Estamos
viviendo (presente continuo) la última etapa del liberalismo clásico. El
nacionalismo identitario, el ultraliberalismo económico y el retorno a una
política de bloques (en el fondo una nueva versión de la Guerra Fría) han puesto
de manifiesto una verdad latente desde la extinción de los neandertales a manos
de las violentas hordas de cromañones, nosotros, que ya sabíamos (o temíamos): el
poder político está subordinado al poder económico, y ambos, en última
instancia, al poder militar. Ahora sin disfraces ni tapaderas. Cuando esta
certeza sobrevenida se ha convertido en coyuntura histórica, la primera
consecuencia ha sido la quiebra del contrato social que sustenta las democracias
representativas: la legitimidad de la voluntad general. La segunda es la ausencia
de una legalidad internacional aceptada y respetada (aunque desde su fundación
la ONU ha sido una mera caja de resonancia de los intereses de las grandes
potencias). La tercera, la guerra.
El
creciente darwinismo social difunde la ideología dominante de que la guerra es una de las principales claves del progreso hacia nuevas formas de civilización. Internet, los avances en navegación marítima y aeronáutica, la
cibernética, las tecnologías electrónicas, la investigación genética se
crearon y financiaron en el fondo para aumentar la capacidad operativa de
los ejércitos. Hoy nos sobrecogen los fines militares de los viajes espaciales,
los usos de las supercomputadoras cuánticas o los desafíos impredecibles de la
Inteligencia Artificial. El pacifismo, la interculturalidad o las
consideraciones sobre una guerra justa (desde Tomás de Aquino hasta John Rawls)
son interpretaciones idealistas contaminadas de moralidad sobre cómo debe
ser el mundo, no sobre cómo realmente es. La guerra siempre
comparece en las etapas cruciales de la historia: las Guerras Médicas, las
Guerras de Religión, La Revolución Francesa, el Octubre rojo, las dos Guerras
Mundiales, el atentado contra las Torres Gemelas. En la actualidad, Palestina, Ucrania,
Venezuela, Irán… Un horizonte de sucesos imprevisible.
Solo se ha conseguido detener la carrera de armamentos de forma temporal y discontinua en las agregaciones diplomáticas. Asesores bien pagados firman acuerdos y resoluciones para lograr una paz perpetua que pronto resultan papel mojado. Las grandes potencias empeñadas en su superioridad por tierra, mar y aire (en orden inverso) fabrican artefactos cada vez más sofisticados: aviones de combate indetectables, drones furtivos, satélites omniscientes, anti, contra, recontra misiles, robots soldados como en la Guerra de las Galaxias y venden los excedentes desmochados al resto del mundo. Por no hablar de las grandes flotas de superficie o submarinas. Toda una estética industrial. Es un círculo vicioso: la guerra alimenta el negocio de la industria militar y viceversa. Sin olvidarnos de las armas biológicas de destrucción masiva diseñadas en laboratorios secretos bajo la supervisión de las fuerzas armadas. Según algunas teorías conspirativas, la pandemia del covid 19 fue un ensayo de la Tercera guerra mundial. Otro escenario es la conflagración digital, los ciberataques de los señores del aire a los sectores estratégicos de un país. Las agencias de seguridad mediante la intercepción y análisis de las comunicaciones monitorizan infinitos datos con fines de inteligencia y contrainteligencia. La globalización y el fin de la historia anunciada por los profetas del neoliberalismo ha devenido espionaje a escala planetaria: pero no sólo de los mensajes de los líderes o partidos que suponen un peligro real o imaginario para la seguridad del Estado; se han intervenido con programas ilegales las comunicaciones de altos dirigentes de países aliados. Todos estamos localizados, vistos y evaluados en el infinito laberinto de los centros de datos. Por el momento sólo les interesa modelarnos mediante procedimientos de ingeniería social. Les basta con los navegadores y el teléfono móvil. Es cierto que las armas termonucleares han evitado por el momento la única madre de todas las batallas, el holocausto y el final de las especies. Aunque todo indica que el Armagedón está cada vez más cerca.

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