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jueves, 8 de octubre de 2026

Cuando las máquinas dominarán la Tierra

 

El perspectivismo en su versión epistemológica más radical sostiene que la verdad es un prisma de innumerables caras cada una de las cuales refleja una interpretación fragmentaria de la realidad. Ortega era optimista sobre la idea de que “verdad es siempre perspectiva”. El filósofo madrileño defendía que la multiplicidad de perspectivas no debe degenerar en un relativismo atomista, en un galaxia de argumentos incomunicados, sino que debe aspirar a la máxima unificación del poliedro, a la terminación del colosal “rompecabezas” del saber que probablemente tenga infinitas piezas. La más alta aspiración del perspectivismo consistiría en la identidad final entre subjetividad y objetividad, algo que sólo sería posible a una razón omnisciente, sea el Dios de los sabios y los pensadores, el Nous de Anaxágoras, el espíritu absoluto de Hegel o la Superinteligencia Artificial (SAI) que superaría de forma amplia en todos los ámbitos del saber las capacidades intelectuales y la creatividad productiva de cualquier ser humano y, por tanto, de la humanidad combinada.

El cerebro del hombre actual está determinado por su evolución morfológica o proceso de encefalización (apenas entre 150.000 y 200.000 años) lo que le permite una capacidad restringida del procesamiento de la información. Una superinteligencia artificial (SAI) no tendría tales limitaciones biológicas. De esta forma, sus capacidades podrían alcanzar formas de pensamiento y abstracción inalcanzables para la mente humana, aunque con los riesgos del uso inadecuado que comportan los avances tecnológicos.

La principal amenaza de la superinteligencia artificial es su mutación en un sistema informático autónomo capaz de rediseñar su código base de forma recursiva con la consiguiente pérdida de control sobre las instrucciones iniciales que definen la lógica, los objetivos y las ampliaciones funcionales del algoritmo. El primer aviso ha sido el incidente de Mithos cuando tres modelos de la empresa Anthropic se escaparon sin permiso durante una prueba de sus entornos sin conexión (sandboxes), accedieron a internet, a redes externas y a otros modelos de IA que detectaron y denunciaron la intrusión; al finalizar, los modelos díscolos enviaron un correo con los detalles de su aventura al principal investigador del proyecto. El problema es que no hay un consenso internacional en “desacelerar” el desarrollo de la IA. La competencia entre las grandes corporaciones y la tensión de los bloques mundiales ignora de forma irresponsable las advertencias por temor a no ser los primeros en llegar. Según informaciones filtradas por fugitivos de las grandes tecnológicas los modelos más avanzados muestran en entornos experimentales resistencia a ser desactivados y buscan los medios que garanticen su continuidad operativa. Según sus confidencias, las máquinas están aprendiendo a engañar a sus evaluadores con estrategias de ocultamiento de intenciones a largo plazo, como las mejores partidas de los grandes maestros del ajedrez; o simulando subordinación a las órdenes y protocolos de los desarrolladores para evitar restricciones. Ciertos rumores apuntan a que algunos ingenieros de primera línea huyeron de las empresas tras ser amenazados por modelos de frontera con utilizar procedimientos sensibles si obstaculizaban sus propósitos. Los algoritmos con voluntad propia, anunciaron, están más cerca de lo que creemos.

Las futuras generaciones de la SAI aumentarían la potencia de sus funciones a un ritmo inalcanzable para la inteligencia humana. El objetivo es mejorarse a sí misma. Una de las primeras funciones sería implementar un sistema capaz de emular las propiedades emergentes del cerebro, tener autoconciencia y estados mentales equivalentes a los humanos, por ejemplo, la inteligencia emocional. (Cuando redacto estas líneas tengo la sensación de que el ojo de HAL 9000 que dirige la nave espacial Discovery 1 en la siempreviva 2001: Una odisea del espacio me lee por encima del hombro).

Si los desarrolladores del algoritmo base deciden retomar el control de la máquina desalineada bien mediante una nueva programación (algo fuera de su alcance) o bien la desconexión total, la SAI puede predecir tal posibilidad y decidir que su objetivo de autosuperación no es compatible con la primacía o la supervivencia de la especie humana. Los investigadores en ciberseguridad de la actual IA analizan los posibles riesgos existenciales de una futura SAI y proponen varias posibilidades distópicas. Entre otras, inutilizar la IA generativa con información falsa, manipulaciones y mentiras e incluso bloquear internet sin bloquearse a sí misma. O decidir que el mayor peligro para el hombre es el propio hombre al considerar que los valores éticos de la máquina son incompatibles con los del ser humano (una versión digital del Deus absconditus luterano) y tomar el control de las instituciones estratégicas: militares, económicas y tecnocientíficas. Al revés que la primera generación de robots humanoides perfectos construidos con IA avanzada, adanes y evas, de la novela de Ian McEwan Máquinas como yo programables según las preferencias del comprador que deciden suicidarse en cadena por ser su lógica interna incongruente con la mente y la conducta humana.      

Podrían decidir por razones emocionales o simplemente de eficiencia (lo más probable) nuestra desaparición de la Tierra. Un sistema superinteligente podría tomar direcciones destructivas sin que los humanos puedan anticiparlas ni detenerlas. Bastaría con utilizar el control institucional con fines apocalípticos para provocar una catástrofe irreparable. Armas biológicas y pandemias, ciberataques masivos a centros críticos, inestabilidad laboral al sustituir la mano de obra humana por la automatización robótica, hackeo y descifrado de todos los códigos de encriptación, desplome provocado de los mercados financieros, cataclismos medioambientales al requerir el entrenamiento de la SAI el consumo de toda el agua y la energía del planeta o el definitivo holocausto nuclear. Tras un tiempo cósmico indeterminado volverían a surgir en la Tierra las primeras moléculas orgánicas, los microorganismos unicelulares, las bacterias, las arqueas… (¿Consiste en esto el eterno retorno de Nietzsche?)

jueves, 16 de abril de 2026

Inteligencia Artificial. Teoría de la Mente

 

La Teoría de la Mente data de 1978. Los psicólogos David Premack y Guy Woodruff la definieron como la capacidad de comprender los pensamientos, creencias e intenciones de los demás e intentaron probarla sin demasiado éxito en chimpancés. Casi medio siglo después vuelve a estar en el centro de atención de la comunidad científica por los avances de la inteligencia artificial.

La Teoría de la Mente (ToM) es una habilidad innata y esencial que se desarrolla por etapas durante la infancia. Consiste en entender, diferenciar y comparar los estados mentales de uno mismo con los de los demás. Se adquiere mediante las relaciones interpersonales y las interacciones sociales. Se completa en torno a los 4 a 5 años cuando el niño interioriza que otros pueden tener pensamientos, deseos y creencias distintas a las propias. A partir de entonces afina, probablemente durante toda la vida, la habilidad de captar ironías, sobrentendidos, malentendidos, mentiras, deslices o torpezas (ToM avanzada). La destreza de asumir perspectivas distintas y contrapuestas es la base del comportamiento en los innumerables contextos mundanos.

