viernes, 15 de marzo de 2024

El cuerpo del amor

 

La pandemia ha supuesto un renovado interés por el culto al cuerpo. Recordad el omnipresente ¡Cuídate! Las salas de fitness, están a reventar, las aceras pobladas de corredores o runners que resoplan al adelantarte, en los parques se han instalado barras, bicicletas y otros artilugios, en cualquier esquina puedes tropezarte con alguien haciendo sentadillas, flexiones o estiramientos. Por no hablar de la penitencia de la gastronomía ecológica.

Otra variante en auge del culto al cuerpo son los institutos o clínicas de cirugía y medicina estética, el negocio más próspero del barrio junto con los gimnasios, las terrazas y los chinos. Sus clientes son por el momento mayoritariamente femeninos, pero hay cada vez más presencia masculina (hetero y homo) según datos de las propias clínicas, en parte ciertos y en parte hinchados en un intento de autopromoción. Algunos se retocan por exigencias profesionales (políticos, reyes, locutores, actores, influencers, deportistas), otros por contemplar su imagen en el espejo, sin olvidar a los que buscan el elixir de la eterna juventud.     

Hoy tocamos este palo. No es lo mismo la cirugía plástica que la cirugía estética. La primera pretende restaurar la forma y función del tejido después de que haya sido afectado por diversas patologías: infección, traumatismo, extirpación, quemaduras, amputaciones, deformaciones congénitas… La segunda se utiliza para mejorar la apariencia personal y se puede realizar en diferentes áreas de la cara, el cuello y el cuerpo. No hay, por tanto, patologías previas. Se trata de un procedimiento electivo mediante el cual se modifican rasgos corporales a fin de optimizarlos. Hay muchos tipos de cirugía estética: el lifting o estiramiento facial, la rinoplastia, la liposucción, la otoplastia, la mamoplastia, el levantamiento de cejas, entre otros. Una variante no quirúrgica de la cirugía estética es la medicina estética orientada a perfeccionar el aspecto físico mediante tratamientos no invasivos o mínimamente invasivos: corregir imperfecciones del rostro, favorecer la calidad y textura de la piel, reducir las arrugas, corregir las líneas de expresión o promover la regeneración celular. La cirugía plástica o reparadora está cubierta por el Servicio Nacional de Salud, mientras que la cirugía y la medicina estética es sufragada por los usuarios, algo justo y necesario en ambos casos.

Hay un tema concomitante que cada vez cobra mayor actualidad y es objeto de polémica (agria entre los políticos): la transexualidad. La podemos definir como la identidad de género de las personas que se consideran a sí mismas individuos del sexo opuesto. Los transexuales tienen, por tanto, una identidad de género que no coincide con su sexo adscrito por nacimiento por lo que desean realizar una transición al sexo con el que se identifican. Para llevarla a cabo tienen que buscar asistencia médica mediante terapias de sustitución hormonal y cirugía de cambio de género. Esta última tiene dos modalidades completas: la cirugía de feminización o vaginoplastia y la cirugía de masculinización o faloplastia. Hay grados intermedios. La vaginoplastia consiste en una reconstrucción genital que incluye la extirpación de los testículos y el pene, la creación de una vagina, labios vulvares y un clítoris. La faloplastia tiene como objetivo crear unos genitales externos masculinos que permitan una función urinaria en posición vertical, una estimulación erógena y una penetración satisfactoria. La operación completa de reasignación de género en ambos casos es compleja porque implica a distintos especialistas y además costosa, en torno a los veinte mil euros o más en función de las características de cada caso.

Es problema ético y político es a quién corresponden los gastos de la cirugía de reasignación parcial o completa de género. La Organización Mundial de la Salud (OMS) y las más reconocidas asociaciones de Psiquiatría no consideran a la transexualidad una enfermedad mental. La patología, denominada disforia de género, surge, más bien, cuando tratamos de disuadir a la persona de su identidad transexual en vez de ayudarla a que la asuma sin complejos. La contradicción surge, a mi modo de ver, en que si no se trata de una enfermedad sino de una elección subjetiva no corresponde al Servicio Nacional de Salud hacerse cargo de los gastos de las intervenciones de feminización o masculinización. No son un caso de cirugía estética, pero tampoco de cirugía plástica. Es más, por su propia finalidad institucional, el SNS quedaría al margen de cualquier protocolo, evaluación y procedimiento relacionado con la reasignación de sexo. Los transexuales tendrían, por tanto, que recurrir a centros privados (los hay y muy competentes, por ejemplo, la Clínica Mayo) y cubrir todos los gastos. Estoy de acuerdo en que muchos trans, por desgracia, no pueden costearse la intervención, pero de ahí no se sigue que tengamos que pagársela entre todos. Insisto, trato de expresar mi opinión, no de sentenciar sobre el caso. En nuestro país este matiz nunca está de más.

sábado, 9 de marzo de 2024

Meritocracia

Es conocida la sentencia firme de Alfred North Whitehead según la cual toda la filosofía occidental consistiría en una serie de notas a pie de página a la filosofía platónica.

La RAE define la meritocracia como el Sistema de gobierno en que los puestos de responsabilidad se adjudican en función de los méritos personales. En su Diálogo de madurez República, la primera utopía política conocida, Platón propone algo similar a lo que hoy entendemos por tal concepto: a la cabeza de un Estado ideal deberían estar los filósofos gobernantes designados entre la casta de ciudadanos que por selección eugenésica y formación específica predomina el alma racional cuya virtud es la prudencia o sabiduría práctica. Al final de su vida, Platón fue muy pesimista sobre la instauración en Grecia de una ciudad estado realmente justa. En realidad, estuvo a punto de perder su privilegiada cabeza en tres ocasiones a causa de sus ideas políticas.  

