miércoles, 23 de noviembre de 2022

El mito de enseñar a enseñar

 

El sistema educativo español presupone que un licenciado, aspirante a profesor de Enseñanza Secundaria (en mis tiempos Enseñanza Media), no reúne los requisitos para impartir clases en un centro público, privado o concertado. Una cosa es saber matemáticas, por ejemplo, y otra saber enseñar matemáticas. Hay que separar el contenido de la didáctica de una asignatura. Por consiguiente, si un licenciado quiere opositar para obtener una plaza de profesor de instituto o ser contratado en un centro privado o concertado es obligatorio que previamente curse y acredite unos cursos de formación docente que remedien ese vacío pedagógico y lo preparen para ejercer su profesión en condiciones. Así ha sido y así es.

A lo largo de mi carrera profesoral he conocido tres modelos de formación docente para futuros profesores: los cursos del ICE (el antiguo Instituto de Ciencias de la Educación), el CAP (Certificado de Aptitud Pedagógica) y el actual Máster en formación del profesorado. No les aburro con las fechas y los decretos legales de su implantación. Lo que tienen en común son unos principios pedagógicos, que no comparto: que enseñar debe resultar entretenido, divertido para el alumno; que se debe enseñar para la vida real y que la enseñanza tiene que trasmitir valores. En mi opinión, el esfuerzo que requiere estudiar es incompatible con una visión lúdica, incluso frívola del aprendizaje; segundo, la enseñanza debe tener una finalidad académica prioritaria; por último, enseñar es instruir, transmitir contenidos objetivos, conocimientos científicos, no valores explícitos que corresponden a otros agentes socializadores, en primer lugar, a los padres. Lo cual no implica que el alumno se aburra necesariamente en clase, ni que lo aprendido carezca de una proyección personal y social o que el estudio no comporte unos valores implícitos asociados a la función del trabajo y del esfuerzo. En un sistema educativo como el francés (posiblemente el mejor de Europa) o el alemán, los principios de los cursos de formación citados son considerados una jerga inservible y trasnochada propia de pedagogos (los nuevos metafísicos), psicólogos y sociólogos de la educación que nunca han pisado un aula. Una ideología burocrática cuya función es blanquear las deficiencias de un sistema educativo no diversificado mediante criterios rigurosos de rendimiento y maquillar las cifras del temido fracaso escolar. Si no apruebas al por mayor se te echan encima los padres, los alumnos, el tutor, el jefe de estudios, el director, la inspección y la opinión pública en general. El deterioro en las aulas es cada vez mayor. Una enseñanza no selectiva es una contradicción en los términos. Pregunten a los profesores universitarios lo que les llega. Afortunadamente la inteligencia siempre se abre paso.

Hablo de mi experiencia. Cuando acabé la carrera a mediados de los setenta en la Universidad Autónoma de Madrid era obligatorio hacer el curso de formación docente en el ICE de la propia Universidad. No recuerdo el número de horas, aunque se me hicieron interminables porque eran por la tarde, después de las clases. Rancho en el comedor de alumnos y cabezada en un sofá del pasillo. En la primera sesión un profesor y una profesora realizaron una puesta en escena conjunta con preguntas y respuestas mutuas (un peu ridicule) sobre el significado de conceptos pedagógicos que han pasado de un modelo a otro sin más repercusión en la labor docente que la generación de montañas de papel, reuniones interminables y trabajos forzados. Entre otros, diseño curricular, competencias básicas, objetivos mínimos, estrategias metacognitivas, tormenta de ideas, temporización de contenidos, programaciones personalizadas, animación a la lectura… El único aliciente fue el reencuentro con una antigua compañera de segundo (nos sentábamos siempre juntos) a la que me declaré por obligación, me dio calabazas y ahora me hacía ojitos. Volvió a ser mi compañera de sitio en la última fila, pero esta vez no tropecé dos veces en la misma piedra porque un amigo fiel que asistía al curso me contó que tenía novio sólido, un macho alfa con moto, y el resto era coqueteo, postureo y ganas de ganeta. El eterno femenino nos arrastra, le dije, tras darle las gracias por el chivatazo. Sólo nos permitimos miradas tiernas, manitas furtivas y besos robados para matar el tedio. Sobre todo, hablábamos por los codos como antaño y no nos enterábamos de la película. Además, yo salía con una chica, un obstáculo menor en todo caso. Copiamos el trabajo final de unos alumnos del curso anterior y nos consideraron aptos. El curso de formación no me aportó gran cosa, en realidad, nada, pero avancé un trecho en mi educación sentimental.

Luego había que hacer las prácticas en un centro público que tenías que buscarte por tu cuenta. Las hice en un conocido instituto de Madrid gracias a un gran maestro y amigo al que siempre echaré de menos. El catedrático de Filosofía me invitó a dar una clase en su presencia sobre Pascal a un grupo del COU, que me preparé con el Abbagnano, una excelente Historia de la Filosofía. Todavía los alumnos te miraban con curiosidad. Algunos incluso escuchaban por los comentarios que hicieron al acabar la exposición. Posible peloteo. Entonces, los estudios de letras tenían cierto barniz ilustrado. No eran el destino del pelotón de los torpes, como ahora. Después me encargó corregir un montón de sus exámenes y trabajos y me despidió a las dos semanas, posiblemente harto de verme, con el visto bueno de la firma. Un final feliz.

sábado, 19 de noviembre de 2022

El coronel Abengoa. Comentarios en Facebook

 

Coincidí con el coronel Abengoa, Doctor en Historia contemporánea y profesor titular de la UNED jubilado, en una conferencia sobre Julio Caro Baroja en el Ateneo de Madrid. Desde que lo conocí hace años en un país de África ecuatorial comíamos una vez al mes callos al estilo de Madrid (como el célebre chotis) o rabo de toro a la cordobesa en un restaurante de la calle Montalbán. También manteníamos una fluida relación virtual a través de Facebook, en la que hacía sabrosos comentarios sobre algunos artículos de mi blog (nos cuidábamos) y otros más ácidos sobre sus amigos de la red, algunos comunes.