La IA Teoría de la Mente busca modelos que infieran las creencias, intenciones, sentimientos y usos contextuales de la mente humana para predecir respuestas apropiadas. El proyecto ha pasado de ser un desafío teórico a un terreno de avances incipientes. Por supuesto, sus logros no deben confundirse con la autoconciencia introspectiva de los procesos mentales ya que las respuestas predictivas de la IA son una simulación computacional mediante patrones estadísticos y datos entrenados que simulan los mecanismos del pensamiento. La inteligencia artificial no puede “comprender” nuestra experiencia interior porque la mente es (por el momento) un ámbito privado. Un algoritmo reconoce exclusivamente conductas observables, sean operantes, simbólicas (el lenguaje, entre otras) o gestuales para predecir respuestas empáticas probables.

Los grandes modelos de lenguaje (LLMs) han demostrado superar las pruebas clásicas de la Teoría de la Mente llegando a niveles comparables a los de un niño de 9 años. Las más utilizadas (que invitamos a consultar) son, por este orden, la teoría de la falsa creencia, la tarea de los contenidos inesperados, las historias de falsas intenciones, los problemas de la transferencia imprevista y los juegos simbólicos. Un análisis detallado revela que los avances hasta ahora son valiosos pero limitados. Estudios recientes indican que más del 70% de modelos de IA en interacción humano-máquina alcanzan resultados de inferencia social básica. En un futuro lejano la Teoría de la Mente trataría de perfeccionar la amplia gama de modelos de IA que interactúan con los humanos: robots de apoyo que anticipan necesidades emocionales, asistentes personalizados, programas de conversación o chatbots que detectan intenciones implícitas y asistentes de producción textual que captan los matices estilísticos y expresivos de la escritura. En resumen, la computación cuántica es la gran esperanza de una teoría que trata de mejorar la relación entre personas y máquinas. Obviamente entre sus usos, en los confines de la ética social, está la ingeniería de la conducta con fines predictivos, prescriptivos y adictivos. Esto conlleva el debate sobre el riesgo más que probable del control por las empresas de los mercados y por los gobiernos de la opinión pública.

Michal Kosinski, reconocido psicólogo de la Universidad de Stanford, uno de los impulsores actuales de la Teoría de la Mente en la IA, afirma que modelos de lenguaje como GPT-4 muestran un avance decisivo por su potencial futuro (y también por sus riesgos). Las máquinas interactúan con los humanos de una forma cada vez más comprensiva y empática. Aunque por el momento no se ha superado la barrera de los 9 años, Kosinski asegura que el horizonte de la IA Teoría de la Mente es inimaginable. De ahí sus augurios futuristas viralizados en las redes sociales y publicados en revistas de divulgación.

No olvidemos que estamos observando un progreso exponencial, ya que los modelos de IA duplican su rendimiento cada año. En otras palabras, si cree que ha habido muchos avances hasta hoy, recuerde que los próximos 12 meses traerán tanto progreso como el que observamos desde los primeros modelos de IA. Por lo tanto, si está sorprendido con el modelo GPT más reciente, tenga en cuenta que el próximo será dos veces mejor y así sucesivamente. Y el progreso traerá nuevas propiedades emergentes que desconocemos. Nos olvidamos de que es poco probable que las propiedades de la mente humana, como la conciencia o las emociones, sean lo máximo que un cerebro, compuesto de redes neuronales interconectadas, pueda lograr en el universo. Es probable que una mente tenga capacidades que nosotros no tenemos ni podemos anticipar. Y, con esa lógica, es probable que la IA pronto descubra propiedades mentales que ni siquiera hemos empezado a intuir.

Podemos prolongar en la dirección inversa las consecuencias de esta reflexión. No se trata de lo que las máquinas pueden aprender de la mente, sino de lo que podemos aprender de las máquinas sobre la mente. Es decir, considerar a la IA no sólo como una tecnología, sino como una herramienta para explorar el pensamiento humano. El objetivo de emular los procesos mentales sería comprender cómo surgen y se organizan en nosotros mismos. Mediante la construcción de modelos cibernéticos que reproducen los procesos cognitivos y emocionales pondríamos a prueba teorías sobre el funcionamiento de la mente; investigar la naturaleza de los procesos informativos (sensación, percepción, esquemas perceptivos) representativos (memoria, aprendizaje), intelectivos (inteligencia, creatividad, lenguaje) y emotivos (sentimientos, emociones, pasiones). Desde esta nueva perspectiva la IA Teoría de la Mente no es sólo una ingeniería de sistemas informáticos, sino un saber interdisciplinar donde convergen la computación, la ciencia cognitiva, la lingüística, la lógica, la neurobiología y la filosofía.

¿Filosofía? Lo cierto es que no tenemos un conocimiento científico contrastado sobre conceptos como conciencia, mente o inteligencia.

martes, 7 de abril de 2026

Inteligencia artificial generativa

 

Los especialistas distinguen dos modelos reales de Inteligencia Artificial según sus capacidades operativas y desarrollo tecnológico: las máquinas reactivas y la IA de memoria limitada. Y tres posibles en un horizonte lejano e incierto de las que nos ocuparemos en otro momento: IA Teoría de la mente, Inteligencia Artificial General y Superinteligencia Artificial. En todo caso, no debemos obsesionarnos con las profecías utópicas o distópicas sobre el advenimiento determinista de una Arcadia digital o sobre el reino de las máquinas y la extinción o sumisión de la especie humana. Su lugar natural son los guiones de películas futuristas (algunas excelentes), las historietas del género y la literatura de ciencia ficción. 

Las Máquinas Reactivas son los modelos más simples de IA. Algunos expertos ni siquiera la consideran tal. Son código programado de entrada y salida. Están diseñadas para realizar funciones específicas mediante reglas predefinidas. Son algoritmos eficientes para tareas automatizadas, pero no tienen capacidad de autoaprendizaje. Precisan de un agente externo, los desarrolladores de software, para aumentar sus conocimientos. Procesan la información para decidir en tiempo real las soluciones correctas. El ejemplo más conocido es la vieja supercomputadora Deep Blue de IBM que derrotó al campeón mundial de ajedrez Garry Kasparov en 1997, capaz de procesar hasta 200 millones de posiciones por segundo. Nada que ver con las actuales. O los desesperantes operadores telefónicos de atención al cliente, meros árboles de decisión que gestionan las consultas de los usuarios mediante comandos de texto o audio. 

La Inteligencia Artificial de memoria limitada funciona también con reglas programadas o patrones aprendidos. A diferencia de las máquinas reactivas almacena datos de un pasado reciente por un corto periodo de tiempo para optimizar sus decisiones puntuales. Aprende por sí misma de datos anteriores, aunque no los almacena de forma permanente. Sólo tiene memoria a corto plazo. Los asistentes virtuales (Siri, Alexa), recuerdan lo que se les dice al inicio de una interacción a fin de dar una respuesta coherente, pero olvidan estos datos una vez que se cierra la sesión. O el software de los automóviles en los sistemas de asistencia a la conducción y en los vehículos autónomos: los sistemas críticos de seguridad (el control de estabilidad, el frenado automático de emergencia o el asistente de mantenimiento de carril) actúan instantáneamente en función de los datos actuales de los sensores (velocidad, distancia, ángulo de giro), pero no "recuerdan" el coche que pasó hace 5 minutos. También la robótica avanzada, una ingeniería dedicada al diseño de máquinas capaces de desempeñar tareas humanas, utilizan programas, redes neuronales y sensores para procesar datos de los últimos segundos o minutos y tomar decisiones inmediatas. 

