Xenocentrismo es lo opuesto a etnocentrismo. Propone que la cultura de
origen es inferior a otra u otras culturas. Por lo tanto, es preciso importar y
reajustar las propias normas y rasgos culturales a los ajenos. El principal
peligro del xenocentrismo es la anomia o desarraigo cultural, es decir, el
desconocimiento, la marginación e incluso el rechazo abierto de nuestra propia
cultura.
El xenocentrismo ha propiciado la adopción de complejos culturales extraños
como “la comida rápida”, ciertos gustos musicales, la ropa, las jergas
juveniles y de empresa o el culto a las marcas y tecnologías extranjeras. Otro
aspecto del xenocentrismo consiste en la adopción de festividades distintas a
las tradiciones autóctonas, por ejemplo Halloween, el Black Friday o Papá Noel
que coexisten pacíficamente, incluso se solapan, con las nacionales del Día de
Todos los Santos, las rebajas de Enero o los Reyes Magos.
Halloween, literalmente “Víspera de todos los santos” (del inglés antiguo All
Hallows' Eve), es una conmemoración que se celebra cada 31 de octubre en
muchos países europeos, Japón, Canadá y sobre todo en
Estados Unidos. Independientemente de sus remotos
orígenes religiosos o paganos o ambos en las tradiciones celtas, irlandesas o
escocesas, Halloween es actualmente una fiesta norteamericana. Según parece
fueron los inmigrantes irlandeses quienes la estibaron en sus barcos en el
siglo XIX para difundirse después a otros países a finales del siglo XX y
principios del XXI. En nuestro país se ha impuesto y desplazado a nuestro
Día de Todos los Santos por una serie de motivos sociológicos.
El primero es que en nuestra tradición forma parte de la liturgia de la
Iglesia Católica. Se trata de una solemnidad, es decir, de una celebración de
primer orden para la fe. Lo cierto es que una parte importante de la población
no es católica practicante por lo que no se identifica ni participa del
espíritu religioso de tan señalada fecha. Un espíritu unido en la mentalidad
popular al recuerdo de la muerte o memento mori, la memoria fúnebre de
los seres queridos y la visita a los camposantos, lugar de homenaje pero
también de dolor renovado. El problema es que la religión se toma la muerte muy
en serio porque su razón de ser es atenuar la angustia de la nada eterna mediante
la esperanza de un más allá trascendente, de la inmortalidad como remedio al
sinsentido de la fugacidad de una vida que al final siempre nos rompe el
corazón. La religión no es el opio del pueblo sino del existenciario
heideggeriano “ser para la muerte”. Convengamos en que no resultaría divertido
llevar a los niños al cementerio para contarles tras una lápida cómo eran sus
abuelos. Algunos ni siquiera los conocieron, otros se llenarán de congoja y,
por suerte, unos pocos se harán preguntas que todavía no debieran hacerse.
En sus orígenes Halloween se relaciona con el
animismo, es decir, con los seres sobrenaturales, la danza de los espíritus o
los fantasmas del trasmundo que se hacen visibles a los mortales. También
hereda los estilemas de la literatura gótica:
atmósferas lúgubres, sentimientos de terror y el presagio de un pasado
misterioso que se cierne sobre el presente. Actualmente es una fiesta laica
que busca más bien lo contrario: burlarse de la muerte, mostrar con humor su
olvido, trasladarla del camposanto a la calle. A los niños les encanta
disfrazarse de esqueletos, vampiros, brujas, fantasmas, zombis, demonios y toda
la imaginería macabra que los grandes almacenes ponen a su disposición. La
víspera, los colegios les invitan a asistir disfrazados para bailar, cantar y
reírse abrazados en el patio del recreo. Muchos van de pirata, bombero,
camiseta del atleti o pastorcillo; o de nada, ¡qué más da! También hay cretinos
que quieren dar la nota, como la multimillonaria estadounidense Martha Stewart
que se disfrazó de "persona sin hogar". Este año la
modelo alemana Heidi Klum ha revalidado su título de “reina de Halloween”
disfrazada de una gigantesca mano izquierda réplica de la suya de
dos metros de altura recién amputada y ensangrentada. Tardó casi seis horas en
ponérsela...
Al caer la tarde los grupos de niños acompañados de sus padres en segundo
plano, también disfrazados de madrastra malvada o de caballero del Santo
Sepulcro, se desplazan de puerta en puerta para pedir golosinas (treat)
o en caso contrario amenazan con hacer una travesura (trick). En los
barrios más civilizados los vecinos hacen una lista de los hogares donde serán
bien recibidos, algunos decorados con puertas cargadas de telarañas, calaveras,
calabazas siniestras y escobas voladoras. Cuando se abre el abismo aparecen
Frankenstein y su pálida novia envueltos en una música siniestra cargados de
caramelos. La lista de domicilios previene timbrazos inesperados, puertas en
las narices o buenas gentes que lo único que pueden ofrecer a las pequeñas
criaturas de la noche es una lata de sardinas o unas albóndigas congeladas.
Otra razón del éxito definitivo de Halloween es que es un próspero negocio.
Solo en Estados Unidos, el consumo asociado a esta festividad supera los 8.000
millones de dólares anuales. Además de los disfraces, el mercado del miedo
incluye repostería temática, decoración en comercios y hogares, fiestas en
discotecas y todo tipo de accesorios de ultratumba, incluidas publicaciones con
espeluznantes cuentos del más allá para niños (posiblemente redactados con
Inteligencia Artificial dada la caducidad del género). Por no abrumarlos pueden
consultar los treinta productos más vendidos en 2026 en una clásica web del ramo.
P.D. A partir del Viernes 27 de Noviembre, día del comienzo del Black Friday, pueden comprar todo lo que no necesitan a precios increíblemente rebajados. No se lo pierdan.