Días atrás, en la sobremesa (de postre cañitas a la gallega) me habló de su escepticismo sobre lo que Heidegger entendía por poetizar a propósito de una antigua entrada Poesía y verdad. El libro de Heidegger Hölderlin y la esencia de la poesía, una jerga telúrica de la autenticidad, afirmó, ha sido el origen de una interpretación esencialista de la poesía, donde todo es acongojantemente profundo. La metapoesía contamina a la poesía. La veneración de Heidegger por Hölderlin resulta más bien un empobrecimiento pues se desentiende de lo verdadero de su obra: el contexto poético. He visto más montañas de las que hay en la Tierra, poetiza Pessoa. Y no hay más. No hay fundación original del ser por parte del poeta, la poesía no es un decir ontológico, sólo creación literaria cuyos dioses y demonios no pueden separarse del poema ni ser rescatados de su exilio mediante un lenguaje mitopoético y un sobresentido adánico. La poesía es un género literario, dicho sea de paso, mucho más exigente y menos flexible que la prosa. Tengo la convicción de que la poesía es muy buena o se diluye sin dejar huellas. Esta es mi tesis, propuso Abengoa: la poesía es un legado cultural destinado a extinguirse. El paso previo a su desaparición será su relevo por sucedáneos filosóficos en verso, la prosa poética troceada será su última morada. La poesía dejará de habitar la Tierra y nadie lamentará su pérdida. Por cierto, el poema de Rafael Cadenas De falsas maniobras (1966) que has enviado a mi muro no está nada mal. Aborda con potencia creadora el tema clásico de la identidad personal perdida y recobrada, plural y unitaria, fenoménica y fenomenológica. Demasiadas palabras. En todo caso, prefiero a Machado cuando conversa con el hombre que siempre le acompaña.  

- Por cierto, Abengoa, nunca te he preguntado, quizás por ser una cuestión menor, qué piensas de una red social como Facebook, nuestro lugar habitual de encuentros e intercambio.

- Como cualquier red social, es algo imposible de definir. Ignoramos qué es una red social. Sus confines son inabarcables. Desde la masiva intervención ideológica, las influencias en los mercados de la moda, las pendencias de los famosos, el video del viaje a Nueva York hasta la fotografía de tu mascota moviendo el rabo. La persona más rica del mundo ha comprado hace menos de una semana una de las redes sociales más famosas, pero no sabe qué hacer con ella. Incluso puede tratarse de un visionario que pretende hacerla desaparecer por obsoleta para crear un gigante tecnológico más rentable. Cada usuario de Facebook sabe de sí mismo y algo de sus amigos cercanos: tú, por ejemplo, lo utilizas para dar publicidad a tu blog, pero no para mostrar tu vida privada.

- Lo que me parece menos aburrido de mi vida está en los artículos del blog. En cambio, tú practicas el voyerismo intelectual hasta que algo te remueve el pretérito imperfecto. Tus notas a pie de página son sinceras hasta el límite de lo que puede ser dicho en Facebook. Otros ni eso: despachan con tres líneas los últimos desmanes de los políticos o reciclan chistes malos en versión Millennials. La mayoría de los jóvenes han emigrado a Instagram, un espacio más cómodo para perder el tiempo. Mi impresión es que se ha impuesto una masiva cultura de la imagen, ajena al lenguaje, de ahí las Historias de Facebook, todo un salvavidas, o la apuesta arriesgada de Meta. Lleva razón Heidegger cuando sostiene que Nosotros, los hombres, somos habla. El ser del hombre se funda en el lenguaje. (…) El lenguaje es un bien en un sentido más originario. Es el bien que sirve como garantía de que el hombre puede ser histórico. El lenguaje no es una herramienta de que se pueda disponer, sino ese acontecimiento que dispone de la más alta posibilidad de ser hombre.   

- Todavía hay en Facebook gentes, entradas e hilos conductores dignos de interés, repliqué. Lenguaje.

- Desde luego, prosiguió, el coronel, el otro día tuve una difícil disputa con una potente activista de la derecha tecnocrática.

- No hablo de prohibir nada, argumentó la activista. Insisto. Solo trato de poner de manifiesto lo que se oculta, aquello de lo que no se puede hablar. Dejemos totalmente al margen, si es que es posible, los aspectos religiosos, morales, jurídicos, sociales, políticos y psicológicos de ciertos temas y centrémonos exclusivamente en su dimensión biológica. Les invito a que lo consulten en las investigaciones de la Clínica Mayo, entre otras. Por ejemplo, de los riesgos y efectos secundarios de la terapia hormonal de masculinización en adolescentes en período de desarrollo físico; las posibles y frecuentes complicaciones de las intervenciones quirúrgicas de cambio de sexo, los efectos secundarios de la pastilla del día después, los cambios biométricos en la mujer al interrumpir artificialmente un proceso viable de gestación, las disfunciones de la pareja homosexual en la crianza del neonato… Y saquen las pertinentes conclusiones.

- ¿Qué le replicaste?

