viernes, 11 de diciembre de 2015

Guillermo Brown siempre a flote



Siempre que encuentro alguien más o menos de mi edad, de gustos teóricos o éticos semejantes a los míos, alguien, en suma,  que entiende la vida como yo (es decir, que no la entiende en absoluto), no tengo que bucear mucho tiempo en lo más íntimo y congenial de sus recuerdos para que aparezca, nimbado de gloria, Guillermo Brown.
Fernando Savater, La infancia recuperada

Si hay un personaje literario que ha ocupado mis tres edades del hombre (¿o hay más?) ese es Guillermo Brown, el niño creado por la escritora inglesa Richmal Crompton a lo largo de treinta y ocho libros de apasionantes relatos. Títulos memorables como Guillermo el proscrito, G. hace de las suyas, G. el genial, G. el gánster, G. el luchador, G. el incomprendido, G. el amable, G. el rebelde, etc. Gran parte de la ironía y el buen humor que aun me quedan provienen de las aventuras de Guillermo. ¡Nunca me recuperaré de tanta felicidad! Tenía la colección completa de aquellos libros estupendos de la editorial Molino de portada sugerente, papel firme, letra grande y dibujos de trazo grueso que nos recuerdan el meollo de la acción; pero los he repartido a lo largo de los años, a mis hijos, a los amigos de mis hijos, a los amigos de los amigos de mis hijos. Tengo la impresión –por el silencio y la falta de entusiasmo- de que no se han leído más de diez páginas de aquellos dones impagables. A las nuevas generaciones les interesan otras cosas que no estoy dispuesto a repetir. Los libros originales de Guillermo son inencontrables. La editorial los ha reeditado en formatos insulsos (y me voy al eufemismo por respeto al personaje). Algunos se pueden conseguir de segunda mano en internet, otros en librerías de lance medio, por ejemplo en la Cuesta de Moyano. En ningún caso baratos.
Hace un año la misma editorial ha publicado (sin dibujos y con letra de mayores) un primer volumen recopilatorio titulado Las aventuras de Guillermo, que me puesto a releer al instante tras abandonar un fárrago infumable. ¡Qué delicioso reencuentro! Toda la fauna de la Inglaterra victoriana desfila por los episodios de R. Crompton en la mejor tradición del costumbrismo dickensiano. Aunque la sátira social es mucho más divertida que los Papeles de Pikwik donde todos los estrafalarios personajes son tontos del haba sin remedio. El lugar es un pueblo muy conservador y muy anglicano de la Inglaterra profunda, si es que este adjetivo se puede aplicar con rigor a los ingleses, demócratas de toda la vida, de toda la historia se podría decir. Guillermo pertenece a una familia de la clase media en la que el estatus social se dispara sobre otras con los mismos ingresos de, por ejemplo, una gran ciudad como Londres. Un medio social que no tiene que ver con la vida "en provincias" a la francesa. Ni con el cuelgue del terruño ancestral a la española. Es otra cosa que no sabría explicar. Nada de palurdos ni campos arados. Nada de fiestas ni romerías. Simplemente muy británico... En fin, con el anuncio de nuevas entregas sobre la saga voy a dedicarme a la tormentosa “relación” de cada miembro de la familia Brown con Guillermo y viceversa: desde el padre hasta el perro.
El señor Brown es un sólido varón de rutinas que hace oídos sordos a cualquier indicio de problema familiar, incluso si se lo tropieza en el pasillo. Es el arquetipo jungiano de patriarca del imperio colonial en batín zapatillas y pipa detrás de un periódico. Seguro de sí mismo pero "tolerante", conservador pero realista, de perfil plano pero con un razonable sentido del humor. Ignora a Guillermo por creer que el mundo de los niños es inaccesible (¡y más el de su hijo!) y porque cualquier falta de noticias, de no saber de Guillermo, significa un día más de paz en su sillón. Cuando se sientan a cenar lo mira fugazmente, con aprensión: las uñas descuidadas, el corbatín por el hombro, el pelo greñudo, el traje con las huellas de la última pelea de los proscritos... Que sea su madre la que se ocupe de los desperfectos, piensa. Rara vez lo sermonea, pero no porque no tenga motivos sino porque son demasiados;  y porque en el fondo considera a Guillermo un caso perdido. Uno de los valores victorianos más arraigados es la creencia en el destino. El niño, por su parte, equilibra al azar la cantidad de bien y de mal que ronda el mundo paterno. Es cierto que a veces Guillermo le da quebraderos de cabeza, pero también que le libra de amigos pelmazos, visitas inoportunas y vendedores inmunes al “lo siento”. Es lo que un pedante psicoanalista llamaría una relación ambivalente sin contenidos concretos.
La señora Brown (la madre de Guillermo para los proscritos: Pelirrojo, el lugarteniente, Douglas y Enrique) reparte el tiempo entre las labores domésticas y la vida social: toma el té por turno en casa de sus amigas, juega con la madre de Douglas el campeonato mensual de bridge, prepara una conferencia sobre prevención de la gota en la Casa de la Cultura o participa en una tómbola benéfica bajo el manto protector del vicario que siempre le pregunta por qué su hijo se cruza de acera cuando lo ve o acude tan poco a la catequesis. Lo cierto es que las relaciones del vicario con Guillermo no son especialmente cordiales porque si se lo encuentra en la calle le recuerda con cara patibularia la mugre de sus orejas, los zapatos embarrados y lo mucho que él y sus compinches desafinan en el coro dominical; y al despedirse no faltan pellizcos y pescozones. La señora Brown es una buena madre, incluso si Guillermo cumple un castigo por la última ocurrencia, por ejemplo jugar a los disfraces con el saco lleno que ha dejado el deshollinador detrás del cobertizo; entonces, antes de que se duerma, le lleva en secreto a la cama una enorme ración del pudding prohibido; aunque hace tiempo que ya no se traga el convincente simulacro de Guillermo enfermo por la mañana tras no haberse estudiado por enésima vez los verbos franceses.
Por lo demás, cuando en medio de una edificante obra de teatro en el Club Social del pueblo aterriza en el escenario un tropel de niños semidesnudos y aullantes encabezados por su hijo para mostrar sus habilidades dramáticas, la señora Brown opta por un moderado ataque de nervios o por un leve desmayo hasta que la sacan del local. Guillermo, por su parte, considera a su madre, como todos los niños, una fiel aliada, por lo que en los abundantes casos que sostienen discrepancias insalvables nunca le cuenta mentiras sino que le matiza su punto de vista: no comprendo para que hay que estudiar los estúpidos verbos franceses, nadie en el pueblo habla en francés, cuando sea mayor no pienso ir nunca a Francia, vosotros tampoco habláis francés, ni los padres de Pelirrojo

