viernes, 12 de abril de 2019

¡Mira que bonito!


He releído un artículo bastante plúmbeo que escribí hace tiempo contra la inmediatez no reflexiva del juicio estético “me gusta”, equivalente por su simplicidad al juicio de hecho esto es un gato sin más especificaciones de sexo, raza y condición. Hoy, con un ejemplo, voy a darle la vuelta dialéctica al saber fundado de los puristas a favor de la sinceridad del consumidor sanote de cultura que proyecta las plácidas sombras de la curiosidad en la pared de la caverna platónica.
En una exposición de pintura, el me gusta brilla con luz propia. Su expresión verbal es el consabido ¡mira, qué bonito! Mejor nos olvidamos de las explicaciones porque hasta los más “entendidos” dicen chorradas. La pintura es tan compleja como la música. Hay que ser prudente y modesto y sobre todo sincero con uno mismo… como aquellos dos novios invitados (obligados a asistir) al concierto del sábado por la tarde por el padre de la chica porque no podía utilizar su abono conyugal por causas mayores (en realidad, un Madrid-Barça). Cogidos de la mano miraban extasiados a la imponente araña de la sala de conciertos mientras el aire se llenaba con la música de Bruckner, toses sin pañuelo y envoltorios de caramelos de menta. A la mitad de un allegro moderato, en un arranque de convicción, el joven susurra a su colega penitente: trescientas ochenta y seis. A lo que, aliviada al fin, la otra contesta : trescientas ochenta y siete si cuentas la fundida… ¡Viva el escuchar desatento! Siempre preferible a los comentarios del intermedio iguales a sí mismos toque lo que toque.
Si quieres enterarte algo más de la exposición, alquila el audio-guía o apúntate a la visita guiada. Aquí lo que decae es la atención. Nos interesa pero no tanto. Excepto honrosas excepciones el cicerone nos abruma con tal cantidad de información que el cerebro se bloquea. Es parecido al cuelgue del ordenador por tocar demasiadas teclas sin criterio. Se produce entonces el empane reparador y las travesías del desierto.
Para mí, lo mejor es ir por libre y tirar de Wikipedia cuando te interese. Mejor recurso es prepararte la exposición el día de antes pero tiene dos inconvenientes: primero, robarle un tiempo al ocio puro y duro, y segundo, aburrir al personal cuando largas tus informes. Si algún amigo o conocido los reparte fotocopiados se expone a que lo borres de tu lista de contactos o que advierta las miradas que lo fusilan. No insistas: tu señora o tu pariente más cercano te van a sugerir que pares. Mensaje implícito: para calentarte las meninges, cómprate un  libro o vete a una conferencia del Ateneo. Si la exposición es de arte abstracto los comentarios son de lo más sincero: ¿Dónde quedaría bien ese cuadro? Señala la joven mirando un pequeño lienzo plagado de manchas en blanco, negro y amarillo. En el retrete, contesta el chico mientras piensa que la hora de comer se acerca. Ese otro, un Mondrián, insiste la chica, sería excelente para diseñar un mantel de cuadros. Replica el joven: Mira aquel de enfrente no se entiende ni el cuadro ni el título, Omphalos IV. Eso lo pinto yo, dice un señor mayor que pasaba por allí.

