domingo, 28 de junio de 2026

El caso de Julián

Si Julián Álvarez, el conocido y nunca bien ponderado delantero del Atlético de Madrid, hubiese fichado por alguno de los grandes clubes ingleses o quizás francés por una considerable cantidad de millones la noticia hubiese sido primera portada de la prensa gremial y pasto de las tertulias futboleras durante más o menos una semana para luego perder interés como agua pasada que no mueve molino. Pero ha sido el caso que los dos grandes del fútbol nacional se han empeñado en hacerse con los servicios del jugador por motivos bien distintos. El Barça, tras anunciar la salida de Robert Lewandowski al acabar la temporada ha dejado vacante el puesto y sin un candidato firme de la Masia; el elegido ha sido Julián cuyo representante y entorno (con su silencio cómplice hasta hace unos días) llevan dando la murga con su seguro fichaje desde la temporada pasada. Por su parte, Florentino apuntaló la renovación de su candidatura a la presidencia con la promesa de ofrecer ciento cincuenta millones por un galáctico que resultó ser nada menos que el susodicho. Según fuentes oficiosas rojiblancas el Barça hizo una oferta ridícula: menos de ochenta millones más algún descarte (que por otra parte se negó al acuerdo) a pagar en cómodos plazos. Por su parte, el Madrid, una vez que Florentino ganó por goleada las elecciones mareó la perdiz de la millonada que en el fondo no iba en serio y chanzas aparte los nuevos propietarios del Atlético la ignoraron. La dirección del Real Madrid, una vez conseguido su propósito, la retiró con alivio al día siguiente. En conclusión, el caso Julián tiene toda la pinta de convertirse en el culebrón del verano.

Lleva razón el simpático y dicharachero Enrique Cerezo cuando dijo literalmente que los jugadores, afortunadamente para ellos, juegan donde quieren jugar. Cabe añadir que en el fútbol profesional hay jugadores que legítimamente quieren progresar en lo deportivo y en lo económico y otros que además quieren al club de sus amores. Lo último no es el caso de Julián. Se han filtrado ciertos bulos sobre sus desavenencias con Simeone a pesar de que ha sido su mayor defensor. Es más probable que influyera en su decisión, expresada en el momento más inoportuno, su decepción por la falta de nivel y los resultados de una plantilla que en su momento generó unas altas expectativas. Según cuenta cierta prensa interesada, desde su más tierna infancia Julián siempre habló de su sueño de jugar en un gran club como el Barcelona… No hay que descartar una nueva versión del caso Griezmann. Fuera del Atleti hace mucho frío.

Obviamente toca gestionar lo mejor posible la salida de la piedra angular sobre la que Apollo Sports y el director deportivo Mateu Alemany pretendían construir un ambicioso proyecto. A mi modo de entender, lo primero que conviene al Atlético es no pinchar la burbuja. Julián Álvarez no vale cien y más millones. Es un buen jugador, pero su trayectoria no lo convierte en uno de los delanteros top que justifique el desembolso de esa cifra. La última temporada ha sido decepcionante (si ha influido la constante intromisión del Barça es algo que sólo podemos conjeturar): el penalti fallado en la tanda de la final de la Copa del Rey, su bajo rendimiento en las grandes citas nacionales e internacionales, sus veinte goles en todas las competiciones. Eso sin contar el historial de lesiones (treinta y ocho días de baja y seis partidos perdidos). Tampoco hay que olvidar la patada al césped antes que al balón en el penalti de los cuartos de final de la Champions de la temporada pasada. Lo segundo que conviene al Atlético es mantener abierta la oferta a los clubes que lo pretenden contratar. Los dopados financieramente manejan presupuestos que les permiten realizar fichajes estelares y pagar sueldos fuera del alcance de la mayoría. Si alguno de los interesados ponen encima de la mesa más de cien millones (mejor al contado) lo mejor es envolver a Julián en papel de celofán y transferirlo cuanto antes. No hay que olvidar que el jugador es un importante activo del club y que su cláusula de rescisión es de quinientos millones de euros. 

miércoles, 17 de junio de 2026

El veraneo

 

Es obvio que no son lo mismo las vacaciones que el veraneo. Sobre todo si tenemos en cuenta que aproximadamente uno de cada tres españoles (un 33,4%) carece de capacidad adquisitiva para permitirse una semana al año.

