Se han dado diferentes
interpretaciones del problema del mal y sus variantes: moral, físico,
psicológico, social, económico… así como de sus parches y remedios.
Cicerón estudió las teorías
filosóficas sobre el bien y el mal en la época helenística en su tratado “Sobre
los límites del bien y del mal”. Agustín de Hipona niega que el mal exista.
Argumentaba que si aceptamos la presencia del mal, hay que asumir que ha sido
creado por Dios, lo cual contradice su bondad infinita. Sólo queda descartarlo.
El mal es una mera ausencia de bien ((privatio boni), es decir, una
carencia ontológica en personas, animales o cosas: carece, por tanto, de
realidad efectiva. (Recuerdo la muerte del encantador niño Alan Michaels de 12
años en la novela Némesis de Philp Roth, fulminado en tres días por la
pandemia de polio del 42). La justificación de la bondad divina frente a la
existencia del mal se repite en la teodicea (etimológicamente justicia de
Dios) de Leibniz. Dios, afirma, ha creado el mejor de los mundos posibles
pero ha dotado al hombre el libre albedrío cuyo uso torcido ocasiona las
mayores desgracias. Voltaire se burló del evidente sofisma en su novela Cándido
o el optimismo mediante una catástrofe natural, el devastador terremoto de
Lisboa de 1755. En fin, La peste de Albert Camus es una inmensa metáfora
del absurdo moral de cualquier religión y su necesario relevo por un humanismo
ateo.
De acuerdo con el sano principio
de proliferación de teorías, deslizo una que me enganchó este verano. La leí en
el National Geographic digital durante una larga tarde de piscina. El
artículo es un ejemplo de la dificultad de establecer un criterio de
demarcación preciso entre la hipótesis científica y la conjetura filosófica,
algo bien sabido por la macro y microfísica contemporánea. Sostiene el autor
que las manifestaciones del mal tienen un origen biológico: provienen de la
inadaptación de la especie humana a las grandes comunidades; no estamos
preparados evolutivamente para fundar poblaciones a escala planetaria
cohesionadas y estables. A lo largo de la historia se ha producido un desajuste
insalvable entre biología y cultura. El hombre es capaz de dar lo mejor de sí
dentro de grupos reducidos, pero se pierde y pervierte en las sociedades
complejas. Estamos dotados genéticamente para transmutar en grupos reducidos
los instintos de conservación, reproducción, gregario y exploratorio en
valiosas virtudes éticas. La veracidad, el desinterés, la compasión, el
altruismo, la tolerancia, el sentido del deber, la generosidad, el
conocimiento, el bien común… sólo brotan en este círculo mágico de
interacciones biosociales. Es más, la sociedad actual es inviable sin el
contrapeso de una red permanente de relaciones primarias: familia, novios,
amantes, amigos reales o virtuales, pandillas, colegas, vecinos de toda la
vida, conocidos de primer nivel y afines en general; es decir, aquellos que
realmente nos importan. No es que los demás no cuenten, aclara el perspicaz
articulista, sino que por naturaleza estamos incapacitados para
ocuparnos éticamente de ellos. Hay un décalage, un desfase entre
ética y genética. En esto consiste la limitación insalvable de la condición
humana. Aunque quisiéramos no podríamos. Fuera del círculo mágico, lo que vale
se desvanece y, lo que es peor, genera sus contrarios: el egoísmo, la
ocultación, la mentira, la crueldad, el poder, la avaricia, la desigualdad. El
desequilibrio entre biología y cultura explica el sinsentido de la relación
entre ética y ciudadanía en la sociedad actual. Los términos morales son puro
nominalismo, a nadie le atañen más que como un medio para exigir derechos y
privilegios, buscar beneficios, engañar al prójimo o perpetrar utilidades;
como mucho sirven para atenuar la confrontación violenta de intereses y el
deseo ilimitado de bienes materiales. El código prevalente es una ética de
circunstancias puntual, egoísta, inconsistente, fundada en un
individualismo sin condiciones.
Inversamente, en las aldeas con
pocos habitantes o demografía declinante el sistema de acción social se basa en
relaciones próximas, personales, empáticas, espontáneas, acordes con las pautas
consolidadas a lo largo de la antropogénesis especialmente por los neandertales
cuyo núcleo grupal eran clanes emparentados de treinta individuos o menos que actuaban cooperativamente para la supervivencia. Si nos centramos en la
prehistoria resulta evidente que fueron las sólidas relaciones primarias entre
homínidos las que hicieron viable la especie. Sin las manifestaciones más
solidarias del instinto de sociabilidad y los firmes hábitos cognitivos hubiera
sido imposible la defensa organizada, la transición de presas a predadores, la
técnica y el lugar dominante del género Homo en la cadena trófica. Biología y
cultura, hominización y humanización, se aunaron en un proceso evolutivo cuyo
resultado más espectacular fue la aparición del lenguaje articulado como
instrumento de superación biocultural.
Precisamente, afirma el autor, el
elogio de la vida rural se basa en “el retorno a la naturaleza”, es decir, al
predominio de las relaciones primarias en grupos reducidos. Los conflictos
surgen o bien por la trasgresión de tales relaciones, por ejemplo: el
adulterio, el abandono de la joven embarazada, la deslealtad con el amigo o la
injuria al vecino; o bien por la influencia perturbadora de las relaciones
utilitarias: la codicia en la herencia, la apropiación indebida de las lindes,
la venta torva de unas reses o la intriga comunal deshonesta. Asimismo, la
antropología social constata que la mayoría de las sociedades primitivas
respetuosas con las pautas primarias de acción donde no prevalece el principio
egoísta de utilidad son culturas con un patrón de vida sostenible.
Aquí el autor extrapola
un caso único, anómalo, de oposición entre relaciones primarias y utilitarias:
el código de la mafia. Por un lado, la exaltación de la familia: todo
por la cosa nuestra; por otro, su participación voraz en la vida pública: los negocios, el poder, el estatus. Los demás son un medio y el
individuo no importa; el que obstaculiza desde dentro o desde fuera lo
paga, aunque en su eliminación no hay nada personal. Un nicho social con reglas
propias: la identidad entre autonomía moral y autonomía legal (pues su palabra
es la ley).
El tiempo de la naturaleza es muy lento y el de la cultura muy rápido. Su contraposición revela los signos visibles de nuestro predecible destino. No es posible una síntesis feliz entre ambas. Antes de que surja una nueva raza, un anuncio luminoso de las ciencias de la vida (acaso el superhombre de Nietzsche), mera utopía literaria, habremos desaparecido de la faz de la tierra o desplazados por la inteligencia de las máquinas. Por ahora es imposible sustituir la democracia representativa por una democracia biosocial fundada en la familia extensa, el matriarcado y la poliandria, concluye el autor del ensayo.






