lunes, 17 de octubre de 2011

De lo bello y sus formas



Con la debida modestia y todo tipo de reservas, pretendo seguir el rastro al término “belleza”. Una palabra mágica que todo el mundo emplea en múltiples contextos y aplica generosamente a los seres que le circundan (dioses, personas, animales o cosas). Pero como diría un reputado dialéctico: la pregunta no es qué cosas son bellas, sino qué es la belleza en sí misma.

Me enfrascaré en los textos de los maestros pensadores desde los inicios hasta donde considere que la cosa me supera, me aburre o carece de causa; hurgaré curioso en las obras que tratan el concepto de belleza: por ejemplo y para empezar, el Hipias mayor de Platón o la Poética de Aristóteles. Tampoco sé con certeza qué autores están dentro o fuera del círculo de tiza.

Comparto mis notas en el apartado del blog Mis lecturas filosóficas.

La Real Academia Española de la Lengua incluye, entre otras, una definición general y otra con significado estético del término "belleza":


1. Propiedad de las cosas que hace amarlas, infundiendo en nosotros deleite espiritual. Esta propiedad existe en la naturaleza y en las obras literarias y artísticas.


2. La que se produce de modo cabal y conforme a los principios estéticos, por imitación de la naturaleza o por intuición del espíritu.


La primera fue acuñada probablemente en la época en que se fundó la real institución (1713) por iniciativa del ilustrado Juan Manuel Fernández Pacheco, marqués de Villena y duque de Escalona (Wikipedia). A primera vista, la definición incluye al menos cinco peticiones de principios todavía más complejas que el término definido.


La segunda, más certera a priori, es anterior a la Academia y parece un collage compuesto de las ideas estéticas de la filosofía aristotélica y la escolástica medieval. Nada que objetar: la Real Academia limpia fija y da esplendor y poco más.


Una u otra, las premisas del razonamiento son bastante escuálidas. Provisto de tan ligero equipaje me pongo en marcha y ya veremos, si es que vemos algo. Las pongo por escrito.


Ocurre que el término “belleza” puede ser usado pero no mencionado en un metalenguaje preciso. O sea: con el respeto obligado a su gramática es lícito hacer un uso masivo del término pero no pasarse de listo. El lenguaje natural está bien hecho, por tanto hay que dejarlo en paz y no hacer preguntas que desfiguren sus límites (Wittgenstein). Debemos centrarnos en la función coloquial, en la que nos encontramos a salvo de problemas abstrusos. Todos entendemos lo que quiere decir “un bello vestido, un bello caballo, una acción bella, un cuadro bello o una bella mujer”. Prescindamos de la función metalingüística en la que solo abundan tipos muy raros.


En mi opinión, el término “belleza” es un comodín del lenguaje que a nadie molesta. Tratemos de traducir los ejemplos anteriores a términos empíricos (o técnicos) y veremos lo fácil que resulta. Todo encaja a pedir de boca.

Invito a practicar el juego “un mundo sin colores”: no vale utilizar la palabra bello, belleza y palabras de la misma raíz. Cada vez que se infringe la regla se paga prenda: el culpable debe aportar un “objeto material” (lo espiritual no vale) que considere bello. Por ejemplo, una falda y así sucesivamente. He jugado varias veces y no pasa nada; entre otras cosas, porque utilizamos en su lugar la palabra “bonito”. Pero esta palabra procede del latín bonus cuyo significado original es bien distinto y además su aclaración semántica nos llevaría a otro laberinto similar al que ahora nos atrapa. “Bueno y Bonito”, dos términos inextricables (no “barato”).

Aunque es evidente que un viaje al corazón de la filosofía no debe acabar así. Las palabras (Sartre), Palabra y objeto (Quine), Cómo hacer cosas con palabras J
ohn L. Austin, Las palabras y las cosas (Foucault), cuatro enfoques del mismo problema.

La definición estética plantea problemas todavía más urgentes.

Valgan de aperitivo las palabras de Fernando Zóbel, uno de los pintores más representativos de la pintura abstracta: No sé muy bien lo que es “un cuadro bello”. La palabra belleza se ha vuelto muy sospechosa, y no sabemos muy bien lo que entiende la gente cuando la emplea. Yo por lo menos la utilizo poco para evitar confusiones. La frase “cuadro bello” tiene cierto sentido inconsciente a temática decimonónica: a crepúsculos y desnudos suntuosos, a nocturnos con cipreses y agonías históricas. Perversamente se piensa en el tema y no en el cuadro. Yo diría que un cuadro es bello cuando cumple claramente su intención. En ese sentido, claro que me interesa. Todo cuadro es nueva búsqueda, y cuando culmina es aportación. Cada lienzo nuevo es una aventura, aunque no se trate de ogros y dragones.
Más madera.

Definir la belleza (referida a las artes plásticas, a las que en el fondo se apunta) como “lo que resulta agradable a los sentidos y causa placer” es simplificar en exceso y una visión incompleta. La belleza incorpora elementos sensibles relacionados con la percepción, pero también con el resto de los procesos cognitivos: la imaginación, la memoria, el aprendizaje, las emociones y sobre todo el pensamiento. La belleza es, finalmente, una construcción intelectual. Pero tal construcción no es unívoca sino polifacética. El interés del arte estriba ante todo en su concepción perspectivista. Nunca la belleza es idéntica a sí misma sino singular e irrepetible: por tanto, ajena a la definición y al concepto; la belleza no contiene esencia.