Guillermo tiene dos hermanos mayores y por las diferencias de edad posiblemente sea el resultado de un embarazo inesperado. Ethel es una linda jovencita de ojos azules, melena pelirroja y coquetería a raudales. Siempre hay un admirador de turno al que Guillermo exprime como un limón durante el corto período en que el joven disfruta del vago interés de su hermana. A cambio de decirle lo que quiere oír (todo inventado), de sugerirle favores que inclinarán de su lado la balanza y hacer de mensajero con billetes amorosos (que Guillermo y los proscritos leen en el cobertizo entre grandes risotadas) recibe propinas onerosas que invierten en golosinas y vituallas. Hasta que el ciclo toca a su fin, decae el interés de Ethel, la débil llama se extingue y surge sin disimulo el fastidio sartriano del otro. Guillermo sabe de sobra que ha llegado el momento de quitarse de en medio porque a partir de ahora  el joven puede ponerse muy desagradable. Ethel, que ignora tan pingües negocios, huye de su hermano menor por considerarlo un foco de problemas y un riesgo para sus planes (frustrados más de una vez por la intrusión de Guillermo y sus amigos, impresentables en su opinión). A su vez, Guillermo considera a su hermana, además de una fuente de medias coronas, una cursi relamida y una chivata. Nunca podrá entender las razones por las que ciertos infelices pierden la cabeza por ella.
Roberto, el hermano mayor, es un lechuguino de traje planchado y gomina que descubre todos los meses el amor de su vida en una beldad local que ha florecido en primavera o en una visitante de las muchas que se acercan al pueblo en vacaciones. Imagina que la adora sin condiciones, suspira en su cuarto por la noche pero no mucho, pierde el apetito relativamente y escribe versos arrebatados que declama de forma estentórea en el jardín ante un auditorio de proscritos y simpatizantes ocultos detrás del seto. Pero lo único que Roberto realmente adora es su propia persona. Se mira en el espejo y se gusta, se asombra de su estilo, “de su clase”. Las agraciadas (rivales mortales de Ethel), que no son tontas y menos en cuestiones sentimentales, pronto se dan cuenta de su majadería invencible y se ponen a cubierto. Alguna lo soporta una semana para realizar una investigación de campo sobre los recodos del alma masculina. Entonces el galán la lleva a su casa para presentársela a sus padres (nada emocionante para la joven) que se miran perplejos ante la desternillante puesta en escena; pero no hace lo mismo con Ethel para evitar miradas gélidas y epigramas, ni con Guillermo, para esquivar planes siniestros. El niño, en pleno período de latencia, no logra comprender que tienen las chicas para ser tan interesantes. Sólo una es distinta por su talento y osadía, sólo ELLA será digna de compartir las aventuras de los proscritos y merecer la rendida admiración del grupo: no es otra que la sin par Juanita. Las demás suelen ser remilgadas, aburridas, van vestidas de punta en blanco y si se acerca más de la cuenta le dicen cortantes: Adiós Guillermo, no queremos jugar contigo porque eres un niño bruto y maleducado
Pero la tarde es joven y hasta mañana no hay que volver al odiado colegio. Siempre les acompaña Jumble, el chucho de Guillermo que como su propio nombre indica es una mezcla indescifrable de razas y pelajes. Corretea al lado de los proscritos, se mete con ellos en todos los charcos y zarzales, los mira con ojos encendidos cuando se suben a los árboles y corre detrás de conejos imaginarios al grito de ¡Atrápalo, Jumble! Hoy puede ser de nuevo el personaje de una peligrosa aventura, hacer de monstruo prehistórico, caballo de rodeo o león de la sabana. Tiempo hay de averiguarlo. Lo único seguro es que Jumble ladrará alegremente a las mariposas, saltara entre los arbustos, saludará a los vagabundos y, si el demonio lo tienta, plantará sus patas delanteras en el vestido inmaculado de una niña o se meterá entre las botas de un guardabosques furioso que los persigue por haber cortado ramas para hacerse una cabaña. Mañana el padre de Guillermo recibirá una nota de su amigo el juez de paz.

