domingo, 23 de agosto de 2015

Diccionario filosófico. Intuición


¿Quién no ha tenido claro de pronto el pronóstico de una quiniela, o la palabra exacta en una carta o un poema; que tu compañero del alma es en el fondo un farsante, que la amiga de tu hermana te ama con pasión, que lo tuyo es de quirófano, o que tal ocurrencia es la clave de la bóveda celeste? De pronto lo incuestionable se manifiesta, se hace la luz y la vida se torna transparente… Hablamos, por supuesto, de la intuición.  
Si tuviéramos que mostrar mediante la viñeta de un comic en qué consiste la intuición sería fácil: un personaje se levanta como un resorte de su mesa con una sonrisa demente mientras una bombilla se enciende en el globo que pende sobre su cabeza. Es el famoso ¡Eureka! de la famosa leyenda del matemático Arquímedes de Siracusa tras descubrir mientras estaba en la bañera, que el volumen del agua desalojada era igual al volumen del cuerpo sumergido.
Según el “Diccionario Etimológico de la Lengua Castellana” de Joan Coromines, el término significa: Adivinación, comprensión penetrante y rápida de una idea. Tomado del latín tardío intuitio-onis, imagen, mirada (derivado de intueri, mirar), que en el latín escolástico tomó el sentido filosófico. A su vez, el primer significado que da el “Diccionario de la Real Academia Española de la Lengua” es: Facultad de comprender las cosas instantáneamente, sin necesidad de razonamiento.
La intuición es, por tanto, un conocimiento directo e inmediato de la solución de un problema; por contraposición, el razonamiento (deductivo, inductivo o práctico) es un conocimiento indirecto y mediato. Mediante el razonamiento conocemos algo de forma indirecta tras una serie de pasos que nos llevan a la conclusión. Cuando explicamos, argumentamos, generalizamos, hacemos malabarismos dialécticos o espesos silogismos, razonamos. Al revés, en la intuición no hay antecedentes explícitos, conocemos de forma fulminante. En la intuición se ilumina la mente con la evidencia de una certeza indudable. La captamos sin cadenas de premisas, a pecho descubierto, lo cual no implica que tras la conclusión subitánea no haya un ovillo inaccesible, una noche donde todos los gatos son pardos o un cajón de sastre al que llamamos “vivencias” intencionales. De la potencia creadora de la intuición proceden la visión pura del matemático, el hallazgo innovador del físico, la sentencia esencial del filósofo, la visión creadora del artista, la convicción luminosa del creyente o la certera decisión del individuo (la famosa intuición femenina)…
El Diccionario de la RAE añade un segundo significado del término, el filosófico: Percepción íntima e instantánea de una idea o una verdad que aparece como evidente a quien la tiene. Lo más relevante es la segunda parte de la definición. La primera dificultad de la intuición filosófica es que, parafraseando el dicho popular, de intuiciones ciertas están los infiernos llenos. Bien pudiera ocurrir que la intuición sea propiamente un procedimiento heurístico, es decir, un atajo mental que nos permite desenvolvernos con éxito en el mundo vertiginoso de la vida, pero no un método lógico-racional (perdón por la tautología) de conocer la verdad.

