Es la primera vez que dedico unas líneas a un equipo
de fútbol que no sea el Atlético de Madrid. Hoy le toca al “eterno rival” del
Paseo de la Castellana; los de la acera de enfrente según las
malas lenguas de la parroquia rojiblanca.
Estos son mis principios: sólo me siento
antimadridista de verdad en los derbis. Si palmamos, tras dos días de duelo me
olvido del Real Madrid (el estoico Oblivio virtus
est)
y si ganamos lo apunto en mi diario con letra capitular. Nunca discuto con los
madridistas cuando en bautizos, bodas y sepelios me cubren de oprobio por su
abismal superioridad y su complejo de ser el mejor equipo de la galaxia. El
club que realmente me quita el sueño, les digo, es la Unión Balompédica
Conquense y el quite por chicuelinas suele funcionar. Creo que una parte de la
afición atlética es demasiado visceral con el antimadridismo en la grada y en
la calle (algo que la directiva no ha sabido controlar) y que un exceso de
presión perjudica al equipo. Tampoco soy un incondicional del fútbol que
propone el Cholo, pero lo dejo para otro momento.
Dicho lo cual voy al asunto que nos concierne: los
motivos del cese fulminante de Xavi Alonso. De entrada, el Madrid no precisa
un técnico, un ingeniero del balompié que los abrume con tácticas y
estrategias, pizarras magnéticas o videos con sermón para analizar las
debilidades del contrario o los traspiés de los últimos partidos; y continúe
dándoles la murga en los entrenamientos con andanadas de manual y consejos
varios. Xavi no ha gestionado bien el grupo porque lo ha gestionado
excesivamente. A veces una sobrecarga de instrucciones no genera organización
sino desconcierto. El equipo se convierte en un agregado de individualidades
sometido a constantes cambios de alineación, posiciones y esquemas para
lograr un sistema estable de juego. Consecuencias: la paciencia se agota y
el entrenador es defenestrado. El método funcionó en el Leverkusen, pero no en
el vestuario egotista y piramidal del Real Madrid. El Madrid del miedo
escénico y de las grandes finales de la Champions tenía el centro del campo más
solvente de Europa: Casemiro, Luka Modrić y Toni Kroos. Los entrenadores no se
calentaban la cabeza con la reordenación del grupo cada tres días ni con las
emboscadas y agujeros del próximo rival porque los centrocampistas se
encargaban de colocar a cada jugador en su lugar.
El segundo problema es que actualmente hay en el
Madrid figuras de talla mundial, algunos de segunda excelencia, o buenos
jugadores sin más y otros que no dan la talla para las exigencias del club.
Tampoco los últimos fichajes han aportado lo que se esperaba. En parte se debe
a los gastos en la remodelación faraónica del estadio y a que ni siquiera el
Real Madrid, una máquina de hacer dinero, es capaz de alcanzar la
capitalización sin restricciones de los clubes Estado, los únicos que se pueden
permitir las cifras estratosféricas de los fichajes diez y el coste de los
contratos. En todo caso, hay que reconocer en descargo de las vacas flacas la
serie de graves lesiones que han devastado la línea defensiva.
Hay que señalar también que la cantera no produce las
figuras de la edad dorada. Raúl, Casillas, Butragueño, Martín Vázquez, Del
Bosque Sanchís, Camacho, Míchel o Guti, entre otros. En el equipo actual sólo
juegan con cierta regularidad dos canteranos por las lesiones de los titulares.
Dejamos aparte a Dani Carvajal en el tramo final de su brillante carrera. Da la
impresión de que el objetivo de la cantera actual es sostener al Real Madrid
Castilla y exportar a los mejores a buen precio.
Por último, no me atrevo a opinar para bien o para mal de los designios inescrutables de Florentino Pérez; lo que se deduce de ciertas filtraciones, exclusivas periodísticas y sobre todo silencios es que el presidente primero se distanció de la imagen de Xavi, el esperado, después no lo apoyó (más bien se puso del lado de los díscolos), luego lo cuestionó y finalmente lo destituyó. Zidane y Ancelotti se fueron por la impaciencia de una afición incapaz de asumir que no siempre se puede ganar todo. Arbeloa será un puente y un ocaso. ¿Quién será el siguiente?
