viernes, 20 de julio de 2012

Diccionario filosófico. Sistemas no democráticos


Los sistemas políticos contemporáneos no democráticos son los siguientes:

- Autoritario. Sistema político basado en la perpetuación de una casta, una clase o un grupo social que se aferra el poder y lo controla directamente por medio del carisma, el fraude electoral o la fuerza (o los tres a la vez). La forma de gobierno correspondiente es el régimen oligárquico u oligarquía (que literalmente significa gobierno de unos pocos).

- Totalitario. Sistema de partido único en que el Estado controla totalmente la vida individual y social, subordinadas a sus fines políticos. Hay sistemas totalitarios de “derechas” o fascismos y de “izquierdas” o comunismos. Las formas históricas por excelencia de gobiernos totalitarios fueron el régimen nacionalsocialista de Hitler o la república socialista de Stalin.

- Autocrático. Sistema político en que el poder está en manos de las fuerzas armadas, bien de forma explícita (hay una autoridad militar institucionalizada) o encubiertas (hay un poder civil pero no lo ejerce realmente, ya que, en el fondo, tal poder lo detenta el ejército); estas últimas son las denominadas “democracias vigiladas o tuteladas”. La forma de gobierno es la dictadura militar.

- Teocrático. Sistema político en que las leyes proceden directamente de una interpretación literal, única e inamovible, de unos textos religiosos supuestamente revelados por Dios y considerados dogmáticos. La forma de gobierno es, en este caso, el régimen fundamentalista.

- Plutocrático. Sistema político en el que tras una apariencia institucional de democracia (participación, representatividad, legitimidad, derechos humanos, prestaciones sociales, poliarquía y división de poderes) quienes realmente gobiernan la sociedad civil son los poderes económicos, especialmente el capital financiero (especuladores, inversores, bancos de inversión, banca comercial, mercados…). El Estado neoliberal de los Estados Unidos de América y el extinto Estado del bienestar de los países de la Unión Europea son democracias formales que se han deslizado inexorablemente por la pendiente de la degeneración plutocrática.

jueves, 12 de julio de 2012

El bosón de Higgs


¿Supone el descubrimiento de bosón de Higgs un paso adelante en la solución a la pregunta de Heidegger: Por qué el ser y no la nada?

Recuerdo el libro de Steven Weinberg, una eminencia judía Premio Nobel de Física en 1979, titulado Los diez primeros minutos del universo. Se puso de moda y la gente lo compró al por mayor. Trataba de la teoría del Big Bang, aceptada mayoritariamente por la comunidad científica y sólo cuestionada por ciertas empresas de intoxicación al servicio del partido republicano.

Todos conocemos los aspectos básicos de la gran explosión: el universo comienza con el Bang impensable de una singularidad, una zona especial del espacio-tiempo a partir de la cual la materia se expande como un globo sin colores y crece durante quince mil millones de años. No se sabe si la burbuja se hinchará indefinidamente (sería la única) o, más bien, debido a las fuerzas gravitatorias se contraerá hasta el punto de partida. Después se repetirá una y otra vez la colosal formación de un universo pulsante. Son los viejos ciclos de los presocráticos o la idea nietzscheana del eterno retorno. En la actualidad, la justificación teórica de la teoría del Big Bang se debe a los físicos Stephen Hawking (ya saben, el de la silla de ruedas con pantalla y micro) y Roger Penrose; pero si, como yo, no dominan la alta matemática, absténganse de comprar la Historia del tiempo, del Big Bang a los agujeros negros (1998), porque no se enterarán ni del capítulo de agradecimientos.

Lo primero que hacíamos al abrir el clásico de Weinberg (que presté sin vuelta a un amigo físico) era saltarnos las cien primeras páginas para buscar el instante en que se pone en marcha la máquina del universo conocido, quizas una cáscara de nuez en el océano del cosmos. En el primer fotograma, el universo es una sopa hirviente con muy pocos tropezones que crece y se transforma según ciertas reglas, como Matrix.

Cuando apenas ha transcurrido una centésima de segundo y la temperatura se ha enfriado hasta unos cien mil millones de grados Kelvin o absolutos (el cero está sobre los -273 ºC), el universo está lleno de una sopa cósmica indiferenciada de materia y radiación en estado de casi perfecto equilibrio térmico. Las partículas que más abundan son el electrón y su antipartícula, el positrón, fotones, neutrinos y antineutrinos. El universo es tan denso que incluso los huidizos neutrinos, que apenas interactúan con la materia, se mantienen en equilibrio térmico con el resto de la materia y radiación debido a sus rápidas colisiones.

