viernes, 10 de julio de 2015

Puccini, una semana en la buhardilla


Soy un solterón divorciado. Desde que me abandonó mi ex he olvidado las benditas rutinas y la mejor versión de mi mismo. Su punto de vista es que soy honesto con todo menos con ella. Ahora vivo en un mundo en el que cada mañana tengo que imaginar lo que sigue. Me he pasado el primer año maldiciendo la puta independencia. Creo que solo el hábito y los errores pueden simular la ilusión de ser felices. En el fondo, libertad y obligación son lo mismo. Demasiado profundo. Detesto desayunar envuelto en un enjambre de planes insólitos, a cual más trivial y absorbente.
Tengo que organizar mis vacaciones de verano. El año pasado me tocó por decreto mi hija Julia de diecisiete años. Alquilé un apartamento en la Costa de la Luz y pasamos el mes de Agosto como todo el mundo, perdiendo el tiempo. Sólo la dejación logró que el tedio de Julia no alcanzara el punto crítico. Sospecho, por lo poco que me cuenta, que mi ex la ata corto pero le da más pasta. Las fuerzas de atracción-repulsión se nivelan. Las eternas proporciones femeninas. Hace unos días me llamó su madre para recordarme que se iban los tres a Croacia. ¿Los tres (pregunté inquieto por mi hija)? Intentó hablarme de mi sucesor pero me negué en redondo. Me exigió vengativa que no llamara a Julia a todas horas porque interfería, según el psicólogo en su proceso de adaptación. ¿El psicólogo de quién? pregunté sin malicia; y me colgó. En fin, lo reconozco, puedo superar los celos pero no el resentimiento. 

