Hay muchas
maneras de comprender la historia: la providencialista que la concibe como el
plan diseñado por una voluntad omnisciente; la positivista, una formidable
sucesión de hechos encadenados; la personalista, resultado de las decisiones de
los grandes personajes; la necesitaria, el desarrollo de las civilizaciones se
ajusta a leyes o ciclos establecidos; la economicista, los hechos, las
acciones, las ideas son la consecuencia de los modos de producción y las
fuerzas productivas… La historia no es una ciencia humana en sentido estricto, más
bien se sitúa en el ámbito epistemológico de las humanidades.
Tanto en el Bachillerato como en la Universidad la asignatura que más se me atragantaba era la historia. Coleccioné los veinticuatro tomos de la excelente, según los expertos, Historia Universal de Salvat pero nunca los consulté con interés, la mayoría ni los he abierto. La interpretación de la historia que más me interesa es la menos “rigurosa”, la intrahistoria. Puesto que cualquier método de la historia es dudoso, es preferible elegir una versión narrativa, novelesca, directamente relacionada con la literatura y el trasiego de personajes. He aprendido la europea en Las memorias de ultratumba, la francesa en la trilogía de Los tres mosqueteros, la italiana en El gatopardo y en Las Memorias de Casanova, la rusa en Guerra y Paz, la inglesa en La feria de las vanidades, la española en Las memorias de un hombre de acción de Baroja y, sobre todo, en Los episodios nacionales del más grande escritor español después de Cervantes: Don Benito Pérez Galdós. La ópera, el cine y la leyenda también han contribuido a mi peculiar y limitada formación histórica.
La
historia objetiva es una causa perdida. Es imposible
recuperar el significado preciso (ni siquiera aproximado) de los acontecimientos de la historia como
muestran las aporías del sentido que tanto interesaban a Gilles Deleuze:
¿Se puede recuperar lo que pensaba y sentía el hoplita ateniense cuando en
la batalla de Maratón avanzaba hacia el enemigo persa con el escudo dispuesto y
la lanza en posición de combate?
¿Podemos reconstruir la fe del monje benedictino del siglo VI que vivía en
el Monasterio de Montecassino cuando acudía a maitines al alba o labraba la
tierra en el huerto otoñal?
¿Qué significaban para nuestras bisabuelas las hornacinas en la pared del
pasillo, la rejería y los tiestos en los balcones, los fogones de carbón de la
cocina, los colchones de lana o los orinales de loza debajo del lecho?
¿Qué pasa por la cabeza de los alumnos actuales cuando consideran que lo
normal es aprobar sin condiciones, hablar sin disimulo cuando el profesor
expone un tema o recibir una ruidosa llamada de teléfono en medio de la clase con
una melodía de Bud Bunny?
La imposibilidad de la comprensión empática no es un
fenómeno exclusivamente histórico. Decía Ortega, copiando a Dilthey, que estamos ubicados necesariamente en un
rincón determinado de la historia. La vida del día a día está impregnada del
arduo tejido del tiempo. Somos herederos, sabedores o ignorantes, de las
circunstancias que gravitan sobre las sucesivas generaciones. La razón vital,
el ahí de la vida, es siempre razón histórica. Tengo detrás de mí la generación
de mis abuelos y mis padres; delante la de mis hijos y mis nietos. Me gusta imaginarme
como un curiosos personaje intrahistórico instalado en un presente que intento descifrar.
Es una necesidad biológica, no intelectual, el alejamiento del sentido de la
familia, la sexualidad, la economía, la política, la religión, la ética, el
derecho, la educación, el trabajo, el ocio, el deporte…
Hegel: Cuando la filosofía pinta con sus tonos grises el claroscuro, una figura de la vida ha envejecido sin que sea posible rejuvenecer sus penumbras, tan sólo reconocerlas; el búho de Minerva siempre remonta su vuelo en el ocaso.

No hay comentarios:
Publicar un comentario