Un fantasma recorre la Unión Europea: la escasa competencia de la clase política. Es lo mismo que pensaba Platón de la corrompida democracia ateniense que ejecutó a Sócrates, su maestro. Abatido y en la lista negra de los disidentes, se refugió en Megara durante tres años. Posteriormente viajó a Egipto, Cirenaica e Italia. En Siracusa (Sicilia) convenció al tirano Dionisio el Viejo de que pusiera en práctica sus principios políticos, pero acabaron mal. El tirano se hartó de teorías abstrusas, lo cargó de cadenas, lo convirtió en esclavo y lo vendió en el mercado. Tras pagar un amigo el rescate volvió a Atenas donde fundó la Academia, una institución dedicada originalmente a la formación de políticos profesionales. A la muerte de Dionisio el Viejo, su hijo, Dionisio el Joven lo reclamó como instructor personal. Platón, pese a su anterior fracaso, volvió dispuesto a reivindicar las ventajas de un gobierno de los sabios. Pero el tirano, ajeno a las verdades del mundo inteligible, acabó por desen­ten­derse de su asesor y tras la caída del régimen a causa de una conspiración, el filósofo, perseguido y desmoralizado, volvió de nuevo a Atenas lleno de dudas sobre su teoría de las ideas y de  sombras sobre la condición humana como reflejan sus últimas obras.  

Cambiando lo que se deba cambiar, aplicaremos el intelectualismo platónico, la meritocracia, a la democracia liberal. Las conclusiones son muy parecidas. En primer lugar, una vez eliminados los ministerios superfluos (en nuestro país la mitad) debemos asumir que el ministro de sanidad sea un médico reconocido, el de hacienda un economista prestigioso, el de educación un profesor emérito, el de justicia un jurista acreditado y así sucesivamente (si continuamos, el disparate surge pronto). Las dificultades se suceden: los profesionales más capaces no suelen estar interesados en la política. Más bien la evitan. Echen una mirada a los escuálidos curricula del arco parlamentario. Además, si los hubiera, deberían tener unas mínimas afinidades ideológicas con el partido al que representan: hablamos de democracia no de tecnocracia. No se trata de sustituir los fines ideológicos por los medios técnicos. Nuevo problema: que sea un excelente profesional de la medicina, la economía, la educación o el derecho no garantiza que sea un buen político. En realidad, no sabemos en qué consiste ser un buen político. Un misterio dentro de un enigma. Quizás el buen político nace, no se hace. Ya sabemos lo que dan de sí los licenciados en ciencias políticas y sociología. Ni siquiera la historia nos aclara quienes han sido buenos o malos. Siempre nos encontramos con un mosaico de luces y sombras. La meritocracia estricta, platónica, no funciona en la democracias liberales.

La segunda solución, en línea con la anterior, serían los consejeros áulicos. Los representantes electos se rodearían de técnicos cualificados, a tiempo parcial o total, para encontrar la mejor relación entre medios y fines. Pero surgen nuevos problemas: nuestros políticos tienden por sistema a priorizar los fines, mutados en intereses creados, a los medios expertos; o sea, a degradar el contenido objetivo de los sesudos informes, a esconderlos en un rincón escondido y cubierto de polvo o a enviarlos directamente a la papelera de reciclaje. Otrosí, los políticos profesionales no eligen por norma a los mejores técnicos sino a personajes afines al partido por dos motivos: oyen la música celestial que quieren oír y pagan las exigencias internas del insistente qué hay de lo mío. Después de todo la política es una carrera. Finalmente, los asesores son legión porque los situados extienden insaciables la red de influencias a familiares, amigos y conocidos. Al final prevaricación, cohecho y presuntos implicados. Tampoco esta variante de la meritocracia, la más plausible, la más llevadera, es por ahora la solución a la decadencia de la democracia liberal en España, Europa y Estados Unidos. Lo que sigue es algo que no hace falta imaginar porque ya está sucediendo. Y el futuro que se vislumbra es oscuro y confuso, si es que sobrevivimos como especie a corto plazo. Siempre nos quedará la ciencia, pero todo parece indicar que sus aplicaciones, la tecnología militar, las computadoras cuánticas, la inteligencia artificial, apuntan en una dirección inquietante.

miércoles, 21 de febrero de 2024

El fin del mundo

 

Recién llegado de un congreso en Lyon sobre Jean Fouquet, el mejor pintor y miniaturista francés del siglo XV, me cité con el coronel Carlos Abengoa, doctor en historia por la UNED, al que no veía desde hace meses. Compartimos mesa para disfrutar de unos callos a la madrileña en el restaurante García de la Navarra con un amigo común, Eduardo Barrios, profesor titular de la asignatura de Procesos y computación en la Escuela Superior de Ingenieros Informáticos.

Según parece, dijo Barrios tras apurar su primera copa de Ribera del Duero, el último logro de la Inteligencia Artificial consiste en clonar la imagen y la voz o convertir texto en contenido audiovisual en minutos. Los emprendedores han encontrado por fin su Arcadia digital. Imaginen las empresas de nueva creación: Burial o Lazarus resucitan a los seres queridos, incluidos perros y gatos, para que hables, discutas o llores mediante modelos exactos de telepresencia holográfica sin dispositivos audiovisuales de apoyo. O con apoyo. La semana pasada tuve la oportunidad de recorrer Florencia con unas gafas Apple de realidad virtual. Por supuesto, es más perfecta que la realidad real. Una Florencia de ensueño. Puedes ver en un entorno de 360 grados y alta definición 8K el humo de las tazas de chocolate que saborean los turistas en las terrazas de la Piazza della Signoria; o los imperceptibles defectos del mármol blanco de los dedos del David de Miguel Ángel. En Uffizi, la Venus de Botticelli te ofrece sus labios entreabiertos… O mejor, en medio del Ponte Vecchio sales tú de una joyería treinta años más joven de la mano de Margot Robbie a la que acabas de regalar unos pendientes de oro blanco, diamantes y esmeraldas. Por no hablar de las posibilidades que se abren a la industria del sexo manipulado, el fraude cibernético o la falsificación profunda. Será imposible que no te estafes a ti mismo.