Se suele distinguir entre certeza intuitiva y verdad discursiva. La primera es, por muchas vueltas que le demos, un estado mental de carácter psicológico. Mediante la certeza intuitiva, el sujeto afirma tener conocimiento de la evidencia de un pensamientoPor su parte, la verdad discursiva es una proposición meramente lingüística de carácter lógico o metodológico. Mediante la verdad discursiva el sujeto demuestra o comprueba la consistencia formal o la correspondencia empírica de un enunciado formulado en un lenguaje riguroso. Dicho con otras palabras, el conocimiento científico, lugar de la verdad discursiva, somete a cualquier intuición, sea cual sea su grado de certeza o evidencia, a un proceso metodológico de depuración.
Para salvar esta dificultad, Husserl, el principal valedor de la intuición como forma científica de conocimiento, defendió en innumerables y sesudas páginas el carácter lógico de la intuición eidética frente al psicologismo y el carácter metodológico de la reducción trascendental frente al irracionalismo. Se trata de un ambicioso intento de unificar certeza intuitiva y verdad discursiva. Su logro no ha sido tanto la unificación (imposible) de ambas, sino mostrar que la fenomenología, la ciencia de la intuición trascendental de las esencias, es el camino más seguro de la filosofía.
¿Debemos relegar la intuición al reino de la subjetividad o al llamado mundo de la vida? Es preciso aceptar que la intuición por sí misma no es una fuente válida de conocimiento objetivo. Su ámbito de aplicación no es, por tanto, la ciencia sino otras formas del saber: la filosofía, el arte, la moralidad, la experiencia religiosa o la vida cotidiana... Es conocido el papel de la intuición en el arte. Términos clásicos como inspiración, llama del genio, don o dádiva, imaginación creadora o talento son con frecuencia consecuencias de la intuición artística.
La segunda dificultad de la intuición estriba en que la psicología cognitiva la incluiría en una de las etapas intermedias del proceso o secuencia del pensamiento creador. La psicología cognitiva distingue entre pensamiento convergente, el que se dirige o converge hacia la solución correcta de un problema y pensamiento divergente, el que se aparta de las soluciones correctas, comúnmente aceptadas y se dirige al descubrimiento de respuestas originales pero valiosas para la solución de problemas. Este último es el pensamiento creador. Se entiende por pensamiento creador la capacidad mental caracterizada por la sensibilidad ante los problemas, la fluidez, la flexibilidad, la innovación, la facilidad asociativa, la capacidad de análisis, síntesis y redefinición de los mismos.
La secuencia cognitiva (simplificada) del pensamiento divergente o creador es la siguiente (la intuición sería la tercera etapa).
- Preparación. Presentación, contextualización y exposición precisa del problema y sus componentes.
- Incubación. Gestación involuntaria e inconsciente del material acumulado para la solución de un problema. Las ideas se agitan por debajo del umbral de la consciencia. Es como una fase de “cocción a fuego lento” cuya duración es impredecible. Tal maduración interna no provoca respuestas externas u observables por tratarse de un procesamiento de la información en segundo plano. En ciertos casos, requiere la desconexión del problema, para así desechar u olvidar estrategias erróneas o ineficaces. 
- Iluminación. Descubrimiento súbito; certeza psicológica de la solución correcta. La solución surge de improviso cuando la totalidad cobra sentido, todo está integrado y claro. La solución salta a la consciencia y sorprende incluso al propio sujeto en el momento de aparecer. Mediante la intuición o iluminación el sujeto "capta", percibe (insight), "internaliza" o comprende, una "verdad" que se le revela como cierta. Puede ocurrir inesperadamente, en medio de un trabajo profundo de construcción o por el uso de procedimientos algorítmicos o metacognitivos.
- Verificación. Comprobación lógica o metodológica de la adecuación y validez de la solución aportada así como el análisis crítico del alcance de la misma. Es la fase de evaluación y consolidación (o rechazo) de los resultados.
- Desarrollo. Adaptación de la idea a los posibles fines, encadenamiento con otras ideas e interrelación con teorías anteriores, perfeccionamiento de sus matices y derivaciones para su puesta en práctica.
Si admitimos, por tanto, que la intuición es una función secuencial del pensamiento, la psicología cognitiva no aceptaría definirla como el conocimiento directo e inmediato de la solución de un problema. Esta definición tendría, por supuesto, toda la noble carga filosófica que se desee pero no sería válida en el mundo de los hechos objetivos. Ahora bien, en términos kantianos, si la razón científica es incapaz de acceder al conocimiento de las ideas metafísicas puesto que es imposible un conocimiento nouménico o especulativo, no pueden excluirse otras vías de acceso a la intuición...