¿Pero qué había en y antes del punto cero de la gran explosión?
No vale decir “nada”: la nada no es propiamente un concepto físico sino metafísico, es decir, antropológico, hecho a la medida de las necesidades emocionales del hombre y los recursos cognitivos del lenguaje. Incluso el vacío absoluto en condiciones ideales tiene realidad. La única nada imaginable es la de los no nacidos o los muertos. Por tanto nos vamos a olvidar por el momento de Dios, la creación, las vías de santo Tomás y otros relatos de misterio.

Advierte Weinberg al desolado lector:

Desafortunadamente no puedo iniciar la película en el tiempo cero ni en una temperatura infinita. Más arriba de una temperatura límite de grados Kelvin, 1.5×1012 K, el Universo contendría sólo un gran número de partículas conocidas como los mesones Pi, que tienen una masa alrededor de un séptimo de una partícula nuclear…

Los mesones Pi, la primera generación de quarks, eran, cuando se publica el libro en 1976, las partículas atómicas más elementales y los componentes últimos de la materia. Unos bichitos tan insignificantes que si se caen de la mesa se matan, como decía aquel ministro de la UCD en 1981, rodeado de dos idiotas con bata, cuando explicó al país aterrado cómo eran las bacterias que causaban la enfermedad de la colza. Pero los mesones Pi no son el eslabón final de la cadena cósmica.

Un prestigioso catedrático de la Universidad de Barcelona hablaba ayer en Radio 5 del descubrimiento (este mes) de una nueva partícula cuyas propiedades son compatibles con las que predice el modelo teórico del bosón de Higgs, la llamada partícula de Dios. Se denomina así por el libro La partícula divina: ¿si el universo es la respuesta, cuál es la pregunta? (excelente título que enlaza con la pregunta de Heidegger) de Leon Lederman, otro judío ganador del premio Nobel de Física en 1988.

El análisis de la nueva partícula confirmará si se trata o no de tal bosón; aunque esto último, sugería el investigador catalán, es lo mejor para la ciencia, pues comporta que queda mucho terreno por hollar. Añadía enigmáticamente que a partir del modelo teórico de Higgs se habían construido las condiciones experimentales para comprobar la hipótesis en el Gran Colisionador de Hadrones del CERN (Ginebra), las cuales habían determinado en cierta medida (¿qué, cómo, cuánto?) los resultados obtenidos. Dicho de otro modo, el modelo implica sus propias predicciones, el lenguaje teórico contiene el lenguaje observacional; no existe, por tanto, una base empírica neutra formada por hechos objetivos: ¿Hemos descubierto o más bien fabricado una nueva partícula?

De acuerdo, aceptamos “descubrir” como animal de compañía. El bosón de Higgs es la respuesta al origen de la masa en las partículas elementales. La pieza que faltaba para completar el rompecabezas de la física subatómica. Una nada que explica casi todo, como proponía un titular de la prensa madrileña. Si quieren conocer sus propiedades naveguen, lean, pregunten a quien sabe.

El bosón de Higgs, la partícula que acaban de detectar en el CERN el 4 de julio, es también un campo de Higgs (formado por tales partículas) que inunda todo el espacio. Según la cosmología moderna, ese campo es un residuo directo del Big Bang. El campo de Higgs fue la primera cosa que existió una fracción de segundo después del origen de nuestro universo, y la que explica no sólo las propiedades de este mundo -como la masa exacta de todas las demás partículas elementales-, sino también su mera existencia. El campo de Higgs fue el hacedor del Bang, o de la inflación formidable que convirtió un microcosmos primigenio de fluctuaciones cuánticas en el majestuoso cielo nocturno que contemplamos hoy.

Demócrito de Abdera (460-370 a. de C.) afirmó que todo ser natural está formado por un número determinado de partículas elementales, simples y no perceptibles, a las que llamó átomos, que literalmente significa indivisibles. ¿Es el bosón de Higgs la última y definitiva partícula en la explicación de la materia? No lo creo: cuando teorizamos sobre el cosmos debemos admitir que nuestro cerebro, uno de sus productos de gama alta, lleva menos de cincuenta mil años sobre la tierra. Como decía mi amigo el doctor en física: el universo es tan complejo que ni siquiera descarto la existencia de Dios. El pensamiento de los atomistas griegos sigue más vivo que nunca.