En todo caso, metí baza, de los innumerables usos de la Inteligencia Artificial, el más crucial y, a la vez, más secreto es su aplicación a la industria militar. Asistimos a la invención de tecnologías cada vez más letales e indetectables. Los escenarios bélicos y las maniobras por tierra, mar y aire se han convertido en el escaparate de las grandes potencias militares. Armerías a escala mundial. Nos quejamos del control de las grandes tecnológicas sobre la vida privada. Pequeñeces. Te inundan de publicidad, llamadas durante la siesta y correos tóxicos con faltas de ortografía. Como mucho las redes sociales te advierten que no te pases o te bloquean por impresentable. Por supuesto que tus comunicaciones están monitorizadas por los servicios de inteligencia; o por los ojos electrónicos de una atmósfera saturada de satélites capaces de detectarnos con una resolución de menos de un metro; a no ser que te metas en líos serios o seas el hilo conductor de alguno les importas un bledo. Y viceversa. En unos años la Luna será el objetivo estratégico de los señores de la guerra. El peligro de la IA para la extinción de la humanidad a corto plazo no es el imperio final de las máquinas tipo Matrix en que los algoritmos dominan el mundo y se dedican a cultivar humanos, sino el Armagedón devastador que puede desencadenar la carrera de armamentos. Sabrás que el mundo cesa por una súbita luz incandescente, el temblor de las paredes y la temperatura anormal de la cuchara del café.

Se habla de las capacidades creativas de la IA, intervino el coronel. Ningún gran maestro ni computadora programada es capaz de derrotar a la impresionante Alpha Zero, la inteligencia artificial creada por Deep Mind, propiedad de Google. Tras jugar casi cinco millones de partidas durante cuatro horas, Alpha Zero obtuvo el mismo conocimiento que los humanos en casi 1.400 años. Lo he leído en el vuelo. Peter Heine Nielsen, analista de Magnus Carlsen, campeón del mundo, declaró a la revista CHESS Magazine: Siempre me he preguntado cómo sería si una raza superior aterrizara en la tierra y nos enseñara cómo juegan al ajedrez, y ahora siento que ya lo sé.

Profetizó el ingeniero informático (tercera copa de Ribera) que, aunque nosotros no lo veremos, una máquina de inteligencia artificial será capaz de escribir capítulo a capítulo las andanzas del caballero andante y su fiel escudero todavía mejor que Cervantes, como en el relato de Borges Pierre Menard Autor del Quijote. Ante mis airadas protestas por la vinosa distopía, Barrios me sugirió que todo es mejorable, la ciencia en primer lugar. Los avances en micro y macrofísica no serían posibles sin la aplicación de modelos de IA a la mecánica cuántica. ¿Por qué no imaginar que pueden aplicarse el arte? Quizás el Don Giovanni de Mozart oculta dos arias maravillosas o la décima sinfonía de Beethoven está latente en las anteriores. O que Johannes Vermeer no supo sacar de su paleta su obra maestra y la IA será capaz de darle luz y color. 

Replicó Abengoa que detestaba la analogía entre nuestros amigos inhumanos que nos superan en los escaques y las creaciones literarias, musicales o pictóricas. Por ahora, prosiguió, la capacidad de la inteligencia artificial como autor carece de sustancia. Los intentos que se han hecho han sido un fracaso. Hace poco la Orquesta sinfónica y Coro de RTVE interpretó en el Teatro Monumental de Madrid la primera obra compuesta con IA. El resultado ha sido calificado por la crítica especializada de pastiche. El director, prudente con los patrocinadores, dijo que nos podía servir de ayuda. Los relatos sobre temas sencillos, sacados, por ejemplo, de las fábulas de Samaniego son tópicos decepcionantes. Si se trata de narrar un tema más complejo como los celos es una mera clasificación o un dislate. Algunas madres utilizan El ChatGPT para disponer de cuentos infantiles que leen a sus hijos en voz baja antes de que doblen por la noche. Los que conozco son simplones, predecibles y aburridos. Ignoro si se ha alimentado algún programa de inteligencia generativa con las obras de los clásicos de la literatura o de las artes plásticas y cuál ha sido el resultado. Después de todo, imitar a Modigliani no es tan difícil. Según parece la mitad de los que cuelgan en los museos son falsos.

En cualquier caso, opiné, si se cumplen las profecías estéticas del Doctor Barrios (algunos apocalípticos afirman que la música de Bach responde a patrones matemáticos) será el momento de reconocer que el fuego, la rueda, la imprenta o internet no han sido los principales inventos de la humanidad. Y de aceptar que a medio plazo no tenemos la más mínima posibilidad de sobrevivir a las máquinas. Lo que sucederá después es inevitable. Si todavía estamos a tiempo será el momento de bombardear las bases de datos. 

