miércoles, 14 de noviembre de 2018

Música en el tiempo


Narran las crónicas en papel de pergamino que el primer aparato de reproducción de sonidos grabados fue el fonógrafo inventado por Thomas Edison a finales del siglo XIX. El aparato no utilizaba discos sino un cilindro giratorio de cera denominado “registro”. Si la curiosidad les puede, infórmense. La Universidad de California ha digitalizado 10.000 canciones grabadas con este sistema. Lo que se puede encontrar en estos registros de finales del siglo XIX y principios del XX son polkas, valses, jazz y arias de ópera, entre otros géneros más ligeros. Cuando Edison presentó al mundo su invento, la primera pieza interpretada fue “Mary had a little lamb ("María tenía un corderito") el 21 de noviembre de 1877. El sonido se parece más al canto de una chicharra que a una balada campestre.
El fonógrafo quedó obsoleto a partir de 1910 con la aparición del gramófono. No soy tan viejo como para haberlo conocido, con su altavoz monoaural, el disco plano a 75 revoluciones por minuto y puesta en marcha con manivela. Como objeto de adorno lo pueden encontrar a precios asequibles en Internet. ¿Recuerdan el logo de la firma discográfica La voz de su amo con el perrito melómano? Nunca he oído un gramófono en vivo y en directo. Eso sí, he escuchado como todo el mundo sus melodías con ruidos de fritura en las escenas de amor de las películas en blanco y negro con beso del galán en el mentón de la chica. Al final solo se oía el sonido de la aguja girar en el vacío hasta que se acababa la cuerda… mientras nos imaginábamos la escena del sofá.
Los primeros reproductores de música que recuerdo fueron los antiguos magnetófonos de bobina abierta que permitían grabar en una cinta plástica todo tipo de sonidos con la ayuda de un micrófono. Se comenzaron a utilizar en los años treinta y se han ido perfeccionando hasta nuestros días. Según dicen, los magnetófonos actuales reproducen con una calidad superior al vinilo. En mi casa había uno de la marca Philips que mis padres allá por los años sesenta utilizaban para grabar música de la radio. Algunas cintas aún  están almacenadas en el baúl de los recuerdos aunque no tengo soporte para escucharlas. Por las etiquetas puedo saber que había grabaciones de copla, zarzuela y algunas piezas sueltas de música clásica. También canciones populares grabadas del programa Peticiones del oyente como El chachachá del tren, A lo loco, a lo loco, Dos gardenias, Se va el caimán, La raspa, Una casita en Canadá, Alma, corazón y vida y Qué será, será… Deduzco que no les interesaba el flamenco ni el jazz ni los géneros pop que estaban surgiendo en esos momentos: rock and roll, rhythm and blues, country y sus intérpretes más sonados: Chuck Berry, Little Richard, Buddy Holly, Jerry Lee Lewis, Fats Domino, Roy Orbison y The Everly Brothers. ROLL OVER BEETHOVEN. Mis vagos recuerdos del magnetofón se asocian a una frondosa maraña de cinta marrón con vida propia surgida de los carretes e imposible de volverla a su estado original… seguido de una bronca monumental y la prohibición terminante de enredar (nunca mejor dicho). La curiosidad mató al gato. Muchos años después me pasó lo mismo con las cintas de las cassettes. Tropezar dos veces en la misma piedra. Al final, tras dos horas de trasteo inútil con el bolígrafo BIC, mano a las tijeras y tajo al nudo gordiano para descubrir el punto exacto en que la razón erró. También asocio el magnetofón a la grabación de mi voz: curioso fenómeno, podía reconocer la voz de los demás pero no la mía. ¡Ese no soy yo decía! Claro que no, respondía mi padre, es una reproducción de tu voz, en versión familiar del conocido cuadro de Magritte, esto no es una pipa.
Después vino el tocadiscos de maleta destinado originalmente a los discos sencillos de vinilo o singles en formato de dieciocho centímetros y un tema en cada cara. Años más tarde nacieron los long play o discos de larga duración de 30,5 centímetros de diámetro y mayor duración (hasta media hora por cara). Se velocidad de reproducción era normalmente de 33 revoluciones por minuto y fueron los herederos de los antiguos fonógrafos a los que aventajaban en calidad de sonido, reproducción eléctrica y control de volumen. Se comercializaron a partir de 1948. Son coetáneos de los magnetófonos de bobina abierta. El primer tocadiscos de maleta lo trajeron los Reyes para toda la familia. Recuerdo especialmente la canción del tamborilero interpretada por Raphael que yo mismo cantaba con un sentimiento que hacía partirse de risa a las visitas Es imposible enumerar la cantidad de discos que rayé con mi tocata a lo largo de mi adolescencia a pesar de que cambiaba religiosamente la aguja de reproducción cada tres meses (nada baratas por cierto). Estaban de moda los conjuntos de cuatro músicos melenudos: bajo, guitarra de punteo, guitarra de acompañamiento y batería. El mundo se dividía en dos: los que preferían a los Beatles o a los Rolling Stones. Yo era de los segundos antes de la muerte de Brian Jones en circunstancias oscuras. A partir de estos dos modelos se multiplicaron los seguidores, imitadores y fotocopias. Fue un vecino y amigo mío, muy metido en la pomada, quien me inició en la adicción a la música electrónica. Tocaba el bajo en un conjunto local, The Boix, que lanzaba andanadas de decibelios los sábados por la noche en una discoteca. Décadas después, compré casi todos los Cds remasterizados de los Beatles a mis hijos cuando estaban en cuarto de la ESO, pero para mi sorpresa absurda los rechazaron de plano. Mi
primer equipo de alta fidelidad lo tuve a los veinte años. Hasta ese momento no había sentido el más mínimo interés por la música clásica o la ópera; tampoco es que lo haya tenido (o lo tenga ahora). Una forma de engañarme con una imagen narcisista en versión cultureta. Estoy empachado hasta del Concierto de Año Nuevo de la Filarmónica de Viena. Me conformo con poner RNE-CLAS como música de fondo para leer, estudiar idiomas, escribir o dormir la siesta. Practico, por tanto, el relajante escuchar desatento cuyo único inconveniente es que te crea un reflejo pauloviano que te impide realizar tales actividades si no pones la radio. Pienso que la mayoría de los melómanos militantes forma parte de la feria de las vanidades. Lo cierto es que con ocasión del equipo estéreo comenzó otra etapa de mi vida, en ningún caso a causa de. Pero esa es otra historia.

