Hace menos de dos años dirigía el
área de Difusión y Actividades de la Biblioteca Pública de Palma de Mallorca.
Un día la semana coordinaba un club de lectura en la Casa de la Cultura de
Santa Ponça. Abulense, fue mi primer destino como bibliotecario. Vivía en can
Capes, un barrio de la periferia. Mi compañera, mallorquina, Paula, trabajaba en
la redacción de una revista de viajes y promoción del turismo. Habíamos
encontrado a través del Editor Jefe un piso con tres habitaciones, salón y
terraza construido en los años noventa y una renta favorable. Era el tercero de
un edificio de alquiler de cuatro plantas y un bajo que ocupaba doña Mercé, la
conserje, una viuda catalana que había pasado los sesenta y perdido a su marido,
sargento jubilado de los Mossos D’Esquadra, en la primera oleada del covid. Entrometida
de oficio pero de temperamento afable vivía con su hijo único, Agustí, treintañero
de pocas palabras, cuya principal ocupación, aunque no la única como supimos después,
consistía en arreglar las chapuzas menores de la comunidad y contratar a los
profesionales que se encargaban de las mayores a comisión con el administrador
de la finca. También hacía portes esporádicos con su furgoneta. El inquilino
del primero era Jaume, un cocinero de edad indefinida de la Transmediterránea,
que pasaba a bordo mucho más tiempo que en su piso al que volvía en los
períodos de descanso acompañado de una cuarentona teñida de rubio, la blonda,
que hablaba español con acento francés. En el segundo, pasaban las vacaciones
un matrimonio gay de alemanes jubilados. Gerhart, el mayor, decía que había subido
casi todos los peldaños del escalafón del Deutsche Bank hasta acabar como gerente
de empresas. Según me contó, un atardecer que paseaban del brazo por la playa
de Andratx, había cambiado la captación clientes por la “alegría de vivir”.
Günther, había sido ayudante de restauración en el Dresden City Museum y ahora dedicaba
parte de su tiempo al estudio de la alfarería y cerámica balear. En el último,
vivía Aurora, funcionaria del Ministerio de Hacienda, que se había trasladado
desde Soria cuando nació su hija Jasmina debido a los prejuicios provincianos hacia
las madres solteras. Estoy convencido de que me contó la mitad de la mitad. Ahora
Jasmina era una simpática adolescente a la deriva de los cambios hormonales,
como todas.
El edificio tenía un patio exterior tapiado que bordeaba la parte trasera de unos quinientos metros cuadrados donde estaba previsto construir una piscina y un parque infantil. Los recortes presupuestarios habían parado el proyecto y condenado el patio al matorral y a las malas hierbas. Al llegar la primavera, los alemanes pidieron a Don Gaspar, propietario del inmueble, permiso para transformar el patio en un espacio comunitario “con fines recreativos y de mejora”. Las explicaciones del restaurador sobre decoración urbana y los del banquero sobre revalorización fueron decisivos para su conformidad. Para informar a los vecinos de las bondades del asunto y comentar los detalles nos invitaron a tomar el aperitivo en una conocida terraza del paseo marítimo. Incluso el marino y su amiga acudieron a la cita. Entre copas de rosado, queso palmero y tostas de sobrasada nos contaron que el proyecto era la imitación de un jardín inglés. El exbanquero tenía una notable elocuencia. El jardín inglés –leyó Günther de una revista que sacó del bolsillo- busca la imitación de la naturaleza virgen, aunque esta representación espontánea sea en el fondo el resultado de un elaborado proyecto artístico. El ideal del jardín inglés es lograr un entorno sorprendente, innovador, con el aspecto de un lugar que no ha conocido la mano del hombre… Me suena esa revista pedante, me susurró Paula al oído.
Nadie se opuso, al contrario, Don
Gaspar lucía una corbata con alfiler regalo de los nuevos vecinos. Doña Mercé
anunció su intención de plantar pepinos y tomates y la madre de Sara laurel,
perejil y cilandro. Paula compraría macetas en Juanito Vivers para
adornar el patio, el cocinero convino en que se trataba de una idea
estupenda pero por desgracia su trabajo no le permitía colaborar lo que hubiera
deseado. En fin, en menos de un mes los emprendedores alemanes convirtieron el patio en un
vergel con trochas y papeleras. Doña Mercé y su hijo, se ocupaban de la llave.
A las dos semanas de concluir los
trabajos de horticultura, cuando me despejaba de la siesta, Paula y su joven amiga
Beatriu, graduada en ciencias del mar, entraron alteradas en mi dormitorio:
- ¡Los alemanes, gritó Paula, los mamones han plantado un campo de
marihuana en el patio!
- No cabe la menor duda, añadió
su amiga. Sé distinguir un alga verde de una planta de cannabis sativa (los
tres fumábamos regularmente). Mira (y esparció unas hojas cortadas sobre la
mesa).
- Tiene buena pinta, comenté
soñoliento.
Al día siguiente hice una visita
a la pareja con el pretexto de pedirle consejo a Gerhart sobre posibles
inversiones en bolsa. Nada serio, dije. Me contestó que lo pensaría antes de
darme una respuesta, aunque por su gesto contrariado tuve la impresión de que
sabía de finanzas lo que yo de pesca submarina. Decidí no apretar más el lazo con
la opinión de Günther sobre los pintores catalanes en Mallorca; de súbito desvié
la conversación hacia lo que me había llevado a su casa.
