sábado, 11 de septiembre de 2021

Ecologismo y ecología

 

Ecologismo, feminismo, pacifismo… Hay términos cuyo significado intuimos de inmediato, sin mediar razones, aunque sabemos que, al concretarlo, al intentar que su contenido crezca y captar su concepto, el aura se desvanece como una nube de verano (y el interés decae). Es evidente que son conceptos polisémicos, que se dicen de muchas formas en situaciones distintas y distantes y que los significados que les asignamos son analógicos, es decir, se basan en vínculos de semejanza entre elementos muy dispares. El uso de tales términos (su gramática contextual) se parece más a los juegos del lenguaje del Segundo Wittgenstein que a la exposición de unos planteamientos sólidos.

Si nos centramos en el primero, hay que separar, de entrada, la ecología como ciencia y el ecologismo como movimiento ideológico y después explicar la relación entre ambos. La ecología es una ciencia empírica, una rama de la biología que estudia los ecosistemas, es decir las relaciones de los diferentes seres vivos entre sí y las interacciones con su medio ambiente. Como toda ciencia básica, la ecología es, a la vez, una ciencia aplicada, una tecnociencia. Y este es el punto donde convergen ecología y ecologismo.

José Miguel Mulet, catedrático de Biotecnología en la Universidad Politécnica de Valencia, ha publicado un libro titulado Ecologismo real. Todo lo que la ciencia dice que puedes hacer para conservar el planeta y los ecologistas no te dirán nunca. “Hablo de ecologismo con base científica. Ese es el ecologismo real”, sostiene el catedrático. El ecologismo no científico, basado más en proclamas que en ciencia, es, sin embargo, “el que se ha apropiado de la etiqueta”. Y añade: “Que haya organizaciones que se hagan llamar ecologistas no quiere decir que lo que propongan sea bueno para el planeta”. En el libro se hacen afirmaciones tan jugosas como: “El coche eléctrico hace menos ruido y no echa humo por el tubo de escape, pero ¿cómo generas la electricidad? Una gran parte, quemando gas, carbón y petróleo. Así que lo que estás haciendo es cambiar el humo de sitio”. O sea, pintar verde sobre gris. O esta otra: “Si te dicen que van a quitar las nucleares, ya sabes que lo más probable es que las emisiones de CO2 suban (…) No puedes cerrar las nucleares de un día para otro sin tener un plan B que te permita obtener la misma energía sin emitir más CO2”. También explica por qué la alimentación ecológica es una industria nociva para el medio ambiente. Les recomiendo comprar el libro en e-book, cuesta la mitad.

En otro lado están los ecologistas radicales, los que, según la derecha, son como las sandías: verdes por fuera y rojos por dentro. En realidad, el ecologismo, vagamente entendido (“la responsabilidad ambiental”), es un ingrediente más de un coctel izquierdista en el que se mezclan y agitan la igualdad de género, el desarrollo sostenible, el anticapitalismo, el freno a la especulación urbanística, el desarme, la justicia social y otros fines como la democracia participativa (una entelequia cargada de riesgos). El Grupo de Los Verdes/Alianza Libre Europea, representante político de estas ideas, es el sexto grupo en número de escaños en el Parlamento Europeo. Con ciertas reservas sobre su radicalismo, también se puede incluir a la ONG Greenpeace dentro de esta órbita.

También hay ecologistas de derechas, los que, según la izquierda, son como kiwis: verdes por dentro y pardos por fuera. Hay dos corrientes asociadas al ecologismo de derechas: la liberal-conservadora que tiene como motivo central el individuo y la ultraderechista, también llamada ecofascista, cuyo núcleo ideológico es la idea de patria. (Por cierto, La palabra patria viene del latín, de la forma femenina del adjetivo patrius-a-um: relativo al padre, también relativo a los "patres" que son los antepasados. Hablamos de la madre patria. La palabra matria es un rebuzno lingüístico). Para la derecha liberal-conservadora la defensa del medio ambiente depende de la educación cívica de los individuos tanto en la vida cotidiana como en las urnas. Después de todo, afirman, una sociedad es una suma de individuos no una suma de empresas y corporaciones. El individuo debe adoptar conductas éticas que favorezcan el equilibrio ecológico: separar la basura en los contenedores de reciclaje, ahorrar el agua poniendo botellas en la cisterna, usar el transporte público, no malgastar energía con la calefacción o el aire acondicionado, evitar el abuso de los plásticos, no hacer chuletadas en el campo, practicar el ecoturismo, participar en asociaciones defensoras del medio ambiente (¿los boys scouts?) etc. Finalmente, si queremos que los hábitos se conviertan en leyes, seremos los individuos quienes votemos a los partidos que nos propongan cambios institucionales acordes con estas pautas de conducta.