martes, 2 de abril de 2019

Dolor y gloria. Apunte

Por supuesto que en Dolor y gloria hay elementos autobiográficos pero son accidentales. La película es ante todo una ficción en la que tales elementos son genéricos, contextuales, incluso generacionales, pero siempre puestos al servicio del lenguaje cinematográfico. El guion no convence pero sí su ejecución. En cada secuencia, escena o plano lo verdaderamente importante, lo que busca Almodóvar es cine en estado puro, no contar su vida. Exagero para poner el punto de mira en lo esencial.
Lo intención de la película reside en la adecuación entre los movimientos de una cámara dominante y un guion cargado de obsesiones negativas que le sirven de pretexto. Expresiones de la crítica especializada como “memoria sentimental” (es más acertado hablar de “memoria colectiva”), “impotencia creativa”, “búsqueda de la redención” “desnudez pública” y muchas otras, son las puertas falsas del laberinto que nos propone el director manchego.
En realidad no sobreactúan los actores sino el director. Como en La piel que habito (para mí su mejor película) da la impresión de que Almodóvar interpreta la partitura de un cuarteto de cuerda. No es de extrañar que saltaran chispas durante el rodaje. Extraordinaria la interpretación de Antonio Banderas, inviable con otro director.
En una primera lectura, los elementos biográficos parecen las claves evidentes del film (por más que en el arte nada es evidente). Lo único cierto es que todos los guiones, todas las novelas incorporan de un modo manifiesto o latente elementos biográficos; incluso “Veinte mil leguas de viaje submarino”. En el proceso de creación la imaginación los destila, los transforma en forma de imitación, deconstrucción, ocultamiento o catarsis pero nunca de identidad inmediata. El realismo en el arte es siempre mágico. Y más en Almodóvar. También en Dolor y gloria lo importante es el tratamiento que los transfigura. Esa es la parte luminosa del film. Una vez que desechamos las salidas en falso del laberinto podemos volver a sentarnos en la butaca y probar desde otra perspectiva. Por esta razón no cala en nosotros la propuesta emocional de Dolor y gloria, no se produce la empatía sino la distancia, incluso los momentos cruciales de la pasión de Salvador Mallo (cuando está sólo consigo mismo) nos dejan indiferentes. Algo falla. Es muy difícil sintonizar con los personajes del director manchego. Son muy raros, extravagantes, marginales… Las chicas y los chicos Almodóvar te pueden gustar, divertir, asombrar o al revés pero son ajenos a tu mundo. Fuera del cine no tienen vida. Sus embrollos políticamente incorrectos son inverosímiles; tanto como la sarta de agradecimientos por la obtención del óscar por Todo sobre mi madre. Los aficionados al cine españoles se dividen dos: los pros y los contra Almodóvar. Los contrarios afirman que los guiones de sus películas son más fáciles de escribir que una mala novela policíaca. De lo extraño y marginal se sigue cualquier cosa. 
En realidad no hay impostura sino la puesta en escena meticulosa de un cineasta en busca de nuevos encajes (desde su primera película) entre forma y contenido. Es ahí donde hay que poner el ojo, lo mismo que Almodóvar en la cámara. Lo más personal de Dolor y gloria son los elementos iconográficos: su piso, los cuadros, carteles, fotos y esculturas de su colección particular… aunque son utilizados para fines muy distintos a la conversión de Salvador Mallo en un trasunto de Almodóvar. Son elementos cinematográficos en sí mismos y, en este caso, sí son el reflejo subjetivo del autor. Son el hogar y el entorno de un cinéfilo. Dicho de otro modo, rueda en su casa no para reforzar la autoficción, sino porque su casa es buena para filmar. El final, aplaudido y denostado a partes iguales, no es un lugar común para cerrar el final en falso, sino la clave o metáfora de la totalidad. Por eso la popular expresión “vamos al cine” tiene un sentido pleno cuando el miércoles (día del espectador a mitad de precio) vamos a ver en los minicines de barrio su última película.
Con palabras del propio realizador:
¿Es "Dolor y gloria" una película basada en mi vida? No, y sí, absolutamente. Todas mis películas me representan. Es cierto que esta me representa más, pero desde el momento en que empiezo a escribir sobre una base conocida -procedente de la realidad, de algo que he leído en el periódico, que me han contado, de lo que he sido testigo o simplemente un episodio de mi propia vivencia- la historia empieza a encontrar su verdadero camino (cinematográfico, en este caso) para convertirse en ficción. (…) Por supuesto, la película habla del cine y de la importancia del cine en mi vida. Podría decir que el cine es mi vida o que mi vida es el cine. La auténtica droga de la película es el cine, no la heroína, la verdadera dependencia de Salvador es la de seguir haciendo películas, el cine le ha vampirizado por completo.

domingo, 31 de marzo de 2019

Series


Decididamente están de moda las series televisivas. Las grandes firmas del streaming, Netflix, Amazon, HBO, Sky, entre otras (parece que Apple también se apunta) parecen haber dado con la clave del éxito de los servicios audiovisuales bajo demanda. En otra entrada de este blog hice una breve historia del polifacético “continuará” (que incluye las series y otros soportes). Aquí analizo algunas razones por las que las series están actualmente en la cresta de la ola de la industria cultural.

