jueves, 11 de julio de 2019

Mobilis in mobili



No me sorprendió el uso masivo que los neoyorquinos hacen del teléfono móvil. Después de todo en Madrid, en Manila, en Alaska y en cualquier rincón del mundo se hace lo mismo en un ejemplo evidente de porqué el planeta se ha convertido en la aldea global. Ya no tienen que pasar años para que las grandes tendencias culturales se difundan vertiginosamente por el mundo. Esta es la auténtica interculturalidad. El móvil es la gran posibilidad democrática. Un hombre un móvil. Incluso los mendigos envueltos en cartones y mantas raídas en las salidas de la Grand Central Station los manejan con el mayor desparpajo.
Cuando hace tiempo trabajé con la Agencia de Cooperación Internacional en la capital de Guinea Ecuatorial, el agregado cultural de la embajada me dijo que muchos de los que hablaban en la calle por el móvil, simplemente disimulaban por un tema de imagen ante sus amigos o conocidos; hablaban solos; en realidad no tenían recursos para recargar las tarjetas de prepago. O el ejecutivo que te da el viaje en el AVE con su interminable charla empresarial. Una jerga pretenciosa en la que la mitad de las palabras son inglesas sin que el iniciado sepa, probablemente, decir una frase completa en inglés. O la señora solitaria en la piscina (su marido se ha escaqueado) que se pasa la tarde llamando a sus amigas para dar un repaso a su circunstancia. Habla con ellas como si estuvieran a diez metros. Ahora el tema de moda es dónde te vas de vacaciones. Narcisismo social. Todavía no he oído a ninguna decir: yo me quedo en Madrid con ventilador y botijo porque no tengo un duro. Te envío una foto. Al final coges la hamaca y la bolsa y huyes despavorido del rollo que no cesa. Por último las comidas familiares del fin de semana en las que cualquier chorrada hay que buscarla en internet, por ejemplo el precio del vino en varias bodegas o la variedad de recetas blogueras del plato principal, para pasar de un enlace a otro sin que haya más temas de conversación que los que dicta la asociación libre de navegación. El móvil a la derecha de la cuchara (o a la izquierda del tenedor si eres zurdo). Recuerdo el cartel colgado a la entrada de una simpática taberna en un pueblo perdido de la sierra conquense: Aquí no tenemos wifi ni cobertura, hablen entre ustedes.
En la Quinta Avenida neoyorquina donde la gente transita al galope por aceras y semáforos, los transeúntes son capaces de esquivarse hábilmente mientras teclean su smartphone. Un desfile incesante de inteligencia artificial. Móvil en el elemento móvil, usando el lema del Nautilus. Se reconoce a los turistas porque se paran ante los grandes rascacielos para hacerles fotos que no caben en la pantalla. Aunque ahora hay móviles capaces de abarcar en un plano panorámico la Gran Manzana. Lo que si me resultó nuevo fue cómo los viandantes desenfundan con la rapidez de un pistolero cuando les preguntas por una calle, un restaurante o una línea de metro. Sin más comentarios localizan en un instante cualquier rincón de la ciudad. ¿Google Maps? Con el plano digital en tus narices, que no entiendes, te explican amablemente los recovecos hasta que más o menos te enteras por dónde va la cosa. Echas de menos las explicaciones farragosas de siempre. El resultado es el mismo. Tras siete consultas intuyes el camino.
Pero volvamos a casa. La evolución del comportamiento de los viajeros en el metro madrileño ha pasado por tres fases: la primera, abundantes interacciones visuales con distinto significado (un buen tema para una tesis doctoral), charlas ruidosas, pegar la hebra con el señor de al lado, avistamientos en el vagón trasero de gente conocida (saludos y traslado), lectura del periódico del vecino por encima del hombro, todo un arte, vagabundos dormidos en los asientos de los rincones, aproximaciones libidinosas al trasero de la morena y rateros de bolso y cartera en las horas punta. Después se impusieron los tabloides gratuitos que se repartían o se amontonaban en la entrada de los andenes. Noticias de agencia gestionadas políticamente. También las primeras fake news. Enormes. Además cuando terminabas de hojearlo lo dejabas en el asiento de al lado para que otros siguieran la cadena. Algunos leían el Marca. Podíamos echar un vistazo a la ruidosa portada madridista y a la chica de la última página. Los jóvenes oían música retumbante en los dispositivos Mp3. De vez en cuando se les escapaba un graznido melódico. Aparecieron los primeros móviles pero en el metro no tenían cobertura. Además sólo servían para llamar por teléfono y poner mensajes caros. La última fase coincide con la revolución digital de los smartphone y la universalización de las redes wifi. Ahora en el metro también se lee la prensa, se oye música, se siguen las series de moda, se ve la televisión o se oye la radio, se juega al ajedrez, se wasapea incluso con la novia sentada enfrente… Algunos terminan el trabajo pendiente. Los timbrazos, pitidos, tonos, avisos y notificaciones sobrevuelan el vagón.
Desde hace tiempo, el móvil forma parte del ADN de los recién nacidos. Soy padrino de una niña de un año a la que su madre le ha comprado un móvil de juguete con teclas y sonidos. En cuanto lo ve lo aparta de un manotazo y se pirra por el mío. Si se lo dejo (casi siempre), le brillan los ojos, toca con los dedos la pantalla, lo manipula, lo chupa… Luego me paso dos horas recomponiendo el lío que me ha montado.      
