Lo
bonito y atractivo gusta, de ahí que lo bello y lo bonito se hallen tan
expuestos al peligro de ser devorados o explotados miserablemente.
Robert Walser,
“Jakob Von Gunten
En los años severos de la posguerra el ethos
dominante sobre lo que la sociedad española entendía por sexualidad era la
doctrina oficial de la Iglesia católica sacada de las sesudas reflexiones sobre
los principios de la ley moral de Tomás de Aquino (el primero de los católicos
más perspicaces junto con Chesterton, José Bono y Juan Manuel de Prada). Según
el teólogo medieval el fin primario de la conjunción de los sexos, aquella
actividad que nos iguala a las bestias (sic), es la procreación y la
educación de los hijos dentro de la familia, y el fin secundario, la
satisfacción de la concupiscencia. La síntesis del instinto parental, la
filiación y la pulsión sexual dio lugar a sombrías leyendas sobre sábanas
moradas que cubrían las imágenes santas antes del obligado ayuntamiento conyugal
o sobre camisones carmelitanos que se arrastraban por el suelo con ojales estratégicos.
Volvamos con los jóvenes. En los años setenta algo cambió.
Tenía fama por entonces la “fila de los mancos”, es decir, la última bancada de
los cines donde las animosas parejas trataban de dar licencia a sus pasiones. Un
modesto viaje a Citera interrumpido por los siseos y las linternas cuando los trances amorosos subían de tono. El paradigma de esta sexualidad emergente fue el
célebre caso del cipote de Archidona a principios de los setenta (que
no me resisto a evocar) al que Camilo José Cela puso letra y música para darle
el épico nombre de insólita y gloriosa hazaña. Dos novios de ese
amable pueblo de la provincia de Málaga asistían a la consabida sesión de tarde
en la que se anunciaba un anodino musical. Quizás por el hábito o por la
búsqueda de sensaciones más intensas (dudo mucho que por la trama de la cinta),
en un instante luminoso los jóvenes subieron el listón de sus tiernos
tocamientos. A la joven se le fue la mano y el joven se dejó hacer mientras admiraba el virtuosismo de Ginger Rogers. El resultado natural
de tan deleitoso lance fue un éxtasis amoroso que solo puede ser descrito con
justeza mediante el primer cuarteto de El ciprés de Silos, el bello
soneto de Gerardo Diego.
Enhiesto surtidor de sombra y sueño
Que acongojas al cielo con tu lanza.
Chorro que a las estrellas casi alcanza
Devanado a sí mismo en loco empeño.
La savia del mozo garrido se
derramó abundante sobre las dos filas delanteras, y ante tal lluvia de oro es
fácil imaginar el tumulto que se armó: los juramentos e imprecaciones de los
directamente afectados, las burlas y remoquetes de las filas de secano, las risotadas
del patio de butacas al percatarse del caso. Los novietes, corridos de
vergüenza, salieron al galope por el pasillo lateral, abochornada ella por ser
el móvil del delito y él subiéndose todavía los pantalones. Pasamos por
alto las estúpidas denuncias de algunos implicados, demasiado susceptibles por
algo que le puede pasar a cualquiera, y finalizamos el divertido episodio con
las nupcias felices de la pareja como mandan los cánones y las indulgencias
plenarias del pueblo.
Por los ochenta se produjo otro salto cualitativo en
los usos y costumbres de los jóvenes que debe ser tenido por confirmación de la
idea de progreso. Ahora, las parejas de tórtolos huían de los sofocantes cines
para refugiarse en los coches. Nada de hoteluchos de tercera; en cuanto el
encargado de recepción se olía la tostada los ponía de patitas en la calle.