Seguridad. La primera es que cuando seguimos una serie sabemos que nuestra parte de ocio está asegurada. Se disparan las endorfinas ante la perspectiva de anclaje para el tiempo libre; nos libramos del desasosiego que produce la obligación de buscar algo que nos apetezca en el maremágnum de películas, documentales, deportes, música que ofrece la firma de streaming que hemos contratado. Además si otro evento televisivo nos interesa en la franja horaria que dedicamos a una serie, sabemos que siempre estará disponible para seguirla cuando nos apetezca. Es más, podemos seguir una serie antigua o de moda desde el primer episodio y temporada.

Versatilidad. Decíamos que las series crean hábitos de ocio estables, que fomentan rutinas gratificantes. A esto hay que añadir su versatilidad como productos de consumo. Esta es otra de las razones más poderosas por la que las series son tan apreciadas. Pueden verse en cualquier espacio y tiempo: mientras te das un paseo, al ir al trabajo, durante un viaje, en la habitación del hotel, en la sala de espera del médico o en la tele del dormitorio con tu pareja... Las series son un ocio de fácil acceso, un océano de entretenimiento al alcance de todos (las suscripciones son asequibles) y se pueden ver en todos los soportes audiovisuales: en la televisión, el ordenador, la tableta o el teléfono móvil; se adaptan mucho mejor que otras formas de cultura a este cambio de plataformas y medios. Mientras el cine retrocede, la televisión vive su mejor momento.  

Amplitud. La oferta es muy amplia. En realidad, recoge todos los géneros cinematográficos: drama, acción, comedia, policiaco, historia, terror, ciencia ficción… Asimismo, puedes elegir series de perfil bajo, fáciles de comprender, con tramas que no requieren un especial esfuerzo intelectual para seguirlas (como Friends), aptas por la gente que llega cansada física y mentalmente a su casa después de una larga jornada de trabajo. Inversamente, puedes inclinarte por series de perfil alto, complejas, con exigencias de comprensión (como Twin Peaks). Incluso directores de cine consagrados, Scorsese, Fincher, Spielberg, los Cohen o los Wachowski se han pasado a las series. Muchas películas de culto se han convertido en series. En la lista de ofertas hay una paleta interminable de perfiles intermedios que puedes sondear antes de decidir cuál será la siguiente. La versatilidad de las series genera, previos estudios de impacto y análisis de big data, los llamados nichos de mercado, más directos todavía que los géneros: series de abogados, narcos, reinos perdidos, biografías, adaptaciones, detectives, robots, espías... Es sabida la capacidad que tienen las plataformas digitales de conocer nuestros gustos para después decidir por nosotros sin que nos demos cuenta. La oferta es tan amplia que podemos pensar con nuestra propia cabeza y encajar en algún nicho de mercado. Además es ocio, no arte; en esto se diferencian por el momento del cine.  

Enganche. Cuando seguimos una serie necesitamos saber lo que va a ocurrir después. El aficionado (no digamos el adicto) experimenta al final de cada capítulo la necesidad de ver el siguiente para empaparse de lo que sucede a continuación. Sea cual sea el nicho de la serie, el final del episodio siempre se presenta de forma ascendente, potente, cargado del máximo interés. Esto explica que casi siempre veamos más de un capítulo; o si no tenemos algo mejor que hacer, engolfarnos en un maratón de siete episodios, incluso de una temporada completa. Los guionistas saben cómo hacerlo. Manejan la ley de clausura y el temporis punctum con eficacia probada. Nos enganchan hasta el punto de que cuando la serie concluye experimentamos una cierta sensación de vacío y duelo hasta encontrar la nueva. Otro factor del enganche es la presión social: la familia, los amigos, los vecinos, la pandilla, los compañeros de trabajo comentan los avatares de una serie y si no quieres quedarte fuera tienes que subirte al carro. Actualmente la fluidez de los grupos primarios depende de las nuevas tecnologías.