¡Vacaciones de riesgo! me sugirió en la piscina un viudo sesentón amigo mío. Helarte en el Polo, mosquitos del Amazonas, visita a Chernóbil, bucear entre tiburones, lanzarte en paracaídas... Chorradas. Este año he preferido una variante del llamado “turismo temático”, una tendencia surgida, por supuesto, en las agencias francesas de viaje, esos centros de poder descritos por Michel Houllebecq en su novela Plataforma. Para empezar, he contratado en la página j'adorelescontrastes.fr lo que llama “una estancia abierta”, lo cual quiere decir que al elegir el paquete no te obligan a cerrar el tema. Además de las opciones que aparecen en la web te aguardan otras tan buenas o mejores. Secreto, curiosidad (¡buena idea, voto a tal!). Pagas una entrada y, después, en la Agencia de la rue de Rivoli, te informan a fondo y decides sobre la marcha la opción que te interesa. Por supuesto, el curso presencial lo pagas aparte. A primera vista, la página ofrece sabrosas propuestas (cito algunas literalmente): pistolero en un pueblo del salvaje oeste, pretoriano de Nerón en la Roma imperial, líder estudiantil en el Mayo del 68, campeón mundial de los pesos medios o miembro de la resistencia francesa en la Segunda Guerra Mundial… Las opciones que más me tiraban, dentro del tópico Paris me manque! (imposible de traducir), eran las de vagabundo en la Belle époque (agradable sorpresa) o poetastro en la Bohème de fin de siglo. La única condición es hablar francés. Con cierto humor, la monitora del curso nos reiteró que a partir de ahora los insultos en los salones de la frontera o los requiebros en las mancebías del Tíber se oirán en la lengua de Voltaire.
En el hotel, después de leerme otra vez el folleto del curso, descarté convertirme en mendigo. Demasiada farsa. Ropa astrosa de marca, dormir en colchón blando bajo los puentes del Sena, comer en los parques crêpes de cangrejo envueltos en Libération, orinar en las esquinas sin multa o molestar a las figurantes sin que te rompan la cara… Nada invita a disfrutar del reto. Confirmé, por tanto, mi primer impulso: siete días como poeta bohemio a finales del XIX. Probablemente sería lo mismo, pero el papel se acercaba vagamente a mi situación: el abandono, la incertidumbre, las extravagancias de la vida cotidiana. En todo caso, las miserias de los vagabundos me parecieron excesivas. Aun no he llegado a tanto.    
El día del comienzo de la estancia, la  Agencia nos citó en su sede central. Los inscritos en la sección Eventos modernos esperábamos sentados en la sala multiusos, un salón con collages en serie, mojiganga decó y música ambiental. Un gerente vestido con traje blanco, tras una bienvenida chispeante con quesos y paté, sacó un folio y anunció con voz de mando:
- Los que han escogido la opción “Bohemia”, acompáñenme, por favor. Pero antes voy a leer la asignación de roles: Marcel, el pintor, será…, Schaunard, el músico será a su vez… y, finalmente, el poeta Rodolphe le ha tocado a... Sabrán de los demás en su momento. Un minibús aparcado en la puerta les conducirá a la buhardilla donde se alojarán. Al salir, no se olviden de recoger una maleta con su nombre. Dentro encontrarán, entre otros útiles, el atuendo que les corresponde y las instrucciones para familiarizarse con el personaje. ¡Incluso encontrarán una loción antipiojos! (largó el cretino). También unos vídeos que obviamente no verán hasta que vuelvan a la vida burguesa, si es que vuelven. A partir de este momento les espera (cambio al registro teatral) la felicidad en la miseria, el amor en el rechazo, la libertad en las cadenas. Como dice el refrán: ¡Sarna a gusto no pica! (interpretación discutible del dicho francés). Dentro de una semana, si antes no se han ido a un buen hotel, los sacaremos de su madriguera. ¡Viva la bohemia! Coraje y hasta pronto.
Después de una ascensión sofocante llegamos a la buhardilla en el sexto piso. Cuando recobramos los pulsos, Marcel abrió la puerta que crujió y pasamos a una amplia pieza cuadrada bajo un techo grasiento de cuatro metros en su punto más alto; la luz entraba por una cristalera corrida desde la que se veían los tejados del París. Estábamos en algún rincón del barrio latino. Junto a la pared de la derecha había una estufa de tubos. En el centro, una enorme mesa redonda sin mantel ni macetas. Enfrente, una estantería con tres baldas llenas de libros de poesía, partituras polvorientas y apuntes de teatro. En la pared de la izquierda, un armario de dos cuerpos con telas a medio terminar, una paleta usada, pinceles sucios y un caballete desmontado. Si no hubiéramos estado en Agosto, el frío nos habría matado. Dejamos los bártulos en el suelo. Nos cambiamos en las celdas, entramos al lavabo y volvimos al salón. ¿Y ahora qué, dijo Schaunard, a correr al campo? O a contar los frailes del convento, añadió Rodolphe; por si falta alguno, completó Marcel.
De pronto, oímos una dulce melodía de soprano. Triste, cálida, insinuante. Atrapados, nos miramos y al instante salimos por la puerta a empujones. La voz venía del piso de abajo. Llamamos con golpes suaves, aunque no fue el hada madrina quien nos recibió sino un tipo vestido con esmoquin, alto, barbudo, musculoso.
- Le barbu. Salut les artistes ! Si vous voulez connaître la mignonnette, vous devez payer un prix supplémentaire. Ces sont les clauses additives du contrat. Vous ne lisez jamais les petites lignes ?

- Marcel. Tu plaisantes ? C’est une escroquerie quand même !

- Rodolphe. Oh là là, c’est une prostituée ! (Rappelez-vous s'il y avait des préservatifs dans la boîte?).

- Schaunard. D’abord, nous voudrions la voir et après on verra…

- Le barbu. Oubliez les disputes, elles ne servent à rien.
De l'intérieur on entend une mélodie délicieuse : Sì, mi chiamano Mimi !   
Ensuite, une femme dans la quarantaine, teinte, dodue, plantureuse apparaît dans mini-jupe montrant ses cuisses pleines.
- Marcel. Je m’en vais.

- Rodolphe. Moi aussi, j’ai besoin de l’air de Paris. Tout à fait!

- Schaunard. Je reste ici, l’aventure, c’est l’aventure. Je préfère bavarder un petit peu avec ce mondain et sa protégée. Il est, à n’en pas douter, un véritable mécène. Plus tard nous nous verrons dans le Café Momus pour faire la fête au quartier Latin. C’est la vie. A plus, les copains…
(À suivre)