domingo, 6 de diciembre de 2015

El golf comienza a los sesenta


A mis amigos del club de golf "Superseniors", aguerridos luchadores.

El problema del golf es que la pelota (como la llama Miguel Ángel Jiménez) y la cara del palo no son un balón de fútbol ni una raqueta de tenis, por más que los modernos drivers no paren de crecer. Todo el mundo ha sido víctima del misterio del swing. Sergio García se consolaba en sus momentos más bajos, los de psicólogo y zapatos al lago, con la teoría de que lo crucial es cómo llega el palo a la bola y lo demás no cuenta. Desgraciadamente “lo demás” es un mundo de proporciones infinitas. Hay un manual que se titula “Los cincuenta puntos básicos del swing”.

Nick Faldo (con algunos majors) confesaba que hasta que conoció a Leadbetter carecía de un swing consistente: era un ajuste continuo para ir tirando de un día para otro (¿os suena?). Esta es la cuestión: que nadie se pone de acuerdo sobre los fundamentos del “sube, gira y tira del palo”. Si lees sobre las facetas del juego, cada escuela defiende sus teorías, contradictorias entre sí. Parecen tratados de teología medieval. Cada época tiene su estilo, cada profesor su método, cada jugador su truco… igual que tú. Tiger ha cambiado veinte veces de entrenador. Periódicamente alguno de los consagrados se desvanece y un talento de dieciséis años salta a la fama y al dinero.

Entre los jugadores aficionados, el swing pasa del arte clásico al barroco. Entre mis colegas he visto los swings más extraños (incluido el mío). Artificiosos, retorcidos, alambicados, imposibles… Prodigios del expresionismo. Todos tenían en común la suma de un montón de ajustes para que el último solucionara los vicios del anterior y así sucesivamente. Es como las estafas piramidales: al final todo estalla y hay que empezar desde la nada. Tejer y destejer, el lema del golf.

Tu profesor te dice: “esto se hace así” (y le pega a la bola de miedo), en vez de decirte “tu puedes hacerlo así”: porque si te aclara lo segundo lo dejarías plantado en mitad de la clase. Tampoco los libros arreglan mucho. Recuerdo haber comprado en la FNAC el libro de David Leadbetter “El swing de golf” que estaba de moda. Cuando le quité el celofán, me puse las gafas y lo abrí por la primera página, leí desolado: “Los diez principios del swing atlético”. Salí disparado a la tienda y lo cambié por una historia de la filosofía. Mi cuñado siguió con el libro y estuvo tres meses sin darle a la bola.

Tal vez el único jugador que hasta ahora ha dominado el swing ha sido Jack Nicklaus. Cuando ganó uno de sus tres Open británicos, firmó el último día una tarjeta de 62 golpes. El periodista oficial le preguntó a Tom Weiskopf, su compañero de partido, qué le había parecido el recorrido del oso dorado; el gran jugador norteamericano se limitó a encogerse de hombros: No sé, no le puedo decir, no conozco ese juego que practica Jack… Su respuesta, en mi opinión, es algo más que una broma.

