Hace unos días
me contaba un buen amigo, diputado a Cortes durante varias legislaturas en la
comunidad autónoma de Castilla-Mancha, que entregó el acta porque no tenía
ningún interés en ser el disidente de su grupo parlamentario; en ejercer de
“pepito grillo” y ganarse la bronca por saltarse la disciplina del partido con
críticas sobadas y sabidas por todos sus compañeros y por él primero.
- ¿Por qué lo
haces?, le pidieron explicaciones desde el comité ejecutivo.
- Entre otras
razones porque no vivo de la política, respondió con sinceridad. La política me
gusta más que comer con los dedos, pero si la dejo te aseguro que tengo la vida
resuelta. Y alta edad no estoy aquí para pullas y remoquetes. Y menos para
planteamientos eclesiásticos que te obligan a comulgar con ruedas de molino. Me
doy de baja en el partido por motivos personales y vuelvo a mi cátedra
de sociología en la Universidad. Ironía o iglesia.
Muchos
políticos recuerdan al clero semianalfabeto y a los monjes
medievales que entraban en seminarios y conventos para utilizar el poder
espiritual en su provecho. Por no hablar de las prebendas de los altos cargos
de la jerarquía. Las sombras que se proyectan en el muro de la caverna platónica
son las imágenes narcisistas de los políticos. En términos psicoanalíticos, los
partidos fomentan la regresión infantil. Los hijos de cuarenta años tienen que
repetir sin rechistar lo mismo que dice el padre. El tan “necesario debate
interno” no es una confrontación ideológica sino una lucha por abrirse paso a
codazos. “El que se mueve no sale en la foto”, sentenciaba para la posteridad un
reconocido político de izquierdas, mientras reivindicaba como lema heráldico la
libertad de expresión, el pluralismo y la función liberadora de la crítica. Nada
ha cambiado. O al revés, en la fotografía oficial de la presentación de un nuevo
PET-TAC en un hospital público se ve a ambos lados a un ingeniero biomédico, al
director gerente y a varios jefes de servicio; el centro de la imagen, tapando la
máquina, la ocupan sonrientes el alcalde y el consejero autonómico de
Educación. El discurso posterior del regidor municipal es sonrojante. Chorradas
y autobombo. Los de la bata blanca no saben dónde meterse…
Toda
institución, una vez consolidada, cumple los fines contrarios para los que se
fundó: la política, por supuesto; pero qué me dicen del deporte, de la
religión, la moral social, la educación reglada (los profesores lo sabemos
mejor que nadie) o la economía. Muchos se afilian a los partidos para medrar.
Lo he oído sin recato a alumnos míos de quinto de derecho. La carrera política
es una buena salida, decían, mejor que remover carpetas en el sombrío despacho
de un bufete, el síndrome de Bartleby. El poder llama al dinero. Y el dinero
llama a las siete puertas del… Bueno, lo saben de sobra.
En las Juventudes
de los partidos abundan los arribistas que tratan de hacerse visibles en la
plaza pública mediante tormentas en un vaso de agua, pasamanos oficiales,
reuniones de negocios con falsas promesas o una legión de falsos seguidores
en las plataformas creados mediante cuentas automáticas. Algunos llegan plenos
de buenas intenciones que se pierden por el camino. Al final, cae el tinglado
de la antigua farsa: ser es aparentar, pero no cejan; no acaban de
comprender que lo contrario de la verdad es la falsedad y la mentira de la certeza
y que no es posible saltarse el principio del tercero excluido: casi todos los políticos
que creyeron encontrar la fórmula de una opción intermedia acabaron cumpliendo
condena.
Otros, menos
impacientes, más astutos, apuntan al vértice de la pirámide. Inflan sus
currículos con méritos ficticios, copian trabajos polvorientos, plagian tesis o
recurren a “negros” para publicar libelos inocuos sobre el bien común; o a la
inteligencia artificial porque andan escasos de la natural. Abundan títulos de
posgrado fantasmas y másteres a los que no asisten, aprueban carreras al galope
en chiringuitos universitarios o falsean documentos con la connivencia de
sectores académicos corruptos que esperan pedir lo suyo cuando les toque.
Inversamente, las mentes privilegiadas del país no quieren ni oír hablar de la
cosa pública. Si entras al trapo, piensan, te puedes ver envuelto en un enredo mayúsculo
y acabar en los juzgados por culpa de la clase de tropa o de sus mandos. Nunca
sabes a quien tienes al lado. La carrera del político profesional se rige por la
ambición, la deslealtad y la puñalada trapera. Lo que cuenta es quienes son los
primeros en las listas electorales, lo demás es representación y postureo. Intra
muros nulla salus.
Pero no
sobrevaloremos la política. En un debate televisado antes de las últimas
elecciones generales un representante de la izquierda de la izquierda se
preguntaba como remate del llamado minuto de oro: ¿Son los políticos
quienes realmente mandan en la sociedad civil? Lo cierto es que en una
democracia representativa, además de los tres poderes del Estado dudosamente
independientes, hay un cuarto, la prensa y los medios de comunicación, un
quinto, las redes sociales, un sexto, los grupos de presión, un séptimo las
fuerzas armadas y por encima de todos un ser supremo, el dinero, el primer
motor inmóvil que pone en movimiento los engranajes del mundo. Bancos de toda
condición, los Centrales primi inter pares, fondos de inversión en casi
todo, corporaciones mercantiles, multinacionales tecnológicas, empresas de distribución, consultoras, aseguradoras de las aseguradoras… Hagamos
un poco de memoria histórica. Recuerdan la confrontación de Yanis Varufakis con
las autoridades económicas de la Unión Europea para sacar a Grecia de la quiebra en 2015 y como acabó
el conflicto; por poco no se llevaron la Acrópolis a la Grand-Place de
Bruselas. El fin del mundo llegará cuando los
cajeros automáticos dejen de escupir dinero, le dijeron. Lo toma o lo deja. Y
punto final. O la crisis financiera de 2008,
en realidad la gran estafa. Al final pagamos todos el recate de los desmanes
bancarios, además de sufrir años de recesión, desempleo y austeridad. ¿Sacaron
los políticos neoliberales que propiciaron el desastre alguna conclusión? Sin
duda. Decidieron que la solución era una huida hacia adelante mediante un
cambio de paradigma que corregía y aumentaba los errores del anterior: el neodarwinismo social, al cual dediqué unas líneas que
entre otras me permito citar: el nuevo paradigma
supone la cancelación del contrato social propio de las democracias
representativas. La ley de gravitación social que sustituye a la oferta y la
demanda propone que los individuos y colectivos más aptos prosperen por todos
los medios que hagan valer su superioridad, mientras que los menos aptos están
condenados a la extinción. Las miserias del sistema son necesarias por cuanto
responden a su funcionamiento natural: la ley del más fuerte.
P.D. El artículo 33 de la Constitución Española establece la función social de la propiedad. Es una mentira piadosa. La certeza es que, como subrayó Marx en su Contribución a la crítica de la economía política, la única finalidad del capital es la acumulación de capital.

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