En los albores del hombre surgieron los primeros signos del nombrar
constituyente de las cosas; surgen también en los balbuceos del niño que
aprende la lengua materna y en la agonía del escritor con las palabras.
Para el escritor, la lucha
por la vida se juega en el lenguaje. Sabe por oficio que la verdad gusta de
ocultarse y cuanto más valiosa es la palabra más difícil resulta encontrarla. La
industria editorial se nutre del gusto domesticado… El genuino lenguaje
literario nada tiene que ver con la proliferación de publicaciones aprobadas
por los talleres de escritura creativa, los clubs de lectura, las revistas
culturales o las listas de los libros más vendidos.
Navegar en la corriente fácil del discurso, dice Adorno, es para el escritor la señal inequívoca del fracaso: sabe lo que quiere porque sabe lo que el otro quiere. La simplicidad de la expresión, la pureza engañosa del estilo, la descripción trivial, anuncian el fraude: allí sólo lo que no precisa ser comprendido resulta comprensible. El resultado es la proliferación de un género de consumo fácil, sin sobresaltos por más que el estrépito de la acción o la magnitud del drama aneguen las páginas de promesas incumplidas.
Insiste Adorno: para el escritor la soledad no quebrantada es el único estado en que aún puede dar pruebas de autenticidad.
O Michel Houellebecq: On peut travailler en solitaire pendant des années, c'est même la seule manière de travailler à vraie dire; vient toujours un moment où l'on éprouve le besoin de montrer son travail au monde, moins pour recueillir son jugement que pour se rassurer soi-même sur l'existence de ce travail, et même sur son existence propre...
La visión trágica del lenguaje. Como la poesía de Baudelaire. En otra entrada me atreví a traducir y comentar el soneto Á une passante. Hoy me he decidido por otra de las flores del mal.
Obsession
Grands bois, vous m'effrayez comme des cathédrales;
Vous hurlez comme l'orgue; et dans nos coeurs maudits,
Chambres d'éternel deuil où vibrent de vieux râles,
Répondent les échos de vos De profundis.
Je te hais, Océan! tes bonds
et tes tumultes,
Mon esprit les retrouve en lui; ce rire amer
De l'homme vaincu, plein de sanglots et d'insultes,
Je l'entends dans le rire énorme de la mer.
Comme tu me plairais, ô
nuit! sans ces étoiles
Dont la lumière parle un langage connu!
Car je cherche le vide, et le noir et le nu!
Mais les ténèbres sont
elles-mêmes des toiles
Où vivent, jaillissant de mon oeil par milliers,
Des êtres disparus aux regards familiers.
Les Fleurs du mal, pièce LXXIX
Obsesión
Grandes bosques, me aterrorizáis como las catedrales:
Aulláis como el órgano; y en nuestros corazones malditos,
Estancias del duelo eterno donde vibran viejos estertores,
Contestan los ecos de vuestros De profundis.
¡Yo te odio, Océano! Tus
vaivenes y tumultos,
Mi espíritu los halla en mí mismo; esa risa amarga
Del hombre vencido, lleno de sollozos y de injurias,
Los escucho en la risa inmensa del mar.
¡Como me cautivarías, oh
noche! sin esas estrellas
En las que la luz habla un lenguaje conocido!
Pues busco el vacío, y lo negro, y lo desnudo!
Pero las tinieblas son en sí mismas lienzos
Donde habitan, tras surgir de mis ojos por miríadas,
seres desaparecidos a las miradas familiares.