viernes, 19 de junio de 2015

Diccionario filosófico. Hedonismo


¿Qué es el hedonismo? ¿Hay una definición universal del hedonismo? ¿Vivimos en una sociedad hedonista?
El término “hedonista”, como es sabido, procede etimológicamente de la palabra griega δονή que significa “placer”. En general, se considera hedonista a una persona cuyo principal valor es el placer.
En todo caso, desde los tiempos de su fundador, el filósofo griego Epicuro (341- 270 a. C.), un aguerrido defensor de los placeres intelectuales, hasta nuestros días, resulta evidente que el concepto de hedonismo no es unívoco ni transparente.
Para descubrir al hedonista que llevamos dentro hay que saber antes las clases de placer que se dan en el mundo. Podemos distinguir a grandes rasgos, sin complejas escalas ni pirámides descendentes, entre placeres sensuales (degustar un gran reserva de la ribera del Duero o saborear los mariscos de las rías gallegas), físicos (gozar del arte de amar o de los choques neurofisiológicos de los opiáceos), intelectuales (iniciarse en los conceptos de la lógica de Hegel o en las ecuaciones de la teoría de la relatividad), espirituales (leer, a ser posible sin traducciones, À la recherche de Proust o La Chartreuse de Parme de Stendhal), psicológicos (encontrar la armonía interior o tocar con los dedos la erótica del poder) y materiales (conducir un BMW de gama alta o disponer de un piso en Venecia). ¡Demostremos la tesis biológica de que la especie humana fue viable gracias al polifacetismo!
Tras elegir, hay que referirse al compromiso personal con los placeres, es decir, a la intensidad, la coherencia y el hábito. De la síntesis entre placeres mundanos y compromiso vital han surgido los sistemas hedonistas, los proyectos y las figuras actuales de la conciencia hedónica. Dejemos los sistemas para la historia de la ética, los proyectos para la filosofía moral y observemos con atención algunas figuras del placer:
- El hedonismo suave, débil, de quienes aman “los placeres de la vida cotidiana”, como lo haría “cualquiera que no fuera considerado un bicho raro”. Placeres cuya forma y contenido lo fijan en cada momento las tendencias colectivas del agrado: gastronomía, vacaciones, ropa, arte.

- El hedonismo vital de quienes piensan que sólo se vive una vez y hay que disfrutar al máximo de cada instante. Que el sentido de la vida consiste en apurar la copa de las oportunidades buscadas o encontradas y que nada ni nadie pueden interponerse en la satisfacción egoísta del deseo. El placer a cualquier precio: se comienza por celebrar la propia vida y se acaba por arruinar la de los otros.

- El hedonismo errático de una parte de la juventud que pretende satisfacer de manera directa e inmediata sus gustos comunes, fugaces la mayoría, no pensados con la propia cabeza. Una forma de fetichismo social en el que finalmente la autoconciencia no se reconoce en sí misma sino en la diversidad superficial de los objetos que codicia.  

- El hedonismo burgués del bon vivant que abarca sin mediaciones la paleta completa del placer, un estereotipo social trabado de matices triviales y una manera de vivir aprendida en las revistas de divulgación y en los libros “Cincuenta consejos para ser feliz”.

- El hedonismo especializado de ciertos maníacos de un solo placer, arquetipos de hombre unidimensional y candidatos seguros a la infelicidad a largo plazo, como algunos personajes de Michel Houellebecq obnubilados por el sexo; o los protagonistas de La grande bouffe, el film de Marco Ferreri. 

- El hedonismo polvoriento de algunos eruditos (por ejemplo, de la filosofía o de la historia) dedicados a aburrirse eternamente y a intentar amodorrar a los demás con citas incontables, polémicas superfluas y apetito de cargos.

- El hedonismo farsante de los que buscan la paz en sectas de cuota y grilletes, iluminaciones astrales los martes, el yoga en casa, el grupo de meditación budista del barrio, el centro esotérico de artes marciales o el curso de pilates para jubilados. También en la moda chic del psicoanalista a más de cien euros la hora.

- El hedonismo estetizante de los que se complacen en los productos administrados por la industria cultural: series efectistas, filmes rutinarios, música metálica o sincopada, pintura chapucera, géneros calculados por expertos que reproducen sumisos lo que anuncian rechazar a voces.

- El hedonismo adictivo de los que han decidido conscientemente una vida breve pero intensa (o más bien las drogas duras han tomado la decisión por ellos). Splendet dum frangitur (brilla mientras se rompe) pinta su escudo.

- Finalmente, el hedonismo de la nobleza de cuello blanco, los protagonistas de “las grandes hazañas de la banca y de los negocios”, los del “poderoso caballero es don dinero”, los que rinden culto a la alta costura, las firmas italianas del coche, las cortesanas exclusivas o los yates en la Costa Azul. Placeres logrados al precio de la corrupción, la mentira y el sufrimiento.
En mi opinión, no importa tanto la definición de hedonismo que cada figura propone como la cantidad de definición que seríamos capaces de soportar si ampliáramos su significado sin vendas, parches o cataplasmas morales (lo cual aquí no se hace ni se pretende).