El ecofascismo sostiene que el auténtico ecologismo es el “patriotismo verde”, que la nación es un ecosistema humano que tenemos el deber de conservar. “Las fronteras son el gran aliado del medio ambiente, y a través de ellas salvaremos el planeta”, sostuvo Reagrupamiento Nacional durante la pasada campaña de las elecciones euro­peas. Inicialmente se trata de una forma de localismo que trata de preservar la identidad cultural del propio territorio, proteger su biodiversidad, consumir los mismos alimentos que nuestros ancestros…  por eso la globalización liberal es un peligro letal para la salud de la patria. Del localismo incluyente se sigue el racismo excluyente: la consideración de que los inmigrantes son grupos invasivos que perturban el equilibrio de la tierra natal. La interculturalidad es una falacia progresista; es inviable una alianza entre civilizaciones que tienen principios y valores incompatibles. La superposición de grupos étnicos puede terminar con el predominio de las etnias foráneas y la destrucción de la patria. Seréis víctimas de un enemigo al que habéis dado la bienvenida en vuestra propia casa, en palabras del arzobispo católico de Mosul.  

Pero desde hace tiempo, el centro de la polémica ecologista en cualquiera de sus versiones lo constituye el cambio climático. Aquí es donde se muestra con más fuerza la tensión entre ecología científica y globalización del planeta. Lo que está en juego, además del equilibrio del medio ambiente, es la supervivencia a medio plazo de la especie humana. El problema es si a estas alturas podemos parar el tren en doscientos metros. 

domingo, 5 de septiembre de 2021

La naturaleza. Solución

 

En uno de sus escritos de Jena, Hegel, filósofo romántico, afirma que la naturaleza existe porque Dios, pura razón, pierde el control de sí mismo y se enajena en algo exterior y corpóreo. Esta enajenación es, de forma inmediata, una caída, un descenso y antes de completar su recorrido y recobrar su total racionalidad (no sabemos cómo ni cuándo) surge el mal en el mundo. En este momento inicial (imposible calcular el tiempo de Dios), una naturaleza ambivalente se rige por asombrosas leyes físicas y también por oscuros abismos, como el SARS-CoV-2. El pensamiento humano se ha enfrentado a ambos desafíos desde su formación como especie hasta nuestros días: el mito, la magia, la religión, la filosofía, la ciencia, la técnica, es decir el conocimiento y el control.

Actualmente, las poderosas agencias de inteligencia norteamericanas (respaldadas por un despliegue científico sin precedentes), han concluido después de noventa días y noventa noches que el virus no es un arma biológica ni una manipulación genética, aunque no descartan que se haya fugado de un laboratorio chino (vía funcionario despistado) o una zoonosis sin concretar la especie ni el origen del contagio (los camaradas se niegan a darse palos y todo el mundo es responsable menos ellos). Exigua cosecha. Lo cierto es que vamos por la quinta ola y las espículas más aptas prosperan. La esperanza está en las vacunas de segunda generación y, sobre todo, en que las leyes naturales se muestren propicias y las nuevas mutaciones sean cada vez más benignas (como ocurrió con la gripe española). Por lo demás, le epidemia ha tensionado el conocimiento científico (el enigma del coronavirus), la ética social tanto en sentido positivo (la famosa resiliencia, los aplausos y el venceremos) como negativo (la picaresca, los antivacunas y las fiestas clandestinas); también la política (las medidas erráticas o contradictorias, el estado de alarma, el desconfinamiento, la cogobernanza y la polarización de la vida pública).

Volvamos al confinamiento. Recuerdo un video de mi nieta revolcándose indignada por el suelo al grito de ¡Quiero ir al parque! Los padres teletrabajando a destajo; o desesperados en ERTE o en ERE, tirados en el sofá trasegando series; los niños sin cole, los profesores desbordados por una labor para la que no están preparados. Durante cien días las pantallas dominaron el mundo. Bienaventurados los que disfrutaban de un ático con macetas para hacer sentadillas o los privilegiados que tenían casa con jardín. Un chalé en la sierra era la viva imagen del paraíso terrenal.

La pandemia ha tenido consecuencias sociológicas. De nuevo la naturaleza como solución. La primera es la activación de la contrafigura del urbanita: el ruralita (mejor ruralista según la RAE). La añoranza de los espacios abiertos, el riesgo del contacto con el virus en las calles, en el trabajo, en el trasporte, en los centros comerciales y asistenciales potenció una vuelta al neorruralismo y sus manifestaciones. Un eterno retorno a la vida retirada de Horacio y Fray Luis de León, a las apacibles labores agrarias y los atardeceres bucólicos de Virgilio. Se disuelve la utopía urbanística de Le Corbusier o el derecho a la ciudad de Lefebvre y se impone el fenómeno inverso al éxodo rural que dio lugar a la España vaciada: la emigración masiva de los pueblos a las urbes en busca de estudios, trabajo y, en general, nuevas oportunidades.