sábado, 3 de noviembre de 2018

Deus sive natura



La solución al problema teológico (no religioso, no hablo aquí de creencias basadas en la fe) de la existencia y esencia de Dios que más me ha convencido con bastantes cabezas sobre los demás colocados ha sido la del filósofo holandés de origen sefardí hispano-portugués Baruch Spinoza (1632-1667). Una solución realmente comprometida con la razón y la intención de verdad, al contrario que la apuesta de Pascal sobre la existencia de Dios, ventajista y con aroma de sofisma.
Resumimos su argumentación filosófica: dice Spinoza, dentro de la clásica distinción del pensamiento cartesiano: por sustancia entiendo aquello que es en sí y se concibe por sí; esto es, aquello cuyo concepto, para formarse no precisa del concepto de otra cosa. Es, por tanto, autosuficiente. Con arreglo a esta definición, en sentido estricto existe una sola sustancia: la sustancia infinita, es decir, Dios. Dios, tiene infinitos atributos, de los cuales el hombre sólo puede conocer dos: el pensamiento y la extensión (los principios físico-matemáticos de la materia como principal atributo de la naturaleza). El pensamiento es la manifestación espiritual de Dios. El universo, el cuerpo como parte de la naturaleza, es su manifestación material. Dios no es trascendente sino inmanente al universo y al hombre como partes de Sí mismo. De este modo, pensamiento y materia son sólo dos modos o expresiones cognoscibles de la sustancia infinita. A la pregunta de si la autoconsciencia o razón absoluta es un atributo de Dios, Spinoza diría que no lo podemos saber aunque se manifieste como pensamiento en el hombre. La afirmación “Dios piensa” puede ser una trivialidad (quizás un modo secundario sub especie aeternitatis) o un modo exclusivo del Dios en el hombre. Podemos afirmar que el hombre, un modo de la sustancia infinita, puede pensar a Dios pero nada más…
En tanto que natura naturans, Dios es y da origen a infinitos modos o atributos (natura naturata). Para Spinoza Dios es todo y fuera de él nada existe. Se trata de una teología panteísta. El panteísmo identifica a Dios con la totalidad de lo real. Dios está en todo. Todos los seres del Universo son parte de Dios. El universo, la naturaleza, es una manifestación o despliegue ontológicamente diferenciado de Dios. Estas ideas, incluso en la tolerante Holanda, le valieron la expulsión de la comunidad judía y el destierro así como la censura o prohibición de sus escritos. Al menos no acabó en la hoguera como Giordano Bruno por sostener ideas similares.
Sin embargo, sus escritos y obras permanecieron y fueron apreciadas por una gran cantidad de creyentes y sabios a lo largo de la historia. Una de ellos fue Albert Einstein. El autor de la teoría de la relatividad en algunas entrevistas manifestó su dificultad para contestar a la pregunta de si creía en la existencia de Dios. Si bien no compartía la idea de un Dios personal, providente y finalista manifestó que la razón no es capaz de comprender la totalidad del universo, a pesar de ser capaz de describir matemáticamente la existencia de una armonía y un orden admirables. Cuarenta mil años de evolución del cerebro humano no son suficientes para descifrar un enigma dentro de un misterio que es el universo conocido, surgido de una inimaginable explosión hace catorce mil millones de años; acaso una cáscara de nuez flotando en un océano de infinitos universos paralelos con distintas dimensiones. Quizá podemos especular que inteligencias más antiguas y avanzadas del cosmos profundo alcancen a conocer otros atributos del Dios de Spinoza. Si el artesano pulidor de lentes, profesión a la que se dedicó Spinoza tras su expulsión de la comunidad hebrea, hubiera conocido los telescopios actuales, habría afirmado que la talla de tan potentes instrumentos nos permite vislumbrar pinceladas fugaces del gran retablo de Dios.    
Aunque a menudo se le consideró un ateo convencido, la experiencia religiosa de Albert Einstein estaba más cerca de un sofisticado panteísmo. El ganador del premio Nobel de Física manifestó que la concepción teológica más sugerente era la de Spinoza: un Dios que constituye el todo y se manifiesta a través del mismo. Para Einstein, las leyes naturales, hasta donde conocemos, existen y constituyen un orden irrefutable, necesario y perfecto: Dios no juega a los dados con el universo, sentenció metafóricamente. Como Spinoza, Einstein no dio un paso más. Deus sive natura; Dios o la naturaleza. Esta es la cuestión en la que detiene cualquier afirmación racional sobre el tema, desde Tomás de Aquino hasta la más avanzada física teórica. Incluso la afirmación de otro gran físico Stephen Hawking: El Universo no necesitó ayuda de Dios para existir puede ser interpretada desde una perspectiva panteísta.
Acaso la forma más pura de religiosidad (cambiamos de perspectiva) sea la de aquel que cree firmemente que Dios existe pero que a partir de esta convicción no expresa nada más (ni a nadie) ni interior ni exteriormente porque sabe que Dios no se ocupa del hombre y lo contrario es mera superstición desmentida por el mundo. 
Concluimos esta interpretación del pensamiento e influjo de Spinoza con el maravilloso soneto que le dedicó Jorge Luis Borges.