Tremendo.

Otrosí. Cada época histórica ha mantenido su particular criterio de belleza; para simplificar mediante el tópico: la belleza entendida como canon, armonía y orden en el Arte griego; como equilibrio estructural de los elementos en el Arte medieval; como exuberancia ornamental y expresión de intensas pasiones en el Arte Barroco; como proporción equilibrada de formas y volúmenes en el Arte Neoclásico; como sentimiento de lo trágico y lo sublime en el Romanticismo... Cada teoría del arte presenta una idea de lo bello distinta e inconmensurable.

Imposible una síntesis.

Además, no sabemos si la belleza es un valor objetivo o subjetivo. Las teorías objetivistas sostienen que lo que hace bella a una obra son sus propiedades internas. Cuando atribuimos el valor estético, lo atribuimos a la obra de arte en sí misma. La belleza se basa en la constitución de la obra, no en las apreciaciones personales de un eventual consumidor.

Las teorías subjetivistas sostienen al contrario que lo que hace bella a una obra, no son sus propiedades internas sino la contemplación: como cualquier valor, finalmente es el resultado de la estimación de un sujeto. 
Seguimos igual.

Por último, toda obra de arte está constituida por un conjunto de elementos que pueden ser presentados por separado: estilísticos, simbólicos, metafóricos, conceptuales, discursivos, narrativos, poéticos, expresivos, contextuales, etc. Pero entre ellos no aparece la belleza. ¿Es acaso el resultado de la conjunción astral de algunos o todos los elementos?

Más difícil todavía.

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Esto puede sonar algo cínico: no tengo fe en que la expedición concluya con éxito. Es más, no me interesa especialmente lo que sea la belleza en sí misma ni sus derivados. Si algo detesto en este mundo es el esteticismo. Lo que me mueve a seguir es la cantidad ingente de temas asociados, colaterales, anexos, implicados, convergentes o contrarios que puedan salir de los arbustos como perdices en batida mañanera. Por ejemplo, en el Fedro platónico, a propósito de la belleza de amar, hay dos exposiciones dentro de la exposición, una de Lisias y otra de Sócrates, en las que se analizan las desventajas del amor, sus engaños, argucias, intereses y maldades. (O cómo la función latente del matrimonio es tapar este agujero y por qué lo llaman amor cuando quieren decir sexo…)


Deseo embarcarme en “una aventura intelectual” en el sentido que diera Ortega a la expresión: mientras que las ciencias particulares tienen de antemano delimitado su objeto, la filosofía es una búsqueda de lo desconocido como tal. Un filósofo, según Ortega, es un ojeador que inicia su andadura ignorando lo que indaga. Sus hallazgos son espectros que cobran vida subitánea. Filosofar es desvelar lo inhóspito en su acepción radical.


El científico, una vez fijada la fórmula exacta, se dedica a transformar el mundo para bien o para mal, mientras que el filósofo entiende su actividad como un saber con el cual y sin el cual todo sigue siendo tal cual (la cita no es de Ortega sino de mi profesor de filosofía en Cuenca, Don Alberto del Pozo)… Se método es el respeto a la belleza y a la fragilidad de las cosas. El mismo que sostiene Zóbel.

¡Grandes maestros, a fe mía!

miércoles, 5 de octubre de 2011

Pensamiento único


Es evidente que hay muchos puntos de vista sobre lo que se ha dado en llamar la “crisis actual” (en realidad, la gran estafa): económico, social, ético, político, jurídico... También hay un punto de vista filosófico.

El núcleo de la reflexión filosófica sobre la crisis actual estriba en la idea de que el liberalismo económico, el capitalismo de libre mercado, es una economía natural. Intentaremos esclarecer el problema.


El naturalismo tuvo su origen en las teorías de la economía clásica. Se entiende por "economía clásica" las teorías fisiocráticas y librecambistas del siglo XVIII que afirmaron conocer las leyes de la actividad económica; unas leyes análogas, según esta escuela, a las que había descubierto la física-matemática de Newton.

La economía clásica postula la existencia de un orden económico natural que la razón puede descubrir. Los economistas liberales presentaron sus teorías como si fueran explicaciones sobre hechos naturales, exactamente igual que si se tratara de leyes físicas. Las leyes económicas que la razón descubre son equivalentes a las leyes de la física-matemática.

La economía, aunque se ocupa de hechos sociales, es por la objetividad teórica de sus conocimientos y la efectividad práctica de sus predicciones una “ciencia positiva”. Entre los representantes de la economía clásica hay que citar, en primer lugar, al fisiócrata Quesnay (1694-1774) y después a los fundadores del liberalismo económico, Adam Smith (1723-1790), Malthus (1776-1834) y Ricardo (1772-1823).

Las leyes universales de la economía, según esta escuela, son las siguientes:

1. Ley del interés: la utilidad o beneficio individual es la única fuerza que interviene en los fenómenos económicos.
2. Ley de la acumulación: la utilidad social se identifica siempre con la consecución y suma de los intereses individuales, sin que signifique nada diferente.
3. Ley de la armonía: la búsqueda individual de la utilidad no provoca antagonismos ni conflictos sociales, sino todo lo contrario.
4. Ley de la libertad: la máxima utilidad social es el resultado de la máxima libertad de competencia.
5. Ley de la oferta-demanda (equivalente a la ley de gravitación universal): la libre competencia entre privados determina las condiciones óptimas del mercado.

