sábado, 29 de septiembre de 2012

La conferencia como género


Asistí hace unos días en la Residencia de Estudiantes a una espléndida conferencia a cargo de Francisco Calvo Serraller con el título “La autoridad del arte”. ¡Por fin una conferencia al viejo estilo, con un público ávido de verdades y alguien dispuesto a contárselas! Pero no me voy a referir aquí al contenido de la disertación, sino a la forma.

La conferencia como género está en declive. La posmodernidad y el pensamiento débil (es decir, el neoliberalismo disfrazado de filosofía) la han relegado al baúl de los recuerdos para suplantarla por un catálogo de sucedáneos menores como la puesta en común, la ponencia, la comunicación, la charla (con un tufillo inequívocamente clerical) o la videoconferencia (con olor a pirotecnia financiera).

Tengo que decir que para mí el término conferencia equivale a "la exposición magistral de una figura muy reconocida en el ámbito de la cultura según unas reglas constituyentes que la convierten en lo que es y no otra cosa". Puede haber matices intermedios y peticiones de principios. En cualquier caso, no considero figura reconocida de la cultura a un deportista famoso, un líder sindical, un cargo eclesiástico o un empresario del sector informático. Se puede discutir una casuística muy amplia pero no me detengo; se entiende perfectamente lo que quiero decir.

La primera regla se refiere a las condiciones de espacio y tiempo. Resulta imposible hablar de conferencia magistral, aunque la convoque un premio Nobel de literatura, si se celebra en el aula de usos múltiples de un Instituto de Secundaria, el centro cultural del barrio, la sede de un partido político, el local de una asociación cívica o el salón de actos de un Banco. El lugar debe ser la Biblioteca Nacional, el Ateneo, el Centro de Bellas Artes, el paraninfo de la Universidad Menéndez Pelayo o la Residencia de Estudiantes… Dicho sea del tiempo: una conferencia, como una corrida de toros, tiene un horario. Hay que descartar las sesiones mañaneras y aun más las noctámbulas. Es imprescindible que comience después de las siete de la tarde, aunque nunca pasadas las nueve. Su duración máxima será dos horas. Si se alarga, se convierte en un curso intensivo. Además, ningún acto público, sea boda o concierto, concluye cuando cesan los aplausos. Por cierto, el coloquio no tiene cabida en una conferencia seria. Bertold Brecht, el gran dramaturgo alemán, defendía el distanciamiento del público respecto de la obra; al revés, la conferencia exige el distanciamiento del ponente respecto del público. La veracidad se alimenta de un discurso sin puertas a la vía de la opinión.

La presentación del conferenciante debe hacerla algún conocido del gremio o el organizador del acto, si es alguien con lustre suficiente. En realidad no hace falta, pues su fama lo precede, aunque conviene que se digan dos palabras sobre el título y el tema.

La puesta en escena es otra exigencia del género.
El conferenciante no ha de salir forzosamente como un director de ópera, sino que debe dar la imagen que el público espera. Todos los espectáculos se basan en el cumplimiento de ciertas expectativas sociales y en primer lugar la conferencia. Por ejemplo, el atuendo del conferenciante ha de ser acorde con la cosa: no es coherente un traje azul con chaleco y corbata si el tema es el pop art, ni una cazadora informal y pantalón de pana si se habla de la arquitectura neoclásica. El gesto es decisivo, los brazos y las manos tienen que abarcar la escala entera de matices: anunciar el enigma, prevenir la trampa, develar la esencia...

Es fatal dar una conferencia sentado y, sobre todo, leerla. Es una invitación al bostezo, a manipular el Iphone y desconectar a la tercera frase. Desvirtúa el género, vaporiza al actor y amputa los recursos no verbales.