P.D. A los postres (torrija con bola de helado y chupito de melocotón) la Inteligencia Emocional que reúne a los viejos amigos nos condujo a la Antica Hosteria Romanesca en la Plaza del Campo dei Fiori. Hacía una año que habíamos compartido mesa sin más pretensiones que comer un plato de pasta regado con Chianti, observar el trasiego del popular mercado y contemplar la estatua dedicada a Giordano Bruno, en el centro de la plaza (lugar de las ejecuciones capitales) donde el jueves 17 de Febrero de 1600 la Inteligencia Natural más fascinante del Renacimiento, acusado de herejía, fue quemado vivo en la hoguera por decreto de la Santa Inquisición durante el papado de Su Santidad Clemente VIII, Pontífice Máximo de Roma.  

lunes, 19 de febrero de 2024

Le jardin anglais (récit sur commande)

 

Il y a moins de deux ans, je dirigeais le département de Diffusion et d’Activités de la Bibliothèque Publique de Palma de Majorque. Une fois par semaine, je coordonnais un club de lecture à la Maison de la Culture de Santa Ponça. Originaire de Cuenca, c’était là ma première affectation en tant que bibliothécaire. Je vivais à Can Capes, un quartier de la périphérie. Ma compagne, Paula, une Majorquine, travaillait à la rédaction d’un magazine de voyages et de promotion touristique. Grâce au rédacteur en chef, nous avions trouvé un appartement de trois chambres avec salon et terrasse, construit dans les années quatre-vingt-dix, pour un loyer avantageux. Il se situait au troisième étage d’un immeuble locatif de quatre niveaux, dont le rez-de-chaussée était occupé par Doña Mercé, la concierge. Cette veuve catalane d’une soixantaine d’années avait perdu son mari, un sergent retraité des Mossos d’Esquadra, lors de la première vague du Covid.

Indiscrète par profession mais d’un tempérament affable, elle vivait avec son fils unique, Agustí, un trentenaire peu loquace. Son occupation principale — bien qu’il en eût d’autres, comme nous l’apprîmes plus tard — consistait à effectuer les menus travaux de réparation de la copropriété et à engager, moyennant commission auprès de l’administrateur de l’immeuble, les professionnels chargés des travaux plus importants. Il effectuait également des livraisons sporadiques avec sa camionnette.

Le locataire du premier étage était Jaume, un cuisinier d'âge indéfini travaillant pour la compagnie Transmediterránea. Il passait beaucoup plus de temps à bord qu'en son appartement, où il revenait pendant ses périodes de repos accompagné d'une femme d'une quarantaine d'années aux cheveux teints en blond — la blonda — qui parlait espagnol avec un accent français. Au deuxième, un couple de retraités allemands homosexuels venait passer ses vacances. Gerhart, l'aîné, affirmait avoir gravi presque tous les échelons de la Deutsche Bank pour finir directeur d’entreprises. Selon ce qu’il me confia un soir, alors qu'ils se promenaient bras dessus bras dessous sur la plage d’Andratx, il avait troqué la prospection de clients pour la « joie de vivre ». Günther, quant à lui, avait été assistant de restauration au Dresden City Museum ; il consacrait désormais une partie de son temps à l’étude de la poterie et de la céramique baléares.

Au dernier étage vivait Aurora, fonctionnaire au ministère des Finances. Elle avait quitté Soria à la naissance de sa fille, Jasmina, fuyant les préjugés provinciaux à l’égard des mères célibataires. Je suis convaincu qu’elle ne m'a dit que la moitié de la vérité. Désormais, Jasmina était une adolescente à la dérive, en proie aux bouleversements hormonaux, comme toutes celles de son âge.

L’immeuble disposait d’une cour extérieure murée d’environ cinq cents mètres carrés qui bordait l’arrière du bâtiment, où la construction d’une piscine et d’une aire de jeux pour enfants était initialement prévue. Les coupes budgétaires avaient interrompu le projet, condamnant la cour aux broussailles et aux mauvaises herbes. Au retour du printemps, les Allemands demandèrent à Don Tomeu, le propriétaire, la permission de transformer cet espace en un lieu communautaire « à des fins récréatives et d'embellissement ». Les explications du restaurateur sur la décoration urbaine et celles du banquier sur la revalorisation immobilière furent décisives pour obtenir son accord. Afin d’informer les voisins des bienfaits du projet et d’en discuter les détails, ils nous invitèrent à prendre l'apéritif sur une terrasse renommée de la promenade maritime. Même le marin et son amie se rendirent au rendez-vous.

Entre des verres de vin rosé, du fromage de Palma et des toasts à la sobrasada, ils nous expliquèrent que le projet consistait en l’imitation d’un jardin anglais. L'ex-banquier faisait preuve d'une éloquence remarquable. “Le jardin anglais — lut Günther dans une revue qu'il sortit de sa poche — cherche à imiter la nature vierge, bien que cette représentation spontanée soit au fond le résultat d'un projet artistique élaboré. L'idéal du jardin anglais est de créer un environnement surprenant, novateur, ayant l'aspect d'un lieu n'ayant jamais connu la main de l’homme”.

— Cette revue pédante me dit quelque chose, me murmura Paula à l'oreille.

Personne ne s'y opposa ; au contraire, Don Tomeu arborait une cravate ornée d'une épingle, cadeau des nouveaux voisins. Doña Mercé annonça son intention de planter des concombres et des tomates, tandis que la mère de Sara prévoyait du laurier, du persil et de la coriandre. Paula achèterait des pots chez Juanito Vivers pour décorer la cour ; le cuisinier convint que c'était une idée formidable, tout en déplorant que son travail ne lui permît pas de collaborer autant qu'il l'aurait souhaité. En somme, en moins d'un mois, les entrepreneurs allemands transformèrent la cour en un véritable verger parsemé de sentiers et de corbeilles. Doña Mercé et son fils gardaient la clé.

Deux semaines après la fin des travaux d'horticulture, alors que je sortais de ma sieste, Paula et sa jeune amie Beatriu, diplômée en sciences de la mer, entrèrent toutes agitées dans ma chambre :
— Les Allemands ! s'écria Paula. Ces enfoirés ont planté un champ de marijuana dans la cour !

— Cela ne fait aucun doute, ajouta son amie. Je sais distinguer une algue verte d'un plant de cannabis sativa (nous fumions tous les trois régulièrement). Regarde ! (elle éparpilla quelques feuilles coupées sur la table).

— Ça a l'air pas mal, commentai-je, encore ensommeillé.

