jueves, 3 de septiembre de 2026

Tres versiones de la misma frase

 

Nihil est in intelectu quod prius non fuerit in sensu. Nada hay en el entendimiento que antes no haya estado en el sentido. La famosa frase procedente de la antigüedad fue consolidada por la filosofía escolástica, especialmente por Tomás de Aquino cuya teoría del conocimiento está inspirada en el empirismo aristotélico. El tomismo popularizó este principio para explicar el funcionamiento del proceso abstractivo: la percepción del objeto singular, la representación de sus cualidades sensoriales o imagen sensible, la generalización de sus rasgos necesarios o esencia y la formación y formulación del concepto o universal. ¿Parece demasiado complejo?

La versión actual de la sentencia aristotélico-tomista sería así: surge la palabra mediante la secuencia de transducción o transformación espontánea en centésimas de segundo de seis niveles de realidad heterogéneos: fisicoquímico, fisiológico, neurológico, psicológico, lingüístico y cognitivo. (¡No estoy seguro de que seamos conscientes del alcance del suceso!)

Primero, presencia de una oferta ilimitada de estímulos físico-químicos en el medio ambiente; segundo, su captación inmediata por la organización sensorial o sensación y su posterior conversión en mensajes nerviosos a través de las redes neuronales del cerebro; tercero, la traducción neurológica en contenidos mentales o percepción (sólo me refiero aquí a la secuencia de la percepción visual por no complicar demasiado las cosas: procesamiento inicial de la imagen en dos dimensiones, procesamiento tridimensional, procesamiento del objeto o constancia perceptiva y procesamiento categorial o patrón perceptivo); cuarto, mutación del patrón perceptivo o percepto en un signo lingüístico con un significante y un significado; quinto, codificación del signo lingüístico en la gramática de una determinada lengua, sexto, traslación del signo lingüístico codificado al pensamiento hablado o escrito.

¿Es posible una tercera versión todavía más sorprendente del conocimiento empírico? Paul Auster recrea en su libro El palacio de la Luna el misterio de la construcción de la realidad. 

¿Qué ves? Y eso que ves, ¿cómo lo expresarías con palabras? El mundo nos entra por los ojos, pero no adquiere sentido hasta que desciende hasta nuestra boca. Empecé a apreciar lo grande que era esa distancia, a comprender lo mucho que tenía que viajar una cosa para llegar de un sitio a otro.

En términos reales no eran más que unos centímetros, pero teniendo en cuenta los muchos accidentes y pérdidas que podían producirse por el camino, era casi como un viaje de la Tierra a la Luna. Mis primeros intentos con Effing [un viejo que se ha quedado ciego al que su acompañante intenta describir el mundo cotidiano] fueron terriblemente vagos, simple sombras que cruzaban fugazmente un fondo borroso.