Demos un repaso a los objetos de cultura material: la palestra será de madera noble, con atril, un flexo negro de luz solar y el micrófono a la vista; completa la escena la carpeta de cuero repujado y la jarra de cristal (evitar las botellas de agua mineral, son propias de la cháchara de un entrenador de fútbol).
Los materiales multimedia están al filo de lo posible. Digamos que es tolerable recurrir a la diapositiva o a la presentación (a la que nadie en el fondo hace caso). Pero hay que ser muy precavido: un mal Power Point puede arruinarlo todo; por algo es la marca de los pelmazos que nos inundan la bandeja del correo. Asimismo, es un mal comienzo abrir un portátil, recuerda demasiado al presentador del telediario o a la tediosa reunión de empresa.

Una conferencia, como la trama de cualquier narración, consta de planteamiento, nudo y desenlace. Pero la unidad de los momentos no debe ser lineal. No tiene que verse el andamio: el orden y la nitidez de algunos insignes profesores contribuyen a la funesta convicción de que el auditorio es poco perspicaz y necesita muletas. El buen conferenciante sabe dar carrete a las ideas y recoger el señuelo cuando toca; el público debe tener la impresión de construir el problema “con su propia cabeza”. La improvisación y la anécdota deben servir a la totalidad. Una conferencia es siempre el resultado de una estudiada espontaneidad. Es a la vez estructura y función, un equilibrio de las partes que se sostienen entre sí y una finalidad precisa.

No hay que olvidar, por último, el elemento gramatical. El lenguaje de la conferencia no es oral ni escrito sino una fórmula intermedia (más parecida al segundo). El que diserta como habla está muerto. Tampoco son de recibo las continuas muletillas como "digamos", "en definitiva" o "¿comprenden?". Es preferible incluso el discurso pedante plagado de articuladores, latinismos y conclusiones retoricas. La conferencia, como la poesía, es palabra en el tiempo, armonía dirigida a un auditorio educado para valorar la entonación, el ritmo y las pausas. Por eso me gustan las pronunciadas al modo de Ortega, renovadas por discípulos (como Julián Marías) e imitadores (como Carlos París). Tienen tres virtudes magistrales.

Convertir la idea trivial en una perla.

- He aquí, decía con las manos cargadas de tensión, una verdad nueva que nos adviene y sobrevuela… (Todos miran al techo para ver escrita la epifanía con letras de oro). Esta intuición rigorosa nos declara que la vida es realidad radical, sustento primordial en donde echan raíces los vivencias cotidianas

Lograr la comunión mística entre público y maestro.

Finalizar con un crescendo digno de una sinfonía romántica.

Quien sostenga que las conferencias son aburridas, es porque no escuchó al profesor Calvo Serraller hablar largo y tendido del arte como la realidad auroral del hombre.

domingo, 23 de septiembre de 2012

El cuadro más bello de Francia


He viajado a Londres cuatro veces en mi vida, la última hace dos semanas; una soltero y tres con Ana, ahora profesora de inglés en Madrid y antes de español en Newcastle. Por tanto, ¡oh delicia del turista!, sólo he tenido que chapurrear mi lamentable spanglish al quedarme solo, y créanme, no me he separado de su vera ni tras la recurrente discusión en Harrods por la calma desesperante con que se toma las compras… (Ella opina lo mismo de mi forma de visitar los museos).

Lo común de mis viajes a Londres es, además de la parada en los grandes almacenes, la cita con “el cuadro más bello del Francia”: Los embajadores de Hans Holbein el Joven. Fue llamado así por el canónigo de la Catedral de Troyes tras su traslado a París en 1653 desde el castillo de Jean de Dintenville, señor de Polisy, juez del distrito, propietario del lienzo y uno de los personajes que aparecen en la composición.
En mi última visita a la National Gallery me he dedicado en exclusiva al cuadro, movido, tras despegar el vuelo, por una intuición mística de las alturas (como Dalí) de cuya verdad no me siento especialmente satisfecho. Al salir del museo, como penitencia por mi presunción, renuncié a la espuma de una cremosa pinta de Guiness en un pub cercano a la plaza de Trafalgar.