Hay que resignarse. Nuestro catálogo de rabazos es de sobra conocido: el topetazo de salida a ras de suelo, la madera de calle que se va al bosque como caperucita, el híbrido que acaba en el obstáculo de agua, el hierro medio que avanza veinte yardas, el filazo que avanza cien, el approach que aterriza en el bunker de la izquierda, el putt que se aleja cada vez más del agujero… Sobre esto hay un acuerdo total en los libros.

Pero la vida sigue. Para que el golf no acabe con nosotros (o nosotros con el golf) es imprescindible disponer de un sólido repertorio de excusas. La idea general es que la culpa del rabazo la tiene cualquier persona, animal o cosa que no sea el jugador. Si los políticos tuvieran la retórica del golfista, aprobaríamos sus desmanes. Ejemplos de las excusas más logradas: antes de jugar hay que dar sesenta bolas, no se puede jugar sólo los fines de semana, he dormido poco, me duele la espalda, no habléis cuando voy a tirar, la hierba está alta (o rala), los greens rápidos (o lentos), el palo está sucio o la bola es vieja, es un golpe muy difícil, hay que mirar a la bola (¿?), he metido el hombro e incluso... ¡Le he pegado demasiado bien y me he pasado!

¡Qué mala suerte!, otra treta, exclamamos ante un público escéptico después de dar un golpe perverso. En realidad, la suerte en el golf y en cualquier otro deporte se reduce a la respuesta de Niklaus a una revista del ramo: Sí, la suerte, yo cuanto más entreno más suerte tengo. En un PROAM, el compañero de Ballesteros, un hándicap bajo que estaba jugando mal, trató de disculparse y le dijo a Severiano: “estoy fuera de swing”. El maestro español, que tal vez no estaba del mejor humor, masculló entre dientes: para estar fuera del swing primero hay que tenerlo.

Para no desfallecer, la solución alternativa a las excusas son las trampas. Quien esté libre de pecado que tire la primera bola. No hace mucho en un partido, un jugador amateur de verdad, de esos que se han divorciado y perdido el empleo por culpa del golf, al detectar el trampeo general me dijo con su mejor ánimo: Creo que tenéis reglas propias que desconozco, si hago algo mal me lo decís.

Algunas trampas son muy conocidas: colocarte bien la bola en la hierba alta con el cuento de levantarla “para ver si es tuya”, patada de karateca para sacarla a la calle, sacar bola nueva tras perderla y callar como un muerto, el mulligan, adelantarla metro y medio en el green al limpiarla; una de mis preferidas: quitar arena en el bunker detrás de la bola para dejar sitio al palo; otra que nunca he practicado pero que he visto hacer a las señoras: coger con la mano la bola que se ha quedado junto a la valla y lanzarla disimuladamente lo más lejos posible. O sumar los golpes con las cuentas del Gran Capitán…
Es como aquel jugador amateur al que su marcador en un campeonato le preguntó tras terminar el hoyo:  
- ¿Qué has hecho?
-  Par.
- ¿Cómo que par? Te he contado nueve golpes.
- Ah, nueve… Entonces impar.

Y si no funcionan las excusas ni las trampas, lo mejor es el cabreo. Todo el mundo se cabrea porque forma parte de la condición humana. Lo que varía son las formas. Hay dos contrarias que reflejan el mal carácter del perdedor: el que se cabrea de puertas adentro y el de puertas afuera. El primero, con una sonrisa gélida en los labios, echa humo por las orejas, enrojece y le sale un sarpullido. El segundo jura en arameo, escupe frenético y rompe el palo contra un árbol. Algunos reúnen las dos características. Lo que tienen en común es que pagan sus frustraciones con los demás: los introvertidos hacen comentarios viperinos de tu juego, te vigilan con lupa, te repasan celosos los golpes, te corrigen y te fastidian. Los extrovertidos se limitan a no dirigirte la palabra durante una semana. Prefiero los segundos.