De menos a más, hay variantes de esta transvaloración de todos de valores. El teletrabajo estable ha propiciado que muchos urbanitas cierren temporalmente sus pisos y alquilen apartamentos con vistas (e internet por cable) en la costa o las islas. Burgueses de toda clase y condición, cargados de justificantes y certificados, pusieron rumbo a su segunda residencia en la playa, la montaña o la aldea perdida ante la torva mirada de los paisanos que los miraron como el quinto jinete del apocalipsis. Hay parejas que venden su casa de la gran ciudad para trasladarse a otra más pequeña en busca de una forma de vida más “personalizada”. Añoran las escenas de la vida de provincia: una convivencia próxima, el contacto diario con amigos, vecinos y conocidos de primera, segunda y tercera. Otros, los auténticos neorrurales, se desplazan a los pueblos de la España vaciada para levantar las casas abandonadas, repoblar los parajes, reconstruir las calles, refundar las granjas, recuperar las fuentes y pilones. Se reivindica un estilo de vida agrícola, artesanal, ecológico. En muchos casos, se trata de personas sin experiencia agraria directa que desean sentir la cercanía de la naturaleza y recobrar modelos sostenibles de producción y consumo. Nada menos. Y de paso luchar contra el cambio climático. Son los repuntes racionalistas de la dialéctica hegeliana.

jueves, 2 de septiembre de 2021

Delfinarios

 

El confinamiento puso de manifiesto que las viviendas urbanas eran cárceles del alma. Recluidos en cien metros cuadrados (o menos) las familias amenazaron con convertirse en un polvorín. Por fortuna el hogar latino es un matriarcado, una unidad de destino donde las madres disponen con mano firme, sin las inútiles monsergas y estridencias paternas; donde llaman “mi bebé” a su hijo treintañero que con un empleo mileurista sobrevive en su cuarto de estudiante con la play, la bufanda del Madrid y un poster de los Rolling. Por fin pudimos imaginarnos lo que sienten los animales del zoo en sus sombríos recintos o los delfines, orcas y belugas en sus circos acuáticos.

A mediados de agosto visitamos con nuestra hija, su marido y los nietos el Oceanográfico de Valencia. Era domingo por la mañana y el complejo hervía de mascarillas. Recorrimos las instalaciones de los ambientes acuáticos y finalmente nos sentamos en las gradas del delfinario. Esperamos un buen rato, música trotona de fondo, hicimos tres veces la ola, escuchamos las palabras de niño y niña (¿formaban parte del montaje?) y finalmente asistimos a las piruetas y cabalgadas de los defines mulares. El espectáculo no resultó especialmente brillante; era como si hubiesen recortado y espaciado los números. Nos marchamos antes para evitar la marea de salida. Una empleada comentaba a un grupo de insatisfechos que los fines de semana había más sesiones y no se podía agotar a humanos y animales. Aún menos convincente me resulto el mensaje de la presentadora ilustrado en una pantalla gigante repleta de gráficos. El propósito del oceanográfico es, dijo, estudiar la conducta de los delfines (?), los métodos de adiestramiento, la exhibición de sus destrezas, su reproducción y cuidados, en definitiva, abrir las puertas a la bioeducación… Lo cierto es que no me convencen los argumentos naturalistas, pseudoecologistas, de los delfinarios. Se trata de seres vivos muy inteligentes, con un avanzado sistema emocional, sacados de su medio marino o nacidos en cautividad, forzados a vagar sin fin en sus piscinas, esclavos de las rutinas y una existencia en bucle; incapaces de encontrar, como creían los estoicos, la libertad en las cadenas. Es muy recomendable el documental Blackfish de Netflix (está en YouTube) para saber qué es realmente un delfinario y por qué las orcas atacan y matan a sus instructores. En fin, sin ánimo de ofender, las opiniones son como los traseros: cada cual tiene el suyo.

miércoles, 25 de agosto de 2021

La naturaleza. Amenaza

 

Cada época ha tenido su particular concepción de la naturaleza: la materia eterna en constante proceso de cambio, el estado inferior de la realidad creada, natura naturans y natura naturata, Dios o la naturaleza, un libro misterioso escrito en lenguaje matemático, un inmenso mecanismo de relojería, la manifestación externa de lo bello y lo sublime.

