miércoles, 21 de febrero de 2024

El fin del mundo

 

Recién llegado de un congreso en Lyon sobre Jean Fouquet, el mejor pintor y miniaturista francés del siglo XV, me cité con el coronel Carlos Abengoa, doctor en historia por la UNED, al que no veía desde hace meses. Compartimos mesa para disfrutar de unos callos a la madrileña en el restaurante García de la Navarra con un amigo común, Eduardo Barrios, profesor titular de la asignatura de Procesos y computación en la Escuela Superior de Ingenieros Informáticos.

Según parece, dijo Barrios tras apurar su primera copa de Ribera del Duero, el último logro de la Inteligencia Artificial consiste en clonar la imagen y la voz o convertir texto en contenido audiovisual en minutos. Los emprendedores han encontrado por fin su Arcadia digital. Imaginen las empresas de nueva creación: Burial o Lazarus resucitan a los seres queridos, incluidos perros y gatos, para que hables, discutas o llores mediante modelos exactos de telepresencia holográfica sin dispositivos audiovisuales de apoyo. O con apoyo. La semana pasada tuve la oportunidad de recorrer Florencia con unas gafas Apple de realidad virtual. Por supuesto, es más perfecta que la realidad real. Una Florencia de ensueño. Puedes ver en un entorno de 360 grados y alta definición 8K el humo de las tazas de chocolate que saborean los turistas en las terrazas de la Piazza della Signoria; o los imperceptibles defectos del mármol blanco de los dedos del David de Miguel Ángel. En Uffizi, la Venus de Botticelli te ofrece sus labios entreabiertos… O mejor, en medio del Ponte Vecchio sales tú de una joyería treinta años más joven de la mano de Margot Robbie a la que acabas de regalar unos pendientes de oro blanco, diamantes y esmeraldas. Por no hablar de las posibilidades que se abren a la industria del sexo manipulado, el fraude cibernético o la falsificación profunda. Será imposible que no te estafes a ti mismo.

En todo caso, metí baza, de los innumerables usos de la Inteligencia Artificial, el más crucial y, a la vez, más secreto es su aplicación a la industria militar. Asistimos a la invención de tecnologías cada vez más letales e indetectables. Los escenarios bélicos y las maniobras por tierra, mar y aire se han convertido en el escaparate de las grandes potencias militares. Armerías a escala mundial. Nos quejamos del control de las grandes tecnológicas sobre la vida privada. Pequeñeces. Te inundan de publicidad, llamadas durante la siesta y correos tóxicos con faltas de ortografía. Como mucho las redes sociales te advierten que no te pases o te bloquean por impresentable. Por supuesto que tus comunicaciones están monitorizadas por los servicios de inteligencia; o por los ojos electrónicos de una atmósfera saturada de satélites capaces de detectarnos con una resolución de menos de un metro; a no ser que te metas en líos serios o seas el hilo conductor de alguno les importas un bledo. Y viceversa. En unos años la Luna será el objetivo estratégico de los señores de la guerra. El peligro de la IA para la extinción de la humanidad a corto plazo no es el imperio final de las máquinas tipo Matrix en que los algoritmos dominan el mundo y se dedican a cultivar humanos, sino el Armagedón devastador que puede desencadenar la carrera de armamentos. Sabrás que el mundo cesa por una súbita luz incandescente, el temblor de las paredes y la temperatura anormal de la cuchara del café.

Se habla de las capacidades creativas de la IA, intervino el coronel. Ningún gran maestro ni computadora programada es capaz de derrotar a la impresionante Alpha Zero, la inteligencia artificial creada por Deep Mind, propiedad de Google. Tras jugar casi cinco millones de partidas durante cuatro horas, Alpha Zero obtuvo el mismo conocimiento que los humanos en casi 1.400 años. Lo he leído en el vuelo. Peter Heine Nielsen, analista de Magnus Carlsen, campeón del mundo, declaró a la revista CHESS Magazine: Siempre me he preguntado cómo sería si una raza superior aterrizara en la tierra y nos enseñara cómo juegan al ajedrez, y ahora siento que ya lo sé.