domingo, 9 de agosto de 2015

Crónica del primer amor


En la España que conocí de joven (en la actual también) íbamos siempre a remolque de esa Europa inventada de la que tanto hablaron Ortega y el krausismo. También en los afectos. Exagerado pero no falso: la educación sentimental empezaba al terminar los chicos la mili y las chicas el servicio social.
Hice mi primer viaje al “extranjero” cuando terminé el preu. Tenía diecisiete años y vivía en Cuenca, una pequeña ciudad de provincias. ¡La meseta en sus aceros! Cuatro amigos de la clase, Antonio, Manuel, Óscar y yo, decidimos por razones que se pierden en la noche de los tiempos viajar a Italia como peregrinos del Gran Tour. Ninguna muchacha en flor nos acompañaba. Las chicas eran entonces unos seres misteriosos que poblaban el mundo sublunar de los mortales. Una versión metafísica del machismo.
El padre de Antonio nos prestó el coche; su hijo único lo convenció tras arduos regates y promesas. Un domingo soleado de Junio nos subimos al 1430 y partimos en busca del mar. Mi memoria a largo plazo se recrea en el camarote del ferri que nos llevó de Barcelona a Génova tras cruzar el Golfo de Lyon. Me acuerdo del bocadillo de jamón y los filetes empanados con pimientos, obra de Manolo, el chef del grupo, que nos comimos antes de acostarnos.
Después, la autopista del Sol, Rapallo (donde Nietzsche buscó en vano la paz en la belleza), la luz de Portofino, el césped mojado del conjunto histórico de Pisa (y una excelente lasaña), la Plaza Mayor de Siena, las pizzas de Guido, las callejuelas de Venecia, el camping Michelangelo a dos pasos de Florencia y, sobre todo, la iglesia bizantina de San Vital de Rávena. En los últimos años he vuelto con mi mujer a estos lugares.
En Rávena compartí con Oscar, mi compa del aula, la tienda de campaña a orillas del Adriático. Eran tiempos de hacer confidencias a media noche. El haz regular de un faro barría la playa del camping. Mi colega, envuelto en su saco y medio trompa por el vino de la cena (en cuanto tocaba un sarmiento se encendía) me dijo con voz cavernosa que “por fin” iba a contarme lo que me había anunciado por enésima vez: un secreto muy personal que tras oírlo me convertiría en estatua de sal. Lo cierto es que de sobra sabía de qué iba el rollo y además me importaba un bledo. Oscar, como el sheriff de Eldorado, se enamoraba siempre de chicas de ojos tristes y una triste historia que contar. Aburridos para siempre. Sabía que no tenía escapatoria, que él lo sabía y que por nada del mundo cerraría el pico. Hay que compartir las penas de los amigos, me engañé por un instante. Resignado, guardé silencio, reprimí un bostezo y me armé de paciencia.
¡Por el amor de Dios! Óscar tenía razón, nunca me hubiera imaginado tal putada. ¡El muy cerdo estaba enamorado hasta los calcañares de la misma niña adorable que yo! Y lo que era peor, la pérfida parecía hacerle caso. Por eso resistía mis asaltos. Ni un solo comentario se dignó hacer a mis cartas con poema adjunto que le enviaba a través de una amiga de mi hermana (a la cuarta se hartaron ambas). Ninguna princesa de la Mancha con una mínima sensibilidad se hubiera resistido al encanto juvenil de estos versos:
Sabor amargo de besos queridos;
Calor robado en tristes avatares;
Blanca boca reflejo de pesares;
Batir inmenso de un marrón perdido.
Sol amable de pétalos bruñidos.
Ah, estrellas de tu lago, dos lunares;
Flor de mirra pomada de mis males;
Faz hermosa placer de los sentidos.
He querido robar lo que guardabas
olvidando que no lo merecías:
Tus pétalos marrones marchitaba.
Ambos lirios en mi noche no lucían,
unas manos amargas los cerraban…
En mis párpados dos lágrimas fluían.
Meses más tarde supe dos cosas de aquel ángel de amor: que la mitad de la clase le mandaba misivas y que solo hacía caso a su mejor amiga. Pero aquella noche no pude dormirme hasta que comprendí al amanecer la imposibilidad científica de que fuera cierto lo que me había contado entre sollozos mi enemigo. En todo caso, después de oír semejante historia de mal gusto lo puse de inmediato en mi lista negra. 
En el viaje de vuelta, Óscar sacó de pasada el tema de nuestras congojas. Todo anónimo e impersonal. Antonio, el mayor, opinó mientras metía la directa, que la tía no estaba mal pero era una melindres monjil y que no había posibilidad de echarle un polvo. No interesaba. Manolo reconoció a medias que estaba por su amiga. Los demás callamos. Sobre todo Antonio, que la había besado a conciencia en la fiesta de Noche vieja. Estaba loca por él. Meses después me pidió desesperada que la ayudara a ser su novia. Jamás hablé del asunto y le hice un favor. Reconciliados en la desdicha Oscar y yo no tardamos en ser otra vez inseparables. ¡Qué podemos hacer, dijimos estoicamente, son cosas que pasan en las mejores familias! Mucho después, su amiga dominante, "la de Manolo", me contó en una terraza de verano que la hermosa criatura se había casado con un piloto de Iberia que le sacaba diez años y tenía dos pilluelos. Siempre igual: la vida imita a las peores novelas de costumbres.