Esta es mi respuesta a la pregunta inicial Heidegger: el cosmos es necesidad, existe necesariamente, el ser es y no puede no ser (la nada es introducida en el mundo por el hombre); es inengendrado, eterno, homogéneo, esférico e inteligible. Pero todavía no conocemos su necesidad con fundamento. Por eso surgió la ciencia en Grecia hace 27 siglos.

Con toda probabilidad (está estudiada) existen en nuestra galaxia, sin ir más lejos, inteligencias superiores que evolucionaron hace millones de años y todavía no han desvelado las claves del cosmos o el sentido del ser. Pero que la humildad no nos haga mansos: seguro que compartimos con esas mentes luminosas un largo trecho de verdad. La ciencia y el arte, las más altas realizaciones del espíritu, las dos únicas razones que justifican la presencia de nuestra especie sobre la tierra.

miércoles, 4 de julio de 2012

La casa del hombre



Resulta como mínimo curioso el libro del gran arquitecto Le Corbusier, La casa del hombre (La maison des hommes, con François de Pierrefeu, París, 1942). Son excelentes los diagramas e ilustraciones al hilo de la exposición. La lectura, animada por un estilo seductor (más valioso que lo meramente convincente), es una invitación a compartir una reflexión original. 

Se trata de una utopía urbanística, anterior al final de la Segunda Guerra Mundial, surgida de la necesidad de reconstruir las devastadas ciudades europeas. Asombra que Le Corbusier evite otros factores condicionantes del proyecto (¡ni siquiera los menciona!) y se centre exclusivamente (y con infinita fe) en los principios arquitectónicos: ¡El motor de la historia la arquitectura, eh ahí la verdadera tesis del libro!

¡Nuestra vida es atroz, vivimos en las fauces, entre el jadeo de una bestia salvaje! Es precisa la demolición del urbanismo actual. (…)


La causa profunda de los trastornos sociales y personales en la actualidad es que los hombres están mal alojados. Hay que alcanzar un acuerdo que nos permita aprovechar los recursos del paisaje y la conquista de los placeres esenciales. (…)


¡Por fin ha sonado la hora de construir desde una nueva visión a la medida del hombre!

Se trata de una utopía antropológica cuya principal referencia es la naturaleza (en medio de la gran confrontación bélica). Una teoría que no dudamos en calificar de protoecologista. Su propósito es la aproximación entre la arquitectura del futuro y las exigencias biológicas de la especie, las únicas consistentes. 

Las nuevas casas deben ser máquinas de habitar, no de fabricar la desdicha. Deben proporcionar los tres placeres esenciales de la casa del hombre: luz, espacio, vegetación. (…)

¡Es preciso sellar un pacto con la naturaleza! La conformidad con el terreno y los nuevos materiales del edificio debe convertirse en biología pura. El provenir de la raza humana depende de este pacto. (…)

¡Volvamos a las ciudades concebidas como un inmenso  organismo vivo!

Antes de entrar en materia constructiva, el autor se dedica a demoler tres versiones del urbanismo:

La asfixiante línea del cielo neoyorquina.

El nuevo urbanismo debe contar completa con la jornada de 24 horas. Algo ajeno a la vida en Nueva York: vivir entre cañones y gargantas, haces de hormigueros humanos y tráfico ensordecedor. Es preciso aprender a caminar por la ciudad. Lo que la ciudad nos entrega son distancias quilométricas, gases venenosos y tumulto asesino. (…)

Las viviendas norteamericanas en la gran ciudad de los rascacielos: apartamentos banales de un inmueble colectivo. En los materiales, en el perfil de las formas, la precisión de las líneas, hay algo que recuerda el acabado impersonal de una carrocería o el fuselaje de un avión. (…)

En América, donde todo está absorbido por el interés de un juego ciego, se advirtió que se había plantado el árbol cabeza abajo, con las raíces arriba, en la línea del cielo de los grandes rascacielos.

Las deprimentes ciudades-dormitorio europeas.

La lepra actual es la fatal desarticulación del fenómeno urbano. Por ejemplo, el efecto centrífugo de las ciudades dormitorio: el infierno de la circulación, gastos, despilfarro… las ciudades dormitorio prosperan y París en consecuencia se vacía. París, un agujero lleno de casas guaridas de truhanes. Desmoronamiento de las casas abandonadas. (…)

Uno de los errores más peligrosos de la humanidad, por cuya causa esta corre el riesgo de morir un día cercano, sería considerar el movimiento como la esencia de la vida: más bien sería su espuma y su residuo. (…)

La industria debe ser un gran espacio interior, no inmensamente lejano. No hay que debilitar el cuerpo de la ciudad con la amputación de una parte de su sustancia y no precisamente la menos noble: la vida obrera.

