sábado, 11 de septiembre de 2021

Ecologismo y ecología

 

Ecologismo, feminismo, pacifismo… Hay términos cuyo significado intuimos de inmediato, sin mediar razones, aunque sabemos que, al concretarlo, al intentar que su contenido crezca y captar su concepto, el aura se desvanece como una nube de verano (y el interés decae). Es evidente que son conceptos polisémicos, que se dicen de muchas formas en situaciones distintas y distantes y que los significados que les asignamos son analógicos, es decir, se basan en vínculos de semejanza entre elementos muy dispares. El uso de tales términos (su gramática contextual) se parece más a los juegos del lenguaje del Segundo Wittgenstein que a la exposición de unos planteamientos sólidos.

Si nos centramos en el primero, hay que separar, de entrada, la ecología como ciencia y el ecologismo como movimiento ideológico y después explicar la relación entre ambos. La ecología es una ciencia empírica, una rama de la biología que estudia los ecosistemas, es decir las relaciones de los diferentes seres vivos entre sí y las interacciones con su medio ambiente. Como toda ciencia básica, la ecología es, a la vez, una ciencia aplicada, una tecnociencia. Y este es el punto donde convergen ecología y ecologismo.

José Miguel Mulet, catedrático de Biotecnología en la Universidad Politécnica de Valencia, ha publicado un libro titulado Ecologismo real. Todo lo que la ciencia dice que puedes hacer para conservar el planeta y los ecologistas no te dirán nunca. “Hablo de ecologismo con base científica. Ese es el ecologismo real”, sostiene el catedrático. El ecologismo no científico, basado más en proclamas que en ciencia, es, sin embargo, “el que se ha apropiado de la etiqueta”. Y añade: “Que haya organizaciones que se hagan llamar ecologistas no quiere decir que lo que propongan sea bueno para el planeta”. En el libro se hacen afirmaciones tan jugosas como: “El coche eléctrico hace menos ruido y no echa humo por el tubo de escape, pero ¿cómo generas la electricidad? Una gran parte, quemando gas, carbón y petróleo. Así que lo que estás haciendo es cambiar el humo de sitio”. O sea, pintar verde sobre gris. O esta otra: “Si te dicen que van a quitar las nucleares, ya sabes que lo más probable es que las emisiones de CO2 suban (…) No puedes cerrar las nucleares de un día para otro sin tener un plan B que te permita obtener la misma energía sin emitir más CO2”. También explica por qué la alimentación ecológica es una industria nociva para el medio ambiente. Les recomiendo comprar el libro en e-book, cuesta la mitad.

En otro lado están los ecologistas radicales, los que, según la derecha, son como las sandías: verdes por fuera y rojos por dentro. En realidad, el ecologismo, vagamente entendido (“la responsabilidad ambiental”), es un ingrediente más de un coctel izquierdista en el que se mezclan y agitan la igualdad de género, el desarrollo sostenible, el anticapitalismo, el freno a la especulación urbanística, el desarme, la justicia social y otros fines como la democracia participativa (una entelequia cargada de riesgos). El Grupo de Los Verdes/Alianza Libre Europea, representante político de estas ideas, es el sexto grupo en número de escaños en el Parlamento Europeo. Con ciertas reservas sobre su radicalismo, también se puede incluir a la ONG Greenpeace dentro de esta órbita.

También hay ecologistas de derechas, los que, según la izquierda, son como kiwis: verdes por dentro y pardos por fuera. Hay dos corrientes asociadas al ecologismo de derechas: la liberal-conservadora que tiene como motivo central el individuo y la ultraderechista, también llamada ecofascista, cuyo núcleo ideológico es la idea de patria. (Por cierto, La palabra patria viene del latín, de la forma femenina del adjetivo patrius-a-um: relativo al padre, también relativo a los "patres" que son los antepasados. Hablamos de la madre patria. La palabra matria es un rebuzno lingüístico). Para la derecha liberal-conservadora la defensa del medio ambiente depende de la educación cívica de los individuos tanto en la vida cotidiana como en las urnas. Después de todo, afirman, una sociedad es una suma de individuos no una suma de empresas y corporaciones. El individuo debe adoptar conductas éticas que favorezcan el equilibrio ecológico: separar la basura en los contenedores de reciclaje, ahorrar el agua poniendo botellas en la cisterna, usar el transporte público, no malgastar energía con la calefacción o el aire acondicionado, evitar el abuso de los plásticos, no hacer chuletadas en el campo, practicar el ecoturismo, participar en asociaciones defensoras del medio ambiente (¿los boys scouts?) etc. Finalmente, si queremos que los hábitos se conviertan en leyes, seremos los individuos quienes votemos a los partidos que nos propongan cambios institucionales acordes con estas pautas de conducta.

El ecofascismo sostiene que el auténtico ecologismo es el “patriotismo verde”, que la nación es un ecosistema humano que tenemos el deber de conservar. “Las fronteras son el gran aliado del medio ambiente, y a través de ellas salvaremos el planeta”, sostuvo Reagrupamiento Nacional durante la pasada campaña de las elecciones euro­peas. Inicialmente se trata de una forma de localismo que trata de preservar la identidad cultural del propio territorio, proteger su biodiversidad, consumir los mismos alimentos que nuestros ancestros…  por eso la globalización liberal es un peligro letal para la salud de la patria. Del localismo incluyente se sigue el racismo excluyente: la consideración de que los inmigrantes son grupos invasivos que perturban el equilibrio de la tierra natal. La interculturalidad es una falacia progresista; es inviable una alianza entre civilizaciones que tienen principios y valores incompatibles. La superposición de grupos étnicos puede terminar con el predominio de las etnias foráneas y la destrucción de la patria. Seréis víctimas de un enemigo al que habéis dado la bienvenida en vuestra propia casa, en palabras del arzobispo católico de Mosul.  

Pero desde hace tiempo, el centro de la polémica ecologista en cualquiera de sus versiones lo constituye el cambio climático. Aquí es donde se muestra con más fuerza la tensión entre ecología científica y globalización del planeta. Lo que está en juego, además del equilibrio del medio ambiente, es la supervivencia a medio plazo de la especie humana. El problema es si a estas alturas podemos parar el tren en doscientos metros. 

domingo, 5 de septiembre de 2021

La naturaleza. Solución

 

En uno de sus escritos de Jena, Hegel, filósofo romántico, afirma que la naturaleza existe porque Dios, pura razón, pierde el control de sí mismo y se enajena en algo exterior y corpóreo. Esta enajenación es, de forma inmediata, una caída, un descenso y antes de completar su recorrido y recobrar su total racionalidad (no sabemos cómo ni cuándo) surge el mal en el mundo. En este momento inicial (imposible calcular el tiempo de Dios), una naturaleza ambivalente se rige por asombrosas leyes físicas y también por oscuros abismos, como el SARS-CoV-2. El pensamiento humano se ha enfrentado a ambos desafíos desde su formación como especie hasta nuestros días: el mito, la magia, la religión, la filosofía, la ciencia, la técnica, es decir el conocimiento y el control.

Actualmente, las poderosas agencias de inteligencia norteamericanas (respaldadas por un despliegue científico sin precedentes), han concluido después de noventa días y noventa noches que el virus no es un arma biológica ni una manipulación genética, aunque no descartan que se haya fugado de un laboratorio chino (vía funcionario despistado) o una zoonosis sin concretar la especie ni el origen del contagio (los camaradas se niegan a darse palos y todo el mundo es responsable menos ellos). Exigua cosecha. Lo cierto es que vamos por la quinta ola y las espículas más aptas prosperan. La esperanza está en las vacunas de segunda generación y, sobre todo, en que las leyes naturales se muestren propicias y las nuevas mutaciones sean cada vez más benignas (como ocurrió con la gripe española). Por lo demás, le epidemia ha tensionado el conocimiento científico (el enigma del coronavirus), la ética social tanto en sentido positivo (la famosa resiliencia, los aplausos y el venceremos) como negativo (la picaresca, los antivacunas y las fiestas clandestinas); también la política (las medidas erráticas o contradictorias, el estado de alarma, el desconfinamiento, la cogobernanza y la polarización de la vida pública).

Volvamos al confinamiento. Recuerdo un video de mi nieta revolcándose indignada por el suelo al grito de ¡Quiero ir al parque! Los padres teletrabajando a destajo; o desesperados en ERTE o en ERE, tirados en el sofá trasegando series; los niños sin cole, los profesores desbordados por una labor para la que no están preparados. Durante cien días las pantallas dominaron el mundo. Bienaventurados los que disfrutaban de un ático con macetas para hacer sentadillas o los privilegiados que tenían casa con jardín. Un chalé en la sierra era la viva imagen del paraíso terrenal.

