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lunes, 4 de junio de 2018

Debilidades femeninas 4. Los bolsos





En este blog escribí tres artículos sobre lo que llamé en aquel momento “debilidades femeninas”: las cremas de bellezala adicción a la moda y la fijación por las muñecas. El primero empezaba así:

Estoy dispuesto a admitir que, comparado con la mujer, el hombre es la “raza inferior”. Creo firmemente en la superioridad mental y corporal de la mujer. Las adolescentes, es obvio, alcanzan la madurez mental mucho antes que los chicos (suponiendo que el hombre la alcance alguna vez); cualquiera que haya dado clases sabe que las estudiantes en general son más capaces que sus compañeros, que trabajan más y sacan mejores notas. Por su parte, el cuerpo de la mujer es capaz de gestar la vida y además es incomparablemente más bello que el nuestro…
Si se me permite apelar a los sentimientos y al carácter diré que las mujeres son más personas que los hombres, por más que la sociedad patriarcal y el machismo dominante durante siglos traten de contarnos otra historia. No tengo la menor duda de que los dogmas de las religiones que quieren salvarnos de nosotros mismos, las visiones de las ideologías que nos envuelven como una niebla pegajosa, los códigos morales que nos prescriben normas insufribles… no son sino la cristalización de las fantasías sublimadas del varón.

Mi blog es un divertimento literario de tercera. Estoy de acuerdo con Enrique Vila Matas cuando afirma que “Hay una diferencia brutal entre ser escritor y escribir”. Si me cito a mí mismo no es por absurda vanidad sino para evitar suspicacias sobre mi punto de vista en unos momentos, los actuales, en que ciertos excesos del feminismo radical culpabilizan al hombre de todos los males que en el mundo han sido. ¡No removamos una versión posmoderna del complejo de castración en el hombre y la mujer!
Sólo en clave de humor (y de amor) me he decidido a escribir un cuarto capítulo de estas "debilidades femeninas". Me refiero a su inquebrantable afición por los bolsos. Según algunos psicoanalistas, el bolso es un arquetipo cultural junguiano que simboliza el seno materno y el intercambio permanente de sustancias, sensaciones e incluso de afectos entre la madre y el feto. Este carácter femenino explicaría el rechazo que la mayoría de las mujeres sienten por los bolsos masculinos, las riñoneras, las bandoleras. La popular denominación de “mariconeras” que se ha dado desde siempre a los bolsos masculinos es una prueba de esa atribución negativa del arquetipo femenino al hombre. ¡Vaya usted a saber!

Cualquier marido puede comprobar que en su casa  (que es la suya) hay por lo menos tres nidales repletos de bolsos de todos los pelajes: los bajos del armario del dormitorio conyugal, una parte del altillo de la entrada y alguna estantería metálica del trastero. En el baúl del desván de las casa del pueblo también pueden encontrarse ejemplares antiguos de los bolsos que usaron abuelos y bisabuelos, algunos de bella factura, junto con todo tipo de abanicos y pañoletas del año de la polca. Una tentación para el gusto demodé de las hijas y sobrinas de entre 15 y 20 años que siempre se las arreglan para hacerse con la llave del arcón milenario.
Hay muchos tipos de bolsos por los que suspiran las mujeres: no se lo imaginan ni ellas. Consulten esta página y alucinen en pieles y en cueros.


Enumero: bandolera o Shoulder Bag, Clutch o bolso de mano, Shopper, Bolso Tote, Bowling, Minaudière, Bolsos tipo caja, Wrislet, Bolsos Hobo, Bolsos Satchel, Tipo mochila, Minibolso, Belt Bags, Saddle Bag, Bolsos tipo maletín, etc.
Yo diría en román paladino, que, simplificando, hay bolsos de temporada, de diario, de fiesta, de playa, de gimnasio, de compras (para no pagar las bolsas del comercio) y de oficina. Por supuesto, cada categoría está incluida en una escala descendente que va desde los bolsos premium que todas las marcas de alta costura colocan en los escaparates de las calles de oro de las grandes ciudades, hasta los bolsos de imitación y desteñido que pueden comprarse a precios tirados en los puestos ambulantes de los manteros de ciertos rincones menos elegantes. Las escalas intermedias las ocupan la sección correspondiente de El Corte Inglés, las tiendas especializadas con caché, las fábricas de productos de piel que están en algún pueblo a cincuenta quilómetros de la capital, las tiendas de complementos al por mayor del barrio y los tenderetes de rastros y mercadillos.