Yo había visto todo esto anteriormente, me decía; ¿cómo podía tener tanta dificultad para expresarlo? Un extintor de incendios, un taxi, un chorro de vapor que salía de la acera, eran cosas que me resultaban tremendamente conocidas, me parecía que me las sabía de memoria. Pero eso no tomaba en consideración la mutabilidad de las cosas, la forma en que cambiaban dependiendo de la fuerza y el ángulo de la luz, la forma en que su aspecto quedaba alterado por lo que sucedía a su alrededor: una persona que pasaba por allí, una repentina ráfaga de viento, un reflejo extraño. Todo estaba en un flujo constante, y aunque dos ladrillos de una pared se pareciesen mucho, nunca se podía afirmar que fuesen idénticos. Más aún, el mismo ladrillo no era nunca realmente el mismo. Se iba desgastando, desmoronándose imperceptiblemente por los efectos de la atmósfera, el frío, el calor, las tormentas que lo atacaban, y si uno pudiera mirarlo a lo largo de los siglos, al final comprobaría que había desaparecido. Todo lo inanimado se desintegraba, todo lo viviente moría. Cada vez que pensaba en esto notaba latidos en la cabeza al imaginar los furiosos y acelerados movimientos de las moléculas, las incesantes explosiones de la materia, el hirviente caos oculto bajo la superficie de todas las cosas. Era lo que Effing me había advertido en mi primer encuentro: no debes dar nada por sentado. Después de la indiferencia, pasé por una etapa de intensa alarma. Mis descripciones se volvieron excesivamente minuciosas, pues tratando desesperadamente de captar cada posible matiz de lo que veía, mezclaba los detalles en un desesperado revoltijo para no omitir nada. Las palabras salían de mi boca como balas de ametralladora, un asalto con fuego rápido. Effing tenía que decirme continuamente que hablara más despacio, quejándose de que no podía seguirme. El problema no era tanto de velocidad como de enfoque. Amontonaba demasiadas palabras unas sobre otras, de modo que en vez de revelar lo que teníamos delante, lo oscurecía, lo enterraba bajo una avalancha de sutilezas y de abstracciones geométricas. Lo importante era recordar que Effing era ciego. Mi misión no era agotarle con largos catálogos, sino ayudarle a ver las cosas por sí mismo. En última instancia, las palabras no importaban. Su función era permitirle percibir los objetos lo más rápidamente posible, y para eso tenía que hacerlas desaparecer una vez pronunciadas. Me costó semanas de duro trabajo simplificar mis frases, aprender a distinguir lo superfluo de lo esencial. Descubrí que cuanto más aire dejara alrededor de una cosa, mejores eran los resultados, porque eso le permitía a Effing hacer el trabajo fundamental: construir una imagen sobre la base de unas cuantas sugerencias, sentir que su mente viajaba hacia las cosa que yo le describía. Descontento con mis primeras actuaciones, me dediqué a practicar cuando estaba solo; por ejemplo, tumbado en la cama por la noche, repasaba los objetos de la habitación para ver si podía mejorar mis descripciones. Cuanto más trabajaba en ello, más en serio me lo tomaba. Ya no lo veía como una actividad estética, sino moral, y comencé a sentirme menos molesto por las críticas de Effing y a preguntarme si su impaciencia e insatisfacción no servirían a un fin más alto. Yo era un monje que buscaba la iluminación y Effing era mi cilicio, el látigo que me flagelaba. Creo que no hay la menor duda de que mejoré, pero eso no quiere decir que estuviera totalmente satisfecho de mis esfuerzos. Las exigencias de las palabras son demasiado grandes; uno conoce el fracaso con excesiva frecuencia para poder enorgullecerse del éxito ocasional. A medida que transcurría el tiempo, Effing se hizo más tolerante con mis descripciones, pero no estoy seguro que eso significara que se acercaban más a lo que él deseaba. Tal vez había renunciado a la esperanza o tal vez había perdido interés. Me era difícil saberlo. También puede ser que se estuviera acostumbrando a mí, simplemente.

viernes, 28 de agosto de 2026

El segundo Wittgenstein

 

Un antiguo alumno licenciado en física, con el cual comparto un chat, me preguntó cuál era mi punto de vista sobre dos temas crónicos (en realidad hace dos siglos que dan abundantes quebraderos de cabeza a la internacional ilustrada): el creacionismo y su contrario, los planteamientos ateos sobre el cosmos, por ejemplo, los del físico teórico Stephen Hawking fallecido en 2018.

Los partidarios del creacionismo afirman que el origen y la evolución del Universo han sido el resultado del plan de una Inteligencia Ordenadora sin cuya intervención resultaría imposible entender la inmensidad abrumadora de la que formamos parte. Stephen Hawking, por su parte, defiende un ateísmo teórico basado en argumentos científicos cuya conclusión es que el universo excluye la hipótesis de un Dios trascendente. Las leyes de la física pueden explicar el origen del universo sin dar un salto en el vacío hasta un creador no natural. Espacio y tiempo comenzaron con el Big Bang de manera espontánea y, al no existir un "antes", no había lugar ni momento para que un Dios actuara. Es más, la mera hipótesis de una inteligencia creadora y ordenadora del cosmos introduce en la comunidad científica ruido, confusión y regresión en la historia de la física.

