El título del libro del poeta inglés William Blake, “El matrimonio del cielo y el infierno” es una metáfora acertada de la esencia del fútbol. De la alegría irrefrenable por el triunfo a la depresión profunda por la derrota. Una y otra se desbordan o se agudizan según lo que está en juego sobre el césped. Es un deporte donde resulta imposible alcanzar el justo medio aristotélico: saber ganar y saber perder. El juego limpio es una máscara veneciana del negocio planetario que los organismos oficiales y el periodismo deportivo intentan convertir en una exigencia moral que nadie respeta y a todos engorda. Sin bronca no hay paraíso. Traté de explicarlo en una de mis antiguas entradas del blog que aún, creo, tienen vigencia: ¿Por qué nos gusta el fútbol? Los incondicionales del Atlético de Madrid somos un ejemplo del matrimonio de Blake. Todavía me acuerdo del cartel publicitario de un “añito en el infierno” (que fueron dos) tras descender a Segunda División hace veinticinco años.
Esta vez quiero
referirme al equipo desde una crítica de la razón futbolera. En principio, hay
dos maneras de valorar los resultados de una temporada prácticamente acabada. Desde
una perspectiva optimista el año que viene volvemos a estar en las
bolas calientes de la Champions, hemos llegado a la final de la Copa del
Rey y a las semifinales de la máxima competición europea, lo que supone estar
entre los “cuatro mejores” y un río de oro para las arcas. Desde una
perspectiva realista nos hemos descolgado de la lucha por la Liga en la segunda vuelta tras demostrar una irregularidad impropia de un
aspirante al título frente a los equipos menores y no dar la talla ante los mayores.
Hemos cometido errores de bulto, regalos inadmisibles en la Copa del Rey (penaltis
incluidos) y nos ha faltado ambición y contundencia en la semifinal europea. Tres
decepciones en cualquier caso.
No le faltan argumentos
a Conor Gallagher exjugador rojiblanco recién traspasado en Enero al Tottenham
Hotspur cuando afirma en una entrevista que el Atlético no está a la altura del
Real Madrid, del Barcelona o de los grandes expresos europeos porque en los
momentos decisivos, contra equipos serios con intensidad y movimiento, se queda
corto. De lo cual surge una nueva antinomia. Tesis. El Cholo debe
mantenerse fiel al estilo secular del Atlético: defensa rocosa, centro agresivo y contrataque letal. Nosotros somos quien somos. La solución no es
cambiar al entrenador sino proporcionarle jugadores de más calidad. No es de
recibo que veteranos como Koke o Griezmann sean titulares imprescindibles y
partido a partido los pilares del conjunto. Dicho de otro modo, el atleti es un
buen equipo, pero no un gran equipo. El nuevo accionista mayoritario, el fondo
de inversión estadounidense Apollo Sports Capital, tendrá que invertir en
todas las líneas si quiere ascender los peldaños que todavía faltan. Y contar
con Simeone.
Antítesis. El Cholo
sigue manteniendo los mismos esquemas tácticos de hace diez años obsoletos para
el fútbol moderno: desplazamientos veloces, presión en todo el campo, alarde físico y
definición. Rodri Hernández, ex atlético, uno de los mejores centrocampistas
del mundo y último balón de oro para agravio y espantada de Florentino, planteó
a Simeone sin cortarse un pelo que no estaba dispuesto a jugar noventa minutos en
bloque bajo como un central más a la espera del fallo del contrario y salir a
la carrera. Lo suyo era acariciar el cuero y ponerlo en el sitio. Simeone le
suplicó de rodillas que se quedara, pero finalmente fichó por el Manchester
City en 2019 por setenta millones de euros. Un pésimo negocio. Me temo que
Julián Álvarez tiene también malos pensamientos. Esperemos que no sean de
palabra y obra. El Barça de las palancas y los milmillonarios de la Premier
League están al acecho. Se impone un golpe de timón en la dirección técnica.
La mejor afición del mundo, la que llenaba el Calderón incluso en el infierno, empieza a tener serias dudas y cabreos. Nadie cuestiona, al contrario, lo que el Cholo, una leyenda, ha hecho por un club que antes de su llegada era un barco al garete. ¿Pero saca a esta altura determinada de los tiempos el mejor partido de los jugadores que pasan por sus manos o más bien los acorta con sus poco ambiciosas pizarras? La inversión 2025/26 ha sido de 230 millones de euros. Fichajes contrastados no han respondido a las expectativas. Demasiadas lesiones de largo alcance y un fondo de armario amplio pero poco solvente. Siempre nos quedará la cantera. En fin, dejo un enlace de entradas y salidas de jugadores para los que quieran sacar sus propias conclusiones. Las mías me las guardo por respeto a los colores. ¡Aúpa Atleti!






