El xenocentrismo (lo contrario del etnocentrismo) parte del supuesto de que la cultura de origen es inferior a otra u otras. Por lo tanto, es preciso adoptar o adaptar los rasgos propios a los ajenos. El peligro del xenocentrismo es la importación indiscriminada de rasgos disonantes y triviales que acaban por desplazar a los genuinos de la cultura original. Así, los relacionados con la alimentación, la música, los vestidos, las jergas, los gustos estéticos o la comunicación no verbal. Hay tres manifestaciones xenocéntricas que definitivamente se han establecido en nuestra cultura: Halloween, Black Friday y Papá Noel. El Día de Acción de Gracias está a punto de caer.
Independientemente de sus remotos orígenes
religiosos o paganos o ambos en las tradiciones celtas, irlandesas o escocesas, Halloween
es actualmente una fiesta norteamericana. Según parece fueron los inmigrantes
irlandeses quienes la estibaron en sus barcos en el siglo XIX para difundirse
después a otros países a finales del siglo XX y principios del XXI. Sean cuales
sean su orígenes, su significado no tiene que ver con el ser para la muerte
ni el recuerdo de los difuntos en el Día de Todos los Santos que celebran las
Iglesias cristianas. Halloween se relaciona con el animismo, es decir, con los
seres sobrenaturales, la danza de los espíritus o los fantasmas del trasmundo que
se hacen visibles a los mortales. También hereda los estilemas de la
literatura gótica: atmósferas lúgubres, sentimientos de terror y el presagio funesto de
un pasado misterioso que se cierne sobre el presente. Actualmente se ha
convertido en una fiesta infantil de carácter intrafamiliar (los niños visitan
las casas de sus padres y parientes) o intravecinal (llaman a la puerta
de los pisos del barrio que se prestan al juego). Algunos portales se decoran con objetos macabros: esqueletos, calabazas siniestras, telarañas, lápidas o
escobas voladoras. Los peques, disfrazados de criaturas de la noche, se
lo pasan en grande con el truco o trato que atiborra sus bolsas de
caramelos y golosinas. Como el resto de las instituciones xenocéntricas,
es también (o sobre todo) un negocio consumista.
El Black Friday, una exclusiva tradición
norteamericana, comienza un día después del Día de Acción de Gracias, el cuarto
jueves de noviembre, y marca el comienzo de las compras navideñas con el
anuncio de grandes rebajas. Recibe su nombre desde 1961 cuando la policía
urbana de Filadelfia describió así los monumentales atascos de circulación que
colapsaron la ciudad el primer día de las compras. En España fue la cadena
alemana MediaMarkt la que popularizó el Viernes Negro en 2015. En realidad se
prolonga una semana. Lo cierto es que el Black Friday es lo mismo que las rebajas de enero nacionales que comienzan a partir del día siete tras los
regalos de los Reyes Magos y duran y duran. En las rebajas se dan cita en
aparente concordia los universos paralelos de la macro y microeconomía. Comienzan
cuando se abren las puertas de las grandes superficies comerciales y una
muchedumbre abigarrada (cantada por Edith Piaf en La foule)
sueña a codazos con el cuerno de la abundancia. ¡Cuidado en las apreturas por
el mangazo de carteras y móviles! A esto hay que añadir las consabidas estafas
por internet, la picaresca de las falsos precios tachados en las etiquetas o la
ropa de baja calidad confeccionada ad hoc en talleres de costura clandestinos…
Albricias y broncas: tangana de amas de casa que se tiran de los pelos por la
misma prenda, maridos boxeando, separados por los de seguridad por un quítame allá
esa corbata; o astutas gentes que vienen a cambiar el regalo de Reyes ahora más
barato y se indignan cuando el vendedor les dice, contrito de oficio, que está
agotado pero lo pueden canjear por un vale del mismo precio. Otros se rasgan
las vestiduras porque los productos de las mejores marcas son inmunes a los
descuentos. Las franquicias de las primeras firmas del prêt-à-porter consideran
las rebajas simplemente una broma de mal gusto.
Otra institución xenocentrista es papá Noel, también conocido por Santa Claus, un barbudo bonachón con gorro rojo que a bordo de un trineo tirado por renos voladores reparte regalos en Nochebuena a todos los niños del mundo que se han comportado como niños. Se trata de una tradición sincrética en la que se mezclan leyendas medievales de la Alta Edad Media (el obispo San Nicolás de Mira), tradiciones nórdicas y leyendas centroeuropeas. Papá Noel y los Reyes Magos (una festividad exclusiva de nuestro país) convivieron en paz navideña hasta que hijos y nietos exigieron presentes en ambas fechas. Nunca he sido partidario de esta superposición xenocéntrica porque adoro a los Reyes Magos. Me disculpo por citarme a mí mismo. Son el símbolo de lo mejor de mi niñez, de la imagen irrecuperable de un mundo bien hecho, de la inocencia y la ausencia del mal, por eso me he aferrado a su creencia hasta hoy. Escribía la carta con detalles de orfebre, caligrafía de cuaderno, frases cortas, sujeto, verbo, predicado y la lista numerada de mis preferencia del uno al cinco. Aguardaba impaciente la gélida tarde que mi abuelo me llevaba a Galerías Preciados a entregársela en mano al rey que tocaba al final de la cola. ¿Era negro el negro? Tras dársela a un paje de rostro teñido y ojos famélicos que la depositaba en un saco con adornos navideños, me subía en sus rodillas, me daba un beso vinoso, me acariciaba el pelo con manos de guante sobado y me preguntaba lo mismo que al niño anterior (“mil veces ciento, cien mil; mil veces mil, un millón”): te has portado bien, has sido obediente, has hecho los deberes… presentía la impostura y no era el único de la fila. ¡Aquí huele a camello!, largaba de pronto algún madrileño castizo. Risotada general y caras largas en la pareja de guardias municipales. Al fondo, se miraban divertidas dos coquetas azafatas de rojo y blanco a las que mi abuelo no perdía de vista.