La aceptación del liberalismo clásico como una ciencia universal de las relaciones económicas comporta determinadas consecuencias:

- Culturales: la economía de mercado es el único modelo económico que garantiza el funcionamiento correcto de las instituciones de una sociedad: entre otras, la familia, el poder político, el sistema educativo, la moral, la religión, la ciencia, la tecnología o la medicina.

- Sociales: El modelo capitalista sólo puede realizarse adecuadamente en el marco de una sociedad clasista, dividida según las diferentes capacidades personales, el éxito individual y el acceso a la riqueza de cada cual. Una sociedad fundada en los derechos naturales a la seguridad, la libertad, la igualdad ante la ley y la propiedad privada.

- Políticas: el único sistema político acorde con el sistema capitalista es el Estado liberal de derecho, cuyos principios son el imperio formal de la ley, la división de poderes y la garantía de los derechos y libertades individuales.

- Éticas: el modo de producción capitalista propicia la realización ética del hombre, pues la felicidad, resultado de la búsqueda del interés individual, se identifica con el bienestar material, es decir con la posesión y el disfrute de bienes. Los bienes materiales, causa final de la felicidad, dependen de la riqueza, por lo que tal felicidad puede ser objeto de una precisa cuantificación. El valor en cambio de la felicidad es el dinero.

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Lo mismo que la teología de Tomás de Aquino (siglo XIII) sigue vigente para la Iglesia católica, los principio dogmáticos de la economía clásica (siglo XVIII) también lo están para la internacional de derechas, especialmente la española.

A la luz de estos dogmas y considerandos, trate el sufrido lector de analizar la crisis que nos devora, la situación caótica del mundo mundial, en particular la de nuestro país (así como las soluciones que la derecha autóctona nos propone y por qué). Se le invita además a que haga un análisis crítico de los supuestos fundamentales de la economía clásica (la auténtica madre del cordero de lo que está cayendo).


Diez ejemplos:

Uno de los más conspicuos líderes “neocón” de nuestro país ha dicho hace poco que “ser de izquierdas es perder el tiempo”. ¿Se comprende ahora el sentido de su deseo?

¿Se percibe por qué los ideólogos del capitalismo se proponen como solución cuando forman parte del problema?

¿Se intuye por qué se acepta que la corrupción de los poderosos sea un efecto desviado (aunque lógico, asumible) de un cuerpo firme de doctrina?

¿Se ve por qué la ingeniería financiera que nos arruina se considera un uso incorrecto (aunque mejorable, como cualquier tecnología) de las leyes económicas?

¿Se entiende por qué la socialdemocracia se debate vacilante entre negar o mejorar las reglas del sistema?

¿Se explica por qué la gente vota a los representantes del capital puro y duro a pesar de los pesares? ¿Por qué los políticos de la derecha pueden decir o hacer cualquier cosa, hasta la más inverosímil, sin que tenga ningún efecto en los sondeos electorales?

¿Se advierte por qué el poder político está supeditado al poder económico?

¿Se distingue por qué pasan por "ciencia de la buena" las declaraciones tendenciosas de las agencias de calificación?

¿Se adivina por qué el Estado del bienestar es incompatible con una supuesta ciencia de los fenómenos económicos?

¿Se vislumbra por qué nadie (excepto los de siempre) acepta que la crisis actual es la confirmación de la quiebra del sistema capitalista?

martes, 20 de septiembre de 2011

La piel que habito


Tampoco se debe esperar lo absoluto del cine, contra los teólogos del séptimo arte. Posiblemente por eso me gusta la película de Almodóvar La piel que habito. Sospecho que una de las modas que sobrevuela la cultura madrileña es que lo políticamente correcto es criticar al director manchego y luego repartir argumentos. Los míos, a favor, son bastante simples porque la cosa no es para tanto. 

Para empezar, no es una película aburrida. Eso sí, se sitúa desde la primera secuencia en ese entramado de elementos plásticos, simbólicos, narrativos, musicales que ha creado Almodóvar a lo largo de su obra. Un mundo propio que, dentro de sus limitaciones y altibajos (que él mismo reconoce y son los del cine) es la aspiración de todo artista.
Uno de los aciertos es la apertura de campo, la incertidumbre argumental, la pluralidad de opciones que se presentan (y se presienten) en cada segmento del film (tengo la seguridad de que gran parte del guión se hizo sobre la marcha entre grandes risotadas). El espectador desconcertado, necesita anticipar en todo momento la dirección del brutal enigma que le plantean. La historia se construye a golpes de sobresalto con la colaboración activa del mirón, cuyas expectativas nunca no se ven defraudadas… Poco a  poco, la película responde a cada una de las preguntas. Esa apertura de campo (en la que Almodóvar hizo hincapié) procede en parte del arquetipo literario al que se alude, Frankenstein, cuyas señas de identidad son la horrible novedad y el escalofrío permanente… y se logra, en gran medida, gracias a la estructura discontinua, manierista, de la narración. Las soluciones elegidas por el guión son excelentes (como una buena jugada de ajedrez entre miles) y no estropean el conjunto como un pegote en la fachada de una iglesia.
He leído que la película podría haber sido contada de forma lineal y sería lo mismo: no estoy de acuerdo. En ese caso, el juego de las posibilidades, de las vueltas de tuerca, de los aciertos y errores quedaría muy mermado. La deconstrucción de la historia no es un recurso retórico para vender el producto, sino una necesidad del guión. La ruptura espaciotemporal, la técnica del flash back, potencia la perplejidad que nos mantiene al borde del asiento.