Las traslúcidas manos del judío
labran en la penumbra los cristales
y la tarde que muere es miedo y frío.
(Las tardes a las tardes son iguales.)

Las manos y el espacio de jacinto
que palidece en el confín del Ghetto
casi no existen para el hombre quieto
que está soñando un claro laberinto.

No lo turba la fama, ese reflejo
de sueños en el sueño de otro espejo,
ni el temeroso amor de las doncellas.

Libre de la metáfora y del mito
labra un arduo cristal: el infinito
mapa de Aquel que es todas Sus estrellas.

domingo, 21 de octubre de 2018

Mitos



Hay que entender el conocimiento humano como un conjunto de etapas o estadios del saber consecutivos desde la prehistoria y coexistentes a lo largo de la historia: las nuevas etapas no suponen la desaparición de las anteriores, simplemente las desplazan como dominantes pudiendo convivir pacíficamente, complementarse o entrar en conflicto. En gran medida, comprender al hombre es comprender su progreso y superposición.Las etapas iniciales del conocimiento son el mito, la magia, la técnica la religión y el arte. Las etapas avanzadas son la filosofía, que nace en Grecia en el siglo VIII a.C.; la ciencia clásica, resultado de la Revolución científica del Renacimiento y la tecnociencia actual que alcanza su posición de paradigma dominante a partir del siglo XX. Es evidente que en la actualidad coexisten con la tecnociencia más avanzada diversas mitologías y prácticas mágicas, por no hablar de innumerables creencias religiosas y creaciones artísticas… Los ejemplos cotidianos son innumerables: algunos leen inquietos su horóscopo o recurren a la medicina alternativa y a los curanderos; a excepción de los “muy manitas” todos llamamos al fontanero, al electricista o al pintor; muchos se casan por la Iglesia y bautizan a sus hijos; otros asisten regularmente a conciertos y exposiciones. O tocan la flauta. A la vez adquirimos conocimientos teóricos en los distintos centros educativos; vamos al médico a que nos haga una resonancia magnética o simplemente utilizamos un teléfono inteligente para charlar por videoconferencia con un amigo que vive en Australia.
También nos fascinan los mitos. En realidad “mito” es un término polisémico, es decir, tiene varios significados: como forma inicial de  saber, como falsa visión del mundo y como mistagogia.    
Como forma inicial del saber, el mito es una narración que explica el origen del mundo, el sentido de la naturaleza y de la vida humana. Para la conciencia mítica original los fenómenos naturales actúan encarnados en fuerzas personificadas: el entorno físico está poblado de espíritus conscientes que deciden de forma arbitraria lo que acaece en la naturaleza. El mito explica también el orden interno y el destino de una comunidad: de la narración se siguen patrones normativos de conducta, rituales, exigencias, prohibiciones y tabúes… Por otra parte, es bien sabido que todas las civilizaciones históricas han tenido sus mitos: Mesopotamia, Egipto, Grecia o Roma. Asimismo, las denominadas culturas sin historia o “pueblos primitivos” mantienen una compleja tradición mitológica que intentan descifrar los antropólogos.   

También el mito es sinónimo de una falsa concepción del mundo. Ya me referí al tema en mi artículo Divagaciones sobre las pseudociencias. Podemos considerar mitologías contemporáneas al “terraplanismo”, “el creacionismo”, “la ufología”, “la criptozoología” o “la parapsicología”, entre otras. Los mitos actuales han derivado hacia relatos mendaces o inexistentes, siempre puntuales y fragmentarios. Se trata, por supuesto, de las llamadas fake news o mentiras intencionales que inventan una visión falaz, en ocasiones inverosímil, pero que a fuerza de ser repetida por los media implicados en construir la patraña o difundidos y comentados en las redes sociales, acaban por conseguir su objetivo (en general político). Aquí incluimos los increíbles videos e imágenes chistosas que circulan por los grupos de WhatsApp a los pocos minutos de suceder “la noticia”. ¿Se trata de un derroche de ingenio circunstancial o de una industria cultural subterránea?

Por último, hay en el hombre de nuestros días una tendencia universal, que probablemente proviene de la antropogénesis, a la creación de mitos personales. A esta atracción irresistible por la mistificación la denominamos “mistagogia”. Manolete, un comentarista deportivo e hincha del atleti, es conocido en la radio como “el mítico”. Sobre todo los jóvenes, incluidos los treintañeros, reparten este término con profusión entre gente que está en la cresta de la ola. Hay mitos de la canción moderna y la música clásica. Elvis o Karajan para los talluditos. Los mitos del fútbol de todas las épocas sobrevuelan el planeta. La lista es tan larga que pueden redactarla ustedes una tarde que se aburran de ver llover detrás de los cristales. Algunos sociólogos han sugerido que el fútbol funciona como sustituto de la religión, con sus santos, sus mártires y su liturgia. ”Porque creemos”, anuncia un mítico entrenador. En realidad, hay mitos de todos los deportes: baloncesto NBA, tenis, golf o atletismo. Más madera. La prensa deportiva, la más leída en papel o digital, es la principal fábrica de mistagogia. ¿Y qué me dicen de los toros? Mitos de las armas, de las ciencias y las letras. Observen que hay poderosas razones para que en nuestro país los políticos no se conviertan en mitos.  