sábado, 1 de agosto de 2015

La terrasse partagée

 

Il y a longtemps, je travaillais comme professeur à Majorque. Je donnais des cours au Lycée JMT où j’avais été muté. J’habitais dans l’arrondissement de Levante, rue de Can Capes. Ma petite amie, Marita, qui était majorquine, avait loué un joli appartement construit en 1960, situé dans un édifice de quatre étages et un rez-de-chaussée. La concierge, une veuve très commère mais attentionnée, vivait en dessous, au rez-de-chaussée ; au premier étage, un cuisinier qui préparait ses plats pour la ligne maritime Transmediterránea et qui passait plus de temps à bord du bateau qu’à la maison ; au deuxième étage, un couple gay d’Allemands à la retraite, tous les deux cadres de Deutsche Bank ; au troisième étage, Marita et moi. Finalement, au quatrième étage, vivaient une mère célibataire d’âge moyen très sympa et son fils, Marcos, à l'âge ingrat.

L’édifice avait une cour intérieure de 100 mètres carrés où l’architecte avait prévu de construire une piscine et un petit jardin, bien que les difficultés budgétaires aient empêché leur réalisation. Au printemps, le couple avait demandé au propriétaire du bâtiment la permission d’utiliser la cour commune pour s’amuser en cultivant un « charmant jardin partagé ». Quand Ulrich et Gunther ont demandé aux voisins leur avis sur le projet, personne ne s’est opposé. Au contraire, le plan est devenu un succès : la concierge a décidé de cultiver de belles tomates, la mère de Marcos a essayé d’obtenir du persil et d’autres condiments, Marita a acheté des pots de fleurs pour enjoliver la terrasse et les Allemands ont transformé la cour en une petite jungle tropicale. Deux mois après, à cinq heures, je venais de me réveiller de la sieste quand tout à coup Marita et son amie Claudia, une jeune pharmacienne, ont pris d'assaut la maison ; ma petite amie était au bord de la crise de nerfs :

- Les Allemands, cria-t-elle, les salauds ont cultivé un terrain de marijuana !

- Il n’y a pas de doute, a remarqué Claudia, cette herbe-là, je la connais très bien ! Voilà la preuve (et elle a mis sur la table quelques feuilles arrachées).

