viernes, 18 de junio de 2021

Tres mitos de la democracia

 

El primer mito sobre la democracia tiene carácter histórico. Efectivamente, la democracia es un invento griego. Pero no fue tan excelsa como nos la han pintado los mistificadores de la “Edad de Oro de Atenas”. A finales del siglo VI a. d. C., Clístenes sentó las bases del régimen democrático que culmina Pericles (446-431 a.C.) en el siglo V. Una época que coincide con la derrota del Imperio persa en las Guerras Médicas y la posterior hegemonía política, económica y cultural de Atenas como polis o ciudad Estado. Las principales instituciones democráticas fueron el poder legislativo (el Consejo y la Asamblea), el poder ejecutivo (los Arcontes), el poder judicial (los Heliastas), el mando militar compartido (los Estrategas) y el destierro (el Ostracismo). Ante la posibilidad de la usurpación del poder por parte de algún tirano, los atenienses establecieron dos contrapesos: un mando militar compartido por diez estrategas o generales con igual mando y diez regimientos cada uno, y el destierro u ostracismo. Este último se basaba en la consulta que el Consejo realizaba anualmente sobre la existencia de motivos fundados para desterrar a algún ciudadano. Así, el que tuviese seis mil votos en contra debía abandonar Atenas por cinco o diez años, con lo cual se evitaba la corrupción, la ambición excesiva o el libertinaje. La democracia como forma de gobierno se basaba en la isonomía o igualdad ante la ley de los ciudadanos. No obstante, se trata de una democracia muy limitada, puesto que, de los aproximados 300.000 habitantes de Atenas, sólo unos cuarenta y cinco mil son ciudadanos con plenos derechos políticos (voz y voto). El resto son extranjeros o metecos: ciudadanos libres provenientes de otras polis, aunque sin derechos de ciudadanía; y, sobre todo, esclavos, una mayoría que no tiene ningún derecho y que trabaja en oficios artesanos, agrícolas, mineros e incluso domésticos. Es, además, una sociedad de varones, en la que la mujer es considerada inferior y a la que se le asignan exclusivamente las tareas del hogar y la crianza de los hijos. A favor: división y equilibrio de poderes, igualdad ante la ley y decisiones tomadas por votación. En contra, una democracia restringida, esclavista y sexista. 

El segundo mito es el concepto de democracia participativa como etapa superior de la democracia representativa, a la cual niega, engloba y supera. En realidad, se trata de un debate fallido que ha ocupado en vano a una legión de pensadores, intelectuales y politólogos que, como mucho, han propuesto un conjunto de vaguedades: “la democracia participativa consiste en la ampliación de los espacios democráticos para darle a los ciudadanos la oportunidad no solo de elegir periódicamente a sus representantes, sino también de participar de forma activa, directa y frecuente en la toma de decisiones de la comunidad”. Lo cierto es que cualquier adjetivo que se le añada al término “democracia” o es redundante (por ejemplo, representativa) o no es democracia (democracia popular) o no es nada (democracia participativa). Democracia representativa y participativa son lo mismo. Nunca ha habido en nuestro país una participación más activa, directa y frecuente que ahora: encuestas manipuladas de cualquier color, incluso las oficiales; votaciones trileras en páginas web controladas por la voz de su amo, andanadas de memes, troleos, fakes, bulos, imágenes trucadas y videos tóxicos. Por no hablar de las tertulias teledirigidas: cavernícolas, sibilinas, “objetivas” (son más honestas las cavernícolas), “críticas” (feroces con los otros y silentes con las vigas en el ojo propio). Lo que realmente ocurre, explican desde su pesebre ideológico los analistas de la España vaciada… de ideas. Durante la pandemia se ha multiplicado el mercado de las conspiraciones, los turbulentos debates radiofónicos (con opiniones del pueblo soberano) o televisivos (con protagonismo de los famosos), las manifestaciones y manifiestos sectarios. Y lo peor de todo: las crispadas sesiones parlamentarias donde lo de menos son los problemas y lo de más los personalismos egocéntricos. Dos definiciones del fantasma de la libertad y un corolario. Representante electo: político que decide por ti, tiene patente de corso para sus manejos (el transfuguismo y las puertas giratorias, entre otros) y al que no puedes pedir explicaciones durante cuatro años. Demagogo populista: político que larga rollos ideológicos que sabe que son mentira a una gente que sabe que es idiota. Sobre la separación entre vida pública y privada. De acuerdo, pero con un matiz: quien no es honesto (es decir ni fiel ni leal ni veraz) en su vida privada tampoco lo suele ser en la pública. Lo mismo que en la naturaleza, en la sociedad no hay saltos. La libertad de pensamiento y expresión son los dos principios constituyentes de la democracia representativa. Todos los demás derechos y libertades son su consecuencia. Prefiero la democracia representativa a la bota del soldado desconocido porque me permite bajar al quiosco de la esquina y comprar el periódico que me apetezca. Todo lo demás o lo pongo entre paréntesis o me lo creo a medias o no me lo creo. Es lúcido el comentario que hizo Marx, un pensador perspicaz, del voto en las elecciones parlamentarias: Un comentario emocional y extenuante a los logros de la etapa anterior de poder. Pero no despotriquemos de la democracia más allá de ciertos límites. Hay países donde no gobierna siquiera una familia, sino una parte de esa familia porque la otra ha sido defenestrada. Lo positivo: la culminación de la libertad de pensamiento y expresión es la independencia política. Sirve para pensar con tu propia cabeza, para advertir si estás pensando con la cabeza de otro, para evitar pensar a fin de ser aceptado por otro o para evitar pensar a fin de ser recompensado por otro. Sé curioso, vive perplejo, admite tu desamparo y ríe. Ironía o iglesia, lema del espíritu libre. 