Por más respetables que sean las interpretaciones históricas o académicas de la obra, no me convencen ni me alegran la vida; por lo demás, se pueden encontrar las versiones oficiales en cualquier libro o web del ramo (la de Wikipedia es excelente). Lo que me fascina (por eso retorno a tantear el enigma) es su interpretación heterodoxa, oscura, muy inglesa, plena de simbolismo e ideología religiosa… aunque, ¡oh cruel reproche!, con fama de vana mistificación. Mis amigos profesores de arte, tras escuchar con paciencia mi relato, lo han refutado siempre. Aducen, por ejemplo, que si fuera cierto, el embajador Dintenville jamás hubiera aceptado la propiedad del cuadro… razón por la cual sostengo que el pintor ocultó con mano maestra sus aviesas intenciones.
Para empezar, hay que recordar que Holbein fue uno de los artistas más comprometidos con la Reforma, de la cual fue defensor y propagandista, e inversamente, adversario de Roma. En 1526 realizó una serie de 51 dibujos sobre el tema medieval de la danza de la muerte sin reclamar su autoría para evitar represalias de la Iglesia por su contenido satírico. En Inglaterra, a partir de 1532, trabajó bajo el mecenazgo de Ana Bolena y Thomas Cromwell, en 1535 Enrique VIII lo nombró Pintor del Rey y en 1538 ilustró la portada de la traducción luterana de la Biblia. No hay que olvidar, por fin, que el auténtico contexto histórico de Los embajadores fueron las guerras de religión que asolaron Europa entre 1525 y 1648.
Volvamos a la famosa tela. Jean de Dintenville, a la izquierda, fue cinco veces a Inglaterra en calidad de embajador del rey Francisco I. El otro personaje es Georges de Selves, obispo de Lavour, amigo del primero y embajador ante la Santa Sede, el emperador Carlos V y la República de Venecia. En la Pascua de 1533 Selves fue a Londres en viaje privado para visitar a su amigo y allí permaneció hasta finales de Mayo, período en el cual Holbein pintó el cuadro diez años antes de morir.
Los dos embajadores muestran unos rostros toscos, provincianos, incultos, alusión a la baja calidad moral e intelectual de los altos cargos de la Iglesia. En contraste con la rudeza de su cara, lucen suntuosos ropajes de seda y armiño o un abrigo exclusivo de piel sobre el uniforme eclesiástico, símbolos de la exterioridad de la religiosidad papista, proclive al ornato, la riqueza y el poder temporal. Obsérvese el medallón que cuelga del cuello del primero: un ángel oscuro de la muerte, alegoría del alma en peligro o de una Iglesia muerta. Asimismo, el broche del gorro representa una siniestra calavera en referencia al mismo tema.
El bellísimo suelo taraceado es una copia bastante fiel del pavimento de la abadía de Westminster, donde el arzobispo de Canterbury corona históricamente a los monarcas ingleses: una alusión a la grandeza de la Iglesia anglicana.
En el estante superior, sobre un exquisito tapete adamascado “a lo Holbein”, hay una reproducción del globo terráqueo hecho en 1523 por Johann Schöner de Núremberg, amigo íntimo de Copérnico, fundador de la astronomía moderna, cuya teoría heliocéntrica fue perseguida con especial saña por la Inquisición. A la derecha del globo hay diversos instrumentos matemáticos y físicos (compases, un reloj solar, un calendario cilíndrico, un goniómetro, un sextante y un cuadrante); empujados por el codo derecho del obispo parecen a punto de caer, anuncio del desprecio de la religión católica, anclada en la Escolástica medieval, por el progreso científico.
En el estante inferior, dedicado a la música, hay dos libros abiertos: a la izquierda Kaufmanns-Rechmungde de Piter Apian editado en 1527, una publicación muy corriente; a la derecha Geistlich Gesangbuhli de Johannnes Walther, un libro de himnos sagrados editado en Wittemberg, en cuya catedral Lutero clavó el 31 de octubre de 1517 las 95 tesis contra la venta de indulgencias, documento que señala el comienzo teológico de la Reforma. Este último está abierto por dos textos luteranos (“Veni sancte spiritus” y “Si quieres vivir espiritualmente”) que versan sobre el dogma de la gracia que Dios otorga a cambio de la fe, uno de los pilares de la religión protestante.
Además de los salmos, hay dos objetos relacionados con la música: un laúd y un estuche de flautas. La música es el arte principal de la Reforma frente a las artes figurativas de la contrarreforma, la escultura y la pintura, utilizadas como punta de lanza doctrinal desde el Concilio de Trento. El laúd tiene una cuerda rota y el estuche está vacío, símbolos de la perdida de la armonía entre los cristianos y la ausencia de principios compartidos.
Por último, la escalofriante representación anamórfica de un craneo es una alusión a los temas del memento mori (“recuerda que has de morir”) y de la salvación personal, punto de partida de la experiencia interior luterana. También puede ser entendida como una alusión a la vanitas terrenal y a la igualdad de los hombres, humildes o poderosos como los embajadores, ante la muerte.