La pandemia ha tenido consecuencias sociológicas. De nuevo la naturaleza como solución. La primera es la activación de la contrafigura del urbanita: el ruralita (mejor ruralista según la RAE). La añoranza de los espacios abiertos, el riesgo del contacto con el virus en las calles, en el trabajo, en el trasporte, en los centros comerciales y asistenciales potenció una vuelta al neorruralismo y sus manifestaciones. Un eterno retorno a la vida retirada de Horacio y Fray Luis de León, a las apacibles labores agrarias y los atardeceres bucólicos de Virgilio. Se disuelve la utopía urbanística de Le Corbusier o el derecho a la ciudad de Lefebvre y se impone el fenómeno inverso al éxodo rural que dio lugar a la España vaciada: la emigración masiva de los pueblos a las urbes en busca de estudios, trabajo y, en general, nuevas oportunidades.

De menos a más, hay variantes de esta transvaloración de todos de valores. El teletrabajo estable ha propiciado que muchos urbanitas cierren temporalmente sus pisos y alquilen apartamentos con vistas (e internet por cable) en la costa o las islas. Burgueses de toda clase y condición, cargados de justificantes y certificados, pusieron rumbo a su segunda residencia en la playa, la montaña o la aldea perdida ante la torva mirada de los paisanos que los miraron como el quinto jinete del apocalipsis. Hay parejas que venden su casa de la gran ciudad para trasladarse a otra más pequeña en busca de una forma de vida más “personalizada”. Añoran las escenas de la vida de provincia: una convivencia próxima, el contacto diario con amigos, vecinos y conocidos de primera, segunda y tercera. Otros, los auténticos neorrurales, se desplazan a los pueblos de la España vaciada para levantar las casas abandonadas, repoblar los parajes, reconstruir las calles, refundar las granjas, recuperar las fuentes y pilones. Se reivindica un estilo de vida agrícola, artesanal, ecológico. En muchos casos, se trata de personas sin experiencia agraria directa que desean sentir la cercanía de la naturaleza y recobrar modelos sostenibles de producción y consumo. Nada menos. Y de paso luchar contra el cambio climático. Son los repuntes racionalistas de la dialéctica hegeliana.

jueves, 2 de septiembre de 2021

Delfinarios

 

El confinamiento puso de manifiesto que las viviendas urbanas eran cárceles del alma. Recluidos en cien metros cuadrados (o menos) las familias amenazaron con convertirse en un polvorín. Por fortuna el hogar latino es un matriarcado, una unidad de destino donde las madres disponen con mano firme, sin las inútiles monsergas y estridencias paternas; donde llaman “mi bebé” a su hijo treintañero que con un empleo mileurista sobrevive en su cuarto de estudiante con la play, la bufanda del Madrid y un poster de los Rolling. Por fin pudimos imaginarnos lo que sienten los animales del zoo en sus sombríos recintos o los delfines, orcas y belugas en sus circos acuáticos.

A mediados de agosto visitamos con nuestra hija, su marido y los nietos el Oceanográfico de Valencia. Era domingo por la mañana y el complejo hervía de mascarillas. Recorrimos las instalaciones de los ambientes acuáticos y finalmente nos sentamos en las gradas del delfinario. Esperamos un buen rato, música trotona de fondo, hicimos tres veces la ola, escuchamos las palabras de niño y niña (¿formaban parte del montaje?) y finalmente asistimos a las piruetas y cabalgadas de los defines mulares. El espectáculo no resultó especialmente brillante; era como si hubiesen recortado y espaciado los números. Nos marchamos antes para evitar la marea de salida. Una empleada comentaba a un grupo de insatisfechos que los fines de semana había más sesiones y no se podía agotar a humanos y animales. Aún menos convincente me resulto el mensaje de la presentadora ilustrado en una pantalla gigante repleta de gráficos. El propósito del oceanográfico es, dijo, estudiar la conducta de los delfines (?), los métodos de adiestramiento, la exhibición de sus destrezas, su reproducción y cuidados, en definitiva, abrir las puertas a la bioeducación… Lo cierto es que no me convencen los argumentos naturalistas, pseudoecologistas, de los delfinarios. Se trata de seres vivos muy inteligentes, con un avanzado sistema emocional, sacados de su medio marino o nacidos en cautividad, forzados a vagar sin fin en sus piscinas, esclavos de las rutinas y una existencia en bucle; incapaces de encontrar, como creían los estoicos, la libertad en las cadenas. Es muy recomendable el documental Blackfish de Netflix (está en YouTube) para saber qué es realmente un delfinario y por qué las orcas atacan y matan a sus instructores. En fin, sin ánimo de ofender, las opiniones son como los traseros: cada cual tiene el suyo.

miércoles, 25 de agosto de 2021

La naturaleza. Amenaza

 

Cada época ha tenido su particular concepción de la naturaleza: la materia eterna en constante proceso de cambio, el estado inferior de la realidad creada, natura naturans y natura naturata, Dios o la naturaleza, un libro misterioso escrito en lenguaje matemático, un inmenso mecanismo de relojería, la manifestación externa de lo bello y lo sublime.

Ya avanzado el siglo XXI, la naturaleza es para la tecnociencia objeto de investigación en lo micro y en lo macro, de avances vertiginosos, de multinacionales energéticas, de inversiones milmillonarias. Y si entendemos, por ampliación, el universo entero, entonces el conocimiento de la materia se extiende hasta los límites de lo impensable (en sentido literal) puesto que sabemos por la teoría de la relatividad y la física cuántica que el mundo no es tal como lo observamos por los sentidos, sino como lo describe con asombro el físico George Gamow en su popular libro El país de las maravillas. La máxima del Obispo Berkeley Ser es ser percibido, en general los principios del empirismo epistemológico, ha perdido por completo su vigencia.

Pero llegó la pandemia y se produjeron novedades en la visión de la naturaleza. Una visión ambivalente: como amenaza y como solución. En el primer caso un retorno a los supuestos del apocalipsis. En el segundo una explosión incontrolada de neorruralismo. Aquí nos referimos al primero.

Las catástrofes naturales forman parte de la humanidad. Erupciones volcánicas que sepultaron ciudades, terremotos y tsunamis devastadores, huracanes descontrolados, inundaciones imparables, sequías prolongadas, olas de calor extremas, heladas persistentes, granizadas severas, nevadas profundas, incendios voraces, etc. En nuestro país hemos sufrido últimamente casi todas las plagas de Egipto, siempre relacionadas con el cambio climático. Los destrozos de Filomena, la ola de calor insoportable de la segunda mitad de agosto, los incendios posteriores.

Como advierte Justin Rowlatt, corresponsal de medio ambiente de la BBC: El mundo tiene un tiempo limitado para actuar si quiere evitar los peores efectos del cambio climático. La pandemia de covid-19 fue el gran problema de 2020, sin duda, pero espero que, para fines de 2021, las vacunas se hayan activado y hablemos más sobre el clima que sobre el coronavirus. Este año que comienza será decisivo. El mismo secretario general de la ONU afirma que estamos librando una "guerra suicida" contra la naturaleza. El Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC) de Naciones Unidas ha publicado un diagnóstico demoledor sobre las consecuencias del calentamiento global en las próximas décadas. Se trata de una alerta roja sin paliativos. Según el informe, las emisiones continuas de gases del efecto invernadero podrían quebrar el límite clave de la temperatura global en poco más de una década, después se desataría nuestra némesis. Está en juego aquí y ahora la supervivencia de la especie humana.

También las epidemias y pandemias pueden ser consideradas catástrofes naturales (aunque por el momento no está claro si el virus SARS-CoV-2 es natural o un producto de laboratorio). El Grupo de Trabajo Científico Internacional en Prevención de Pandemias, organizado por el Instituto de Salud Global de Harvard, en un informe publicado este 18 de agosto, analiza el riesgo actual de que surjan nuevas enfermedades como la covid-19: la posibilidad de propagación de enfermedades infecciosas que puedan desencadenar otra pandemia ha aumentado en las últimas cinco décadas debido a una creciente alteración de los ecosistemas causada por la proliferación de explotaciones agrícolas, pesqueras, madereras o mineras no sostenibles. Estas prácticas antinaturales degradan el medio ambiente y provocan el desplazamiento forzoso de especies lejos de sus nichos biológicos… lo que puede provocar zoonosis, es decir, que un patógeno de alto riesgo latente en un animal se transmita a la especie humana y se declare una enfermedad pandémica. La lista de enfermedades zoonóticas es interminable y cada vez más letales.