La cámara fotográfica del móvil también tiene su miga. Muchas personas tienen que entender que a sus familiares, amigos y conocidos les interesa hasta un cierto punto el aluvión de fotos de tu reciente viaje a Canarias o los videos de tus nietos tirándose a la piscina. También puede ocurrir que viajes con familiares, amigos o conocidos que te obligan a posar para hacerte una foto cada veinte metros. En mi opinión la mayoría de los turistas que fotografían compulsivamente los monumentos que visitan lo hacen porque si los contemplaran a pecho descubierto se aburrirían como ostras.
Los móviles tienen sus inconvenientes. Publicar en las redes sociales tu vida y milagros, por ejemplo la fecha que te vas de vacaciones, te puede costar un disgusto. Subir tus fotos en paños menores en un momento de debilidad exhibicionista, largar opiniones políticas desmadradas, hablar mal de tus jefes o presumir de tus ligues en el trabajo… un día te puedes llevar una sorpresa desagradable. Homo homini lupus. Frecuentar las aburridas páginas porno, aparte de indicar al Gran Hermano cuáles son tus pulsiones solitarias, no es obviamente lo peor. Es en esas páginas donde los niños descubren que no los ha traído la cigüeña de París y una de las razones por las que las relaciones sexuales entre adolescentes son cada vez más precoces. El problema es el acoso machista y los embarazos no deseados.
Recuerda que siempre estás en el punto de mira. Hace tiempo recibí un aviso de cierre de mi espacio en la nube (no digo cual) por subir imágenes, cuadros, desnudos la mayoría, de la conocida pintora Tamara de Lempicka. Los motores de búsqueda tienen unos criterios estéticos un tanto generalistas. La mayoría de los moviadictos dedican una parte de su tiempo libre (aunque estén en la oficina) en llenar su muro digital de asuntos varios dirigidos al núcleo de su clan. Los tuyos no te olvidan. No te engañes. Te muestras para ellos pero al final te observa todo el mundo. Otra falacia: crees tener un millón de amigos (como en la canción) pero en realidad tienes diez; y a distancia.
Otros inconvenientes: los móviles se roban. El procedimiento más conocido es el siguiente: el ladrón y su compinche se apostan en la marquesina de una parada de autobuses concurrida; por ejemplo, en la Gran Vía madrileña. Mientras esperan, la gente saca el móvil. Los amigos de lo ajeno se fijan obviamente en los de gama alta, en lo caros. Sopesan el objetivo y se suben tras la víctima que en numerosas ocasiones sube con su joya y se baja sin ella. La puede salvar seguir usándola y perderla guardarla en el bolso o el bolsillo. Hace unas semanas, al pasar junto a las instalaciones deportivas del Parque de Santander, dos chavales de unos trece años, en ropa deportiva, me pararon y me pidieron amablemente que les dejara el móvil para hacer una llamada a la madre de uno que tardaba en recogerlos. Lo llevaba a la vista en el bolsillo superior de la camisa. Lo cierto es que soy muy desconfiado. Les dije que lo sentía porque me había quedado sin batería y estaba desesperado porque tenía que llamar al dentista. Se han dado muchos casos del lance: una vez que lo tienen en sus manos corren como galgos. Son menores, aunque los trajera de la oreja un guardia no les pasaría nada. Un inconveniente más: muchas parejas de novios han roto porque ella o él se han dedicado a husmear en las chats y wasaps del otro. Por no hablar de los correos trampa, virus y estafas que nos acechan. Internet se puede convertir en un campo de minas. Lo mejor e informarse en la prensa. O la publicidad no deseada: a la quinta vez que la misma operadora me llamó en medio de la siesta para ofrecerme una propuesta que no podía rechazar, le dije que… lo sentía pero no tenía teléfono, lo cual no le impidió seguir con su monserga hasta que colgué. Mucho ojo al leer la prensa en el móvil cuando vas al retrete; conozco bastantes casos de caída en el pozo negro. Si se moja ya te puedes comprar otro. Yo interpreto este pequeño desastre como un acto fallido freudiano que oculta el deseo inconsciente de comprar otro modelo. ¡Cambiar de móvil es un misterio gozoso! El negocio de lo nuevo crece y las firmas se forran. Por eso no proporcionan recambios de baterías a los que se conforman con lo que tienen. La obsolescencia es la base del negocio. Algunas marcas o modelos de smartphone se han convertido en un símbolo de estatus; como el Rolex, el Dupont de oro o el Mercedes de gama alta. Los IPhone de Apple forman parte del universo de la exclusividad. Las sombras que se proyectan en la pared del fondo la caverna de Platón son ahora las imágenes narcisistas que nos envuelven. Recuerdo en una boda no hace mucho que un médico de la otra familia que tenía por costumbre, según observé, hablar de sí mismo y su profesión, dejó su flamante Apple encima de la floreada mesa que compartíamos a la vista de todos, un complemento indispensable. Hasta que en el barullo del cambio de platos y el servicio de bebidas, de aplausos, saludos a conocidos y vivas a los novios el móvil desapareció. En una boda de campanillas pasan por la mesa muchos camareros y personas, además de los diez comensales de la tabla redonda que también éramos sospechosos como en una nóvela de Agatha Christie.        
O cuando en un concierto de piano suena el tono polifónico de “Para Elisa”.