viernes, 20 de noviembre de 2015

Historia de la filosofía. Sartre, el fantasma de la libertad


Según Jean Paul-Sartre (1905-1980) el hombre es constitutivamente un ser libre. La conocida frase la existencia precede a la esencia significa que no hay ningún elemento identificador, ninguna propiedad esencial, ninguna definición que nos permita comprender en qué consiste la naturaleza humana. El hombre es... cualquier cosa que haga de sí mismo. Somos como el personaje de una novela que se construye en cada página.
La antropología filosófica se enfrenta sin solución con el carácter irreductible del sujeto. Cada hombre es un proyecto abierto, una existencia por hacer sin que podamos avanzar un paso en sus atributos. El yo vacío (una entelequia) es anterior a cualquier acto de la voluntad. Cualquier determinación es posterior y forma parte de un proyecto en curso. A la pregunta crucial sobre cuál es el sentido de la vida, la respuesta es: el que cada uno quiera darle. El sentido, por lo demás, es la suma de las elecciones que hacemos en cualquier momento.
La existencia del hombre es pura indeterminación, nadificación, existencia no mediatizada sin que nada la oriente. Es una libertad puramente abstracta, formal, no establecida por valores o fines previos; una existencia en la que todo cabe como proyecto al que no es posible renunciar. No podemos no elegir (incluso cuando elegimos la opción del suicidio). No somos libres de dejar de ser libres. Aunque decidamos que otros, los sabios, los principios religiosos o los usos sociales elijan por nosotros, estamos ya escogiendo un modo de ser. La función de la sociedad como sistema compartido de reglas es apartar al individuo de la exigencia radical de su mismidad. El infierno son los otros.
Ese elegir ilusorio el no ser nosotros mismos es lo que Sartre llama la mala fe. La mala fe consiste en el vano intento de evitar la angustia de decidir (lo cual tenemos que hacer en cualquier caso) y trasladar la elección a otras instancias. Los cobardes se esconden bajo las normas.
Lo contrario de la mala fe es la autenticidad, la conciencia segura o frágil que asume la carga insoslayable de la libertad. Quien es auténtico asume la responsabilidad por ser lo que es y se reconoce libre de ser lo que es. A partir de la carencia original que supone la libertad vacía, sin referencia ontológica (el mundo como tal es opacidad impenetrable), ideológica (incluida la idea de Dios) o axiológica (valores éticos), la existencia, un espacio indefinido, intenta delimitar su esencia sin que pueda renunciar a ese quehacer angustioso e incierto. Estamos condenados a ser libres. (El existencialismo: una filosofía de entreguerras).

viernes, 13 de noviembre de 2015

El ángel de la muerte


Hay cinco formas esenciales de la muerte trágica.
Cuando mueres joven.
Cuando muere un niño.
Cuando muere un hijo antes que el padre.
Cuando mueres demasiado viejo.
Cuando mueres en la plenitud de la vida.

En la última se produce la escisión antagónica de cuerpo y alma. Está descrita por Proust en la búsqueda del tiempo perdido cuando reflexiona sobre la muerte de la abuela de Marcel. Su prosa, frases sin riberas, es un ancho Nilo del lenguaje en el que se desbordan las fértiles aguas de la verdad (Walter Benjamin). El cuerpo material, enfermo y acabado, se rebela contra el alma espiritual, activa y diligente, presta a la andadura, llena de sabiduría y prudencia. Los grandes artistas, como Thomas Mann, se han obsesionado con la idea de la muerte. En su obra maestra, La Montaña Mágica, cuerpo y alma están unidos de forma antinatural, son enemigos irreconciliables, principios excluyentes. El ascenso del espíritu de los pacientes del sanatorio alpino es paralelo a la consunción de sus cuerpos. Exitus letalis.

El alma, la parte no natural del hombre, el milagro del pensamiento y la palabra. ¿Cómo es posible relacionar el cerebro, esa masa blanda y rugosa, con Las bodas de Fígaro, La divina comedia o Don Quijote? Veni Creator Spiritus, el comienzo de la Sinfonía número 8 de Gustav Mahler: un canto coral a la vida perdurable, a la redención de la finitud por la música. Sólo el arte puede engañar a la parca permitiendo al escritor, como Sísifo, vivir en la memoria colectiva... O al revés, El triunfo de la muerte de Pieter Brueghel: en vano un caballero desenvaina su espada contra una legión de cuerpos descarnados. Todos los estratos sociales están incluidos en el cuadro sin que el oro, el poder, la religión o el arte puedan salvarlos (¿aparece el pintor en el cuadro?). Solo el amor carnal permite olvidar un instante: una pareja en la parte inferior permanece ajena a la muerte.

El cuerpo, la parte natural del hombre. La filosofía de Alan Watts y la generación beat: el cuerpo es el verdadero templo del espíritu; abarca la totalidad del universo, es la conciencia cósmica, el yunque de los sentidos, el recipiente de la libertad sexual y las perversiones. Morir joven es el ideal de los que apuran hasta la última gota de la copa. Jack Kerouac murió a los 47 años debido al alcoholismo. William Borrougs, adicto a la heroína, descendió una y otra vez a los infiernos. Allen Ginsberg, el poeta del grito, la libertad sexual y la locura, buscó la lucidez en el peyote y el ácido lisérgico. Splendet dum frangitur.