Las pretenciosas urbanizaciones de pisos adosados.

Es preciso desmitificar el más que discutible encanto y la autonomía imaginaria del piso adosado con su pequeño jardín familiar. El vecino se encuentra a siete metros de cada lado. La carretera pasa por delante de la casa. Son productos más nocivos todavía que la distancia quilométrica de la ciudad dormitorio: esta última, una vez recorrida, al menos se desvanece después de dejar detrás un vacío no realizado y una estela de cansancio. (…)

Frente al engaño de las ciudades jardín, bloques de apartamentos adosados, garitos sembrados de tresbolillo o apretadas cuadrículas de madrigueras de conejo, hay que reivindicar los bloques racionales de inmuebles, con su ubicación exacta y las instalaciones que prolongan el alberge y constituyen el marco material del equipo de salud de la ciudad.

Reivindiquemos la casa del hombre, que no es cárcel ni espejismo. El espacio deben ser concebido como un organismo vivo, como una unidad integral del hombre con el paisaje, la flora y la fauna, los cultivos, geografía, demografía, cielo, historia, cultura, luz solar… Necesitamos comprender el papel real de la luz solar en la vida humana, como sucede con los animales o las plantas. La auténtica partícula de Dios es el radiante fotón.

 El ser vivo no es otra cosa desde el punto de vista material, físico, que “un transformador de energía solar”, según la fórmula feliz del doctor Pierre Winter. (…)

El hombre es un producto de la energía solar. Son precisos estudios rigurosos sobre la planificación de una jornada solar armoniosa como consecuencia de las reformas urbanísticas: vivir todos los días en un equilibrio placentero. Lo contrario es un despertar para el sufrimiento. (…)

El cuerpo humano absorbe directamente la luz solar a través de la piel, a través de los millones de papilas adaptadas a las vibraciones luminosas como pequeños resonadores de precisión. La absorbe indirectamente a través de los alimentos vegetales o cárnicos, que constituyen auténticas reservas de luz. (…)

Conquistemos la luz solar frente a la oscuridad de la luz enferma de las ciudades, morada del raquitismo, la tuberculosis, la neurastenia potencial.

La vida, un gran ciclo compuesto de jornadas solares. Descubramos la nueva casa del hombre a partir de sus funciones esenciales: producir, cultivarse, descansar.

Seamos fieles a la regla del sol: el ciclo de las 24 horas y la radiación solar pueden enseñarnos como construir nuestras casas. (…)

Restituyamos el valor del ciclo solar, la melodía de la vida: trabajo, esparcimiento, reposo. El trabajo es la energía consumida en un amplio flujo ininterrumpido en beneficio del mundo exterior. El esparcimiento es la energía consumida según un régimen ordinario más débil y regulable a voluntad en beneficio de la familia, la amistad, la sociedad, el civismo y de uno mismo. El reposo: recuperación de la energía consumida durante los otros tiempos.

Hay que reivindicar los poblados primitivos, su imitación arquitectónica de los ciclos naturales. La naturaleza ilumina las horas dedicadas a trabajar.

¡El hombre, supremo arquitecto del universo, ordenador de las causas finales! La cultura, prolongación de la naturaleza a imagen y semejanza de sus leyes.

Hacer una biología de la arquitectura, lo único que importa son las funciones biológicas de la vivienda. Todo organismo muere cuando se arranca de su medio natural. Hacer series de cosas a la medida de las series del cuerpo. Todo debe ser planificado conforme a su finalidad. (…)

Buscar los puntos de articulación de la morada y la calle. La ampliación del espacio vital, la reconquista de la calle como el gran río de la vida. Convirtamos la calle una gran red de venas y capilares por las que fluya la vida del organismo. (…)

¡Los complejos de la administración pública y privada son el cerebro de la ciudad! Deben condensarse en un número reducido de edificios muy altos que forman una pequeña ciudad por sí mismos, un espacio que no sea proporcionalmente superior al que utiliza la naturaleza al reunir todas las células encargadas del mando en el reducido espacio del cerebro. (…) 
La sociedad se parece al hombre: la edificación de la nación al cuerpo humano.

El carácter mágico de los textos radica en que sabemos que son afirmaciones imposibles, pero su fuerza espiritual nos sobrepasa. No concebimos la refutación. Su verdad se salva por la finura y el carisma del autor.

[Le Corbusier y François de Pierrefeu, La casa del hombre. Barcelona, Poseidón, 1979] 

viernes, 29 de junio de 2012

Diccionario filosófico. Derecho.