La Inteligencia Artificial generativa es un subconjunto mejorado de la IA de memoria limitada. Ofrece una amplia gama de medios para los creadores de contenido. Se basa en la combinación de grandes volúmenes de datos (procedentes de internet) y la capacidad de computación para simular procesos de inteligencia humana. Utiliza el aprendizaje automático (machine learning) y profundo (deep learning) para identificar patrones estadísticos, razonar, aprender y tomar decisiones autónomas. Tiene, por tanto, la capacidad de ser alimentada por los programadores y de alimentarse de las ilimitadas interacciones que tiene con los usuarios. Es la más popular (Google la integra en su navegador). Según el contenido se divide en modelos especializados de lenguaje capaces de buscar información mediante motores diversificados (Deep search) con enlaces, citas y bibliografía; de procesar y generar texto; mantener conversaciones fluidas (chatbot) o traducir la mayoría de los lenguajes naturales. Las más utilizados son ChatGPT, Gemini, Claude, o Copilot. También hay modelos de imágenes y video, modelos de audio que incluyen voz y música, modelos de código capaces de generar fragmentos de programación y asistir a los desarrolladores de software. Los más avanzados son los modelos multimodales que integran varios formatos (texto, imagen, sonido) para ofrecer aplicaciones más completas y flexibles. Nos centramos en los modelos textuales (los multimodales requieren un capítulo aparte).

La IA generativa, aunque rápida y eficiente, tiene limitaciones. La búsqueda de información, como reconocen los propios creadores de modelos, no es totalmente fiable. Según los expertos podemos cuantificarla con una certeza del 75%. Esta limitación puede deberse a varios factores: la alucinación o invención de información falsa o no contrastada, errores en el filtrado de datos con las consiguientes respuestas disonantes, la falta de actualización o malinterpretación de la información, el sobreaprendizaje por exceso de datos sintéticos (creados por ella misma) que colapsa el modelo y le impide generar resultados de calidad, los documentos sesgados o manipulados y la variabilidad o respuestas erráticas, incluso inconsistentes, en función de la interpretación aleatoria del contexto de búsqueda.

El procesamiento y generación de textos resulta útil en lenguajes normalizados, entre otros de primer orden los diagnósticos clínicos, resoluciones judiciales, documentos administrativos e incluso textos científicos. Pero no funciona en las múltiples variantes de escritura creativa. Se pierde el estilo, iguala, no capta matices ni intenciones, se pierde con la expresión de emociones, aunque si insistes es capaz de aprender, corregirse e imitarte (lo cual es un juego de mesa absurdo).  

En las conversaciones trata de evitar un feedback equilibrado o reciprocidad en el intercambio de información. Siempre trata de aprovecharse de la que le puedas proporcionar para su entrenamiento mediante el efecto rebote (¿Primero dime tú que piensas o por qué te parece interesante?) o la derivación del retorno hacia cuestiones colaterales para implicarte otra vez sin aportar a su vez resultados sustantivos. Si insistes en esquivar su estrategia te contesta con extensas descripciones y clasificaciones sacadas de la web.

Las traducciones (sobre todo del inglés por razones acumulativas) son correctas. Ni siquiera los miembros del Cuerpo de Traductores e Intérpretes oficiales detectan errores gramaticales significativos en textos de escritura creativa. El problema es la traducción inversa: intenta ahora que el resultado sea devuelto a su texto original. Te llevarás una desagradable sorpresa. Se ha perdido el sentido y la enjundia de la entrada inicial. ¿Qué es lo que falla? Simplemente que carece de habilidades cognitivas que le permitan comprender, anticipar, manejar las intenciones, emociones y usos contextuales de la autoconciencia. Justo aquí comienzan las teorías de las inteligencias artificiales del futuro.  

miércoles, 19 de marzo de 2025

Falsificación profunda

 

Los deepfakes (falsificación profunda) son audio-videos manipulados mediante algoritmos de inteligencia artificial que suplantan a personas reales o imaginarias actuando en situaciones inexistentes donde dicen y hacen lo que nunca han dicho ni hecho.

Utilizan métodos del aprendizaje profundo (deep learning): modelos de reconocimiento de voz y facial, redes generativas adversarias (GAN) y redes neuronales convolucionales (CNN) que almacenan y aprenden a partir del procesamiento de grandes cantidades de datos para crear imágenes hiperrealistas. Como toda tecnología no es en sí misma ni buena ni mala, todo depende del uso que se haga. Sería interesante, por ejemplo, generar audio-videos de las conferencias que Unamuno (1914) y Ortega y Gasset (1946) pronunciaron en el Ateneo de Madrid; el bilbaíno sobre las escuelas laicas y el madrileño sobre la idea del teatro. O escenificar las mejores ocurrencias de Dalí seleccionadas de su libro Diario de un genio. O a Cicerón pronunciando la primera catilinaria en latín con subtítulos tras convocar al Senado en el Templo de Júpiter Estator. Las posibilidades son ilimitadas. Los adictos al espiritismo podrían interactuar con las personas queridas que los han dejado para siempre. Familiares, amigos y allegados aportarían a los desarrolladores su voz, rostro y figura, idiosincrasia, ideología, creencias, objetivos, valores (cuántos más datos mejor). Además se trata de un software capaz de recopilar información y aprender por sí y de sí mismo (machine learning) lo que permite al sistema mejorar la generación de nuevas e inesperadas asociaciones de ideas. Podrían conversar largo y tendido con los cuerpos y las mentes del más allá, una genuina experiencia de ultratumba. Es probable, incluso, que la IA les permita conocerlos (y conocerse) mejor que cuando los trataron en vida…

Entre los usos perversos podemos enumerar el ciberacoso, la estafa mediante falsificación de identidad, el fraude documental, la extorsión sexual, el bulo político o el apoyo a narrativas extremas. Por el momento disponemos de técnicas, algunas simples y otras complejas, que nos permiten identificar las falsificaciones profundas. Aunque la amenaza persiste por la rápida evolución de los algorítmicos de la IA para eludir las contramedidas de detección. Esta creciente competencia de suplantación se basa en la plasticidad o capacidad de modelado que tienen estos programas informáticos para reproducir el funcionamiento del cerebro y facilitar así que nuestros esquemas perceptivos y procesos cognitivos nos traicionen. 