El tercer mito de la democracia es el concepto absoluto de voluntad general cuyo origen es la teoría del contrato social de Jean Jacques Rousseau (1712-1778). Resumimos. El contrato social es un pacto en el que se complementan de manera equilibrada el derecho irrenunciable del individuo a la libertad con las obligaciones derivadas de su incorporación a la sociedad civil. El problema de armonizar la libertad individual y las obligaciones sociales, lo resuelve Rousseau mediante la teoría de la voluntad general o “Yo común” (Moi commun). La voluntad general se construye mediante el derecho al voto, en el cual cada uno se expresa libremente y se reconoce a sí mismo en su plena libertad para decidir sobre los fines de la vida pública. Pero una vez construida la voluntad general por todos, el individuo se somete completamente a ella: de este modo afirma simultáneamente su plena libertad de elegirla y su total dependencia de lo que se ha elegido. Mediante este pacto se supera la contradicción entre individuo y sociedad, alcanzándose, según Rousseau, la denominada “libertad civil”. Asimismo, la voluntad general establecida democráticamente se convierte en principio único de la moralidad de las acciones, hasta el punto de que la virtud no es sino la conformidad de la voluntad particular con la general. Frente a la voluntad general, el individuo no tiene ningún derecho, salvo el de participar en su determinación a través del sufragio. La voluntad general establecida es la norma ética y política de la comunidad, al margen y por encima de los individuos que la forman. Además, aunque la voluntad general es descubierta a través del voto, no es creada únicamente por la mayoría que la establece, puesto que la voluntad general en su totalidad pertenece tanto a la mayoría que la ha descubierto como a la minoría que por error votó en contra. Átame esa mosca por el rabo. Un tertuliano radiofónico pontificaba con una fe democrática sin fisuras: El pueblo es siempre sabio. En primer lugar, sabios o necios solo son los individuos. La frase como tal es el dogma metafísico de la voluntad general de Rousseau en versión libre para la radio. Además, podemos poner innumerables ejemplos de cómo la voluntad popular, es decir, la suma de los votos particulares expresada como mayoría en las urnas, es una insensatez, un despropósito o un episodio más de la historia universal de la infamia.

miércoles, 2 de junio de 2021

Recuerdos de la pandemia. Paseos

 

Paseo, una de esas palabras que abarca más significados de los que aparenta: urbanos, culturales, sociales, literarios, filosóficos. El Paseo del Prado, Las Ramblas, Le Marais, Via Veneto, Oxford Street, 5th Avenue. El Madrid de los Austrias, El Barrio gótico de Barcelona… La salida de un matrimonio al caer la tarde, el trasiego hormonal de los jóvenes por la calle principal de una ciudad de provincias, el paseo diario por el parque del jubilado solitario que echa pan a las palomas. Los paseos por Dublín del protagonista del Ulises de Joyce o del joven Marcel "por el lado de Swann o por el lado de Guermantes" en la primera entrega del tiempo perdido de Proust. O los ensayos de Thoreau Un paseo invernal y Caminar, donde narra sus andanzas por los bosques y praderas de una América del Norte agreste y secreta. Pasear y pensar. Como los paseos de Aristóteles y sus discípulos, los peripatéticos (del griego perí-patos: paseo), alrededor de las columnas del Liceo mientras discutían sobre asuntos metafísicos. También las reflexiones autobiográficas de Jean Jacques Rousseau en su libro Las ensoñaciones del paseante solitario.

Y un nuevo significado del término surgido de la pandemia.

Los antecedentes: el confinamiento domiciliario comenzó en nuestro país el sábado 14 de marzo de 2020 tras el decreto del estado de alarma a causa de la extensión de contagios y fallecidos. El plazo inicial era de 15 días. Duró 98. 

Las primeras válvulas de seguridad para burlar el encierro fueron los desplazamientos permitidos por actividades esenciales. Pero quien hace la ley… bueno ya saben. La picaresca es nuestra especialidad moral. La calle era un circo. Europa nos miró entre indignada y atónita. Ya me he referido a tales fregados: Perros alquilados a tanto la hora. Listillos que paseaban la barra de pan media mañana. Otros iban a la tienda del barrio veinte veces al día: la leche y media vuelta, la fruta, los yogures, las galletas, el queso de la cena. En el supermercado de la esquina se multiplicaban los tiques de un euro, hasta que los empleados pusieron el grito en el cielo. Un señor paseaba un perro de peluche. Una señora mecía una pepona en el cochecito del bebé. La policía tuvo que convencer a un friqui disfrazado de dinosaurio de que su atuendo no le protegía del virus. Multas. O las romerías a la farmacia, al banco o al estanco. Nunca se vendieron tantos pañuelos desechables ni sobres sin sello. Una escena en la farmacia: uno compra, tres esperan (el fontanero, mi vecina y yo); la dependiente le da el pésame al cliente desconocido por el fallecimiento de su abuelo; estampida (¿sería coronavirus?). Los cajeros automáticos echaban humo por tantas peticiones de saldo, hasta que los bancos cortaron por lo sano porque las máquinas gastan electricidad, se estropean y el papel no es gratis. De pronto, todo el mundo se desvivía por cuidar a sus abuelos desvalidos que solo abrían la puerta al repartidor del super. Nos poníamos traje y corbata para bajar la basura. Hasta el presidente del gobierno se largaba a darse un garbeo a oscuras y en celada.