Respondí a mi interlocutor que se trataba en ambos casos (vaya el homenaje al segundo Wittgenstein) de un mismo problema que no admitía propiamente solución sino disolución. La clave del asunto reside, le dije, en que el lenguaje natural, el de la RAE, está bien hecho y que cada uso específico tiene unas reglas propias que no deben violentarse. Wittgenstein explica en las Investigaciones filosóficas que el lenguaje tiene un número indefinido de usos de las que sólo unos pocos son utilizados para establecer proposiciones verdaderas o falsas: el lenguaje científico es sólo uno, aunque el más importante. El lenguaje religioso, el moral o el político son ejemplos eminentes de otros usos.

Wittgenstein afirma que usar un término es formularlo en el entorno lingüístico que le corresponde y en cuyo contexto adquiere un significado correcto. Se trata de un criterio de significado de carácter pragmáticoLa pragmática es una disciplina relativamente reciente que se ocupa de la relación del signo lingüístico con su uso intencional (subjetivo) y contextual (objetivo). La pragmática es precisamente el sistema gramatical donde se sitúa la reflexión filosófica del segundo Wittgenstein. Para Wittgenstein, la cronificación de un problema filosófico, el creacionismo o el ateísmo cosmológico, debe ser entendido como un síntomas inequívoco del abuso de las reglas del lenguaje.

Conviene recordar que el lenguaje natural incorpora conceptos abstractos imprescindibles para orientar la acción e indagar el sentido de la vida. Entre otros, los de persona, razón, conciencia moral, valor, libertad, voluntad, Dios... Ninguno puede ser explicado mediante argumentos empíricos corroborados.  Si lo piensan bien, no tienen significados aislados sino dependientes, relacionados entre sí por vínculos comunes. Tales conceptos forman parte del núcleo de la historia del pensamiento y han sido tratados profusamente por la mayoría de los autores, corrientes y escuelas. Inversamente, no es menos cierto que un hablante con una competencia comunicativa normal entenderá perfectamente lo que queremos decir cuando los usamos en los contextos adecuados.    

Los conceptos abstractos son especialmente sensibles a este mal endémico. Los filósofos, según Wittgenstein, son muy propensos a desviarse del sentido gramatical de un término, perderse en un sobresentido teórico y acabar en un sinsentido metafísico. La filosofía tiene una función terapéutica ya que los problemas filosóficos son, en el fondo, malentendidos lingüísticos; su misión es restablecer el uso correcto del lenguaje y dejar las cosas como están. Wittgenstein y sus continuadores de Cambridge y Oxford suponen que los problemas filosóficos, especialmente los metafísicos, son parecidos a una enfermedad, a una desviación patológica del acuerdo con la norma gramatical del lenguaje y la filosofía es el diagnóstico y el tratamiento. La labor de la filosofía es esclarecer dónde, cómo y por qué el lenguaje ha originado un problema. Wittgenstein lo expresa del siguiente modo: La filosofía es le batalla contra el aturdimiento de nuestra inteligencia por medio del lenguaje. Un problema filosófico revela que algo no funciona dentro del lenguaje natural y la tarea de la filosofía es detectar la razón por la que esto sucede e impedirlo. En la medida en que los problemas filosóficos son embrollos lingüísticos, no admiten solución sino disolución. Los problemas filosóficos surgen cuando el lenguaje se va de vacaciones.  O dicho de otro modo: La misión de la filosofía es ayudar a la mosca a salir de la botella.

Ahora ya podemos abordar los dos problemas a los que se refería mi antiguo alumno. En ambos casos las reglas que fijan el uso del lenguaje científico han sido transgredidas. Tanto el creacionismo como el ateísmo cosmológico introducen términos y expresiones contrarias al “juego limpio” del lenguaje científico. La regla de uso que se ha quebrantado prescribe la imposibilidad de formular de forma implícita o explícita conceptos especulativos en general y teológicos en particular.