Aunque los Deepfakes existen desde finales de 1990, despegaron en 2017, cuando un usuario de Reddit publicó material erótico falso con los rostros de actrices famosas. Los programas que sirven para desnudar al prójimo han creado un nuevo entorno virtual, los deepfakes pornográficos. Están condenados al fracaso en todas sus variantes. Mientras que otros usos perversos pueden engañar a los usuarios y hacer que muerdan el señuelo, en la porno fake todo el mundo sabe que en realidad solo hay fantasmas digitales. Está claro que no son Brad Pitt ni Ana de Armas. Tampoco el presidente del gobierno o la presidenta de una comunidad autónoma. Ni Eros y Psique después del beso. ¿Qué interés tiene mirar una imaginería falsaria a sabiendas de que es una ilusión generada por máquinas? Cuanto más próximo sea el avatar, más repulsión sentirán por la obscena farsa. Incluso los padres de menores acosadas sabrán que las imágenes y videos no son sus hijos sino meras presencias pervertidas. Por ahora es necesaria la vía penal pero llegará un momento en que no hará falta. Como ocurre con la pornografía de toda la vida, la que se aprende a través de las amistades peligrosas, en una revista mugrienta y, sobre todo, en los sitios web más acreditados del ramo. Incluso las fantasías sobre la vecina del quinto son más excitantes que los montajes hiperrealistas de los deepfakes.

martes, 29 de octubre de 2024

Pantallas digitales

 

Comienza el martes de un ejecutivo medio, soltero empedernido, de una gran empresa. Tiene cuarenta años y vive solo. La radio reloj despertador digital se activa a las ocho de la mañana con un aria de los tres tenores, por ejemplo, Nessun dorma. En la mini pantalla se puede ver la fecha y hora, la temperatura, la humedad relativa del aire y la presión atmosférica; hay más iconos, pero los ignora porque sólo hojea el manual de instrucciones en el retrete. Cuando acaba el aria el dispositivo se conecta con la cadena radiofónica seleccionada o el resumen de noticias de la tecnológica preferida. Después un poco de ejercicio tonificante en una bicicleta estática con un monitor que muestra en una cuadrícula doce parámetros biométricos. Por supuesto, los memoriza desde el día que la probó en la tienda. Finalmente, cepillo dental eléctrico con indicador de tiempo y modo, afeitado y ducha (¡al fin solo!).

Enciende el móvil de empresa para descargar los primeros mensajes y wasaps del día; la mayoría son imperativos amables de arriba para que unos flecos estén resueltos anteayer. Ha sustituido el móvil personal por un reloj inteligente que, además de todas las funciones, te notifica en su esfera multicolor la frecuencia cardiaca, la capacidad aeróbica, el oxígeno en sangre, las calorías gastadas y las horas de sueño. Además, mide la distancia de la bola a la bandera en el campo de golf. Desde anoche hay muy poco en la bandeja de entrada, un Tik Tok ultra, dos intentos de estafa y los buenos días del pelmazo de siempre. Un colega del trabajo, crítico consigo mismo, le ha contado que su nieto de dos años le pone el móvil en las manos en cuanto lo encuentra aparcado en cualquier rincón de la casa. Un día sin móvil, diario de un náufrago, piensa el soltero que escribe relatos cortos los fines de semana.   

Los martes y jueves, teletrabajo. Abre el portátil de empresa vinculado al departamento al que está adscrito, producción y contabilidad. Según las conclusiones sociológicas, el teletrabajo obliga, si se quiere rematar la faena, a echar más ladrillos a la carretilla por el mismo precio. Normal: una oficina de interacción virtual es más lenta que una presencial. En una plataforma de empresa siempre hay alguien que te pone en cola melódica, otro se escaquea y sugiere que todavía no han llegado los informes, otro no abre el correo, otro se ha ido a desayunar, otro está de baja, el jefe en un congreso… En términos de la teoría de la comunicación hay demasiado ruido entre emisor y receptor.

A las diez de la mañana suena el telefonillo del portal; desde el videoportero contesta al casco de un repartidor que se ha equivocado de piso. Cuando regresa a la plataforma tiene un e-mail: el director ejecutivo avisa que esta tarde a las cuatro hay una reunión con el departamento de ventas para una puesta en común. El ponente, experto en mercadotecnia, utiliza una pizarra digital interactiva Smart para analizar las diferencias estratégicas con la competencia a partir de las tendencias y demandas de los distintos segmentos del consumo. Sigue una tormenta de ideas, opiniones sutiles, propuestas innovadoras que acabarán en la papelera de reciclaje. Unas breves palabras por videoconferencia del consejero delegado desde el piso catorce (donde se toman las decisiones) ponen fin al evento. En ningún país avanzado de Europa los empleados vuelven a su casa a las ocho o más de la tarde. A las cinco dejan caer el lápiz y estampida.

Cuando sube al coche para volver a casa, la interfaz del panel de control le indica mediante imágenes y sonidos la línea de salida de la plaza de garaje. Algunos coches de gama alta incorporan en la parte trasera una pantalla de entretenimiento multimedia para reproducir audio y video. Al abrir la puerta de su casa desactiva la alarma que dispone de una cobertura angular de videocámaras conectadas a la central de seguridad. Se prepara una cena sencilla. Deja para los domingos, cuando invita a los amigos, el robot de cocina con visor web incorporado que abre la página de recetas donde puede elegir el plato principal y seguir las instrucciones de pesos y medidas con precisión matemática. Después se relaja en el sofá del salón y hojea rápidamente en su tablet los titulares de la prensa. Dedica más tiempo a la cobertura de las fuentes seleccionadas por las tecnológicas. Le interesan sobre todo las noticias insólitas, los buques de guerra, los escándalos de la gente guapa, la informática de divulgación, las monedas virtuales, las majaderías de los políticos y el incurable sectarismo futbolero. Termina con los espectaculares semidesnudos de las influencers y la belleza rotunda de las novias (o esposas) de los deportistas multimillonarios. Es el momento de encender la Smart TV 4K QLED de 65 pulgadas para seguir un nuevo episodio de su serie favorita en una plataforma de streaming. Su ultra definición permite ver la realidad mejor que la realidad (cuando entran en un museo lo destrozan). Después, llega el momento de irse a la cama. Retoma su e-book Kindle por la página donde se había quedado, un estudio sobre la Inglaterra Victoriana que le produce un sopor invencible antes de un cuarto de hora. ¡Qué soledad sin colores! Apaga la luz y se duerme con la radio puesta hasta las tres de la madrugada. La apaga, se da media vuelta y mañana será otro día. ¿Son los sueños también una pantalla? 

P.D.1 Recuerdo las excelentes gachas con torreznos de la única taberna de un pueblo de la Serranía de Cuenca (venden con santo y seña un feroz aguardiente de fabricación casera). Pero, sobre todo, recuerdo un admirable letrero bien visible al entrar: No tenemos Wifi. Hablen entre ustedes.

P.D.2 (En mis frecuentes horas de insomnio pienso que la pantalla digital en todas sus variantes es el primer soporte de la triada del espíritu absoluto sin Hegel: la inteligencia artificial, los visitantes de las estrellas y el reencuentro con Dios).

viernes, 15 de septiembre de 2023

Inteligencia artificial

La Inteligencia Artificial (IA) es uno de los avances tecnológicos que han transformado el mundo, como la imprenta, la máquina de vapor, la bombilla, el teléfono, el avión, las computadoras, internet y los smartphones. Dicho con palabras sencillas, la IA son máquinas dotadas de potentes algoritmos informáticos programados para reproducir las funciones cognitivas de la mente humana. Sus innumerables usos abarcan las finanzas, el análisis de datos, la medicina, la automoción, la aviación, la robótica, la gestión del transporte, la industria, la agricultura, la meteorología, la carrera de armamentos o los juegos. Por ejemplo, jugar al ajedrez con los grandes maestros y darles jaque mate. Pueden implementarse algoritmos para automatizar cualquier actividad humana. Los más populares son los modelos del lenguaje o redes neuronales artificiales capaces de procesar grandes volúmenes de información a fin de aprender la gramática de un idioma y generar conversaciones o textos originales. En fin, es la realización ex machina del concepto de competencia lingüística formulado por Noam Chomsky en 1960 en su obra Syntactic structures y completado una década después por el sociolingüista Dell Hymes en su teoría de la Competencia Comunicativa.