Le lendemain, j’ai visité Ulrich et Gunther et j’ai soulevé la question.

- Le terrain de culture de la terrasse, vous savez, ça ne me regarde pas, mais il faudrait repenser l’affaire si je vois des gens bizarres monter et descendre l’escalier à toute heure, le matin et la nuit, vous comprenez…

- Si nous avons de la visite, est-ce que cela vous regarde ? Ont-ils répondu en duo.

- Tout à fait, puisque nous partageons le bâtiment, de l’entrée jusqu’à la terrasse… Ou pas ? Pensez-y bien !

Pendant six mois, l’accord sur l'honneur a été respecté. Un dimanche matin, Marita est sortie à toute allure du balcon où elle prenait le petit déjeuner :

- Regarde en bas, ce n’est pas possible ! Les deux tourtereaux, joints grâce à des menottes, sont sur le point d’entrer dans une voiture de la police. Tu n’as rien à voir, j’espère…

- Absolument pas, je suis aussi surpris que toi.

La fin de la plantation : c’était la concierge, une femme tellement curieuse, qui s’en était rendu compte. Quelques jours plus tard, l’enquête de l’inspecteur Palomeque :

- Non monsieur l’inspecteur, nous ne savions pas du tout ce que nos voisins étrangers mijotaient. Ils avaient l’air de personnes très responsables… Mais, c’est la vie quand même.

viernes, 24 de julio de 2015

Honoré Daumier, abogados y burócratas


Ha sido finalmente la ciudadana Thérèse Lagarde quien ha conseguido el primer premio en el popular concurso La varita del hada. Como es sabido, el programa se celebra en Francia cada tres meses en la cadena privada de televisión France Loisir (RFL).
Cada emisión varía el tema del concurso. Los últimos han sido las medidas más audaces para superar el racismo en Francia o las formas más insólitas de engañar a tu pareja sin que sufra. La parafernalia es notable: los patrocinadores (las grandes firmas del negocio multimedia), la presencia en el escenario de figuras del espectáculo, la política o el deporte, las bellas animadoras, los números musicales, han logrado, en fin, que el índice de audiencia se dispare hasta las nubes.
Se trata de un concurso con jurado caviloso, finas impugnaciones, conexiones con sabios del ancho mundo, ayuda del equipo del concursante y la intervención del público a través de los canales del programa. Tras cuatro semanas de competición, el vencedor sube al podio nimbado de gloria y una suma más que generosa en el bolsillo. La ganadora se embolsará esta vez la nada desdeñable cifra de seiscientos mil euros.
Sobre el tema elegido, leemos en la web oficial de la RLF www.franceloisirlabonnefée.fr: Se tendrá en cuenta la idea más original que el participante proponga acerca del concurso a fin de incluirla de modo inmediato en la primera de sus bases. El programa, por tanto, se piensa a sí mismo, lo que implica su desliz a la fase barroca y un barrunto de declive y extinción. Se incluye además la obligación de que la idea ganadora deberá ser aplicada al pie de la letra en la presente edición como condición necesaria del premio. Es evidente que los promotores han decidido esta vez ser más fieles que nunca al famoso lema del concurso: El hada te concederá un deseo si se lo pides con talento
El título de la idea premiada de Lagarde, una joven licenciada en ingeniería civil, ha sido nada más y nada menos que: ¡Tirad el dinero por la ventana! En ella se precisa que la mitad del premio (o sea, 300.000 euros) deberá ser lanzado a la calle desde el balcón consistorial de la alcaldía de la ilustre ciudad de… (donde ella reside) en fecha por determinar. La cantidad restante será del ganador.
Y aquí comienzan los problemas. El Alcalde de la ciudad, tras largos debates en el Concejo Municipal, ha considerado la idea demasiado chabacana. Un portavoz autorizado ha declarado que sólo se accederá si la excéntrica condición va acompañada de una cierta detracción de fondos a favor del municipio que justifique el permiso oficial, por ejemplo 60.000 euros destinados a fines de interés general. Los promotores, a través de su servicio jurídico, han objetado que tal desvío de fondos no está contemplado en las bases del concurso. Tendría que ser la ganadora la que, a título personal, hiciera la donación, lo cual comunicamos a la interesada Doña… a todos los efectos.
A esto se añade otra pega: Monsieur Armand Garaudy, oficial superior de la Gendarmería, ha confirmado, tras los pertinentes informes, que la iniciativa es de alto riesgo para el orden público y la integridad física de los asistentes. Dicho con sus palabras en rueda de prensa: Si tal idea se llevara a cabo podríamos asistir a la mayor manifestación que haya tenido lugar en esta ciudad desde la liberación de Francia en 1944. Si seguimos adelante, el circo está servido. El oficial Garaudy, persona de verbo (y trago) fáciles, se ha arrancado a continuación con una canción de Edith Piaf, imitando la “erre alveolar arrastrada” de la gran cantante.
Emportés par la foule qui nous traîne
Nous entraîne
Écrasés l'un contre l'autre
Nous ne formons qu'un seul corps
Et le flot sans effort
Nous pousse, enchaînés l'un et l'autre
Et nous laisse tous deux
Épanouis, enivrés et heureux.
Por su parte, los abogados de Thérèse, seguramente inspirados en su ingenio, han propuesto un saludable ménage a quatre, es decir, un acuerdo que satisfaga al alcalde, a los promotores, a la gendarmería y, por supuesto, a ella misma. He aquí los términos: El Ayuntamiento recibirá la cantidad prevista como donación. Asimismo, la Gendarmería recibirá igual cantidad por su colaboración, sin entrar en más detalles. La joven, por su parte, ingresará los seiscientos mil euros en una cuenta del BNP a su nombre. Un día tras otro, excepto los fines de semana, Thérèse tirará desde el balcón consistorial, al que le facilitarán el acceso, una moneda de un céntimo, lo cual supone un total de 365 céntimos al año, excepto los bisiestos, hasta cancelar la cifra fijada.