¡Tengo que comprarme un bolso de verano, el que llevo me da calor con solo mirarlo! Seguro que esta frase le suena, paciente marido, mon prochain. Uno tiene la impresión de que las mujeres de cualquier edad y condición se cansan de los bolsos aunque estén impecables. Les son infieles. Quizás es una forma de compensación secundaria (otra vez el brujo de Viena) a las exigencias normativas de la monogamia. No hay regalo, aparte de una joya con pedruscos, que una mujer agradezca más que un bolso. Reyes, cumpleaños, celebraciones matrimoniales, fiestas en perspectiva (se los regalan ellas) o porque me ha mirado al pasar... Los estrenan al día siguiente y el que llevaban acaba en el arqueológico casero. Las tiendas donde reparan bolsos no existen. Mal negocio. Los arreglos y ajustes en las tiendas de marca o en las fábricas salen más caros que comprar uno nuevo.

Otra exclamación que seguro les resulta familiar: ¡No encuentro en el bolso las llaves de casa o las llaves del coche, la cartera, el teléfono! ¿Se han fijado en lo que pesa el bolso de su señora? Si alguna vez te ha pedido que le traigas del bolso cualquier cosa, por ejemplo, un bolígrafo que cogió en la mesita de un parador de turismo, puedes darte por muerto: primero no lo vas a encontrar en el maremágnum donde meterás la mano (no me lo revuelvas, gritará), segundo, te la vas a ganar porque tus alegatos contra el caos serán rechazados con improperios a tu torpeza. Por supuesto las llaves y demás objetos perdidos al final aparecen en algún rincón del bolso tras una búsqueda paciente donde tú tienes la culpa de que no las encuentre (seguro que las cogido para algome está poniendo nerviosa). Mejor largarse. Pero si antes le dices que por qué no prueba a poner, por ejemplo, las llaves siempre en el mismo sitio, en uno de los compartimentos interiores del bolso, en el de la cremallera por ejemplo, primero te dirá que precisamente es el sitio donde siempre las pone y después recibirás otra andanada de reproches. ¡Atrévete a decir, marido ingenuo, que no sabes dónde has puesto las llaves de casa! En el acto se pondrá en marcha el ventilador con una lista alfabética de tus entuertos. Paciencia.

Observen que ni siquiera en situaciones de emergencia como las descritas, las señoras volcarán el contenido del bolso (algo que siempre  ha estado rodeado de un halo de misterio). Si con el cronómetro en la mano, como un ladrón de cajas fuertes, decides por curiosidad insalvable echar un vistazo más a fondo mientras se ducha (no lo vuelques porque lo notará) podrás encontrarte con las sorpresas más variopintas: facturas y recibos bancarios de hace diez años, una barra de labios que se ha secado, un llavero sin llaves o una llave sin llavero, un paquete a medias de pañuelos desechables, cupones de descuento caducados, una botella mini de agua vacía, una manzana, la funda vacía de unas gafas, caramelos, cremas, una agenda tuya en blanco que te regaló hace meses… Lo más parecido a un bazar. En este punto escuchas como se cierra el grifo del baño. Es el momento de dejar todo “en su sitio” y tumbarte en el sofá a leer la prensa.