A escala cósmica, se han multiplicado las predicciones apocalípticas de colisiones de asteroides y cometas con la Tierra. Obviamente, los anuncios de la NASA sobre posibles impactos peligrosos no han variado mucho, pero sí la presencia de estas amenazas en los medios de comunicación. El telón de fondo de este creciente interés por los futuros desastres extraterrestres procede de la convicción, surgida de la pandemia, de la fragilidad de la vida humana y, por extensión de la propia humanidad. Después de todo, la ONU ha alertado de que cada día se extinguen en nuestro planeta 150 especies. Habría que retornar a la mentalidad colectiva de la Edad Media para encontrar una crisis tan profunda del antropocentrismo. Hemos dejado de ser el centro del universo para convertirnos en potenciales víctimas de los más grande y lo más pequeño. El arquetipo jungiano de la Sombra, nuestra parte oscura y reprimida sobrevuela el conjunto de las relaciones sociales. Ni siquiera los avances de la tecnociencia y los desmentidos de la NASA consiguen esconder nuestras miserias. El mito del fin del mundo, constante en todas las civilizaciones, recobra vigencia renovada y nos envuelve con sus peores temores. La Sombra ha sido convocada y comparece.  

lunes, 9 de agosto de 2021

El lado oscuro del deporte

Por fin, tras meses y meses de incertidumbre, han comenzado los Juegos Olímpicos 2021 de Tokio. Un dragón multicolor de doscientos cuatro países ha desfilado en paz, una tregua sagrada acorde con el espíritu olímpico de la Grecia clásica. Desde Barcelona 92 los avances tecnológicos han permitido que las ceremonias de inauguración y clausura sean cada vez más espectaculares. Como el Festival de Eurovisión, donde la ínfima calidad de las canciones es inversamente proporcional al suntuoso despliegue escénico. En Tokio, los drones, la alta definición y la realidad virtual han hecho maravillas con la cultura ancestral del país del sol naciente. Los juegos han comenzado con todas las limitaciones que ha impuesto la pandemia; lo cierto es que estamos de vuelta después de habernos tragado la Liga de fútbol sin público, con continuos sobresaltos por los positivos de las estrellas, las gradas rellenas de monigotes y animación falsa, así como el deterioro económico de los clubs que no han competido dopados de petrodólares… mientras los organismos federativos miraban a otra parte. El fair play financiero es un oxímoron, una contradicción en los términos. Algún día se conocerán las razones de esta ceguera que se convierte en mirada penetrante para asuntos menores. El lanzamiento de los Juegos Olímpicos es un buen motivo para hacer algunas reflexiones sobre el lado oscuro del deporte.

La especie humana, como la mayoría del mundo animal, lleva grabado en su código genético un conjunto de actitudes necesarias para que funcione el principio evolutivo de la selección natural: la rivalidad, la competencia, el reto, la demostración, el enfrentamiento, la dominancia y la territorialidad (léase nacionalismo en la especie humana). Los enfrentamientos, incluso a muerte, entre los machos durante la época de celo por la posesión de las hembras garantiza la mejora de la descendencia y la continuidad de la especie. Son los valores reales del deporte. Lo llevamos en la sangre. Según expertos paleoantropólogos, el paso de la naturaleza a la cultura, de la antropogénesis a la sociogénesis, dio lugar a ciertas manifestaciones incipientes. Al comienzo, no cabe hablar en el hombre primitivo de deporte, sino de ejercicio físico consciente para propiciar los resultados de la caza o mejorar las estrategias de combate. En los últimos estadios de la prehistoria los arqueólogos han encontrado abundante material: tableros de puntuación, dados, palos, aros metálicos, bolas de piedra, artefactos de hueso. Tuvo que haber un primer momento en el que coexistieron dos garrotazos: el del líder en el círculo de fuego y el de vencedor en la arena. Después vinieron Sumeria, Creta, Egipto, China, Persia, Grecia, Roma... La historia del deporte.

Por supuesto, el evolucionismo social exigió la participación de la mujer en las competiciones, pero eso fue muy posterior, en concreto a comienzos del siglo XX. Las primeras olimpiadas con participación femenina fueron las de Sídney en al año 2000. Desde entonces no han dejado de incorporarse nuevas modalidades. En Tokio se han estrenado cinco: béisbol/softbol, karate, skateboarding, escalada y surf. Por cierto: no entiendo por qué el ajedrez no es deporte olímpico y sí el monopatinaje o skateboarding.

En realidad, el juego limpio, el respeto al adversario, el saber perder, lo importante es participar o el afán de superación son ideales del deporte. Lo que cuenta, como sentenciaba Luis Aragonés, es ganar, ganar y volver a ganar. Los únicos momentos en que se muestra lo que algunos denominan ética deportiva son la magia del escenario, la salida de los contendientes, la presentación de los equipos, el intercambio de saludos, los himnos nacionales, la pasión de los hinchas. El resto es el drama de la selección natural trasladado al juego: el nacionalismo montaraz, ¡A por ellos!, el cielo y el infierno, sonrisas y lágrimas, vencedores y vencidos. La esencia del deporte consiste en fulminar al contrario. Lo demás es pantomima y teatro. A esto se refería Borges cuando afirmaba que "La derrota tiene una dignidad que la ruidosa victoria no merece".

Por supuesto (como en la contienda política), en el deporte el fin justifica los medios. Entre otros, esa lacra imposible de erradicar de la alta competición: la medicina deportiva. Las técnicas de control del dopaje van siempre un paso por detrás de las futuras sustancias prohibidas. Se sospecha que se usan pociones mágicas hasta en el golf. Según parece, el último tipo de fraude son los artilugios mecánicos en el ciclismo. Hay antiguos videos del Tour de Francia en las que un toque detrás del sillín daba alas a un ciclista conocido por sus prácticas ilegales. En el último Tour, algunos bravos del pelotón se quejaban de los extraños chasquidos que se oían en mitad de la carrera. ¿Habrá que someter a las bicicletas a un chequeo diario? Por no hablar de tanganas, escupitajos, lesiones graves, gritos racistas, hinchadas violentas, tenistas destrozando la raqueta contra el suelo, atletas (especialmente mujeres) sometidas a tratos inhumanos y degradantes…        

Pero el lado oscuro afecta a todos los niveles del deporte. Los aficionados imitan a los profesionales también en lo malo. Lo he vivido personalmente en el fútbol y en el tenis. En la categoría de alevines (cuando mi hijo comenzaba la ESO), algunos padres creían que sus hijos eran los magos del balón. Consideraban que el equipo tenía que ganar sí o sí, y si se torcía el resultado buscaban culpables: los “malos” del equipo (niños, compañeros de clase, a los que no dudaban en marcar delante de sus atónitos padres), el entrenador, el árbitro y, en última instancia, la dirección del colegio. He visto a padres encantadores, amigos míos, transformarse en Mr. Hyde cuando el entrenador, un joven profesor de educación física, mandaba al banquillo a sus hijos para hacer rotaciones y que todos los niños pudieran saltar al campo. Llegaron a insultarlo, amenazarlo e incluso zarandearlo. Por supuesto, el entrenador dimitió, muchos padres sacaron a sus hijos del equipo y otros tuvieron una desagradable entrevista con el director del centro.

En el fútbol juvenil (cuando mi hijo terminaba el Bachillerato) he visto entradas salvajes alentadas por un público encrespado. Y lo que es peor, los jugadores, al final del partido, no solo le negaban la mano al rival, sino que acababan a empujones y trompadas. El vestuario era un polvorín. He visto llegar a una ambulancia y sacar a un chaval en camilla, o acudir la policía nacional con luces y sirena al rescate del árbitro, incluso una furgoneta de antidisturbios para ponerse en medio de dos hordas de padres enfurecidas.

Recuerdo los campeonatos de tenis en el Club de Campo de Madrid (cuando mi hijo estudiaba en la Universidad) que organizaban los profesores del club. En las fases de clasificación, todas las pistas estaban ocupadas por lo que, dejaban que los jugadores se arbitraran a sí mismos. Muchos, bajo la mirada atenta de su padre, no sabían perder y cantaban como malas, bolas buenas del contrario y al revés. Al final el perjudicado (o su padre) se hartaban y se armaba la trifulca. El profesor acababa aplazando el partido hasta nueva orden tras tomar nota de las tormentas en un vaso de agua. Según la fase de la competición se repetía el partido con árbitro o ambos quedaban descalificados, es decir, pagaban justos por pecadores.

En conclusión, creo que el deporte es una actividad en la que simplemente se gana o se pierde porque en el mundo puede ocurrir cualquier cosa en cualquier momento ¿Pero a quién le interesa esto?

miércoles, 21 de julio de 2021

Profesionales

 

Hay una enorme distancia (la palabra francesa décalage es más precisa) entre las competencias del aficionado (lo mismo le ocurre a la palabra francesa amateur) y el profesional de cualquier gremio. Un ejemplo: es abismal la diferencia entre el jugador amateur de golf y el profesional. O entre el fontanero casero que trata de ahorrarse unos euros y el fontanero de la comunidad al que finalmente hay que llamar para enderezar el entuerto.

Otro ejemplo: hace años veraneaba en las Rías Baixas en una casa de campo de dos plantas, amplio jardín y bosque al fondo que compartía con un matrimonio de Vigo (grandes amigos); algunos fines de semana, al caer la tarde, un hermano del marido, Juan, reconocido chef de un acogedor restaurante de Vigo, se dejaba caer por la finca. Debajo de un frondoso carballo, alrededor de una mesa de piedra, compartíamos unas bandejas de navajas, nécoras y otros frutos del mar regados con excelente ribeiro. Al terminar la cena tempranera  solían apuntarse a la sobremesa un par de hermanas de mi mujer (normalmente me presento como “su marido”, dados los tiempos de corren) y alguna íntima del lugar. Venían a saludarnos en general, pero, sobre todo, a interrogar al maestro sobre ciertos secretos culinarios. Desde mi asiento de piedra resultaba ameno e instructivo.