No estoy de acuerdo tampoco con la “autosuficiencia del film”, una especie de mónada almodovariana sin puertas ni ventanas, un juego autocomplaciente, una manía onanista, un derroche de esteticismo carente de compromiso. En primer lugar, la obra de arte no tiene condiciones previas, no le debe nada a nadie que no sea ella misma, no sabe lo que ocurre alrededor si no quiere y no tiene más principios que los que estime oportunos para alcanzar sus fines. Los ejemplos son muchos y contundentes. Además, La piel que habito no cumple ese supuesto. Más bien filtra la realidad con esa visión invertida y crepuscular del negativo fotográfico, cuya crítica social es todavía más demoledora que el original. La obra de Robert Walser o Kafka son ejemplos de esa visión transfigurada. Tampoco se puede decir que el autor renuncia de lo largo de su obra al realismo costumbrista, lo que ocurre es que sus zambullidas en la fauna ibérica son un tanto peculiares. También Almodóvar ha pergeñado su “Comedia humana”, sólo que a su modo.            

Se ha dicho casi todo de los actores. Es verdad que la dirección, como ocurre en todas sus películas, es muy marcada, rigurosa, incluso agobiante. Se puede alegar, por supuesto, discrepancia con el método y los resultados, pero es evidente que cada actor interpreta lo que Almodóvar quiere y no hay lugar para la espontaneidad, la improvisación, la “frescura” y los tonos personales. En mi opinión, todas sus películas y, especialmente La piel que habito, exigen una dirección obsesiva y milimétrica. No existen cánones de actuación (de hecho los mediocres se repiten fatalmente). Cada film exige una interpretación única, que el personaje rompa con su cliché, incluso con “lo mejor de sí mismo” para adecuarse a la totalidad. El que interpreta Antonio Banderas, por ejemplo, es un psicópata multicolor, lleno de matices (¡más difícil todavía!). 

La objeción más débil es el carácter infumable del argumento. Poco que decir. Carece de interés la categoría de “inverosímil” aplicada al arte. Recuerda la experiencia del burgués con pretensiones, quien, tras su visita al museo, contempla displicente un cuadro de Dalí. Aquí, las excepciones son más numerosas que las reglas. No lo malogremos con razones que valen para otros.

Algunos califican al film de pastiche. De rompecabezas donde las piezas no encajan. Para mí, otro de los méritos de La piel que habito es que consigue una mezcla explosiva de varios géneros… y el engendro camina (¿otra mirada al clásico de M. Shelley?). Se juntan la comedia, el thriller, el psicodrama, el film erótico, el cine de terror y la ciencia ficción. Sin ese pathos inicial, sin aceptar desde el comienzo esa gran propuesta híbrida, descabellada pero coherente, es fácil acabar confundidos, engañados, arrojando tomates al cigarral toledano. 

lunes, 12 de septiembre de 2011

Ética para mi sobrina



Hablaba hace días con una de mis sobrinas, participante del 15-M.
Cuando le pregunté por sus planteamientos y empezó a largar, comprendí enseguida lo cándidos que resultan algunos indignados. Su opinión (trufada en el barullo de las asambleas, en las que todos los gatos son pardos) era que el final de la crisis pasa por una profunda regeneración moral” (¿les suena, a que sí?): nuevos valores, nuevos principios, nuevos proyectos. Torcí el gesto a mi pesar y un bostezo avisó de su inminencia… traté de disimular, pero mi sobrina, por esa infalible intuición femenina, se dio cuenta. Frenó su discurso fundamentalista, manoseado en las acampadas urbanas, y, amoscada por mi falta de respeto a su fe racional, me soltó de sopetón: "Bien, ¿y tú qué piensas de la ética?".

La educación de la juventud al estilo socrático no ha sido nunca mi especialidad (ni mi inclinación natural, ni siquiera con mis hijos), a pesar de haber dedicado más de tres décadas a la enseñanza. Pero esta vez me apetecía decir algo.

Para empezar, sobrina, le dije, no existe algo que sean “los valores morales”. Nadie se ha tropezado con un valor en el trabajo. Ni siquiera aparecen en los sueños. Son entidades abstractas y, lo que es peor, puramente especulativas. Pero no son inocentes. Creer en los valores (¡en una jerarquía de valores morales!) es creer en la ética como la marca blanca de cualquier religión mundana o trasmundana. Siempre estamos dispuestos a levantar una nueva iglesia, porque con los conceptos éticos encajamos a empellones lo que pasa por el mundo.

Nos engañamos. El hombre es un ser curioso, inteligente, inquieto, disfruta al descifrar lo que ocurre alrededor; es más, sin la voluntad de conocer nuestra especie hubiera sido inviable: ¿por qué ponernos unos antifaces gramaticales que nos tapan la visión?, ¿por qué fijarnos en lo que “debiera ser” y no en la belleza de las cosas mismas?, ¿por qué utilizar el don de la imaginación para engendrar quimeras?