Los únicos que saben encontrar lo que buscan en los bolsos femeninos son los carteristas que pululan por los autobuses, el metro y los sitios donde se amontona la gente. Por ejemplo en una manifestación de la Asociación Pro Vida pero no en una de Podemos. Aunque a la vista de los últimos acontecimientos no hay que descartar nada. Para terminar, un ejemplo de sumodus operandi: usted está tan tranquila en la marquesina esperando el autobús junto con otras personas en hora punta. Faltan cuatro minutos para que llegue el tuyo. Echas mano al bolso y sacas tu Iphone o Samsung de última generación para poner un WhatsApp a tu hija. Alguien, que no espera el autobús sino la oportunidad de hacerse con un Smartphone de mil pavos observa tu maniobra. A partir de ese momento hay un ochenta por ciento de posibilidades de que te quedes sin móvil. Una semana más tarde el chorizo estará al acecho en otra parada y tu teléfono en una tienda de Marruecos.

PD. Hablando de bolsos y bolsas. No se han fijado en la costumbre de las señoras de almacenar las bolsas de regalo que te dan en la tiendas cuando compras complementos de moda. Sí, me refiero a esas bolsas de cartón con logo, colores de diseño y asas de cordel. En realidad son más inútiles que las bolsas de plástico (ahora te las cobran) porque no sirven para meter la basura. Se calan y chorrean en el suelo de la planta. Además el portero te llamará al orden porque luego le toca fregar a él; eso si no hay desparrame cuando las coge. Si las sacas a la puerta con dos o tres botellas de vino vacías, tu mujer se dará cuenta con la consiguiente bronca; ¡la telepatía existe! Lo mejor que puede pasar es que se la quede una vecina. Si les preguntas a las señoras por qué no se deshacen de ellas y dejan espacio en la despensa para poner la escalera o la bolsa de patatas, por ejemplo, te dirán que da pena con lo bonitas que son o que “pueden servir para algo”. La única solución posible es que seas tú quien las haga desaparecer con tiento. No las echarán de menos porque guardarlas es un fin en sí mismo.