El veraneo es una institución social. Hace tiempo, una reputada consejera de la Comunidad de Madrid afirmó que “tomarse las vacaciones anuales no era algo obligatorio sino voluntario”. Una evidencia plana, aunque una lectura más sutil apunta a una defensa velada de ciertas patologías profesionales como la adicción al trabajo o la ilusión de que formas parte de un destino compartido con la empresa, todo sazonado con reuniones continuas por si a algún recién llegado con hambre de movilidad se le escapa una ocurrencia aprovechable. En realidad quienes deciden son los socios del último piso. La tautología también apunta a un elogio de la productividad en tiempos de recortes, salarios cicateros y jornadas interminables como valor supremo de la democracia liberal. 

Pero volvamos al tema: puedes veranear en tu casa tan ricamente, con hamaca, ventilador y botijo. Cuando cae la tarde, planazo: terracita y helado de tres bolas, tertulia de madrugada con tus compadres, gin-tonic y a vivir que son dos días. O a la inversa: los que mienten, los que consideran que los miran (y se miran) por encima del hombro si se enteran de que se han quedado un mes en dique seco. El relato: me voy la segunda quincena de septiembre a Formentera; sí, hemos estado en Gandía una semana; tal día salimos para Italia… Después de todo vivimos en la civilización de la imagen, de la interacción narcisista (eres lo que aparentas), de la importancia de los roles dominantes y la división social del trabajo. Los veraneantes “pata negra” de las grandes ciudades inundan la carretera el día de la operación salida al volante de sus imponentes todoterrenos marcando estatus. Es posible que tengan un segundo coche utilitario o una moto para circular por la ciudad; si no es así, ya me contarán lo que pinta un cuatro por cuatro de más de cinco metros intentando aparcar en la calle madrileña de Tutor, pongo por caso.     

Obviamente hay diversas formas de veraneo. El veraneo en la segunda casa (sea un chalet con piscina y pádel o la casa del pueblo con gallinero y cuadra), el itinerante de hotel o parador, casa rural o guarida cutre. Dentro de este último hay que incluir a los que llevan la casa a cuestas, a la zíngara, del tipo autocaravana, azote de autovías, y los que plantan su tienda de campaña en un camping a orillas de un embalse rodeado de pinares, con pueblo cerca y club náutico si no ha sido año de sequía; los fines de semana la cola del embalse está llena de bañistas con tortilla, radio sonorosa, colillas por doquier, colchones enormes en el agua y bolsas de basura abandonadas. Otro prefieren un refugio de montaña con pozas transparentes y un río truchero de aguas gélidas donde te comen los tábanos y es heroico bañarse.

Hay muchas variantes de segunda casa: por ejemplo los cruceros masivos en ciudades trasatlánticos con fiestas, atracciones, piscinas, tenis, golf con bolas al mar, parada de una tarde en los puertos de interés en los que te encuentras a tu jefe de la mano de una señora que nos es la suya y sobre todo engullir y beber a bordo. Guerra sin cuartel al aburrimiento. Sexo y aventura con la parienta. Más de una crisis conyugal irreparable se ha cocido en estos viajes. En una semana puedes echarle más de cinco quilos a tu cuerpo pinturero. El precio de salida es razonable pero en alta mar todo son extras y finalmente te cuesta el doble de la tarifa acordada. También hay cruceros fluviales; el más conocido es el que remonta el Nilo desde Abu Simbel hasta la necrópolis de Giza cerca de El Cairo; es el favorito de los universitarios para su viaje de fin de carrera: barcos veteranos, disfraces nocturnos de momias, colitis general y monumentos anónimos envueltos en resaca. El desierto no es el mejor sitio para pasarla. Una amiga de posibles se embarca hoy en una travesía que recorre el Danubio desde Budapest hasta su desembocadura en el Mar Negro. Gentes y lugares. Precios prohibitivos. Lo bueno, si caro, dos veces bueno.

