas del tenorio; lencería fina y bombones por el suelo. Todos estarán vestidos y compuestos a la mitad del segundo acto. Cuando termina la representación los carruajes de caballos esperan en fila a los señores de la noche. Algunos se demoran porque han ido a presentar sus respetos con orquídeas a los camerinos de las primas donas o a las jóvenes “promesas” del coro. Nieva en París, nieva sobre los Campos Elíseos y los jardines del Palacio de Versalles, nieva sobre el mundo entero…

Asistía hace unos días en el Teatro Real a la representación de Lucia di Lammermoor, las más famosa de las óperas de Gaetano Donizetti. Allí pude constatar las diferencias entre los palcos de antaño y los de ahora. En otra entrada me referí al Teatro Real y a sus entresijos musicales y sociales:


Para empezar, la mayoría de los palcos VIP del primer anfiteatro son patrocinados por bancos y empresas. Los mecenas distribuyen las invitaciones entre sus ejecutivos que a su vez las regalan a familiares y amigos. El público, por tanto, suele ser muy variado y cambiante; muchos invitados van por primera vez al Real: la curiosidad por asistir a un espectáculo insólito prima sobre el gusto por la música. La mayoría no vuelve. Además los buffets gratis del intermedio han ido perdiendo calidad y cantidad; como los programas de mano. Por supuesto, la mayor parte del aforo son abonados que eligen entre las diferentes modalidades y precios, por tanto, son aficionados a la ópera cuando menos.
En el palco de empresa nadie se conoce. Los extraños se saludan al entrar, ocupan su asiento y tal día hará un año. También puede ocurrir que un jefazo acapare todas las entradas del palco y asistan los miembros de una misma familia nuclear o extensa. En este caso resuenan los ronquidos del abuelo y los codazos de la nieta, la madre desenvuelve el papel de celofán de un caramelo de menta cada cuarto de hora: medio minuto crepitante que crispa al respetable; su marido, que ha ido por decreto conyugal, se sitúa lo más atrás posible conectado al partido del sábado con auriculares. Al hijo mayor, a su lado, se le ha olvidado apagar el móvil hasta que suena con estruendo un mensaje de WhatsApp que llega hasta el foso de la orquesta. Lo apaga presto pero enciende el Ipad sin sonido para ver la página del Real. Un foco más en la iluminación del teatro. A la abuela, más pendiente del ronquido marital que de la soprano, se le escapa sin control una tos bronquial con bramido expectorante que despierta del coma a los chavales del palco de al lado. En el patio de butacas una andanada de toses sin pañuelo hace coro a la abuela. El abuelo hace tal esfuerzo por no roncar en el sillón que se le afloja el muelle y larga un cuesco de tenor lírico. Desbandada en el palco de los jóvenes para no reventar de risa. Bochorno y vuelta al ruedo. Al final media hora de aplausos sin ton ni son.
Otras veces son clientes aventajados, negocios a la vista, que hubieran preferido el palco del Bernabéu, luchando con el tedio antes de cenar con los jefes de la empresa en el restaurante de teatro... Con todo pagado. Imagínenselo: este sería el único (y distante) punto de contacto entre los palcos de ambas épocas.  