domingo, 19 de mayo de 2019

La leyenda del edificio Dakota



Es evidente que no podemos prescindir de esa parte irracional de la condición humana que nos convierte en mitómanos declarados, partidarios de la teoría de la conspiración, inclinados sin solución a practicar todo tipo de falacias y a creernos un delicioso montón de supersticiones de segunda mano (falsas noticias, posverdades y teorías delirantes). Esta es la razón de que la primera crónica de mi viaje a Nueva York se refiera al legendario edificio Dakota. Está más o menos a una hora a pie del hotel en que me alojaba bordeando el imponente Central Park. Concretamente está situado en la esquina noroeste de la calle 72 y el Central Park West. 
Por tanto, me voy a referir al edificio Dakota desde su no existencia empírica, desde la fabulación de su otra realidad, desde esos mundos paralelos cuyas fuerzas nos atraen y hunden sus raíces en las formas ancestrales del saber: el mito, el rito, la magia, el animismo, la religión… El Dakota building es una construcción añeja, histórica, comenzada en 1880 y terminada en 1884, con las connotaciones que el término “historia” tiene para la ciudad de los rascacielos, sobre todo Manhattan, el arquetipo de un mundo nuevo, intemporal, que permanece idéntico a su sentido original, un presente inalterable, un continuo que se sustenta sin antecedentes ni contextos previos. Es la misma sensación que se tiene en el Museo del Memorial junto con el impresionante complejo que le rodea coronado por la Freedom Tower. En este lugar de dolor y homenaje se siente la trágica presencia del pasado cercano, no de la historia. La idea de inmensidad arquitectónica que nos abruma cuando vamos a New York es la superficie sensorial, válida por lo demás, a través de la cual se manifiesta la falta de los cimientos históricos de la totalidad: algo que sólo subsiste de forma autónoma, importada, adquirida, en las grandes colecciones clásicas del Met o la Frick Collection. El MOMA es un caso híbrido de tradición europea y arte moderno. Incluso el contraste urbanístico de la neogótica Catedral de Saint Patrick, situada en plena Quinta Avenida, encajada entre rascacielos y tiendas de moda frente al Rockefeller Center, resulta coherente.
Sólo he sentido el peso de la historia en el edificio Dakota aunque desde el lado irracional. El Dakota se ha convertido en un edificio maldito de finales del siglo XIX rodeado de un aura de leyenda negra. Su propia arquitectura contribuye a crear la imagen de un antiguo caserón poblado de relatos sombríos; es una mezcla de estilos europeos cuyo resultado ha contribuido a su imagen siniestra: una imagen vale más que mil palabras. Contemplen el edificio, su aspecto de mansión encantada de película de terror. Incluso la valla que lo circunda con sus extrañas gárgolas impresiona. Preguntamos tres veces antes de que los paseantes de Central Park supieran decirnos donde estaba el Dakota Building. Lo conocen más bien “por la casa de John Lennon”. En cuanto lo vean lo reconocerán por su inconfundible marrón, nos dijo el amable neoyorkino que por fin nos encaminó correctamente desde Colombus Circus.
Nada más acabada su construcción en 1884, surgieron inquietantes leyendas. Una de ellas aseguraba que había un fantasma que lloraba entre sus paredes. Se trataba de una mujer llamada Dakota, muerta durante las obras, lo que dio lugar a una de las versiones que circularon sobre el nombre del edificio; otra asegura que en el momento de su construcción, quedaba tan lejos de la ciudad que lo llamaron Dakota, porque es la población más lejana al oeste de los Estados Unidos.
A finales del siglo XIX vivió en sus apartamentos Edward Alexander Crowley (1875-1947) apodado La gran Bestia 666 (el número se asocia en el Apocalipsis del Nuevo Testamento a la marca de Satán y del Anticristo). Este conocido ocultista, estudioso de la magia negra perteneció a la Orden Hermética del Alba Dorada y otras sociedades secretas. Escribió El libro de la ley entre otros tratados esotéricos. Se sabe que practicó rituales de magia negra dentro del Dakota. The Beatles lo incluyeron entre los personajes de la portada de su disco Sgt. Pepper's Lonely Hearts Club Band en la parte superior izquierda... Sin duda un genio del lado oscuro. Es fama que sus ritos de magia negra impregnaron al Dakota de sortilegios malignos por lo que se ganó el sobrenombre de la casa de los espíritus.