El veraneo, como todo en esta vida, decía Ortega, empieza a cobrar transparencia ante la razón histórica. Por ejemplo, las vacaciones de los años sesenta cuando a primeros de julio la señora de Robles partía rumbo a la casa de los abuelos maternos con sus cinco hijos. El marido, interventor de un conocido banco, los acompañaba hasta la estación del Norte y cuando el tren se convertía en una tenue columna de humo, él se transformaba en el consabido “Rodríguez”, mera leyenda urbana, tópico desgastado por el cine español del franquismo, salidas nocturnas a Chicote, cócteles exóticos y salones de bellezas; o los devaneos imaginarios del susodicho con la vecina del quinto, hasta que el homo solitarius se tomaba vacaciones en agosto con visitas obligadas de fin de semana a la aldea perdida con los suegros. El resto de la familia volvía a la capital a finales de Septiembre para preparar el comienzo del curso de sus retoños, desde el parvulario a la Facultad. Los universitarios, incluso los bachilleres actuales tienen planes propios.

Las vacaciones a la española quedaron reflejadas en las inolvidables viñetas de Forges, las del tímeme por favor en los restaurantes arroceros de la costa o las machistas del conocí a Purita, mi futura, en la verbena tras potarle encima dos litros de Jumilla cuando bailábamos el gato montés… Episodios nacionales con mucha intrahistoria.

Hoy las vacaciones no son sinónimo de veraneo. Se viaja en cualquier época del año. Los tres meses de la familia de los Robles se han convertido en unas vacaciones fragmentadas en períodos de tiempo menores, desde cuatro días en salidas a países europeos, una semana si cruzas el Atlántico y diez o doce días si se trata de “viajes mayores”, por ejemplo China, Japón o incluso Australia. Cualquier estación tiene sus encantos, muchos monumentos hay que verlos con bruma invernal o las calles nevadas; la luz primaveral es esencial para contemplar las vidrieras de la catedral de León, las mejores vistas del Gran Canal son otoñales y el solsticio de verano en junio es el momento propicio para las Noches Blancas de San Petersburgo; sin contar con que cuando en un hemisferio es invierno en el otro es verano o que en los países tropicales la temperatura es uniforme durante todo el año. Cuba, Varadero, Santo Domingo… en general, el Caribe (¡cuidado con los huracanes, el sida y los secuestros exprés!). Además los precios son más que asequibles en temporada baja. ¡Atentos a las ofertas turísticas en internet que no puedes rechazar, te pueden salir muy caras!

viernes, 12 de junio de 2026

El papado

El Vaticano no está en Roma sino al revés. Roma es uno de los vastos dominios pontificios y una extensión de la autoridad espiritual de la Santa Sede. Es el Vaticano quien ha concedido el derecho de extraterritorialidad a la Ciudad Eterna. Vamos del Vaticano a Roma. Es preciso recorrer en sentido inverso la Via della Conciliazione para entender donde estamos. Un ejemplo entre mil: El Coliseo se salvó de la demolición gracias a que el Papa Benedicto XIV lo declaró en 1749 lugar sagrado en memoria de los mártires cristianos ejecutados en la arena. Actualmente es parada tradicional del Papa en el Via Crucis del Viernes Santo (para que no se olvide lo que les pasó a los cristianos y al Coliseo). En Roma hay más de novecientas iglesias católicas: pequeñas capillas de barrio, oratorios privados y santuarios, sesenta y cuatro basílicas menores y cuatro grandes basílicas papales. Es la ciudad con mayor concentración de templos del mundo. 