En realidad, no actuamos por valores morales, sino por intereses concretos, egoístas (amor de sí, amor propio), por motivos cambiantes y contradictorios; por nuestra constitución fisiológica, por los haces de instintos que proceden de la filogénesis, por motivos internos, intrapsíquicos, que incluso desconocemos, por las pulsiones innatas, ¡aleatorias!, del temperamento, por los rasgos de nuestro carácter adquirido en la familia y la escuela (y, sobre todo al margen de ambas), por nuestra educación intelectual y emocional; también por las metas, objetivos y modas que sobrevuelan la cultura... Los valores morales se reducen a biología, psicología, sociología y poco más.

No confiaría en nadie que fuera excesivamente honesto. Además, cuando alguien perora sobre valores morales apunta siempre a los sombríos conceptos de la antropología metafísica. Huid de los sacerdotes, los sublimes, los profundos, los profetas, los santos, los predicadores, los profesionales del bien y del mal, los depositarios de valores eternos… ¡Así habló Zaratustra!

¿Qué decir de los principios?: Se debe hacer tal cosa siempre y sin condiciones. Lo cierto es que los principios no valen para nada. Sería más honesto decir: “yo actúo así porque me da la gana y además no puedo evitarlo, aunque no se lo aconsejo a nadie”.
Supongamos un principio razonable (excesivamente razonable): hay que ser tolerante con las ideas de los demás.
En primer lugar, depende de cuáles sean esas ideas (le recordé a mi sobrina que los politicastros y mercachifles que nos han desplumado también tienen “ideas”). 
En segundo lugar, no todos los mensajes orales o escritos que pretenden orientar se pueden considerar ideas (la mayoría son ocurrencias vanas, farsas programadas, sermones taimados, escoria política, mentiras arteras). 
En tercer lugar, las tonterías, por ejemplo, que oigo por la radio (tertulias, magazines, informativos, entrevistas) ni siquiera detentan la potencia de ser o no respetadas, están en el limbo de las pamplinas; simplemente las oigo medio dormido o apago sus ecos con fastidio.

Por cierto, uno de los mitos de la democracia representativa (que debemos a su fundador, Rousseau) es la sacralización de la Verdad Ética y Política que la voluntad general establece a través del voto. Pero si algo resulta ilusorio son los principios teledirigidos de un agregado social compuesto por millones de personas. La norma estadística no es el reino de la libertad, sino el reino de la vulgaridad (literalmente, de las opiniones populares), la mediocridad (del irrelevante punto medio) y la inconsistencia (de unos ideales erráticos) que comparte la mayoría. La idiosincrasia de la clase media. ¿Por qué son respetables?

A propósito de la llamada “moral paradigmática”. Imaginemos que alguien fuera capaz de actuar siempre por principios morales: para cada decisión una regla, para cada situación un modelo, para cada problema una fórmula. ¿No es fácil suponer que al final de cada día se preguntase consternado ante un espejo: quién demonios soy exactamente?

El hombre de principios: autoritario, dogmático, arbitrario, narcisista. Un residuo del siglo XIX. Bueno para la novela de costumbres.

¿Nuevos proyectos? Un proyecto moral es un conjunto organizado de normas que regulan un ámbito de la acción. Los Diez mandamientos, la Declaración Universal de los Derechos Humanos, el pacifismo, el feminismo, la antiglobalización... Pero nadie puede ser deísta, humanista, pacifista, feminista o anticapitalista todo el tiempo. Se trata de una santidad inalcanzable, heroica, inmensamente gravosa y aburrida…

Excepto en los hábitos cotidianos (¡benditas rutinas que nos preservan de nosotros mismos!), nadie actúa mediante proyectos coherentes. Aceptamos que la vida se basa en la diferencia, la dispersión, la incertidumbre, el error. En consecuencia, actuamos según una ética de circunstancias: un mundo que nos invita a elegir entre una cantidad impensable de bienes y males.

En una ética de circunstancias, la única saludable, damos saltos mortales de un proyecto a otro (y cuantos más mejor). La principal virtud, la que realmente perfecciona la condición humana, no es la bondad, la honradez o la justicia, sino el polifacetismo: en un mismo día podemos ser egoístas y altruistas, espiritualistas y materialistas, voluntaristas e intelectualistas, formalistas y eudemonistas, ascéticos y hedonistas… La vida, un prisma de infinitas caras.

Además, la misión latente (¿o manifiesta?) de los códigos es impedir que pensemos con “nuestra propia cabeza”. ¿Qué acciones caben o no, cuáles están dentro o fuera de los principios de un proyecto? En ese instante de duda, de reflexión, los paladines de la iglesia se ofrecen como las claves exclusivas del invento… mientras el entendimiento y la conciencia quedan relegados a un segundo plano o simplemente eliminados.

Nietzsche en El origen de la tragedia y Sartre en El idiota de la familia, concluyeron con argumentos similares que el mundo de la vida sólo puede ser conocido por el arte y especialmente por las artes textuales; la filosofía entendida como sistema ético es un lenguaje paralelo, extraño, contrario a su sentido profundo. La vida, una singularidad del cosmos.

lunes, 5 de septiembre de 2011

Ford Madox Fox, El buen soldado


En su novela El buen soldado, Ford Madox Ford (1873-1939) presenta el sofisticado sistema de reglas que rigen la educación sentimental de la llamada “sociedad internacional” de comienzos del siglo XX (la nobleza terrateniente inglesa y la alta burguesía norteamericana) y el amor desesperado de Leonora Ashburnham por su marido Edward (asimismo, el amor de Edward por Maisie, Basil, Florence, Nancy y, en la práctica, cualquier bella mujer que no sea su esposa). Os propongo un lúcido (y discutible) fragmento de El buen soldado; habla en primera persona uno de los protagonistas de este drama personal y colectivo.