Ya avanzado el siglo XXI, la naturaleza es para la tecnociencia objeto de investigación en lo micro y en lo macro, de avances vertiginosos, de multinacionales energéticas, de inversiones milmillonarias. Y si entendemos, por ampliación, el universo entero, entonces el conocimiento de la materia se extiende hasta los límites de lo impensable (en sentido literal) puesto que sabemos por la teoría de la relatividad y la física cuántica que el mundo no es tal como lo observamos por los sentidos, sino como lo describe con asombro el físico George Gamow en su popular libro El país de las maravillas. La máxima del Obispo Berkeley Ser es ser percibido, en general los principios del empirismo epistemológico, ha perdido por completo su vigencia.

Pero llegó la pandemia y se produjeron novedades en la visión de la naturaleza. Una visión ambivalente: como amenaza y como solución. En el primer caso un retorno a los supuestos del apocalipsis. En el segundo una explosión incontrolada de neorruralismo. Aquí nos referimos al primero.

Las catástrofes naturales forman parte de la humanidad. Erupciones volcánicas que sepultaron ciudades, terremotos y tsunamis devastadores, huracanes descontrolados, inundaciones imparables, sequías prolongadas, olas de calor extremas, heladas persistentes, granizadas severas, nevadas profundas, incendios voraces, etc. En nuestro país hemos sufrido últimamente casi todas las plagas de Egipto, siempre relacionadas con el cambio climático. Los destrozos de Filomena, la ola de calor insoportable de la segunda mitad de agosto, los incendios posteriores.

Como advierte Justin Rowlatt, corresponsal de medio ambiente de la BBC: El mundo tiene un tiempo limitado para actuar si quiere evitar los peores efectos del cambio climático. La pandemia de covid-19 fue el gran problema de 2020, sin duda, pero espero que, para fines de 2021, las vacunas se hayan activado y hablemos más sobre el clima que sobre el coronavirus. Este año que comienza será decisivo. El mismo secretario general de la ONU afirma que estamos librando una "guerra suicida" contra la naturaleza. El Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC) de Naciones Unidas ha publicado un diagnóstico demoledor sobre las consecuencias del calentamiento global en las próximas décadas. Se trata de una alerta roja sin paliativos. Según el informe, las emisiones continuas de gases del efecto invernadero podrían quebrar el límite clave de la temperatura global en poco más de una década, después se desataría nuestra némesis. Está en juego aquí y ahora la supervivencia de la especie humana.

También las epidemias y pandemias pueden ser consideradas catástrofes naturales (aunque por el momento no está claro si el virus SARS-CoV-2 es natural o un producto de laboratorio). El Grupo de Trabajo Científico Internacional en Prevención de Pandemias, organizado por el Instituto de Salud Global de Harvard, en un informe publicado este 18 de agosto, analiza el riesgo actual de que surjan nuevas enfermedades como la covid-19: la posibilidad de propagación de enfermedades infecciosas que puedan desencadenar otra pandemia ha aumentado en las últimas cinco décadas debido a una creciente alteración de los ecosistemas causada por la proliferación de explotaciones agrícolas, pesqueras, madereras o mineras no sostenibles. Estas prácticas antinaturales degradan el medio ambiente y provocan el desplazamiento forzoso de especies lejos de sus nichos biológicos… lo que puede provocar zoonosis, es decir, que un patógeno de alto riesgo latente en un animal se transmita a la especie humana y se declare una enfermedad pandémica. La lista de enfermedades zoonóticas es interminable y cada vez más letales.

A escala cósmica, se han multiplicado las predicciones apocalípticas de colisiones de asteroides y cometas con la Tierra. Obviamente, los anuncios de la NASA sobre posibles impactos peligrosos no han variado mucho, pero sí la presencia de estas amenazas en los medios de comunicación. El telón de fondo de este creciente interés por los futuros desastres extraterrestres procede de la convicción, surgida de la pandemia, de la fragilidad de la vida humana y, por extensión de la propia humanidad. Después de todo, la ONU ha alertado de que cada día se extinguen en nuestro planeta 150 especies. Habría que retornar a la mentalidad colectiva de la Edad Media para encontrar una crisis tan profunda del antropocentrismo. Hemos dejado de ser el centro del universo para convertirnos en potenciales víctimas de los más grande y lo más pequeño. El arquetipo jungiano de la Sombra, nuestra parte oscura y reprimida sobrevuela el conjunto de las relaciones sociales. Ni siquiera los avances de la tecnociencia y los desmentidos de la NASA consiguen esconder nuestras miserias. El mito del fin del mundo, constante en todas las civilizaciones, recobra vigencia renovada y nos envuelve con sus peores temores. La Sombra ha sido convocada y comparece.  