La alcaldía y los gendarmes están de acuerdo (la primera con una clausula de revisión del seis por ciento cada cinco años, los segundos con una aportación anual de seis mil euros a su fondo de pensiones). Sin embargo, el servicio jurídico de los patrocinadores ha alegado que en las bases del concurso se dice literalmente se tirará el dinero desde el balcón consistorial; y el dinero hay que entenderlo necesariamente como la totalidad del dinero sin partes ni cortapisas. Los abogados de Lagarde replican que tal necesidad es una mera conjetura y que el dinero, puestos a matizar, es algo que está sujeto por naturaleza a partes o fracciones que en este caso van desde los billetes de 500 euros hasta la moneda aludida en la propuesta. Con buen criterio, los promotores, por razones de popularidad (las encuestas los ponían de vuelta y media) y los costes legales hasta el día del Juicio Final, han decidido aceptar los términos del acuerdo.

El semanario Elle toujours, de corte feminista, ha conseguido la primera entrevista con Thérèse (en círculos próximos se comenta que el precio de la exclusiva ha cubierto con creces los gastos). En ella, la ingeniera desgrana sus jugosas opiniones. Dice de sí misma, para salir al paso de ciertos rumores, que no es introvertida ni tímida: Decididamente no me gustan los tímidos. La mayoría no dice nada porque nada tiene que decir, no oculta nada porque nada tiene que ocultar. Hace dos años me enamoré de un hombre tímido: su aura de misterio, su ensimismamiento, sus momentos delicados, los silencios... Al final eran depresión. Sobre el feminismo afirma que es una solemne estupidez porque su punto de partida es la inferioridad de la mujer. Otra perla: No me interesa la política. Las mujeres y los hombres más inteligentes, más valiosos, más capaces, jamás se dedican a la política. Los “argumentos políticos” solo son justificaciones de los prejuicios de cada cual.  
Al preguntarle la reportera  en la segunda página si por curiosidad había calculado cuántas generaciones de herederos la sucederán hasta que dentro de seis mil años se arroje por la ventana el último centavo, la astuta joven le ha respondido con una canción plena de sabiduría mundana:
La vie est belle même si c’est vrai qu’parfois le destin s’en écarte.
Faut vivre ta vie comme si tu mourrais demain.
Profite de chaque instant avant qu’la mort vienne te dire faut qu’tu partes.
Car il sera trop tard pour te reprendre en main.
Posdata. Cuando Thérèse deposite el dinero en el BNP, esta centenaria institución le dará una tasa mínima de interés del 5% a plazo fijo anual revisable igual o al alza. ¡Hagan ustedes mismos las cuentas!