domingo, 9 de septiembre de 2012

La vida es oro



Salvador Dalí, Diario de un genio. 1952. Mayo

Después de la muerte de Hitler, una nueva era mística y religiosa se disponía a devorar todas las ideologías. Entretanto yo tenía una misión. El arte moderno, residuo polvoriento del materialismo heredado de la Revolución francesa, se alzaría contra mí durante por lo menos diez años. Por lo tanto, me tocaba a mí pintar bien, cosa que no interesaba en absoluto a nadie. No obstante, era indispensable pintar bien, puesto que mi misticismo nuclear no podría triunfar, cuando llegara la hora, si no se encarnaba en la más suprema belleza.
Sabía que el arte de los abstractos –de aquellos que no creen en nada, y por consiguiente no pintan nada- haría las veces de glorioso pedestal a un Salvador Dalí aislado en nuestra abyecta época de decorativismo materialista y de existencialismo aficionado. Todo esto era seguro. Pero, para aguantar el golpe, había que ser más fuerte que nunca, tener dinero, producir oro, rápido y bien, para poder subsistir. ¡Oro y salud! Me abstuve completamente de beber y me cuidé hasta el paroxismo. Al mismo tiempo acicalaba y pulía a Gala para que brillara, esforzándome al máximo para hacerla feliz, cuidándola mejor que a mí mismo, pues, sin ella, todo se hubiera malogrado. El dinero serviría para conseguir todo lo que deseábamos en cuanto a belleza y bondad. A eso se limitaba mi avida dollars [expresión de André Bretón referida a Dalí]. Hoy va a quedar demostrado del todo…

Lo que más me gusta de toda la filosofía de Auguste Comte es el momento preciso en que, antes de crear su nueva “religión positivista”, sitúa en la cima de su jerarquía a los banqueros, a quienes atribuye una importancia capital. Tal vez se deba al atavismo fenicio de mi sangre ampurdanesa, pero siempre me he sentido deslumbrado por el oro, se presente bajo la forma que se presente. Al haber aprendido en mi adolescencia que Miguel de Cervantes, tras escribir para mayor gloria de España su inmortal Don Quijote, había muerto en la más triste miseria, y que Cristóbal colón, después de haber descubierto el Nuevo Mundo, también había muerto en las mismas condiciones y además cargado de cadenas, ya en mi adolescencia, repito, mi prudencia me aconsejó con denuedo dos cosas:

1º Crearme mi propia cárcel lo antes posible. Y así lo hice.

2º Convertirme, en la medida de lo posible, en ligeramente multimillonario. Y así ha sido.

El modo más simple de negar cualquier concesión al oro es teniéndolo. Con oro es totalmente inútil "comprometerse". ¡Un héroe no se compromete con nadie! Es todo lo contrario de un criado. Como con tanto acierto ha dicho el filósofo catalán Francesc Pujols: “La mayor aspiración del hombre, en el plano social, es la sagrada libertad de vivir sin tener necesidad de trabajar”. Dalí completa este aforismo añadiendo que esta libertad condiciona a su vez el heroísmo humano. Aurificarlo todo, he aquí la única forma de espiritualizar la materia.