lunes, 8 de octubre de 2018

Sic et non. Bebés a la carta


SIC. Los avances científicos acaban siempre por prevalecer por lo que es inútil oponerse a sus conquistas. La fecundación in vitro a la carta será una práctica universal en el futuro. Permite elegir el sexo y el número, uno o dos (mellizos o gemelos) de los hijos deseados. Nos referimos aquí, lo mismo que en la fecundación in vitro convencional, tanto a parejas potencialmente fértiles (personas que eligen por elegir) como a parejas que no pueden tener hijos o bien porque la mujer ha alcanzado la menopausia o bien porque el varón tiene un bajo recuento o baja movilidad de los espermatozoides, o por otras causas en ambos casos. Actualmente la fecundación in vitro a la carta está prohibida en todos los países europeos pero no en Estados Unidos, entre otros. La Ley de Reproducción Humana española de 2006 solo permite seleccionar el sexo del embrión con fines terapéuticos, es decir, para evitar enfermedades como la hemofilia o la distrofia muscular entre otras muchas. Por otra parte, según los datos de Asociación Nacional de Clínicas de Reproducción Asistida (ANACER), la demanda de bebés a la carta es cada vez mayor.

NON. Los avances científicos pueden tener usos contrarios a la ética. La fecundación a la carta, aducen algunos científicos detractores, es una forma de fertilización artificial cuyas consecuencias no se conocen a fondo. Todavía no se pueden predecir los efectos negativos, físicos y mentales, que pueden aparecer a lo largo de la vida de las personas concebidas mediante este procedimiento no natural, sobre todo en las parejas no fértiles por la edad u otros motivos. Además, a medio y largo plazo es un camino que puede conducir a la generalización de la eugenesia, es decir a la selección genética de los humanos con fines muy diversos: niñas o niños de ojos azules, pelo rubio y de alta estatura. ¿Les suena? Más adelante las técnicas de manipulación genética podrían usarse para fines más inconfesables, abiertamente contrarios a los derechos humanos. Hemos de recordar una vez más la utopía negativa de Aldous Huxley, un mundo feliz.

SIC. Los tratamientos a la carta no son baratos, en torno a treinta mil dólares, aunque no suponen un desembolso desorbitado para una decisión de tal trascendencia. Es, más o menos, el precio de los coches que habitualmente adquiere la clase media. El principal inconveniente es que tienes que viajar fuera de Europa (Estados Unidos, México, Panamá, Chipre, República Checa, Tailandia, Nigeria o Jordania) con los abultados gastos que esto supone. Las clínicas europeas de reproducción asistida han tomado todo tipo de iniciativas para legalizar esta práctica que, dicho sea de paso, les supondría un negocio redondo.

NON. La mayoría de las clases populares quedarían excluidas del procedimiento. Lo que no dicen las clínicas es que no siempre el tratamiento termina con éxito. Las actuales técnicas de diagnóstico genético preimplantacional (DGP) para la fecundación in vitro (en general) no son exactas en la predicción de la viabilidad del proceso, sobre todo en los casos más problemáticos. Hay parejas que tienen que repetirlo varias veces sin que la clínica se comprometa a un final feliz ni a un precio cerrado en caso de fracaso. Cada vez que se repite el intento hay que pagar una cantidad igual a la inicial.

SIC. Las clínicas de reproducción asistida a la carta (como las convencionales) disponen de un banco de óvulos y espermatozoides procedente de donantes anónimos a disposición de las parejas no fértiles para que puedan elegir la modalidad de filiación que deseen.

NON. No existe un control normativo sobre los donantes. En España una misma persona puede donar óvulos o esperma hasta seis veces en una misma clínica. Multiplicado por el número de clínicas que hay en cada gran ciudad el número se dispara. Podría darse el caso de dos familias del mismo inmueble o barrio (aunque sería raro, por supuesto) que tuvieran hijos a la carta hermanos de padre o madre o de ambos. Más oscuridad. 

SIC. Rechazar esta técnica se basa en prejuicios ideológicos, seudomorales o religiosos: se ha considerado secularmente que los padres deben siempre aceptar a los hijos tal y como sean y vengan porque es “lo natural”. Lo contrario es seleccionar embriones por caprichos personales sin “razones científicas” o como mínimo inciertas. La misión de las clínicas in vitro es que las parejas con problemas de fertilidad tengan hijos sin más. Pero esto tiene más que ver con una actitud tradicional y obsoleta que con argumentos racionales.

NON. La elección  de sexo en la fecundación a la carta pueda alterar la proporción de varones y hembras. Puesto que la mayoría de las culturas tienen una organización familiar patriarcal (posición predominante o empoderamiento del esposo frente a la esposa) y patrilineal (la herencia en sus distintas modalidades se origina en la línea paterna: los hijos heredan del padre el apellido, los bienes, los títulos o la nacionalidad), o sea, culturas machistas, la tendencia podría ser discriminatoria a favor de los varones, lo cual a medio plazo podría desequilibrar la población y ser perjudicial para la sociedad; podría implicar, en el peor de los casos, medidas totalitarias de control de la natalidad para “corregir las variaciones demográficas disfuncionales”.

SIC
Se trata exclusivamente de un ejercicio de libertad compartida que la ley debe proteger y garantizar.

NON. Algunos especialistas en fecundación in vitro han advertido sobre el perfil de los padres que requieren este procedimiento: mayores de cuarenta y dos años o más jóvenes pero con un amplio historial de abortos o patologías graves. Con frecuencia el resultado es el nacimiento de bebés prematuros, con enfermedades congénitas o síndromes genéticos. El caso más flagrante, ampliamente comentado, es el de una mujer que padecía un cáncer avanzado con una esperanza de vida de tres años que se empeñó en tener un hijo antes de morir. Además, todo tiene su edad: parejas en edad madura tendrían por sí mismas muchas dificultades para atender bien a sus hijos. Es conocido el caso de unos padres italianos que han perdido judicialmente la patria potestad por denuncias vecinales por desatención manifiesta y continua. ¡Pobres niños! 

