Decía mi buen amigo y colega M. S. en una de las conversaciones que todavía mantenemos en la cafetería del Ateneo de Madrid (el activo, yo jubilado y escriba):
“Cada vez cobran más actualidad las reflexiones de Max Horkheimer sobre la perversa
deriva de la razón instrumental: la administración de la verdad sustituye a la
crítica, el pensamiento oficial al divergente, el esquematismo vacío a la idea.
Insistieron en esta degradación del espíritu Benjamin, Marcuse, Arendt y
tantos otros...
Setenta años
después, la pérdida del sentido de lo real y del buen juicio que debiera
acompañarlo ha dado lugar, en todos los aspectos de la "vida social",
por ejemplo en la educación reglada, a la imposición de ciertas
supersticiones de segunda mano. Adorno lo expresa de este modo: "Están
por un lado los rigoristas abstractos, que luchan por concretar quimeras, y por
otro la pobre criatura humana que, como progenie del infortunio, jamás tendrá la
posibilidad de librarse de ellas".
El fraude de
la enseñanza se manifiesta en los infortunios de la razón instrumental: el
desaliento del profesor ante las agotadoras exigencias del protocolo, el
interminable apartado del apartado y la redefinición falsa del concepto de alumno
mediante la jerga de las ciencias sociales. A gran parte de los bachilleres les
da igual aprender física o historia que memorizar la guía telefónica. A los
profesores, una profesión a la baja porque la ideología dominante oscurece pero
no oculta los hechos, sólo les queda la nómina y asistir impotentes, aunque
plenos de conjuros y depresiones, a las consecuencias sociales, culturales y
políticas del trampantojo.
¿Acaso tras la
decadencia lineal de un discurso sin contenido objetivo (contrario a la
espiral discontinua del conocimiento) es posible todavía alguna clase de ensoñación
roussoniana que esté a salvo del sistema?
La mía, caro amigo, es que yo no podría enseñar nada si no me paseara solitario por el aula, dando la última clase como siendo la primera. ¡Tú tampoco lo habrías hecho! Lo que nos envuelve, y cada vez aprieta más, poco o nada tiene que ver con lo que somos, aunque nos acabemos pareciendo cada vez más a eso por desgaste y presión de los elementos que a nuestros ensueños tangibles y productivos”.
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Con el tiempo he ido viendo la enseñanza como un juego, como una ficción. “Yo te enseñaba y tú aprendías”, “yo era el profesor y tú el alumno”. La ficción se podía romper en cualquier momento. Un alumno podía reventar la clase o un profesor quedarse mudo. ¡Y sin embargo funcionaba! Los alumnos querían creer que aquello iba en serio, y es posible que, aunque solo fuera por ósmosis, la enseñanza cumpliera sus propósitos. Pero era ficción de un juego, no juego sin más, no mera diversión, que es en lo que, quizá con el propósito de ser coherentes con la realidad, llegó después, con las discutibles consecuencias que todos sabemos. Cuando el profesor dejó de ser un ‘personaje’, su trabajo perdió el sentido. ‘En realidad’ no hay maestros sino guardianes. Hay ámbitos del ser humano en los que sólo es útil la ficción, en los que solo es verdadera la mentira. Como sucedía con los mitos.
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