viernes, 17 de julio de 2015

Las pijas madrileñas


Los pijos españoles tienen su doble en otros países hispanohablantes: los fresas en México, los chetos en Paraguay, Argentina y Uruguay, los gomelos en Colombia, los cuicos en Chile, los pitucos en Perú, los sifrinos en Venezuela, los pipis en Costa Rica, pelucones en el Ecuador, los jevitos en República Dominicana, los yeyés en Panamá y los caqueros, en Guatemala. Interesante el libro de David Madrid, Tribus urbanas: ritos, simbolos y costumbres.
Entre las tribus urbanas madrileñas (raperos, góticos, latinos, punks, bobós, gaytrinar, entre otros)  los pijos y las pijas son todo un clásico. Nos vamos con ellas.
Las auténticas pijas no son legión. Cada vez tienen más imitadoras pero un ciego que pasara corriendo por la acera de enfrente distinguiría la copia del original. El pijo no se hace, nace. Viven en aparente armonía, ocupan un territorio, se reconocen fácilmente y forman un grupo homogéneo a pesar de las tirrias que mantienen para decidir cual es la más guapa cuando se miran al espejo. Su signo es la vanidad a la que llaman clase. Sus mayores defectos son la envidia y los celos (los celos de amor son para ellas una variante de la envidia). Su facultad es la imaginación. Viven en un mundo a la medida de sus fantasías: si los hechos las desmienten, peor para ellos. Si puedes, quieres. La imaginación en el poder es su lema. Sueñan despiertas con ser portada en el Hola, jamás en Diez minutos, salir en Corazón, corazón con su novio condeduque o fotografiadas en topless en una isla del Egeo por una legión de paparazzis.
Han convertido la frivolidad en un arte: cada mañana despiertan en un mundo nuevo. Lo que ocurre es siempre accidental. La menor variación interna (una alergia primaveral) o externa (su hermano mayor se ha llevado el coche) hace que adoren lo que ayer les parecía absurdo. El río de la vida. El principio de contradicción es para la pija una manía burguesa.
Son, en general, bastante libertinas, aunque critican duramente los deslices de las otras. Los informes sociológicos constatan que más de la mitad de los abortos (en Londres, por supuesto) llevan su firma. Son casta. Es evidente el desprecio que sienten por las mujeres extramuros que, a su vez, las odian por el glamour deseante que desatan entre los hombres de toda edad y condición.
Es curioso que sus padres tengan una tendencia irresistible a creerse lo que les cuentan sus niñas, acaso por el hábito de asistir juntos a la misa dominical en el barrio de Salamanca. Las pijas tienen muy claro que el catolicismo es cristianismo para ricos. Son practicantes a tiempo parcial. En misa rezan al dios de sus mayores y al salir, en la puerta misma de la iglesia, retoman la vida mundana.   
Ser pija es un código moral. Por ejemplo, su relación con los chicos. De entrada, marcan las diferencias entre los plebeyos, a los que ignoran, advenedizos, a los que maltratan, y los hijos de papá, a los que persiguen. El advenedizo, por ejemplo, un compañero de la facultad alto y listo, será un conocido de segunda; como mucho amigo sin derecho a roce. Jamás entrará en su círculo mágico. Existe la esperanza pero no para él. Le preguntarán lo que no entienden en clase, le pedirán los apuntes, tomarán una tónica en el bar y cuando el incauto intente pasarse de la raya le darán el esquinazo.
