jueves, 12 de febrero de 2026

La felicidad

 

En una memorable tira de Quino, Mafalda entra en una cerrajería, saluda al anciano que la observa detrás del mostrador y le anuncia con desparpajo que ha venido a que "le haga la llave de la felicidad". El amable artesano le dice al instante: "Con mucho gusto nenita, ¿A ver el modelo?" Mafalda sale de la tienda con cara de haber captado el mensaje: "¡Astuto viejito!" piensa...

Quizás por los tiempos que nos ha tocado vivir, la “felicidad” ha vuelto al primer plano de las palabras de moda. Nos sobrevuela una considerable floración de aforismos y apotegmas de filósofos dispuestos a aportar su granito de arena. Obviamente a los medios, sobre todo a las redes, les interesa el impacto inmediato de la frase lapidaria y no tanto las mediaciones que la sustentan.

El término “felicidad” es excesivamente amplio. Cualquier intento de definición caerá en una generalización inconclusa similar a la que propone la Real Academia Española de la Lengua: Estado del ánimo que se complace en la posesión de un bien. Es una causa perdida. La felicidad es un concepto indeterminado. Las palabras del lenguaje que expresan estados de ánimo ("esperanza", "dicha", "gozo", "melancolía”, "resentimiento", "ansiedad"), lo que Georges Bataille denominaba experiencia interior, incorporan un exceso de contenido introspectivo, mentalista. La definición de la RAE no demarca el concepto sino que lo expande, abre mundo en expresión de Heidegger. La condición humana, versátil y contradictoria, es capaz de desear un número ilimitado de bienes cuyas determinaciones se disuelven en una casuística heterogénea e inabarcable. Es más, el infortunio nace con frecuencia de las expectativas imposibles que hemos decidido desear.

Para Wittgenstein son términos con una intención meramente pragmática. Es evidente, afirma, que no podemos cambiar ni forzar el contenido semántico del lenguaje, su gramática, además de admitir, que está bien como está. Y que los enredos y malentendidos surgen cuando el lenguaje se va de vacaciones. Un hablante con una competencia comunicativa normal entenderá correctamente lo que queremos decir cuando los utilizamos en los contextos apropiados. No existe un modelo original (como sugería el astuto cerrajero) de la felicidad sino múltiples juegos del lenguaje en los que el término se usa con propiedad.

La concepción de la felicidad que más me convence es la aristotélica (no me privo de dar mi opinión). Anticuada, aburrida, viejuna, puede ser. Pero la edad determina la conciencia y me cae bien el astuto viejito de Mafalda.

Durante el helenismo, Aristóteles confirió al término un significado ético, costumbrista, individual: la felicidad es el resultado de la práctica constante de determinadas virtudes intelectuales (sabiduría, ciencia, entendimiento, prudencia, arte) y morales (fortaleza, amistad, liberalidad, modestia y justicia, entre otras). La felicidad no es un estado puntual, aislado, ocasional. La auténtica es siempre la consecuencia de tales hábitos y sólo quien los posee en grado eminente es capaz de alcanzarla. El resto es satisfacción circunstancial. La felicidad es una forma de vida. Así lo entendieron, fieles a tal idea, las escuelas postaristotélicas.

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