Yo soy el hijo de Guillermo Tell, quien ha transformado en oro macizo la manzana de ambivalencia "canibalista" que sus padres André Breton y Pablo Picasso habían colocado sucesivamente en peligroso equilibrio sobre su cabeza. ¡Esa cabeza tan frágil y tan querida de Salvador Dalí! Sí, estoy convencido de ser el salvador del arte moderno, el único capaz de sublimar, de integrar y de racionalizar imperialmente, embelleciéndolas, todas las experiencias de los tiempos modernos, dentro de la gran tradición clásica del realismo y del misticismo que constituyen la misión suprema y gloriosa de España.

El papel de mi país resulta esencial en el gran movimiento de “mística nuclear” que marcará de manera indeleble a nuestra época. Norteamérica, gracias a los progresos inauditos de su técnica, proveerá las pruebas empíricas (digamos si se quiere, fotográficas o microfotográficas) de este nuevo misticismo.

El genio del pueblo judío le dará involuntariamente, gracias a Freud y Einstein, sus posibilidades dinámicas y antiestéticas. El papel de Francia será esencialmente didáctico. Ella redactará probablemente el acta de constitución del “misticismo nuclear”, por los méritos de su inteligencia, pero, a pesar de todo, España tendrá la misión de ennoblecerlo con la fe religiosa y la belleza.

El anagrama avida dollars fue para mí un talismán. Rindió generosa, dulce y monótonamente un manantial de dólares. Cualquier día revelaré toda la verdad sobre cómo acumular este bendito desarreglo de Danae. Constituirá un capítulo de un nuevo libro, muy probablemente mi obra maestra: La vida de Salvador Dalí considerada como una obra de arte.

sábado, 1 de septiembre de 2012

¡La supercopa es nuestra!


No hay tres sin cuatro. El superatleti repitió en el coqueto estadio Luis II de Mónaco las virtudes futboleras que le hicieron grande: defensa rocosa al borde del área, presión y ayudas en el medio campo, recuperación del balón y salida aullante al contraataque. Desde el primer minuto sólo hubo un equipo en el cesped y una afición en la grada. Ni el Chelsea ni sus seguidores estuvieron en ningún momento enchufados al partido. Parecía como si un equipo quisiera la victoria y el otro pasar el trámite. Esa voluntad de poder frente al nihilismo inglés fueron determinantes en la exhibición rojiblanca y el amplio marcador. Los sajones no tuvieron ninguna oportunidad. Entre otras razones porque el Chelsea es un equipo que le viene al atleti como un guante. Al revés que los equipos españoles (en esta final al menos) presiona moderadamente, deja jugar, ataca noblemente sin guardar la ropa y cuando pierde la pelota se queda en cueros, deja espacios y sucumbe al contragolpe… Así habló el gran Falcao.    

La prensa épica del deporte, la madrileña que va con el Madrid, destaca, en mi opinión, de forma excesiva la genialidad de un solo jugador, una forma de ponerlo en la órbita de sus futuras intenciones. Al revés, el atleti se mostró ayer como un conjunto formidable. Interpretó el concierto como si fuera la Filarmónica de Viena dirigida por el Cholo Simeone. Su versión de “la heroica” fue perfecta. Su planteamiento exacto: las declaraciones alegóricas antes del partido, la pizarra en el vestuario, su actitud mesiánica en el banquillo. La afición, como siempre, a tope, ajena a la crisis, en comunión mística con el equipo, un coro mixto a pleno pulmón. Por cierto, había una enorme bandera de Cuenca, saludos a mis amigos de la ciudad encantada.
El final y el protocolo de entrega fue un desmadre de sentimientos polimorfos; hasta el Cata Díaz, recién llegado del Getafe, botaba de júbilo. Retoños y mamás con la camiseta oficial vagaban por la cancha. El dueño del club, Gil Marín (no tuvo más remedio que asistir al partido) lucía una apacible sonrisa de valium 10; el presidente Cerezo repartía por doquier ocurrencias y actos fallidos (¡mañana nos vemos en la Cibeles! Suficiente para dimitir)… el que les habla se enjugaba las lágrimas al recordar a su abuelo y muchos más. Salí del éxtasis teresiano cuando al levantar la copa Gabi, el capitán, mi hijo, resonante, me llamó desde un bar adicto a la causa…  