Cuando las pijas se sientan en la terraza, quedan en la discoteca o van de tiendas se mueren de risa y todo son cumplidos; pero ponen a sus amigas de vuelta y media en cuanto les dan la espalda. Si una se despide, otra dejará escapar: ¿Por qué Marga habrá movido tan pronto su gordo culo? A su vez, Marga le dirá por iphone a su prima con la que ha quedado en el nuevo espacio de batidos de la calle Goya: para ser tan cretina como Noa hay que tener profesor particular.
Los estudios preferidos de las pijas son Economía, Derecho y Periodismo. Nunca Bellas Artes, Filología o Filosofía. Las carreras técnicas son para tías marimachos. Tener estudios es un título matrimonial. Forma parte del escaparate porque su inconsciente colectivo les dice que trabajar una vez casadas rompe la armonía preestablecida. Se supone que su esposo será un hombre de recursos. El arquetipo del gran Pijo.
Los deportes de pijos y pijas son el esquí, el golf, el tenis y el padel. También la equitación y la vela. Están mal vistos la natación, el footing y todas las variantes del balón. La diferencia es que ellos ejercen, compiten, se machacan, mientras ellas no se lo toman en serio; dan clases en el club con los últimos atuendos de Adidas, Nike o Reebok, se cansan pronto, lo dejan y se apuntan a un gimnasio de Serrano.
Por lo que respecta a sus gustos musicales, adoran el flamenco guiri, las sevillanas (van a un curso con su madre), la salsa y Bisbal (ese albañil tan simpático). La ópera les aburre aunque alguna vez se dejan ver por el Real con traje de noche. Los libros existen para hacer un regalo de cumpleaños a las personas mayores. Como mucho se llevan a la playa la biografía de un famoso o un best seller adaptado al cine. Lo único que leen en serio son los mensajes de aplicaciones pijas, nada de WhatsApp salvo urgencia o gente de aluvión.  
Odian la ropa de las grandes superficies porque iguala. Se visten con marcas exclusivas, Lacoste, Tommy Hilfiger o Quicksilver, codician los trajes de las grandes firmas, Louis Vuitton, Armani o Prada, les chifla la lencería sexy de Sahía como si se tratara de una exquisita pâtisserie, pero están muy pendientes de las novedades de Zara (cuando pasa la temporada tiran los modelos o los dejan en la parroquia sin que las vean).
Desde que nacen todas las pijas sufren el complejo de derechas. Dicen que son apolíticas chic. Hablar de política está mal visto, excepto algún comentario para recalcar el pésimo gusto de la izquierda. Lo cual no es obstáculo para que militen en las juventudes del PP. Sus padres las han llevado a colegio de pago para convencerlas de que forman parte de la nueva generación neocon que dirigirá su país. Son “liberales” a lo Espe, el arquetipo femenino de la clase dominante. ¡La inteligencia también se compra!
Pasan las vacaciones de verano con sus padres en Marbella (cada vez menos), San Xenxo, Santi Petri o el Puerto de Santa María. En invierno tiene dos opciones: esquiar en Baqueira (con los reyes o Aznar) o hacer un crucero de lujo con destino a Cancún, Martinica o Miami.
Si por casualidad oís en la calle: “es ideal”, “es mortal”, “estás divina” o “no me puedo creer que Carla salga con ese cool de Borja Mari”, no lo dudéis: si giráis la cabeza veréis al menos dos pijas. La pija tiene siempre un colega, novio, prometido. Se trata de un pijo. Pero esto ya es otra historia a la vez idéntica y diferente.