A partir del dos de mayo, además de los desplazamientos esenciales, se permitieron las salidas para practicar deporte no profesional (los profesionales del sofá se compraron un chándal y unas zapatillas en el chino más cercano y a trotar veinte metros). También, paseos a menos de 1 km del domicilio con una duración máxima de una hora. ¿Se puede controlar ese espacio-tiempo? Los paseos estaban limitados a unas franjas horarias. Cualquier ocupación, diversión, espectáculo, restaurante, ocio se convirtió en paseo. La gente deambulaba silenciosa por las calles, solos, parejas, tríos como mucho. Se guardaban distancias estelares. Nos mirábamos con recelo en una versión insólita del hombre, lobo para el hombre de Hobbes o del aforismo sartriano de que el infierno son los otros (en realidad, una visión teatral del narcisismo y las máscaras). Muchas calles se cerraron al tráfico para permitir ensanchar las aceras y evitar tumultos. Parecíamos zombis perdidos en los confines del barrio. Saludábamos a los vecinos con un gesto imperceptible, sin detenernos. Maldecíamos a los corredores que nos adelantaban resoplando a los cuatro vientos. Primeros indicios de fiestas y botellones. Las mascarillas pronto fueron tendencia: a juego con el conjunto, patrióticas, futboleras, totémicas, de todo menos baratas (y fiables); una especie de contra carnaval de Venecia donde nadie podía reír ni tocarse. Algo positivo: las mascarillas resaltan la belleza de los ojos femeninos e invitan a completar lo que queda oculto en la mejor versión pandémica de las mil y una noches. Cuando llegábamos al pico, según Simón el profeta, nos barrió la tercera ola. 

sábado, 22 de mayo de 2021

¡Campeones!

 

Recuerdo el título del libro del escritor y periodista Rubén Amón: Atlético de Madrid, una pasión, una gran minoría, en el que se preguntaba con emoción literaria ¿Por qué no son del Atleti los demás? En el fondo, como decía Fernando Torres, en una de sus frases más felices, casi todo el mundo es del Atleti, pero no lo sabe.

¡Grandes!, campeones de Liga al fin después de una primera vuelta de película y una segunda irregular, a merced de la fatiga, las lesiones y el bicho… Lo hemos pagado en la Champions. Pero bien está lo que bien acaba, escribía el bardo inglés.

Los dos últimos partidos han sido una dura prueba para las arterias. Sabemos que el Madrid nos soplaba en la nuca y eso pone al equipo de los nervios. Un buen amigo madridista me decía, después de felicitarme sin aristas, que “lo malo del Atleti no es que gane, es que lo celebra tres años”. Temo lo de Neptuno porque estoy seguro de que mi hijo anda por allí. No me parece que sea el momento de ir a celebrarlo. Espero que la afición esté a la altura de las circunstancias. Como decía, los dos últimos choques han sido parecidos. El Atleti llega, como casi todos los equipos, con los cuerpos y las mentes al límite; afortunadamente Osasuna y Valladolid no nos han presionado arriba con excesiva convicción. El problema es que nuestro ataque estático es más previsible de la cuenta, repetitivo, algo lento, sus rivales, teóricamente inferiores, ponen el autobús, recuperan y salen a galope tendido. Cualquier despiste (como el de Carrasco hoy) propicia contragolpes con los centrales fuera de sitio… y la cosa se tuerce. En realidad, es lo que mejor hemos hecho siempre, nuestra arma cada vez menos secreta. Jugamos mejor (no hablo de resultados) con los grandes. Al final ha sido Luis Suárez, injustamente tratado por su anterior equipo, quien con dos goles decisivos nos ha dado el título. El Atlético es sobre todo un conjunto, un ensemble, un vestuario sin tensiones personalistas, sin líderes figurones que pretenden ser cabeza del león, ni amiguetes de cumpleaños que conspiran contra el presidente y el míster. El Atleti es un equipo de autor cuya cabeza visible es el Cholo Simeone, alguien que come en la misma mesa que Luis Aragonés (yo le hubiera puesto al nuevo estadio su nombre: lo de Wanda chirría y lo de Metropolitano es historia del glorioso, pero historia). Por cierto, ¡Como ha crecido Correa en el tramo final de la Liga, qué partidazo se ha marcado! Inmensos Oblak, Koke y Llorente. Los demás sobresalientes. El portugués es el futuro. La segunda virtud del Cholo es sacar lo mejor de cada jugador y Joao tiene quilates de sobra. Han hecho bien en no cambiarlo por Griezmann.    

Siempre he creído que la esencia del auténtico deportista consiste en saber ganar y, sobre todo, saber perder. Esta es la tercera virtud del Cholo, un caballero que siempre respeta y habla bien del rival, que sabe reconocer la derrota y nunca despotrica del VAR o de los árbitros (excepto en el área técnica) cuando vienen mal dadas. Hoy somos campeones, mañana nos dan la copa en el Metropolitano y los tres próximos años tenemos cuerda.

Otra vez quiero recordar a mi abuelo Joaquín, socio fundador del Atleti, patriarca de esta gran familia atlética, de esta “religión” laica, que incluye a mi mujer, antes merengona y hoy rojiblanca conversa, mis hijos (especialmente la exquisita deportividad del marido de mi hija y sus padres), mis hermanos, mis primos, y mi nieta de dos añitos que canta ¡Aupa Atleti! sin saber de qué va la cosa y mañana irá al cole con el equipamiento oficial que el año pasado le regalamos crecedero.