Los creacionistas contaminan las reglas del juego cuando deslizan dentro del lenguaje científico la idea de creación desde la nada (primera transgresión), la teológica o religiosa de Dios (segunda transgresión) para justificar desde su finalismo o teleología cósmica (tercera transgresión) su código moral (cuarta transgresión) y su ideología política (quinta transgresión). Wittgenstein es, en el fondo, un seguidor de Kant, quien dejó clara la definitiva separación entre razón teórica y razón práctica.

Hawking pretende, al contrario, excluir del lenguaje científico la idea de Dios desde la ciencia. Lo correcto hubiera sido eliminarlo desde la gramática. Al lenguaje científico le resulta irrelevante la existencia o inexistencia de Dios y sus consecuencias (ontológicas, teológicas, éticas o políticas). La respuesta de Stephen Hawking debiera haber sido: el término “Dios” no forma parte del léxico de las ciencias empíricas, sin más justificaciones metacientíficas.

Es lo mismo que si un científico ferviente partidario de una fe religiosa (la mayoría de los que conozco lo son) incluyese en sus oraciones cuando usa el lenguaje religioso la fórmula bioquímica de la sustancia divina. Es más: supongamos que ha descubierto esa entelequia spinoziana tras superar las etapas del método científico. Lo decisivo del caso, desde esta perspectiva, no sería el inverosímil hallazgo, sino las profundas modificaciones que habría que realizar en la gramática del lenguaje religioso.

P.D. El problema del segundo Wittgenstein y la filosofía del lenguaje ordinario es que su enfoque terapéutico (devolver las palabras a su uso cotidiano) elimina de forma drástica, rápida y total lo más interesante de la Vera philosophia.  La filosofía se hace el haraquiri. Filosofar es no filosofar. Su función consiste en suprimir los problemas filosóficos… y eso puede resultar tedioso, arriesgado y además imposible.   

sábado, 22 de agosto de 2026

Yo soy el que soy

 

Un poco de teología acaso sea una forma saludable de distanciarnos momentáneamente de la degradación política, el cambio climático, el comienzo de la Liga y los videos eróticos de las redes sociales.  

No es lo mismo religión que teología. Una religión es un conjunto de creencias doctrinales y dogmáticas y unas prácticas rituales basadas en unos textos supuestamente revelados por Dios. La teología es una "reflexión racional” (sin matizar el significado de la expresión) sobre el hecho religioso en general o sobre una religión revelada en particular.

Uno de los temas de la exégesis bíblica que siempre me ha llamado la atención (como a todo el mundo) es el fragmento del libro del Éxodo 3: 13-14 de la zarza ardiendo en el Horeb, la montaña sagrada o monte Sinaí, en el que Yahveh explica a Moisés su misión como guía del pueblo hebreo y le revela su nombre.

“Contestó Moisés a Dios: Si voy a los israelitas y les digo: el Dios de vuestros padres me ha enviado a vosotros, cuando me pregunten ¿cuál es su nombre, qué les responderé? Dijo Dios a Moisés: Yo soy el que soy. Y añadió: Así dirás a los israelitas: Yo soy me ha enviado a vosotros”.

De entrada, se trata de una y la primera tautología pensable porque el predicado no sólo redunda en el significado del sujeto sino que es el mismo. Pero los teólogos afinan y son capaces de polemizar sobre cuántos ángeles caben en la punta de un alfiler (¿infinitos o ninguno puesto que no son materia?). Según esta sabia tradición dialéctica son posibles cinco interpretaciones del célebre fragmento.

La primera procede de Tomás de Aquino. Según el Doctor Angélico, en Dios coinciden existencia (Yo soy) y esencia (el que soy). Dios consiste en existir. A la esencia de Dios pertenece la existencia, mientras que en el resto de los seres esencia y existencia no coinciden. El hombre tiene una esencia (por ejemplo, ser "animal racional"), pero no pertenece a esa esencia el existir porque igual que los ángeles es un ser creado y contingente. Dice Aquino: “Dios es un océano de sustancia eternamente presente a sí mismo para quién la noción de acontecimiento carece totalmente de sentido”. Muchos ilustres representantes de la física teórica actual estarían dispuestos a tomarse en serio esta tesis sustituyendo a Dios por el universo. 