La legalidad es la capacidad del poder político para promulgar las leyes o normas jurídicas que regulan la sociedad civil (es decir, de los individuos en cuanto ciudadanos).
El significado del derecho contrapone a cuatro escuelas filosóficas: el positivismo jurídico, el naturalismo jurídico, el universalismo ético y el materialismo histórico.
La principal tesis del positivismo jurídico es la separación radical entre derecho y ética ya que son independientes (son lenguajes con reglas propias e irreducibles).
Esta escuela entiende que el derecho es una mera práctica especializada que sirve para regular eficazmente las relaciones sociales, pero en sí mismo no es justo o injusto (aunque, si es posible, sea preferible lo primero). Un código legal puede ser inaceptable en sentido ético (por ejemplo, el código civil de una dictadura) y, sin embargo, estar correctamente formulado en sentido técnico-jurídico. El legislador es un mero especialista encargado de construir leyes útiles para el funcionamiento de una forma histórica del poder. El derecho está subordinado a la política.
El naturalismo jurídico es una corriente de la filosofía del derecho cuya tesis es que las leyes deben estar basadas en normas morales universales e inmutables. Esta teoría tiene, en general, un fundamento teológico ya que tales normas (la llamada “ley natural”) son deducidas mediante el análisis de las tendencias o inclinaciones de la naturaleza humana… creada por Dios. Cualquier formulación jurídica es injusta si no respeta los dictados de la ley natural: la función del derecho consiste en desarrollar sus normas para adaptarlas, sin que varíen en lo esencial, a las circunstancias históricas concretas. La Iglesia católica es la principal defensora de esta posición, aunque los planteamientos políticos fundamentalistas, incluido el cristiano, son versiones reveladas del mismo concepto. El derecho está subordinado a la religión.
El universalismo ético sostiene que la legitimidad del derecho proviene del acuerdo de las leyes con el contenido de las sucesivas declaraciones de la comunidad internacional sobre derechos humanos. Es distinto del naturalismo jurídico: este último habla de normas permanentes de la naturaleza humana, mientras que para el universalismo tales normas tienen un significado exclusivamente histórico. Los derechos humanos son la expresión del progreso moral de la humanidad. El derecho está subordinado a la ética.

Para el materialismo histórico, el derecho es una superestructura, es decir, el conjunto de formaciones simbólicas que se levantan a partir de un modo de producción y configuran las ideas y valores de una cultura. El derecho es una ideología, es decir, una representación de la sociedad civil cuya función es racionalizar las relaciones económicas en un período determinado de la historia.

El derecho burgués, por ejemplo, es la superestructura justificadora del modo de producción capitalista. El Estado liberal se constituye como una democracia formal cuyos principios, según el materialismo histórico, están al servicio de la clase dominante. La igualdad ante la ley, el derecho de propiedad, los derechos y libertades individuales, ¡los derechos humanos!, son privilegios políticos de la clase que posee los medios de producción. El derecho está subordinado a la economía.

lunes, 25 de junio de 2012

Hooper en la Thyssen


No se pierdan por nada del mundo la exposición antológica sobre Edward Hopper (1882-1967) en el Museo Thyssen-Bornemisza. Copio de la web:

La exposición reúne la más amplia y ambiciosa selección de la obra del artista estadounidense que se haya mostrado hasta ahora en Europa, con préstamos procedentes de grandes museos e instituciones como el MoMA y el Metropolitan Museum de Nueva York, el Museum of Fine Arts de Boston, la Addison Gallery of American Art de Andover o la Pennsylvania Academy of Fine Arts de Filadelfia, además de algunos coleccionistas privados, y con mención especial al Whitney Museum of American Art de Nueva York, que ha cedido 14 obras del legado de Josephine N. Hopper, esposa del pintor.

Para mí, Edward Hooper es el gran pintor norteamericano, superior a  Georgia O'Keeffe, Andy Warhol o Roy Lichtenstein.
La primera impresión que producen sus cuadros es la imposibilidad de reproducirlos por medios técnicos. La conocida tesis de Benjamin admite matices para la pintura y la música. Es abismal la distancia entre los originales y las imágenes digitales, incluso que las ilustraciones del catálogo. Comprobamos también que las obras se encuentran en admirable estado de restauración.