Del pensamiento de Thomas Hobbes: El hombre en estado de naturaleza aspira a poseerlo todo y sus deseos e intereses no encuentran más limitación que la que se deriva de su propia razón, la cual le prescribe que su derecho alcanza a todo lo que tiene utilidad y beneficio para él.

¿Es usted hedonista? Responda, por favor, al siguiente cuestionario…

viernes, 5 de junio de 2015

Retorno a Venecia


Vuelvo de Venecia, la ciudad más bella del mundo. Desde las vistas aéreas de la laguna hasta la despedida en el embarcadero del Dorsoduro, frente a la arquitectura estatuaria de Santa María de la Salute, todo confirma que sólo como fenómeno estético está justificada la existencia del mundo (Nietzsche).
Es emocionante llegar en lancha al embarcadero del hotel tras atravesar el brazo de mar que separa la ciudad del aeropuerto Marco Polo. Increíble la pericia del patrón para navegar al milímetro entre toda clase de embarcaciones, góndolas, mercancías, taxis, vaporettos, policía y ambulancias que por fuerza van despacio. Curioso: nada más distinto que contemplar los puentes que unen las islas desde el agua o desde la piedra. Puro perspectivismo. He tenido la suerte de conocer, como decía el gerente de hotel al despedirme, las dos caras de Venecia: en color, a la luz brillante del Adriático, y en blanco y negro, envuelta en la bruma tras un aguacero ocasional que aleja a turistas y gondoleros de la piazzetta, la puerta de entrada a la Serenissima cuando sólo se llegaba por mar y escenario de las recepciones del dogo pintadas en los abigarrados cuadros de Tintoretto.
Tras ocupar tu habitación, sientes la urgencia de la Plaza de San Marcos. Los comercios de los aledaños te advierten de su inminencia. Crece por momentos la marea humana. Los italianos son consumados artistas del escaparate. Zapatos de fiesta de señora, cuatro tiras esbeltas, tacones aéreos, color desconocido, adornos de fantasía, mil quinientos euros. En los arcos de acceso a San Marcos, las tiendas de máscaras y disfraces de carnaval nos trasladan al mundo de Casanova y a los salones exclusivos de la burguesía veneciana. Por fin, nos encontramos frente a la imagen, nunca gastada, de la capilla privada del Dux y su palacio gótico. Y del Campanile, la torre dell’Orologio, los soportales mundanos y la orquesta del café Florián donde debes ir por la noche a sentarte en los canapés de terciopelo de los reservados en los que un camarero con guantes blancos te sirve el té en un juego de plata a veinte euros la taza. Dentro, la melopea musical es más llevadera. Imprescindible. Prescindible, a su vez, muy cerca de San Marcos, es el renombrado Harry’s Bar, un lugar corriente que debe su fama a la variedad de cocktails que, según parece, pedía el bueno de Hemingway.  
Venecia es una ciudad anegada. Ha trocado el comercio de sedas y especias con oriente por el negocio del turismo. Se ha convertido en una Babel cosmopolita donde conviven lenguas y razas. Procesiones de góndolas repletas de jubilados (obsequio de los turoperadores) recorren los ríos entre arias y cantos regionales. Mi ensueño de paseante solitario es recorrer por la noche las callejas y plazas de una Venecia desierta. Algo imposible ni siquiera en las horas tempranas del amanecer. Es difícil dar con los venecianos. Los puedes reconocer por su andar rápido y mirada ausente; también por su forma urbana de vestir, sin uniformes de viaje. Pude verlos en grupos al acabar la representación de Madame Butterfly en La Fenice. Sus trajes de noche, sus conversaciones mundanas, su “superioridad moral”, forman parte del atrezzo general que nos envuelve. Reconoces en las damas los zapatos malva de Salvatore Ferragamo. Quise asistir a la ópera pero la entrada más barata costaba doscientos euros. Había entradas de quince sin visibilidad, buenas para entrar, recorrer el teatro, oír el primer acto y marcharte.  