La fila para entrar a la Basílica de San Pedro, el mayor templo de la cristiandad, es tolerable. Su pórtico está siempre abierto a los millares de almas que acuden a diario. Sin esa generosidad (la entrada es gratuita) sería imposible traspasar las cinco puertas de bronce. Antes o después tendrán que limitar el acceso por razones de conservación. Lo primero que te encuentras dentro es una abigarrada marea humana que tiene don de lenguas. Sólo cuando te acercas al altar mayor te mueves con menos agobios. En el transepto derecho, junto al altar papal y el baldaquino hay numerosos confesionarios donde puedes redimir tus pecados en quince idiomas. Cada confesionario pertenece a una orden religiosa. Curas y monjas de todas las órdenes y profesiones deambulan como Pedro por su casa. Expresión del pluralismo doctrinal de la Iglesia Católica.

Su interior es inabarcable; evoca la teocracia y el poder absoluto del papado. La escala grandiosa del edificio, el horror al vacío del Barroco, la cúpula, el baldaquino de bronce, las estatuas con mitra y báculo, la cripta con las tumbas de 91 pontífices, un tercio de los Papas de la historia, los tesoros de la cámara, las reliquias, todo concluye en una verdad intramuros: primero el Papa, después la Curia Romana, luego el Espíritu Santo, la Virgen, los santos y la cristiandad. La tradición, la jerarquía y las encíclicas sustituyen a los Evangelios.

Durante mi visita, una parte de la nave central permanecía cerrada con vallas de separación y alfombra roja; al rato la recorrieron a paso ligero y mirada al frente cuatro cardenales y su séquito de clero subalterno. Comprendí a quiénes esperaban los mercedes negros aparcados ante la escalinata de la Basílica con chófer y bandera de la Ciudad del Vaticano. Aproveché la desbandada de curiosos para contemplar sin empujones la incomparable Pietà. Las conocidas inscripciones grabadas en la base de la cúpula pueden resumirse en un mensaje: lo que sea atado en la tierra no sea desatado en el cielo.

El propio Nietzsche en El anticristo reconoce su admiración por la iglesia de Roma: su ostentación, su exterioridad, su gusto por el lujo y el ornamento, su sentido aristocrático, su amor por el gran arte. Las invectivas van contra el luteranismo, una religión de la oscura experiencia interior, del evangelio y la predestinación, de los valores contrarios a la vida, de la decadencia espiritual y el triunfo del nihilismo. Un ateo podría decir con fervor al levantar la vista a la cúpula de San Pedro: no creo en la religión verdadera y aún menos en las falsas.

Los museos vaticanos. Casi dos horas de cola. Si no has reservado la entrada o no vas con un grupo organizado te toca bordear la parte norte de las murallas hasta la única puerta de entrada en Viale Vaticano 165, Roma. Lucía un sol picante de primavera: una legión multirracial intenta venderte gorras y sombreros. De pronto llueve, un chubasco pasajero: los mismos ahora cargados de paraguas. Compré uno por tres euros (me pedía seis) y no llegó sano a la entrada. Manteros con recuerdos, quincalla y otras menudencias. Cuando aparecen los carabinieri los mercaderes del templo se esfuman como por ensalmo.

Al acceder a las estancias recordé una cita de Chateaubriand: Me pierdo por los museos de este Vaticano con once mil cámaras y dieciocho mil ventanas. ¡Qué soledad la de estas obras de arte! Se convierten en objetos sin vida para ser fotografiados. El peregrino se transforma en alguien que observa el mundo a través de un móvil, en parte por los recuerdos y mensajes, aunque hay mejores imágenes en los libros de la tienda oficial (excelentes). En la mayoría de los casos son un remedio contra el tedio errante y el exceso de información.