lunes, 9 de agosto de 2021

El lado oscuro del deporte

Por fin, tras meses y meses de incertidumbre, han comenzado los Juegos Olímpicos 2021 de Tokio. Un dragón multicolor de doscientos cuatro países ha desfilado en paz, una tregua sagrada acorde con el espíritu olímpico de la Grecia clásica. Desde Barcelona 92 los avances tecnológicos han permitido que las ceremonias de inauguración y clausura sean cada vez más espectaculares. Como el Festival de Eurovisión, donde la ínfima calidad de las canciones es inversamente proporcional al suntuoso despliegue escénico. En Tokio, los drones, la alta definición y la realidad virtual han hecho maravillas con la cultura ancestral del país del sol naciente. Los juegos han comenzado con todas las limitaciones que ha impuesto la pandemia; lo cierto es que estamos de vuelta después de habernos tragado la Liga de fútbol sin público, con continuos sobresaltos por los positivos de las estrellas, las gradas rellenas de monigotes y animación falsa, así como el deterioro económico de los clubs que no han competido dopados de petrodólares… mientras los organismos federativos miraban a otra parte. El fair play financiero es un oxímoron, una contradicción en los términos. Algún día se conocerán las razones de esta ceguera que se convierte en mirada penetrante para asuntos menores. El lanzamiento de los Juegos Olímpicos es un buen motivo para hacer algunas reflexiones sobre el lado oscuro del deporte.

La especie humana, como la mayoría del mundo animal, lleva grabado en su código genético un conjunto de actitudes necesarias para que funcione el principio evolutivo de la selección natural: la rivalidad, la competencia, el reto, la demostración, el enfrentamiento, la dominancia y la territorialidad (léase nacionalismo en la especie humana). Los enfrentamientos, incluso a muerte, entre los machos durante la época de celo por la posesión de las hembras garantiza la mejora de la descendencia y la continuidad de la especie. Son los valores reales del deporte. Lo llevamos en la sangre. Según expertos paleoantropólogos, el paso de la naturaleza a la cultura, de la antropogénesis a la sociogénesis, dio lugar a ciertas manifestaciones incipientes. Al comienzo, no cabe hablar en el hombre primitivo de deporte, sino de ejercicio físico consciente para propiciar los resultados de la caza o mejorar las estrategias de combate. En los últimos estadios de la prehistoria los arqueólogos han encontrado abundante material: tableros de puntuación, dados, palos, aros metálicos, bolas de piedra, artefactos de hueso. Tuvo que haber un primer momento en el que coexistieron dos garrotazos: el del líder en el círculo de fuego y el de vencedor en la arena. Después vinieron Sumeria, Creta, Egipto, China, Persia, Grecia, Roma... La historia del deporte.

Por supuesto, el evolucionismo social exigió la participación de la mujer en las competiciones, pero eso fue muy posterior, en concreto a comienzos del siglo XX. Las primeras olimpiadas con participación femenina fueron las de Sídney en al año 2000. Desde entonces no han dejado de incorporarse nuevas modalidades. En Tokio se han estrenado cinco: béisbol/softbol, karate, skateboarding, escalada y surf. Por cierto: no entiendo por qué el ajedrez no es deporte olímpico y sí el monopatinaje o skateboarding.

En realidad, el juego limpio, el respeto al adversario, el saber perder, lo importante es participar o el afán de superación son ideales del deporte. Lo que cuenta, como sentenciaba Luis Aragonés, es ganar, ganar y volver a ganar. Los únicos momentos en que se muestra lo que algunos denominan ética deportiva son la magia del escenario, la salida de los contendientes, la presentación de los equipos, el intercambio de saludos, los himnos nacionales, la pasión de los hinchas. El resto es el drama de la selección natural trasladado al juego: el nacionalismo montaraz, ¡A por ellos!, el cielo y el infierno, sonrisas y lágrimas, vencedores y vencidos. La esencia del deporte consiste en fulminar al contrario. Lo demás es pantomima y teatro. A esto se refería Borges cuando afirmaba que "La derrota tiene una dignidad que la ruidosa victoria no merece".