La segunda interpretación tiene su origen en las especulaciones de la Cábala, la antigua tradición del misticismo judío, sobre el sentido oculto de los textos de la Torah (los primeros cinco libros de la Biblia), uno de cuyos arcanos es el nombre de Dios. La frase “Yo soy el que soy”, significa aquí: “Yo soy el que no puede ser nombrado”, el innombrable o con más precisión, el inefable; es decir, "Aquel cuyo nombre no puede ser dicho". La Cábala, “un saber anterior a cualquier religión o teología entregado a la humanidad por Dios mismo”, sostiene que en los textos sagrados se encuentran codificados los Setenta y dos Nombres de Dios y propone un método para descifrarlos. “El que soy” se refiere, por tanto, a las setenta y dos denominaciones esotéricas que buscan los cabalistas. 

La tercera versión del nombre de Dios se debe al rígido monoteísmo de la teología hebrea. En la frase “Yo soy el que soy” se contraponen el Dios que es, el único y verdadero de la ley mosaica, con los dioses que no son: las deidades antropomorfas de la mitología, los dioses de las primeras civilizaciones, Mesopotamia y Egipto o los dioses del panteón grecorromano que limitaban su poder a una función específica como la guerra, el sol o la fertilidad, las hipóstasis neoplatónicas de Plotino, los dioses del Bien y del Mal de la tradición herética medieval o el Dios uno y trino del Nuevo Testamento (en realidad una inversión de la sentencia paleotestamentaria). El dogma de la Trinitas, la creencia de que hay un solo Dios que existe en tres personas distintas, ha sido otro de los problemas centrales de la teología cristiana aún más irresoluble que el de los ángeles y el alfiler. “Si lo comprendes, no es Dios”, escribió San Agustín en su obra De Trinitate. 

Otra versión, próxima a la teología luterana, interpreta la frase del Éxodo como la intencionalidad explícita de un Deus absconditusLa absoluta trascendencia de Dios lo convierte en un ser oculto e infinitamente separado del hombre, cuyos designios misteriosos, inescrutables pero justos son imposibles de comprender. La fe debe iniciarse en la figura de Cristo quien muestra al hombre que el único atributo de Dios que se puede reconocer es la misericordia, revelada en el sacrificio de la cruz y la redención.

Una última interpretación del nombre divino Yo soy expresa la identidad de Dios consigo mismo, su absoluta permanencia en su mismidad, su inmutabilidad a pesar de la permanente infidelidad y caída de los hombres y del castigo que merecen; una identidad que según el libro del Éxodo “mantiene su amor por mil generaciones”. Contrariamente a la opinión de David Gross, Premio Nobel de Física en 2004, quien sostiene que la probabilidad de que la humanidad sobreviva cincuenta años más es escasa debido a los cuatro jinetes del apocalipsis: las armas nucleares, el mal uso de la Inteligencia Artificial, las consecuencias del efecto invernadero y las pandemias naturales o artificiales.

lunes, 17 de agosto de 2026

Arte y verdad

Los estudiosos de la Historia de la Filosofía han subrayado que la dirección de las reflexiones de Heidegger (1889-1976) sobre ser y verdad cambiaron de rumbo a mediados de los años treinta cuando pronunció tres conferencias en el “Freie Deutsche Hochstif” en 1935-36 sobre el origen de la obra de arte y 

la esencia de la poesía. Fueron incluidas en el primer capítulo de su obra Caminos del bosque.

El interés del filósofo alemán por el desvelamiento de la verdad se centró en lo que nos muestra la obra de arte, de lo cual el artista es un depositario inconsciente. La verdad se manifiesta en la obra de arte, su advenimiento consiste en permitir que nos hable y se ponga en juego la eterna agonía entre el claro y el ocultamiento. El diálogo fenomenológico es otorgamiento de los atributos cardinales del mundo. La verdad del arte es la fundación del sentido, alethéia. En la célebre entrevista de 1966 en la revista Der Spiegel, publicada póstumamente, Heidegger afirmó que el pensar ontológico (no la filosofía, pensar óntico, posible en todas las lenguas) en su significado genuino y originario sólo es posible en griego antiguo y en alemán.