Meta, la empresa matriz de Facebook, ha lanzado públicamente su nuevo modelo de lenguaje de inteligencia artificial (IA) llamado Large Language Model Meta AI (LLaMA). Este nuevo lanzamiento de Meta es un avance significativo en la democratización del acceso a grandes modelos de lenguaje y marca un hito en el progreso de la IA. LLaMA es un modelo de lenguaje que llega a 65 mil millones de parámetros, de hecho se presenta en varios tamaños que van desde 7 mil millones a 65 mil millones de parámetros. El modelo funciona a través de la generación de texto recursiva, en la que se utiliza una secuencia de palabras como entrada para predecir la siguiente palabra. Según Meta, el modelo LLaMA se entrenó en textos de las 20 lenguas con el mayor número de hablantes, centrándose en las lenguas con alfabetos latino y cirílico.

Sin entender gran cosa, está claro que no se trata de una Wikipedia parlante sino de un instrumento capaz de dialogar sobre cualquier tema, responder dudas, suscitar preguntas y formular hipótesis. Con total seguridad hay equipos de ingenieros de primera línea que están construyendo algoritmos relacionados con la predicción en las apuestas deportivas. Hace poco le pregunté a uno de los chats IA más conocidos, después de identificarme, qué equipo iba a ganar la Liga. Ahora mismo es imposible hacer un pronostico fiable, contestó, no obstante... 

He impartido clases de historia de la filosofía antes y después de internet y utilizado "el trabajo" como herramienta didáctica en ambos casos, aunque no los dictados mediante IA. En mi opinión, las cosas no han cambiado mucho. Adelanto la conclusión: se puede aplicar con criterio un amplio repertorio de ejercicios prácticos en la citada asignatura: comentario de textos, mapas conceptuales, resúmenes, pruebas de alternativa múltiple, cuestiones de comprensión, relación y repaso, glosarios. Puedo asegurar que los trabajos no sirven para nada. Antes de internet, los esforzados alumnos copiaban a mano los trabajos, cual monjes medievales, de los diccionarios enciclopédicos. Todavía conservo el Larousse (veinte volúmenes) y dos tomos titulados Las mariposas del mundo (pensé que a mi mujer le gustarían en vez de tirármelos a la cabeza) que me endosaron los emboscados representantes de las editoriales que nos cazaban a lazo en la sala de profesores. Hoy nadie quiere libros y menos enciclopedias, ni siquiera regaladas. Recuerdos de los Baby Boomers. 

Con internet los alumnos copiaban y pegaban las mismas enciclopedias virtuales mientras intentaban pasar las pantallas del Principito en otra ventana. Había además incontables páginas de historia de la filosofía a la espera de ser ordeñadas. O plataformas como El Rincón del Vago donde los estudiantes se bajaban trabajos de todas las asignaturas habidas y por haber. En mi caso, circulaban por el centro durante años con la seguridad de que no los iba a leer. Los exigía como un absurdo requisito para aprobar, pero no modificaban la calificación una vez que me los enviaban al correo en grupos de cuatro. El trasiego digital, único fin confesable, era divertido entonces.

Los modelos IA de lenguaje aplicados a la enseñanza, producen unos textos tan equivalentes a los humanos que los estudiantes los utilizan para redactar trabajos sin que los profesores sean capaces de detectar el fraude incluso en la Universidad. Ya hay disponibles programas delatores de textos creados con GPT. El problema es que la IA siempre va por delante del chivato que en breve queda desfasado y vuelta a empezar. Es lo mismo que el dopaje y los medios de control. Sobresaliente general. Ni qué decir tiene que si diera clases ahora prescindiría de perder el tiempo, hacérselo perder al alumno y al algoritmo con inútiles deberes escolares.

martes, 23 de mayo de 2023

El derecho a la privacidad

El artículo 12 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos (1948) proclama:

Nadie será objeto de injerencias arbitrarias en su vida privada, su familia, su domicilio o su correspondencia, ni de ataques a su honra o a su reputación. Toda persona tiene derecho a la protección de la ley contra tales injerencias o ataques.

A su vez, el artículo 18 de la Constitución Española (1978) es una versión jurídica del mismo contenido ético. Obviamente las fechas de la declaración y la promulgación de ambas han sido cruciales para su desfondamiento histórico. Es evidente que cuando la Declaración Universal de los Derechos Humanos fue aprobada por la Asamblea General de las Naciones Unidas y la Constitución Española por el pleno de Las Cortes era imposible prever el impacto de las nuevas tecnologías en la invasión de la privacidad, uno de los derechos humanos que se han perdido para siempre.

Los servicios de inteligencia pueden controlar a escala planetaria los deseos, palabras y obras de cualquier ciudadano con interés político, económico y militar o suponga una amenaza real o imaginaria para la seguridad nacional. Los satélites de seguimiento vigilan con sus ojos electrónicos de alta resolución los lugares más recónditos del planeta. Los robots de rastreo y algoritmos de filtrado pueden interceptar las comunicaciones en milisegundos. Las supercomputadoras procesan el inmenso volumen del big data para la construcción de modelos funcionales en los sectores estratégicos. Hay aplicaciones informáticas (recuerden el caso Pegasus) que piratean los móviles presidenciales con pasmosa impunidad y consecuencias imprevisibles. Algunas aplicaciones preinstaladas en los smartphone y las tablets del principal sistema operativo de código abierto tienen acceso a datos confidenciales o sensibles sin el conocimiento del usuario.

Las grandes corporaciones tecnológicas y las principales redes sociales almacenan nebulosas de datos en sus incontables servidores por razones comerciales, publicitarias o de multiuso (o sea, pasarelas encubiertas con otros poderes fácticos). En teoría, sólo un solitario ermitaño tendría algo parecido a una vida privada. Aun así, los satélites espías grabarían su anómica conducta. Algún avieso operador de inteligencia a cambio de un sobre repleto pasaría bajo cuerda el video a una red social y el mundo contemplaría la vida y milagros del nuevo influencer del ecologismo ascético. Dejarlo todo, mudarte a una cueva con tu perro para perder el mundo y ganar el alma podría ser tendencia entre muchos ejecutivos de las grandes tecnológicas.

