viernes, 25 de junio de 2010
domingo, 20 de junio de 2010
El kitsch
- El individuo dotado de mal gusto. El kitsch entendido como una cualidad no de las obras, sino del sujeto, del consumidor o “fruidor”, es decir, del individuo propenso a disfrutar de las obras de arte y de los objetos y manifestaciones de la cultura, de manera equivocada, deformada o aberrante.
En esta primera entrega vamos a servirnos de numerosos ejemplos para ilustrar el primer significado del término.
Es sabido que el kitsch está vinculado con frecuencia al denominado “arte popular”, al arte de masas en sus manifestaciones más discutibles, entre las que se cuentan la pegadiza canción del verano, la consabida novela histórica que presenta un secreto cuya verdad hubiera cambiado el mundo, el último álbum de un grupo roquero rebosante de decibelios o la dudosa sala pop que expone con el título de Omphalos I al XVI una maligna serie de lienzos cubiertos de rayas negras y fotografías de personajes atrabiliarios.
Es kistch también la interpretación desgarradora y aguardentosa, a ritmo sincopado, que Ray Charles hizo del inspirado tema de los Beatles, Yesterday.
Una variante inversa del kitsch es la popularización innoble que la industria cultural y la publicidad hacen de obras de arte auténticas: la Gioconda utilizada como reclamo de una pasta dentífrica, el allegro de una sinfonía de Mozart en versión de jazz o el tema del andante de un cuarteto de Brahms convertido en la banda sonora de una película pastelera; más ejemplos: las recargadas columnas corintias de la mansión rural de un nuevo rico de Arizona, la Biblia narrada en historietas, la novela de Víctor Hugo Los miserables resumida y mutilada para reducirla a lectura de ferrocarril o un abominable refrito de La Cartuja de Parma de Stendhal servido en uno de los números del Reader’s Digest.
Un caso menos evidente de kitsch son los libros que incluyen reproducciones de los cuadros de los maestros de la pintura con alteraciones relevantes del tono, la luz, la intensidad de los matices y, en general, de la paleta de colores. Esta desviación del original puede dar lugar a la adulteración de la percepción y el concepto de la obra.
También se da el caso opuesto, la elevación kitsch de un dragón con aspecto vagamente oriental, decididamente fraudulento y pasado de moda, al rango de pieza única de un valor inapreciable.
O la combinación recargada de prendas de vestir y complementos que por separado son objetos de diseño… Un pareo blanco de Antonio Barba, un bañador de la firma Mari Claire, un sombrero de verano de Armani, unas gafas de sol Carrera, un bolso de Loëwe y, el toque final, unas sandalias de Sergio Rossi a juego con el bañador (y no por casualidad), puede resultar un conjunto explosivo capaz de desacreditar a la más elegante mujer de mundo.
Por definición el “gran arte” está a salvo del kitsch, aunque puede haber ciertas obras que se sitúan en el límite, incluso dentro de los confines del mal gusto. A propósito de esto, Umberto Eco en su obra Apocalípticos e integrados cita como ejemplo de contaminación estética algunos pasajes de la novela de Hemingway El viejo y el mar, a los que califica de pastiche. En obras como esta, el pathos, el sentimiento auténtico, resbala imperceptiblemente hacia esa forma inferior, propiamente kitsch, que es el sentimentalismo, es decir, la búsqueda del efecto dramático fácil como un fin en sí mismo. El kistch funciona en este caso no como una mala imitación del arte sino como un sustitutivo destinado a conseguir una fruición más superficial y rápida.
Otro ejemplo de deslizamiento del arte hacia los falsos valores del kitsch son las adaptaciones que los estudios cinematográficos y el star system de Hollywood hicieron hacia los años cincuenta de obras maestras como Guerra y paz o Madame Bovary.
Es kitsch el uso fuera de contexto, alienante, sin intención, sin venir a cuento, de materiales para-artísticos que han sido utilizados antes con validez en ciertas obras genuinas (versos fáciles insertados hábilmente en un texto literario o la presencia en el lienzo de materiales triviales como la arena, humildes como la arpillera, de desecho como la harina de loza o el papel de periódico). Muchos cuadros de pintores neófitos que pretenden redimir su inexperiencia con los excesos de la originalidad caen en esta vieja trampa.
También resulta sutilmente kitsch la degradación de un objeto valioso en un entorno inadecuado: por ejemplo, la presencia de una luminosa cómoda chippendale en una tienda de muebles antiguos rodeada de groseras falsificaciones.
Más ejemplos: según contó el secretario de Gustavo Tornes, pintor conquense y decorador de primera fila, una dama adinerada de la “gente guapa” de Madrid le pidió que se ocupara de la decoración de su flamante palacete; en su primera entrevista, el artista, tras advertir que el salón principal estaba atiborrado de objetos labrados en plata, legítimas alfombras persas, cuadros de gran valor, tapices de la Real Fábrica y mandarines de marfil puro, le sugirió que era indispensable aligerarlo y darle otra orientación… La dama se resistía. Señora, le dijo Torner, esta habitación parece un anticuario. Pues es todo muy bueno, le respondió amoscada. ¡Por supuesto, dijo Torner, si no fuera así le hubiera dicho que parece un bazar!