Durante la misma época también vivió allí el actor Boris Karloff  intérprete por antonomasia de las películas de terror, el cual participó en sobrecogedoras sesiones de espiritismo. Algunos de los actores que trabajaron con él afirman que el grado de identificación con sus personajes era anormal e incluso morboso. Dicen que cuando murió, se manifestaron fenómenos de telequinesis y su fantasma vagó durante un tiempo por los apartamentos.
También se alojó en el Dakota durante su estancia en la Gran Manzana un misterioso mago de la brujería Wicca, Gerald Brossau Gardner que aseguraba poder invocar a las potencias ocultas de la naturaleza mediante ciertos rituales paganos perdidos en la noche de los tiempos. Sin duda, algunas fuerzas dormidas en los rincones mágicos de Central Park despertaron de su letargo. 
Al director de cine Roman Polanski, conocedor de la leyenda negra que envolvía al edificio, le pareció el entorno perfecto para rodar La semilla del diablo, basada en la novela de Ira Levin  Rosemary's Baby (1967). Lo llamó los apartamentos Bramson. Además se inspiró en Gerald Brossau para caracterizar al brujo demoníaco de la película. El rodaje no pudo ser más accidentado: el coproductor sufrió al comenzar una grave enfermedad que le hizo abandonar el proyecto. Tras el estreno, el compositor de la banda sonora murió repentinamente de un infarto cerebral. Mia Farrow, la protagonista del film recibió la noticia de que su esposo, Frank Sinatra, le pedía el divorcio, con los consiguientes trastornos emocionales de la actriz, los perjuicios y las demoras hasta que Polanski consiguió que las aguas volvieran a su cauce. El desasosiego, según parece, se extendió también a los miembros del equipo de rodaje que, quizás influidos por el ambiente general, decían que se oían en las habitaciones ruidos extraños e inexplicables olores. Para convencer a Polanski, que se mofó en su cara, los ayudantes de sonido grabaron extrañas psicofonías. Poco más de un año después del estreno de La semilla del diablo, la esposa de Polanski, Sharon Tate, embarazada, y otras cuatro personas fueron brutalmente masacradas por la secta de Charles Manson.
El último gran drama del Dakota fue el asesinato de John Lenon, el residente más famoso del inmueble, donde vivía con su esposa Yoko Ono. El 8 de Diciembre de 1980, Mark David Chapman, un perfecto desconocido cuya única motivación era alcanzar notoriedad por el alcance del crimen, disparó a Lennon a las puertas del Dakota cinco balas huecas con un revólver Charter Arms del calibre 38. Por cierto, el propio Lennon decía que oía con frecuencia voces de ultratumba (no sabemos si su afición a ciertas sustancias alucinógenas tuvo algo que ver). Yoko Ono, que sigue viviendo en el Dakota, afirma que ha sentido muchas veces la presencia consoladora de su marido (“No tengas miedo, todavía estoy contigo”, aseguró que le susurra el espíritu del más allá). Las heridas fueron de tal gravedad que Lennon ingresó cadáver en el Roosevelt Hospital. Chapman cumple cadena perpetua en la prisión estatal de Attica y hasta el momento se le han denegado todas las peticiones de libertad condicional por más que afirma que su sentimiento de vergüenza y arrepentimiento por el crimen crece de año en año... La propia Yoko Ono ha manifestado reiteradamente su oposición a que el asesino de su esposo sea excarcelado.

Lennon ha sido el tema de numerosos tributos, principalmente el memorial de la ciudad de Nueva York de Strawberry Fields, un jardín conmemorativo en Central Park cruzando la calle del edificio Dakota. Ono posteriormente donó 1 millón de dólares para su mantenimiento. Se ha convertido en un lugar de reunión para tributos en los cumpleaños de Lennon y en los aniversarios de su muerte, así como en otros momentos de luto, como después de los ataques del 11 de septiembre y del fallecimiento de Harrison, el 29 de noviembre de 2001.

Hace unos días tuve la oportunidad de visitar el jardín del homenaje. Siempre hay alguien cantando guitarra en mano canciones del gran músico.


El Dakota es el edificio más exclusivo de Nueva York. Pero esa es otra historia de millones de dólares y personajes famosos.

viernes, 12 de abril de 2019

¡Mira que bonito!