¡Por siempre Atleti!

miércoles, 19 de mayo de 2021

La pandemia. Razón y fe

 

Una ocurrencia zumbó sobre mi cabeza la tarde primaveral del viernes mientras leía El día de la independencia de Richard Ford, un excelente narrador cuyo mayor defecto, en mi opinión, son las continuas digresiones sobre los sentidos, sinsentidos y sobresentidos de la vida de su personaje principal, el mismo en todas las novelas. Cuando Ford insistió por enésima vez, con letra de Frank Bascombe, en que nuestro mayor error consiste en aferrarnos al pasado, que es preciso olvidarlo por tratarse de una pasión inútil porque cualquier interpretación forma parte del presente, que, en todo caso, aprendemos del pasado de forma automática, involuntaria, sin fantasías ni disfraces y que gran parte de la desdicha humana proviene de remover aquellos lodos… pensé en llevarle la contraria (un mero juego dialéctico para matar el tiempo); es decir, que el presente es incierto, el futuro impredecible y el pasado luminoso.

Lo cierto es, por tanto, que nos bañamos infinitas veces en el mismo río; que presente y pasado son variantes de las mismas piedras del camino (algo que Ford negaría enfurecido). Hay oposiciones inmutables (Lévi-Strauss), arquetipos universales (Jung), ideas innatas (Chomsky) que lo apoyan. También la teoría nietzscheana del eterno retorno de lo idéntico o la misteriosa mente del psicoanálisis freudiano en la que el pasado está siempre presente y los sueños son la escalera entre ambos mundos.

Un ejemplo histórico, un retorno sorprendente y un salto en el vacío: el tema central que atravesó la Edad Media, la tensión secular entre la Razón, basada en la argumentación filosófica, y la Fe, basada en la revelación bíblica y los dogmas de la Iglesia, podría reproducir algunos aspectos de la pandemia que nos barre.   

La razón está representada, obviamente, por los científicos (médicos, epidemiólogos, virólogos, bioquímicos) no contaminados de ideología: sus logros en la lucha contra la muerte más cruel, la secuenciación del genoma del Covid-19, la búsqueda de su origen, sus formas de transmisión y elusión, su tratamiento (todavía en curso) y su prevención mediante las distintas vacunas (un logro temporal sin precedentes en la historia de la ciencia).

Su correlato medieval son los filósofos árabes, traductores y difusores de la filosofía y la ciencia aristotélica.

La fe, en su versión más irracional, El Credo quia absurdum (creo porque es absurdo) de Tertuliano, tiene también una abundante representación. En primer lugar, el negacionismo (sus partidarios se llaman a sí mismos “pensadores alternativos”): la “idea”, en su versión más radical, es que el coronavirus no existe, o no tiene la gravedad que se le imputa (algo que sostuvieron y aún sostienen diversos líderes mundiales), que las mascarillas no sirven para nada (o son perjudiciales), que los jóvenes no se infectan o sólo presentan síntomas leves, que la inmunidad colectiva se logra por sí misma, que las vacunas dañan nuestro ADN. Mientras, los cementerios se llenan (también de ilusos). Una modalidad de negacionismo es la de los gobiernos opacos empeñados en desmentir que en su país se hayan producido contagios o bien ofrecen cifras increíblemente inferiores a las que la trágica evidencia después confirma.

Su correlato medieval es la corriente de los Padres de la Iglesia que afirmaron que la fe es irracional y el cristianismo no puede ser racionalizado sin caer en la herejía (Taciano, San Ireneo, Tertuliano, Arnobio y el Pseudo Dionisio). En la Escolástica, San Buenaventura y la teología franciscana cuyo fideísmo místico conduce directamente al irracionalismo de Lutero.

Desfilan luego los defensores de las teorías de la conspiración que afirman que la pandemia es una farsa orquestada cuya finalidad es desequilibrar la economía mundial (unos le echan la culpa al capitalismo, otros al comunismo, los terceros a la colaboración de ambos aunados por el negocio farmacéutico); o que es un invento del fundador de Microsoft para controlar a la humanidad por medio de la red de telefonía 5G mediante chips inoculados no se sabe cómo. Otros iluminados dicen que la historia de la humanidad culmina con la tesis del Great reset (Gran reinicio), una distopía estremecedora, un nuevo mundo organizado por los poderes fácticos internacionales (económicos, políticos, científicos y tecnológicos) a partir de los efectos devastadores de la pandemia, sin concretar los principios de la nueva pestilencia, aunque se pueden adivinar a la luz de ciertos acontecimientos recientes.

Su correlato medieval son los milenaristas y los anabaptistas proféticos, ambos con su ideal supremacista de la renovatio mundi, el fin de la historia y la apoteosis de la segunda llegada de Cristo ante una minoría de elegidos. 

Viene luego el populismo, una ideología política que pretende ganarse el apoyo de los ciudadanos mediante recursos sesgados: el fuerte liderazgo de un líder carismático que sustituye los argumentos por lemas contundentes, frases manidas y clichés de fácil digestión, aunque vacíos de contenido; o la búsqueda de chivos expiatorios a los que atribuir todos los males del mundo para encubrir las propias carencias y desmanes; o la demagogia sectaria que trata de impactar emocionalmente en el incauto elector en vez de centrarse en el análisis de los problemas reales y proponer soluciones eficaces. También, las manipulaciones de la prensa mercenaria, el uso de las redes sociales para difundir todo tipo de bulos (cuanto más insidiosos más virales), imágenes trucadas, videos tendenciosos, rumores sin contrastar y falsas noticias que fortalezcan sus dictados, incluso mediante listas de difusión pagadas. Sin olvidar la crispación parlamentaria, la sustitución del diálogo por el insulto, el consenso por la partidocracia, las formas más detestables de populismo. 