Incluimos algunos aforismos del Origen de la obra de arte, en Caminos del bosque.

No hay cosa hasta que la cosa se nos manifiesta como tal. 

La obra de arte es la que nos ha revelado en qué consiste la verdad de un par de zapatos: el cuadro de Van Gogh es la apertura por la que se atisba lo que es de verdad el utensilio, el par de botas de labranza.

La verdad es desvelamiento, desocultamiento de lo ente, alethéia, apertura del sentido del mundo: lo abierto.

La verdad empírica, la verdad como adecuación o correspondencia es posterior a la alethéia.

La ciencia no es ningún tipo de acontecimiento originario de la verdad. 

La esencia de la verdad es la no verdad: pero no la falsedad sino la abstención encubridora. El ente se muestra en el claro de lo descubierto. Primero es apariencia, después encubrimiento (negación, simulación o error), finalmente esencia. 

La verdad acontece como lucha primigenia entre el claro y el encubrimiento. 

La esencia del arte es ese poner en la obra la verdad de lo ente. La obra de arte abre a su manera el ser de lo ente. El arte es real en la obra de arte.

La esencia del arte se encuentra en la obra efectivamente real, no en la especulación estética.

En los museos, exposiciones, mercados, estudios de historia del arte y en las críticas se produce el derrumbamiento de la obra de arte.

La verdad que se abre en la obra no puede demostrarse ni derivarse a partir de lo que se admitía hasta ahora.

Es precisamente en el gran arte, el único del que se habla aquí, donde se produce la elipsis del artista y la subsistencia de la obra.

La obra de arte levanta un mundo y trae la tierra. La obra le permite a la tierra ser tierra. La naturaleza, la tierra se convierte en suelo natal con la presencia del templo griego. 

El arte no es representación o símbolo. En la tragedia griega no se muestra ni se representa nada, sino que en ella se libra la batalla real de los nuevos dioses contra los antiguos. 

En el ser de la obra se lucha por el desocultamiento de lo ente en su totalidad, en esto consiste la verdad.

La belleza es uno de los modos de presentarse la verdad como desocultamiento. Aunque hasta ahora el arte se ocupaba de lo bello y la belleza y no de la verdad.


El desocultamiento de lo ente es crear. ¿Pero qué es la verdad para tener que acontecer en algo creado?


La esencia del arte es ese poner a la obra delante de la verdad. La esencia de la obra de arte consiste en que en la obra acontece la verdad, como en el cuadro de Van Gogh y en el templo griego de la montaña.


¿Qué tiene que ser la verdad misma para que pueda acontecer e incluso tenga que acontecer como arte?


La verdad acontece sólo en unos pocos modos originales:

- El desocultamiento de lo ente en la obra de arte.

- La acción que funda un Estado.

- La proximidad de lo más ente de lo ente.

- El sacrificio esencial

- El cuestionar del pensador que cuestiona lo digno de ser cuestionado.

lunes, 10 de agosto de 2026

Traducir

 


Traduttore, traditore, traductor traidor, es un lapidario proverbio italiano, un juego de palabras cuyos orígenes se pierden en la noche de los tiempos. La frase acusa de la más alta de las traiciones, la traición a la palabra.

Se trata de un antiguo problema. San Jerónimo, patrono de los traductores y traductor de la Biblia al latín en el siglo IV defendía la necesidad de interpretar el sentido del texto en vez de buscar una correspondencia literal para evitar malentendidos o sobrentendidos.

Un ejemplo de fidelidad al original es la traducción que hizo en París (1930) Jorge Guillén de Le cimetière marin de Paul Valéry revisada por el propio autor. A pesar de todo se pone de manifiesto la imposibilidad de traducir sin traicionar. Un ejemplo son los hermosos primeros versos del poema.