O al revés, ciertos objetos de pacotilla, insustanciales y risibles, fueron revalorizados por la estética surrealista hasta convertirse en fetiches indispensables en la ornamentación de toda casa que se preciara de estar a la altura de los tiempos. Pájaros disecados, relicarios, ex votos u ofrendas populares, figurillas de cera en campanas de cristal, chillones cojines japoneses, bustos de Napoleón… Omnipresencia del kitsch.
miércoles, 16 de junio de 2010
El efecto Photoshop
Pero no. Quería referirme exclusivamente a los pps que podríamos denominar como “artísticos o de buen gusto”. Son muy variados, pero tienen algo en común que me ha incitado a decir del tema. Si se trata, por ejemplo, de la Capilla Sixtina, proliferan los detalles excesivos, como el reiterado primer plano del dedo de una Sibila, o al revés, un conjunto de la estancia tan prolijo que es imposible procesar la información que contiene. Si es la catedral de Chartres, se muestra el angular exagerado de una capilla lateral, si es un cuadro de Velázquez, el picado central desde un socavón imaginario; el David de Miguel Ángel (irreconocible) no parece que mida cinco metros sino cincuenta y su trasero resulta enorme y desproporcionado en relación con la cabeza; si se trata de un paraje, por ejemplo un tranquilo lago canadiense, la cámara se sitúa al ras del agua para ofrecer una visión imposible de los cuatro elementos.
Si es la incomparable Hoz de Tragavivos, excavada por el río Guadiela en la Serranía de Cuenca, la fotografía nos muestra el plano corto de la cabeza y las alas de un quebrantahuesos volando, por debajo del cual contemplamos un panorama lejano, borroso, informe que bien podría ser la vega de Granada o la taiga siberiana. Para empezar, en Tragavivos no hay quebrantahuesos sino buitres. Además, sus quebradas, cortados y pozas tienen una personalidad inconfundible, única. He tenido la oportunidad de atravesar la hoz con mi hermano, un viejo amigo y el perro de mi padre; he pescado y dormido en ella, he oído sus ruidos nocturnos… la composición que nos proponen es una parodia sin sentido.
Si se trata de la Muralla china, nos deslumbran con una vista de pájaro que abarca la totalidad del perímetro defensivo y, prácticamente, toda China. La fotografía parece hecha desde un transbordador de la NASA… Si es un palacio rococó (uno de los temas favoritos del subgénero) la perspectiva de la escalera central es tan desmedida que parece el hueco en espiral del ascensor de un rascacielos o la rampa central que circunda la torre de Babel: si visitáramos al día siguiente el monumento en cuestión no lo reconoceríamos aunque tuviéramos seis ojos.
La mayoría de estas presentaciones no son fotografías del natural, sino que han sido confitadas con el famoso editor gráfico Adobe Photoshop. El resultado de esta transmutación informática, de este collage a escala planetaria, de este “corta y pega” universal, es que los valores estéticos de sorpresa y originalidad se han convertido en una farsa aberrante.
(La realidad, los elementos, la fiesta de la naturaleza, la obra de arte, los colores y los cuerpos son bellos en sí mismos; su verdad se muestra sin artificios y, en ningún caso, existen ensueños sustitutivos).
lunes, 14 de junio de 2010
El lenguaje de la política
Analizar la gramática del lenguaje político supone
retornar y retomar las ideas realistas en torno al tema de Maquiavelo
(1469-1527), el pensador renacentista que las fijó para siempre.
En primer lugar, si queremos
entender el problema propuesto, debemos centrarnos empíricamente en lo que la
política es, no en lo que debiera o pudiera ser. La primera consecuencia de
este planteamiento es la autonomía del lenguaje político, es decir, su independencia
o desvinculación de otros lenguajes de rango superior.
El lenguaje de
la política, por tanto, no está subordinado a la religión, como pensaban los
teólogos medievales como Agustín de Hipona o Tomás de Aquino, y piensan ahora
los teóricos del fundamentalismo, sean islamistas, budistas o cristianos.
Tampoco está subordinado a la
ética, como afirmaba en la antigüedad Aristóteles y en nuestros días los
honestos pero ingenuos defensores del universalismo cultural, para quienes el
ordenamiento jurídico que vertebra la sociedad civil debe recoger, proteger y
fomentar los derechos humanos que formula la comunidad internacional. No
acaban de reconocer que tales derechos, condenados a superestructura
del liberalismo económico, son el aceite lubricante, el bálsamo del capitalismo
industrial y financiero
Tampoco el lenguaje político está
vinculado a la antropología, como sugería Platón, al defender que el Estado
ideal debe construirse a partir de la división del alma humana en sus partes
constituyentes (racional, emocional e instintiva); y ahora defienden los
partidarios del naturalismo jurídico, quienes mantienen que del análisis
racional de la naturaleza humana se siguen unos principios y normas universales
(derecho natural) que fundamentan el entramado legal de la sociedad
política (derecho positivo). Otra ideología metafísica al servicio de la
propiedad privada y los mercados.