La magia, la superstición, el miedo al infierno, la milagrería, los monstruos y demonios, la brujería, la propia Inquisición como formas irracionales de sometimiento son el correlato medieval del populismo.

Vienen luego los libertarios, que han considerado las medidas tomadas contra la pandemia (confinamientos, restricciones, distancias, cierres, toques de queda, etc.) como un atentado intolerable contra las libertades individuales: física, social, política, económica. En consecuencia, la única respuesta es la rebelión de las masas: viajar sin fronteras, organizar fiestas en los pisos, botellones en la calle, fomentar las concentraciones, votar a la derecha extrema, propiciar la iniciativa privada como única forma de progreso.

En la Edad Media no existía el concepto de individuo ni la vida cotidiana propiciaba la autonomía personal. No había prácticamente nada que actualmente pudiéramos identificar con el individualismo. Acaso, desde el punto de vista de la rebelión podríamos poner como correlato del pensamiento libertario a los Goliardos.

Por último, los eclécticos, los dirigentes de los países democráticos (los autoritarios son opacos) que han intentado conjugar las estrictas medidas sanitarias contra la pandemia con una apertura regulada del trabajo, la educación, los negocios, la cultura, la hostelería y los viajes. En resumen, preservar la salud sin arruinar la economía; buscar un equilibrio sostenible entre la bolsa y la vida. Todavía se desconoce el impacto preciso de estas medidas en las curvas de contagio tras las sucesivas olas.

Su correlato medieval es San Anselmo durante la primera Escolástica y sus dos célebres guías: credo ut intelligam (creo para que pueda entender) y fides quaerens intelectum (la fe en busca del entendimiento). Y sobre todo la armonía, la concordia entre razón y fe en la síntesis colosal de Tomás de Aquino entre religión cristiana y filosofía aristotélica.

martes, 4 de mayo de 2021

El fútbol en tiempos de pandemia


Los primeros perjudicados (aunque no los más) por la pandemia han sido los hinchas, esos fieles laicos que acuden al estadio con fe renovada por los últimos reveses. Cuando iba con mi hijo al Calderón (conocí el antiguo Metropolitano, pero no el nuevo) me di cuenta de que vivir un partido en el campo no tiene nada que ver con el rito mullido del sofá. Es una experiencia todavía más distante que ver una película en el cine o en la tele. Ahora mismo el mundo del sillón-ball se divide en dos: los que ven el partido con un discreto atrezzo de espectadores virtuales, ambiente copiado del FIFA Play, diseños versallescos del césped, vistas cenitales, drones y cámaras aéreas, proyecciones en tiempo real… y los que ven el partido sin trucos, en su cruda realidad, un gélido cruce entre 22 protagonistas: ¡humano, demasiado humano!

Por cierto, muchos socios y aficionados se han quejado de que se permitan actividades deportivas con público, como el tenis, culturales (cine, teatro, conciertos) o de ocio (bares y restaurantes) y se olviden del fútbol. ¿Por qué no pueden estar seguras tres mil personas en un recinto con una capacidad de sesenta mil? El primer problema es la abigarrada recepción del autobús oficial en los aledaños del Estadio con banderas, bengalas y cubrebocas de papel. Cuando la policía aparta a empujones a los más recalcitrantes para que no vuelquen el autobús se monta la trifulca, lluvia de botellas y manifestación antifascista. El segundo, son las carreras, gritos y abrazos en las gradas. Por no hablar del servicio de “caballeros”. Recuerdo los del Calderón en el descanso: un canalillo en el suelo sin separaciones; si el de al lado se la sacudía más de la cuenta volvías a tu asiento jurando en remojo. El tercero, la salida, cuando los aficionados, para celebrar el triunfo o suavizar la derrota, se hacinan en los bares colindantes y el virus se une al sentir de la afición. O se van a la nave de un colega para montar un fiestón hasta las tantas. Vuelven a casa bien cargados.

El único remedio paliativo para la soledad sonora de las gradas es la proliferación de entrevistas telefónicas a los aficionados del ancho mundo en los programas futboleros de la noche (esos programas que oímos con deleite antes de dormirnos a salvo del virus): camioneros en route, erasmus catalanes en Finlandia, malagueños que van con el Bilbao, jubilados insomnes, currantes nocturnos, toda una fauna dickensiana que compite en propuestas y predicciones con Maldini, Valdano, Segurola o Manolo Lama (los padres de la iglesia). ¿Por qué no aplican la razón a la política? Por cierto, no entiendo cómo nos gustan tanto las tertulias y sanedrines de la radio. Se han convertido de un tiempo a esta parte en una trifulca de faltones donde nadie deja hablar a nadie. Los insultos y malos modos son el argumento de cualquier debate (normalmente sobre la guerra entre el Madrid o el Barça). En el fondo, adoramos el patadón dentro y fuera del campo. Quizás sean un reflujo de la crispación política o de la agresividad ansiógena que genera la pandemia.