SIC. Pueden recurrir con todos los derechos a esta técnica (sea convencional o a la carta) las parejas de lesbianas.

NON. No se conoce bien la adecuación de los roles maternos y paternos en la crianza del bebé en las parejas de lesbianas y aún menos en las sucesivas etapas de la evolución del niño al adulto. 

sábado, 8 de septiembre de 2018

Deber y felicidad



Hace años en este blog me referí a la primera triada (y clave de bóveda) de la filosofía kantiana: los tres sujetos kantianos, a saber, el sujeto empírico o psicológico, el sujeto lógico o trascendental y el sujeto metafísico o alma. Tres en uno, como el lubricante que todo lo arregla o el misterio de la trinidad divina. Una construcción especulativa magistral. Con razón afirmaba Borges que la filosofía es una rama inestimable de la literatura fantástica, tanto en su consideración sistemática (Leibniz, Berkeley, Spinoza o el mismo Kant) como en su versión fragmentaria, es decir, en forma de fuente de problemas (el doble, el tiempo, la memoria, el azar, la identidad personal) que son aprovechados ávidamente por todos los géneros literarios.
Ahora quiero referirme a la segunda de las triadas kantianas que sustentan su filosofía práctica y dan lugar a otro notable ejercicio especulativo y, sobre todo, a una fuente ilimitada de sinergias literarias y cinematográficas: los tres imperativos morales que dirigen nuestra acción.

- Contrarios al deber (“Engaño a mi esposa con otras porque me apetece divertirme y sólo se vive una vez”). Son normas propias de las éticas materiales (por ejemplo, el hedonismo).

- Conformes al deber (“No engaño a mi esposa con otras porque puede divorciarse y perjudicar a mis hijos, a mi consideración social y a mi trabajo”). Son normas propias de las éticas materiales (por ejemplo, el utilitarismo).

- Por sentido del deber (“Soy siempre fiel y leal con mi esposa porque como persona casada es mi obligación sin más”). Son propias de una ética formal.

En este último caso, cuando se actúa por imperativos de “deber puros”, la voluntad se somete a una ley moral (universal y necesaria) no por placer o utilidad u otros motivos relacionados con la felicidad, sino por acuerdo con su propia ley dictada exclusivamente por el sentido del deber. Según Kant, solamente estos imperativos tienen valor o mérito moral absoluto.
Una voluntad que actúa por puro sentido del deber orienta sus acciones mediante imperativos categóricos, cuya fórmula más general es: “Se debe hacer X siempre y sin condiciones”. Con palabras de Kant: obra según una máxima tal que puedas querer al mismo tiempo que se convierta en una ley universal. Ahora bien, el propio Kant advirtió del carácter imposible (o no verificable) de estos imperativos.

En cambio, el único problema que no necesita solución es, sin duda alguna el de cómo sea posible el imperativo de la moralidad {categórico}, porque este no es hipotético y, por lo tanto, la necesidad representada objetivamente no puede asentarse en ninguna suposición previa, como en los imperativos categóricos. Sólo que no debe perderse de vista que no existe ejemplo alguno y, por lo tanto, manera alguna de decidir empíricamente si hay semejante imperativo {categórico}; es preciso recelar siempre de que todos los que parecen categóricos puedan ser ocultamente hipotéticos. Así, por ejemplo, cuando se dice: "no debes prometer falsamente", y se admite que la necesidad de tal omisión no es un mero consejo encaminado a evitar un mal mayor, como sería si dijese: "no debes prometer falsamente, no vayas a perder tu crédito al ser descubierto", sino que se afirma que una acción de esta especie tiene que considerarse como mala en sí misma, entonces es categórico el imperativo de la prohibición. Pero no se puede en ningún ejemplo mostrar con seguridad que la voluntad aquí se determina sin ningún otro motor y sólo por la ley, aunque así lo parezca; pues siempre es posible que en secreto tenga influjo sobre la voluntad el temor de la vergüenza o acaso también el recelo oscuro de otros peligros. ¿Quién puede demostrar la no existencia de una causa, por la experiencia, cuando esta no nos enseña nada más sino que no percibimos la tal causa? De esta causa, empero, el llamado imperativo moral, que aparece como tal imperativo categórico e incondicionado, no sería en realidad sino un precepto pragmático, que nos hace atender a nuestro provecho y nos enseña solamente a tenerlo en cuenta.
KANT, Crítica de la razón práctica.

No se puede contar mejor. O dicho con palabras de un ilustre kantiano español, Manuel García Morente:

Si el hombre pudiera por los medios que sea, de la educación de la pedagogía, o como fuera, purificar cada vez más su voluntad en el sentido de que esa voluntad pura y libre dependa solo de la ley moral; si el hombre va poniéndose  cada vez más, sujetando y dominando la voluntad psicológica y empíricamente determinada; al cabo de esta tarea tendríamos realizado un ideal; tendríamos un ideal cumplido. Se habría cumplido el ideal de lo que Kant llama la santidad. Llama Kant santo, a un hombre que ha dominado por completo, aquí, en la experiencia, toda determinación moral oriunda de los fenómenos concretos, físicos o psicológicos para sujetarlos a la ley moral.