¿Cuánto tiempo tiene que cocer la caldeirada de pescado? preguntaba una de las interesadas. El chef -estoy convencido- no entendía del todo la pregunta. Tú lo ves, contestaba; lo que necesite, no sé, no miro el reloj, miro al plato y cuando está en su punto lo retiro. Cada caldeirada es distinta, incluso con los mismos ingredientes; no es una cuestión de tiempo sino de ojo, aroma, textura, gusto: cuando está, está; ni antes ni después… Venid un día a mi restaurante con tiempo (se burlaba) y veis como la preparo; después nos la comemos. Mi cuñada invita. También le preguntaron por los postres, especialmente por una mousse de chocolate con nata que habían degustado en su rincón. El chocolate, aclaraba Juan, sólo se consigue a través de ciertos proveedores de restauración profesional. Son circuitos exclusivos. Es una forma de preservar el negocio. Sólo os puedo decir que no es barato; montar la nata requiere al menos seis trucos; otro día os lo cuento delante de unas zamburiñas y unos mejillones que podéis comprar en el mercado del puerto; y que no falte el albariño y las cañitas de crema… sonreía satisfecho.

Lo más sustancioso venía después: Jorge confesaba que sólo comía platos elaborados, profesionales, cuando iba a cenar de vez en cuando a un restaurante acreditado (normalmente de un colega). Iba a disfrutar de la gastronomía como una de las bellas artes. En su casa prefería platos “normales”: macarrones con chorizo y tomate, filetes de ternera a la plancha o gallo rebozado. Como mucho arroz caldoso. En casa del herrero cuchara de palo. La alta cocina es una experiencia festiva, proseguía; no puedo entender a esos ricachones que contratan a un grupo completo para que les prepare exquisiteces a diario: en eso soy epicúreo, el abuso del placer embota los sentidos (y entendía bien al filósofo griego). También ocurre lo contrario, sentenciaba. Hay gente que no sabe pedir cuando sale a cenar. La carta se les escurre de las manos. No entiendo a los que piden, por ejemplo, solomillo al punto, chuletas de cordero, merluza a la romana, huevos revueltos con setas, lenguado a la plancha, pollo al ajillo y de postre flan. ¡Platos normales y corrientes que podrían preparar en su casa! Unos madrileños como vosotros (nos miraba de reojo) deberían arriesgarse un poco más y pagar por algo que está más allá de sus posibilidades. La imaginación al poder: estofado de lengua de ternera, rabo de toro guisado al vino, callos a la madrileña, perdices en escabeche, pichones en salsa, cocochas al pil pil, bacalao a la portuguesa, caracoles a la borgoñesa o salmón al papillote. Y de postre un strudel de manzana.

Y cambiaba de tercio: para mí el problema de los políticos es que no son profesionales.  

martes, 13 de julio de 2021

C'est la guerre!

 

A lo largo de mis conversaciones con el coronel Abengoa, buen amigo y profesor asociado de historia en la extensión de la UNED de… al que traté durante mis desplazamientos profesionales a un país africano por encargo de la Agencia de Cooperación Internacional, tuve la oportunidad de conocer sus firmes ideas sobre filosofía de la historia. En las prolongadas tardes tropicales, después de la siesta, sentados en los mullidos sillones de piel de la Casa de España, al amor del aire acondicionado, me las fue desgranando al modo de la dialéctica socrática (yo hacía el papel del sofista perdedor).

La primera era que el poder político está subordinado al poder económico, pero ambos, en última instancia, se sustentan en el poder militar. A pesar de tratarse de una evidencia, de una certeza inmediata que, en el fondo todos compartimos sean cuales sean nuestras creencias éticas, políticas, estéticas o teológicas, nos olvidamos de su abrumadora verdad. Me comentaba el coronel que la historia no es una ciencia en sentido riguroso (por supuesto), tampoco la filosofía y mucho menos la filosofía de la historia. Decía que la historia era poliédrica, otra evidencia, que tenía muchas caras puesto que, después de todo, la historia es, a escala humana, la totalidad de lo real. Un aguerrido historicista con galones. Tras pedir el segundo gin-tonic, me permití completar el argumento: hay una historia biográfica como la Historia de mi vida de Giacomo Casanova, las Memorias de ultratumba de François-René de Chateaubriand o Las Memorias de Winston Churchill; o una intrahistoria, como los Episodios Nacionales de Benito Pérez Galdós; o la historia contada desde los grandes dirigentes de la Humanidad, Pericles, César, Carlomagno, Napoleón, Abraham Lincoln… o desde los grandes genios y los descubrimientos cruciales (mi preferido siempre ha sido Alexander Fleming); o la historia desde la economía política, al modo marxista; o desde los “hechos y las fechas”, le tópica lista de los reyes godos, como hace la historia positivista; o una mezcla de todas que recuerda a la miel multifloral. Pero la más convincente, según mi amigo, era la historia militar. Llegados a este punto, dedicamos varias tardes a repasar los principales acontecimientos bélicos que han marcado el devenir de la historia: el probable genocidio de los neandertales a manos de las violentas hordas de cromañones, las Guerras Médicas, las Guerras de Religión, La Revolución Francesa, el Octubre rojo, la inagotable Segunda Guerra Mundial, el atentado contra las Torres Gemelas el 11 de septiembre de 2001. Nos detuvimos porque seguir suponía pedir el tercer gin-tonic y nos gustaba plantarnos.

Al día siguiente, cuando saqué el tema, descartó sin miramientos la pretensión kantiana, expuesta en su obra La paz perpetua, de que “Los Ejércitos permanentes deberán desaparecer por completo con el tiempo”, porque el estado de guerra explícito o implícito, manifiesto o latente es una constante en la cualquier época y civilización. Y la utopía de una confederación planetaria bajo un mando único sólo se da en la saga de La Guerra de las Galaxias o en Star Trek. También en la estupenda novela de ciencia ficción Dune.

Prosiguió el coronel Abengoa: La confrontación violenta es una actividad consustancial al ser humano. Sigmund Freud distinguió dos instintos básicos, Eros o instintos de vida y Tanatos o instintos de muerte. Estos últimos generan pulsiones destructivas hacia el propio sujeto o hacia el exterior. Se ha cuestionado el carácter innato de los instintos tanáticos, que serían más bien adquiridos socialmente; lo cierto es que la agresividad, invocada o no invocada, siempre comparece. Según Rousseau y Abengoa, nacemos perfectos. El único bien, lo único bueno sin condiciones en este mundo es un recién nacido. La verdad absoluta, recuerda Nietzsche, es un niño. Las primeras formas de malestar cultural que imponemos al neonato son tratar de que coma o duerma a ciertas horas. Ambas represiones constituyen el punto cero, el Big Bang, el átomo primigenio de la inexorable guerra. Fascinante.

El coronel recomendaba el libro del historiador británico Ian Morris Guerra ¿Para qué sirve? cuya tesis es que la guerra es la clave principal del progreso humano: que los saltos cualitativos hacia nuevas formas de civilización tienen siempre su origen en la guerra. Eso sin contar que el propio Internet, los avances en navegación marítima y aeronáutica, los ordenadores más potentes y otras tecnologías electrónicas, la inteligencia artificial, la investigación médica se crearon para aumentar la capacidad operativa de los ejércitos. El pacifismo, la interculturalidad o las consideraciones sobre las condiciones de una guerra justa (desde San Agustín a John Rawls) son interpretaciones idealistas, éticas, sobre cómo debería ser el mundo, no sobre cómo es realmente. Discutible, contrataqué: ¿La Guerra Civil española?

Lo cierto, dijo, es que la carrera de armamentos, la carrera por el poder político y económico, solo se ha detenido en los despachos de la diplomacia. Comisiones de burócratas bien pagados (y alimentados) firman acuerdos, resoluciones y tratados de paz que al final son papel mojado. Las grandes potencias fabrican ingenios cada vez más sofisticados: (aviones indetectables, drones de ataque, satélites omniscientes, anti, contra, recontra misiles, robots soldados) y venden los excedentes desmochados al resto del mundo. Sin olvidarnos de las armas biológicas creadas en laboratorios secretos de ingeniería genética. Algunas teorías conspirativas sugieren que la actual pandemia pudiera ser la Tercera guerra mundial. Es cierto que las armas termonucleares han evitado la única madre de todas las batallas, el holocausto y el final de la especie; pero la guerra se ha trasladado a otro escenario: La Red. Por ejemplo, los devastadores ciberataques a sectores estratégicos de un país; asimismo, las agencias nacionales monitorizan, recopilan y procesan infinitos datos para fines de inteligencia y contrainteligencia. O sea, el espionaje a todos los niveles: pero no sólo de las comunicaciones de los líderes o facciones que suponen un peligro real o imaginario para la seguridad del Estado; se ha llegado a intervenir los teléfonos de altos dirigentes de países aliados. Por no hablar del espionaje industrial y financiero. La información es poder; también la desinformación: decía un conocido sociólogo que la nube tóxica es un arma cargada de futuro. Las redes sociales mediante oscuros algoritmos (otra palabra de moda) conocen, orientan y manipulan la opinión pública con fines comerciales y políticos. Brillante.