Le lendemain, je rendis visite au couple sous prétexte de demander conseil à Gerhart sur d'éventuels investissements boursiers. « Rien de sérieux », dis-je. Il me répondit qu'il y réfléchirait avant de me donner une réponse, bien qu’à sa moue, j’eus l’impression qu’il s’y connaissait en finance autant que moi en chasse sous-marine. Je décidai de ne pas insister davantage en sollicitant l'opinion de Günther sur les peintres catalans à Majorque ; sans plus attendre, je détournai la conversation vers ce qui m'avait amené.

— Nous partageons cet immeuble, du portail à l'antenne collective, en passant par le jardin. N'auriez-vous pas dû informer le propriétaire et les voisins de ce que vous manigancez ? Vous pourriez nous attirer de sérieux ennuis. Avant une semaine, suggérai-je sans menacer, vous devez faire disparaître tout cela, peu importent vos raisons. L'éloquence ne vous manque pas.

Puis, je pris congé de ces deux statues de sel.

Lors des chaudes nuits méditerranéennes, un doux parfum sucré montait jusqu'au ciel sous nos narines. C'était tout. Bien entendu, nous ne coupâmes pas la moindre plante, bien que l'envie nous en démangeât. Les voisins ne remarquèrent rien d'insolite, et je n'étais pas du genre à faire l'annonceur public du quartier.

Un dimanche matin, quatre jours après ma discussion amicale avec les occupants du deuxième, j'étais encore au lit quand Paula surgit de la terrasse où elle aimait petit-déjeuner en consultant la presse numérique.
— Jette un coup d'œil dans la rue ! s'exclama-t-elle. Ce n'est pas possible... les deux tourtereaux, main dans la main, mais cette fois avec des menottes et sur le point de monter dans un panier à salade. J'espère que tu n'y es pour rien, murmura-t-elle.
— Je suis aussi stupéfait que toi, répondis-je avec sincérité.

Ce fut la fin du jardin anglais. C'était la Blonda, amatrice de quelques joints à ses heures, qui avait éventé le manège et donné l'alerte. Quelques jours plus tard, au commissariat, nous dûmes, comme les autres locataires, répondre aux questions de l'inspecteur Palomeque, de la brigade des stupéfiants et assidu du club de lecture de Santa Ponça.

— Non, nous ignorions ce que tramaient ces touristes. Nous ne les fréquentions guère, ils étaient très réservés. Nous savions qu'ils étaient mariés, la concierge nous l'avait dit. Ils semblaient respectables, ne recevaient aucune visite... croyez-moi, ce fut une bien désagréable surprise. Oui, continuai-je, il m'est arrivé de me promener dans le jardin, mais bien que je ne distingue pas une rose d'un œillet, j'avais remarqué que toutes les plantes se ressemblaient étrangement...

L'inspecteur sortit un étui à cigares en cuir de son bureau, prit un petit cigare, l'alluma calmement et savoura la fumée avant de l'inhaler.

Puis, il nous fixa intensément.

— Écoutez, bibliothécaire, ne vous payez pas ma tête. Je suis certain que vous étiez au courant. Ils parlent parfaitement espagnol, ils ne sont pas allemands mais polonais, venus d'Autriche. Tout ce qu'ils vous ont raconté n'est que balivernes. Nous les avions dans le collimateur depuis leur arrivée à Palma il y a un an. Ils ne sont pas mariés, ils aiment les prostituées de luxe et, de toute façon, leur vie privée leur appartient. Nous pensons que plusieurs groupes agissent sur l'île sans se connaître, bien qu'il soit évident qu'ils travaillent pour quelqu'un qui donne les ordres, stocke et gère la vente. C'est la reine d'un nid de frelons asiatiques ; elle crée d'abord un nid primaire, puis secondaire, puis tertiaire, et ainsi de suite si l'on ne coupe pas court au processus. Nous soupçonnons de qui il s'agit, mais nous ne pouvons encore rien prouver. Ils cultivent l'herbe dans les endroits les plus inconcevables : potagers, piscines vides, vieilles demeures, locaux abandonnés transformés en serres avec lampes, ventilation et système d'irrigation sophistiqué. Nous avons confisqué ce jardin des délices et huit autres. Au total, plus de trente kilos de marijuana de première qualité. À dix euros le gramme, son prix sur le marché serait de trois cent cinquante mille dollars. Nous pensons que les Polonais l'écoulaient par petits lots pour que la récolte passe inaperçue. Nous savons que le chargé de transport vers un entrepôt logistique est Agustí, le fils de la concierge ; nous n'excluons pas qu'elle soit impliquée. Ce n'est d'ailleurs pas une affaire trop grave tant qu'il ne s'agit que de marijuana.

— Je suis un fervent partisan de la légalisation de la marijuana, lui dis-je en guise de congé.

 — Moi aussi, me répondit-il, cela m'éviterait bien des problèmes. Comme vous me plaisez bien, que je suis bavard et que vous semblez sortir du dernier roman d'intrigue que vous nous avez recommandé, je vais vous mettre au parfum. Nous avons laissé du lest aux transporteurs qui livraient la marchandise à l'entrepôt. Puis, nous les avons tous cueillis, sauf la reine. Personne ne connaissait personne. Vos voisins ont tenté de me convaincre que la plantation était destinée à l'industrie pharmaceutique générale. Ils possédaient des comptes dans une banque d'Andorre qui nous a menés en bateau grâce à son haut niveau de discrétion opérationnelle et légale. L'avocat commis d'office — ils n'en connaissaient aucun en Espagne — dès qu'il a compris l'imbroglio, leur a conseillé de collaborer à l'enquête pour leur propre bien. Et l'affaire fut classée. L'entrepôt était une société écran enregistrée à Gibraltar. Le gérant ne savait rien, naturellement. Il nous a montré avec empressement les registres d'entrée des colis. Ils coïncidaient en date et en heure avec les livraisons des détenus. Je ne me suis pas donné la peine de lui demander les registres de destination, car je serais tombé sur un autre écran de fumée. Il se peut qu'ils soient encore dans l'entrepôt, mais il n'était pas question de demander au juge un mandat pour inspecter tous les colis possibles de cette fichue marijuana... Ce qui m'inquiète, c'est que ce soit une manœuvre de diversion, un leurre pour occuper la brigade des stupéfiants pendant que la reine mère introduit sur les îles la dame blanche, l'héroïne et la pilule rouge. Nous y travaillons. Vous l'apprendrez bientôt par la presse. Au fait, Don Tomeu, Majorquin de souche, possède quatre autres immeubles locatifs répartis sur Majorque. Tous acquis ces trois dernières années. Aucun n'a de cour arrière. S'ils en avaient eu, fussent-ils cultivés, je serais moins inquiet. Quoi qu'il en soit, cela sort de mes compétences. D'autres s'en occupent.