Por fin, un recuerdo para Fernando Torres, que a pesar de sus airadas protestas al árbitro, un disfraz, no movió un solo dedo del pie contra el equipo de su alma. No tengo ninguna duda de que le hubiera gustado salir al campo a levantar la copa con sus colegas.
¡Mañana nos vemos en Neptuno!  

lunes, 27 de agosto de 2012

Eikasia


Por fin me han publicado el artículo La imaginación no es un estado: es la existencia humana en sí misma. Estaba incluido en un número de la revista de Filosofía de la Universidad Autónoma de Madrid El cuaderno gris, de larga tradición, con el tema genérico Los AntiModernos. Anti-ilustrados, conservadores, reaccionarios, ultramodernos, pero, por razones de financiación, el proyecto no se pudo realizar. Después de diversos avatares, ha sido publicado (con algunos errores tipográficos por corregir) en la revista digital Eikasía.
Para los que tengan interés en echar un vistazo, incluyo tres enlaces:

- A la revista en la web.


-Al número completo de la revista en pdf.


-Al artículo.

viernes, 3 de agosto de 2012

Cara y cruz de los Juegos Olímpicos


Para Ana fiel seguidora de los dioses olímpicos.

Declaro inaugurados los Juegos de Londres en la celebración de la XXX Olimpiada de la era moderna, dijo la reina Isabel II minutos después de medianoche.
Mi primera historia, la cara, se refiere al desfile inaugural de las delegaciones de casi todo el mundo, la parte más "humana" de los juegos olímpicos junto con la ceremonia de clausura.
Cada cuatro años admiramos la riada multicolor de los héroes (titulo del tema de David Bowie que atronó cuando salieron a la cancha los de casa) al son de los redobles del timbal anunciando el destino común de la especie. De nuevo disfrutamos de esa bacanal kitsch de la fama y la alta costura. ¿Recuerdan los trajes de opereta de los anfitriones? Blancos con chorreras doradas; más que aguerridos sajones parecían súbditos en tecnicolor de la emperatriz Sissi. Los norteamericanos, calados con boina, simulaban una unidad de intervención rápida en uniforme de gala. La indumentaria de la delegación española mostraba ciertos ingredientes bufonescos (como presentía Forges): los colores de la enseña estampados a empujones, hebillas amarillas, mocasines a juego (y no por casualidad), lazos y pañuelos barrocos, floripondios rojos y abanicos de boda… sólo faltaban puntas en los sombreros borsalinos y cascabeles por el cuerpo. Muy representativo de la situación actual. Estoy seguro de que el gobierno obligó a la reina a llevar el conjunto rojigualda que lucía. Aun supongo a la nobleza cierto gusto en el vestir.
A mí me gustan los uniformes atávicos (el consabido traje típico o nacional), como los que llevan esas comitivas de cuatro atletas de un país africano, descalzos, con túnicas estridentes, el abanderado con taparrabos, lanza y hueso del enemigo en la nariz. Por eso, antes que lo esencial patrio hubiera preferido para nuestros chicos/as (que nadie se ofenda) un homenaje sentido a la vida de provincias, por ejemplo, un traje tradicional de Teruel en rojo y negro, con jubón, falda adamascada, pasamanería y puntillas. Ya veremos cuantas medallas consiguen (hoy han ligado la primera de plata, con más alivio para todos que la subida de la bolsa).   