Tampoco se podían permitir los exclusivos hoteles de paso para parejas
anónimas. Con el auto de papá, sin embargo, podían desplazarse a los
parajes más ocultos de la jungla del asfalto: las callejuelas del arrabal sin
farolas (o rotas a pedradas), el aparcamiento del supermercado en las afueras, demasiado
concurrido a las doce de la noche, el calvero abierto entre los chopos, el
camino solitario que se aleja de la carretera nacional. Un renovado Kama
Sutra dentro del seiscientos. Por ejemplo: en los asientos delanteros,
uno frente al otro o uno detrás del otro; en los asientos traseros, uno encima
del otro con las ventanas abiertas para poder sacar las piernas o el clásico 69
convertido por falta de espacio en un humilde 33. El problema de estos
encuentros es que la mayoría de las veces respondía al patrón desenfrenado del
“aquí te pillo, aquí te mato”, sin ningún tipo de embarazosas precauciones o
simplemente dejándolas de lado porque, en el fondo, el amor es un deporte de
riesgo. A esto se añade el universal biológico de que las muchachas en flor se
quedan encinta con sólo mirarlas. La conclusión necesaria de este silogismo
práctico es que los embarazos no deseados brotaban como las flores de los
almendros en primavera.
Con el nuevo siglo el efecto 2000 afectó sobre todo a
la visión de la sexualidad en los jóvenes. Un ejemplo significativo es una
parte de la entrevista que le hice como profesor de ética a una alumna de
Segundo de Bachillerato para la revista del instituto que al final no se
publicó por la censura conjunta del Departamento de Orientación, la Asociación
de Padres y el ceño fruncido de la Junta Directiva (que respiró con alivio).
P. ¿Crees que tu grado o nivel de información sobre la sexualidad es completo y adecuado o más bien pobre e insuficiente?
A. Para mi edad creo que no está mal. Pero siempre se puede mejorar. Si hicieras el amor la mitad que yo serías feliz. Es broma. Estoy abierta a todo. Bueno, a casi todo.
P. Recuerdas
tu primeras experiencias sexuales, si es que no es una pregunta indiscreta.
A. Lo es,
pero no me importa responder. En las vacaciones de verano en el chalet de mis
abuelos nos lo pasábamos pipa con los amigos jugando a las prendas y al
escondite. Tenía un morbo alucinante. Eso sí, si alguien se iba de la lengua podías
prepara las maletas.
P. ¿En tu opinión qué es el erotismo?
A. Lo mismo que la sexualidad. Una sexualidad sin erotismo como la de nuestros abuelos es un martirio chino. Por cierto, ya que no me lo preguntas te diré que el erotismo sin sexualidad compartida está muy bien pero hay planes mejores .
P. ¿Es lo
mismo el amor y la sexualidad?
A. No siempre. Supongo que eso vale para los novios y recién casados. Pero puede haber sexo sin amor y amor sin sexo aunque por un tiempo limitado; si se contenta con largar el rollo una retirada a tiempo es una victoria. Recuerdo una peli que alquiló mi hermano en el cine club que se titulaba ¿Por qué lo llaman amor cuando quieren decir sexo?
P. ¿Qué
piensas de las relaciones prematrimoniales?
A. Pienso que para algo se inventaron los preservativos. A no ser que seas supercatólico es lo que hace todo el mundo. Ligarte a un chico para besarse en el sofá o meterse mano con el abrigo puesto está bien para una tarde, dos como mucho. Después, o cambias de tercio o cambias de novio.
P. ¿Crees que
los rasgos o características de la sexualidad masculina y femenina son
distintos?
A. No entiendo bien la pregunta. Suena a cantada del siglo pasado. Físicamente son evidentes. Mentalmente, habría que preguntarles a los expertos: no lo sé. Me da la impresión de que son muy parecidas. Creo que se ha escrito mucho sobre el “misterio de la mujer” y otras chorradas. Cada cual a su manera pretende hacer feliz al otro y se acabó lo que se daba.
P. ¿Qué opinas
de la siguiente frase: “El fin primario de la sexualidad es la procreación
y la educación de los hijos, y el secundario, la satisfacción de la
concupiscencia”.
A. Déjame que mire en el móvil qué quiere decir “concupiscencia”. ¡Ah, ya veo! ¿Quién dijo eso? ¿Es una broma, no?

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