Por supuesto (como en la contienda política), en el deporte el fin justifica los medios. Entre otros, esa lacra imposible de erradicar de la alta competición: la medicina deportiva. Las técnicas de control del dopaje van siempre un paso por detrás de las futuras sustancias prohibidas. Se sospecha que se usan pociones mágicas hasta en el golf. Según parece, el último tipo de fraude son los artilugios mecánicos en el ciclismo. Hay antiguos videos del Tour de Francia en las que un toque detrás del sillín daba alas a un ciclista conocido por sus prácticas ilegales. En el último Tour, algunos bravos del pelotón se quejaban de los extraños chasquidos que se oían en mitad de la carrera. ¿Habrá que someter a las bicicletas a un chequeo diario? Por no hablar de tanganas, escupitajos, lesiones graves, gritos racistas, hinchadas violentas, tenistas destrozando la raqueta contra el suelo, atletas (especialmente mujeres) sometidas a tratos inhumanos y degradantes…        

Pero el lado oscuro afecta a todos los niveles del deporte. Los aficionados imitan a los profesionales también en lo malo. Lo he vivido personalmente en el fútbol y en el tenis. En la categoría de alevines (cuando mi hijo comenzaba la ESO), algunos padres creían que sus hijos eran los magos del balón. Consideraban que el equipo tenía que ganar sí o sí, y si se torcía el resultado buscaban culpables: los “malos” del equipo (niños, compañeros de clase, a los que no dudaban en marcar delante de sus atónitos padres), el entrenador, el árbitro y, en última instancia, la dirección del colegio. He visto a padres encantadores, amigos míos, transformarse en Mr. Hyde cuando el entrenador, un joven profesor de educación física, mandaba al banquillo a sus hijos para hacer rotaciones y que todos los niños pudieran saltar al campo. Llegaron a insultarlo, amenazarlo e incluso zarandearlo. Por supuesto, el entrenador dimitió, muchos padres sacaron a sus hijos del equipo y otros tuvieron una desagradable entrevista con el director del centro.

En el fútbol juvenil (cuando mi hijo terminaba el Bachillerato) he visto entradas salvajes alentadas por un público encrespado. Y lo que es peor, los jugadores, al final del partido, no solo le negaban la mano al rival, sino que acababan a empujones y trompadas. El vestuario era un polvorín. He visto llegar a una ambulancia y sacar a un chaval en camilla, o acudir la policía nacional con luces y sirena al rescate del árbitro, incluso una furgoneta de antidisturbios para ponerse en medio de dos hordas de padres enfurecidas.

Recuerdo los campeonatos de tenis en el Club de Campo de Madrid (cuando mi hijo estudiaba en la Universidad) que organizaban los profesores del club. En las fases de clasificación, todas las pistas estaban ocupadas por lo que, dejaban que los jugadores se arbitraran a sí mismos. Muchos, bajo la mirada atenta de su padre, no sabían perder y cantaban como malas, bolas buenas del contrario y al revés. Al final el perjudicado (o su padre) se hartaban y se armaba la trifulca. El profesor acababa aplazando el partido hasta nueva orden tras tomar nota de las tormentas en un vaso de agua. Según la fase de la competición se repetía el partido con árbitro o ambos quedaban descalificados, es decir, pagaban justos por pecadores.

En conclusión, creo que el deporte es una actividad en la que simplemente se gana o se pierde porque en el mundo puede ocurrir cualquier cosa en cualquier momento ¿Pero a quién le interesa esto?

miércoles, 21 de julio de 2021

Profesionales

 

Hay una enorme distancia (la palabra francesa décalage es más precisa) entre las competencias del aficionado (lo mismo le ocurre a la palabra francesa amateur) y el profesional de cualquier gremio. Un ejemplo: es abismal la diferencia entre el jugador amateur de golf y el profesional. O entre el fontanero casero que trata de ahorrarse unos euros y el fontanero de la comunidad al que finalmente hay que llamar para enderezar el entuerto.

Otro ejemplo: hace años veraneaba en las Rías Baixas en una casa de campo de dos plantas, amplio jardín y bosque al fondo que compartía con un matrimonio de Vigo (grandes amigos); algunos fines de semana, al caer la tarde, un hermano del marido, Juan, reconocido chef de un acogedor restaurante de Vigo, se dejaba caer por la finca. Debajo de un frondoso carballo, alrededor de una mesa de piedra, compartíamos unas bandejas de navajas, nécoras y otros frutos del mar regados con excelente ribeiro. Al terminar la cena tempranera  solían apuntarse a la sobremesa un par de hermanas de mi mujer (normalmente me presento como “su marido”, dados los tiempos de corren) y alguna íntima del lugar. Venían a saludarnos en general, pero, sobre todo, a interrogar al maestro sobre ciertos secretos culinarios. Desde mi asiento de piedra resultaba ameno e instructivo.