La arquitectura de los palacios te invita a recorrer todas las salas. Una visión completa del museo llevaría semanas. Estuvimos una mañana entera. Tres maravillas: Fortuna detenida por el amor de Guido Reni (Sala XII de la Pinacoteca), Apolo de Belvedere (Patio Octógono) y la Galería de los mapas. Pero sobre todo la Capilla Sixtina, la obra de arte más hermosa que han contemplado los siglos. Su belleza trascendente es el mejor prueba de la existencia de Dios. Como es sabido allí se encierran con llave los miembros del Colegio Cardenalicio para elegir al nuevo Papa. Extra omnes, la fórmula solemne pronunciada por el Maestro de las Celebraciones Pontificias antes de que comiencen las consultas y votaciones que culminarán con la fumata blanca inspirada por el Espíritu Santo. Annuntio vobis gaudium magnum: Habemus Papam.

P.D. Acaso estas líneas ayuden a comprender mejor el significado de los fastos de la visita apostólica del Papa León XIV a España. 

jueves, 4 de junio de 2026

Pueblos sin historia. Segunda parte

 

(Continuación del guion de la conferencia prevista del Doctor Carlos Abengoa).

El ejemplo más notable del racionalismo en antropología cultural es Lévi-Strauss. Mientras que las principales corrientes (evolucionismo, difusionismo, funcionalismo) se han ocupado de estudiar las manifestaciones particulares de las distintas sociedades, de señalar sus semejanzas y diferencias, lo que pretende la antropología estructural (título de la obra donde expone el método) es descubrir las estructuras profundas e invariables de las instituciones de cualquier cultura. El principal supuesto del estructuralismo es la oposición entre hechos sociales (cultura) y sistemas subyacentes (estructura). Más allá de las normas culturales y de las formas de organización social que varían de unos pueblos a otros hay unas estructuras comunes que tienen su origen en la organización psicológica, lógica y epistemológica de la mente humana. Levi Strauss investigó las estructuras elementales del parentesco, los sistemas de clasificación del pensamiento salvaje y las reglas inmutables de los mitos. 

Lo contrario de las especulaciones racionalistas del estructuralismo es el denominado “empirismo antropológico” cuya referencia más controvertida es el clásico de Nigel Barley –doctor por la Universidad de Oxford- titulado El antropólogo inocente. Notas desde una choza de barro (1989). El libro fue mal visto por sus expertos colegas, quizás porque lo consideraron demasiado ligero y chispeante, por su proximidad excesiva a los libros de viajes (en mi opinión, su mayor encanto) y también por la acumulación de materiales etnográficos dispersos sobre el pueblo dowayo (o namchi), una comunidad de unas 18.000 personas que vive en las montañas alrededor de la ciudad de Poli, en el norte de Camerún. El libro de Barley es divertido y ameno; desde la narración inicial de la odisea burocrática del autor para obtener el visado de entrada hasta el laberinto interminable que tuvo que superar para volver a Inglaterra, enfermo y en los huesos, pero encendido por la fascinación de África y el deseo, convertido en destino, de reanudar sus inaplazables trabajos (algo que realizó y publicó en un segundo libro). A lo largo de sus páginas no aparecen por ninguna parte estructuras subyacentes, esquemas inextricables o hipótesis sobre un inconsciente colectivo. Al contrario, están pobladas de individualidades, de variopintos personajes cuyos hilos se mueven con una vida propia imposible de sistematizar. Destacan convertidos en personajes de novela el estrafalario jefe Zuuldibo, un hombre pragmático, astuto y con gran sentido del humor; o el viejo brujo Kpau, el atrabiliario “jefe de la lluvia” representante de la magia, el animismo, las tradiciones ancestrales y la resistencia de las creencias locales a la cultural occidental; o el misionero Herbert Brown, afectado por el sol de los trópicos, sin identidad cultural y dotado de un curioso don de lenguas. Asimismo, el subprefecto camerunés, funcionario de una compleja maquinaria burocrática a menudo corrupta o cómica que crea problemas donde no los hay. O el ayudante-traductor dowayo, imprescindible para el trabajo de campo de Barley, aunque las barreras del idioma generan constantes y sabrosos malentendidos. La obra es un recorrido completo por todos los aspectos de la comunidad dowaya, la comida, la sexualidad, la vivienda, el trabajo, la ciudad, la lluvia, las fiestas estacionales… No me resisto a reproducir un jugoso fragmento en el que se describe un episodio de la vida política. 