He releído un artículo bastante plúmbeo que escribí hace tiempo contra la inmediatez no reflexiva del juicio estético “me gusta”, equivalente por su simplicidad al juicio de hecho esto es un gato sin más especificaciones de sexo, raza y condición. Hoy, con un ejemplo, voy a darle la vuelta dialéctica al saber fundado de los puristas a favor de la sinceridad del consumidor sanote de cultura que proyecta las plácidas sombras de la curiosidad en la pared de la caverna platónica.
En una exposición de pintura, el me gusta brilla con luz propia. Su expresión verbal es el consabido ¡mira, qué bonito! Mejor nos olvidamos de las explicaciones porque hasta los más “entendidos” dicen chorradas. La pintura es tan compleja como la música. Hay que ser prudente y modesto y sobre todo sincero con uno mismo… como aquellos dos novios invitados (obligados a asistir) al concierto del sábado por la tarde por el padre de la chica porque no podía utilizar su abono conyugal por causas mayores (en realidad, un Madrid-Barça). Cogidos de la mano miraban extasiados a la imponente araña de la sala de conciertos mientras el aire se llenaba con la música de Bruckner, toses sin pañuelo y envoltorios de caramelos de menta. A la mitad de un allegro moderato, en un arranque de convicción, el joven susurra a su colega penitente: trescientas ochenta y seis. A lo que, aliviada al fin, la otra contesta : trescientas ochenta y siete si cuentas la fundida… ¡Viva el escuchar desatento! Siempre preferible a los comentarios del intermedio iguales a sí mismos toque lo que toque.
Si quieres enterarte algo más de la exposición, alquila el audio-guía o apúntate a la visita guiada. Aquí lo que decae es la atención. Nos interesa pero no tanto. Excepto honrosas excepciones el cicerone nos abruma con tal cantidad de información que el cerebro se bloquea. Es parecido al cuelgue del ordenador por tocar demasiadas teclas sin criterio. Se produce entonces el empane reparador y las travesías del desierto.
Para mí, lo mejor es ir por libre y tirar de Wikipedia cuando te interese. Mejor recurso es prepararte la exposición el día de antes pero tiene dos inconvenientes: primero, robarle un tiempo al ocio puro y duro, y segundo, aburrir al personal cuando largas tus informes. Si algún amigo o conocido los reparte fotocopiados se expone a que lo borres de tu lista de contactos o que advierta las miradas que lo fusilan. No insistas: tu señora o tu pariente más cercano te van a sugerir que pares. Mensaje implícito: para calentarte las meninges, cómprate un  libro o vete a una conferencia del Ateneo. Si la exposición es de arte abstracto los comentarios son de lo más sincero: ¿Dónde quedaría bien ese cuadro? Señala la joven mirando un pequeño lienzo plagado de manchas en blanco, negro y amarillo. En el retrete, contesta el chico mientras piensa que la hora de comer se acerca. Ese otro, un Mondrián, insiste la chica, sería excelente para diseñar un mantel de cuadros. Replica el joven: Mira aquel de enfrente no se entiende ni el cuadro ni el título, Omphalos IV. Eso lo pinto yo, dice un señor mayor que pasaba por allí.