Yo he llegado a hacerme muy cínico en estas cuestiones; quiero decir que es improbable creer en la permanencia del amor del hombre o de la mujer. O, por lo menos, es imposible creer en la permanencia de una pasión temprana. Tal como yo lo veo, con relación al hombre por lo menos, un enamoramiento, el amor por una mujer determinada, está dentro del género de la ampliación de la experiencia. Con cada mujer hacia la que un hombre se siente atraído parece llegar un ensanchamiento de la propia visión o, si lo prefiere usted, parece llegar la adquisición de un nuevo territorio. La configuración de las cejas, el tono de la voz, un extraño gesto característico, todas estas cosas –y son estas cosas las que hacen la pasión amorosa-, todas estas cosas, digo, son, en el horizonte del paisaje, otros tantos objetos que tientan a un hombre para que vaya más allá, para que explore. Quiere llegar, por así decirlo, detrás de esas cejas con un dibujo peculiar, como si deseara ver el mundo con los ojos que protegen. Quiere oír esa voz ensayando todas las afirmaciones posibles, hablando de todos los asuntos imaginables; quiere ver esos gestos característicos delante de todos los fondos.
Sobre el instinto sexual sé muy poco y no creo que signifique mucho en una pasión realmente grande. Puede despertarse por cosas tan insignificantes –un cordón desatado de un zapato, la mirada de unos ojos al pasar-, que creo mejor dejarlo fuera de nuestros cálculos. No quiero decir con todo esto que existan grandes pasiones sin el deseo de llegar a la consumación. Eso me parece que es un hecho sabido y que se trata por tanto de una cuestión que no es necesario comentar. Es una cosa, con todos sus accidentes, que hay que dar por sentado, como en una novela, o en una biografía, damos por sentado que los personajes toman sus comidas con cierta regularidad. Pero la verdadera fiebre del deseo, el verdadero fuego de una pasión largo tiempo mantenida y que termina por agotar el alma de un hombre, es el vehemente anhelo de identidad con la mujer que ama. Desea ver con los mismos ojos, tocar con los mismos órganos del tacto, oír con los mismos oídos, perder su identidad, sentirse envuelto, ser sostenido. Porque se diga lo que se quiera sobre la relación entre los sexos, no hay hombre que ame a una mujer sin desear acudir a ella para renovar su arrojo, para acabar con sus dificultades. Y ése será el manantial del deseo que sienta por ella. Todos tenemos mucho miedo, todos estamos muy solos, todos estamos muy necesitados de alguna confirmación exterior de que merecemos existir.
De manera que, durante algún tiempo, si tal pasión llega a consumarse, el hombre conseguirá lo que desea: logrará el apoyo moral, el aliento, el alivio de la sensación de soledad, la seguridad de su propia valía: pero estas cosas pasan; pasan tan inevitablemente como las sombras atraviesan los relojes de sol. Es triste, pero es así. Las páginas del libro se hacen familiares; hemos tomado demasiadas veces la curva más hermosa del camino. Bien, esta es la parte triste de la historia.
Y sin embargo, creo firmemente que para cada hombre llega al fin una mujer… pero no; esa es la manera equivocada de formularlo. Para cada hombre llega al fin una época de la vida en que la mujer, al poner en movimiento su sello en la imaginación masculina, lo pone definitivamente. Ese hombre no viajará ya en busca de nuevos horizontes; nunca más se echará el macuto a la espalda; abandonará esos excesos. Se habrá retirado. 

sábado, 6 de agosto de 2011

La paix est-elle possible ?

 

L’espèce humaine habite la Terre depuis environ 40 000 ans. En considérant que l'âge de l'univers est de quinze milliards d’années, nous devons accepter que nous sommes une très jeune manifestation de la matière : sur une échelle de 24 heures, l’homme est resté dans l’univers moins de huit secondes ! Voici un paradoxe qui illustre nos déficiences en tant qu'espèce : jusqu'à présent, la science la plus avancée est incapable de connaître le cerveau, l’organe principal de la connaissance. Malgré l’intelligence et le progrès culturel, nous ne sommes pas encore équipés génétiquement pour vivre dans de grands groupes sociaux. L’homme fonctionne bien dans les groupes primaires, ceux qui sont basés sur des interactions en face-à-face et sont utiles pour l'acquisition de l'éducation sentimentale, pour l'expression des affections personnelles et pour la communication d’expériences intimes. Par conséquent, nos actions peuvent se développer avec succès dans la famille, les amis ou les voisins… Peut-être que l’amour du proche (c'est-à-dire, celui qui est près de nous) signifie quelque chose de semblable.