Regreso a la historia: El único problema que preocupaba seriamente a Luis XIV, el rey absoluto por excelencia, era el control de la información; disponía de una policía secreta implacable, una red de espías que abarcaba todo el territorio, un número de asesores y consejeros desmedido, confidentes, delatores, soplones, chivatos… Aun así, reprochaba a sus ministros que nunca se enteraba de nada interesante. Un friki, como el coronel Abengoa.

viernes, 18 de junio de 2021

Tres mitos de la democracia

 

El primer mito sobre la democracia tiene carácter histórico. Efectivamente, la democracia es un invento griego. Pero no fue tan excelsa como nos la han pintado los mistificadores de la “Edad de Oro de Atenas”. A finales del siglo VI a. d. C., Clístenes sentó las bases del régimen democrático que culmina Pericles (446-431 a.C.) en el siglo V. Una época que coincide con la derrota del Imperio persa en las Guerras Médicas y la posterior hegemonía política, económica y cultural de Atenas como polis o ciudad Estado. Las principales instituciones democráticas fueron el poder legislativo (el Consejo y la Asamblea), el poder ejecutivo (los Arcontes), el poder judicial (los Heliastas), el mando militar compartido (los Estrategas) y el destierro (el Ostracismo). Ante la posibilidad de la usurpación del poder por parte de algún tirano, los atenienses establecieron dos contrapesos: un mando militar compartido por diez estrategas o generales con igual mando y diez regimientos cada uno, y el destierro u ostracismo. Este último se basaba en la consulta que el Consejo realizaba anualmente sobre la existencia de motivos fundados para desterrar a algún ciudadano. Así, el que tuviese seis mil votos en contra debía abandonar Atenas por cinco o diez años, con lo cual se evitaba la corrupción, la ambición excesiva o el libertinaje. La democracia como forma de gobierno se basaba en la isonomía o igualdad ante la ley de los ciudadanos. No obstante, se trata de una democracia muy limitada, puesto que, de los aproximados 300.000 habitantes de Atenas, sólo unos cuarenta y cinco mil son ciudadanos con plenos derechos políticos (voz y voto). El resto son extranjeros o metecos: ciudadanos libres provenientes de otras polis, aunque sin derechos de ciudadanía; y, sobre todo, esclavos, una mayoría que no tiene ningún derecho y que trabaja en oficios artesanos, agrícolas, mineros e incluso domésticos. Es, además, una sociedad de varones, en la que la mujer es considerada inferior y a la que se le asignan exclusivamente las tareas del hogar y la crianza de los hijos. A favor: división y equilibrio de poderes, igualdad ante la ley y decisiones tomadas por votación. En contra, una democracia restringida, esclavista y sexista. 

El segundo mito es el concepto de democracia participativa como etapa superior de la democracia representativa, a la cual niega, engloba y supera. En realidad, se trata de un debate fallido que ha ocupado en vano a una legión de pensadores, intelectuales y politólogos que, como mucho, han propuesto un conjunto de vaguedades: “la democracia participativa consiste en la ampliación de los espacios democráticos para darle a los ciudadanos la oportunidad no solo de elegir periódicamente a sus representantes, sino también de participar de forma activa, directa y frecuente en la toma de decisiones de la comunidad”. Lo cierto es que cualquier adjetivo que se le añada al término “democracia” o es redundante (por ejemplo, representativa) o no es democracia (democracia popular) o no es nada (democracia participativa). Democracia representativa y participativa son lo mismo. Nunca ha habido en nuestro país una participación más activa, directa y frecuente que ahora: encuestas manipuladas de cualquier color, incluso las oficiales; votaciones trileras en páginas web controladas por la voz de su amo, andanadas de memes, troleos, fakes, bulos, imágenes trucadas y videos tóxicos. Por no hablar de las tertulias teledirigidas: cavernícolas, sibilinas, “objetivas” (son más honestas las cavernícolas), “críticas” (feroces con los otros y silentes con las vigas en el ojo propio). Lo que realmente ocurre, explican desde su pesebre ideológico los analistas de la España vaciada… de ideas. Durante la pandemia se ha multiplicado el mercado de las conspiraciones, los turbulentos debates radiofónicos (con opiniones del pueblo soberano) o televisivos (con protagonismo de los famosos), las manifestaciones y manifiestos sectarios. Y lo peor de todo: las crispadas sesiones parlamentarias donde lo de menos son los problemas y lo de más los personalismos egocéntricos. Dos definiciones del fantasma de la libertad y un corolario. Representante electo: político que decide por ti, tiene patente de corso para sus manejos (el transfuguismo y las puertas giratorias, entre otros) y al que no puedes pedir explicaciones durante cuatro años. Demagogo populista: político que larga rollos ideológicos que sabe que son mentira a una gente que sabe que es idiota. Sobre la separación entre vida pública y privada. De acuerdo, pero con un matiz: quien no es honesto (es decir ni fiel ni leal ni veraz) en su vida privada tampoco lo suele ser en la pública. Lo mismo que en la naturaleza, en la sociedad no hay saltos. La libertad de pensamiento y expresión son los dos principios constituyentes de la democracia representativa. Todos los demás derechos y libertades son su consecuencia. Prefiero la democracia representativa a la bota del soldado desconocido porque me permite bajar al quiosco de la esquina y comprar el periódico que me apetezca. Todo lo demás o lo pongo entre paréntesis o me lo creo a medias o no me lo creo. Es lúcido el comentario que hizo Marx, un pensador perspicaz, del voto en las elecciones parlamentarias: Un comentario emocional y extenuante a los logros de la etapa anterior de poder. Pero no despotriquemos de la democracia más allá de ciertos límites. Hay países donde no gobierna siquiera una familia, sino una parte de esa familia porque la otra ha sido defenestrada. Lo positivo: la culminación de la libertad de pensamiento y expresión es la independencia política. Sirve para pensar con tu propia cabeza, para advertir si estás pensando con la cabeza de otro, para evitar pensar a fin de ser aceptado por otro o para evitar pensar a fin de ser recompensado por otro. Sé curioso, vive perplejo, admite tu desamparo y ríe. Ironía o iglesia, lema del espíritu libre. 

El tercer mito de la democracia es el concepto absoluto de voluntad general cuyo origen es la teoría del contrato social de Jean Jacques Rousseau (1712-1778). Resumimos. El contrato social es un pacto en el que se complementan de manera equilibrada el derecho irrenunciable del individuo a la libertad con las obligaciones derivadas de su incorporación a la sociedad civil. El problema de armonizar la libertad individual y las obligaciones sociales, lo resuelve Rousseau mediante la teoría de la voluntad general o “Yo común” (Moi commun). La voluntad general se construye mediante el derecho al voto, en el cual cada uno se expresa libremente y se reconoce a sí mismo en su plena libertad para decidir sobre los fines de la vida pública. Pero una vez construida la voluntad general por todos, el individuo se somete completamente a ella: de este modo afirma simultáneamente su plena libertad de elegirla y su total dependencia de lo que se ha elegido. Mediante este pacto se supera la contradicción entre individuo y sociedad, alcanzándose, según Rousseau, la denominada “libertad civil”. Asimismo, la voluntad general establecida democráticamente se convierte en principio único de la moralidad de las acciones, hasta el punto de que la virtud no es sino la conformidad de la voluntad particular con la general. Frente a la voluntad general, el individuo no tiene ningún derecho, salvo el de participar en su determinación a través del sufragio. La voluntad general establecida es la norma ética y política de la comunidad, al margen y por encima de los individuos que la forman. Además, aunque la voluntad general es descubierta a través del voto, no es creada únicamente por la mayoría que la establece, puesto que la voluntad general en su totalidad pertenece tanto a la mayoría que la ha descubierto como a la minoría que por error votó en contra. Átame esa mosca por el rabo. Un tertuliano radiofónico pontificaba con una fe democrática sin fisuras: El pueblo es siempre sabio. En primer lugar, sabios o necios solo son los individuos. La frase como tal es el dogma metafísico de la voluntad general de Rousseau en versión libre para la radio. Además, podemos poner innumerables ejemplos de cómo la voluntad popular, es decir, la suma de los votos particulares expresada como mayoría en las urnas, es una insensatez, un despropósito o un episodio más de la historia universal de la infamia.

miércoles, 2 de junio de 2021

Recuerdos de la pandemia. Paseos

 

Paseo, una de esas palabras que abarca más significados de los que aparenta: urbanos, culturales, sociales, literarios, filosóficos. El Paseo del Prado, Las Ramblas, Le Marais, Via Veneto, Oxford Street, 5th Avenue. El Madrid de los Austrias, El Barrio gótico de Barcelona… La salida de un matrimonio al caer la tarde, el trasiego hormonal de los jóvenes por la calle principal de una ciudad de provincias, el paseo diario por el parque del jubilado solitario que echa pan a las palomas. Los paseos por Dublín del protagonista del Ulises de Joyce o del joven Marcel "por el lado de Swann o por el lado de Guermantes" en la primera entrega del tiempo perdido de Proust. O los ensayos de Thoreau Un paseo invernal y Caminar, donde narra sus andanzas por los bosques y praderas de una América del Norte agreste y secreta. Pasear y pensar. Como los paseos de Aristóteles y sus discípulos, los peripatéticos (del griego perí-patos: paseo), alrededor de las columnas del Liceo mientras discutían sobre asuntos metafísicos. También las reflexiones autobiográficas de Jean Jacques Rousseau en su libro Las ensoñaciones del paseante solitario.