La mayoría de las fachadas de los campi están deterioradas. Cuando cae la tarde se ve luz en una ventana. Vislumbras una biblioteca, una pared vacía y un techo alto. ¿Quién vive? Hay otros mundos pero están en este. La restauración de las fachadas debe de ser cara y complicada. Especialistas, materiales, permisos, impuestos. De la unión de su aura histórica con el abandono actual y un futuro incierto surge la intuición romántica de la belleza decadente de Venecia, uno de los efectos estéticos más logrados.
¿Cuántas perspectivas tiene el Gran Canal? La primera, la Venecia de las mañanas luminosas que muestra desde los puentes de Rialto y la Academia los puntos de fuga del paisaje, las curvas donde se prevén otros espacios, los palacios reflejados en el agua, las texturas y matices del mármol. Es la Venecia de los cuadros de Canaletto y los concerti grossi de Vivaldi. Otra perspectiva es la que contemplas a bordo del vaporetto: el itinerario desde Santa Lucía al Palazzo Flangini, de San Geremia a San Stae, del Barbarigo a los mercados, Rialto y la Volta, de Ca’Rezzonico al Guggenheim, para acabar en La Salute y San Marcos. Es también el lugar de la Regata Storica de Septiembre, el gran desfile anual de góndolas ceremoniales y antiguas embarcaciones engalanadas con estandartes y doseles, tripuladas por marinos ataviados con trajes multicolores. Los venecianos aman el pasado y los relatos del ancho mundo. Una perspectiva insólita desde las ventanas del museo Peggy Guggenheim, en el Palazzo Venier di Leoni a orillas del Canal, nos impone el contraste entre la arquitectura del exterior y la espléndida colección de pintura contemporánea, Magritte, Picasso, Miró, los terribles cuadros de Max Ernst sobre el Antipapa. Por fin, restan los rincones del Gran Canal vistos desde los ríos laterales, imposibles de atrapar con el smart phone pero mágicos al ojo desnudo.
Italia desborda de arte, algunas ciudades como Roma, Florencia o Venecia son obras de arte en sí mismas. Me sorprendió que hubiera tan poca gente en la Scuola Grande di San Rocco y, sobre todo, en la Gallerie dell’Accademia, la mejor colección del mundo de pintura veneciana. Sus paredes están en regular estado. Se echa de menos el mantenimiento. En las esquinas se marcan las humedades. Los techos reclaman pintores de brocha gorda. Salas de un valor incalculable están sin vigilar. Los pocos guardas que ves no llevan uniforme y charlan animadamente con el público. Si una ciudad norteamericana poseyera tan sólo diez de los cuadros menores de la Academia, llamarían a Foster and Partners para que construyera un edificio inteligente con toda clase de medios materiales y excesos técnicos. Cada cuadro contaría con dos fornidos vigilantes. El último día la lluvia llenó las salas institucionales del palacio ducal. Recuerdo que en mi primera visita a Venecia, al comienzo de los setenta, asistí en su patio interior, en plena dictadura franquista, a un emotivo recital de Paco Ibáñez. Un público joven, izquierdista, sollozaba de libertad. 
En plena Bienal, no he querido abusar de la paciencia de mi mujer que, a su vez, ha renunciado amablemente a las tiendas, talleres y aglomeraciones de Murano. Termino con una coda sobre pastas. Prohibido comer pizzas. Son iguales que las de aquí y además il cameriere te pone mala cara si las pides. Tampoco interesan los platos que hayas comido en los restaurantes italianos de España, la mayoría son inventos nacionales. Si insistes se pueden burlar a la italiana. Nunca he visto en la carta de sus trattorias (no digo que no las haya) traducciones fiables de platos como espaguetis carbonara o a la boloñesa, macarrones con chorizo, lasaña de verduras o canelones de carne. Tampoco inundan los platos de queso parmesano (ni te lo van a poner en la mesa para que te cargues el almuerzo). ¡Degusta las variantes de pasta fresca preparadas al dente con pescados y mariscos de la isla: almejas, langostinos, cigalas, vieiras, todos los dones del mercado mañanero! No vayas a los restaurantes guiris de costa Rialto. Asesórate de alguien que conozca Venecia (y tenga paladar). Comer bien no es barato. Con vino y sin pasarte prepara sesenta pavos por cabeza. ¡Buon appetito, dunque!

jueves, 28 de mayo de 2015

¿Siempre ha habido clases?