martes, 2 de abril de 2019

Dolor y gloria. Apunte

Por supuesto que en Dolor y gloria hay elementos autobiográficos pero son accidentales. La película es ante todo una ficción en la que tales elementos son genéricos, contextuales, incluso generacionales, pero siempre puestos al servicio del lenguaje cinematográfico. El guion no convence pero sí su ejecución. En cada secuencia, escena o plano lo verdaderamente importante, lo que busca Almodóvar es cine en estado puro, no contar su vida. Exagero para poner el punto de mira en lo esencial.
Lo intención de la película reside en la adecuación entre los movimientos de una cámara dominante y un guion cargado de obsesiones negativas que le sirven de pretexto. Expresiones de la crítica especializada como “memoria sentimental” (es más acertado hablar de “memoria colectiva”), “impotencia creativa”, “búsqueda de la redención” “desnudez pública” y muchas otras, son las puertas falsas del laberinto que nos propone el director manchego.
En realidad no sobreactúan los actores sino el director. Como en La piel que habito (para mí su mejor película) da la impresión de que Almodóvar interpreta la partitura de un cuarteto de cuerda. No es de extrañar que saltaran chispas durante el rodaje. Extraordinaria la interpretación de Antonio Banderas, inviable con otro director.
En una primera lectura, los elementos biográficos parecen las claves evidentes del film (por más que en el arte nada es evidente). Lo único cierto es que todos los guiones, todas las novelas incorporan de un modo manifiesto o latente elementos biográficos; incluso “Veinte mil leguas de viaje submarino”. En el proceso de creación la imaginación los destila, los transforma en forma de imitación, deconstrucción, ocultamiento o catarsis pero nunca de identidad inmediata. El realismo en el arte es siempre mágico. Y más en Almodóvar. También en Dolor y gloria lo importante es el tratamiento que los transfigura. Esa es la parte luminosa del film. Una vez que desechamos las salidas en falso del laberinto podemos volver a sentarnos en la butaca y probar desde otra perspectiva. Por esta razón no cala en nosotros la propuesta emocional de Dolor y gloria, no se produce la empatía sino la distancia, incluso los momentos cruciales de la pasión de Salvador Mallo (cuando está sólo consigo mismo) nos dejan indiferentes. Algo falla. Es muy difícil sintonizar con los personajes del director manchego. Son muy raros, extravagantes, marginales… Las chicas y los chicos Almodóvar te pueden gustar, divertir, asombrar o al revés pero son ajenos a tu mundo. Fuera del cine no tienen vida. Sus embrollos políticamente incorrectos son inverosímiles; tanto como la sarta de agradecimientos por la obtención del óscar por Todo sobre mi madre. Los aficionados al cine españoles se dividen dos: los pros y los contra Almodóvar. Los contrarios afirman que los guiones de sus películas son más fáciles de escribir que una mala novela policíaca. De lo extraño y marginal se sigue cualquier cosa. 
En realidad no hay impostura sino la puesta en escena meticulosa de un cineasta en busca de nuevos encajes (desde su primera película) entre forma y contenido. Es ahí donde hay que poner el ojo, lo mismo que Almodóvar en la cámara. Lo más personal de Dolor y gloria son los elementos iconográficos: su piso, los cuadros, carteles, fotos y esculturas de su colección particular… aunque son utilizados para fines muy distintos a la conversión de Salvador Mallo en un trasunto de Almodóvar. Son elementos cinematográficos en sí mismos y, en este caso, sí son el reflejo subjetivo del autor. Son el hogar y el entorno de un cinéfilo. Dicho de otro modo, rueda en su casa no para reforzar la autoficción, sino porque su casa es buena para filmar. El final, aplaudido y denostado a partes iguales, no es un lugar común para cerrar el final en falso, sino la clave o metáfora de la totalidad. Por eso la popular expresión “vamos al cine” tiene un sentido pleno cuando el miércoles (día del espectador a mitad de precio) vamos a ver en los minicines de barrio su última película.
Con palabras del propio realizador:
¿Es "Dolor y gloria" una película basada en mi vida? No, y sí, absolutamente. Todas mis películas me representan. Es cierto que esta me representa más, pero desde el momento en que empiezo a escribir sobre una base conocida -procedente de la realidad, de algo que he leído en el periódico, que me han contado, de lo que he sido testigo o simplemente un episodio de mi propia vivencia- la historia empieza a encontrar su verdadero camino (cinematográfico, en este caso) para convertirse en ficción. (…) Por supuesto, la película habla del cine y de la importancia del cine en mi vida. Podría decir que el cine es mi vida o que mi vida es el cine. La auténtica droga de la película es el cine, no la heroína, la verdadera dependencia de Salvador es la de seguir haciendo películas, el cine le ha vampirizado por completo.

domingo, 31 de marzo de 2019

Series


Decididamente están de moda las series televisivas. Las grandes firmas del streaming, Netflix, Amazon, HBO, Sky, entre otras (parece que Apple también se apunta) parecen haber dado con la clave del éxito de los servicios audiovisuales bajo demanda. En otra entrada de este blog hice una breve historia del polifacético “continuará” (que incluye las series y otros soportes). Aquí analizo algunas razones por las que las series están actualmente en la cresta de la ola de la industria cultural.

Seguridad. La primera es que cuando seguimos una serie sabemos que nuestra parte de ocio está asegurada. Se disparan las endorfinas ante la perspectiva de anclaje para el tiempo libre; nos libramos del desasosiego que produce la obligación de buscar algo que nos apetezca en el maremágnum de películas, documentales, deportes, música que ofrece la firma de streaming que hemos contratado. Además si otro evento televisivo nos interesa en la franja horaria que dedicamos a una serie, sabemos que siempre estará disponible para seguirla cuando nos apetezca. Es más, podemos seguir una serie antigua o de moda desde el primer episodio y temporada.

Versatilidad. Decíamos que las series crean hábitos de ocio estables, que fomentan rutinas gratificantes. A esto hay que añadir su versatilidad como productos de consumo. Esta es otra de las razones más poderosas por la que las series son tan apreciadas. Pueden verse en cualquier espacio y tiempo: mientras te das un paseo, al ir al trabajo, durante un viaje, en la habitación del hotel, en la sala de espera del médico o en la tele del dormitorio con tu pareja... Las series son un ocio de fácil acceso, un océano de entretenimiento al alcance de todos (las suscripciones son asequibles) y se pueden ver en todos los soportes audiovisuales: en la televisión, el ordenador, la tableta o el teléfono móvil; se adaptan mucho mejor que otras formas de cultura a este cambio de plataformas y medios. Mientras el cine retrocede, la televisión vive su mejor momento.  