Toutefois, lorsque les gens s’organisent dans de grands groupes sociaux dont l’aboutissement est les nations et les États, alors les problèmes commencent à apparaître : les conflits, les intérêts absolus, l’incapacité à dialoguer, les idées intolérantes surviennent… Les retombées, c’est la guerre. En tout cas, il s’agit d’un problème biologique, pas historique. C’est pour cela que la solution au problème de la paix n’est ni politique, ni culturelle, ni même historique, mais biologique. On peut imaginer une planète très lointaine dans une galaxie perdue où il y a une civilisation dont les citoyens sont des êtres rationnels qui ont évolué depuis de nombreuses années et qui sont capables de vivre en paix. Tant que le genre humain ne sera pas équipé d’une hérédité génétique appropriée, les nations du monde seront toujours en conflit… au point d’attendre une deuxième fois (ou plus) 40 000 années d’évolution.

viernes, 22 de julio de 2011

Los sueños


Posiblemente la parte más valiosa del hombre sean los sueños.
El auténtico reino de la libertad no son el arte ni la ética (como pensaba Kant) sino los sueños. Cuando abandonamos cada noche el mundo de la vigilia y nos hundimos en el país de las maravillas donde no hay límites espacio-temporales, conceptos abstractos o leyes físicas, dejamos de ser mortales para convertirnos en hijos predilectos de los dioses.

He retornado en los sueños a la infancia para conducir el coche de pedales que me regalaron tras una larga enfermedad; a la adolescencia para bañarme en un río a luz de la luna o salir al campo en primavera con las primeras nínfulas; a la juventud para reavivar mis grandes esperanzas con los amigos perdidos o para reconciliarme con las muchachas en flor a las que amé y no supe retener.
No me refiero a la madurez porque creo que los varones no maduran nunca. En todo caso, incluyo en esta clase los “sueños de expiación”, en los que trocamos la piedra del fatal traspié por otra más liviana, un desliz menor capaz de mudar el desprecio en compasión (esa virtud admirable que convierte a la mujer en víctima de la estupidez masculina).

De adulto, ya muertos, he hablado de los grandes temas con mis padres, parientes y amigos (Carlos, Miguel, Amador), a los que convoco en las noches heladas de invierno. En estos encuentros espectrales siento un voraz deseo (mucho más intenso que en la vida cotidiana) de preguntar, escuchar, descubrir.

No existen sueños adscritos a la edad. La clasificación anterior es una burda elaboración racional. Sin ir más lejos: hace dos días soñé, en clave de pesadilla ligera, que luchaba contra un gigante de papel en formato de comic. Me veía a mí mismo en una tira en blanco y negro de trazo fino y vagamente realista. Con “mi mente” (el autor omnisciente de la novela) intervenía desde algún lugar del sueño en los trazos de la pluma y el curso de la acción.

Recuerdo que en mi última época de estudiante universitario leí con la fe racional de San Agustín los libros de Freud sobre la interpretación de los sueños. Posiblemente sean la aportación más valiosa al estudio del inconsciente, pero, en mi opinión, deberían titularse “los mecanismos de los sueños”. Dramatización, condensación, desplazamiento, simbolización, represión, elaboración secundaria… son los procedimientos universales de la puesta en escena del material onírico, pero los análisis concretos que perpetra el brujo de Viena (como lo llama Nabokov) no interpretan nada: sigo pensando que las dos grandes obras de ficción pura (sin mezcla de ser alguno) que se han publicado en la cultura contemporánea son los libros de Freud sobre la interpretación de los sueños y los de Levi Strauss sobre los mitos.

Resumo uno de mis sueños recurrentes:

Cuenca. Me despierto en el sueño en medio de una noche que no es noche sino zozobra. Sé que nunca más veré a nadie. Mi casa está abandonada. Silencio antinatural, reflejos lunares de otro mundo perdido en la galaxia. Una espesa capa de polvo ceniciento se filtra por debajo de las puertas y cubre los muebles, como si hubiera transcurrido un tiempo impensable desde que me quedé dormido. Salgo la calle, a una ciudad en ruinas, abandonada, inhumana. Me alejo en dirección al río, con decisión, sé que tengo que ir allí, aunque ignoro las razones y antes de llegar me despierto entre sollozos…

Dentro del sueño estoy solo y tengo miedo (como en la canción de Serrat), pero fuera del sueño no hay interpretación que valga. En mi vida diaria no me preocupa la soledad, la incomunicación ni demás monsergas y no soy especialmente apocado. Además, hace veinticinco años que no vivo en Cuenca. Debo admitir, en términos cartesianos, que soy dos sujetos que piensan: uno despierto y otro dormido. Sabemos que durante el sueño el sistema nervioso central cambia sus parámetros y la actividad cerebral es diferente a la vigilia.

Prosigo con la analogía cartesiana: los sueños son substancia, es decir, realidad independiente y autónoma. Son irreducibles a otros ámbitos emergentes del ser: físico, químico, biológico, neurológico, psicológico, cognitivo, cultural, virtual. (¿Acaso vital?). Las propiedades que rigen estos ámbitos no sirven para los sueños. La conciencia onírica tiene reglas propias que ignoramos (o no existen). También en este caso, el cerebro es incapaz de conocerse a sí mismo. Copio a mi amigo Miguel Ángel Hernández Saavedra: la expresión "interpretación de los sueños" es un oxímoron, una contradicción en los términos, como "familia inteligente", "pensamiento político", "música militar" o "cine español".