Y un nuevo significado del término surgido de la pandemia.

Los antecedentes: el confinamiento domiciliario comenzó en nuestro país el sábado 14 de marzo de 2020 tras el decreto del estado de alarma a causa de la extensión de contagios y fallecidos. El plazo inicial era de 15 días. Duró 98. 

Las primeras válvulas de seguridad para burlar el encierro fueron los desplazamientos permitidos por actividades esenciales. Pero quien hace la ley… bueno ya saben. La picaresca es nuestra especialidad moral. La calle era un circo. Europa nos miró entre indignada y atónita. Ya me he referido a tales fregados: Perros alquilados a tanto la hora. Listillos que paseaban la barra de pan media mañana. Otros iban a la tienda del barrio veinte veces al día: la leche y media vuelta, la fruta, los yogures, las galletas, el queso de la cena. En el supermercado de la esquina se multiplicaban los tiques de un euro, hasta que los empleados pusieron el grito en el cielo. Un señor paseaba un perro de peluche. Una señora mecía una pepona en el cochecito del bebé. La policía tuvo que convencer a un friqui disfrazado de dinosaurio de que su atuendo no le protegía del virus. Multas. O las romerías a la farmacia, al banco o al estanco. Nunca se vendieron tantos pañuelos desechables ni sobres sin sello. Una escena en la farmacia: uno compra, tres esperan (el fontanero, mi vecina y yo); la dependiente le da el pésame al cliente desconocido por el fallecimiento de su abuelo; estampida (¿sería coronavirus?). Los cajeros automáticos echaban humo por tantas peticiones de saldo, hasta que los bancos cortaron por lo sano porque las máquinas gastan electricidad, se estropean y el papel no es gratis. De pronto, todo el mundo se desvivía por cuidar a sus abuelos desvalidos que solo abrían la puerta al repartidor del super. Nos poníamos traje y corbata para bajar la basura. Hasta el presidente del gobierno se largaba a darse un garbeo a oscuras y en celada.

A partir del dos de mayo, además de los desplazamientos esenciales, se permitieron las salidas para practicar deporte no profesional (los profesionales del sofá se compraron un chándal y unas zapatillas en el chino más cercano y a trotar veinte metros). También, paseos a menos de 1 km del domicilio con una duración máxima de una hora. ¿Se puede controlar ese espacio-tiempo? Los paseos estaban limitados a unas franjas horarias. Cualquier ocupación, diversión, espectáculo, restaurante, ocio se convirtió en paseo. La gente deambulaba silenciosa por las calles, solos, parejas, tríos como mucho. Se guardaban distancias estelares. Nos mirábamos con recelo en una versión insólita del hombre, lobo para el hombre de Hobbes o del aforismo sartriano de que el infierno son los otros (en realidad, una visión teatral del narcisismo y las máscaras). Muchas calles se cerraron al tráfico para permitir ensanchar las aceras y evitar tumultos. Parecíamos zombis perdidos en los confines del barrio. Saludábamos a los vecinos con un gesto imperceptible, sin detenernos. Maldecíamos a los corredores que nos adelantaban resoplando a los cuatro vientos. Primeros indicios de fiestas y botellones. Las mascarillas pronto fueron tendencia: a juego con el conjunto, patrióticas, futboleras, totémicas, de todo menos baratas (y fiables); una especie de contra carnaval de Venecia donde nadie podía reír ni tocarse. Algo positivo: las mascarillas resaltan la belleza de los ojos femeninos e invitan a completar lo que queda oculto en la mejor versión pandémica de las mil y una noches. Cuando llegábamos al pico, según Simón el profeta, nos barrió la tercera ola. 

sábado, 22 de mayo de 2021

¡Campeones!

 

Recuerdo el título del libro del escritor y periodista Rubén Amón: Atlético de Madrid, una pasión, una gran minoría, en el que se preguntaba con emoción literaria ¿Por qué no son del Atleti los demás? En el fondo, como decía Fernando Torres, en una de sus frases más felices, casi todo el mundo es del Atleti, pero no lo sabe.

¡Grandes!, campeones de Liga al fin después de una primera vuelta de película y una segunda irregular, a merced de la fatiga, las lesiones y el bicho… Lo hemos pagado en la Champions. Pero bien está lo que bien acaba, escribía el bardo inglés.

Los dos últimos partidos han sido una dura prueba para las arterias. Sabemos que el Madrid nos soplaba en la nuca y eso pone al equipo de los nervios. Un buen amigo madridista me decía, después de felicitarme sin aristas, que “lo malo del Atleti no es que gane, es que lo celebra tres años”. Temo lo de Neptuno porque estoy seguro de que mi hijo anda por allí. No me parece que sea el momento de ir a celebrarlo. Espero que la afición esté a la altura de las circunstancias. Como decía, los dos últimos choques han sido parecidos. El Atleti llega, como casi todos los equipos, con los cuerpos y las mentes al límite; afortunadamente Osasuna y Valladolid no nos han presionado arriba con excesiva convicción. El problema es que nuestro ataque estático es más previsible de la cuenta, repetitivo, algo lento, sus rivales, teóricamente inferiores, ponen el autobús, recuperan y salen a galope tendido. Cualquier despiste (como el de Carrasco hoy) propicia contragolpes con los centrales fuera de sitio… y la cosa se tuerce. En realidad, es lo que mejor hemos hecho siempre, nuestra arma cada vez menos secreta. Jugamos mejor (no hablo de resultados) con los grandes. Al final ha sido Luis Suárez, injustamente tratado por su anterior equipo, quien con dos goles decisivos nos ha dado el título. El Atlético es sobre todo un conjunto, un ensemble, un vestuario sin tensiones personalistas, sin líderes figurones que pretenden ser cabeza del león, ni amiguetes de cumpleaños que conspiran contra el presidente y el míster. El Atleti es un equipo de autor cuya cabeza visible es el Cholo Simeone, alguien que come en la misma mesa que Luis Aragonés (yo le hubiera puesto al nuevo estadio su nombre: lo de Wanda chirría y lo de Metropolitano es historia del glorioso, pero historia). Por cierto, ¡Como ha crecido Correa en el tramo final de la Liga, qué partidazo se ha marcado! Inmensos Oblak, Koke y Llorente. Los demás sobresalientes. El portugués es el futuro. La segunda virtud del Cholo es sacar lo mejor de cada jugador y Joao tiene quilates de sobra. Han hecho bien en no cambiarlo por Griezmann.    

Siempre he creído que la esencia del auténtico deportista consiste en saber ganar y, sobre todo, saber perder. Esta es la tercera virtud del Cholo, un caballero que siempre respeta y habla bien del rival, que sabe reconocer la derrota y nunca despotrica del VAR o de los árbitros (excepto en el área técnica) cuando vienen mal dadas. Hoy somos campeones, mañana nos dan la copa en el Metropolitano y los tres próximos años tenemos cuerda.

Otra vez quiero recordar a mi abuelo Joaquín, socio fundador del Atleti, patriarca de esta gran familia atlética, de esta “religión” laica, que incluye a mi mujer, antes merengona y hoy rojiblanca conversa, mis hijos (especialmente la exquisita deportividad del marido de mi hija y sus padres), mis hermanos, mis primos, y mi nieta de dos añitos que canta ¡Aupa Atleti! sin saber de qué va la cosa y mañana irá al cole con el equipamiento oficial que el año pasado le regalamos crecedero.

¡Por siempre Atleti!

miércoles, 19 de mayo de 2021

La pandemia. Razón y fe

 

Una ocurrencia zumbó sobre mi cabeza la tarde primaveral del viernes mientras leía El día de la independencia de Richard Ford, un excelente narrador cuyo mayor defecto, en mi opinión, son las continuas digresiones sobre los sentidos, sinsentidos y sobresentidos de la vida de su personaje principal, el mismo en todas las novelas. Cuando Ford insistió por enésima vez, con letra de Frank Bascombe, en que nuestro mayor error consiste en aferrarnos al pasado, que es preciso olvidarlo por tratarse de una pasión inútil porque cualquier interpretación forma parte del presente, que, en todo caso, aprendemos del pasado de forma automática, involuntaria, sin fantasías ni disfraces y que gran parte de la desdicha humana proviene de remover aquellos lodos… pensé en llevarle la contraria (un mero juego dialéctico para matar el tiempo); es decir, que el presente es incierto, el futuro impredecible y el pasado luminoso.