- Aplacé la contienda antes de tener más información mediante el viejo truco de negar la mayor. Le dije que era imposible tratar los temas a los que se refiere exclusivamente desde su dimensión biológica. De momento pierdo la partida, aunque desconfío de sus evidencias científicas. He quedado en mi casa con un viejo conocido de la familia, investigador del Centro de Biología Molecular del Severo Ochoa para contrastarlas. Después espero tu colaboración, sea cual sea el resultado, para darle una merecida respuesta. No hay prisa. Tengo la impresión de que sí intenta prohibir bastantes cosas, aunque alabo su inteligente celada. 

miércoles, 9 de noviembre de 2022

¡Te quiero Atleti!

 

Este año pintan bastos. Los malos resultados de la Champions nos han dejado últimos del grupo sin el consuelo menor de la Liga Europa. El equipo está tocado mentalmente (lo está desde hace tiempo); el agujero contable se ensancha. La afición se impacienta. No obstante, el sentimiento atlético, incluso cuando hemos penado en el infierno, el purgatorio y el limbo (ahora) es idéntico, inmutable y eterno, como el Dios de los sabios medievales. Lo cual no debe privarnos de un análisis crítico del desastre rojiblanco y sus causas, parodia del título del libro más conocido de mi bisabuelo.

Procederemos del rey abajo. En lo más alto está Miguel Ángel Gil Marín, primer accionista y consejero delegado del club, hijo del inefable Don Jesús, para quien las cuentas de la Alcaldía de Marbella, del Club y la suya eran vasos comunicantes. Después Enrique Cerezo, presidente y accionista, hombre del espectáculo, jovial comunicador, encargado de las relaciones públicas, pero con escaso peso en las decisiones deportivas; le sigue Andrea Berta, un mosaico de luces y sombras, director técnico y mano derecha de Gil Marín; luego, nimbado de gloria, el Cholo Simeone, el entrenador más legendario del Atlético, incluido Luis Aragonés (quien, en mi opinión, hubiera debido dar nombre al nuevo estadio). Por último, el profe Ortega, uruguayo, como Diego Forlán y Luis Suárez, preparador físico del equipo, un misterio dentro de un enigma: trabajos forzados, muchas lesiones de repetición, como las anginas, y poca intensidad en la cancha.  

El problema raíz de estos dos últimos años han sido los fichajes. Es decir, el dinero. La apuesta ha sido traer jugadores de gama media: Nahuel, Reinildo, Witsel o Kondogbia y media-alta: de Paul o Cunha y confiar en que el Cholo los madure y adapte a los esquemas del equipo. Lo cierto es que el único que ha demostrado capacidad de integración y un rendimiento notable ha sido Reinildo. El resto no ha dado la talla. También es verdad que es muy difícil competir con los ingresos ilimitados de los llamados clubs Estado financiados por los magnates del Golfo Pérsico. Qatar es el país anfitrión del Mundial 2022. Pienso en las predicciones de Sumisión, la peor y más realista novela de Michel Houellebecq. El mercado de traspasos se ha disparado. Y los sueldos netos de las estrellas superan los imaginable: Kylian Mbappé cobra 72 millones de euros al año, Leo Messi 42, los mismos que Neymar. No es de extrañar que los grandes clubs europeos no dopados intenten exprimir el limón mediante la (por ahora) fallida Superliga, las giras asiáticas y norteamericanas, la exportación de partidos en la cumbre, la copa de la recopa de la supercopa y otros inventos destinados a engrosar las escuálidas tesorerías. El Barcelona está apalancado y sin blanca. Ni siquiera el Real Madrid, una fábrica de dinero, puede estar a la altura de los petrodólares. El Liverpool está en venta. Tengo la certeza de que el Atlético será finalmente engullido a corto plazo por alguno de estos grupos de inversión. Si no, al tiempo. Un notable del club amigo de mi yerno que me invita de vez en cuando a la tribuna del Metropolitano (es una pasada total) susurra que la idea ronda por la cabeza de Gil Marín.

El Cholo, antaño jugador, conoce cuál es la esencia secular del Atleti: defensa rocosa, centro del campo presionante, con capacidad de recuperar y lanzar con rapidez a las puntas letales. El histórico contrataque del glorioso. La estrategia se concreta en el famoso bloque bajo del Cholo. El problema es que los rivales se lo saben de memoria, presionan alto, dificultan la salida, provocan un juego espeso y lento que propicia la celada, se adueñan del centro del campo y se multiplican los riesgos de jugar cerca de tu área. Además, este año la defensa hace agua. Cuando perdimos con el Real Madrid las dos finales de la Champions tuve claro que para ganarle al equipo blanco hay que hacer algo más que una defensa numantina y especular con los errores del contrario. Otro problema es que sin un centro del campo solvente los delanteros no reciben balones al espacio y jugar de espaldas es muy complicado. Todavía otra carencia: el equipo no sabe gestionar el ataque estático, al final se enganchan con las sólidas defensas de cualquier equipo, falta precisión en el último pase y definición contundente. No encajar goles es importante, pero sin meterlos es complicado ganar los tres puntos.