Deconstrucción. Una de las características de las series es la fragmentación permanente de la trama. Los guiones se parecen al formato de una novela donde se salta de unos personajes a otros, de una situación a otra, de un planteamiento a otro. El guionista utiliza los mismos recursos en las transiciones de la acción que en los finales de episodio (es decir, te deja con la miel en los labios). La extensión de la trama permite introducir nuevos personajes y líneas narrativas. Asimismo, los personajes centrales pueden evolucionar, declinar a favor de otros o desaparecer. La deconstrucción permite alargar las series sin que el espectador se fatigue y cambie. En realidad las series se parecen a la vida misma. En muchas series en curso el guion no está acabado: el propio guionista estudia posibles variantes para los siguientes episodios y las futuras temporadas en función de las preferencias actuales que su antena capta entre los seguidores en las redes sociales o las opiniones de la crítica.

Inmediatez. La serie recoge con ventaja el recurso al enganche de las telenovelas o culebrones que ofrecen cada día un nuevo capítulo, o los antiguos cuadernos de historietas donde el nuevo número de la colección sale la próxima semana. La ventaja de las series es que no tienes que esperar ni un minuto para enterarte de lo que le pasa a tus personajes favoritos. Su inmediatez ha dado lugar a lo que muchos seriólogos han denominado “efecto de familia”. Del mismo modo que tus mascotas, los personajes de la serie acaban por formar parte, consciente o inconsciente, de tu entorno afectivo. Internet ha permitido que la inmediatez del contenido de las series se convierta en un fenómeno planetario. La propia serie tiene su web y su muro nacional e internacional en todas las redes sociales. Los “me gusta”, los comentarios, las imágenes, las discusiones sobre los posibles finales, retroalimentan su valor y difusión. Visto de esta manera no elegimos una serie sino al revés, somos productos de los efectos gravitatorios de una cultura global.

jueves, 21 de marzo de 2019

La condición femenina


Me invitaba una antiguo alumna mía, hoy profesora de filosofía en un instituto de secundaria, a adentrarme, siquiera someramente, en algunos de los temas y problemas de la condición femenina más controvertidos moralmente desde un punto de vista actual.

Ocurre, en primer lugar, que soy varón y de alta edad.

Ocurre, en segundo lugar, que tales temas y problemas son por intuición, a primera vista, demasiado controvertidos (dicho en terminología cartesiana, oscuros y confusos).

Ocurre que tales temas y problemas son tan complejos, incluso tan generacionales, que no me siento capaz de tratarlos a fondo. Que sean otras y otros quienes aborden con el máximo rigor y fundamento cuestiones como la prostitución reglada, la industria pornográfica (compartida con el hombre, por supuesto), las profesiones femeninas con vínculos o condiciones sexistas, la interrupción artificial del embarazo, la transexualidad quirúrgica y hormonal, la superioridad psico-biológica de la mujer, la gestación subrogada o las madres de alquiler, la adopción de un hijo por una pareja de mujeres (sean o no homosexuales), la fecundación in vitro de mujeres solteras (incluso de edad madura), la doble moral feminista y sexista de muchas famosas en desfiles, fiestas y redes… En mi opinión, todas estas cuestiones tienen una relación directa con la corporalidad femenina, expresada de forma contundente por la afirmación genérica mi cuerpo es mío. Encuentren por sí mismos las aristas, variantes, contraejemplos e incluso contradicciones que tal afirmación contiene cuando se pone en relación con los temas y problemas citados.