Lo cierto es, por tanto, que nos bañamos infinitas veces en el mismo río; que presente y pasado son variantes de las mismas piedras del camino (algo que Ford negaría enfurecido). Hay oposiciones inmutables (Lévi-Strauss), arquetipos universales (Jung), ideas innatas (Chomsky) que lo apoyan. También la teoría nietzscheana del eterno retorno de lo idéntico o la misteriosa mente del psicoanálisis freudiano en la que el pasado está siempre presente y los sueños son la escalera entre ambos mundos.

Un ejemplo histórico, un retorno sorprendente y un salto en el vacío: el tema central que atravesó la Edad Media, la tensión secular entre la Razón, basada en la argumentación filosófica, y la Fe, basada en la revelación bíblica y los dogmas de la Iglesia, podría reproducir algunos aspectos de la pandemia que nos barre.   

La razón está representada, obviamente, por los científicos (médicos, epidemiólogos, virólogos, bioquímicos) no contaminados de ideología: sus logros en la lucha contra la muerte más cruel, la secuenciación del genoma del Covid-19, la búsqueda de su origen, sus formas de transmisión y elusión, su tratamiento (todavía en curso) y su prevención mediante las distintas vacunas (un logro temporal sin precedentes en la historia de la ciencia).

Su correlato medieval son los filósofos árabes, traductores y difusores de la filosofía y la ciencia aristotélica.

La fe, en su versión más irracional, El Credo quia absurdum (creo porque es absurdo) de Tertuliano, tiene también una abundante representación. En primer lugar, el negacionismo (sus partidarios se llaman a sí mismos “pensadores alternativos”): la “idea”, en su versión más radical, es que el coronavirus no existe, o no tiene la gravedad que se le imputa (algo que sostuvieron y aún sostienen diversos líderes mundiales), que las mascarillas no sirven para nada (o son perjudiciales), que los jóvenes no se infectan o sólo presentan síntomas leves, que la inmunidad colectiva se logra por sí misma, que las vacunas dañan nuestro ADN. Mientras, los cementerios se llenan (también de ilusos). Una modalidad de negacionismo es la de los gobiernos opacos empeñados en desmentir que en su país se hayan producido contagios o bien ofrecen cifras increíblemente inferiores a las que la trágica evidencia después confirma.

Su correlato medieval es la corriente de los Padres de la Iglesia que afirmaron que la fe es irracional y el cristianismo no puede ser racionalizado sin caer en la herejía (Taciano, San Ireneo, Tertuliano, Arnobio y el Pseudo Dionisio). En la Escolástica, San Buenaventura y la teología franciscana cuyo fideísmo místico conduce directamente al irracionalismo de Lutero.

Desfilan luego los defensores de las teorías de la conspiración que afirman que la pandemia es una farsa orquestada cuya finalidad es desequilibrar la economía mundial (unos le echan la culpa al capitalismo, otros al comunismo, los terceros a la colaboración de ambos aunados por el negocio farmacéutico); o que es un invento del fundador de Microsoft para controlar a la humanidad por medio de la red de telefonía 5G mediante chips inoculados no se sabe cómo. Otros iluminados dicen que la historia de la humanidad culmina con la tesis del Great reset (Gran reinicio), una distopía estremecedora, un nuevo mundo organizado por los poderes fácticos internacionales (económicos, políticos, científicos y tecnológicos) a partir de los efectos devastadores de la pandemia, sin concretar los principios de la nueva pestilencia, aunque se pueden adivinar a la luz de ciertos acontecimientos recientes.

Su correlato medieval son los milenaristas y los anabaptistas proféticos, ambos con su ideal supremacista de la renovatio mundi, el fin de la historia y la apoteosis de la segunda llegada de Cristo ante una minoría de elegidos. 

Viene luego el populismo, una ideología política que pretende ganarse el apoyo de los ciudadanos mediante recursos sesgados: el fuerte liderazgo de un líder carismático que sustituye los argumentos por lemas contundentes, frases manidas y clichés de fácil digestión, aunque vacíos de contenido; o la búsqueda de chivos expiatorios a los que atribuir todos los males del mundo para encubrir las propias carencias y desmanes; o la demagogia sectaria que trata de impactar emocionalmente en el incauto elector en vez de centrarse en el análisis de los problemas reales y proponer soluciones eficaces. También, las manipulaciones de la prensa mercenaria, el uso de las redes sociales para difundir todo tipo de bulos (cuanto más insidiosos más virales), imágenes trucadas, videos tendenciosos, rumores sin contrastar y falsas noticias que fortalezcan sus dictados, incluso mediante listas de difusión pagadas. Sin olvidar la crispación parlamentaria, la sustitución del diálogo por el insulto, el consenso por la partidocracia, las formas más detestables de populismo. 

La magia, la superstición, el miedo al infierno, la milagrería, los monstruos y demonios, la brujería, la propia Inquisición como formas irracionales de sometimiento son el correlato medieval del populismo.

Vienen luego los libertarios, que han considerado las medidas tomadas contra la pandemia (confinamientos, restricciones, distancias, cierres, toques de queda, etc.) como un atentado intolerable contra las libertades individuales: física, social, política, económica. En consecuencia, la única respuesta es la rebelión de las masas: viajar sin fronteras, organizar fiestas en los pisos, botellones en la calle, fomentar las concentraciones, votar a la derecha extrema, propiciar la iniciativa privada como única forma de progreso.

En la Edad Media no existía el concepto de individuo ni la vida cotidiana propiciaba la autonomía personal. No había prácticamente nada que actualmente pudiéramos identificar con el individualismo. Acaso, desde el punto de vista de la rebelión podríamos poner como correlato del pensamiento libertario a los Goliardos.

Por último, los eclécticos, los dirigentes de los países democráticos (los autoritarios son opacos) que han intentado conjugar las estrictas medidas sanitarias contra la pandemia con una apertura regulada del trabajo, la educación, los negocios, la cultura, la hostelería y los viajes. En resumen, preservar la salud sin arruinar la economía; buscar un equilibrio sostenible entre la bolsa y la vida. Todavía se desconoce el impacto preciso de estas medidas en las curvas de contagio tras las sucesivas olas.

Su correlato medieval es San Anselmo durante la primera Escolástica y sus dos célebres guías: credo ut intelligam (creo para que pueda entender) y fides quaerens intelectum (la fe en busca del entendimiento). Y sobre todo la armonía, la concordia entre razón y fe en la síntesis colosal de Tomás de Aquino entre religión cristiana y filosofía aristotélica.

martes, 4 de mayo de 2021

El fútbol en tiempos de pandemia


Los primeros perjudicados (aunque no los más) por la pandemia han sido los hinchas, esos fieles laicos que acuden al estadio con fe renovada por los últimos reveses. Cuando iba con mi hijo al Calderón (conocí el antiguo Metropolitano, pero no el nuevo) me di cuenta de que vivir un partido en el campo no tiene nada que ver con el rito mullido del sofá. Es una experiencia todavía más distante que ver una película en el cine o en la tele. Ahora mismo el mundo del sillón-ball se divide en dos: los que ven el partido con un discreto atrezzo de espectadores virtuales, ambiente copiado del FIFA Play, diseños versallescos del césped, vistas cenitales, drones y cámaras aéreas, proyecciones en tiempo real… y los que ven el partido sin trucos, en su cruda realidad, un gélido cruce entre 22 protagonistas: ¡humano, demasiado humano!

Por cierto, muchos socios y aficionados se han quejado de que se permitan actividades deportivas con público, como el tenis, culturales (cine, teatro, conciertos) o de ocio (bares y restaurantes) y se olviden del fútbol. ¿Por qué no pueden estar seguras tres mil personas en un recinto con una capacidad de sesenta mil? El primer problema es la abigarrada recepción del autobús oficial en los aledaños del Estadio con banderas, bengalas y cubrebocas de papel. Cuando la policía aparta a empujones a los más recalcitrantes para que no vuelquen el autobús se monta la trifulca, lluvia de botellas y manifestación antifascista. El segundo, son las carreras, gritos y abrazos en las gradas. Por no hablar del servicio de “caballeros”. Recuerdo los del Calderón en el descanso: un canalillo en el suelo sin separaciones; si el de al lado se la sacudía más de la cuenta volvías a tu asiento jurando en remojo. El tercero, la salida, cuando los aficionados, para celebrar el triunfo o suavizar la derrota, se hacinan en los bares colindantes y el virus se une al sentir de la afición. O se van a la nave de un colega para montar un fiestón hasta las tantas. Vuelven a casa bien cargados.

El único remedio paliativo para la soledad sonora de las gradas es la proliferación de entrevistas telefónicas a los aficionados del ancho mundo en los programas futboleros de la noche (esos programas que oímos con deleite antes de dormirnos a salvo del virus): camioneros en route, erasmus catalanes en Finlandia, malagueños que van con el Bilbao, jubilados insomnes, currantes nocturnos, toda una fauna dickensiana que compite en propuestas y predicciones con Maldini, Valdano, Segurola o Manolo Lama (los padres de la iglesia). ¿Por qué no aplican la razón a la política? Por cierto, no entiendo cómo nos gustan tanto las tertulias y sanedrines de la radio. Se han convertido de un tiempo a esta parte en una trifulca de faltones donde nadie deja hablar a nadie. Los insultos y malos modos son el argumento de cualquier debate (normalmente sobre la guerra entre el Madrid o el Barça). En el fondo, adoramos el patadón dentro y fuera del campo. Quizás sean un reflujo de la crispación política o de la agresividad ansiógena que genera la pandemia.