 

Ce toit tranquille, où marchent des colombes,

Entre les pins palpite, entre les tombes;

Midi le juste y compose de feux

La mer, la mer, toujours recommencée

O récompense après une pensée

Qu'un long regard sur le calme des dieux!

 

Este techo, tranquilo de palomas,

Palpita entre los pinos y las tumbas;

El mediodía justo en él enciende

El Mar, el mar, sin cesar empezando…

Recompensa después de un pensamiento:

Mirar por fin la calma de los dioses


Un solitario cementerio encima del mar donde nada perturba el paso de las horas. Grupos de palomas bajan de lo alto y se posan en el suelo de caliza y se deslizan entre en las tumbas y levantan el vuelo hasta los pinos que hay detrás del camposanto. Cuando el sol está en lo más alto, cuando todavía no existen sombras, brilla por todas partes la luz cegadora de la playa. La mirada se vuelve entonces hacia la línea blanda de la arena en la que mueren las olas después de un largo viaje, como la vida. Y el poeta torna su mirada hacia sí mismo, hacia dentro, donde es capaz de fijar la belleza del instante, amarla y seguir en paz su camino.

lunes, 3 de agosto de 2026

La palabra

En los albores del hombre surgieron los primeros signos del nombrar constituyente de las cosas; surgen también en los balbuceos del niño que aprende la lengua materna y en la agonía del escritor con las palabras.

Para el escritor, la lucha por la vida se juega en el lenguaje. Sabe por oficio que la verdad gusta de ocultarse y cuanto más valiosa es la palabra más difícil resulta encontrarla. La industria editorial se nutre del gusto domesticado… El genuino lenguaje literario nada tiene que ver con la proliferación de publicaciones aprobadas por los talleres de escritura creativa, los clubs de lectura, las revistas culturales o las listas de los libros más vendidos.

Navegar en la corriente fácil del discurso, dice Adorno, es para el escritor la señal inequívoca del fracaso: sabe lo que quiere porque sabe lo que el otro quiere. La simplicidad de la expresión, la pureza engañosa del estilo, la descripción trivial, anuncian el fraude: allí sólo lo que no precisa ser comprendido resulta comprensible. El resultado es la proliferación de un género de consumo fácil, sin sobresaltos por más que el estrépito de la acción o la magnitud del drama aneguen las páginas de promesas incumplidas.

Insiste Adorno: para el escritor la soledad no quebrantada es el único estado en que aún puede dar pruebas de autenticidad

O Michel Houellebecq: On peut travailler en solitaire pendant des années, c'est même la seule manière de travailler à vraie dire; vient toujours un moment où l'on éprouve le besoin de montrer son travail au monde, moins pour recueillir son jugement que pour se rassurer soi-même sur l'existence de ce travail, et même sur son existence propre...  

La visión trágica del lenguaje. Como la poesía de Baudelaire. En otra entrada me atreví a traducir y comentar el soneto Á une passante. Hoy me he decidido por otra de las flores del mal.


Obsession


Grands bois, vous m'effrayez comme des cathédrales;

Vous hurlez comme l'orgue; et dans nos coeurs maudits,

Chambres d'éternel deuil où vibrent de vieux râles,

Répondent les échos de vos De profundis.


Je te hais, Océan! tes bonds et tes tumultes,

Mon esprit les retrouve en lui; ce rire amer

De l'homme vaincu, plein de sanglots et d'insultes,

Je l'entends dans le rire énorme de la mer.


Comme tu me plairais, ô nuit! sans ces étoiles

Dont la lumière parle un langage connu!

Car je cherche le vide, et le noir et le nu!


Mais les ténèbres sont elles-mêmes des toiles

Où vivent, jaillissant de mon oeil par milliers,

Des êtres disparus aux regards familiers.


Les Fleurs du mal, pièce LXXIX



Obsesión

Grandes bosques, me aterrorizáis como las catedrales:

Aulláis como el órgano; y en nuestros corazones malditos,

Estancias del duelo eterno donde vibran viejos estertores,

Contestan los ecos de vuestros De profundis.


