En una memorable tira de Quino, Mafalda entra en una cerrajería, saluda al
anciano que la observa detrás del mostrador y le anuncia con desparpajo
que ha venido a que "le haga la llave de la felicidad".
El amable artesano le dice al instante: "Con mucho gusto nenita, ¿A
ver el modelo?" Mafalda sale de la tienda con cara de haber captado el
mensaje: "¡Astuto viejito!" piensa...
Quizás por los tiempos que nos ha tocado vivir, la “felicidad” ha vuelto
al primer plano de las palabras de moda. Nos sobrevuela una considerable
floración de aforismos y apotegmas de filósofos dispuestos a
aportar su granito de arena. Obviamente a los medios, sobre todo a las redes, les interesa el impacto inmediato de la frase lapidaria y no tanto
las mediaciones que la sustentan.
El término “felicidad” es excesivamente amplio. Cualquier intento de
definición caerá en una generalización inconclusa similar a la que propone la
Real Academia Española de la Lengua: Estado del ánimo que se complace en la posesión de
un bien. Es una causa perdida. La felicidad es un concepto indeterminado.
Las palabras del lenguaje que expresan estados de ánimo ("esperanza",
"dicha", "gozo", "melancolía”,
"resentimiento", "ansiedad"), lo que Georges Bataille
denominaba experiencia interior, incorporan un exceso de contenido
introspectivo, mentalista. La definición de la RAE no demarca el
concepto sino que lo expande, abre mundo en expresión de Heidegger. La
condición humana, versátil y contradictoria, es capaz de desear un número
ilimitado de bienes cuyas determinaciones se disuelven en una casuística
heterogénea e inabarcable. Es más, el infortunio nace con frecuencia de las
expectativas imposibles que hemos decidido desear.
Para Wittgenstein son términos con una intención meramente pragmática.
Es evidente, afirma, que no podemos cambiar ni forzar el contenido semántico del
lenguaje, su gramática, además de admitir, que está bien como está. Y
que los enredos y malentendidos surgen cuando el lenguaje se va de
vacaciones. Un hablante con una competencia comunicativa normal entenderá
correctamente lo que queremos decir cuando los utilizamos en los contextos apropiados.
No existe un modelo original (como sugería el astuto cerrajero) de la felicidad
sino múltiples juegos del lenguaje en los que el término se usa con propiedad.
La concepción de la felicidad que más me convence es la aristotélica (no
me privo de dar mi opinión). Anticuada, aburrida, viejuna, puede ser. Pero
la edad determina la conciencia y me cae bien el astuto viejito de Mafalda.
Durante el helenismo, Aristóteles confirió al término un significado ético, costumbrista, individual: la felicidad es el resultado de la práctica constante de determinadas virtudes intelectuales (sabiduría, ciencia, entendimiento, prudencia, arte) y morales (fortaleza, amistad, liberalidad, modestia y justicia, entre otras). La felicidad no es un estado puntual, aislado, ocasional. La auténtica es siempre la consecuencia de tales hábitos y sólo quien los posee en grado eminente es capaz de alcanzarla. El resto es satisfacción circunstancial. La felicidad es una forma de vida. Así lo entendieron, fieles a tal idea, las escuelas postaristotélicas.

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