Profetizó el ingeniero informático (tercera copa de Ribera) que, aunque nosotros no lo veremos, una máquina de inteligencia artificial será capaz de escribir capítulo a capítulo las andanzas del caballero andante y su fiel escudero todavía mejor que Cervantes, como en el relato de Borges Pierre Menard Autor del Quijote. Ante mis airadas protestas por la vinosa distopía, Barrios me sugirió que todo es mejorable, la ciencia en primer lugar. Los avances en micro y macrofísica no serían posibles sin la aplicación de modelos de IA a la mecánica cuántica. ¿Por qué no imaginar que pueden aplicarse el arte? Quizás el Don Giovanni de Mozart oculta dos arias maravillosas o la décima sinfonía de Beethoven está latente en las anteriores. O que Johannes Vermeer no supo sacar de su paleta su obra maestra y la IA será capaz de darle luz y color. 

Replicó Abengoa que detestaba la analogía entre nuestros amigos inhumanos que nos superan en los escaques y las creaciones literarias, musicales o pictóricas. Por ahora, prosiguió, la capacidad de la inteligencia artificial como autor carece de sustancia. Los intentos que se han hecho han sido un fracaso. Hace poco la Orquesta sinfónica y Coro de RTVE interpretó en el Teatro Monumental de Madrid la primera obra compuesta con IA. El resultado ha sido calificado por la crítica especializada de pastiche. El director, prudente con los patrocinadores, dijo que nos podía servir de ayuda. Los relatos sobre temas sencillos, sacados, por ejemplo, de las fábulas de Samaniego son tópicos decepcionantes. Si se trata de narrar un tema más complejo como los celos es una mera clasificación o un dislate. Algunas madres utilizan El ChatGPT para disponer de cuentos infantiles que leen a sus hijos en voz baja antes de que doblen por la noche. Los que conozco son simplones, predecibles y aburridos. Ignoro si se ha alimentado algún programa de inteligencia generativa con las obras de los clásicos de la literatura o de las artes plásticas y cuál ha sido el resultado. Después de todo, imitar a Modigliani no es tan difícil. Según parece la mitad de los que cuelgan en los museos son falsos.

En cualquier caso, opiné, si se cumplen las profecías estéticas del Doctor Barrios (algunos apocalípticos afirman que la música de Bach responde a patrones matemáticos) será el momento de reconocer que el fuego, la rueda, la imprenta o internet no han sido los principales inventos de la humanidad. Y de aceptar que a medio plazo no tenemos la más mínima posibilidad de sobrevivir a las máquinas. Lo que sucederá después es inevitable. Si todavía estamos a tiempo será el momento de bombardear las bases de datos. 

P.D. A los postres (torrija con bola de helado y chupito de melocotón) la Inteligencia Emocional que reúne a los viejos amigos nos condujo a la Antica Hosteria Romanesca en la Plaza del Campo dei Fiori. Hacía una año que habíamos compartido mesa sin más pretensiones que comer un plato de pasta regado con Chianti, observar el trasiego del popular mercado y contemplar la estatua dedicada a Giordano Bruno, en el centro de la plaza (lugar de las ejecuciones capitales) donde el jueves 17 de Febrero de 1600 la Inteligencia Natural más fascinante del Renacimiento, acusado de herejía, fue quemado vivo en la hoguera por decreto de la Santa Inquisición durante el papado de Su Santidad Clemente VIII, Pontífice Máximo de Roma.  

lunes, 19 de febrero de 2024

Le jardin anglais (récit sur commande)

 

Il y a moins de deux ans, je dirigeais le département de Diffusion et d’Activités de la Bibliothèque Publique de Palma de Majorque. Une fois par semaine, je coordonnais un club de lecture à la Maison de la Culture de Santa Ponça. Originaire de Cuenca, c’était là ma première affectation en tant que bibliothécaire. Je vivais à Can Capes, un quartier de la périphérie. Ma compagne, Paula, une Majorquine, travaillait à la rédaction d’un magazine de voyages et de promotion touristique. Grâce au rédacteur en chef, nous avions trouvé un appartement de trois chambres avec salon et terrasse, construit dans les années quatre-vingt-dix, pour un loyer avantageux. Il se situait au troisième étage d’un immeuble locatif de quatre niveaux, dont le rez-de-chaussée était occupé par Doña Mercé, la concierge. Cette veuve catalane d’une soixantaine d’années avait perdu son mari, un sergent retraité des Mossos d’Esquadra, lors de la première vague du Covid.