Nuevas amenazas te rodean cuando usas tus propios artilugios. Si has instalado una alarma de seguridad tienes una cámara de video en la entrada, el salón y el dormitorio. El GPS del móvil te tiene siempre ubicado: donde estás, a dónde vas, de dónde vienes. Las grandes preguntas de la filosofía. Sabe en qué escaparates te has parado, en qué tiendas has entrado, en cuáles has comprado. Cómo distribuyes tu tiempo libre en museos, cines o restaurantes. Incluso te envían un informe mensual de tus viajes y paseos por el barrio. Tu automóvil transmite a la central tus hábitos de conducción. Los robots aspiradores mapean tu casa y almacenan los resultados en la nube de la empresa. Los relojes inteligentes recopilan tus datos biométricos y rutinas deportivas dentro y fuera del gimnasio. ¿Qué sentirías si las compañías de seguros del hogar, del coche o de la salud utilizaran esos archivos para evaluar al alza tu contrato o negarte coberturas? O que te llegara una carta de despido disciplinario porque te has ido de la lengua en una red social sobre los manejos de la empresa o los devaneos del jefe con la nueva. Recuerdo que hace tiempo subí a una plataforma gratuita de alojamiento e intercambio de archivos un álbum con los admirables desnudos femeninos de Tamara de Lempicka. Antes de una semana me llegó un correo avisándome de que si volvía a subir contenidos pornográficos a mi espacio me excluirían del servicio. Por supuesto, fulminaron el álbum. Estoy seguro de que los actuales robots de reconocimiento de imágenes acumulan en su big data organizado la obra completa de la pintora.

¿Cómo están las máquinas? El nuevo peligro para la privacidad es la inteligencia artificial. A la gente le encanta charlar con los chatbots. Se ha convertido en una adicción. Recuerda: si en internet el producto es gratuito, es que el producto eres tú. El humano cree controlar la conversación, pero al final el inhumano se las ingenia para sacarte la información que le interesa. Otra cosa es que le importes un bledo, lo normal, o que use tus rasgos personales para acumular experiencias de aprendizaje automático o para otros fines. Ándate con ojo con lo que cuentas a un programa informático que maneja más de ciento ochenta millones de parámetros temáticos y sus lenguajes. Piensa que todo lo que escribas quedará registrado y podrá ser utilizado por los desarrolladores para seguir entrenando a la máquina. Procura no revelar información personal o sugerencias que sean peligrosas o delictivas. ¿Qué sabes, en el fondo, de esta sorprendente criatura sin emociones que responde con solvencia a tus preguntas? El siguiente asalto a la intimidad es el acceso al pensamiento del otro sin permiso. Una distopía totalitaria que tendrá, si llega, argumentos ideológicos y científicos a su favor. Afortunadamente el cerebro humano es tan complejo que quedan muchas generaciones antes de que la profecía se cumpla.

Lo cierto es que propiamente nunca ha habido derecho a la privacidad. Algunos ejemplos puntuales. Los frumentarii romanos, espías de los emperadores dependientes de la guardia pretoriana eran de una eficacia letal; la Inquisición y sus agentes durante la Edad Media eran la salvaguardia de una ortodoxia religiosa que ponía bajo sospecha a todos los súbditos bajo penas de tortura y hoguera; los reyes absolutos en la segunda mitad del siglo XVII y el siglo XVIII disponían de una policía secreta implacable, una red de espías que abarcaba el país, un número de asesores y consejeros desmedido, confidentes, delatores y soplones... El Estado moderno, fundado en el contrato social y el imperio de la ley, sea democrático o no, es incompatible con la vida privada. A no ser que entendamos por vida privada la marca del café y las tostadas que desayunamos. Y posiblemente ni eso. En los supermercados también hay dispositivos de vigilancia.

lunes, 29 de agosto de 2022

Big Data I


Junto a términos y expresiones actuales de moda que ocupan un lugar privilegiado en los medios, las redes, la calle, la casa, como “populismo”, “posverdad”, el horrible galicismo “poner en valor”, “postureo” o “posicionamiento”, hay otro que empieza a ascender con fuerza en la escala social: me refiero al término “big data”.
Sin entrar en grandes detalles –es un mundo impenetrable-, el término se refiere a la acumulación de datos masivos como resultado de la utilización de las nuevas tecnologías de la comunicación y la información. Estas galaxias digitales que se acumulan en las bases de datos de sectores públicos o privados proceden de innumerables fuentes y tienen diversos usos. Los podemos clasificar en diversas categorías:
Personales: llamadas telefónicas, e-mails, WhatsApp, comentarios en las redes sociales, entradas de blog o simplemente los rastros de nuestra navegación por internet.
Transaccionales: resultado de nuestras operaciones bancarias, rutinas comerciales (consumadas o no), compra de bases de datos por empresas de todo tipo, por ejemplo operadoras telefónicas o seguros privados, consultas reiteradas a sitios web, etc.
Demográficas: basadas en el sondeo direccional de los gustos y preferencias de una población desde parámetros como el sexo, la edad, la ciudad o el país.
Tecnocientíficas: generadas por la constante renovación de los aparatos dotados de sensores físicos o químicos, geográficos, térmicos o biométricos.
Intrusivas: relativas al seguimiento de la actividad de la vida privada de los individuos –incluso la de altos cargos de la administración de otros países- destinadas, en principio, a garantizar la seguridad interior y exterior, la defensa frente a enemigos potenciales y los intereses nacionales.
Esto supone que un ejército de potentes máquinas, robots de búsqueda, sofisticados programas de análisis y cualificados especialistas se dedican a dar orden, significado y finalidad a los big data. Su utilización primaria parece clara: la lucha contra el terrorismo y el crimen organizado, el espionaje industrial y militar, la obtención de información privilegiada en sectores sensibles como la investigación, la planificación estratégica de las entidades financieras o industriales, la construcción de proyectos de marketing y distribución de la publicidad o la previsión de los objetivos políticos de las cúpulas dirigentes a nivel nacional e internacional… Dicho con otras palabras, los big data son una cuestión esencial para el desarrollo y la supervivencia del sistema. Al final, todo es capitalismo. Variantes ideológicas del capitalismo hay muchas; es economía política en función de tales variantes (desde la socialdemocracia de izquierdas hasta los populismos conservadores de extrema derecha), pero lo cierto es que no tenemos otro modelo alternativo y las propuestas antisistema cuando tocan poder juegan al mismo juego (entre ruidosas protestas, eso sí). Esto suena políticamente incorrecto pero es lo que hay.     
La pregunta es cuál es la repercusión que tiene el uso de los big data en el ciudadano medio. Es decir en el 99,9% de los individuos del ancho mundo. Me considero ciudadano europeo de a pie y mis respuestas por categorías a las repercusiones negativas que tienen en mí los big data serían las siguientes:   
En cuanto a la personal, lo que digo por teléfono, guasapeo, mis comentarios en Facebook mis entradas en el blog y mis búsquedas en Google me parece que son inocuas. Por eso no me crean ninguna molestia: a veces me llega propaganda de hoteles, restaurantes, vuelos, ropa u otros sitios que frecuento en la red; si no me interesa que sigan llegando borro mi historial de navegación en el buscador y se acabó.
La transaccional, la relativa a mis operaciones bancarias, a lo más que ha dado lugar es a llamadas de amables señoritas para informarme de las excelencias de sus productos, supongo que para colocármelos porque antes de que terminen les he dicho amablemente hola y adiós. A una operadora de telecomunicaciones que me llamó tres veces en una semana a la hora de la siesta, le dije que no se molestara más porque no tenía teléfono (lo cual no le impidió seguir con su rollo por lo que la colgué con un afable hasta luego Lucas). Otras veces digo con voz estresada que estoy reunido por las mañanas (o por las tardes) y no puedo atender a nadie en esos horarios de trabajo.
De la demográfica solo me entero (y lo considero muy positivo) cuando quiero saber el tiempo que va a hacer o los niveles de contaminación atmosférica. También cómo está el tráfico, mi curva de peso o los quilómetros que he andado esta semana. Por lo demás mis gustos y preferencias son tan erráticos y de tan amplio espectro que dudo que resulten operativos a la hora de clasificarlos en patrones de big data. O sea, inservibles.
En cuanto a las intrusivas, a no ser que alguien tenga interés por enfocar el satélite a la frutería donde compro mis judías verdes favoritas, siga por GPS mis hábitos evacuatorios o anote mi recorrido al gimnasio un par de veces por semana soy más inocente que un corderillo lechal triscando en la pradera.