Aviso a los amantes de la estadística: La empresa MBD Analytics ha hecho un estudio sobre cómo ha influido en los resultados la falta de público, tras comparar las cinco últimas temporadas. También mide el número total de disparos, de goles, incluso de faltas (hay gente para todo): Según el estudio, la ausencia de público ha disparado las victorias visitantes, aunque tan solo en un 6,1%. Antes, los que jugaban en casa ganaban un 45,7% de los partidos. Desde que la pandemia cambió las variables del juego, solo lo hacen en un 40,6% de las ocasiones. Es llamativo, especialmente, el escaso cambio en los empates. Cuando había afición en los estadios, se empataban el 24,3% de los duelos. Desde marzo, el 23,3%. Así pues, la estadística que verdaderamente ha presentado una evolución notable es la de los triunfos fuera del feudo habitual. Nada especialmente llamativo. Tezanos debería tomar nota de que la verdad estadística suele ser insulsa. 

Tampoco los jugadores pagados onerosamente parecen cuidarse del covid. Cuanto mayor es el presupuesto más contagios se producen. De burbujas profesionales nada. Mas bien, videos traidores en las redes del cumpleaños del lateral izquierdo con varias figuras del plantel rodeados de curvas mareantes y copas de champán. Después, asintomáticos dos semanas en un casoplón de Mallorca. Cuando vuelven ya no son, como aquella mujer de la vida, ni sombra de lo que eran. Eso sin contar el rastro de contactos que dejan y las facturas de las PCR hechas tres veces a todo el que les ha dicho buenos días. En la mayoría de los casos, sólo me interesan las figuras como magos del balón no como personas. Abunda el ego desmedido, el nuevo rico y el rebuzno nacional. Pero no todo han sido alegrías para los cuerpos gloriosos: el confinamiento de los jugadores en el gimnasio de su casa, incompatible con el alto rendimiento; la ausencia de una pretemporada planificada para alcanzar el punto óptimo de forma, la sobrecarga de partidos en dos o más competiciones para cumplir el calendario y los contratos televisivos, el estrés de grupo y los continuos controles médicos… han tenido como consecuencia un alud imparable de lesiones; las plantillas se han quedado en los huesos y la competición devaluada.

Además de un deporte, el fútbol de las grandes ligas europeas es, sobre todo, un negocio. Recuerdo a un jugador de segunda fila acudir a los entrenamientos a bordo de un flamante Rolls Royce. Este año con la pandemia pintan bastos. Recomiendo un excelente artículo de El País Economía: en resumen, la pandemia pincha la burbuja del fútbol; los clubes sufren una notable caída de ingresos, congelan los grandes fichajes, reducen la masa salarial y asumen menores derechos televisivos. Solo los estadios vacíos han tenido un impacto de 848 millones en los clubes de la Liga. La propuesta de una Superliga europea con doce equipos fundadores ha sido una respuesta desesperada a los negros nubarrones que se ciernen sobre los balances. Un pura sangre de los negocios como Florentino ha actuado más como empresario que como presidente del Real Madrid. El futuro dirá en qué concluye este proyecto de globalización milmillonaria (que nadie lo de por muerto).

miércoles, 28 de abril de 2021

La libertad en tiempos de pandemia

 

Es comprensible que el candidato socialista a la presidencia de la Comunidad de Madrid no entre a fondo en el concepto de libertad. Ya no es el alumno de Filosofía Teorética, como encabezaba el título de licenciado, con quien compartí maestros y aulas en el Departamento de Filosofía de la Universidad Autónoma de Madrid. Ni el catedrático de Filosofía que impartió unas cuantas materias inextricables en la misma Universidad (entre otras, Teorías de la Retórica, de la cual como político no anda muy sobrado). Ahora se dedica a buscar el voto por otros medios más vulgares (en sentido literal), como mítines, debates y otros foros de filias y fobias. Además de cultivar su imagen monástica de hombre prudente y comedido (al menos hasta ahora), algo que critican sus compañeros de fatigas por falta de colmillo afilado y exceso de cristianismo inconsciente.  

Lo cierto es que muchos ciudadanos madrileños andan amoscados con el significado polisémico del término libertad, utilizado como ariete ideológico por las derechas de Colón. La presidenta de la Comunidad afirma que la libertad es el modo de vida de los madrileños… Si desean una información más amplia les recomiendo la siguiente entrevista.

El problema consiste en asignar un significado único a la superposición de sentidos, sobresentidos y sinsentidos (ut supra) que se suman en el término “libertad”. El resultado es unificar en un solo término una babel de significados distintos y distantes. Antes de continuar les sugiero que echen un vistazo en el diccionario de la RAE, tanto al cúmulo léxico como a las variopintas acepciones.

Enumeramos algunos significados; quizás les ayuden a comprender mejor la orientación de su voto en las próximas elecciones madrileñas.

Significado filosófico, unido a la vieja polémica entre determinismo o indeterminismo, cuya conclusión es que, en el fondo, lo que entendemos por libertad es la imposibilidad de controlar las ilimitadas variables que intervienen en la conducta humana. Traducido a la teoría del caos: nuestra conducta es un sistema dinámico inestable cuyas consecuencias, incluso a corto plazo, son impredecibles, ya que variaciones mínimas en las condiciones iniciales de una acción pueden implicar grandes diferencias en sus consecuencias a corto plazo (no digamos a medio y largo). El filósofo racionalista Gottfried Wilhelm Leibniz (1646-1716) anticipó el problema en su Teodicea al enunciar el principio de razón suficiente: no se produce ningún hecho sin que haya una razón suficiente para que sea así y no de otro modo. Por tanto, no existen sucesos azarosos o accidentales; y si lo parecen es porque no abarcamos un conocimiento completo de sus causas próximas y remotas. El mundo es una precisa maquinaria de relojería. La libertad es una quimera. Solo la razón omnisciente de Dios conoce el orden absoluto de la totalidad de los acontecimientos pasados, presentes y futuros. Para Dios, si hablamos del hombre, libertad y necesidad son lo mismo. Obviamente, no podemos detenernos en resumir el concepto de libertad en las distintas épocas y autores (por ejemplo, la tensión cristiana entre predestinación y libre albedrío, origen histórico del problema); pero, créanme, es un recorrido apasionante; los animo a ocuparse del tema en las largas tardes de reclusión pandémica.