En conclusión: creo que el Cholo debe continuar, pero el sistema es manifiestamente mejorable; habrá que traspasar algunos jugadores, prefiero no decir nombres, pero es ley de vida; y que Joao Felix debe ser titular siempre, como Koke, Griezmann y Oblak. Lo demás es evidente: cuanto mejor trabaja un equipo, más suerte tiene. 

jueves, 3 de noviembre de 2022

El político y el científico

Imagina, como la canción de John Lennon, el país de una supuesta Federación Europea de Naciones en el que tras unas elecciones generales hay dos opciones mayoritarias, el centro derecha y el centro izquierda. Nada de sobresaltos: los extremos son marginales en el nuevo Parlamento. No importa quien haya ganado en las urnas. En primer lugar, el presidente del gobierno nombra a los ministros del gabinete. Supongamos, ¡oh dichosa ventura!, que transcurrida una semana convoca en su recién barnizado despacho al ministro de economía, por ejemplo, y al jefe de la oposición. En una primera toma de contacto, gobierno y oposición argumentan las líneas maestras de sus programas. A la semana siguiente el presidente se reúne con un comité de expertos rigurosamente seleccionados entre los más prestigiosos economistas del país a los que entrega un informe detallado de ambos proyectos, así como de los acuerdos, distancias y discrepancias. Tras un mes de sesudas sesiones, el comité de sabios presenta un trabajo exhaustivo sobre lo que, en su docta exposición, sería el mejor programa económico con vistas al bien común: pactos prudentes sobre el salario mínimo y las ayudas sociales, el justo medio de los impuestos, la regulación equilibrada de los bancos y las contribuciones de los sectores estratégicos, la función social de la propiedad, el legítimo beneficio de las empresas, el fomento de la iniciativa privada, los derechos laborales, etc. El dosier sería entregado en primer lugar al gobierno y después a la oposición, y tras una puesta en común con los autores, iniciaría su andadura legislativa y ejecutiva. Sería poner de acuerdo a Pericles, fundador de la democracia, con Platón, defensor de una forma de gobierno basada en la aristocracia intelectual. Un abrazo fraterno entre democracia y sabiduría, una práctica consensual de los medios y los fines. En resumen, una utópica política del conocimiento, el reverso de la demagogia, el electoralismo, la corrupción, el narcisismo, la desinformación, el populismo y la partitocracia.

La realidad es otra. Dos ejemplos del pasado con sentido universal. Hace años (nunca revelo mis fuentes), La Comunidad de Madrid nombró director de uno de los grandes hospitales públicos de la capital a un reconocido especialista, un médico inteligente, jefe de servicio además de un excelente gestor según sus colegas. Aceptó el cargo. Le dieron un mes para presentar sus propuestas. La primera era que una firma solvente se encargara de realizar una auditoría del hospital. Otra exigía que se elaborara una base de datos (causas, tratamientos, servicios y profesionales implicados) de los pacientes que habían sido derivados a clínicas privadas y viceversa. También que se inspeccionaran a fondo los servicios externalizados: comedor, limpieza, seguridad, informática y mantenimiento. Que fuera un auténtico hospital universitario: atención, investigación y docencia. Además, sugería que en el parte de alta del paciente constara a pie de página la factura de lo que su estancia había costado al Estado. En el plazo previsto se reunió con el consejero de sanidad, abogado militante, y sus asesores, tres políticos de campanario ajenos a la profesión médica y con unos curricula más flacos que el galgo de un feriante. En menos de una de hora presentó su dimisión irrevocable y ese mismo día volvió a la consulta.

Vamos con el segundo caso. Hace tiempo, participé junto con otros expertos en la elaboración de los decretos de mínimos del Estado para las asignaturas de Filosofía e Historia de la Filosofía bajo la coordinación de un veterano especialista del Ministerio de Educación. Cuando los terminamos, una comisión de catedráticos de universidad los revisó minuciosamente y por fin, tras varias reuniones conjuntas para pulir cambios, retoques y matices, fueron aprobados. El último paso fue ponerlos a disposición de las comunidades autónomas para concertar su redacción definitiva. Y así se hizo.

- ¿Qué tal os fue, le pregunté a nuestro coordinador, con los expertos vascos y catalanes?

- La verdad es que no pusieron ninguna pega. Sólo algunas preguntas inocuas para cumplir el trámite. Ni siquiera me parecieron expertos, más bien burócratas. Dijeron que el decreto les parecía un excelente punto de partida. Amén a todo. Me extrañó tanta conformidad, tanto acuerdo plano.

- No seas ingenuo, le contesté. El real decreto se la trae al pairo. Como mucho lo han fotocopiado. Lo que quieren es hacer lo que les dé la real gana. Detrás de los expertos están los comisarios políticos de las consejerías. Tengo la impresión de que ya los conoces de vista. 

En efecto, con el tiempo pude constatar que las unidades de filosofía de las comunidades autónomas se parecían a las del decreto lo mínimo para no parecer de otro planeta. El decreto se adaptó, según manifestaron, a las peculiaridades ineludibles de cada espacio cultural dentro de la diversidad y bla, bla, bla. Para ese viaje no se necesitaban alforjas.

Lo cierto es que es imposible una síntesis entre política y sabiduría por diversos motivos:

- Las reglas del lenguaje político no se ajustan a los parámetros de lo que entendemos por racionalidad práctica. Por ejemplo, puedes proponer una medida cuando estás en la oposición y la contraria cuando estás en el gobierno. Ética y política son agua y aceite.

- Aunque no fuera así, las limitaciones de una argumentación estrictamente racional son insalvables. Estamos hablando de una comunidad ideal de interlocutores, con una competencia argumental irrefutable en cuestiones ideológicas. Es decir, una utopía ilustrada (¿totalitaria?) fuera de nuestras cabezas.

-Aunque no fuera así, las limitaciones del consenso político superan el alcance de la argumentación dialógica. Con tales limitaciones nos referimos a la concepción global de la realidad (personal y colectiva), a las culturas y subculturas, a las heterogéneas intelecciones e interpretaciones de los hechos o a la definición previa de los valores y objetivos. A los ídolos de Francis Bacon.