viernes, 11 de junio de 2010

Debilidades femeninas 3. La fijación por las muñecas


Todas nuestras conductas, según la psicología general, se reducen a tres tipos: innatas, adquiridas y madurativas.
Las primeras forman parte de nuestra herencia genética y se han formado a lo largo de millones de años de evolución. Por ejemplo, la nutrición, la eliminación de sobrantes, la sociabilidad, la sexualidad o la filiación (tendencias instintivas las dos últimas que la fe cristiana confunde desde la Edad Media).
Las adquiridas son modificaciones de la conducta que surgen como resultado del aprendizaje, un proceso que dura toda la vida. El hombre lo aprende casi todo, tanto lo que le beneficia como lo que le perjudica. Cualquier instructor, enseñante, terapeuta, sabe que lo malo de algunos principiantes, discípulos, pacientes, no es lo que no saben sino lo que saben.
Las madurativas no son conductas innatas ni adquiridas, sino que dependen del desarrollo de ciertas estructuras orgánicas y del sistema nervioso. No nacemos con ellas, pero tampoco interviene la experiencia. El cambio en la conducta se produce por el avance neurofisiológico del individuo. El niño a partir de los once meses siente el impulso de hablar, de levantarse del suelo y andar, de abandonar el biberón por las papillas...
Jugar con muñecas participa de los tres tipos de conducta.
Tiene un componente innato debido a que en todas las especies el instinto de filiación o apego hacia la cría es mucho más intenso en la hembra que en el macho (a ver si resulta que somos evolucionistas en todo menos en esto)… Es evidente que los fabricantes de muñecas no necesitan hacer sondeos psicosociales para promocionar medianamente sus productos.
El componente aprendido es cultural y muestra la discriminación de la mujer en la sociedad patriarcal que la ha excluido de la vida pública para desterrarla a la vida privada, al hogar familiar, a los trabajos domésticos, al cuidado del marido y a la crianza de los niños. El proceso de socialización de la mujer se ha basado, entre otras pautas machistas, en el aprendizaje de papeles bifurcados, como los adscritos a los juegos infantiles: los juguetes bélicos para los niños y las muñecas para las niñas.... todo muy conocido.
También jugar con muñecas es una conducta madurativa, ya que a partir de cierta edad las adolescentes crecen, se olvidan de las muñecas y se interesan por otros escenarios más sugerentes. Sin embargo, la maduración femenina en este tema entra en conflicto con lo que tercamente nos muestran los sentidos: nuestra madre, nuestra esposa, nuestra hija de veintitantos años, tienen sus cuartos, anaqueles, rincones favoritos, rebosantes de muñecas; y que esas muñecas a la que amorosamente limpian, peinan, visten, abrazan ante el asombro celoso del otro género, son, como el perro o el ordenador, uno más de la familia.
La solución a esta aparente antinomia hay que buscarla en la existencia de dos clases de muñecas: las infantiles y las que podemos llamar “juveniles en adelante”.
Las muñecas infantiles son los mencionados juguetes sexistas… Es bastante raro que las mujeres maduras conserven las “muñecas de rol”. La ley de la maduración se cumple, por tanto, sin contraejemplos dignos de mención.