¿Cuánto tiempo tiene que cocer la caldeirada de pescado? preguntaba una de las interesadas. El chef -estoy convencido- no entendía del todo la pregunta. Tú lo ves, contestaba; lo que necesite, no sé, no miro el reloj, miro al plato y cuando está en su punto lo retiro. Cada caldeirada es distinta, incluso con los mismos ingredientes; no es una cuestión de tiempo sino de ojo, aroma, textura, gusto: cuando está, está; ni antes ni después… Venid un día a mi restaurante con tiempo (se burlaba) y veis como la preparo; después nos la comemos. Mi cuñada invita. También le preguntaron por los postres, especialmente por una mousse de chocolate con nata que habían degustado en su rincón. El chocolate, aclaraba Juan, sólo se consigue a través de ciertos proveedores de restauración profesional. Son circuitos exclusivos. Es una forma de preservar el negocio. Sólo os puedo decir que no es barato; montar la nata requiere al menos seis trucos; otro día os lo cuento delante de unas zamburiñas y unos mejillones que podéis comprar en el mercado del puerto; y que no falte el albariño y las cañitas de crema… sonreía satisfecho.

Lo más sustancioso venía después: Jorge confesaba que sólo comía platos elaborados, profesionales, cuando iba a cenar de vez en cuando a un restaurante acreditado (normalmente de un colega). Iba a disfrutar de la gastronomía como una de las bellas artes. En su casa prefería platos “normales”: macarrones con chorizo y tomate, filetes de ternera a la plancha o gallo rebozado. Como mucho arroz caldoso. En casa del herrero cuchara de palo. La alta cocina es una experiencia festiva, proseguía; no puedo entender a esos ricachones que contratan a un grupo completo para que les prepare exquisiteces a diario: en eso soy epicúreo, el abuso del placer embota los sentidos (y entendía bien al filósofo griego). También ocurre lo contrario, sentenciaba. Hay gente que no sabe pedir cuando sale a cenar. La carta se les escurre de las manos. No entiendo a los que piden, por ejemplo, solomillo al punto, chuletas de cordero, merluza a la romana, huevos revueltos con setas, lenguado a la plancha, pollo al ajillo y de postre flan. ¡Platos normales y corrientes que podrían preparar en su casa! Unos madrileños como vosotros (nos miraba de reojo) deberían arriesgarse un poco más y pagar por algo que está más allá de sus posibilidades. La imaginación al poder: estofado de lengua de ternera, rabo de toro guisado al vino, callos a la madrileña, perdices en escabeche, pichones en salsa, cocochas al pil pil, bacalao a la portuguesa, caracoles a la borgoñesa o salmón al papillote. Y de postre un strudel de manzana.

Y cambiaba de tercio: para mí el problema de los políticos es que no son profesionales.  

martes, 13 de julio de 2021

C'est la guerre!

 

A lo largo de mis conversaciones con el coronel Abengoa, buen amigo y profesor asociado de historia en la extensión de la UNED de… al que traté durante mis desplazamientos profesionales a un país africano por encargo de la Agencia de Cooperación Internacional, tuve la oportunidad de conocer sus firmes ideas sobre filosofía de la historia. En las prolongadas tardes tropicales, después de la siesta, sentados en los mullidos sillones de piel de la Casa de España, al amor del aire acondicionado, me las fue desgranando al modo de la dialéctica socrática (yo hacía el papel del sofista perdedor).

La primera era que el poder político está subordinado al poder económico, pero ambos, en última instancia, se sustentan en el poder militar. A pesar de tratarse de una evidencia, de una certeza inmediata que, en el fondo todos compartimos sean cuales sean nuestras creencias éticas, políticas, estéticas o teológicas, nos olvidamos de su abrumadora verdad. Me comentaba el coronel que la historia no es una ciencia en sentido riguroso (por supuesto), tampoco la filosofía y mucho menos la filosofía de la historia. Decía que la historia era poliédrica, otra evidencia, que tenía muchas caras puesto que, después de todo, la historia es, a escala humana, la totalidad de lo real. Un aguerrido historicista con galones. Tras pedir el segundo gin-tonic, me permití completar el argumento: hay una historia biográfica como la Historia de mi vida de Giacomo Casanova, las Memorias de ultratumba de François-René de Chateaubriand o Las Memorias de Winston Churchill; o una intrahistoria, como los Episodios Nacionales de Benito Pérez Galdós; o la historia contada desde los grandes dirigentes de la Humanidad, Pericles, César, Carlomagno, Napoleón, Abraham Lincoln… o desde los grandes genios y los descubrimientos cruciales (mi preferido siempre ha sido Alexander Fleming); o la historia desde la economía política, al modo marxista; o desde los “hechos y las fechas”, le tópica lista de los reyes godos, como hace la historia positivista; o una mezcla de todas que recuerda a la miel multifloral. Pero la más convincente, según mi amigo, era la historia militar. Llegados a este punto, dedicamos varias tardes a repasar los principales acontecimientos bélicos que han marcado el devenir de la historia: el probable genocidio de los neandertales a manos de las violentas hordas de cromañones, las Guerras Médicas, las Guerras de Religión, La Revolución Francesa, el Octubre rojo, la inagotable Segunda Guerra Mundial, el atentado contra las Torres Gemelas el 11 de septiembre de 2001. Nos detuvimos porque seguir suponía pedir el tercer gin-tonic y nos gustaba plantarnos.