Ocurre que mi edad no me lo permite. Estoy de acuerdo con Ortega en su versión de la razón histórica y la consiguiente ética de circunstancias. Enumero además otros temas y problemas todavía más inextricables para mí: la crítica de la “razón falocrática”, el poliamor, la selección genética de los hijos, la sexualidad robótica, la teoría del varón culpable, la masculinización mimética, el desmontaje del mito del “amor romántico”, el empoderamiento femenino o la discriminación positiva de la mujer. Qué alivio sentir mi impotencia para poder entrar en tales asuntos, qué descanso saber que los tiempos cambian y nada ni nadie te permitirá levar el ancla de la edad. Los límites de mi mundo son los límites de mis años. Qué liberación estar siempre situado a una determinada altura de los tiempos…

Ocurre, no obstante, que se debe entrar en tales temas y problemas y dejar que sean otros, por ejemplo mi alumna, quienes entren al trapo, es decir, sigan sus mediaciones dialécticas hasta donde la razón los lleve y caiga quien caiga. Hágase pues.

Feci quod potui, faciant meliora potentes.

P.D. Como dijo Mafalda: ¡astuto viejito!

viernes, 8 de marzo de 2019

Precariedad


Cuento lo que me contaron. Un matrimonio, vecinos de toda la vida, ha estado este verano una semana de vacaciones en La Habana. Un día cenaron en el destartalado hotel de cuatro estrellas en el que se alojaban. Paredes desconchadas, manteles grasientos y cubertería del tiempo de Maricastaña. Les llamó la atención la enorme cantidad de camareros que pululaban por el comedor, sombras invisibles que no atendían a nadie (tres mesas ocupadas) hasta que hartos de protestas se acercaban indolentes con la carta. Cuando pides solo quedan cuatro cosas. Por cierto, el arroz a la cubana no lleva tomate ni plátano. Al terminar el almuerzo, mi vecino le preguntó al camarero que parecía más simpático, tras generosa propina en euros, por lo curioso del caso: Pues ya sabe, en Cuba no hay desempleo. Nosotros hacemos como que trabajamos y el Estado hace como que nos paga. Trabajo hay, lo que no hay es dinero. A barrer carreteras o a cortar caña de azúcar por la sopa boba.
Me envía por WhatsApp desde Londres un pariente y amigo, muy aficionado al golf, un video en el que un robot parecido a un coche de fórmula pero más pequeño y achatado corre veloz por el campo de prácticas para recoger las bolas que tiran los socios desde las casetas. El ingenio mecánico sustituye al tradicional vehículo recogebolas con cabina metálica y bandeja delantera. Se trata de otro ejemplo de inteligencia artificial, no muy cara en este caso, que facilita la tarea de los humanos pero que, a la vez, los manda al paro. Un robot, le comentó a mi amigo uno de los profesionales del club, hace el trabajo de tres vehículos, es más rápido y molesta menos a los clientes. Resultado: tres puestos menos. Reducción de costes y aumento de beneficios. 
Más de lo mismo: en la actualidad, un joven (o una joven, no se moleste alguien) con un currículo premium (estudios universitarios, doctorado, Erasmus, masters, cursos, publicaciones) tras superar varias entrevistas consigue un puesto de becario mal pagado; dos años después le hacen un contrato laboral para hacer el trabajo de tres por un salario de medio. O sea, los jóvenes se dejan las pestañas y la empresa hace como que les paga. Mientras, accionistas mayoritarios, directivos de gama alta, inversores preferentes, gestores estratégicos, auditores de pega o consejeros de administración se forran a costa de las millonarias plusganancias. Hay dinero pero no hay trabajo. A buscarlo en el extranjero o a conducir motos de tele-comida.
Dos caras, pero no de la misma moneda.