Nos olvidamos de ellas y pasamos a ocuparnos de las que realmente fascinan a las mujeres, las otras, las de ensueño, las que componen el mundo mágico de las muñecas: las de fieltro (auténticas filigranas de la imaginación), las artesanales (originales y únicas), las de trapo (mimosas y entrañables), los peluches o felpas rellenos de algodón (tiernas y besuconas), las de colección, como las muñecas francesas de porcelana o las antiguas, como la inolvidable Mariquita Pérez de la imagen; también las muñecas internacionales (hechas con los materiales más insospechados, los japoneses las hacen con cartón doblado y los esquimales con piel de foca), las históricas (muñecas egipcias, griegas o romanas, objetos de museo que periódicamente se subastan en las galerías de las principales capitales europeas); por último, las muñecas recortables, no menos admirables pese a la austeridad del papel, con su interminable conjunto de vestidos y accesorios llenos de sorpresas y delicias manuales.
También hay muñecas de tercera fila, como las cursis nancys, o las detestables blythes y bratz; pero sobre todo, las barbies, un icono kitsch, muy del mal gusto de la estética neoliberal que considera a las mujeres un género vacío, un rostro sin vida. Según la ideología trivial de este icono, lo que caracteriza a las mujeres no son sus rasgos seductores, su mirada adorable, su cabello encantador, sus gestos peculiares, su temperamento, carácter y personalidad únicos… sino un estatus social fijado y valorado según criterios de prestigio y jerarquía. Las barbies, al menos las que salieron en la primera hornada, eran la misma esfinge en diferentes versiones: controladoras de vuelo, ejecutivas, cirujanas, arquitectas, banqueras, ingenieras de caminos, registradoras de la propiedad o presidentas del consejo de administración; en general, representaban todas las posiciones sociales de la clase dominante. Francamente, puestos a elegir, prefiero las emblemáticas muñecas hinchables, sex symbol de los años ochenta que sólo han existido en la imaginación calenturienta de los realizadores de cine franceses.
La degradación de la forma y función de las muñecas apareció a finales del siglo XX y su objeto material fueron los tamagotchis, unas mascotas virtuales de forma ovalada, creadas por la industria japonesa del entretenimiento, a las que era preciso (copio el menú de aplicaciones de un modelo barato) alimentar, bañar, regañar, felicitar, curar de alguna enfermedad, encender o apagar la luz, divertir, sacar a pasear, etc. puesto que si lo no hacías con probada diligencia se morían mustiamente en tus manos. No me voy a molestar siquiera en execrar sus valores deplorables, simplemente me parece un invento turbio y alienante. Añadir tan sólo que por primera vez el mercado del ocio había dirigido su oferta a un segmento de la población (“sin distinción de sexo, raza o condición”) con trastornos latentes o patentes del comportamiento. Cuando se preguntó a los directivos de la empresa por este peculiar diseño de las ventas, se pusieron a la defensiva y aseguraron que, en todo caso, si la mascota electrónica no solucionaba ciertos problemas personales muy extendidos (puede que en esto lleven razón), al menos les servía de atenuante. A primera vista parece que se logra justamente lo contrario: agravar los síntomas y cebar el conflicto mental.
Para terminar con pesimismo, en un futuro todavía lejano, más allá de las materias primas y de la realidad virtual, se vislumbra un horizonte siniestro: un mundo infeliz, una sociedad tecnocientífica en la que se fabrican en serie, mediante complejos procedimientos de clonación genética, seres vivos con fines meramente instrumentales; “humanoides” dedicados al trabajo y al placer: serán las muñecas del siglo XXII.