Amplitud. La oferta es muy amplia. En realidad, recoge todos los géneros cinematográficos: drama, acción, comedia, policiaco, historia, terror, ciencia ficción… Asimismo, puedes elegir series de perfil bajo, fáciles de comprender, con tramas que no requieren un especial esfuerzo intelectual para seguirlas (como Friends), aptas por la gente que llega cansada física y mentalmente a su casa después de una larga jornada de trabajo. Inversamente, puedes inclinarte por series de perfil alto, complejas, con exigencias de comprensión (como Twin Peaks). Incluso directores de cine consagrados, Scorsese, Fincher, Spielberg, los Cohen o los Wachowski se han pasado a las series. Muchas películas de culto se han convertido en series. En la lista de ofertas hay una paleta interminable de perfiles intermedios que puedes sondear antes de decidir cuál será la siguiente. La versatilidad de las series genera, previos estudios de impacto y análisis de big data, los llamados nichos de mercado, más directos todavía que los géneros: series de abogados, narcos, reinos perdidos, biografías, adaptaciones, detectives, robots, espías... Es sabida la capacidad que tienen las plataformas digitales de conocer nuestros gustos para después decidir por nosotros sin que nos demos cuenta. La oferta es tan amplia que podemos pensar con nuestra propia cabeza y encajar en algún nicho de mercado. Además es ocio, no arte; en esto se diferencian por el momento del cine.  

Enganche. Cuando seguimos una serie necesitamos saber lo que va a ocurrir después. El aficionado (no digamos el adicto) experimenta al final de cada capítulo la necesidad de ver el siguiente para empaparse de lo que sucede a continuación. Sea cual sea el nicho de la serie, el final del episodio siempre se presenta de forma ascendente, potente, cargado del máximo interés. Esto explica que casi siempre veamos más de un capítulo; o si no tenemos algo mejor que hacer, engolfarnos en un maratón de siete episodios, incluso de una temporada completa. Los guionistas saben cómo hacerlo. Manejan la ley de clausura y el temporis punctum con eficacia probada. Nos enganchan hasta el punto de que cuando la serie concluye experimentamos una cierta sensación de vacío y duelo hasta encontrar la nueva. Otro factor del enganche es la presión social: la familia, los amigos, los vecinos, la pandilla, los compañeros de trabajo comentan los avatares de una serie y si no quieres quedarte fuera tienes que subirte al carro. Actualmente la fluidez de los grupos primarios depende de las nuevas tecnologías.

Deconstrucción. Una de las características de las series es la fragmentación permanente de la trama. Los guiones se parecen al formato de una novela donde se salta de unos personajes a otros, de una situación a otra, de un planteamiento a otro. El guionista utiliza los mismos recursos en las transiciones de la acción que en los finales de episodio (es decir, te deja con la miel en los labios). La extensión de la trama permite introducir nuevos personajes y líneas narrativas. Asimismo, los personajes centrales pueden evolucionar, declinar a favor de otros o desaparecer. La deconstrucción permite alargar las series sin que el espectador se fatigue y cambie. En realidad las series se parecen a la vida misma. En muchas series en curso el guion no está acabado: el propio guionista estudia posibles variantes para los siguientes episodios y las futuras temporadas en función de las preferencias actuales que su antena capta entre los seguidores en las redes sociales o las opiniones de la crítica.

Inmediatez. La serie recoge con ventaja el recurso al enganche de las telenovelas o culebrones que ofrecen cada día un nuevo capítulo, o los antiguos cuadernos de historietas donde el nuevo número de la colección sale la próxima semana. La ventaja de las series es que no tienes que esperar ni un minuto para enterarte de lo que le pasa a tus personajes favoritos. Su inmediatez ha dado lugar a lo que muchos seriólogos han denominado “efecto de familia”. Del mismo modo que tus mascotas, los personajes de la serie acaban por formar parte, consciente o inconsciente, de tu entorno afectivo. Internet ha permitido que la inmediatez del contenido de las series se convierta en un fenómeno planetario. La propia serie tiene su web y su muro nacional e internacional en todas las redes sociales. Los “me gusta”, los comentarios, las imágenes, las discusiones sobre los posibles finales, retroalimentan su valor y difusión. Visto de esta manera no elegimos una serie sino al revés, somos productos de los efectos gravitatorios de una cultura global.

jueves, 21 de marzo de 2019

La condición femenina


Me invitaba una antiguo alumna mía, hoy profesora de filosofía en un instituto de secundaria, a adentrarme, siquiera someramente, en algunos de los temas y problemas de la condición femenina más controvertidos moralmente desde un punto de vista actual.

Ocurre, en primer lugar, que soy varón y de alta edad.

Ocurre, en segundo lugar, que tales temas y problemas son por intuición, a primera vista, demasiado controvertidos (dicho en terminología cartesiana, oscuros y confusos).

