Utilizamos con
frecuencia el término “inteligencia”. ¿Pero conocemos su significado preciso?
Wittgenstein propone en las Investigaciones filosóficas que el
significado de un término consiste en su uso en el contexto lingüístico
apropiado. Un hablante con una competencia comunicativa normal lo entenderá sin
dificultad. En realidad, no podemos asignar un sentido fijo a un término ya que
varía según el contexto. Y puesto que el lenguaje natural está bien
hecho no debemos violentar el uso correcto que la gramática establece
para cada entorno o situación. Se trata de un criterio de significado de
carácter pragmático. Podemos dedicar un par de horas de una tarde lluviosa
a jugar con los amigos a ver quién es capaz de decir más frases con el
término inteligencia y luego explicarlas. El que vence es el más inteligente.
Pero si aceptamos tal criterio la pregunta es: ¿Cómo debemos
usar el término inteligencia en un contexto científico? En tal
caso la gramática contextual sirve de poco porque hay que definir desde
la nada el significado. El contexto es el marco teórico donde se funda el
término. Una ardua historia de dualismos, potencias del alma y entendimientos
agentes y pacientes que pasamos por alto hasta la edad contemporánea.
A finales del siglo XIX, Francis Galton en su obra El
genio heredado (1869) consideró a la inteligencia una capacidad innata
o “potencia mental” de origen biológico resultado de la herencia genética o
resultado único de la recombinación de genes. Suponía además que uno era listo
o tonto durante toda la vida; su caletre no empeoraría por más que se dedicara
a perder el tiempo en minucias ni mejoraría aunque se entrenara a diario en
abstrusos laberintos. Finalmente, Galton daba por hecho que la inteligencia era
una facultad unitaria, es decir, se manifestaba siempre en cualquier conducta o
situación. Cuesta no ser escéptico: todos demostramos en ocasiones oficio y
maneras, pero en otras, ¡ay! por qué negarlo, bordeamos o estamos fuera de la
normalidad. Podría citar a numerosos políticos cuya inteligencia social es
equivalente a la de la horda de homínidos enfrentados por la hegemonía
territorial.
La escuela multifactorialista norteamericana, encabezada por
Louis L. Thurstone, criticó la concepción unitaria de la inteligencia. Negó la
existencia de un factor general (el controvertido factor G) al que se supeditan
el resto de las capacidades intelectuales. Fragmentó la inteligencia en un
conjunto de habilidades o factores primarios y secundarios relacionados con las
actividades mentales (percepción, memoria, aprendizaje, lenguaje,
razonamiento), lo cual transforma el concepto en un excesivo despliegue
de aptitudes relacionadas con la totalidad del psiquismo. El que mucho
abarca poco aprieta. En los sesenta, J.P. Guilford, afinador de la teoría
multifactorialista, propone un inextricable modelo que incluye ciento veinte
aptitudes distintas que operan de forma específica. Un desparrame imposible de
controlar experimentalmente.
La psicología diferencial, exigente con el rigor matemático,
define la inteligencia “como la escala numérica que miden los test”.
Actualmente hay más de cincuenta test de inteligencia que se utilizan para
determinar el denominado Cociente Intelectual (CI). Se utilizan en los sectores
más diversos: orientación pedagógica, selección de personal, aptitudes para el
deporte, diagnósticos clínicos... El problema es si los test psicométricos
miden sólo la inteligencia o más bien otras variables asociadas: la clase
social del sujeto, los medios de que ha dispuesto para su formación, la
socialización que ha interiorizado, el sistema de interacción que
desempeña o las oportunidades que ha tenido durante su vida… En resumen, los
instrumentos que se utilizan para medir la inteligencia están contaminados por
el estatus y la cultura.
La psicología cognitiva, propensa al fárrago, complica
también el problema y define la inteligencia, a imagen y semejanza de las
computadoras, como “procesamiento simbólico de la información”. La inteligencia
está conformada según este modelo por la interacción (término
que evoca la noche en que todos los gatos son pardos) de elementos
componenciales (recursos intelectuales), experienciales (pensamiento
divergente), contextuales (adaptación y modificación de entorno) y emocionales (control,
motivación y autoconocimiento). ¡Que los zurzan por pelmazos y envolvernos con
tediosos malabarismos verbales!
Terminamos el recorrido con la "teoría de las
inteligencias múltiples" del insigne psicólogo de Harvard Howard
Gardner. Enumera ocho tipos de inteligencia independientes: lingüística,
lógico-matemática, espacial, musical, psicomotriz, intrapersonal, interpersonal
y naturalista. Sin entrar en más detalles sobre este notable proyecto, se
me ocurren otros ocho tipos tan dignos de ser tenidos en cuenta como los
anteriores: lectora, erótica, humorística, pecuniaria, estética, filantrópica,
deportiva y ociosa.
Este aluvión de especulaciones teóricas complican más que
clarifican lo que entendemos por inteligencia. Lo cierto es que no hay una
distancia epistemológica apreciable entre las humanidades y las ciencias humanas
por más que estas últimas traten de convencernos con espesos argumentos
metodológicos de su condición de tales. Es más, sus conjeturas están más cerca
del plomizo ensayo filosófico que de la investigación científica.
Si preguntamos a la inteligencia artificial qué es la
inteligencia natural compone un refrito de las teorías anteriores (se alimenta
de internet) y finaliza: En resumen, la inteligencia es una capacidad
integral que nos permite sobrevivir, interactuar y prosperar en el entorno. Muchos personajes del
ancho mundo se permiten las tres características y no los calificamos de
inteligentes sino de… y aquí caben otros adjetivos más gruesos.
Les
propongo visitar este inabarcable sitio web donde
escritores, filósofos, artistas y científicos, entre otros, ofrecen su
particular e ingeniosa definición de la inteligencia.