Significado científico, que apunta a la improbable libertad del ser humano en su vida cotidiana según las ecuaciones de la física cuántica, o, inversamente, a partir de las investigaciones de la Inteligencia Artificial, al desarrollo de máquinas capaces de elegir con éxito entre alternativas múltiples y generar mecanismos de autoaprendizaje supervisado o no supervisado. ¡Atención humanos: un beneficio que les permite no tropezar dos veces en la misma piedra!  O los proyectos de la neurociencia para emular el funcionamiento del cerebro en soportes cibernéticos: redes neuronales artificiales, modeladas según la arquitectura del cerebro biológico y entrenadas para realizar cualquier actividad... sin que sea posible vislumbrar los confines de la robótica. La rebelión de las máquinas es uno de los arquetipos del siglo de la tecnociencia. Han corrido ríos de tinta y celuloide sobre tan funesta distopía. Algunas teorías de la conspiración han sugerido que el virus que nos devasta es un producto artificial que se ha independizado de los genetistas que lo diseñaron. Si es capaz de mutar de forma eficiente estamos asistiendo al final de la especie humana.  

Significado político, un Estado democrático de derecho debe reconocer un conjunto de libertades individuales en cuanto ciudadano. Por ejemplo, la Constitución Española de 1978 recoge en su articulado las siguientes: la libertad ideológica, religiosa y de culto (artículo 16), la libertad personal (artículo 17), la libertad de residencia y circulación (artículo 19), la libertad de expresión e información, así como la libertad de cátedra (artículo 20), la libertad de enseñanza (artículo 27) y la libertad de sindicación (artículo 28). Durante la pandemia algunas comunidades autónomas han dado la batalla legal por la limitación del artículo 19. Nada nuevo. Son los pilares de cualquier democracia representativa.

Significado económico, cuyos principios neoliberales son la globalización de bancos, empresas multinacionales e instituciones mundiales, así como el libre flujo de capitales; la iniciativa privada como principal motor económico; el rechazo a la injerencia estatal en materia económica, es decir, la mínima intervención del Estado en la regulación de los mercados financieros, industriales, naturales y humanos y la privatización o externalización de sectores públicos. Por supuesto, la presidenta de la comunidad de Madrid se refiere a este significado cuando nos abruma con el amor incondicional de los madrileños a la libertad como estilo de vida. Dicho queda.

jueves, 15 de abril de 2021

La enseñanza en tiempos de pandemia



 

Más de medio siglo nos contempla. Desde la pandemia de la polio hasta la del coronavirus. He sido testigo de las dos. Philip Roth escribió un relato sobrecogedor sobre la primera: Némesis. Sobre la segunda, esperamos. Antes habrá una serie en Netflix, seguro.

Recuerdos de la pandemia de la polio: mi examen de ingreso para adquirir la condición a bachiller a la edad de diez años. Estábamos convocados en el aula magna del IES Alfonso VIII de Cuenca a las nueve de la mañana. Uno de los días más importantes de mi vida, según mi madre. Estrené pantaloncito gris y chaqueta azul, símbolos de seriedad, corbata burdeos con elástico, zapatos negros, pelo repeinado con laca y dos plumas estilográficas por si acaso… Nada nuevo bajo el sol. Los nervios a flor de piel, ¿Tendría suerte con las preguntas? ¿Me habrían preparado bien en la Escuela Aneja Masculina? Los palmetazos de Don Alfonso y las broncas de Don Francisco eran signos de buen agüero. El conserje mayor con uniforme de gala, carpeta en mano, pasó lista en la puerta revisando el certificado escolar de cada cual, y una vez juntos pero revueltos, por apellidos nos asignó las aulas correspondientes. Treinta alumnos en cada una, sentados en los bancos por orden alfabético: un alumno, un sitio vacío, un alumno, un sitio vacío… Enfrente un reluciente encerado con el soporte dotado de un paquete de tizas a estrenar y un borrador precintado. Encima un crucifijo de los de entonces, copia del barroco español, a su derecha un cuadro de Franco y a su izquierda otro de José Antonio. Debajo una mesa alargada sobre una tarima de madera con dos escalones laterales. En sus sillas, el tribunal: La secretaria, una señora mayor con peinado en ondas rematado en moño. El presidente, en el centro, con traje a rayas grises en dos tonos y chaleco a juego; a su lado, un señor algo más joven, encorbatado en un conjunto marrón con bigote francés y gafas oscuras. Miradas silentes. El presidente, tras un breve saludo con trato de usted, nos leyó las normas del examen. Nos advirtió con voz sombría que no podíamos hablar ni comunicarnos bajo ningún concepto. Teníamos hora y media. A un gesto suyo, se levantó la secretaria y repartió los folios con membrete donde debíamos redactar las respuestas. Recé mi oración de combate: Dios mío ayúdame, te lo suplico de todo corazón, ahora más que nunca, Señor, en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, amén.