¿Cuál es la relación entre la vida despierta y dormida? Ninguna.
El mundo de los felices es distinto del mundo de los infelices (Wittgenstein). Sin embargo, los felices pueden ser desdichados en los sueños y al revés. Los mansos, violentos; los tímidos, expansivos; los castos, disipados; los justos, egoístas; los virtuosos, falaces… y viceversa. Las leyes de asociación de ideas no tienen sentido en los sueños. Tampoco los principios de la identidad personal: el temperamento se invierte, el carácter se transforma, las normas se desvanecen. En la secuencia dramática del sueño se separan y recombinan los rasgos de la personalidad como si fueran las trasparencias de una linterna mágica. Es un milagro que al despertar podamos reunir los fragmentos del "yo pienso".   

La ensoñación es el estado intermedio entre el sueño y la vigilia. Soñar despierto. Es una ocupación incomparable. Hay auténticos malabaristas en el arte de despegar del presente para lanzar las ideas a las cuatro dimensiones del cosmos.
La mayoría de la gente dispara la ensoñación en cuanto las circunstancias lo propician: en el metro temprano, en el trabajo, en los conciertos, cuando acabamos un libro apasionante, al hacer el amor, cuando nos hablan los conocidos, al contemplar a nuestros hijos, en el insomnio y los funerales…

Yo necesito crearme un mundo de ensueño antes de dormir. Tengo que trasformar mi dormitorio en distintos escenarios: el camarote de un trasatlántico, un refugio militar en la montaña, un hotel en los Alpes, la tienda de campaña con la que viajé a Italia, mi cuarto cuando era niño… Considero que la necesidad de recurrir al ensueño para traspasar el umbral entre los mundos es un signo de salud mental.

Otro elemento imprescindible de los sueños son las pesadillas. La opinión general es que reflejan nuestros miedos y angustias. Pienso, al revés, que los miedos y angustias proceden de la confrontación del sujeto durmiente con sus terrores nocturnos. En las pesadillas, el yo durmiente se acerca a los estratos más primitivos del cerebro reptiliano donde se fraguan los miedos biológicos que se han consolidado a lo largo de la filogénesis. Las pesadillas cumplen la función de enfrentar al sujeto con las fobias ancestrales que provienen de las etapas iniciales del proceso de hominización. En esa lucha del soñador con la imágenes emergentes del paleoencéfalo se forja la fortaleza o la debilidad de cada cual ante sus emociones más turbias.

Los sueños son una pulsión instintiva que compartimos con la mayoría de las especies. Si me hubiera dedicado a la zoología, una de mis vocaciones frustradas, hubiera escrito una tesis doctoral sobre la función de los sueños en la evolución (¿cómo duermen las lombrices, y las medusas, y las hormigas, y las bacterias, y las plantas carnívoras?). Es apasionante.

Es imposible conocer desde la ciencia o el arte en qué consisten los sueños. Con la sexualidad ocurre lo mismo. Podemos referirnos a ambos con metalenguajes más o menos felices (feromonas, sonetos, registros electrofisiológicos, los cuadros de Magritte) pero jamás fiables. Los gozos y los sueños sólo se pueden experimentar en vivo y en directo.

Me interesa la teoría del cuerpo astral. Ni la neurofisiología ni la psicología profunda la refutan. Más bien al contrario. Pero antes de contarla debe hacer una observación: alguno de mis amigos, cuando he sacado el tema, me preguntan suavemente: ¿Realmente te crees eso? Bien, hay muchas formas de creer. En general, me creo sin pestañear lo que me gusta, aunque con fecha de caducidad, como los yogures. Además, hay cosas que no se explican con palabras. Es preferible convertirlas en leyenda para que circulen por el mundo.

La mejor forma de acceder al cuerpo astral, es controlar el sueño desde dentro. Se trata de una iniciación larga y compleja. Hay que superar varias pantallas, como en los videojuegos: ser consciente de que estás soñando, de que te encuentras en alguna parte del sueño, reconocerte sin confusión, mirar fijamente cada una de tus manos, controlar la acción en el proceso, dominar el desenlace y, finalmente, despertar cuando lo desees. Muy pocos lo consiguen.

El cuerpo astral no es el yo dormido, tampoco el yo consciente que penetra en el sueño, sino la unidad sintética de ambos. Una vez lograda, el brujo (porque no tiene otro nombre) puede lanzar su cuerpo astral fuera del sueño en un proceso inverso de acumulación de fuerzas. Cuanto más poderoso es el brujo, más eficaz es su brazo y más lejos puede viajar. Las cámaras de seguridad han grabado el cuerpo astral de un hombre de conocimiento cuando se adueñaba de un brazalete de diamantes en Tiffany's, Nueva York… mientras dormía junto a su esposa en un poblado del África Central. Con un pase de la mano izquierda inmovilizó a dos dependientes que quisieron detenerle. El resto de los empleados no advirtieron nada. Un amigo del brujo, doctor en antropología por la UNED, invitado a la fiesta tribal del cumpleaños (o su equivalente solar), me aseguró, al día siguiente de la grabación, que la mujer del brujo lucía la joya en su esbelto brazo.

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Somos siete en uno: el sujeto fisiológico o corporal, el sujeto psicológico o mental, el sujeto lógico o cognitivo, el sujeto simbólico o gramatical, el sujeto espiritual o metafísico, el sujeto onírico o durmiente y el sujeto astral o mágico. ¿Quién da más?

Posdata: Mis especulaciones sobre los sueños son probablemente falsas. Lo que reivindico es que son igual de falsas que las demás teorías científicas, filosóficas o literarias sobre el tema.