Un antiguo alumno licenciado en física, con el cual comparto un chat, me
preguntó cuál era mi punto de vista sobre dos temas crónicos (en realidad hace
dos siglos que dan abundantes quebraderos de cabeza a la internacional
ilustrada): el creacionismo y su contrario, los planteamientos ateos sobre el
cosmos, por ejemplo, los del físico teórico Stephen Hawking fallecido en 2018.
Los partidarios del creacionismo afirman que el origen y la evolución
del Universo han sido el resultado del plan de una Inteligencia Ordenadora
sin cuya intervención resultaría imposible entender la inmensidad abrumadora de la que
formamos parte. Stephen Hawking, por su parte, defiende un ateísmo teórico
basado en argumentos científicos cuya conclusión es que el universo excluye la
hipótesis de un Dios trascendente. Las leyes de la física pueden explicar el
origen del universo sin dar un salto en el vacío hasta un creador no natural. Espacio y tiempo
comenzaron con el Big Bang de manera espontánea y, al no existir un
"antes", no había lugar ni momento para que un Dios actuara. Es más,
la mera hipótesis de una inteligencia creadora y ordenadora del cosmos introduce
en la comunidad científica ruido, confusión y regresión en la historia de la física.
Respondí a mi interlocutor que se trataba en ambos casos (vaya el homenaje al segundo Wittgenstein) de un mismo problema que no admitía propiamente solución sino disolución. La
clave del asunto reside, le dije, en que el lenguaje natural, el de la RAE,
está bien hecho y que cada uso específico tiene unas reglas propias que no
deben violentarse. Wittgenstein explica en las Investigaciones filosóficas que el lenguaje tiene un número indefinido de usos de las que sólo unos pocos
son utilizados para establecer proposiciones verdaderas o falsas: el lenguaje
científico es sólo uno, aunque el más importante. El lenguaje religioso, el
moral o el político son ejemplos eminentes de otros usos.
Wittgenstein afirma que usar un término es formularlo en el entorno
lingüístico que le corresponde y en cuyo contexto adquiere un significado
correcto. Se trata de un criterio de significado de carácter pragmático. La pragmática es una disciplina relativamente
reciente que se ocupa de la relación del signo lingüístico con
su uso intencional (subjetivo) y contextual (objetivo). La
pragmática es precisamente el sistema gramatical donde se sitúa
la reflexión filosófica del segundo Wittgenstein. Para Wittgenstein, la cronificación de
un problema filosófico, el creacionismo o el ateísmo cosmológico, debe ser
entendido como un síntomas inequívoco del abuso de las reglas del lenguaje.
Conviene recordar que el lenguaje natural incorpora conceptos abstractos imprescindibles para orientar la acción e indagar el sentido de la vida. Entre otros, los de persona, razón, conciencia moral, valor, libertad, voluntad, Dios... Ninguno puede ser explicado mediante argumentos empíricos corroborados. Si lo piensan bien, no tienen significados aislados sino dependientes, relacionados entre sí por vínculos comunes. Tales conceptos forman parte del núcleo de la historia del pensamiento y han sido tratados profusamente por la mayoría de los autores, corrientes y escuelas. Inversamente, no es menos cierto que un hablante con una competencia comunicativa normal entenderá perfectamente lo que queremos decir cuando los usamos en los contextos adecuados.
Ahora ya podemos abordar los dos problemas a los que se refería mi
antiguo alumno. En ambos casos las reglas que fijan el uso del lenguaje
científico han sido transgredidas. Tanto el creacionismo como el ateísmo cosmológico
introducen términos y expresiones contrarias al “juego limpio” del lenguaje
científico. La regla de uso que se ha quebrantado prescribe la imposibilidad de
formular de forma implícita o explícita conceptos especulativos en general y
teológicos en particular.
Los creacionistas contaminan las reglas del juego cuando deslizan dentro
del lenguaje científico la idea de creación desde la nada (primera transgresión),
la teológica o religiosa de Dios (segunda transgresión) para justificar desde
su finalismo o teleología cósmica (tercera transgresión) su código moral
(cuarta transgresión) y su ideología política (quinta transgresión). Wittgenstein
es, en el fondo, un seguidor de Kant, quien dejó clara la definitiva separación
entre razón teórica y razón práctica.
Hawking pretende, al contrario, excluir del lenguaje científico la idea
de Dios desde la ciencia. Lo correcto hubiera sido eliminarlo desde la gramática. Al lenguaje científico le resulta
irrelevante la existencia o inexistencia de Dios y sus consecuencias
(ontológicas, teológicas, éticas o políticas). La respuesta de Stephen Hawking
debiera haber sido: el término “Dios” no forma parte del léxico de las ciencias
empíricas, sin más justificaciones metacientíficas.
Es lo mismo que si un científico ferviente partidario de una fe
religiosa (la mayoría de los que conozco lo son) incluyese en sus oraciones cuando usa el lenguaje religioso la fórmula bioquímica de la sustancia divina.
Es más: supongamos que ha descubierto esa entelequia spinoziana tras superar las etapas del método científico. Lo decisivo del caso, desde esta perspectiva, no sería el inverosímil hallazgo,
sino las profundas modificaciones que habría que realizar en la gramática del
lenguaje religioso.
P.D. El problema del segundo Wittgenstein y la filosofía del lenguaje ordinario es que su enfoque terapéutico (devolver las palabras a su uso cotidiano) elimina de forma drástica, rápida y total lo más interesante de la Vera
philosophia. La
filosofía se hace el haraquiri. Filosofar es no filosofar. Su función consiste
en suprimir los problemas filosóficos… y eso puede resultar tedioso,
arriesgado y además imposible.