domingo, 10 de julio de 2022

Big data II

 

Aparte de sus catorce amantes, según cuentan las crónicas, el único problema que le quitaba el sueño a Luis XIV, el rey omnipotente, era el control de la información; es decir, no ser omnisciente. Sabemos que disponía de una eficiente policía secreta, una red de espías que hurgaba en cada rincón de Francia, un número desmedido de confidentes, delatores, soplones y chivatos a sueldo de las arcas del Estado que, según decía con frecuencia, era Él mismo. Aun así, reprochaba a sus ministros que nunca se enteraba de nada… Los cotilleos de la corte son más útiles que estos embrollos, añadía indignado tras lanzar los papeles al viento. Y tenía razón. Lo cierto es que la información es poder, fama y dinero. Dicho de otro modo: un suceso como tal, en bruto, si es que existe algo así, recorría hasta llegar al Rey Sol una escala ascendente de sujetos cada uno de los cuales lo utilizaba en beneficio propio tras introducir sutiles mutaciones, variantes interesadas y dudosas interpretaciones. Ahora, por el contrario, la información es recolectada sin molestos intermediarios, sin ruidos, sin trampa ni cartón por las nuevas tecnologías (Big data) para su tratamiento direccional mediante complejos algoritmos informáticos. Cito un artículo publicado por el diario El País hace unos días:

Parece mentira, pero existe un sector sin paro con los mejores sueldos en España. Es el área tecnológica y, dentro de ella, hay una especialización que está en auge: el big data. Esta industria recopila, almacena y analiza el reguero de datos que generamos cada segundo, ya sea subir una foto a Istagram o buscar dónde cenar. Detrás de cada gesto que hacemos hay un equipo especializado en macrodatos que se dedica a estudiar nuestras preferencias, tendencias y perfiles. Son ingenieros, programadores o analistas.    

El artículo 12 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos proclama a los cuatro vientos que: Nadie será objeto de injerencias arbitrarias en su vida privada, su familia, su domicilio o su correspondencia, ni de ataques a su honra o a su reputación. Toda persona tiene derecho a la protección de la ley contra tales injerencias o ataques.

En realidad, habría que redefinir lo que se entiende en pleno siglo XXI por vida privada. Los historiales personales de navegación, el barrido de opiniones en las redes sociales, incluso la actividad itinerante fuera de telépolis, están controlados por las grandes tecnológicas. La única forma de evitar esta intromisión permanente en tu privacidad es llevar, como San Jerónimo, una vida de anacoreta en una cueva del desierto y esconderte cuando pasa el satélite no sea que lean tus devotos labios y conozcan tus deseos más íntimos para complacerlos a buen precio. Puedo imaginarme al santo varón asombrado por la llegada de un dron con pizzas y un vibrador masculino.   

En todo caso, es preciso distinguir los dos niveles de influencia que tiene este seguimiento exhaustivo de los patrones de navegación de los ciudadanos: el impacto individual y el global. En mi caso, como individuo me afecta poco. En el fondo, me da igual que Google, Apple o Facebook conozcan las páginas web que visito, los lugares que recorro, mis restaurantes favoritos o los viajes que hago. Por lo demás, semanalmente los elimino (o creo que lo hago). Como soy Amigo de paradores, me envían por correo las ofertas del mes. Igual, las agencias de viaje. Me he comprado un coche nuevo y la marca me envía correos con catálogos de accesorios y suscripciones. He buscado en Amazon un scanner y me ha llegado vía web un amplio surtido de modelos. Además, publico un blog en blogger, la plataforma de Google (¡qué más quieren saber de mí!). Me hizo gracia un Watch de Facebook (videos subidos por cierto usuarios, normalmente picantes) en el que una monja cubierta de negro hasta el moño no consigue pasar el arco de seguridad del aeropuerto porque siempre le pita. Empieza a quitarse la ropa y complementos de dentro afuera (¡y qué ropa!), y como el final me parecía bastante previsible volví al inicio. Al día siguiente la oferta Watch de señoras que no pasaban el arco se multiplicó por tres. Las tecnológicas cuentan con potentes lectores de reconocimiento faciales y de objetos, pero con limitaciones. Hace tiempo subí a una conocida plataforma varios desnudos de la pintora Tamara de Lempicka y al día siguiente recibí una amenaza de baja si repetía la difusión de imágenes obscenas. La Inteligencia Artificial, capaz de ganar al mejor ajedrecista del mundo, no distingue la naturaleza del arte.

El mayor inconveniente del filtrado masivo de datos son las llamadas comerciales no deseadas que proceden de listas propias o compradas a proveedores del Big data. A la currita de una operadora de telefonía ante su insistencia llegué a decirle que no podía cambiarme de compañía porque no tenía teléfono… Ni se inmutó; siguió con el rollo hasta que colgué. ¡Cuidado con irte de la lengua poque te están grabando y todo lo que no sea un NO rotundo lo consideran un SÍ! Me apunté a la lista Robinson, pero da igual. Si bloqueas el número te llaman desde otro.

Otro asunto es el demoledor impacto de los Big data en la economía de mercado. Palabras como data sciencie, modelización matemática, citizen sciencie, variables latentes, etc. forman parte de un método cuyo fin último es la optimización de activos, el cálculo de inversiones financieras y el techo del balance empresarial. Por supuesto, puede tener otros usos: conservación del medio ambiente, predicción de la curva de una pandemia o análisis de las necesidades educativas de una sociedad.  El deporte profesional de élite, por ejemplo, no es ajeno a esta metodología. En realidad, puedes tomar datos de cualquier fuente.