A lo largo de la historia de las civilizaciones se han sucedido diferentes formas de estratificación. Se entiende por estratificación la clasificación de los individuos en posiciones o niveles de acuerdo con criterios de jerarquía social (superioridad o inferioridad): machos y hembras dominantes en las sociedades primitivas; hombres libres y esclavos en la sociedad antigua; señores y vasallos en la sociedad feudal; los estamentos de la sociedad del antiguo régimen; las castas en las sociedades orientales; las tribus en las sociedades africanas; las clases en las sociedades occidentales.

Las clases surgen como consecuencia de la división social y técnica del trabajo durante la primera sociedad industrial del siglo XVIII. El sistema de estratificación en la sociedad industrial avanzada sigue siendo el sistema de clases. Se trata de una realidad social relevante. Gran número de las diferencias y valoraciones –positivas o negativas- atribuidas generalmente a la raza, al sexo o a la ideología política, al código ético o a las creencias religiosas son en realidad diferencias de clase. Fenómenos como el racismo o la xenofobia comportan un elevado componente clasista. Un acreditado cirujano de raza negra o una famosa cantante gitana serán inmediatamente excluidos de tales consideraciones.

Se define una clase como un conjunto de estatus sociales identificados que tienen una valoración equivalente de rango y prestigio. La sociedad percibe como norma estadística que un nuevo rico y un noble con escaso patrimonio tienen un estatus similar. Por tanto, el criterio de estratificación mediante clases es el estatus. Otro ejemplo: en nuestra sociedad se incluyen en la clase alta (sin entrar en más matices) a los estatus asociados a las profesiones liberales con titulación universitaria, como médicos con prestigio, arquitectos con firma, abogados reconocidos, altos ejecutivos con capacidad de gestión, ingenieros que ocupan el vértice del organigrama de la empresa o funcionarios civiles que tienen un nivel alto en la burocracia del Estado…

Desde la perspectiva de la cultura, una clase es una subcultura que define la relación del individuo con todos los elementos de cultura material (objetos y técnicas) y de cultura no material (sistemas ideológicos). Cada clase es una subcultura con un conjunto de actitudes, creencias, valores y pautas que difieren de las de otras clases. Una subcultura de clase es una forma de pensar, de hablar, de vestir y de comprar, de casarse y de educar a los hijos; en definitiva, de conocer y construir la realidad. Prácticamente, todos los aspectos del pensamiento y de la conducta, de la vida familiar, incluso los procedimientos para hacer el amor, difieren de una clase a otra. Cada clase es una subcultura con una concepción del mundo diferenciada, incluso etnocéntrica, es decir, no comparable con la concepción de otra clase (de ahí que algunos patrones ajenos le resulten incoherentes o incomprensibles)Esta asignación de subcultura es la causa principal de la endogamia de clase, es decir, del hecho de que mayoritariamente los miembros de una clase decidan contraer matrimonio con los de su misma o similar posición social para compartir unos esquemas cognitivos y una visión convergente de las cosas. Asimismo, cuando los padres de la clase alta matriculan a sus hijos en determinados colegios privados, lo que buscan no es la mejora de la calidad de la enseñanza sino la transmisión de unos valores de clase. 

Entre otras, las funciones de una clase son socializar al individuo desde su niñez de acuerdo con su subcultura, fijar un modelo de interacción global, predecir las oportunidades que tendrá a lo largo de su vida o proyectar sus posibilidades de movilidad en un sistema de estratificación abierto (tener una titulación o una cualificación profesional más alta que la de sus padres o ¿por qué no? un matrimonio estratégico que le permita ascender en la escala social).

En la mayoría de las investigaciones empíricas de la sociología se utilizan varios indicadores del estatus de clase.

. La riqueza o el nivel de ingresos. Una clase es, ante todo, un fenómeno económico, pero no exclusivamente económico (como supone el marxismo). Un campeón de boxeo, un torero de cartel o una prostituta cara, pueden tener ingresos muy altos, pero otros indicadores obviamente rebajan el estatus.

. La jerarquía profesional. Se refiere al nivel de competencias y de responsabilidad  dentro de un organigrama burocrático o de empresa. Un obispo tiene probablemente menos ingresos que un próspero empresario dedicado a la recogida de chatarra, pero su jerarquía eclesiástica eleva su estatus de clase. El rector de la universidad es un profesor más, pero su nombramiento aumenta el estatus.