martes, 5 de marzo de 2019

Elecciones


Winston Churchill que además de político fecundo en ardides, era un gran estratega militar e insólito Premio Nobel de literatura (solo escribió unas memorias de la Segunda Guerra Mundial para mayor gloria suya) fue una fuente inagotable de frases y aforismos. Dijo que (y cito de memoria) un país democrático siempre tiene el gobierno que se merece, opinión que salpimentó con otra sentencia literal: El mejor argumento en contra de la democracia es una conversación de cinco minutos con el votante medio.
Está claro desde Maquiavelo que la política real consiste en alcanzar, mantener y extender el poder; y en una democracia el instrumento es el voto. Se trata de que el cuerpo electoral te otorgue sus favores, lo que significa en la práctica que la política no está sujeta a la ética (el meollo de tanta querella vana y tantas voces en el desierto) aunque se deben guardar las apariencias, es decir, "el príncipe" debe tener como referencia nominal las declaraciones de derechos humanos (que no se cumplen ni por el forro). Lo cierto es que la política ni siquiera está sujeta a la lógica: antes podías decir una cosa cuando estabas en el gobierno y la contraria desde la oposición; ahora puedes decir cosas contradictorias desde una u otra y sólo se quejan los de siempre. O simplemente jugar al vamos a contar mentiras, tralará, para magnetizar la atención del "votante medio" al que se refería Winston Churchill: las redes sociales se pueblan de bulos, insultos y rebuznos. El invento funciona.
Caso práctico en general: Pedro Sánchez busca (y encuentra) la Moncloa desde una mayoría parlamentaria inviable, incluso a medio plazo, por las siguientes razones: primero, en el debate de la moción de censura airea las miserias del Partido Popular para que, incluso con pinzas en las narices, muchos de sus  votantes se abstengan; o desvíen el voto, políticamente incorrecto y minoritario, hacia la extrema derecha, léase Vox; o hacia una “derecha liberal”, a la que le falta por lo menos un hervor, con la que pueden llegar a pactos ventajosos. “Otrosí”, desde el gobierno se maneja mejor los resortes de unas elecciones generales que desde la oposición. Es sabido que la televisión pública es la voz de su amo, el CIS cocina las encuestas a la medida del gobierno, se habla bien o mal del PSOE, pero se habla, se cuenta con la inercia del voto rural, etc. Sánchez escenifica además una imposible negociación con los independentistas catalanes (que sólo quieren un referéndum de independencia) para presumir de su talante dialogante y tratar de llevar a su molino el voto indeciso del "centro", o sea, Ciudadanos (un partido que más que asentarse, levita); y se aleja por la izquierda de los principios moderados del felipismo para meterle un bocado enorme a Podemos. Tiempo habrá con el talego lleno de ponerse la máscara socialdemócrata. Finalmente, cae la lluvia de oro de los decretos leyes de última hora (pensiones, derechos de la mujer, impuestos, servicios sociales) sin que quede claro de dónde van a salir los fondos para pagarlos, o sea, que se cumplirán el día del juicio final a las cinco de la tarde.
La política está únicamente supeditada a la economía: es el capital industrial y financiero quien realmente detenta el poder: El Poder Efectivo. Los derechos humanos sirven de aceite lubricante para los grandes negocios. Las democracias representativas, y en esto se parecen a la Iglesia católica, deben adaptarse al poder real como requisito de supervivencia. El que manda, manda. ¿Recuerdan cuanto duró la ley del Tribunal Supremo a favor de los clientes sobre los impuestos de las hipotecas? Por cierto, un fantasma recorre Europa: los poderes fácticos han anunciado que se avecina otra crisis...