Su fondo es el silencio. Es indiferente que sean cuadros de exteriores o interiores, de paisajes o personas. Me recuerdan a las pinturas metafísicas de Chirico, alojadas en un espacio hermético en el que no se trasmiten las ondas sonoras, los trenes no silban, las plazas no emiten radiación de fondo, no se oyen los ruidos domésticos, las imágenes no hablan.
La sensación opresiva de soledad e incomunicación es la consecuencia del silencio. Los personajes de Hooper son mónadas sombrías, seres sin puertas ni ventanas, figuras que nos invitan a penetrar su sentido sin traspasar los umbrales. Un ámbito inhóspito que se intuye en los detalles: un piso con una mujer que parece el último habitante de la tierra, una ventana por la que entra un sol que no calienta, la terraza que mira al páramo abstracto o la trasera de una fábrica en la mañana vacía del domingo. Nada es reconocible, tampoco hostil, acaso intolerable.

Nos encontramos ante situaciones anteriores a lo que consideramos hechos. ¿Recuerdan el atardecer en una estación de ferrocarril en la que se siente la emergencia de poderes que se filtran por los resquicios del mundo? Hooper utiliza la vida cotidiana como premisa de lo insólito. Se sirve del realismo para mostrar su contrario. Emplea la escena social para forjar la pesadilla. Fíjense en la existencia crepuscular, resignada, incluso satisfecha del empleado de una estación de servicio en una carretera perdida al borde del bosque por la que circula un coche al mes, con una curva que oculta el misterio de los espacios sagrados, no hollados todavía por el hombre. O la oficina de la gran ciudad tras cuyos cristales (un cuadro en el cuadro) se vislumbra el ritual de una secretaria, parodia urbana de la jornada laboral. Espanta en ambos casos la sensación de normalidad corrompida que surge del relato.

O las casas-arquetipo, antropomorfas, construidas en los grandes espacios rurales del medio oeste americano, despobladas o con unos moradores que nada añaden a la consistencia del inmueble; casas sin el sendero que llega a la puerta, con unos habitantes que parecen no haber salido jamás de allí. Que llevan vidas aisladas, divergentes, incluidos los niños y los perros, una trasgresión insoportable de la inocencia.
Edificios llenos de influencias animistas que sugieren el enigma en un lenguaje que ignoramos, que haría peligrar nuestra cordura. Los hoteles y las cafeterías son aparte. Descontextualizados, no sabemos dónde estamos, sus huéspedes son símbolos del tedio y el desaliento. La potencia vital asociada a los viajes, a los lugares confortables, se transforma en apatía depravada, en mal presentimiento.   

O el agregado de individuos, ni siquiera un grupo, que toman el sol en un rincón perturbador. Máscaras impenetrables que tras una mirada atenta son imposibles de comparar con nuestros semejantes. Al mirarlos, fallan las categorías de la vida: quiénes son, dónde están, qué hacen, qué dicen, qué sienten, qué esperan… Sugieren la existencia de universos paralelos, de limbos peores que el nuestro. Lugares donde las flores susurran la palabra prohibida o los pájaros guiñan un ojo desde su jaula.

lunes, 18 de junio de 2012

Del orden


Por mucho que los filósofos franceses à la mode insistan en que la vida es diferencia, azar y singularidad (incluso en sentido cuántico), ocurre lo contrario: el principio que rige la naturaleza y la cultura es el orden.

El orden son las estaciones, las leyes físicas, los placeres y los días, las tres edades del hombre (del cuadro de Giorgione), el trabajo, las tardes a las tardes son iguales, la sucesión indefinida de intervalos regulares... También la identidad personal y los hábitos. La vida en su máxima generalidad es el triunfo del orden sobre el caos.
Propiamente no pensamos el orden, sino que somos pensados por él. El orden de los conceptos, la ciencia, es la treta sutil de la materia para pensarse a sí misma. La materia se hace consciencia para saberse un orden regular de relaciones: para reconocerse como sistema. El orden cósmico (una repetición de los términos) es el desarrollo del espíritu que retorna para sí pleno de sabiduría. Incluso los maestros de la diferencia, Heráclito y Nietzsche, se doblegaron al orden subyacente. Detrás de la apariencia y los fenómenos cambiantes dominan los ciclos cósmicos. Heráclito inventó el Lógos, la razón universal del cambio. Nietzsche creó la tremenda idea del eterno retorno: todo está condenado a repetirse a causa del devenir, volveremos a ser los que fuimos, repetiremos una y otra vez las mismas frases.

Sólo nos alejamos del orden universal en los sueños, la locura, la memoria y el arte. Freud desveló las reglas de los dos primeros: el simbolismo onírico puede ser interpretado, los rituales neuróticos son compulsiones con sentido. Bergson y Proust descubrieron los recursos del recuerdo en la duración y la memoria involuntaria.