- Aunque no fuera así, es decir, hubiera un método racional para establecer cooperativamente la verdad de las proposiciones políticas, una teoría posible del consenso ocurre que la mayoría de los problemas políticos son antinómicos. Una antinomia es una argumentación o recorrido de la razón que demuestra con la misma fuerza probatoria una proposición y la contraria, es decir, la tesis y la antítesis. Por ejemplo: que un Estado sea federal o centralizado; que los jueces elijan a los altos cargos judiciales o que sea el Parlamento; que haya más Estado o menos Estado en los presupuestos generales; que se regulen o no los mercados financieros, que se intervengan o no los sectores esenciales de un país… que se prohíban o fomenten las corridas de toros. Misión imposible: es necesario volver a Rousseau, a sus conceptos metafísicos de democracia y voluntad general. Al discutible Yo común y a la perversa interpretación del contrato social (más parecido a la polarización y al golpe de estado institucional). Después de todo, hablamos mal de los políticos, pero también habría que poner entre paréntesis la competencia de la ciudadanía, esa parte de la persona que se compromete, quiera o no, con la cosa pública. Fin del bucle: prefiero la democracia representativa sólo porque me permite bajar al kiosco de la esquina y comprar el periódico que me apetece. Dicho de otro modo: es mil veces mejor el coro de grillos que cantan a la luna que la bota del soldado desconocido.

martes, 25 de octubre de 2022

Novatadas e insultos machistas

 

El acoso escolar o bullying en los centros de enseñanza secundaria tiene su prolongación en las novatadas al comienzo del curso con epicentro en los colegios mayores dependientes de las Universidades. Son un rito de tránsito, según los sociólogos, aunque en realidad es una humillación, una sumisión de jerarquía camuflada de ejercicio de integración en el grupo. Las novatadas universitarias (también se dan en el ejército o el deporte) se perpetran dentro y fuera de los colegios mayores mientras las juntas directivas miran a otro lado por más que un año tras otro se insista en que están legalmente prohibidas. Incluso se hacen en las aulas de las facultades, aunque en general son más benignas: un alumno del último año de carrera se hace pasar por el profesor con su beneplácito y durante media hora trata de aterrorizar a los alumnos de primer curso con las exigencias de la asignatura, las estadísticas de suspensos y las abrumadoras pruebas a que se someterán a partir de mañana. Casi todos saben que es una farsa y se limitan a mirar al vacío mientras el postizo perora en el desierto. Todos los años la misma chorrada. No obstante, algunos deciden pasar de las musas al teatro: un alumno de quinto de medicina en un despiste del conserje se hizo con la llave de la sala de disección, se presentó como el profesor ayudante de anatomía y mostró a un grupo de pipiolos una mesa de mármol, entre otras, con un cadáver descabezado. Descompuestos, se apiñaron en un rincón (¡cero cabeza decía una chica!) mientras el veterano les gritaba: ¡Sois estudiantes de medicina o de periodismo! Hubo quejas de algunos padres médicos al decano de la facultad; finalmente se sancionó al culpable por acceder sin permiso a una dependencia restringida, sin más preguntas. Yo mismo padecí las novatadas. Hace tiempo les dediqué un artículo.

Lo que me ha dejado estupefacto, no sé qué nombre darle, es la explosión subitánea y coral de una ristra de gruesos insultos machistas, sexistas y misóginos de los universitarios de un colegio mayor de Madrid, el Elías Ahuja, a sus compañeras del colegio de enfrente, el Santa Mónica, ambos propiedad de la misma orden, los agustinos. El video es impactante. Se trata de un evento, según parece, repetido y tolerado durante años. Si es así, doy por hecho que las posibles sanciones académicas o penales quedarán en nada por razones económicas: los estudiantes de ambos centros pagan un dineral al mes por lo que con un par de expulsiones se blanquea una simple broma de mal gusto; sociales: muchos estudiantes proceden de familias de posibles, influyentes, algunos padres han sido antiguos colegiales; y también políticas: La Comunidad de Madrid ha considerado que se trata de un asunto menor y un desvío de la atención de los “verdaderos problemas de la Universidad”.

Una minoría de chicos se han desmarcado del tumulto. Incluso han declarado sentirse avergonzados al día siguiente de hacerse viral el escándalo. También sabemos que la presión colectiva empuja a los tibios y condena a los discrepantes. Otros se disculpan por lo que pueda pasar, quizás sinceramente: se nos fue de las manos, nunca más, etc. Lo cierto es que las ventanas del Elías Ahuja estaban a reventar. Algunas residentes confiesan sentir miedo por las posibles conductas de los internos. Del vociferio sexista a la manada en celo solo hay un paso. No queremos ni imaginarlos con unas copas de más en terreno neutral, ¿hasta cuándo tendremos que aguantar estas provocaciones y amenazas?, claman indignadas. 