Aviso a los amantes de la estadística: La empresa MBD Analytics ha hecho un estudio sobre cómo ha influido en los resultados la falta de público, tras comparar las cinco últimas temporadas. También mide el número total de disparos, de goles, incluso de faltas (hay gente para todo): Según el estudio, la ausencia de público ha disparado las victorias visitantes, aunque tan solo en un 6,1%. Antes, los que jugaban en casa ganaban un 45,7% de los partidos. Desde que la pandemia cambió las variables del juego, solo lo hacen en un 40,6% de las ocasiones. Es llamativo, especialmente, el escaso cambio en los empates. Cuando había afición en los estadios, se empataban el 24,3% de los duelos. Desde marzo, el 23,3%. Así pues, la estadística que verdaderamente ha presentado una evolución notable es la de los triunfos fuera del feudo habitual. Nada especialmente llamativo. Tezanos debería tomar nota de que la verdad estadística suele ser insulsa. 

Tampoco los jugadores pagados onerosamente parecen cuidarse del covid. Cuanto mayor es el presupuesto más contagios se producen. De burbujas profesionales nada. Mas bien, videos traidores en las redes del cumpleaños del lateral izquierdo con varias figuras del plantel rodeados de curvas mareantes y copas de champán. Después, asintomáticos dos semanas en un casoplón de Mallorca. Cuando vuelven ya no son, como aquella mujer de la vida, ni sombra de lo que eran. Eso sin contar el rastro de contactos que dejan y las facturas de las PCR hechas tres veces a todo el que les ha dicho buenos días. En la mayoría de los casos, sólo me interesan las figuras como magos del balón no como personas. Abunda el ego desmedido, el nuevo rico y el rebuzno nacional. Pero no todo han sido alegrías para los cuerpos gloriosos: el confinamiento de los jugadores en el gimnasio de su casa, incompatible con el alto rendimiento; la ausencia de una pretemporada planificada para alcanzar el punto óptimo de forma, la sobrecarga de partidos en dos o más competiciones para cumplir el calendario y los contratos televisivos, el estrés de grupo y los continuos controles médicos… han tenido como consecuencia un alud imparable de lesiones; las plantillas se han quedado en los huesos y la competición devaluada.

Además de un deporte, el fútbol de las grandes ligas europeas es, sobre todo, un negocio. Recuerdo a un jugador de segunda fila acudir a los entrenamientos a bordo de un flamante Rolls Royce. Este año con la pandemia pintan bastos. Recomiendo un excelente artículo de El País Economía: en resumen, la pandemia pincha la burbuja del fútbol; los clubes sufren una notable caída de ingresos, congelan los grandes fichajes, reducen la masa salarial y asumen menores derechos televisivos. Solo los estadios vacíos han tenido un impacto de 848 millones en los clubes de la Liga. La propuesta de una Superliga europea con doce equipos fundadores ha sido una respuesta desesperada a los negros nubarrones que se ciernen sobre los balances. Un pura sangre de los negocios como Florentino ha actuado más como empresario que como presidente del Real Madrid. El futuro dirá en qué concluye este proyecto de globalización milmillonaria (que nadie lo de por muerto).

miércoles, 28 de abril de 2021

La libertad en tiempos de pandemia

 

Es comprensible que el candidato socialista a la presidencia de la Comunidad de Madrid no entre a fondo en el concepto de libertad. Ya no es el alumno de Filosofía Teorética, como encabezaba el título de licenciado, con quien compartí maestros y aulas en el Departamento de Filosofía de la Universidad Autónoma de Madrid. Ni el catedrático de Filosofía que impartió unas cuantas materias inextricables en la misma Universidad (entre otras, Teorías de la Retórica, de la cual como político no anda muy sobrado). Ahora se dedica a buscar el voto por otros medios más vulgares (en sentido literal), como mítines, debates y otros foros de filias y fobias. Además de cultivar su imagen monástica de hombre prudente y comedido (al menos hasta ahora), algo que critican sus compañeros de fatigas por falta de colmillo afilado y exceso de cristianismo inconsciente.  

Lo cierto es que muchos ciudadanos madrileños andan amoscados con el significado polisémico del término libertad, utilizado como ariete ideológico por las derechas de Colón. La presidenta de la Comunidad afirma que la libertad es el modo de vida de los madrileños… Si desean una información más amplia les recomiendo la siguiente entrevista.

El problema consiste en asignar un significado único a la superposición de sentidos, sobresentidos y sinsentidos (ut supra) que se suman en el término “libertad”. El resultado es unificar en un solo término una babel de significados distintos y distantes. Antes de continuar les sugiero que echen un vistazo en el diccionario de la RAE, tanto al cúmulo léxico como a las variopintas acepciones.

Enumeramos algunos significados; quizás les ayuden a comprender mejor la orientación de su voto en las próximas elecciones madrileñas.

Significado filosófico, unido a la vieja polémica entre determinismo o indeterminismo, cuya conclusión es que, en el fondo, lo que entendemos por libertad es la imposibilidad de controlar las ilimitadas variables que intervienen en la conducta humana. Traducido a la teoría del caos: nuestra conducta es un sistema dinámico inestable cuyas consecuencias, incluso a corto plazo, son impredecibles, ya que variaciones mínimas en las condiciones iniciales de una acción pueden implicar grandes diferencias en sus consecuencias a corto plazo (no digamos a medio y largo). El filósofo racionalista Gottfried Wilhelm Leibniz (1646-1716) anticipó el problema en su Teodicea al enunciar el principio de razón suficiente: no se produce ningún hecho sin que haya una razón suficiente para que sea así y no de otro modo. Por tanto, no existen sucesos azarosos o accidentales; y si lo parecen es porque no abarcamos un conocimiento completo de sus causas próximas y remotas. El mundo es una precisa maquinaria de relojería. La libertad es una quimera. Solo la razón omnisciente de Dios conoce el orden absoluto de la totalidad de los acontecimientos pasados, presentes y futuros. Para Dios, si hablamos del hombre, libertad y necesidad son lo mismo. Obviamente, no podemos detenernos en resumir el concepto de libertad en las distintas épocas y autores (por ejemplo, la tensión cristiana entre predestinación y libre albedrío, origen histórico del problema); pero, créanme, es un recorrido apasionante; los animo a ocuparse del tema en las largas tardes de reclusión pandémica.

Significado científico, que apunta a la improbable libertad del ser humano en su vida cotidiana según las ecuaciones de la física cuántica, o, inversamente, a partir de las investigaciones de la Inteligencia Artificial, al desarrollo de máquinas capaces de elegir con éxito entre alternativas múltiples y generar mecanismos de autoaprendizaje supervisado o no supervisado. ¡Atención humanos: un beneficio que les permite no tropezar dos veces en la misma piedra!  O los proyectos de la neurociencia para emular el funcionamiento del cerebro en soportes cibernéticos: redes neuronales artificiales, modeladas según la arquitectura del cerebro biológico y entrenadas para realizar cualquier actividad... sin que sea posible vislumbrar los confines de la robótica. La rebelión de las máquinas es uno de los arquetipos del siglo de la tecnociencia. Han corrido ríos de tinta y celuloide sobre tan funesta distopía. Algunas teorías de la conspiración han sugerido que el virus que nos devasta es un producto artificial que se ha independizado de los genetistas que lo diseñaron. Si es capaz de mutar de forma eficiente estamos asistiendo al final de la especie humana.  

Significado político, un Estado democrático de derecho debe reconocer un conjunto de libertades individuales en cuanto ciudadano. Por ejemplo, la Constitución Española de 1978 recoge en su articulado las siguientes: la libertad ideológica, religiosa y de culto (artículo 16), la libertad personal (artículo 17), la libertad de residencia y circulación (artículo 19), la libertad de expresión e información, así como la libertad de cátedra (artículo 20), la libertad de enseñanza (artículo 27) y la libertad de sindicación (artículo 28). Durante la pandemia algunas comunidades autónomas han dado la batalla legal por la limitación del artículo 19. Nada nuevo. Son los pilares de cualquier democracia representativa.

Significado económico, cuyos principios neoliberales son la globalización de bancos, empresas multinacionales e instituciones mundiales, así como el libre flujo de capitales; la iniciativa privada como principal motor económico; el rechazo a la injerencia estatal en materia económica, es decir, la mínima intervención del Estado en la regulación de los mercados financieros, industriales, naturales y humanos y la privatización o externalización de sectores públicos. Por supuesto, la presidenta de la comunidad de Madrid se refiere a este significado cuando nos abruma con el amor incondicional de los madrileños a la libertad como estilo de vida. Dicho queda.