Il écrasa son cigare dans le cendrier, tourna les talons et commença à fredonner sous nos yeux.

El patio de mi casa

es particular.

Cuando llueve se moja

como los demás...

lunes, 29 de enero de 2024

Saber perder y saber ganar

La única manera noble de saber perder es la del abuelo que deja a su nietecilla hacer trampas para que le gane al parchís. Son tremendas. Al menor descuido mueven la ficha de matute o trucan el dado. ¡He ganado, he ganado! chincha la princesa mientras reparte besos bajo demanda. Los dos son felices. Es el único caso que conozco en el que el perdedor se alegra excepto si se trata de un partido amañado con fajos y maletín. Siempre me acuerdo del boxeador Butch Coolidge (Bruce Willis) en la excepcional Pulp fiction huyendo al galope de la mafia del juego tras incumplir el acuerdo de dejarse noquear en el quinto asalto y apostar fuerte por sí mismo. El dinero habla decía hace unos días John McEnroe, el deslenguado tenista, al referirse a Rafa Nadal y su contrato estratosférico para potenciar el deporte en Arabia Saudí (como Jon Rham y Cristiano Ronaldo). El ocaso de los ídolos, el hechizo del desierto al que sucumbió Lawrence de Arabia.

Lo que tienen en común todos los deportes de competición es que al final unos van al cielo y otros al infierno. Que me lo digan a mí, seguidor del atleti por circunstancia y vocación, que he vivido las tres finales palmadas de la Copa de Europa; y la agonía semanal. Peor era el juego de pelota de los mayas, el pok ta pok (onomatopeya de los rebotes en las paredes), tatarabuelo del baloncesto con un contenido ritual y religioso. Según los expertos, los perdedores eran sacrificados a los dioses. Literalmente rodaban cabezas. Los ganadores sobrevivían partido a partido. Me recuerda al Quidditch un juego de tres aros y escobas voladoras que practicaban los aprendices de brujo del Colegio Hogwarts en la serie de Harry Potter. Me leí una novela tras otra durante el confinamiento. Olvídense de Descartes. El Quidditch es uno de los mejores tratados de las pasiones que se han escrito. Dejemos a Clarín los cuentos morales: el único valor del deporte, es ganar, ganar y volver a ganar. Olvídense de los valores olímpicos y otros mitos. Solo lucen durante las ceremonias de inauguración y clausura. Lo mismo que el Rei de los judocas, expresión de cortesía antes de dislocarse en el tatami. O el saludo severo de los grandes maestros del ajedrez en señal de respeto delante del tablero, el borgiano ámbito en que se odian dos colores. Séneca, Agustín de Hipona, Sánchez Ferlosio: Splendet dum frangitur (brilla mientras se rompe) debería ser el lema claroscuro del deporte.

Hablemos de fútbol que es lo que realmente nos importa. Hay un prepartido, partido y pospartido. Todo comienza con las tertulias nocturnas que puso de moda García, tormentas en un vaso de agua que sirven para dormirnos con la radio puesta. Sigue la rueda de prensa de los entrenadores. Elogios del rival, líneas, compromiso, preparación. Una alusión equívoca hacia propios o extraños puede convertirse en una declaración de guerra. Después hay que aclarar los malentendidos sacados de contexto, desdecirse de lo evidente, pedir perdón y volver a la casilla de salida como en el juego de la Oca (otra invitación a que nos gane la nieta). El resultado es una enorme burbuja en todas las cadenas del dial que tarda al menos una semana en deshincharse. Olvidaos de lo que habéis oído y del público. Ellos juegan su partido y nosotros el nuestro, decía Luis Aragonés antes de saltar al campo. El mismo que a la pregunta de un listillo sobre por qué en los saques de esquina su equipo no buscaba el palo corto, respondió: ¿Palo corto, está seguro, creía que los dos eran iguales? La tres cuartas partes del programa la ocupan el Madrid o el Barça. Las preguntas de la prensa del gremio y las respuestas de los protagonistas son líneas paralelas que nunca llegan a encontrarse. Es lo mejor que puede suceder porque, como en política, si se encuentran acabará en bronca. La única nota negativa es la llegada del autobús del equipo visitante entre una lluvia de piedras y tachuelas.

Entramos al estadio reventón donde ondean las viejas banderas, salen los equipos con los niños de la mano, retumba el himno a coro, los que van a morir se saludan, los capitanes intercambian banderines, suerte al trío arbitral y tras el pitazo comienza la madre de todas las batallas. El mundo cambia: en la grada de animación aparecen las esvásticas, las bengalas y los estandartes confederados; por su tamaño, la única explicación es que estaban a buen recaudo en los sótanos del estadio. Se alternan los insultos a los tránsfugas, el racismo darwiniano y las cuentas pendientes. No insisto, lo saben de sobra. No es un juego sino la guerra; es sólo fútbol, pero nos gusta. Nuestro cerebro reptiliano está vinculado a pautas de conducta como la competencia, la dominancia, la defensa territorial y la agresividad. Sin estas pulsiones ancestrales nos dejaría indiferentes, como cuando nos derrumbamos resignados en el sofá para sufrir una insulsa final de la copa australiana. Si alguien te dice que le gusta el fútbol en sí mismo, sin defender unos colores desde su más tierna infancia es que no le gusta el fútbol. Cuando mi nieta cumplió un año, lo primero que hice fue comprarle en la tienda oficial la equipación del atleti con su nombre en el dorsal. De momento canturrea el himno.       