Sin embargo, lo que produce más perplejidad es la justificación que muchas mónicas hacen de sus acosadores, incluso han publicado un manifiesto de apoyo: según ellas, todo es una broma, no nos ofenden ni nos intimidan, es un postureo lúdico, inocente en el fondo; son nuestros amigos, pobrecitos, incluso nos acompañan por la noche al colegio para protegernos. Nosotras hacemos lo mismo, pero sólo hemos visto una grabación en la que unas cuantas colegialas entonan una confusa melopea prácticamente sin público del otro lado. Sólo es posible, afirman las defensoras, comprender lo ocurrido como un pique pactado entre ambos colegios. El video se ha sacado de contexto, dicen. El meollo del asunto es comprender en qué consiste el contexto. Si se trata de una tradición acordada, reiterada y consentida lo único que hace es agravar más el significado de la barbarie. A mí me salen cuatro responsables directos. El quinto, indirecto, es la versión edulcorada, que algunos medios de comunicación han querido vendernos con la teoría (extrapolada de la antropología cultural) de que las reglas de un rito milenario, de un juego simbólico, de una fiesta transgresora solo pueden ser entendidas y juzgadas desde dentro, por lo que carecen de significado objetivo fuera del círculo mágico. Lo preocupante es que ese círculo es cada vez más amplio.

jueves, 20 de octubre de 2022

El acoso escolar

 

Cuando estudiaba a finales de los años sesenta en un instituto de enseñanza media de una pequeña ciudad de provincias ya existía el acoso escolar o bullying. El Jefe de Estudios y mis padres vivían puerta con puerta, lo que me convertía en pelota y enchufado. Publiqué, ayudado por mi abuelo, lo confieso, algún artículo en Perfil, la revista del Centro, lo que me convertía en listillo y pedante. Además, sacaba unas notas decentes porque por las tardes me obligaban a estudiar y hacer los deberes, lo que me convertía en empollón y engreído. La típica víctima del acoso escolar. Eran tiempos de hambre y, paradójicamente, eso me salvó. Una mañana durante el recreo se me acercó un compañero de clase, Flores, no me acuerdo del nombre, vecino del barrio de San Antón, un repetidor de raza gitana alto y recio. Miró mi bocadillo de Nocilla y me dijo: me puedes dar un poco, tengo mucha hambre. Se lo di entero y al día siguiente el de foie gras La Piara. Se lo conté a mi madre que previsora me preparaba dos bocadillos que compartía con mi colega. Un día, dos matones de la clase, Óscar y Conejo, que me la tenían jurada desde hacía tiempo, me pararon en el patio con aviesas intenciones. Cuando me dieron el primero empellón, apareció Flores: si alguien se mete con mi amigo, se puede ir con un ojo a la funerala, les dijo con un tono que no dejaba lugar a dudas. No te metas en lo que no te importa, gitano, le dijeron, pero volvieron grupas. Al acabar las clases se me acercó Flores y propuso acompañarme hasta mi casa. Sabía latín, pero del que se conjuga en la calle; en la primera esquina me esperaban los del patio para ajustar las cuentas pendientes. Todo fue muy rápido: el primero, Óscar, dio una vuelta de campana en el aire y cuando pudo levantarse tras recibir un patadón salió al galope entre maldiciones. El segundo recibió una bofetada de tal calibre que giró sobre sí mismo, se tambaleó, y entre gemidos se retiró gemebundo tapándose la nariz. Nunca más volvieron a molestarme. Flores no superó la reválida de cuarto. Amigos para siempre. Los otros tampoco.

Durante bastantes trienios impartí clases en un instituto de enseñanza secundaria de la periferia de Madrid. Allí conocí algunos casos de acoso escolar. En uno de ellos me vi envuelto. En mitad de una insufrible clase de ética en el pabellón de alumnos de la ESO escuchamos de pronto gritos femeninos de auxilio. Se hizo el silencio durante diez segundos. Varios profesores de la planta salimos al pasillo. El conserje, un guardia civil retirado, subía la escalera a grandes trancos. Los chillidos provenían de los servicios de alumnas. Nos encontramos a una adolescente semidesnuda, llorando y a punto de sufrir un ataque de nervios. Según su relato en el despacho del jefe de estudios, en presencia de sus padres, los testigos, la orientadora, la tutora de grupo y un agente de la policía nacional, dos alumnos habían abusado sexualmente de ella sin consumar la violación. Los conocía, aunque eran de otro curso de la ESO. Los buscamos, pero se habían ido del centro en cuanto la cosa se les fue de las manos y se dieron cuenta de que en este caso No era No. Huyeron por la escalera opuesta a la del conserje y debieron de saltar alguna valla porque el instituto estaba cerrado a esa hora. Al final, como es obvio, no tuvieron más remedio que comparecer y dar su versión. La conclusión oficial, admitida vagamente por la víctima, es que el día de autos la chica los había incitado y excitado en los servicios hasta que se dio cuenta de la magnitud de lo que se le venía encima, nunca mejor dicho. Sus compañeras de curso confirmaron que era un tanto lanzada y que su noviete, del mismo grupo que los implicados, hacía poco que la había plantado. Hubo expulsiones de un mes a los chicos y un serio aviso de prudencia a la incauta mocita. Sus padres no daban crédito, se aferraban a la inocencia de su hija y culpaban de lo ocurrido a la falta de previsión de los profesores. Si cree que el asunto va más allá de los acuerdos, ponga una denuncia en el juzgado, le aconsejó la directora. Nunca más se supo.

Me vi metido en otro caso de acoso escolar en un colegio concertado, ahora como viejo amigo del padre de un estudiante de bachillerato al que un grupo de compañeros le hacían la vida imposible dentro y fuera del centro (le quitaban los libros, le tiraban de todo en el patio, ¡a por él, gritaban al salir de clase!). Se lo contó a mi hijo, amigo de pandilla veraniega, que estudiaba en otro centro, pero no a sus padres bajo presión de los acosadores. De inmediato llamé a mi amigo y a su mujer, les puse al tanto del problema y les ofrecí mi ayuda como profesional de la enseñanza. Desolados tras hablar con su hijo, aceptaron. Hacía poco tiempo había colaborado como experto en algunos proyectos del Ministerio bajo la coordinación de la Alta Inspección Educativa. Sabía a qué puertas llamar. Días después, a última hora de la mañana, tras la cita concertada, pasamos al despacho del director de colegio (religioso, por cierto) los padres del chico, el inspector jefe de zona y yo mismo. Tras ponerle el inspector al tanto de los hechos, el director, profesor de Lengua, incómodo, trató de darnos largas.