Cuerpo y alma unidos y separados. El dualismo permite desafiar al ángel de la muerte. La resurrección de los cuerpos y la transmigración de las almas. Platón demostró mediante cuatro pruebas la inmortalidad del alma. La del hombre de conocimiento retorna al mundo de las ideas donde recobra su origen divino. Puesto que no podemos vencer a la muerte que sea un aliado. La filosofía es una preparación para el último viaje. El alma anhela el tránsito y culminar su destino. O el postulado kantiano de la inmortalidad del alma: la razón práctica exige el cumplimiento pleno de la virtud, el acuerdo final de la voluntad con la ley moral, la perfección inalcanzable en este mundo... Un ideal que sólo puede realizarse si la existencia se prolonga de forma ilimitada en el tiempo. Luego el alma tiene que sobrevivir al cuerpo. Un más allá pietista, protestante, poblado de pálidos fantasmas bruñendo eternamente los tesoros de la santidad. O al revés, la negación de los espíritus de Kant en los versos finales del segundo soneto teológico de Agustín García Calvo.

Pero no hay Dios ni hay Ley que a contradanza
no se pueda bailar. Tu muerte es tuya.
Tu no saber es toda tu esperanza.

lunes, 2 de noviembre de 2015

Gorgias de Leontini. Curso para ejecutivos


He escrito varios libros para el Ministerio de Educación y participado en la elaboración de los curricula de mínimos nacionales (una forma de hablar) de la asignatura de filosofía. Una mañana temprano recibí una llamada del director de recursos humanos de la empresa de construcción AGFE, una de las más importantes del país. Querían organizar un curso transversal de formación para altos ejecutivos y contar conmigo como experto. Las sesiones se celebrarían en los locales de la empresa, serían por la tarde y mis honorarios suculentos. Acudí a la cita un viernes temprano. Si la filosofía es un saber de la totalidad, también debe serlo de las grandes corporaciones. Después de las presentaciones (él mismo, dos consultores y una secretaria) el director me explicó los objetivos del curso:
- Está dirigido a los altos ejecutivos de la empresa, veinte en total, la crème de la casa, gestores obligados a participar en reuniones internas, nacionales e internacionales. Las primeras importan menos, puesto que los disparates quedan en familia, pero no las otras. En una reunión de negocios se habla de todo, de millones de euros, pero también de política, de coches, de sexo e incluso de pintura. Causa mala impresión a los clientes de gama alta oír a nuestros directivos desbarrar sobre temas culturales. Lo normal es que ciertas “lagunas” pasen desapercibidas, nadie sabe una mierda, pero los equipos orientales están cada vez más enterados. Resulta humillante comprobar cómo se dibuja en los labios de una abogada de la parte contratante de la segunda parte una sonrisa displicente al escuchar a nuestro jefe de ventas decir que Rousseau es una marca de sostenes. Imagínese, una japonesa de poco más de metro y medio poniendo en ridículo a la división acorazada de la empresa. Tampoco vale cerrar el pico. Para los compradores exigentes el silencio sólo demuestra ignorancia; es una evidencia del “no sabe, no contesta”, un anuncio de que va a ser difícil cerrar un trato con patanes. Algunos compradores rusos se dedican directamente a tocarnos las pelotas a los diez minutos de sentarnos. Comienzan sus alegaciones con un "Como dijo Aleksandr Solzhenitsyn: La precipitación y la superficialidad son las enfermedades crónicas del siglo". Los idiotas somos nosotros. Llevan en el grupo algún listillo tapado. Creen que con esta farsa bajarán los precios. No sé a dónde vamos a llegar. ¡Que se jodan! Pero no sé si le queda a usted claro lo que pretendemos.
- Más o menos, contesté. ¿Qué duración tendrá?
- Un semestre prorrogable. Estaría divido en cuatro partes, cada una a cargo de un experto: arte, literatura, historia y filosofía. Tienen ese plazo para pulir a la “clase dirigente”. No pretendemos –me atajó cuando empezaba a decir algo- que los conviertan en filósofos griegos o humanistas de Renacimiento, sería una ruina, pero sí que adquieran un cierto lustre, un barniz ilustrado que adorne sus destrezas reales. Son lobos con piel de cordero. Quiero que balen, no que rebuznen.
- ¿Cada materia tendrá un programa?
- Bueno, no descartamos que los asuntos tratados por cada especialista tengan un orden, un plan, que se presenten con una mínima cronología, pero lo realmente funcional es que, tras un enfoque previo, nos centremos en que los ejecutivos adquieran competencias efectivas para rechazar una divagación molesta sobre... poesía o, mejor, desviarla hacia un núcleo de temas bajo control o, aun más, que sean capaces de adelantarse e imponerlos. Si alguien de su delegación cita a un poeta japonés, "uno de los nuestros" debe contestarle con la canción del pirata completa.
- ¿Quien decide ese repertorio de temas?
- Usted es el experto. Elija qué temas filosóficos son pertinentes en una reunión cuyo final es un contrato para prolongar, por ejemplo, el metro de Buenos Aires. ¿Acaso Marx? (y todos se rieron).