El leit motiv del evento fue un recorrido entre apolíneo y dionisíaco por la cultura inglesa (lo mejor, 007 al servicio de su Majestad, lo peor, un Paul McCartney en fase terminal). Aunque se les olvidó repasar, pongo por caso, la colonización de la India, la Guerra de las Malvinas, la intervención en Irak y la ocupación de Gibraltar… Portaron la bandera olímpica, entre otros, Ban Ki Moon, secretario general de Naciones Unidas, la brasileña Marina Silva y el gran pianista y director argentino Daniel Barenboim, este último seguramente horrorizado por la interminable cencerrada a cargo  de “bandas de leyenda” como los Rolling Stones, The Who, Queen o Sex Pistols; lo siento pero tampoco los soportaba con quince años. ¿Vimos el espectro de Cassius Clay? El honor del último relevo, antes de traspasar el estadio la llama de Olimpia (¡pobre Grecia esquilmada por los bárbaros!), correspondió a un distinguido David Beckham que llegó en lancha rápida, aunque no en calzoncillos como anunció por la mañana The Sun. El encendido del pebetero, símbolo del orgasmo universal, fue novedoso, evidente y muy celebrado. Siete jóvenes a la vez llevaron el fuego sagrado hasta el centro del universo. La pregunta del millón era si el último sería hombre o mujer, blanco o negro, rubio o moreno, porque los ingleses, ya se sabe… Pero vean el final en el video de Youtube, no les defraudará la solución que dieron para quedar bien con todos y salirse con la suya. 
------------------------------------------------------------------------------
Altius, citius, fortius. Han comenzado las competiciones y con ellas el drama de la selección natural. La cruz. Se acabaron la fraternidad y los abrazos. Renace la guerra entre naciones y las miserias de la alta competición. La primera, la medicina deportiva, el auténtico protagonista del mal entre bambalinas. La segunda, sus secuelas: el cielo y el infierno, sonrisas y lágrimas, vencedores y vencidos. El perdedor da la mano al rival tras escupirse en la palma. ¡Que se jodan! (frase parlamentaria de la derecha dedicada a los parados).
En actitud contemplativa, tal que así en el sofá, contemplaba por la tarde la competición femenina de halterofilia en la modalidad de dos tiempos. Según parece, la competición femenina no entró hasta los Juegos de Sídney 2000. Una levantadora china sale al tapete o como se llame. Las torneadas curvas de la mujer convertidas en masa muscular. Evito los matices. Su cuerpo envuelto en fajas, rodilleras, muñequeras y otras vendas protectoras. No puedo entender como no se rompen por dentro mientras yo estoy dos meses con dolor de espalda por subir la compra a casa. Saluda al estilo oriental. Se embadurna las manos con polvo blanco. Suena el avisillo electrónico. Levanta a pulso la barra hasta los hombros, perfecto; parada y fonda; prosigue la subida de la mole para colocarla encima de la cabeza, instantes tensos… pero su cuerpo, no su alma, se niega en redondo. Vencida por la debilidad de la carne, unos brazos que no son suyos dejan caer a plomo la barra que rebota en el suelo. Murmullos de decepción. Se retira con la desdicha en el rostro. Y ahora viene lo peor: su gruesa entrenadora, una mujerona de rasgos oblicuos y llameantes, la fulmina con la mirada, la coge del brazo, la gruñe con saña y la aparta a empujones… Por lo menos, en los países democráticos la bronca se echa en privado. Se acabaron los colegios caros, las instalaciones de élite, las muñecas de marfil. Años de esfuerzo perdidos, de nada valen los entrenos feroces, las comidas de plástico, la obediencia ciega, la renuncia a la vida familiar y social. Su persona ya no sirve a los fines del Estado. Vaporizada. Flores y sedas para tapar montones de basura. Triste destino. Al menos los futbolistas, cubiertos de oro, hacen lo que les da la gana.