Al final, lo único que acaba en el césped es el resultado. Una legión de analistas, exjugadores, árbitros jubilados, periodistas, tertulianos y seguidores de renombre cobran los dividendos del pospartido. Buen título para un nuevo intento. 

viernes, 19 de enero de 2024

Dios ha muerto

No hay en Nietzsche una negación de la religión en sí misma, sino un ajuste de cuentas con las religiones monoteístas, en especial, el judaísmo y el cristianismo por considerarlas contrarias a la vida, un concepto romántico demasiado ambiguo y abarcador; prácticamente todos los ámbitos de la cultura europea del siglo XIX recibieron de un modo u otro la denominación de vitalistas: las ciencias naturales, la literatura, la historia, la psicología… El vitalismo nietzscheano subraya la dimensión biológica del hombre: la corporalidad contra su antónimo; la salud, de la cual el pensamiento siempre es deudor; los sentidos, increíblemente perfectos y precisos, sin los que ni el arte ni la ciencia hubieran sido posibles; los instintos, única guía infalible de la condición humana.

Es más, hay manifestaciones religiosas como el politeísmo griego en el que los dioses olímpicos encarnan y afirman las fuerzas elementales de la vida, como el amor o el odio, el deseo o el rechazo, el perdón o la venganza, la compasión o la crueldad. Nietzsche siempre tuvo presente en su crítica al cristianismo la versión protestante, una religión de la subjetividad basada en la profunda interiorización de sus principios teológicos. El protestantismo es una experiencia religiosa permanente o total: el protestante es cristiano siempre, en cada hora y en todos los ámbitos de su quehacer, mientras el católico sólo lo es a tiempo parcial y en señaladas ocasiones, normalmente rituales.

Por oposición al protestante, el cristianismo católico es para Nietzsche una religión de la exterioridad, de la sublimación de los aspectos externos del culto, como la liturgia, las imágenes, el arte sacro, los templos, el lujo y el ornato, el poder temporal y la jerarquía. Nietzsche manifiesta su entusiasmo por el carácter aristocrático de la Iglesia Romana. Los Borgia, la teocracia pontificia. Roma pertenece al Vaticano, no al revés.

Nietzsche alaba y respeta la figura histórica de Jesús (v.  El anticristo). Sus ataques se dirigen más bien a San Pablo, autor doctrinal del cristianismo tal y como lo conocemos. El cristianismo paulino inventó los conceptos del Dios-hombre, el Espíritu Santo, el alma inmortal como dogmas contrarios a la vida. Pablo de Tarso (un vagabundo neoplatónico) era un charlatán, un embaucador que enturbió el mensaje original de la comunidad cristiana. Imaginó un más allá trascendente para propagar la falsedad del antropocentrismo. En realidad, el hombre es una especie que lleva muy poco tiempo instalada en la infinitud del universo, apenas unos segundos a escala cósmica; su aparición y desaparición no supone nada para el infinito juego del devenir. Ideó un tiempo escatológico para suprimir la teoría del eterno retorno inspirada en las cosmologías cíclicas de los Presocráticos que concibe el universo como un despliegue cíclico ausente de cualquier propósito o finalidad. Creó los valores degradados de la caridad, la compasión, la humildad, la abnegación, la obediencia y el sacrificio para debilitar la voluntad de poder. Dionisos contra el crucificado es el lema de Nietzsche. Por otra parte, la religiosidad como manifestación contraria a la vida no sólo se manifiesta en la tradición judeocristiana, sino que se prolonga en la proliferación de iglesias terrenales, como aquellos que creen ciegamente en el progreso indefinido de la humanidad, los hechos definitivos del positivismo, la diosa materia como único nivel de realidad o el paraíso socialista. El socialismo es considerado por Nietzsche como una forma inferior de cristianismo. 

La contrapropuesta a la concepción cristiana es la idea de la muerte de Dios: El hombre no necesita del Dios de las religiones monótonoteistas, se trata de una ilusión metafísica que se sitúa al comienzo de toda manifestación de la vida, cuando debería ir al final o simplemente no ir en ninguna parte. La consecuencia de la muerte de Dios es el nihilismo, el anonadamiento antropológico y cultural tras el desenmascaramiento de las ideas metafísicas (la Verdad, el Bien, la Cosa en Sí) y los valores decadentes del judeocristianismo. El nihilismo es el vacío que queda cuando las palabras que sustentan la cultura occidental se convierten en un inmenso columbario. El nihilismo es la inanidad del hombre desorientado, privado de la voluntad de vivir porque carece de respuestas al sentido de la vida y prefiere creer en nada.

La superación del nihilismo es el superhombre cuyos valores supremos son la fidelidad al sentido de la tierra, la aceptación del eterno retorno y la plenitud de la voluntad de poder. El superhombre, un tránsito y un ocaso, simboliza la superación de la decadencia de occidente (una teoría recurrente desde la caída del Imperio Romano hasta nuestros días). Su obra más ambiciosa Así habló Zaratustra, concebida como una anti-Biblia, es una inversión total o transvalorización de todos los valores. No hay que identificar al superhombre con un tipo racial, no se trata de una raza superior, sino de un arquetipo cultural. El superhombre debe ser entendido como el itinerario posible sin concreción histórica de la disolución y renacimiento de la cultura occidental. Un final inevitable en la rueda del tiempo, aunque su emergencia aparece finalmente sumida en el misterio de un futuro que Nietzsche consideró que no era siquiera imaginable.