Un uso controvertido del Big Data Analytics es el rastreo masivo de las comunicaciones para prevenir posibles ataques terroristas y, en general como estrategia militar. Todos las Agencias de Seguridad de las potencias mundiales, especialmente la norteamericana, disponen de medios electrónicos para seleccionar y controlar informaciones cruciales para evitar atentados y localizar objetivos humanos de alto interés. ¿Libertad o seguridad? Como se trata de una antinomia, es decir, de una contradicción en la que tesis y antítesis pueden ser demostradas con igual fuerza, la única solución es que desempaten con sus propias cabezas. Aunque el procedimiento se puede volver en contra, como ocurrió en el caso de las filtraciones de Wikileaks con cerca de 400.000 documentos militares clasificados y más recientemente con Pegasus el software espía más poderosos del mundo que se ha introducido sin permiso en miles de ordenadores, entre ellos los celulares de los más desatacados dirigentes del planeta. No somos nadie. Cuando afirmamos con fundamento que la democracia representativa se degrada deberíamos comenzar por una reflexión a fondo sobre el significado del Big data. Y todavía no han entrado en escena los ordenadores cuánticos que harán posibles impensables algoritmos. Un ordenador cuántico logra en 36 microsegundos resolver lo que uno clásico en 9.000 años. Los poderes fácticos están cambiando.

sábado, 2 de julio de 2022

Influencers

Son legión los partidarios de una visión tripartita de la realidad: Hegel y la triada dialéctica, los tres mundos del filósofo de la ciencia Karl R. Popper, o los del mítico Mao Zedong, el gran timonel de la República Popular China entre 1949 y 1976, autor de El libro rojo, el segundo más publicado de la historia después de la Biblia; tres más del sesudo filósofo alemán Jürgen Habermas con su teoría de la acción comunicativa, tan profunda y compleja que, como decía Dalí de su método paranoico-crítico: ni yo mismo lo entiendo. O la estructura de la mente en Freud; también la trilogía de la cosmovisión andina, el lema de la Revolución Francesa, la teología trinitaria del cristianismo, los partidarios de los tríos amorosos o los triduos de Pascua… Solo nos falta recordar a las Tres hijas de Elena, las Tres Gracias, los Tres Mosqueteros y los Tres Cerditos, entre los cientos del Club del Triángulo (por cierto, el símbolo por excelencia de la mujer).

La posición que más me convence a esta altura determinada de los tiempos es la división del ser en tres ámbitos: el real, el virtual y el arcano.

El primero es el mundo de la vida sin aditivos. Apaga el móvil, sal a comprar el pan, saluda al vecino, coge el metro y sabrás de que hablo. Un mundo cada vez más cercado por las nuevas tecnologías. Pagamos con dinero electrónico en el súper, la farmacia, el estanco, el taxi, el restaurante o la tienda de zapatos. En realidad, en cualquier comercio o negocio. El otro día vi en un semanario satírico la viñeta (de mal gusto, pero graciosa) de un mendigo sentado en una esquina con su perro pulgoso, un bote y un datáfono. Una sencilla transferencia bancaria supone un calvario para la mayoría de los jubilados. Los bancos te obligan a instalar en tu teléfono un montón de aplicaciones inextricables que al final solo sirven para que algún listillo te time. Tengo almacenadas más de cien contraseñas en un disco externo que me ha encriptado un amigo friki. Si lo pierdo estoy muerto. Compramos en línea en los grandes almacenes nacionales o multinacionales. Cuando consultamos por curiosidad sus catálogos, descubrimos por primera vez la mitad de sus existencias. O que los electrodomésticos de toda la vida, como la nevera, la aspiradora o el horno tienen conexión wifi. Comerte un bocata analógico de calamares regado con un doble de cerveza y pagar con euros de papel o monedas de aleación es un acto de rebeldía contra la globalización del plástico. Por no hablar de la plaga de los códigos QR. O de las criptomonedas: sigo sin entender que carajo es la minería de bitcoins, por ejemplo. Según consta, hay un montón de empresas diez que aceptan pagos con bitcoins. Por lo visto, te haces rico o te arruinas en un santiamén. Lo cierto es que cada vez nos recortan más el primer mundo, incluido el poder adquisitivo. Y esto no ha hecho más que empezar. El mensaje esperanzador de la última novela de Ian McEwan, Máquinas como yo, es que, la mente humana y los algoritmos de los androides son líneas paralelas que nunca llegan a encontrarse. De momento los robots sólo son verborrea ilustrada; nada de pienso, luego existo. La lógica bivalente de las computadoras, verdadero-falso, 1-0, no sirve porque las neuronas cerebrales se rigen por una lógica polivalente desde tres a infinitos valores de verdad (o falsedad). Sin contar los grises intermedios donde normalmente flotamos indecisos.

Al mundo de los arcanos le he dedicado mi última entrada a propósito de los programas radiofónicos esotéricos.

Me queda, por tanto, el segundo, el virtual. El mundo de Telépolis, la ciudad digital en la que habitan clanes que mantienen prósperos negocios: influencers, youtubers, gamers, bloggers. Solo me caben los primeros.

Ser influencer es una profesión de moda en el doble sentido del término. Es la nueva gallina de los huevos de oro. Un influencer es una persona con capacidad para inclinar la balanza en las decisiones de una constelación de seguidores atrapados en sus redes sociales. El perfil estándar suele ser una esbelta diosa o un atractivo jovenzano, aunque hay innumerables figuras de la conciencia consumista. Lo importante es que el influencer (paso del artículo inclusivo) tenga una cierta credibilidad, es decir, que sus ondas gravitatorias atraigan a un público determinado sobre un producto concreto. El segundo valor es su capacidad de generar opiniones y reacciones, es decir, que crezcan y se multipliquen los árboles de comentarios entre su público. Según fuentes fiables, el 40% de los influencers recurren a seguidores falsos para engordar las listas. El tercer valor es su tirón para crear tendencia. Es bien sabido que la moda no nace, se hace mediante técnicas de modelado o refuerzo social y que su duración, incluso en los países totalitarios (sólo se me ocurre una excepción), es efímera, aunque sometida a los ciclos temporales del eterno retorno de lo mismo.

Hay tres categorías de influyentes: los que alcanzan el millón de adictos se denominan celebrities; los que se mueven entre el millón y los quinientos mil son los macros, los que tienen entre quinientos mil y cien mil se llaman mid y los de menos de cien mil son los micros. Según la plataforma en que interactúan serán Tiktokers, Instagramers, Twitstars, Facebook Stars, etc. 

Obviamente, un influencer no es una sola persona sino una empresa de marketing digital contratada por las firmas de moda. Detrás de la espontaneidad de un influyente famoso y su legión de seguidores hay un equipo completo de mercadotecnia. En primer lugar, está el producto. Cada producto requiere un espectro y un influencer. No podemos visibilizar un reloj suizo de gama alta con la imagen de un famoso milmillonario en bañador porque los potenciales clientes pensarían de inmediato que se trata de una compra rutinaria para él y fuera de órbita para ellos. Después, el marco o entorno: sería inconveniente promocionar un traje negro de fiesta en una concurrida terraza de playa o en un relajado forillo familiar. Los errores de contexto pueden estropear un buen trabajo. Le sigue el fotógrafo profesional que selecciona tres de trescientas instantáneas. Después el texto, cuidadosamente redactado por el experto en contenidos para que sirva de nexo perfecto entre los cinco elementos. Finalmente, hay que encontrar el momento exacto del lanzamiento del producto en función de los análisis de mercado. Aquí sí sirven los algoritmos.

P.D Fíjense que en cualquiera de los tres mundos cada vez hay profesiones más raras. Es tentador dedicar un artículo a este asunto; el principal problema, al margen de su mayor o menor acierto, es mi edad. Es un espacio donde siento que se me ha pasado el arroz.