viernes, 15 de junio de 2018

Nacionalismo


El nacionalismo es una ideología y una idiosincrasia que viene de muy lejos. La primera manifestación histórica del nacionalismo en occidente procede, como casi todo, de las polis o ciudades Estado griegas que surgen a partir del siglo VI a.C. Eran grupos ubicados en comarcas, valles, incluso islas, que tienen el centro soberano en una ciudad. Las ciudades Estado controlaban su territorio y no aceptaban la sumisión a ningún poder externo, político, económico, moral o religioso. Cada polis tenía su propio nomos, sus leyes, su ejército, sus normas culturales que consideraban superiores a las del resto de las ciudades, hacia las cuales sentían un fuerte sentimiento etnocéntrico.
Si volvemos a la actualidad podemos poner algunos ejemplos de nacionalismos más o menos inocuos: el festival de Eurovisión en el que últimamente quedamos en la última fila por culpa de los gallos de Morón o melopeas blandengues propias de los años sesenta; o el campeonato mundial de fútbol. Por cierto, la Federación Nacional de Fútbol ha dado el patadón a Lopetegui por hacer público su fichaje por el Real Madrid a cuarenta y ocho horas de jugar la selección su primer partido en Rusia. Rubiales, el presidente de la Federación, se enteró de la movida, según parece, cinco minutos después de confirmarse. Desde luego al ex entrenador no le mueve ningún sentimiento patriótico sino otras pasiones del alma. Florentino hace de las suyas: primero el Real Madrid y después yo o al revés. Un periódico danés decía, al conocerse la noticia, que España es un caos general de dislates y valores.
Hablando de cine: es curiosa la organización política de la saga La Guerra de las Galaxias. La República de la Galaxia gobierna desde su sede en el planeta Coruscant, con un gran canciller a la cabeza y un Senado elegidos democráticamente, la alianza de un montón de planetas y especies inteligentes. Entre ellos la Tierra. Uno de los alicientes de la serie es la pinta alucinante que tienen algunos extraterrestres y las jergas que utilizan en los bares. ¿Somos nosotros más guapos y la raza elegida para salvar a la galaxia de las asechanzas del Imperio? Más de lo mismo. El ideal cosmopolita, universalista, consiste en anteponer los fines de la Liga cósmica a los de cada planeta (aunque haya repuntes nacionales); algo que contrasta con la realidad histórica del siglo XXI: el ultranacionalismo del actual presidente norteamericano que está poniendo al mundo patas arriba, una Unión Europea en donde priman sin tapujos los intereses nacionales a los del conjunto de países que la integran. Algunos ni siquiera cumplen las reglas fundacionales relativas al respeto a los derechos humanos. También las otras superpotencias, Rusia y China, van a lo suyo sin contemplaciones supranacionales, excepto el papel protocolario de ciertos acuerdos menores que no se cumplen. El Reino Unido se sale de la Unión Europea por “necesidades nacionales”: por razones fundadas o no, por la difusión masiva de falsas noticias en las redes sociales que manipulan los sentimientos nacionales y tergiversan las virtudes del Brexit o porque somos diferentes, es decir, superiores a los continentales; por su parte, Escocia reclama otro referéndum de autodeterminación ante el nuevo orden surgido de la escisión. La caricatura del nacionalismo se expresa en el catálogo de estupideces que los europeos se aplican mutuamente. En general, a los latinos nos miran por encima del hombro. ¿Sobre la distinción entre nacionalismo incluyente y excluyente? A mi me parece más una cuestión de grado que de sustancia. Además me resulta demasiado complejo recorrer un laberinto dentro de otro laberinto. Que lo resuelvan los politólogos que han creado el tópico.
Las versiones del nacionalismo excluyente generan actitudes como el racismo, la xenofobia, el fanatismo o la aculturación. Es, en el fondo, una religión laica. La aculturación es la exportación masiva de un diseño de vida colectiva de una cultura dominante a otra subordinada con la desaparición parcial o total de la segunda. El colonialismo es un ejemplo de aculturación. La leyenda negra de la conquista de América por la Corona española se basa en la aculturación de los pueblos indígenas. El caso más nefasto del nacionalismo es el genocidio y la limpieza étnica. Por el ejemplo el cometido por las fuerzas serbio-bosnias en Srebrenica en 1995. El holocausto es el ejemplo más aterrador de limpieza étnica.
En toda Europa hay movimientos separatistas vinculados al nacionalismo: En Italia en la región del Véneto ciertos partidos políticos denuncian su diferencia respecto al pueblo italiano y llaman a un referéndum de autodeterminación de la región. El movimiento separatista existe en Baviera desde su formación. Son más conocidos los casos de  Escocia, Irlanda y Gales en el Reino Unido. En Flandes existen movimientos nacionalistas moderados: el partido Nueva Alianza Flamenca, ganador de las elecciones parlamentarias de 2010,  no descarta la separación de su región de Bélgica. También en Tirol del Sur, Córcega, incluso en Suiza hay nacionalismo separatista: el Frente de Liberación Jurasiano exige desde hace más de treinta años que el Cantón del Jura se independice de la Confederación. En España, son todavía más acusados los separatismos nacionalistas: Cataluña. El País Vasco y, en menor medida, Galicia. No voy a entrar en detalles, más que conocidos, en torno al más acuciante de los tres: la separación de Cataluña del resto de España para constituir un Estado propio, la denominada República catalana. Me limito a enumerar media docena de salidas al conflicto. Que cada cual elija la que le parezca mejor y más viable:
- Aplicar sistemáticamente el artículo 155 cada vez que la Generalitat incumpla la Constitución.    
- Dialogo dentro del marco constitucional entre el gobierno español y la Generalitat para ampliar al máximo las competencias del estatuto de autonomía catalán.   
- Reconocimiento de tres nacionalidades históricas con unos marcos competenciales sustancialmente diferentes a los del resto de las autonomías.
- Establecimiento en España de un Estado federal, al margen (o no) de la monarquía.
- Reforma de la Constitución que permita un referéndum vinculante  de autodeterminación en Cataluña.
- Delegar la solución del conflicto en un alto comisionado de la Unión Europea creado ad hoc. Las dos partes podrán argumentar ante la comisión la forma y el contenido de sus pretensiones, pero deberán reconocer y acatar rigurosamente la resolución ejecutiva de la comisión.