domingo, 6 de junio de 2010

Debilidades femeninas 2. La adicción a la moda


En esta segunda entrega me refiero con cierta aprensión a la segunda de las debilidades femeninas: su innegable adicción a la moda.
Recordamos el primer significado del término en el diccionario de la Real Academia de la Lengua: ModaUso, modo o costumbre que está en boga durante algún tiempo, o en determinado país, con especialidad en los trajes, telas y adornos, principalmente los recién introducidos.
Suelen considerar los expertos en la mente humana, y la explicación en este caso es verosímil, que la moda es una variante típica del “aprendizaje social”. Es mejor explicarlo con un ejemplo. Una joven decide comprarse en una tienda de diseño (por ejemplo Z…) una cazadora de cuero malva, ajustada, con galones en los hombros y enormes botones dorados, un modelo exclusivo que se acaba de presentar como la novedad del otoño (un modisto gay de la firma se inspiró para crear la primicia en el uniforme de gala de un bigotudo coronel de artillería, amigo suyo). Horas más tarde, la joven en cuestión se la calza presumida para acudir a la fiebre del sábado noche. Nada más entrar en su discoteca favorita (es la última en llegar para buscar el efecto soñado) su gente, unos y otras se aproximan deslumbrados por el aura de la prenda y de la percha, mientras un sentimiento agridulce (para el que no encuentro nombre), intermedio entre la sana admiración y la envidia mezquina, sobrevuela el ancho mundo.
La bella de noche es reforzada directamente por los demás con sus requiebros y las demás indirectamente se refuerzan en el refuerzo de la bella (también a ellas les gustaría ser requebradas). Así de sencillo. El resultado de este mecanismo universal de asociación de ideas es que el lunes por la tarde, curada la resaca, sus primas, amigas, conocidas de primera, segunda y tercera, también las desconocidas, tras fijar los pormenores de la prenda, se precipitan al galope en las tiendas que Z… tiene repartidas por la corte.
Pero la clonación no acaba ahí, por supuesto, sino que se centuplica aquí, allá, por todas partes y el número de bellas crece en progresión geométrica. Al cabo de un tiempo, por ejemplo tres semanas, la moda se ha instalado en la ciudad y sigue en alza. A los dos meses, como mucho, en un pueblo de la sierra extremeña una joven que estudia en Cáceres asiste a la verbena del santo patrón con una extraña casaca morada que levanta la curiosidad de propios (los mozos del pueblo) y extraños (los del pueblo de al lado). Algunos la saludan con aires marciales. (La bola sigue creciendo).
Por supuesto, la tienda de origen y otras del ramo (que han copiado la prenda) amplifican sus primores, porque, después de todo, también la moda es un negocio. Las últimas “oscilaciones del gusto” que he captado, aunque no soy muy perspicaz, han sido la invasión desternillante (¡son geniales las mujeres!) de las botas de cuero altas y las medias ajustadas con pantalón corto, aunque en ambos casos la primavera las ha fulminado.
Ahora bien, ¿por qué declinan y se acaban las modas?
En primer lugar porque si no fuera así no serían modas sino clásicos, por ejemplo, el aburrido conjunto formado por un pantalón gris perla con pinzas, chaqueta azul marino cruzada, camisa blanca de algodón, corbata burdeos lisa, y calcetines y zapatos negros.
En segundo lugar, por otra ley universal de asociación de ideas: “si una conducta adquirida no se refuerza, deja de realizarse gradualmente hasta que se extingue”. La moda, como todo aprendizaje social, tiene una curva ascendente y descendente. “Todo lo que sube baja”, como le ocurre a la bolsa, a los anuncios de la tele y al universo, que primero se expande por la gran explosión y después se contrae por la gravitación universal. Llega un momento en que ningún parroquiano de la aldea se altera porque las mozas se pongan atuendos paramilitares. En las discotecas de la capital, las tres cuartas partes de las jóvenes van con uniforme malva…
Las multinacionales del trapo deciden que ha llegado el momento de cambiar de rollo. El chiste comienza a rayarse y hay que inventar otro. En un despacho de la oficina central de Z… (Taiwán) un equipo de especialistas analiza los pormenores del nuevo proyecto: color, textura, varianza, focalización de la oferta, impacto en el mercado, redes de distribución, costes añadidos, previsión de beneficios… sobre todo, hay que crear la ilusión de una transición suave y espontánea entre ambos productos, decadente y emergente. (La lógica de la dominación extiende sus negras alas).
Tampoco los jóvenes, en general los hombres, están a salvo de los avatares de la moda, aunque son menos propensos a sus cantos de sirena. La pregunta, simple, evidente (e inquietante), es “por qué”. La respuesta, si la hay, apunta a los rincones más ocultos de la mujer, a lo que Goethe llamaba “el eterno femenino”, una feliz intuición pero sin concepto, algo que percibimos, que nos arrastra pero no podemos aprehenderlo. Nietzsche, desesperado por lo inasible del problema, lo negaba: todo en la mujer es un enigma, y todo en la mujer tiene una feliz solución: se llama embarazo. Discrepo totalmente. En mi opinión (porque no es otra cosa que mera conjetura), con el embarazo comienza el segundo misterio de la mujer y el primero permanece intacto. El tercero, y de este no voy a hablar, es que su principal debilidad, lo que las hace más humanas, lo que desgraciadamente las pierde, es su compasión por los hombres.
Para terminar, permítaseme ponerme más serio de lo normal y depositar en los surcos de la idea una leve semilla, minima moralia, pequeñeces de la vida relacionadas con la definición de la Academia. La moda es algo profundamente impersonal. Los usos, la moda entre otros, no dependen de nosotros, sino que tienen un significado propio que no es de carácter individual sino colectivo. En los usos, el sujeto no decide ni controla la acción, sino que es controlado y movido en una dirección determinada. Son lo que se dice, se piensa o se hace. Los usos no surgen originalmente del individuo, sino que son impuestos por la gente y son el punto de inflexión que marca el tránsito del yo al nosotros. Si no los respetamos, el entorno ejerce represalias, contratiempos y sanciones. Los usos, constituyen el núcleo en torno al cual funciona la vida social, una forma de vida, dice Ortega, superpuesta. Es vida, pero sin sus características esenciales, es vida sin alma. La sociedad, la colectividad es la gran desalmada ya que es lo humano naturalizado, mecanizado y como mineralizado.