. La educación y titulación. El nivel de estudios y graduación, obligatorio, medio o superior, funciona también como indicador de estatus. Un profesional cualificado, un próspero fontanero, es probable que tenga un nivel de ingresos más alto que un técnico de la administración del Estado, pero el nivel de titulación equilibra el estatus de ambos.

- La dificultad y especialización. Determinadas actividades profesionales sólo pueden ser realizadas por un número reducido de personas. Cuanto más reducido, mayor es el nivel de ingresos y, paralelamente, el estatus de clase. El futbolista de élite, el buzo que mantiene los fondos de una plataforma marina infectada de tiburones o el bombero experto en apagar pozos de petróleo no tienen titulación superior, pero su especialización dispara el nivel de ingresos y paralelamente el estatus de clase.


- El poder o grado de influencia. El poder se define como la capacidad que alguien tiene de influir directamente en la conducta de los demás. A medida que aumenta el grado de influencia, proporcionalmente lo hace el nivel de estatus de clase. El poder puede ser físico, material o espiritual. Un dirigente político, moral o religioso deben su elevado estatus a la capacidad que tienen de influir en la forma de pensar y actuar de un gran número de personas. 

Los conceptos de "clase dominante", "clase obrera", lucha de clases" o "sociedad sin clases" pertenecen al materialismo histórico, una teoría filosófica y, sobre todo, una ética social.

viernes, 17 de abril de 2015

Tres tabúes

Una misma conducta tiene dos significados complementarios: uno subjetivo (psicológico o moral) y otro objetivo (sociológico o cultural). Cuando nos referimos al primero hablamos de acciones o actitudes, cuando nos referimos al segundo de hechos sociales. Las acciones se comprenden,  los hechos se explican. Estar enamorado, por ejemplo, tiene un componente interno, personal, consciente y, a la vez, un componente externo, social, inconsciente. En sentido sociológico, el enamoramiento es la forma universal de acceso a la familia, la sexualidad, la procreación, la crianza, la propiedad y la herencia. De ahí que sea “normal” enamorarse y formar una familia, y no hacerlo se considera desviado de la norma, disfuncional, y, a la larga, "complicado" para el individuo. 
La noción de hecho social, con todos los matices del positivismo, el funcionalismo y el estructuralismo, es el fundamento de la antropología cultural. La aplicamos al análisis de tres conocidos tabúes: el incesto, el canibalismo y la homosexualidad.
El incesto es antinatural en cuanto la sexualidad consanguínea propicia la aparición de taras genéticas, pero sobre todo es antisocial. El rechazo psicológico y moral del incesto, es decir, las relaciones carnales entre parientes dentro de los grados en que está prohibido el matrimonio, tiene un significado sociológico. En cualquier cultura, sea “primitiva” o avanzada, antigua o actual, la función del incesto es impedir la endogamia. El progreso social se basa en el aumento constante de la circulación de bienes (otra cosa es su distribución) y el medio para conseguirlo es el establecimiento de vínculos exogámicos mediante las mujeres, consideradas un bien más. La circulación de hembras fuera de sus grupos de origen permite establecer nuevas y sólidas relaciones económicas. Familias, clanes, tribus, pueblos, evitan el aislamiento intrasocial mediante estructuras de parentesco que les permitan salir de sí mismas y ampliar constantemente sus relaciones productivas. Por el contrario, cuando un estrato dirigente como la antigua nobleza ha querido cerrar su patrimonio y no compartir privilegios ha favorecido las relaciones carnales en primer grado. El matrimonio en ciertas castas hindúes es a la vez endo y exogámico. La mujer sólo se puede contraer matrimonio con un varón de su casta; pero son los padres de ambos quienes se ponen de acuerdo para concertar la boda y propiciar así el beneficio de los cónyuges, las familias y la casta. Después de haberse casado, ella debe enamorarse de su marido y lograr que él se enamore a su vez. Deben demostrar que la decisión de sus mayores ha sido correcta. El proceso del enamoramiento es inverso al nuestro.
En sentido opuesto, el canibalismo ha sido funcional en determinadas culturas. Sirve, en primer lugar, para infringir una deshonra final a los vencidos; y no tanto por el hecho de ser devorados sino por no recibir adecuada sepultura, lo cual supone un atentado a la dignidad y una exclusión de su destino transmundano. La función latente consiste en atemorizar a los enemigos ante la posibilidad de nuevos combates. También sirve para adquirir durante el banquete ritual las virtudes corporales y espirituales de los rivales más valiosos: el coraje, la valentía, la sabiduría o la astucia. Los casos de misioneros devorados por tribus caníbales de África o América Central hay que explicarlos en este contexto: los indígenas pretendían recibir los dones del dios a través de su representante. Son más raros los casos del llamado “canibalismo gastronómico”. Algunas tribus de la Amazonia profunda, acostumbradas al consumo de monos antropoides, han extendido esta inclinación a sus congéneres, a los que no consideran enemigos sino piezas de caza. Aunque esta práctica se da sobre todo en tribus cuya dieta es vegetariana por estar ubicadas en entornos donde la carne escasea; en tales circunstancias el aporte de proteínas se valora especialmente.
El rechazo estadístico de la homosexualidad se explica por la colisión entre dos grandes instintos (a menudo mezclados por las grandes religiones): la sexualidad, cuyo fin es el placer individual, y la filiación, dirigida a la reproducción de la especie. Mientras que las pulsiones sexuales buscan una satisfacción polimorfa, las pulsiones reproductoras, inscritas en nuestro código genético desde la filogénesis, son obviamente opuestas a la unión de individuos del mismo sexo. El instinto sexual admite la esterilidad, la filiación no. Se podría decir que la homosexualidad es natural por el primer instinto y antinatural por el segundo. Algunas tribus africanas permiten al hombre casado buscar un amante joven para “socializarlo”, para enseñarle las tradiciones de sus ancestros, pero no toleran el matrimonio entre varones. En la antigua Grecia la homosexualidad se entendía como paideia, como educación de los amantes en los ideales de la cultura helena. En ambos casos, socializar, educar, son extrapolaciones sublimadas del instinto filial para ocultar su transgresión. La homosexualidad muestra, como cualquier conducta, un doble significado: las interpretaciones psicológicas, fisiológicas o morales por un lado, la explicación sociológica por otro. Las interpretaciones de la homosexualidad son racionalizaciones de la disfunción estructural de un hecho social; la explicación sociológica analiza su significado objetivo... En todo caso, como descubrió Freud, la función global de la cultura es transformar (o hacer compatibles) las tendencias instintivas y convertirlas en energía socialmente útil. De ahí la lucha de las parejas homosexuales por contraer matrimonio, formar una familia y adoptar hijos.