Lo cierto es que no deja de ser un ideal y que la santidad es una condición transmundana por lo que tales imperativos no están al alcance del ser humano. El propio Jesucristo en tanto que hombre se entrega al sacrificio de la cruz por obediencia a Dios, su padre, tal y como aparece en el episodio evangélico de la oración en el Huerto de los Olivos: Padre, si quieres, aparta de mí ese cáliz. Pero que no se haga mi voluntad, sino la tuya. Los frailes o monjas de clausura llevan una vida entera de sacrificio y oración porque esperan obtener la salvación eterna. Es el mismo caso de los mártires por la fe en el primitivo cristianismo: más allá del dolor está el goce en la contemplación de Dios. Los participantes en una ONG humanitaria y, con frecuencia peligrosa, como Médicos sin Fronteras o los antiguos misioneros que arriesgaban sus vidas en tierras lejanas por predicar la fe cristiana, actúan así porque les realiza, les gusta o les salva. Los testigos de Jehová consideran que es un imperativo de deber no transfundir sangre a sus fieles aunque peligre la vida del paciente… porque lo dice su forma de entender la religión.
La moralidad no puede traspasar el amplio círculo de las normas contra o conforme al deber. Por consiguiente, actuamos siempre mediante imperativos hipotéticos, o sea, normas limitadas, sometidas a una condición que las hace válidas. Su forma general sería: “Si quieres conseguir Y, debes hacer X”. El deber existe en toda acción moral, como afirma la forma de ambos imperativos, pero siempre podemos rastrear en los categóricos la condición manifiesta o latente próxima o lejana, expresa u oculta de la felicidad, la utilidad, el placer, la paz interior, la salvación, el conocimiento, la autorrealización, el interés o el beneficio, la riqueza, el poder o la fama que los determina en última instancia. En mi opinión, con la definición de una voluntad pura, Kant no pretende tanto mostrar cómo debe ser el hombre sino cómo es realmente y preparar el tránsito de la ética  la religión.
Analicemos algunos ejemplos peliagudos. Imperativos categóricos como “Se debe respetar la vida humana siempre”, “No se debe mentir nunca” o “Hay que respetar sin excepciones las opiniones de los demás” tienen evidentes excepciones: es moralmente legítima la defensa propia, sin entrar en los supuestos morales y legales de la interrupción artificial del embarazo, la guerra justa o no poner en peligro la vida de la madre en el parto; igualmente, parece conforme al deber dar información tranquilizadora (aunque falsa) a enfermos terminales o proporcionar datos falsos a un grupo terrorista o a un ciberdelincuente; también es una obligación moral rechazar opiniones racistas, ideas delirantes sobre el hombre o teorías y prácticas anticientíficas… No todas las opiniones, ideas o ideologías son respetables. Por tanto, no son leyes morales universales y necesarias. Si aun así se insiste en su universalidad, automáticamente se convierten en normas contrarias al deber. Otro caso: la conducta única del héroe que en un acto supremo entrega su vida para salvar la de sus semejantes, es encomiable en grado sumo pero no universalizable. Normas, asimismo, “Hay que vengar siempre las ofensas recibidas” o “Se debe buscar el beneficio propio sin condiciones” no son generalizables al hacer imposible la vida social, nos harían volver a un descontrolado estado de naturaleza incompatible con la sociedad civil.  
Aparece con una notoria frecuencia en las noticias que un probo ciudadano ha devuelto un maletín extraviado con un montón de euros en efectivo o un talón al portador por una suma importante extraviado en el banco de un parque o un anillo de brillantes perdido en el ascensor. En realidad, esa excelente persona ha actuado por sentido del deber pero no puro sino condicionado. Ha actuado conforme al deber: por ejemplo porque no podría dormir ni vivir en paz consigo mismo si se quedara con el dinero o la joya. O porque su esposa o sus hijos lo va a censurar y considerar poco menos que un delincuente. O porque intuye que antes o después se va a descubrir el pastel y puede tener problemas con la justicia. ¿Cuánto hay en su decisión de deber y cuánto de motivos empíricos? ¿Mitad y mitad? No lo creo. Si deber y felicidad fuera las coordenadas cartesianas de la acción moral resultaría sorprendente la ecuación final de nuestras decisiones. Deber y felicidad transitan por separado aunque pueden a veces encontrarse de manera más o menos confusa, hipócrita o  disimulada. El ser humano es lo que es por lo que no puede superar los amplios límites (eso sí) de la estructura felicitaria de la moral. La síntesis perfecta entre virtud y felicidad solo puede alcanzarse fuera del mundo. De ahí la tercera triada kantiana: los tres postulados de la razón práctica (la libertad de la voluntad, la inmortalidad del alma y la existencia de Dios) y el consiguiente tránsito de la moral a la religión: Pero esto ya es otro tema.