martes, 1 de junio de 2010

Debilidades femeninas 1. Las cremas de belleza


Estoy dispuesto a admitir que, comparado con la mujer, el hombre es la “raza inferior”. Creo firmemente en la superioridad mental y corporal de la mujer. Las adolescentes, es obvio, alcanzan la madurez mental mucho antes que los chicos (suponiendo que el hombre la alcance alguna vez); cualquiera que haya dado clases sabe que las estudiantes en general son más capaces que sus compañeros, que trabajan más y sacan mejores notas. Por su parte, el cuerpo de la mujer es capaz de gestar la vida y además es incomparablemente más bello que el nuestro…
Si se me permite apelar a los sentimientos y al carácter diré que las mujeres son más personas que los hombres, por más que la sociedad patriarcal y el machismo dominante durante siglos traten de contarnos otra historia. No tengo la menor duda de que los dogmas de las religiones que quieren salvarnos de nosotros mismos, las visiones de las ideologías que nos envuelven como una niebla pegajosa, los códigos morales que nos prescriben normas insufribles… no son sino la cristalización de las fantasías sublimadas del varón-arquetipo.
¡Qué más puedo decir a favor de mi admiración por el mal llamado “sexo débil”! (una burda formación reactiva que trata de invertir las miserias masculinas). 
Sin embargo, todo lo suscrito no debe ser un obstáculo para que me refiera en tono menor, con amor y con humor a ciertas debilidades femeninas. Las voy a enumerar primero para que el lector/a de estas líneas pueda, tras su anuncio, prescindir de su lectura y abandonar abruptamente las consideraciones que siguen: a saber, el abuso de las cremas, la adicción a la moda, la fijación por las muñecas, la inclinación morbosa por el chocolate y la pasión por las “amigas el alma”. Las presentaré en cinco entregas sucesivas, a imagen reducida del folletín, ese género literario que cultiva con talento mi amigo Antonio Castellote. 

Cualquiera que esté casado y tenga una hija sabrá a lo que me refiero ya que en algún lugar de la casa habrá un armario de tres cuerpos destinado exclusivamente a amontonar las cremas. Si Aristóteles o el gran Linneo vivieran, podrían dedicar una parte de su obra a investigar la escala y variedad de los ungüentos. Pueden clasificarse por su aplicación, durante la mañana, la tarde o la noche. Por su carácter terapéutico o sintomático; por la parte del cuerpo que nutren y embellecen, desde la raíz del cabello hasta el dedo gordo del pie; por su uso específico dentro de la misma gama: no se piense, por ejemplo, que hay cremas hidratantes genéricas, ni mucho menos: hay cremas hidratantes para el cutis, para las manos, las piernas, y dentro de estas, para la mano derecha o la pierna izquierda y así sucesivamente…
Otro axioma incuestionable es que tales productos tienen unos precios siderales. Los astutos laboratorios de belleza saben que lo realmente bueno, puede ser bonito pero no barato. Además, para ser eficaces, las cremas no pueden venderse en el “chino” de la esquina, sino en una flamante y espaciosa parafarmacia; ni qué decir tiene que la Seguridad Social, que sabe del tema, no cubre el precio de las recetas. Los dermatólogos, conozco alguno, expiden bálsamos y remedios simplemente para que las pacientes no se ofendan si les dicen lo que saben e indignadas se vayan a otro galeno que realmente las comprenda. Y lo que saben es que las mujeres hasta cierta edad (cuando son jóvenes) no necesitan las cremas y a partir de cierta edad (cuando no lo son) tampoco, aunque por razones inversas.
No voy aquí a meterme en la trampa conocida (por los pedantes como yo) por el nombre de La paradoja de Russell. Tres ejemplos de la misma: ¿Cuántas gotas de agua son precisas para que llueva? ¿Cuántos granos de arena se necesitan para formar un montón? ¿Cuántos cabellos hay que tener para considerarte calvo? Aplicada a nuestro caso: ¿Cuántas primaveras debe tener una mujer para que se considere joven? Pisamos aguas cenagosas, diría Sherlock Holmes a su fiel compañero de fatigas.
En fin, para mí, el mayor inconveniente de las famosas y nunca bien ponderadas cremas es que las señoras las consideran parte esencial del aseo matutino y escogen el cuarto de baño para su embadurnamiento ritual. Más tarde, el confiado marido trata de ducharse, sin advertir que el suelo de la bañera escurre mortalmente a causa de las grasas y aceites destilados. Tras los primeros batacazos, el sujeto paciente adquiere el hábito de eliminar con esmero los residuos tóxicos, altamente peligrosos, que atentan a diario contra su integridad física. O mudarse al baño pequeño. 
Por lo demás, reivindico sin fisuras la libertad de cada cual para engañarse de la manera que le haga más feliz; es sobradamente conocido que en el mundo en el que estamos arrojados no importa demasiado la certeza o el error, es decir, si llevamos razón, cremas o no llevamos nada.