domingo, 5 de abril de 2015

Le sens du monde


Le monde a commencé sans l’homme et il s’achèvera sans lui. Les institutions, les mœurs et les coutumes, que j’aurai passé ma vie à inventorier et à comprendre, sont une efflorescence passagère d’une création par rapport à laquelle elles ne possèdent aucun sens, sinon peut-être celui de permettre à l’humanité d’y jouer son rôle. Loin que ce rôle lui marque une place indépendante et que l’effort de l’homme -même condamné- soit de s’opposer vainement à une déchéance universelle, il apparaît lui même comme une machine, peut être plus perfectionnée que les autres, travaillant à la désagrégation d’un ordre originel et précipitant une matière puissamment organisée vers une inertie toujours plus grande et qui sera un jour définitive. Depuis qu’il a commencé à respirer et à se nourrir jusqu’a l’invention des engins atomiques et thermonucléaires, en passant par la découverte du feu -et sauf quand il se reproduit lui même-, l’homme n’a rien fait d’autre qu’allègrement dissocier des milliards de structures pour les réduire à un état où elles ne sont plus susceptibles d’intégration. Sans doute a-t-il construit des villes et cultivé des champs, mais quand on y songe, ces objets sont eux mêmes des machines destinées à produire de l’inertie à un rythme et dans une proportion infiniment plus élevées que la quantité d’organisation qu'ils impliquent. Quant aux créations de l’esprit humain, leur sens n’existe que par rapport à lui, et elles se confondront au désordre dés qu’il aura disparu. Si bien que la civilisation, prise dans son ensemble, peut être décrite comme un mécanisme prodigieusement complexe où nous serions tentés de voir la chance qu’a notre univers de survivre, si sa fonction n’était de fabriquer ce que les physiciens appellent entropie, c’est-á dire de l’inertie. Chaque parole échangée, chaque ligne imprimée établissent une communication entre les deux interlocuteurs, rendant étale un niveau qui se caractérisait auparavant par un écart d’information, donc d’une organisation plus grande. Plutôt qu’anthropologie, il faudrait écrire “entropologie”.

Claude Lévi-Straus, Tristes tropiques