Indiscrète par profession mais d’un tempérament affable, elle vivait avec son fils unique, Agustí, un trentenaire peu loquace. Son occupation principale — bien qu’il en eût d’autres, comme nous l’apprîmes plus tard — consistait à effectuer les menus travaux de réparation de la copropriété et à engager, moyennant commission auprès de l’administrateur de l’immeuble, les professionnels chargés des travaux plus importants. Il effectuait également des livraisons sporadiques avec sa camionnette.

Le locataire du premier étage était Jaume, un cuisinier d'âge indéfini travaillant pour la compagnie Transmediterránea. Il passait beaucoup plus de temps à bord qu'en son appartement, où il revenait pendant ses périodes de repos accompagné d'une femme d'une quarantaine d'années aux cheveux teints en blond — la blonda — qui parlait espagnol avec un accent français. Au deuxième, un couple de retraités allemands homosexuels venait passer ses vacances. Gerhart, l'aîné, affirmait avoir gravi presque tous les échelons de la Deutsche Bank pour finir directeur d’entreprises. Selon ce qu’il me confia un soir, alors qu'ils se promenaient bras dessus bras dessous sur la plage d’Andratx, il avait troqué la prospection de clients pour la « joie de vivre ». Günther, quant à lui, avait été assistant de restauration au Dresden City Museum ; il consacrait désormais une partie de son temps à l’étude de la poterie et de la céramique baléares.

Au dernier étage vivait Aurora, fonctionnaire au ministère des Finances. Elle avait quitté Soria à la naissance de sa fille, Jasmina, fuyant les préjugés provinciaux à l’égard des mères célibataires. Je suis convaincu qu’elle ne m'a dit que la moitié de la vérité. Désormais, Jasmina était une adolescente à la dérive, en proie aux bouleversements hormonaux, comme toutes celles de son âge.

L’immeuble disposait d’une cour extérieure murée d’environ cinq cents mètres carrés qui bordait l’arrière du bâtiment, où la construction d’une piscine et d’une aire de jeux pour enfants était initialement prévue. Les coupes budgétaires avaient interrompu le projet, condamnant la cour aux broussailles et aux mauvaises herbes. Au retour du printemps, les Allemands demandèrent à Don Tomeu, le propriétaire, la permission de transformer cet espace en un lieu communautaire « à des fins récréatives et d'embellissement ». Les explications du restaurateur sur la décoration urbaine et celles du banquier sur la revalorisation immobilière furent décisives pour obtenir son accord. Afin d’informer les voisins des bienfaits du projet et d’en discuter les détails, ils nous invitèrent à prendre l'apéritif sur une terrasse renommée de la promenade maritime. Même le marin et son amie se rendirent au rendez-vous.

Entre des verres de vin rosé, du fromage de Palma et des toasts à la sobrasada, ils nous expliquèrent que le projet consistait en l’imitation d’un jardin anglais. L'ex-banquier faisait preuve d'une éloquence remarquable. “Le jardin anglais — lut Günther dans une revue qu'il sortit de sa poche — cherche à imiter la nature vierge, bien que cette représentation spontanée soit au fond le résultat d'un projet artistique élaboré. L'idéal du jardin anglais est de créer un environnement surprenant, novateur, ayant l'aspect d'un lieu n'ayant jamais connu la main de l’homme”.

— Cette revue pédante me dit quelque chose, me murmura Paula à l'oreille.