- Tengo clase dentro de diez minutos, si me disculpan podemos continuar mañana si les parece.

- Envíe a un profesor de guardia a su grupo, le dijo el inspector en tono educado pero imperativo. Estaremos aquí hasta que yo lo indique y solucionemos este caso de maltrato escolar. Ante la incipiente protesta del director, el inspector le recordó que desde que él entraba en el centro, como debía saber, asumía legalmente la máxima autoridad académica. Nada que añadir.

 Tuvo el inspector jefe, a mi entender, el acierto de apuntar directamente a la cúpula del colegio como responsable de ciertas conductas inadmisibles que podían comportar la apertura de expedientes sancionadores. Dio por hecho, posiblemente con razón, que había denuncias no atendidas. Se abrió una investigación a fondo cuyo resultado fue el trasladado forzoso de los acosadores a otros colegios de la zona con aviso de posible pérdida de la escolaridad en caso de reincidencia. Punto final.          

Trascribo del Diario de Mallorca la denuncia de un caso de acoso escolar a un niño de 11 años hace un mes:

Lleva cuatro años aguantando insultos, peleas y escupitajos, mientras los profesores hacen la vista gorda. Las palabras desesperadas del hermano de un menor, víctima de bullying en el colegio Es Puigen Lloseta (Mallorca) han llegado a varias decenas de miles de personas que las han compartido y comentado en las redes sociales. Al parecer, y según explica, el niño cumplió 11 años este miércoles y para celebrarlo acudió al colegio con una tarta. Sin embargo, sus compañeros, en vez que cantarle el cumpleaños feliz, le han cantado “gordo”, “foca”. (…) El niño ha dicho que la vida es una mierda y que no quiere vivir más.

martes, 11 de octubre de 2022

Trampas en el ajedrez

 

Desde pequeño me ha interesado el ajedrez. Hace años escribí una entrada sobre mi temprana afición al juego de los escaques. Su origen es todavía un misterio; circulan diversas leyendas, aunque la versión más fiable es que proviene de Oriente, probablemente de Persia hacia el siglo III a.C. Lo considero una de las diez maravillas del mundo. Es una síntesis perfecta de las mejores tradiciones culturales de todos los tiempos: la competición, la ciencia y el arte.

Hace océanos de tiempo compraba libros y reproducía las partidas en el precioso ajedrez Staunton que me regaló mi abuelo (y todavía conservo a salvo de mis nietos). Suelo seguir sin grandes pretensiones las partidas que comenta Leontxo García en El País digital en su sección El rincón de los inmortales. También procuro asistir e incluso participar en las sesiones de partidas simultáneas que organiza en el Club de Campo el gran maestro Pablo San Segundo. Este año nos ha visitado El Rey Enigma, un curioso personaje disfrazado de tablero blanquiazul que viaja por doquier para organizar partidas con los aficionados que quieran retarlo. Ninguno de las veinticinco oponentes de todas las edades conseguimos siquiera unas míseras tablas, por lo que el premio de 300 euros quedó desierto.

En todos los deportes profesionales se practica el juego sucio. También en ajedrez. Las malas prácticas dentro y fuera del tablero vienen de lejos. La más sencilla es dejarse ganar. Imagino que lo más prudente era no darle jaque mate al rey persa Ciro el Grande si no querías caer en desgracia o algo peor. Otra es hacer burdas trampas. Recuerdo que jugaba de niño con un tío soltero que venía con frecuencia a casa de mis padres. Era un aceptable ajedrecista de casino. En cuanto se daba media vuelta uno de sus caballos negros volaba del tablero. No se inmutaba. Cuando repetía el invento y le quitaba un alfil, me decía tranquilamente: creo que me has comido el alfil de casillas blancas sin darte cuenta… Al final, cuando con dos piezas menos me tenía acorralado, se levantaba, sacaba la petaca, liaba un cigarro y concluía: lo más justo son las tablas; has mejorado mucho desde la última vez (será como tramposo, pensaba yo).      

Es conocida la infiltración de analistas espías en el equipo de aspirantes al torneo de candidatos al título mundial. Arturo Pérez Reverte lo narra en su divertida novela El tango de la guardia vieja. En este caso se trata de una joven gran maestra con pretensiones, novia del aspirante, que pasa información a los rusos.