lunes, 13 de agosto de 2018

Robótica y sexo


Océanos de tinta se han vertido sobre Internet y la realidad virtual, Telépolis, la galaxia digital o “el cuarto mundo de Popper” hasta el punto de que esa realidad paralela cobra cada vez más relevancia en todos los ámbitos del ser (la expresión realidad objetiva ha llegado a tornarse equívoca). El dinero y la prensa ambos de papel tienen los días contados. La banca digital y el comercio electrónico están cada vez más extendidos. La telemática educativa, médica y el teletrabajo son recursos (¿avances?) irreversibles. Los grupos, reuniones y congresos alrededor del plasma sustituyen en muchos casos a los costosos viajes internacionales (¡tres hurras por el ahorro público y privado!). En la actualidad las guerras entre las grandes potencias se libran en Telépolis. Eso incluye el control masivo de datos, la piratería informática, el espionaje industrial, el rastreo de información privilegiada o el uso masivo de las redes sociales para difundir informaciones teledirigidas con muy diversos fines, por ejemplo, políticos o económicos: es el caso de las fake news… 
¿Y qué me cuentan de la robótica, heredera directa de la cibernética? La "ciencia cognitiva" imaginó a finales del siglo XX un modelo del hombre basado en la analogía con la computadora. La mente es una computadora de propósito universal y la actividad mental procesamiento de la información. Como metáfora no está mal. El cerebro es el hardware o soporte físico de la mente y los procesos cognitivos el software o soporte lógico.  En este punto proliferaron las teorías alternativas que se fueron desinflando: monistas, cognitivistas, conexionistas, etc. Cuanto más sugerentes menos contrastadas. El cerebro, el órgano del conocimiento, es tan complejo que no se conoce a sí mismo. 
Posteriormente la neurociencia y la inteligencia artificial empezaron a interesarse por máquinas no mecánicas que simulan la conducta humana, es decir, cerebros electrónicos. O sea, menos rollo teórico y más inventos prácticos. Mientras que la computadora es una máquina no consciente (solo el ser humano puede afirmar “pienso, luego existo”) dotada de un soporte o equipamiento electrónico, el ser humano es, en el fondo, un autómata consciente (tiene estados mentales o de consciencia) dotado de un sofisticado equipamiento biológico. Si los ingenieros del futuro pudieran construir una máquina con un equipamiento electrónico capaz de reproducir funciones psicológicas, tendría estados mentales equivalentes a los humanos, incluidos la autoconciencia, el lenguaje, el pensamiento abstracto y los sentimientos... 
Legiones de especialistas trabajan en ello a todo trapo porque las posibilidades de transformar el mundo, no sabemos en qué dirección, dependen en gran medida de esta tecnología de la conducta. (Nos vamos a quedar todos en la calle). Estamos hablando de la tercera revolución industrial a escala planetaria. 
No hace mucho, la prensa nos presentó en primera plana a Sophia la robot más avanzada del mundo. La novela y el cine de anticipación han poblado nuestras neuronas de humanoides serviciales, replicantes imposibles de distinguir de los humanos, androides superdotados y almas de metal rebeldes. Por cierto, no se pierdan la estupenda película Ex maquina. Por supuesto, estamos de vuelta de Matrix, de la súper divertida Desafío total o de la original Robocop. Pero Sophia es de verdad. Recogemos una información reciente de la Agencia EFE.

Sophia, la robot humanoide más avanzada del mundo, creada por Hanson Robotics, ha intervenido hoy ante los alumnos de la Universidad Pública de Navarra, donde ha contestado a numerosas preguntas y, sobre todo, ha formulado muchas de ellas a su entrevistador, Joaquín Sevilla. La robot, que en un principio fue diseñada para trabajar con personas mayores en residencias de ancianos, tiene capacidad de hablar, interactuar y acompañar su discurso con expresiones y movimientos faciales de manera similar a los humanos. (…) Tiene además su propia página web y perfil en las redes sociales. La humanoide, ha comentado Joaquín Sevilla a Efe, es "espectacular", porque "está pensada para interaccionar con las personas de una manera natural, mantener una conversación, y eso es muy sorprendente".
Imaginen la industria sexual que se avecina. Eso sí que va a ser un mercado seguro, próspero y estable. Me estaba acordando de la chifladura de las muñecas hinchables. A no ser que te lo montes como Michel Piccoli en la película de Luis Berlanga Tamaño natural y estés dispuesto a dar la vida por tu juguete secreto, la cosa carece de interés erótico (creo yo). Nada que tenga que ver con los sofisticados robots que se preparan en los grandes centros de inteligencia artificial. Todo para la señora, todo para el caballero. Casi todo para cualquier elección sexual. Preferencias de cualquier tipo, estimulación científica de zonas erógenas, placeres del uno al diez, programas informáticos que emulan cambios de decorado y personalidad como en el cine porno. Se acabó la monótona monogamia. La imaginación al poder. Juegos para todas las edades y condición. En el fondo una profunda revolución sexual. Preguntas aviesas: ¿Le pone los cuernos al marido la esposa que se compra el ingenio en cuestión? ¿Peligra la profesión más antigua del mundo? ¿Se escindirá todavía más la sexualidad del amor? Las posibilidades son impensables. Al principio serán robots muy caros, como las teles de alta definición. Luego bajarán los precios, se harán populares, aunque las cortesanas de lujo, las sophias sexy, estarán solo al alcance de ricachos disfrutones. Habrá condenas “morales” unánimes y manifiestos a favor de la libertad sexual. En resumen, el onanismo como una de las bellas artes… No me explico cómo Celia Blanco no le ha dedicado un artículo en Contigo dentro. También la ciencia médica se verá afectada. Los cardiólogos y psiquiatras se van a hacer de oro. 