Personne ne s'y opposa ; au contraire, Don Tomeu arborait une cravate ornée d'une épingle, cadeau des nouveaux voisins. Doña Mercé annonça son intention de planter des concombres et des tomates, tandis que la mère de Sara prévoyait du laurier, du persil et de la coriandre. Paula achèterait des pots chez Juanito Vivers pour décorer la cour ; le cuisinier convint que c'était une idée formidable, tout en déplorant que son travail ne lui permît pas de collaborer autant qu'il l'aurait souhaité. En somme, en moins d'un mois, les entrepreneurs allemands transformèrent la cour en un véritable verger parsemé de sentiers et de corbeilles. Doña Mercé et son fils gardaient la clé.

Deux semaines après la fin des travaux d'horticulture, alors que je sortais de ma sieste, Paula et sa jeune amie Beatriu, diplômée en sciences de la mer, entrèrent toutes agitées dans ma chambre :
— Les Allemands ! s'écria Paula. Ces enfoirés ont planté un champ de marijuana dans la cour !

— Cela ne fait aucun doute, ajouta son amie. Je sais distinguer une algue verte d'un plant de cannabis sativa (nous fumions tous les trois régulièrement). Regarde ! (elle éparpilla quelques feuilles coupées sur la table).

— Ça a l'air pas mal, commentai-je, encore ensommeillé.

Le lendemain, je rendis visite au couple sous prétexte de demander conseil à Gerhart sur d'éventuels investissements boursiers. « Rien de sérieux », dis-je. Il me répondit qu'il y réfléchirait avant de me donner une réponse, bien qu’à sa moue, j’eus l’impression qu’il s’y connaissait en finance autant que moi en chasse sous-marine. Je décidai de ne pas insister davantage en sollicitant l'opinion de Günther sur les peintres catalans à Majorque ; sans plus attendre, je détournai la conversation vers ce qui m'avait amené.

— Nous partageons cet immeuble, du portail à l'antenne collective, en passant par le jardin. N'auriez-vous pas dû informer le propriétaire et les voisins de ce que vous manigancez ? Vous pourriez nous attirer de sérieux ennuis. Avant une semaine, suggérai-je sans menacer, vous devez faire disparaître tout cela, peu importent vos raisons. L'éloquence ne vous manque pas.

Puis, je pris congé de ces deux statues de sel.

Lors des chaudes nuits méditerranéennes, un doux parfum sucré montait jusqu'au ciel sous nos narines. C'était tout. Bien entendu, nous ne coupâmes pas la moindre plante, bien que l'envie nous en démangeât. Les voisins ne remarquèrent rien d'insolite, et je n'étais pas du genre à faire l'annonceur public du quartier.

Un dimanche matin, quatre jours après ma discussion amicale avec les occupants du deuxième, j'étais encore au lit quand Paula surgit de la terrasse où elle aimait petit-déjeuner en consultant la presse numérique.
— Jette un coup d'œil dans la rue ! s'exclama-t-elle. Ce n'est pas possible... les deux tourtereaux, main dans la main, mais cette fois avec des menottes et sur le point de monter dans un panier à salade. J'espère que tu n'y es pour rien, murmura-t-elle.
— Je suis aussi stupéfait que toi, répondis-je avec sincérité.

Ce fut la fin du jardin anglais. C'était la Blonda, amatrice de quelques joints à ses heures, qui avait éventé le manège et donné l'alerte. Quelques jours plus tard, au commissariat, nous dûmes, comme les autres locataires, répondre aux questions de l'inspecteur Palomeque, de la brigade des stupéfiants et assidu du club de lecture de Santa Ponça.

— Non, nous ignorions ce que tramaient ces touristes. Nous ne les fréquentions guère, ils étaient très réservés. Nous savions qu'ils étaient mariés, la concierge nous l'avait dit. Ils semblaient respectables, ne recevaient aucune visite... croyez-moi, ce fut une bien désagréable surprise. Oui, continuai-je, il m'est arrivé de me promener dans le jardin, mais bien que je ne distingue pas une rose d'un œillet, j'avais remarqué que toutes les plantes se ressemblaient étrangement...

L'inspecteur sortit un étui à cigares en cuir de son bureau, prit un petit cigare, l'alluma calmement et savoura la fumée avant de l'inhaler.

Puis, il nous fixa intensément.