Ocupamos durante la presentación una sala de reuniones con mesa alargada. Mucha pompa y circunstancia. Jugaban en su cancha y no me hizo gracia. Venían uniformados con trajes apabullantes, portafolios de cuero y corbatas a lo Kandinsky. La mesa parecía una tienda de Apple. Nadie fumaba. Temía que hablarles de filosofía les resultara poco menos que ofensivo. Tras presentarme y pasar lista del modo más informal que pude, con interrupciones para comentar cualquier cosa, incluido el tiempo, disparé: pueden venir al curso vestidos como quieran; en todo caso, a no ser que les obliguen, un atuendo informal, cómodo, deportivo, les ayudará a liberarse por unas horas de su "rol dominante" y entenderán mejor lo que nos traemos entre manos. Por cierto, sólo  sabremos lo que nos traemos entre manos al hilo del curso. Antes de entrar en materia, pueden opinar, hacer las sugerencias que estimen oportunas o preguntar lo que quieran.
- ¿Sinceramente, profesor, piensa (con énfasis) que este montaje académico sirve para algo? susurró un varón de edad indefinida.
- Este curso no tiene carácter académico, créame. ¿Cuándo dice “servir para algo” a qué se refiere exactamente? Le contesté con voz neutral.
- A los objetivos y todo lo demás. Supongo que le habrán informado.
- No conozco bien el mundo de las reuniones de negocios, de sus reglas y trampas, pero si la empresa financia el curso tendrá sus razones. En cualquier caso me dejaré guiar por su criterio: dicho de otro modo, ustedes decidirán qué cosas de las que oigan pueden serles útiles o no para su trabajo. Nos quedaremos con ellas y las demás se perderán en el camino. Aprenderán algo sobre los grandes pensadores y yo sobre las grandes firmas. Quid pro quo. Por lo demás, no es relevante que les interesa la filosofía ni a mí los negocios. Ustedes hacen como que les interesa y yo hago como que me lo creo. Y viceversa. Sería absurdo por mi parte darles lecciones de pragmatismo.
- Dicho de otro modo, resumió una joven de pelo corto y traje gris a cuadros. Tenemos que producir beneficios de la concordia entre capitalismo y filosofía por este orden.
- Algo así, asentí. Pero hay más: al hilo de los pensadores ensayaremos conjuntamente los órganos del pensamiento: lógica, dialéctica y retórica, es decir, razonar, disputar y convencer. Podrán usarlos para desmontar las argucias y espejismos de sus rivales orientales. Aunque supongo que ustedes ya dominan tales recursos al tratarse de profesionales acreditados.
- Una pregunta personal, profesor (levantó la mano un elegante barbado con gafas doradas); por supuesto puede no contestar y entonces le pediré disculpas. ¿No le parece que esta mezcla de negocios y filosofía puede ser una comedia intelectual y una falta de honestidad por su parte?
- Contestaré con la escuela filosófica que abre el curso. (Se hizo un silencio expectante). En la segunda mitad del siglo V surge en Grecia un influyente movimiento intelectual, pedagógico y político: los sofistas; son sabios procedentes de distintos lugares que ofrecían a cambio de dinero enseñanzas prácticas encaminadas a triunfar en la plaza pública. Las causas de su surgimiento son múltiples. La primera y principal es la evolución de la polis ateniense hacia la democracia, lo que supone la aparición de un nuevo valor: el éxito social. Todos los hombres libres pueden aspirar al éxito en virtud de sus méritos. Los sofistas eran maestros, “profesores” capaces de enseñar a los atenienses los medios para lograrlo. No todos podían asistir a sus clases: los honorarios eran caros y prescindían de los alumnos incompetentes. Enseñaban a persuadir, a manejar opiniones e influir en la vida política. Para los sofistas el criterio de la verdad es solamente práctico: debe estar basado en el interés, la fama y el beneficio de la ciudad. Los dos sofistas más célebres son Gorgias (aprox. 490-380 a. de C.) y Protágoras (aprox. 480-410 a. de C.).