lunes, 23 de julio de 2018

Narcisismo futbolero



Los aficionados silban a Cristiano Ronaldo en los estadios, en general cae mal, incluso a muchos madridistas (ahora con más motivo) porque es un personaje narcisista dentro y fuera del campo; mientras que, por ejemplo, Messi se limita a jugar al fútbol y sobrellevar la pesada carga de la vida privada de los famosos sin alardes musculosos, novias de pasarela o fiestas babilónicas (lo que los une es que ambos tienen serios problemas con el fisco). En la última final de la Champions se empeñó en ser el centro de todas las miradas y dejar en segundo plano a la orejona. En ese momento terminó con el Madrid. Se tacharon mutuamente.
Para no estar triste necesita verse bien, tener una imagen positiva de sí mismo, a través del balón de oro, la afición, la prensa, Florentino, el entrenador, el vestuario, el árbitro, los rivales o el ministro de Hacienda. Si el espejo le dice que no es el más bello deja de ser Cristiano y se convierte en la madrastra cabreada: me tienen envidia porque soy guapo y rico. Puyazo a Blancanieves. Un equipo como el Real Madrid ha tolerado durante años sus desplantes toreros por su rendimiento en el campo y los beneficios en caja. Pero todo tiene un límite, sobre todo a cierta edad: ni le han duplicado la ficha ni le han pagado las deudas con Hacienda. Puerta por una fortuna. Sería curioso saber qué relación tiene el final de esta historia de amor y desencuentro con la escapada de Zidane.
Pero el narcisismo al que me refiero ahora está relacionado con el fútbol pero en las antípodas del mundo de Cristiano. El colegio donde estudiaron la ESO y el Bachillerato mis hijos competía en varias categorías: alevines, benjamines, cadetes, juveniles, etc. Apunté a mi hijo en la categoría de alevines, entre 11 y doce años si mal no recuerdo. Los padres acompañábamos a los niños a la zona de Madrid donde les tocaba jugar de visitante, con riesgo de patadón y pedrada en ciertos barrios, o al patio del cole si lo hacían de local. Vista la cosa en sí, sin contaminaciones narcisistas, se trataba de divertirse los domingos por la mañana, aprender a formar un grupo de amigos comprometidos con la causa, hacer ejercicio dos tardes a la semana en los entrenamientos que dirigía uno de los profes de educación física y comprender los valores básicos del deporte, entre otros, saber ganar y perder; en el libro que me bajé de Internet había un montón más: crear sinergias positivas sobre organización y superación, sincronización entre la mente y el cuerpo, evaluación de decisiones... Chorradas. Si en el fútbol profesional es misión imposible, creía, inocente inocente, que era posible en el fútbol de alevines. 
Lo que me encontré fue un mundo al revés, la realidad puesta cabeza abajo, como decía Marx de Hegel. Algunos padres creían que sus hijos eran los magos del balón, que el equipo debía ganar sí o sí, y si se perdía el partido cargaban contra los culpables: los compañeros, el entrenador, el árbitro y, en última instancia, la dirección del colegio. ¡Vaya imagen hemos dado! Durante el partido presionaban a sus hijos de modo intolerable. Se veían a sí mismos en el espejo de sus hijos, los cuales en vez de disfrutar al aire libre sufrían el delirio paterno. Fueron los mismos padres que se enfrentaron al entrenador por hacer rotaciones durante los partidos para que el banquillo al completo pudiera jugar; obviamente había mejores y peores con el cuero en el pasto, como decía el gran Alfredo Di Stéfano; llegaron a amenazarlo con partirle la cara si no planteaba el partido y las alineaciones (sobre todo) como ellos querían. Fue vergonzoso. No sé cómo aguantó. Recuerdo especialmente a uno de los padres que se pasó la primera parte increpando groseramente al árbitro que había expulsado a su hijo por pisar la cabeza de un contrario delante de sus narices después de tirarlo por detrás. Todos sabíamos que el niño se las traía. Se aprende lo bueno y lo malo. Harto, el árbitro paró el partido y amenazó con suspenderlo si seguían los insultos. Jugábamos en el campo del Canal de Isabel II. Siguió la bronca con los padres del rival. Un gachó de arma y cuchillo plantó cara al discrepante: ¡Deja de joder o vamos a tenerla! Llamé a mi hijo que chupaba banquillo y discretamente nos largamos. A lo lejos vimos como un coche de la policía con luces y sirena ponía rumbo al Canal. El encargado de campo, experto en estas lides, hacía rato que se había percatado del follón en ciernes. El árbitro salió escoltado, me enteré después.
Al domingo siguiente más de lo mismo. No sabíamos dónde meternos. La cosa fue a más: pasaron de chillar a sus hijos a criticar alto y claro a los nuestros. Gordo, lento, torpón… El colmo. Y ahí fue cuando, por desagradable que fuera, tomamos cartas en el asunto. Pedimos una reunión con el director del centro al que le expusimos con detalle, con la confirmación del entrenador, el mal ambiente que rodeaba al equipo cada fin de semana. El director convocó a los padres implicados en los “incidentes” y primero les rogó que cesaran de inmediato. Ni caso. Después les advirtió que si se repetían, sus hijos serían apartados del equipo (eso sí, en voz pasiva porque dos eran miembros del Consejo Escolar y votaban). Como estábamos a final de temporada (quedaban cuatro jornadas) todo transcurrió en una tensa normalidad donde unos padres no les dirigían la palabra a los otros y se mascullaban maldiciones por lo bajo. Los chicos eran tristemente conscientes de lo que se cocía entre bambalinas. Como el fútbol (y cualquier deporte) es un estado de ánimo perdimos un partido tras otro hasta quedar en la parte baja de la tabla, lo que no le hizo ninguna gracia al director, acostumbrado, dijo, a que el centro diera otra imagen en la clasificación. De nuevo el narcisismo dirigía los acontecimientos. El entrenador dimitió y lo dimitieron de su puesto de trabajo.  
La solución salomónica fue crear dos equipos A y B (la normativa de alevines lo permitía: más equipos, más fichas, más dinero) para jugar en la misma liga escolar en función de “la calidad de cada plantilla”. El nuevo entrenador hizo la selección y distribución, seguramente aconsejado por quienes hubieran debido guardar un silencio culpable. Qué casualidad que sus retoños se quedaran sin excepción en el primer equipo. Los padres e hijos del B se indignaron, al conocer el desdoble perpetrado por las altas instancias. Desde estas se les explicó que obedecía solo a razones técnicas y que las oportunidades de jugar quedaban abiertas a todos. Falso porque algunos fueron desviados forzosamente al balón-volea. Asimismo, los jugadores del B tenían la opción de subir al A por méritos propios. Hubo desbandada en los “malos”. Los chicos excluidos lloraban sin consuelo. Otros padres y otros hijos ajenos, entraron. El mío decidió jugar un año más en el B. Cuando acabó la temporada, eligió otro deporte fuera del colegio, el tenis, y si te he visto no me acuerdo. Ahora juega en una liga futbolera de cuarta. Cuando vuelve del partido sólo le pregunto si sigue entero.