 Después, el joven del bigote abrió el paquete de tizas, sacó una con gesto profesoral y escribió en la pizarra la primera prueba, geografía e historia: enumerar los afluentes del Ebro y señalar los que pertenecen a la margen derecha. Los Reyes Católicos (escribe todo lo que sepas). (Tiempo). Segunda prueba, matemáticas: una división con dividendo, divisor de tres cifras, cociente, resto y prueba del nueve. (Tiempo). Tercera prueba: lengua y literatura. Un dictado sacado de El Buscón que leyó con parsimonia el presidente, concretamente el fragmento que se refiere a una batalla nabal (o sea, de nabos; sólo acertaron los que se equivocaron). Citar autores del Siglo de Oro. En punto, uno tras otro, certificado en mano de nuevo, entregamos el examen a la secretaria y fuimos saliendo del aula. Se me dio bastante bien. Apto (sólo había dos notas). Mis padres me regalaron un reloj de pulsera Duward y una cartera de cuero para el material escolar (todavía no estaban de moda las mochilas). Después de aquello nunca fui el mismo. No se regalaba nada.

Ahora se regala casi todo. Para empezar, no hay un cribado de acceso; al revés, hasta los catorce años la enseñanza es obligatoria. He dado clases en el primer ciclo de secundaria. Conozco de primera mano la instrucción famélica de los alumnos de once años (Primero de la ESO). ¿Cuántos de los que han pasado por mi centro hubieran contestado correctamente las preguntas del examen de ingreso? Un año impartí en Primero de la ESO la asignatura de Historia de las Civilizaciones para huir de la Ética de Cuarto, cuyos alumnos eran ingobernables (también los de Primero, pero de forma más benigna). Cuando explicaba la civilización egipcia metí un gazapo enorme (si prefieren no creerme, háganlo): ni siquiera el faraón ni la casta sacerdotal tenían internet de alta velocidad en sus casas… Nadie dijo nada. Admito que un ochenta por ciento de los alumnos había desconectado desde el minuto cero. ¿Pero y el resto? Cuando les comenté el disparate, los más aplicados me dijeron que les pareció una broma.

La “calidad” de la enseñanza consiste, a partir de la LOGSE, en evitar el fracaso escolar y esto, a su vez, en que el porcentaje de alumnos suspensos sea lo más bajo posible. El profesor exigente (o sea, ecuánime) no llegará a la segunda evaluación sin que suenen las alarmas del delegado, del tutor, del jefe de estudios, de la Inspección, de la Asociación de Padres y de la opinión pública en general. Obviamente, la mayoría de los profesores no son dechados de virtud ni mártires de la causa, sino personas normales que procuran no complicarse la vida. Ahora con virus y antes sin virus demasiado hacen y demasiado poco se lo agradecen.

La pandemia ha introducido la teleenseñanza: total (durante el confinamiento), parcial (durante las restricciones). Hace años que estoy retirado de la docencia por lo que no puedo hablar de su práctica de primera mano. Sin embargo, resulta evidente, de segunda mano, que esta modalidad tiene por desgracia serias limitaciones.

La primera es que cualquier enseñanza a distancia requiere un profesorado formado en unos métodos y procedimientos especiales. He sido profesor tutor del antiguo INBAD (Instituto Nacional del Bachillerato a Distancia), autor de libros de texto del CIDEAD (Centro para la Innovación y Desarrollo de la Educación a Distancia) y profesor asociado de la UNED (Universidad Nacional de Educación a Distancia). Puedo afirmar modestamente que conozco el tema. No funciona una clase magistral a través de videoconferencia. Incluso con cuidados paliativos, aburre letalmente. Ni enviar toneladas de adjuntos temáticos y decirle al alumno que consulte las dudas: requiere un esfuerzo insuperable por ambas partes… que acaban por mirar a otro lado. Tampoco sirve dictar apuntes y aclararlos sobre la marcha (es como si dictaras la guía telefónica con molestas interrupciones) o subrayar el libro de texto a través de la pantalla (debería ir contra los derechos humanos). Ni enviar las soluciones de los ejercicios, problemas, test, textos y, en general, de las actividades de análisis de aplicación. Al tercer día el alumno, abrumado por tanta información no sabe cómo manejarla, se pierde como perro sin amo y se rinde. Tampoco son eficaces los trabajos sobre algún apartado de la Unidad porque el alumno los copia y pega sin recato de internet o los fusila de algún colega. Eso sin entrar en los procedimientos de evaluación, misión imposible, aunque, dadas las circunstancias, sería un mal menor.   

La segunda limitación es que tampoco el alumno presencial está preparado para recibir este tipo de teleenseñanza: son niños, adolescentes, jóvenes que necesitan estar en contacto vivo con amigos y enemigos. Con la pandilla, con los conocidos de otros grupos y cursos. Los chicos con las chicas tienen que estar: es evidente que detrás de la pantalla esto no es posible por muchos mensajes y fotos picantes que se envíen a través de las redes sociales. Antes de dos semanas echan de menos las clases de toda la vida. La necesidad de verse, saludarse, tocarse, empujarse, abrazarse, magrearse… vence la monotonía machadiana de tiza y pizarra, de lluvia tras los cristales.

La tercera se refiere a los medios. Las consejerías de educación autonómicas no disponen de los recursos didácticos de las potentes plataformas digitales que precisa la enseñanza a distancia (CIDEAD, UNED). Además, no todos los alumnos tienen un soporte informático apropiado: un ordenador con procesador rápido de datos e imágenes y memoria suficiente; ni disponen de una conexión a internet por cable o, como mínimo, ADSL. En esas condiciones, las videoconferencias no son posibles, la imagen se detiene, la voz suena con retardo o se corta. Al final se cuelga. Eso sin contar con los alumnos más vulnerables que no tienen ninguna de las dos cosas.