Ocurre que tales temas y problemas son tan complejos, incluso tan generacionales, que no me siento capaz de tratarlos a fondo. Que sean otras y otros quienes aborden con el máximo rigor y fundamento cuestiones como la prostitución reglada, la industria pornográfica (compartida con el hombre, por supuesto), las profesiones femeninas con vínculos o condiciones sexistas, la interrupción artificial del embarazo, la transexualidad quirúrgica y hormonal, la superioridad psico-biológica de la mujer, la gestación subrogada o las madres de alquiler, la adopción de un hijo por una pareja de mujeres (sean o no homosexuales), la fecundación in vitro de mujeres solteras (incluso de edad madura), la doble moral feminista y sexista de muchas famosas en desfiles, fiestas y redes… En mi opinión, todas estas cuestiones tienen una relación directa con la corporalidad femenina, expresada de forma contundente por la afirmación genérica mi cuerpo es mío. Encuentren por sí mismos las aristas, variantes, contraejemplos e incluso contradicciones que tal afirmación contiene cuando se pone en relación con los temas y problemas citados.

Ocurre que mi edad no me lo permite. Estoy de acuerdo con Ortega en su versión de la razón histórica y la consiguiente ética de circunstancias. Enumero además otros temas y problemas todavía más inextricables para mí: la crítica de la “razón falocrática”, el poliamor, la selección genética de los hijos, la sexualidad robótica, la teoría del varón culpable, la masculinización mimética, el desmontaje del mito del “amor romántico”, el empoderamiento femenino o la discriminación positiva de la mujer. Qué alivio sentir mi impotencia para poder entrar en tales asuntos, qué descanso saber que los tiempos cambian y nada ni nadie te permitirá levar el ancla de la edad. Los límites de mi mundo son los límites de mis años. Qué liberación estar siempre situado a una determinada altura de los tiempos…

Ocurre, no obstante, que se debe entrar en tales temas y problemas y dejar que sean otros, por ejemplo mi alumna, quienes entren al trapo, es decir, sigan sus mediaciones dialécticas hasta donde la razón los lleve y caiga quien caiga. Hágase pues.

Feci quod potui, faciant meliora potentes.

P.D. Como dijo Mafalda: ¡astuto viejito!

viernes, 8 de marzo de 2019

Precariedad


Cuento lo que me contaron. Un matrimonio, vecinos de toda la vida, ha estado este verano una semana de vacaciones en La Habana. Un día cenaron en el destartalado hotel de cuatro estrellas en el que se alojaban. Paredes desconchadas, manteles grasientos y cubertería del tiempo de Maricastaña. Les llamó la atención la enorme cantidad de camareros que pululaban por el comedor, sombras invisibles que no atendían a nadie (tres mesas ocupadas) hasta que hartos de protestas se acercaban indolentes con la carta. Cuando pides solo quedan cuatro cosas. Por cierto, el arroz a la cubana no lleva tomate ni plátano. Al terminar el almuerzo, mi vecino le preguntó al camarero que parecía más simpático, tras generosa propina en euros, por lo curioso del caso: Pues ya sabe, en Cuba no hay desempleo. Nosotros hacemos como que trabajamos y el Estado hace como que nos paga. Trabajo hay, lo que no hay es dinero. A barrer carreteras o a cortar caña de azúcar por la sopa boba.
Me envía por WhatsApp desde Londres un pariente y amigo, muy aficionado al golf, un video en el que un robot parecido a un coche de fórmula pero más pequeño y achatado corre veloz por el campo de prácticas para recoger las bolas que tiran los socios desde las casetas. El ingenio mecánico sustituye al tradicional vehículo recogebolas con cabina metálica y bandeja delantera. Se trata de otro ejemplo de inteligencia artificial, no muy cara en este caso, que facilita la tarea de los humanos pero que, a la vez, los manda al paro. Un robot, le comentó a mi amigo uno de los profesionales del club, hace el trabajo de tres vehículos, es más rápido y molesta menos a los clientes. Resultado: tres puestos menos. Reducción de costes y aumento de beneficios. 
Más de lo mismo: en la actualidad, un joven (o una joven, no se moleste alguien) con un currículo premium (estudios universitarios, doctorado, Erasmus, masters, cursos, publicaciones) tras superar varias entrevistas consigue un puesto de becario mal pagado; dos años después le hacen un contrato laboral para hacer el trabajo de tres por un salario de medio. O sea, los jóvenes se dejan las pestañas y la empresa hace como que les paga. Mientras, accionistas mayoritarios, directivos de gama alta, inversores preferentes, gestores estratégicos, auditores de pega o consejeros de administración se forran a costa de las millonarias plusganancias. Hay dinero pero no hay trabajo. A buscarlo en el extranjero o a conducir motos de tele-comida.
Dos caras, pero no de la misma moneda.