- Compartimos el edificio desde
el portal hasta la antena colectiva pasando por el jardín. ¿No deberíais haber
informado al propietario y a los vecinos de lo que os trajináis? Podéis
meternos en un buen lío. Antes de una semana, sugerí sin amenazar, tenéis que quitaros
de en medio con las razones que os convengan. Labia no os falta. Después me
despedí cordialmente de dos estatuas de sal.
En las cálidas noches
mediterráneas un suave aroma dulzón subía hasta el cielo delante de nuestras
narices. Y eso era todo. Por supuesto, no cortamos ni una planta aunque nos
moríamos de ganas. Los vecinos no notaron nada raro y yo no era el pregonero
del barrio.
Un domingo por la mañana, cuatro
días después de mi amistosa charla con los del segundo, estaba todavía en la
cama, cuando Paula salió de la terraza donde le gustaba desayunar temprano en
compañía de la prensa digital.
- Echa una ojeada a la calle,
exclamó, no es posible, los dos tortolitos de la mano, esta vez con esposas y a
punto de subir a un coche de la pasma. Espero que no tengas nada que ver,
susurró.
- Estoy tan pasmado como
tú, contesté con sinceridad.
Fue el final del jardín inglés. Había
sido Blonda, aficionada a liarse algún que otro porro, quien se percató del chiringuito
y dado el pitazo. Días más tarde, en comisaría, nos tocó como a los demás
inquilinos, contestar a las preguntas del inspector Palomeque de la brigada de
estupefacientes y asistente asiduo al club de lectura en Santa Ponça:
- No, no sabíamos lo que
cocinaban esos turistas. No los tratábamos casi, eran muy reservados, sabíamos
que estaban casados, nos lo dijo la portera, parecían personas respetables, no
recibían visitas, créame ha sido una desagradable sorpresa. Sí, continué,
alguna tarde me di una vuelta por el jardín, pero aunque no distingo una rosa
de un clavel me llamó la atención que todas las plantas fueran muy parecidas…
El inspector sacó del cajón de su
despacho una pitillera de cuero, cogió un purito, lo encendió con calma y saboreó el
humo hasta inhalarlo. Después nos miró
fijamente.
- Escuche y no me joda, bibliotecario, estoy seguro de que estaban al tanto: hablan español perfectamente, no son alemanes sino polacos procedentes de Austria. Los teníamos en el radar desde que llegaron a Palma hace un año. No están casados, les gustan las putas caras y en todo caso su vida privada es suya. Creemos que en la isla actúan varios grupos que no se conocen entre sí aunque es evidente que trabajan para alguien que da las órdenes, almacena y mueve la venta. Es la reina de una colmena de avispas asiáticas; primero crea un nido primario, luego el secundario y después el terciario y así sucesivamente si no se corta la invasión. Sospechamos de quien se trata pero todavía no podemos probarlo. Cultivan la yerba en los sitios más increíbles, huertos, piscinas vacías, caserones antiguos, locales abandonados convertidos en invernadero con luces, ventilación y un sofisticado sistema de riego. Hemos confiscado este jardín de las delicias y ocho más. Más de treinta kilos de marihuana de primera clase. A diez euros el gramo como mínimo, su precio en el mercado sería de doscientos mil dólares. Creemos que los polacos la colocaban en pequeños alijos para que no se notara la siega y evitar sospechas. Sabemos que el encargado de trasportarla hasta una nave de logística es Agustí, el hijo de la conserje; no descartamos que esté implicada. Tampoco es un asunto demasiado grave mientras sólo se trate de marihuana.
Soy un decidido partidario de la legalización de la marihuana, le dije a modo de despedida. Yo también, me respondió, me evitaría un montón de problemas. Como me cae bien, soy un bocazas y parece sacado de la última novela de intriga que nos recomendó le voy a poner al tanto. Les dimos carrete a los transportistas que entregaban la mercancía en la nave. Luego los trincamos a todos excepto a la reina. Sus vecinos me intentaron convencer de que la plantación estaba destinada a la industria farmacéutica en general. Tenían cuentas en un banco de Andorra que nos toreó con su alto nivel de discreción operativa y legal. El abogado de oficio (no conocían a ninguno español) en cuanto se percató del embrollo les aconsejó que el mejor favor que se podían hacer era colaborar en la investigación. Y puerta. La nave era una empresa pantalla registrada en Gibraltar. El encargado no sabía nada. Nos mostró solícito los registros de entrada de los paquetes. Coincidían en fecha y hora con los portes de los detenidos. No me molesté en pedirle los registros de destino porque me hubiera encontrado con otro pantallazo. Puede que estuvieran todavía en el almacén, pero no era cuestión de pedir al juez un orden para inspeccionar todos los posibles paquetes de la puta marihuana… Lo que me preocupa es que sea una maniobra de distracción, un señuelo para tener ocupada a la brigada de estupefacientes mientras que la reina madre se dedica a introducir en las islas a doña blanca, el caballo y la pastilla roja. Estamos en ello. Pronto se enterará por la prensa. Apagó el purito en el cenicero, se dio media vuelta y empezó a tararear en nuestras narices:
El patio de mi casa
es particular.
Cuando llueve se moja
como los demás...

No hay comentarios:
Publicar un comentario