¡Yo te odio, Océano! Tus vaivenes y tumultos,

Mi espíritu los halla en mí mismo; esa risa amarga

Del hombre vencido, lleno de sollozos y de injurias,

Los escucho en la risa inmensa del mar.


¡Como me cautivarías, oh noche! sin esas estrellas

En las que la luz habla un lenguaje conocido!

Pues busco el vacío, y lo negro, y lo desnudo!

 

Pero las tinieblas son en sí mismas lienzos

Donde habitan, tras surgir de mis ojos por miríadas,

seres desaparecidos a las miradas familiares. 

sábado, 25 de julio de 2026

La segunda estrella

Puede parecer una evidencia redundante que cuanto más tiempo mantenga un equipo el balón menos posibilidades tiene de encajar un gol. Pero en el fútbol se trata de ganar no de dominar por lo que la tautología susodicha no es aceptada como una verdad universal por los entrenadores. Hay muchos sistemas estudiados y puestos a prueba con distintos recursos tácticos y estrategias. A la selección española le va bien el famoso tiquitaca o ataque posicional, la posesión alta, los pases precisos en las transiciones y el constante movimiento del balón para generar espacios en el área contraria. Tiene la ventaja añadida de que el once rival se pasa un setenta por ciento del partido persiguiendo sombras con el frustrante desgaste de energías, lo que obliga a cambiar a los jugadores más exprimidos y como no siempre el banquillo está a la altura de los titulares el conjunto se descompensa y acaba perdido y perdiendo.

La selección española ha sido fiel a su estilo antes incluso de lucir la primera estrella. Desde que tomaron las riendas Luis Aragonés y Vicente del Bosque se trata más de una escuela de fútbol que de un esquema de pizarra. Y aquí es donde hay que situar la figura de Luis de la Fuente, más parecido por su carácter al marqués del Bosque que al sabio de Hortaleza. De la fuente, hombre de fe deportiva y religiosa (como el mismo ha declarado) encarna los valores cardinales del humanismo cristiano, prudencia, justicia, fortaleza y templanza que tanto echamos de menos en esta España nuestra: sus ruedas de prensa son un ejemplo de moderación y trato exquisito, siempre contesta con argumentos futbolísticos, no se pica con las preguntas cojoneras y no dice  a nadie que no tiene ni puta idea; escoge a los jugadores que realmente se lo han ganado en el césped y no atiende a presiones tertulianas, a las redes sociales o a las profecías de la Inteligencia Artificial; además tiene carisma, es firme en la adversidad y sabe ganar, perder y empatar. Estos son los pilares sobre los que ha edificado la selección campeona del mundo. Ha logrado que los elegidos en las distintas fases del Mundial sean lo que los sociólogos denominan un “grupo primario”. Los jugadores trasmutan las aristas y cuentas pendientes que tienen en la Liga en sanas relaciones personales, próximas, empáticas, espontáneas… Tengo la certeza de que hubiera sido lo mismo con los jugadores del Real Madrid (lo digo sin ironía ni remoquete). Pero por muchas vivencias, afectos e intimidades que compartan en las horas libres, en el campo de golf o en los entrenos, de nada sirven sin no hay otros fundamentos.

De la Fuente cuenta con una memorable plantilla, a la altura de la que consiguió la primera estrella en 2010 en Sudáfrica. Entre otros con el mejor portero, el mejor jugador y el mejor jugador joven del mundial. Un equipo donde cada cual conoce y desempeña al milímetro su papel, al revés que muchas selecciones de renombre compuestas por un agregado de figuras de primera fila que hacen la guerra por su cuenta sin orden ni concierto. El último y definitivo ingrediente es un fondo de armario con los no titulares habituales que ofrecen cuando les toca prestaciones, decisiones y soluciones. No hablaría de titulares y suplentes sino de un conjunto, un système où tout se tient, valga la comparación lingüística, en la que cada elemento depende de los demás para tener un significado propio.

P.D. ¡Rodri por qué te fuiste y dejaste huérfanos a los atléticos a pesar de que Simeone te suplicó de rodillas que te quedaras!