viernes, 27 de julio de 2012

La fe ciega


Servicio religioso ortodoxo, misa dominical obligatoria para los reclusos en la capilla de una penitenciaria zarista…

León Tolstói, Resurrección (1899)

A ninguno de los presentes se le había ocurrido pensar que aquel mismo Jesús cuyo nombre había pronunciado el sacerdote infinitas veces, acompañándolo de extrañas palabras de alabanza, había prohibido precisamente lo que se hacía en aquel momento. No sólo había prohibido esa absurda locuacidad y esas brujerías sacrílegas con el pan y el vino, sino también que unos seres llamaran maestros a otros y que se rezara en los templos. Había ordenado que cada cual lo hiciera aisladamente, diciendo que los templos no debían existir, que había venido a destruirlos porque sólo se debía rezar en espíritu y en verdad. Había prohibido que se juzgara, encarcelara, atormentara, humillara y castigara a los hombres, como se hacía allí en aquel momento, y había dicho que había venido a libertar a los presos e impedir toda violencia sobre los seres humanos.

A ninguno de los presentes se le había ocurrido pensar que todo lo que se llevaba a cabo en aquel lugar era un grandísimo sacrilegio y un escarnio al mismo Cristo en cuyo nombre se hacía. Nadie había pensado que la cruz dorada con adornos de esmalte que el sacerdote daba a besar a los presentes era la imagen del cadalso en que ajusticiaron a Cristo, precisamente porque había prohibido que se hiciera en su nombre lo que en aquel momento hacían en la capilla.

Nadie había pensado que los sacerdotes, que se imaginan comer el cuerpo y beber la sangre de Cristo en forma de pan y vino, lo hacen así, en efecto, pero no en aquella forma que consistió en poner a prueba a aquellos pocos con quien Cristo se identificó al privarlos del mayor bien y al someterles a los tormentos más crueles, ocultándoles la noticia del bien que les traía.

El sacerdote llevaba a cabo todo esto con la conciencia tranquila porque desde su infancia se le había inculcado que ésa era la verdad en la que habían creído los hombres santos de generaciones anteriores y en la que creían las jerarquías eclesiásticas y civiles. No creía que el pan se convirtiese en cuerpo de Nuestro Señor, ni que fuese edificante para el alma pronunciar ciertas palabras –no se puede creer en eso-, sino que era preciso tener fe en esa creencia. (…)

Por tanto, cantaba o leía las oraciones con calma y seguridad, persuadido de que aquello era indispensable, lo mismo que la gente comerciaba con leña, harina o patatas. El director de la cárcel y los guardianes nunca habían reflexionado sobre los dogmas religiosos, ni sabían lo que significaba lo que se hacía en la capilla, pero estaban convencidos de que era preciso creer porque creían en la superioridad del zar y su persona. Además, tenían una vaga conciencia de que esa religión justificaba el desempeño de sus funciones crueles. De no existir, les hubiera sido más difícil, o tal vez imposible, emplear sus fuerzas en atormentar a los hombres, lo que hacían así con la conciencia tranquila.

La mayoría de los presos –a excepción de algunos que se daban cuenta del engaño y en el fondo de su alma se reían de esa religión- pensaban que los iconos dorados, los cirios, las custodias, las casullas, las cruces y las palabras que se repetían tantas veces: “Dulce Jesús”, “Apiádate de nosotros”, encerraban una fuerza misteriosa por medio de la cual se podía adquirir una gran confortación en esta vida y en la futura. Aunque casi todos había pasado por la experiencia de pretender obtenerla por medio de rezos, misas y cirios, y no lo habían conseguido pues sus plegarias no habían sido escuchadas, estaban firmemente convencidos de que su fracaso era casual y de que esa institución, aprobada por hombres sabios y por metropolitanos, es muy importante e imprescindible, sino para esta vida, al menos para la futura.  
 
La novela fue censurada y no se editó completa en Rusia hasta 1936. En España hubo que esperar muchos años más para leer la versión íntegra.