En cuanto al arte, su fundamento es la construcción de mundos paralelos, autónomos, exclusivos. Lo que convierte al arte en un enigma ajeno al orden es su carácter de realidad aparte, autosuficiente, refractaria a cualquier encajamiento en la necesidad de los hechos. El arte sólo existe en el arte, en el cuadro, en la partitura o en las hojas de un libro. En el arte, la pregunta por el mundo permanece intacta; la obediencia al orden, la certeza de pisar terreno firme, traiciona su sentido. Sólo en la permanente suspensión del juicio salva su momento de verdad; lo que ofrece no es el símbolo fiel o la sentencia firme, sino las huellas, veladas de grises, de una parábola sin clave.

La fabulación es la única forma de oponerse al orden establecido, de ponerse al otro lado de las cosas. Carroll inventa para Alicia un mundo sin orden, carente de reglas o con reglas que cambian continuamente. Un espacio mágico donde los efectos preceden a las causas, las dimensiones del tiempo se alteran y Alicia nunca es lo que fue o habrá de ser.
El reino de la libertad, la negación del orden, es Finnegans Wake de Joyce. Que sea una novela ilegible, imposible de traducir, significa que no hay ningún hilo conductor entre el orden real y la creación de mundos posibles; un mundo impensable donde el lenguaje, la sintaxis, el último soporte de cualquier orden, se desvanece. También Ulysses. Al revés: ¡Se imaginan un relato en el que se cuenta la vida ordenada, plana, de un pequeño burgués de provincias a lo largo de un día, un relato en el que no sucede nada fuera de lo común desde la mañana a la noche! Lo razonable, la sacralización de las rutinas, es la categoría de un orden social irracional.
O la novela de Beckett El innombrable (el irlandés con cara de pájaro), final de la célebre trilogía. El título es un anuncio contra el orden: un personaje inclasificable, sin reglas de identidad, que se adentra en un mundo nuevo de límites desconocidos, por construir. Un sujeto fragmentario, sin permanencia en el tiempo, a solas con un lenguaje sin gramática, sin función comunicativa dentro del relato y apenas con el lector. Así comienza la odisea interior del innombrable: ¿Dónde ahora? ¿Cuándo ahora? ¿Quién ahora? Sin preguntármelo, Decir yo. Sin pensarlo. Llamar a esto preguntas, hipótesis. Ir adelante, llamar a esto adelante...

P.D. La filosofía no interpreta objetivamente el mundo y mucho menos lo transforma, tan sólo se interpreta y se transforma a sí misma. Su método: la varianza, errar por la dispersión. Por eso es un género literario.

viernes, 1 de junio de 2012

Charlar por charlar



Comentaba a mi cuñado, antes de entrar al Teatro de la Zarzuela, que uno de los rasgos de la sociedad norteamericana es el papel central que otorgan al sexo (vean las películas de Woody Allen o lean las novelas de Saul Bellow): las pulsiones eróticas son el motor de la historia. Ni Freud hubiera llegado tan lejos. Nada que ver con los sufridos países latinos y sus instintos reprimidos, sublimados durante siglos a favor o en contra de la iglesia católica.    

Al salir, tras disfrutar de una enorme Chulapona, Antonio refutaba mis razones. Aducía que los madrileños de comienzos del XX también tentaban con requiebros y puntazos a todo lo que llevaba faldas. Es igual y lo normal, apuntaba, pues no había televisión ni  internet, ni móviles, ni otras menudencias (discrepé en llamar así a las corridas de toros). Tenían el sexo en la cabeza.
Aunque se acepta el argumento -pues perseguían a las hembras hasta el catre del convento, como Don Juan- el oficio de majos y chulapas es distinto. Un ejemplo: al final de la zarzuela, la Rosario obliga a su novio a casarse con una dependienta a la que ha dejado preñada, le da el sí a un viudo añejo que la pretende por obligación y le promete por sentido del deber calzarle las zapatillas, plancharle las camisas y espumar el cocido los domingos, mientras en las noches de invierno frías recuerdo a José María… Nada que ver con los abuelos de los personajes de Manhattan Transfer.