viernes, 22 de febrero de 2019

Diálogo


Nunca más que ahora ha estado de moda el término “diálogo”, sobre todo en la vida pública. Junto con “relato” y “poner en valor” es la palabra (o expresión) más utilizada por los políticos.
El término “diálogo” como casi todo nuestro bagaje cultural procede de la antigua Grecia. Diálogo procede del verbo dialegw. El “Diccionario griego-español” de J.M. Pabón incorpora los siguientes significados: conversar, platicar, hablar, discutir, disputar, tratar (algo con alguien), discurrir, razonar… El significado, en versión libre, de la unión entre la preposición (dia) y el verbo (legw) sería algo así como “un viaje a través de la palabra”. Como criterio epistemológico podríamos denominar al diálogo “la verdad como resultado de un proceso”.
El término pasa literalmente al latín clásico como conversación o plática entre dos o más personas (dialogus) mientras que el sentido de discusión o razonamiento lo recogen mejor los términos quaestio: indagación, cuestión, disputa o disputatio: disputa, controversia (según “El diccionario latino-español etimológico” de Raimundo de Miguel). El diccionario de “Expresiones y frases latinas” de Víctor-José Herrero Llorente, amplia el significado histórico de ambos términos. Quaestiones: Nombre que se daba en la Edad Media a grandes repertorios de problemas discutidos, acompañados de sus autoridades, argumentos y soluciones. Disputationes: “Discusiones”, “Controversias”. Nombre que se daba en la Edad Media a ciertos ejercicios escolásticos en los que se debatían cuestiones importantes y que servían para ejercitar a los participantes en la argumentación y demostración. Por su parte, el “Diccionario etimológico de la lengua castellana” de Joan Corominas incluye entre los derivados del verbo griego los de dialéctica a mediados del siglo XIII y dialéctico hacia 1440.
Por último, el “Diccionario de la Real Academia Española de la Lengua” subraya tanto la etimología latina como la griega y recoge tres acepciones del vocablo:
1.  Plática entre dos o más personas, que alternativamente manifiestan sus ideas o afectos.
2.  Obra literaria, en prosa o en verso, en que se finge una plática o controversia entre dos o más personajes.
3.  Discusión o trato en busca de avenencia. 
El diálogo como disputa o dialéctica  es el método de la filosofía socrática y del propio Platón. La estructura de los Diálogos platónicos es siempre la misma: aparece un personaje fijo y principal, Sócrates, el maestro de Platón, en torno al cual se reúnen un conjunto de personajes secundarios, normalmente figuras conocidas de la Atenas de entonces. Tras un breve protocolo de encuentro, se suscita la discusión sobre un tema determinado, normalmente de carácter antropológico o humanístico, como el amor, el alma, la amistad, la virtud, la justicia, la república o las leyes. Tras un elaborado proceso de discusión, Sócrates tiene siempre la última palabra sobre la solución más convincente. Es una forma de dialogar con truco, con red, porque siempre gana Sócrates. En realidad cuando leemos los diálogos platónicos se nos ocurre una y otra vez que sus opositores dialécticos hacen demasiadas concesiones y dicen amén a sus razonamientos con excesiva premura (sin duda, ciertamente, en efecto, no podría ser de otro modo); se lo ponen demasiado fácil sin plantear las serias objeciones que nosotros le haríamos al hilo de la lectura. Si jugamos a la ucronía y uno de los diálogos platónicos se hubiera titulado Puigdemont o la independencia, la solución socrática hubiera sido, sin truco, sin red y sin contrarios, la creación de una ciudad Estado independiente o polis debido al fuerte sentimiento nacionalista de los griegos en el siglo V a.C. Atenas era Atenas y Esparta era Esparta y así todas las polis. Sólo la guerra contra el extranjero pudo confederarlas. La idea de Grecia como una sola nación integradora de todas las ciudades Estado bajo una misma ley era todavía impensable. Eso vino después, como sabemos.
Inversamente, si Cicerón hubiera escrito un diálogo titulado De Republica indivisa, las famosas catilinarias del filósofo romano hubieran sido un amable consejo comparado con el furibundo alegato contra el malvado partidario de la partición del Imperio. Si alguna de las provincias del Imperio Romano, por ejemplo Hispania, Lusitania, Judea o Egipto tras la muerte de Cleopatra (por abarcar distintas etapas históricas) hubiera osado independizarse de Roma, los generales más renombrados al mando de las legiones más belicosas partirían al punto hacia la el territorio sedicioso y pondrían en orden los límites del imperio a sangre y fuego… Dura lex, sed lex. Excepto para aquella aldea de irreductibles galos que nunca se sometieron al dominio del invasor gracias a los efectos de una poción mágica.