Varios viajeros me dijeron que el mijo de mi “verdadero cultivador” no estaba listo todavía para ser cortado, de modo que pude dedicarme a contemplar la última distracción, unas elecciones. El sous-préfect, representante del gobierno camerunés, había convocado a todos los aldeanos en un lugar a una hora determinada para hablarles de ese tema y del importante problema de la jefatura de las tribus. Cuando llegó el momento no se presentó y los dejó a todos plantados debajo de los árboles durante dos días, transcurridos los cuales regresaron a los campos y cultivos. Varios días después apareció por la aldea dowaya un goumier. Estos desagradables personajes son exsoldados utilizados por el gobierno central para cerciorarse de la obediencia de las aldeas perdidas que no pueden ser vigiladas por los gendarmes. Se instalan en ellas durante largos períodos y viven a costa de sus anfitriones, a quienes además obligan a hacer lo que les apetece mediante amenazas. En las zonas en que la gente ignora cuáles son sus derechos, o donde saben lo poco que pueden fiarse de ellos, ejercen una considerable tiranía. La tarea de ese individuo en concreto era asegurarse de que se prepararan las cabinas para las votaciones. Hasta el momento los dowayos no habían mostrado ningún interés por la política nacional y era necesario estimular su entusiasmo.

Todos los dowayos, hombres y mujeres, debían votar el día señalado. El jefe tiene que responsabilizarse de que la asistencia sea masiva y Mayo, el lugarteniente, aceptó humildemente la tarea mientras Zuuldibo (el jefe de la tribu) permanecía sentado a la sombra dando instrucciones a los que hacían el trabajo.

La democracia brillaba con todo su esplendor en las cabinas de votación. A un hombre le estaban regañando por no llevar a todas sus esposas. “No querían venir”. “Debías haberles pegado”. Les pregunté a varios dowayos qué era lo que estaban votando. Se me quedaron mirando sin saber qué decir. “Coges el carnet de identidad –explicaron por fin- y se lo das a ese funcionario, que te lo sella y toma nota de tu voto”. Sí, pero ¿qué era lo que estaban votando? Más miradas de incomprensión. Ya me lo habían explicado, cogías el carnet… Nadie sabía para qué era la votación. Además no se aceptaban votos negativos. Finalizada la jornada, los funcionarios consideraron que no se habían recogido las papeletas suficientes, de modo que les hicieron votar a todos otra vez. La semana en que se hicieron públicos los resultados yo me encontraba en un cine de Poli, la ciudad. Un noventa y nueve por ciento de los votantes habían elegido al único candidato que se había presentado por el único partido. Sin embargo me pareció una agradable señal que el público, bien preservado su anonimato en la oscuridad, prorrumpiera en burlones abucheos. En cambio, en la aldea todo el mundo se tomó la votación muy en serio y se siguieron las normas al pie de la letra. Se examinaron meticulosamente los documentos de identidad, se puso especial cuidado en colocar los sellos en los lugares destinados a tal fin, se calculó con precisión el porcentaje de lugareños que votaron y las actas pasaron de un funcionario a otro con las correspondientes firmas de acuse de recibo. Nadie parecía percibir la contradicción existente entre la concienzuda observancia de tales minucias y la flagrante violación de los principios básicos de la democracia…