— Écoutez, bibliothécaire, ne vous payez pas ma tête. Je suis certain que vous étiez au courant. Ils parlent parfaitement espagnol, ils ne sont pas allemands mais polonais, venus d'Autriche. Tout ce qu'ils vous ont raconté n'est que balivernes. Nous les avions dans le collimateur depuis leur arrivée à Palma il y a un an. Ils ne sont pas mariés, ils aiment les prostituées de luxe et, de toute façon, leur vie privée leur appartient. Nous pensons que plusieurs groupes agissent sur l'île sans se connaître, bien qu'il soit évident qu'ils travaillent pour quelqu'un qui donne les ordres, stocke et gère la vente. C'est la reine d'un nid de frelons asiatiques ; elle crée d'abord un nid primaire, puis secondaire, puis tertiaire, et ainsi de suite si l'on ne coupe pas court au processus. Nous soupçonnons de qui il s'agit, mais nous ne pouvons encore rien prouver. Ils cultivent l'herbe dans les endroits les plus inconcevables : potagers, piscines vides, vieilles demeures, locaux abandonnés transformés en serres avec lampes, ventilation et système d'irrigation sophistiqué. Nous avons confisqué ce jardin des délices et huit autres. Au total, plus de trente kilos de marijuana de première qualité. À dix euros le gramme, son prix sur le marché serait de trois cent cinquante mille dollars. Nous pensons que les Polonais l'écoulaient par petits lots pour que la récolte passe inaperçue. Nous savons que le chargé de transport vers un entrepôt logistique est Agustí, le fils de la concierge ; nous n'excluons pas qu'elle soit impliquée. Ce n'est d'ailleurs pas une affaire trop grave tant qu'il ne s'agit que de marijuana.

— Je suis un fervent partisan de la légalisation de la marijuana, lui dis-je en guise de congé.

 — Moi aussi, me répondit-il, cela m'éviterait bien des problèmes. Comme vous me plaisez bien, que je suis bavard et que vous semblez sortir du dernier roman d'intrigue que vous nous avez recommandé, je vais vous mettre au parfum. Nous avons laissé du lest aux transporteurs qui livraient la marchandise à l'entrepôt. Puis, nous les avons tous cueillis, sauf la reine. Personne ne connaissait personne. Vos voisins ont tenté de me convaincre que la plantation était destinée à l'industrie pharmaceutique générale. Ils possédaient des comptes dans une banque d'Andorre qui nous a menés en bateau grâce à son haut niveau de discrétion opérationnelle et légale. L'avocat commis d'office — ils n'en connaissaient aucun en Espagne — dès qu'il a compris l'imbroglio, leur a conseillé de collaborer à l'enquête pour leur propre bien. Et l'affaire fut classée. L'entrepôt était une société écran enregistrée à Gibraltar. Le gérant ne savait rien, naturellement. Il nous a montré avec empressement les registres d'entrée des colis. Ils coïncidaient en date et en heure avec les livraisons des détenus. Je ne me suis pas donné la peine de lui demander les registres de destination, car je serais tombé sur un autre écran de fumée. Il se peut qu'ils soient encore dans l'entrepôt, mais il n'était pas question de demander au juge un mandat pour inspecter tous les colis possibles de cette fichue marijuana... Ce qui m'inquiète, c'est que ce soit une manœuvre de diversion, un leurre pour occuper la brigade des stupéfiants pendant que la reine mère introduit sur les îles la dame blanche, l'héroïne et la pilule rouge. Nous y travaillons. Vous l'apprendrez bientôt par la presse. Au fait, Don Tomeu, Majorquin de souche, possède quatre autres immeubles locatifs répartis sur Majorque. Tous acquis ces trois dernières années. Aucun n'a de cour arrière. S'ils en avaient eu, fussent-ils cultivés, je serais moins inquiet. Quoi qu'il en soit, cela sort de mes compétences. D'autres s'en occupent.

Il écrasa son cigare dans le cendrier, tourna les talons et commença à fredonner sous nos yeux.

El patio de mi casa

es particular.

Cuando llueve se moja

como los demás...