En la final por el título mundial celebrada en Reikiavik (Islandia) en 1972, entre el norteamericano Bobby Fischer y el ruso Boris Spasski, defensor del título, pasó de todo. Para empezar, se celebró en plena Guerra Fría entre la Unión Soviética y los Estados Unidos, con el consiguiente traslado de la tensión política a la deportiva. La URSS extrapolaba su supremacía en el tablero a su hegemonía mundial en un alarde de simbolismo socialista. Parte de los problemas se debieron al carácter conflictivo y ególatra del aspirante. Sus caprichos, desplantes y constantes condiciones descolocaron a Spasski a pesar del séquito de veinte personas que lo asesoraban. Bobby rechazó la habitación de su hotel y exigió trasladarse a un lugar fuera de la ciudad, exigió cambiar la iluminación de la sala de juego y protestó por lo poco espaciosa que era (después se quejaría de que había mucha gente), también por la mala calidad del mobiliario; les recriminó a los organizadores la cercanía del público; reclamó que se prohibiera entrar a menores de 10 años, pidió que se examinara al público y se requisaran las golosinas envueltas en papel de celofán porque hacían ruido al desenvolverse, despotricó por los incómodos relojes de la mesa y el orden de ingreso en la sala de jugadores. Lo que no le impidió llegar siete minutos tarde a la primera partida. A la segunda no se presentó por la presencia de la televisión. Insufrible. Spasski cedió en todo y se comportó como un caballero. Al final perdió el título ante el inmenso talento del gran maestro norteamericano, primus inter pares, posiblemente el más grande entre los grandes, incluido José Raúl Capablanca. Después renunció a defender el título y desapareció en la nada.

El enfrentamiento en 1978 por el título mundial en Baguio (Filipinas) entre Anatoli Karpov, representante oficial del Estado soviético, y Viktor Korchnoi, la antítesis de los valores del partido y el primer gran maestro soviético que desertó en 1976 fue un circo. Primero la guerra de las banderas. Pronto, la delegación de Korchnoi se quejó de un yogur de arándanos que se entregó a Karpov durante la primera partida porque podía contener información en clave. Korchnoi se calaba unas gafas de sol reflectantes mientras le tocaba jugar a su rival. Se analizaron las sillas de ambos contendientes con rayos X. No se daban la mano. El equipo de Karpov fue más allá al incluir un "parapsicólogo", el Dr. Zukhar, presente en la sala de juego para hipnotizar a Korchnoi e interferir en sus decisiones. Korchnoi aceptó “la ayuda” de una secta llamada Ananda Marga que creía en las influencias telepáticas: se presentaron en la sala varios extraños personajes con túnicas de color azafrán y miradas penetrantes. El enfrentamiento concluyó con la ajustada victoria de Anatoly Karpov y fue descrito como "una experiencia surrealista" por el Gran Maestro inglés Michael Stean, primer analista de Korchnoi.

Hace doscientos cincuenta años un autómata llamado El Turco construido por Wolfgang von Kempelen en 1769, era capaz de vencer a adversarios de todos los niveles. La máquina asombró a las capitales de toda Europa y el inventor del ingenio se hizo de rico y famoso.

Tenía la forma de una cabina de madera de 1.20 cm × 60 cm × 90 cm, con un maniquí vestido con túnica y turbante sentado. La cabina tenía puertas que una vez abiertas mostraban un mecanismo de relojería y cuando se hallaba activado era capaz de jugar una partida de ajedrez contra cualquier rival a un alto nivel. En realidad, la cabina era una ilusión óptica bien planteada que permitía a un maestro del ajedrez de baja estatura esconderse en su interior y operar el maniquí gracias a que sus ojos enviaban al maestro del ajedrez las posiciones de las piezas del tablero por medio de espejos.

Fulminó en una célebre partida al mismísimo Napoleón Bonaparte en 24 movimientos con el consiguiente manotazo imperial a las piezas. Pero hubo que esperar hasta 1997 para que la supercomputadora Deep Blue diseñada por IBM para jugar al ajedrez derrotase al entonces campeón del mundo Gary Kaspárov, aunque el jugador ruso planteó ciertas dudas sobre la posible intervención humana en el desarrollo de las partidas para que la máquina jugara mejor de lo que sería capaz de hacerlo por sí sola. Las dudas nunca quedaron resueltas. Kaparov exigió la publicación de los registros de los procesos de Deep Blue. IBM se comprometió a hacerlo, pero nunca los entregó. En el fondo es lo mismo que El Turco.

La capacidad de las máquinas para procesar información, los cálculos a prueba de errores, el almacenaje ilimitado de información en su memoria y la ausencia de emociones hacen que nuestros amigos inhumanos, como dice Leontxo García, sean prácticamente imbatibles. En consecuencia, el fraude en el ajedrez actual consiste es utilizar a los inhumanos como medios infalibles para fines inconfesables. El escándalo estalló hace unos meses cuando Magnus Carlsen, campeón del mundo cinco veces consecutivas y el jugador con mayor ELO de la historia decidió retirarse de la Sinquefield Cup de San Luis tras perder con el americano Hans Niemann y acusarle de hacer trampas durante la partida… sin aportar pruebas concretas. Surgieron entonces las hipótesis más pintorescas; la más sonada es que Niemann llevaba insertadas unas bolas anales vibratorias de fabricación china, indetectables para los controles habituales de los torneos. Su cómplice computarizado le transmitía mediante pulsos las jugadas precisas. Niemann reconoció que cuando tenía doce años había hecho trampas en partidas on line; los expertos del principal portal ajedrecístico, Chess.com, han analizado las partidas de Niemann y han constatado en un informe de 72 páginas que sus movimientos serían en demasiados casos los mismos que haría una computadora. Se afirma que probablemente recibió ayuda ilegal en más de 100 partidas on line hasta 2020. Por otra parte, su irresistible ascensión en poco tiempo (se convirtió en gran maestro a la edad de 17 años) es un caso bastante raro por no decir sospechoso. Por supuesto, el presunto tramposo lo niega todo y sigue ganando partidas en el arranque del Campeonato de Estados Unidos 2022 donde participa junto a otros 13 ajedrecistas. La Federación Internacional de Ajedrez tiene un buen marrón entre manos. Por este caso y porque los tramposos suelen ir por delante de los sistemas de vigilancia y control.