domingo, 25 de octubre de 2015

El retrete parisino


Según el psicoanálisis, la cultura ha ejercido una triple función antropológica: reprimir los instintos originando con ello un montón de neurosis, actos fallidos y sueños incomprensibles; transformar las pulsiones reprimidas de los instintos en energía socialmente útil, o sea, trabajo; y domesticar los instintos mediante su permanente adaptación al entorno, o sea, inventos. Así, en el último caso, los airbags de los coches o la medicina preventiva serían modificaciones culturales del instinto de supervivencia, los sex-shops del instinto sexual, los preservativos del instinto de reproducción, las armas del instinto de agresión-defensa y los retretes del instinto de eliminación de sobrantes. Hagamos un poco de memoria histórica de estos últimos.
Según cuentan las crónicas, el primer sistema de retretes moderno surgió a la vez en Londres y París. Con la llegada del agua corriente y el alcantarillado a las ciudades a mediados del siglo XIX también llegaron los servicios y la democratización del aseo. En Francia se denominaron originalmente armoires d’eau (literalmente “armarios de agua”, expresión procedente de la inglesa water closet); también se los llamaba de forma elegante cases d’aisance (“compartimentos de desahogo”). En realidad se trataba de un espacio reducido con un inodoro sin taza o agujero en el suelo. Datan de 1840 y se deben a la iniciativa del prefecto de policía Monsieur Rambuteau quien ordenó la instalación de servicios (toilettes) en todos los hogares.
No obstante, fue preciso esperar diez años para que se construyeran unos retretes más asequibles a las mujeres... tras superar la oposición de ciertos grupos feministas que con el pretexto de la igualdad total no aceptaban la separación de las instalaciones y reivindicaban unos “bioilógicos” servicios unisexo. Una célebre representante del movimiento feminista, Colette Duclos, escribió entonces: La mujer es capaz de realizar todas las actividades del hombre excepto hacer pis de pie contra un muro. Por tanto, no había inconveniente en que ellas orinaran de pie sobre un agujero negro. 
Posteriormente, conscientes del absurdo de obligarlas a tales posturas, el radicalismo feminista se suavizó aunque siguió con la idea de un retrete único para ambos sexos, ahora con un asiento fijado al piso mediante bulones o taza para sentarse. En círculos positivistas se defendían los progresos de la ciencia: Orinar sentados tiene muchas ventajas para los hombres. Para empezar el lado higiénico de la posición: orinar así es lo más limpio; además, hacerlo, según los fisiólogos, reduce los riesgos de las enfermedades de la próstata y contribuye a una vida sexual más larga y satisfactoria.
En consecuencia, prohibido por ley a los hombres hacer pis de pie. Pero si la disposición legal parecía sostenible sobre el papel, su aplicación era inviable: imaginemos a una brigada de gendarmes anti-micción-erguida (término casi heideggeriano) siguiendo a los varones a los servicios para ver si cumplían la ordenanza. Escrito por la prensa canallesca: Imaginez-vous des agents de police suivant les hommes aux toilettes pour voir s’ils urinent de la bonne manière ! C’est drôle. O a las amas de casa espiando por la cerradura del retrete a sus maridos para obligarlos a respetar las normas o a los niños en el parque frustrados por la monserga de desaguar en un orinal de campaña o a los vagabundos de los puentes del Sena sentados en un cajón de madera para no ser expulsados. Obviamente era una variante de la violencia de género y un abuso de la égalité oficial de la República.  
Al final se impuso el sentido común, algo que según Descartes es la cosa mejor repartida del mundo (aunque siempre a largo plazo). Durante un baile de gala de la alta sociedad parisina del Faubourg Saint-Germain se instalaron por primera vez de forma separada los servicios de hombres y mujeres. La nobleza francesa aun conservaba ciertas prerrogativas en materia de politesse y buen gusto. La moda propició el avance de los usos. Muy francés. Tuvo el aliciente de que una parte notable de la vida mundana, devaneos, cotilleos y otros galanteos, se desplazó del salón a los amplios escusados. Allí, unos y otras hablaban sin cortapisas de los placeres y los días. 
A partir de 1860 las casas de la burguesía, que era la clase dominante desde hacía casi un siglo, estuvieron equipadas con retretes para orinar al gusto: sentados, de pie, haciendo el pino o como eligiera el usuario/a. Solo quedaban en el mundo más de tres mil millones de personas del pueblo llano obligadas a hacer sus necesidades en la madre naturaleza o en la calle.