Más tarde, delante de cerveza y tapas, mi pariente volvió a la carga. Se ha puesto de moda en Madrid –decía - un sistema expreso de ligue sin amor. La joven declara al principio las reglas del juego: Tienes derecho al roce pero sin enamorarte, piénsalo bien. Es decir, disfruta con pasión pero prescinde de la oratoria; no me jodas con los rollos del arrimo y de los celos. O sea: si son lo mismo el amor y el sexo, al carajo un embrollo que embota los sentidos. Pero no me cuadra la historia, buena para charlar y poco más. Lo más probable es que sea otra leyenda urbana. Como mucho se trata de un rasgo invisible, xenocéntrico, traído con pinzas de Nueva York.
Con la tercera caña cambié de conversación pero no de rumbo. Lo que me contabas –dije- algo tiene de verdad: el enamoramiento es el sistema de acceso al sexo y al matrimonio (o al revés) en la cultura occidental; pero hay otros. En la sociedad hindú de castas, los padres de la novia eligen al marido que les conviene. Una vez casados, se enamoran. Es la norma. La joven se siente afortunada y su esposo también. Juntos se compadecen de la suerte de la joven occidental que debe decidir sin ayuda ni experiencia. La chulapona contra el mundo. (¿Se imaginan una secuencia-pesadilla en la que Woody, viejo, calvo, bajito y narigudo, escogido por los padres para el himeneo, se pregunta horrorizado cómo le recibirá la princesa, que no le conoce, en sus aposentos, rodeada de fieros eunucos y tigres de Bengala? (¿Qué le digo por amor de Dios?).

Nosotros nos prendamos con retórica sobada. La facundia de chisperos y manolas no se agota; los guiones de Woody siguen y siguen. ¿Recuerdan las pruebas masónicas a que somete a los amantes? Los tratados de metafísica en el tugurio tibetano, las tediosas sesiones de jazz, las exposiciones de pintura infumables, la fauna de la izquierda exquisita…

Durante un tiempo viven en un chiscón con jardín-maceta, cama de agua y cocina americana. Y cuando deciden que se conocen, se casan. Después, la ideología muta en los cinco continentes: se esfuma el código amoroso y se impone un periodo de latencia oculto por otro instinto, la filiación. Con hijos o sin ellos, la curva del eros baja (como todo lo que sube) y los sajones buscan pretextos para salvar la espantada. El giro lo propicia su cultura familiar: no son protectores con la prole, los educan para buscarse la vida y cuando alcanzan la mayoría de edad les invitan a salir del nido. Autonomía de los hijos y de los padres. El catálogo de excusas: incompatibilidad de caracteres, crueldad mental, desajustes emocionales, neurosis, depresión y montones de pastillas. Es el momento de contar la vida durante años a un tipo con barba que cobra 300 pavos la hora y sólo abre la boca para decir: ¿Y usted qué opina de eso? En el diván marido y mujer esperan descubrir los motivos de una decisión que tomaron hace tiempo.
Las diferencias abisales entre sajones y latinos se deben en parte, insisto, a que unos son protestantes o judíos y otros apostólico-romanos. El libre examen de la Biblia, el “peca fuertemente y ten fe” luteranos propician una moral privada e incierta. También el sentido hebreo, tras el desmán imperdonable, del “somos humanos y proclives al error”. Después de todo, los textos sagrados están repletos de historias poco edificantes... mientras Yahveh contempla comprensivo las debilidades de su pueblo. En los países católicos la vida privada no existe por ser las costumbres patrimonio de una cristiandad que juzga y condena según los criterios fiables de la santa madre iglesia. Nueva York no se entera de las piruetas salaces de sus vecinos, mientras el Madrid castizo espía con interés la vida pública de la Rosario.  
En la siguiente etapa hay que reavivar la llama del deseo. Los biorritmos se renuevan. Retornan las pulsiones poliformas y perversas. Hay disponibilidad. El contador se pone a cero. Ahí vamos… La mayoría va por la cuarta ex tentativa. Y que no decaiga. Planteamiento, nudo y desenlace. Es la guerra de los sexos.

Y el espíritu del capitalismo, otra fuente de distancia, concluí. Muchos protagonistas de Allen son escritores, artistas, “trabajadores intelectuales”, gente que se gana la vida en un mercado versátil donde la única medida es el éxito individual, en unas condiciones que nos resultan impensables (a nosotros, que ser funcionarios nos parece una aventura, como al cesante de La Chulapona). Lo mismo están en la cresta de la ola que sin blanca. Un sistema de movilidad social que se extiende a la familia. Es la conocida teoría, símbolo de la idiosincrasia americana, de la vida como inventario de oportunidades. Y su versión moral en clave filistea (preludio del atropello): La vida sólo se vive una vez. Lo que cuenta para chulapas y manolos de la Hispania preburguesa son los tabúes, el honor, la perenne monogamia y el santo matrimonio.