Tampoco el lenguaje político está
supeditado a la utopía, género costumbrista cultivado con profusión durante el
Renacimiento (Moro, Campanella, Bacon) y actualmente plasmado en ciertos
proyectos tecnocráticos inquietantes a pesar de ser ciencia ficción, o en
los programas de las “izquierdas evanescentes” que especulan con quimeras en la
vieja Europa mientras la derecha gobierna.
Tampoco está
sometido a las reflexiones de la razón práctica. Por muchos argumentos que
aportemos a favor de una determinado tesis política, al final, como dictaminó
acertadamente el emotivismo de Hume, quien acepta la idea y decide la
orientación -es decir vota- son los sentimientos; de ahí que el electorado de
un país sea sorprendentemente fiel a sus afectos. A nadie se le escapa que no
votamos con la cabeza y que las consideraciones que influyen en nuestras
aprobaciones o desaprobaciones políticas son cualquier cosa menos racionales.
El lenguaje de la política ni
siquiera está sujeto a los dictados de la lógica: es perfectamente válido para
un partido político defender unas ideas mientras está en el poder y justamente
las contrarias cuando está en la oposición (con los mismos nombres y
apellidos).
Esto no
significa que la política real, la única que merece tal nombre, deba ser
contraria a los dogmas religiosos, a las normas éticas, a los pilares de la
condición humana, a las aspiraciones irrenunciables de la vida social, al uso
práctico de la razón o a las normas inmutables de la lógica. En absoluto, lo
que debe hacer es utilizarlas para sus fines. El buen político, debe aparentar
respetar, cumplir, seguir, desear, distinguir, adecuarse… si eso contribuye al
buen gobierno de su nación, y si conviene lo contrario hacerlo igualmente y con
la misma firmeza.
Un
príncipe, decía Maquiavelo, puede utilizar a un cruel jefe de policía para
reprimir violentamente una rebelión de campesinos y después de sofocada puede
acusar al jefe de inhumano, juzgarlo y ejecutarlo a fin de aplacar el odio de
los represaliados. Así habrá matado dos pájaros de un tiro.
Asimismo, determinados valores
éticos, como la amistad, no tienen ningún significado político, porque, como
dice Maquiavelo, un político que tenga amigos puede hacerles confidencias que,
en otro momento, pueden publicar por enemistad surgida o por ambición personal,
lo cual es contrario a la eficacia y al buen gobierno de la comunidad.
¿Cuáles son las reglas
específicas del lenguaje político, su gramática universal?
Se pueden
resumir en las siguientes:
- Aspirar al poder sin ninguna limitación o
condición como el fin último de la política al cual se reducen y
subordinan todos los demás.
- Conseguir el
poder, para lo cual todos los medios son lícitos: este es el significado de la
frase “el fin justifica los medios”, que nunca dijo Maquiavelo, pero resume a
la perfección su pensamiento político.
- Mantener el
poder mediante la valía personal (“virtù”) del gobernante y la
utilización sistemática de los lenguajes extrapolíticos tanto en sentido
positivo como negativo
- Extender el
poder, ya que cuanto mayor es el poder acumulado y menores sean las trabas, más
fácil resulta gobernar eficazmente.
- Establecer
el bien común, pues sólo el cumplimiento de las anteriores reglas garantiza el
ejercicio cabal de la política. Dicho con otras palabras, el gobernante que no
las cumple es un mal político. Y si un gobernante no desempeña su cometido, el
resultado es inevitable: antes o después pierde el sillón en favor de
otro.
El amor
ilimitado al poder es la única garantía del buen gobierno.
Sin duda la
degeneración más grave de la política consiste en sustituir el respeto estricto
a las reglas por la ambición. El político ambicioso las usa para alcanzar
la satisfacción de sus intereses personales. En esto consiste precisamente la
corrupción política y su corolario: la creación de una amplia red de
influencias sociales en todas las direcciones, desde repartir puestos de
trabajo, prebendas mercantiles o entradas para el combate de boxeo.
Llevaba razón Platón allá por el siglo V a.C. cuando al exponer en el diálogo de madurez República su concepción de la justicia y del Estado, mantenía que entre las castas que componen la sociedad ideal (los gobernantes sabios, los guardianes armados y los productores de bienes), las dos primeras, las encargadas de la dirección política, debían vivir en un régimen de comunismo total, sin propiedades ni familia, ya que sólo así era imposible la ambición y la corrupción personal, propiciando además la exclusiva dedicación de las clases dirigentes al servicio de la comunidad.