Al día siguiente, cuando saqué el tema, descartó sin miramientos la pretensión kantiana, expuesta en su obra La paz perpetua, de que “Los Ejércitos permanentes deberán desaparecer por completo con el tiempo”, porque el estado de guerra explícito o implícito, manifiesto o latente es una constante en la cualquier época y civilización. Y la utopía de una confederación planetaria bajo un mando único sólo se da en la saga de La Guerra de las Galaxias o en Star Trek. También en la estupenda novela de ciencia ficción Dune.

Prosiguió el coronel Abengoa: La confrontación violenta es una actividad consustancial al ser humano. Sigmund Freud distinguió dos instintos básicos, Eros o instintos de vida y Tanatos o instintos de muerte. Estos últimos generan pulsiones destructivas hacia el propio sujeto o hacia el exterior. Se ha cuestionado el carácter innato de los instintos tanáticos, que serían más bien adquiridos socialmente; lo cierto es que la agresividad, invocada o no invocada, siempre comparece. Según Rousseau y Abengoa, nacemos perfectos. El único bien, lo único bueno sin condiciones en este mundo es un recién nacido. La verdad absoluta, recuerda Nietzsche, es un niño. Las primeras formas de malestar cultural que imponemos al neonato son tratar de que coma o duerma a ciertas horas. Ambas represiones constituyen el punto cero, el Big Bang, el átomo primigenio de la inexorable guerra. Fascinante.

El coronel recomendaba el libro del historiador británico Ian Morris Guerra ¿Para qué sirve? cuya tesis es que la guerra es la clave principal del progreso humano: que los saltos cualitativos hacia nuevas formas de civilización tienen siempre su origen en la guerra. Eso sin contar que el propio Internet, los avances en navegación marítima y aeronáutica, los ordenadores más potentes y otras tecnologías electrónicas, la inteligencia artificial, la investigación médica se crearon para aumentar la capacidad operativa de los ejércitos. El pacifismo, la interculturalidad o las consideraciones sobre las condiciones de una guerra justa (desde San Agustín a John Rawls) son interpretaciones idealistas, éticas, sobre cómo debería ser el mundo, no sobre cómo es realmente. Discutible, contrataqué: ¿La Guerra Civil española?

Lo cierto, dijo, es que la carrera de armamentos, la carrera por el poder político y económico, solo se ha detenido en los despachos de la diplomacia. Comisiones de burócratas bien pagados (y alimentados) firman acuerdos, resoluciones y tratados de paz que al final son papel mojado. Las grandes potencias fabrican ingenios cada vez más sofisticados: (aviones indetectables, drones de ataque, satélites omniscientes, anti, contra, recontra misiles, robots soldados) y venden los excedentes desmochados al resto del mundo. Sin olvidarnos de las armas biológicas creadas en laboratorios secretos de ingeniería genética. Algunas teorías conspirativas sugieren que la actual pandemia pudiera ser la Tercera guerra mundial. Es cierto que las armas termonucleares han evitado la única madre de todas las batallas, el holocausto y el final de la especie; pero la guerra se ha trasladado a otro escenario: La Red. Por ejemplo, los devastadores ciberataques a sectores estratégicos de un país; asimismo, las agencias nacionales monitorizan, recopilan y procesan infinitos datos para fines de inteligencia y contrainteligencia. O sea, el espionaje a todos los niveles: pero no sólo de las comunicaciones de los líderes o facciones que suponen un peligro real o imaginario para la seguridad del Estado; se ha llegado a intervenir los teléfonos de altos dirigentes de países aliados. Por no hablar del espionaje industrial y financiero. La información es poder; también la desinformación: decía un conocido sociólogo que la nube tóxica es un arma cargada de futuro. Las redes sociales mediante oscuros algoritmos (otra palabra de moda) conocen, orientan y manipulan la opinión pública con fines comerciales y políticos. Brillante.

Regreso a la historia: El único problema que preocupaba seriamente a Luis XIV, el rey absoluto por excelencia, era el control de la información; disponía de una policía secreta implacable, una red de espías que abarcaba todo el territorio, un número de asesores y consejeros desmedido, confidentes, delatores, soplones, chivatos… Aun así, reprochaba a sus ministros que nunca se enteraba de nada interesante. Un friki, como el coronel Abengoa.