martes, 9 de junio de 2020

Educar en valores. Habla memoria


Es evidente que hay excelentes profesores, grandes maestros del aula en las ciencias y en las letras. Cada cual recuerda a los suyos. No hay consenso. Mis bien amados profesores eran para otros cargas pesadas de sopor y tedio.
Un ejemplo de lo primero, de las afinidades electivas: mi profesor de literatura en el instituto. En vez de seguir el manual de Lázaro Carreter dictaba sus propios apuntes. Luego los vivía con fragmentos inolvidables. Lloraba cuando leía las Nanas de la cebolla. No insisto. Su influencia en mi fue decisiva. En realidad, Literatura española era la carrera que me hubiera gustado seguir. Pero mis padres (cuando se convencieron de que lo mío no era el derecho) me matricularon en la Universidad Autónoma de Madrid, más que nada por escapar, según ellos, del caos político de la Complutense. Por desgracia descubrí a mitad del primer trimestre que allí no existía tal especialidad y que lo más parecido era la de filología hispánica; mucha gramática espesa y poca narración sustantiva. Al final me tiró más la rama de filosofía por admiración y amistad con un profesor del departamento que entonces dirigía Carlos París. A lo largo de mi vida he estudiado filosofía y he leído literatura. Y las he mezclado, aunque la filosofía me sigue pareciendo la mejor introducción a la literatura. Curiosamente, contra mis deseos, lo poco que escribo es de filosofía y no me siento capaz de escribir ni un cuento de pastorcillos a mis nietos.
Un ejemplo de lo segundo, de la aversión mutua: mi profesor de lengua española, también en primero de carrera, era un jovenzano aprendiz de los que llevan la cartera al jefe del departamento (según contaba el fuego amigo) que no soportaba ni el ruido de una mosca por amor de lo que vuela, mientras repetía monótonamente los apuntes del curso anterior que los veteranos nos vendían a buen precio. Las chicas de referencia (no las pijas que le hacían la pelota) lo tenían por un gilipollas engreído. Puede que se me notara más de la cuenta. Nos caíamos fatal, aunque empezó él. Tengo grabado a fuego un amplio repertorio de desdenes. Compré los apuntes y hacía como que los copiaba mientras leía La Regenta. Cuando hacía alguna aclaración, levantaba la cabeza sin enterarme de nada que no tratara de Ana Ozores. Media clase hacía lo mismo con diversas variantes (crucigramas, cartas sin destino, poemas de circunstancias, revistas de cine) pero me pilló a mí a pesar de refugiarme siempre en la última fila o quizás por eso. Le dije que tenía fiebre pero no se lo tragó. No insisto. La asignatura me gustaba. En transcripción fonética muy pocos me pisaban. Estudié e hice los exámenes trimestrales para sacar algo más que un cicatero cinco de nota final. Mi única satisfacción fue mirarle en silencio cuando me saludó tímidamente en el bar de la facultad el curso siguiente. Ni siquiera le puse mala cara. Tuvo la decencia de recordar sus desaires, bajar la vista y sentirse incómodo mientras apuraba su trago amargo y me miraba de reojo con aprensión.
Cualquier docente sabe de qué hablo: alumnos que lo admiran sinceramente, sin intereses vicarios, y otros que lo ignoran con mayor o menor cordialidad. Ocurre en el aula lo que en todas partes. Puedes elegir pero no ser elegido. Se trata en el fondo de una cuestión estadística. En mi caso, puedo decir que tengo la impresión de no haber interesado especialmente a la mayoría de mis alumnos y viceversa. Posiblemente por la asignatura misma. He escrito sobre el tema en otra parte. He sido un profesor normal tirando a malo, o sea, dentro de la norma estadística. Quizás mi mayor defecto a esta altura determinada de los tiempos (expresión apócrifa que suena a Ortega) es que nunca he enseñado para la vida sino para la escuela. No he sido nada transversal. No me he tragado lo de “la educación en valores” porque me parece una expresión redundante; toda educación es en valores, sean explícitos (largar un sermón ideológico en medio de una clase de física) o implícitos (advertir con un susurro al alumno que copia que no insista y dejarle terminar el examen sin humillaciones). La expresión “educar en valores” en una tautología. Nada aporta lo que se predica al sujeto.
Por supuesto, aquel profesor del instituto y aquel jovenzano de la Autónoma, además de enseñar literatura y lengua española, educaban en valores. Algunos puristas recurren a la falsa distinción entre “enseñar  e instruir”. Alegan que lo adecuado sería instruir, es decir, convertir el proceso educativo en una transmisión de conocimientos objetivos sin mezcla de opiniones, creencias, ocurrencias o ideologías de clase. El ser humano no está dotado como especie para realizar esta separación, por lo demás indeseable. Distinguir a un maestro o calar a un pisaverde es un elemento esencial del proceso educativo. Y lo que vale para la escuela vale para la vida.