En su obra Así habló Zaratustra Nietzsche se aproxima a la intuición del superhombre mediante la metáfora de las tres transformaciones: Primero, el espíritu humano es el camello, que se arrodilla y recibe la suprema carga de las ideas metafísicas, los valores morales y las creencias religiosa, en las cuales languidece, se anonada y se pierde. Después, el espíritu respetuoso y sumiso, cansado del engaño, se convierte en león, arroja con fuerza, lejos de sí, la pesada servidumbre de las mentiras que soporta sobre sus hombros y se convierte en el gran negador, en el gran destructor, en el lúcido iluminador que desenmascara los engaños perniciosos de la tradición occidental. El león contrapone al tú debes de la obediencia el yo quiero de la voluntad de poder. Finalmente, el valor de la libertad como creación de valores deja paso al valor supremo de la inocencia. El león se convierte en niñoInocencia es el niño, y olvido, un nuevo comienzo, un juego, una rueda que gira por sí misma, un primer movimiento, un santo decir “sí”. El niño es el umbral, la puerta a esas mil sendas que no han sido recorridas, mil formas de salud y mil compensaciones ocultas en la vida...

sábado, 6 de enero de 2024

El eterno retorno

 

¡Feliz año!, ¡Feliz entrada de año!, ¡Próspero año nuevo!, ¡Mis mejores deseos para el 2024! El filósofo y erudito rumano Mircea Eliade explica el mito del eterno retorno en las sociedades primitivas como un conjunto de ritos que ponen en contacto al hombre con un tiempo cosmogónico fundacional, sagrado, y ocultan el tiempo profano del devenir. Todos los acontecimientos posteriores al tiempo primordial del mito quedan en suspenso, devaluados. Si la esencia de lo sagrado se manifiesta en su presencia primigenia, toda epifanía posterior, todo retorno al tiempo original es una evocación del mito; la repetición del tiempo primordial es el propio tiempo primordial que se revela simbólicamente. La celebración de año nuevo en las sociedades occidentales significa también el olvido antihistórico de un pasado incierto, funesto a veces, y la promesa incumplida de un tiempo mejor que poco a poco se desvanece. Convocamos el mito del eterno retorno con otros ritos y otros fines envueltos en un aura religiosa: el momento fugaz de la fraternidad universal y la renuncia al tiempo de los dioses que poetizó Hölderlin.   

El primer lugar en celebrar el Año Nuevo, según el calendario gregoriano, es la Isla de Kiribati en Oceanía y los últimos territorios en hacerlo serán las Islas Howland y Barker, que forman parte de Estados Unidos. Israel es el único país que, aunque utiliza el calendario gregoriano, no celebra el Año Nuevo como día festivo. El Año Nuevo chino, Año Nuevo del Calendario Agrario o Fiesta de la Primavera es la celebración nacional más importante. Será el sábado 10 de Febrero de 2024 (para la cultura china es el 4721 según el calendario lunisolar, el año del conejo de agua). El Año de la Hégira comienza en el 622 a.C., fecha en que el profeta Mahoma hizo su primera peregrinación a la Meca, y se utiliza para fijar el Año Nuevo musulmán. Debido a que el calendario lunar islámico tiene solo 354 o 355 días, la correlación de sus fechas con las del calendario gregoriano corre más lentamente. El año 2023 a.C. corresponde a los años islámicos 1444–1445 a.H. En 2024 se celebra el sábado 6 de Julio. La celebración planetaria del cambio de año puede tener fechas, fiestas y significados diversos, pero en todos los lugares subyace una mensaje universal: ¡Este día, esta noche, el mundo comienza de nuevo!

La conmemoración del tiempo cíclico en los pueblos nómadas del paleolítico surge de la interacción entre la naturaleza y el hombre por la sucesión regular de las estaciones: las cosechas, el desplazamiento de los rebaños, las migraciones de la fauna. En el antiguo Egipto se percibía el tiempo como un ciclo basado en la inundación anual del Nilo propiciada por Happi, el padre de los dioses, generador de vida, fertilidad y abundancia.   

Los filósofos griegos pensaban que la naturaleza era eterna y el tiempo iba del caos (materia amorfa) al cosmos (regido por principios y leyes), para luego cambiar y regresar al caos, y así sucesivamente, en un ciclo material recurrente. Es decir, que todo lo que fluye en la naturaleza se transforma y desaparece, para luego resurgir y repetirse en infinitos estados. Por eso la figura geométrica perfecta es el círculo.

El actual paradigma de la cosmología, la teoría del Big Bang, afirma que hace unos 13.800 millones de años el universo estaba concentrado en un punto infinitamente pequeño, una singularidad cuya impensable explosión dio lugar a toda la materia y antimateria que aún se expande como un globo a la vez que se enfría. Llegará un momento en que el universo se juntará a causa de las fuerzas de atracción gravitatoria, las galaxias volverán a fundirse en una sopa incandescente y tras un tiempo inconmensurable volverá al estado inicial del punto omega que volverá a explotar… Se trata de un universo pulsante igual a la concepción griega de una naturaleza cíclica.

El eterno retorno, es una idea extraña a la concepción judeocristiana del tiempo. El Génesis, el primer libro sagrado, establece que el mundo ha sido creado por un solo Dios en el tiempo. Frente al tiempo circular del eterno retorno, el tiempo judeocristiano es lineal: el mundo tiene un comienzo en el acto mismo de su creación y un fin escatológico de los tiempos. No obstante, para el cristianismo, especialmente para el católico, hay un tiempo profano antes y otro sagrado después de la llegada al mundo del hijo de Dios. Fiel al arquetipo del eterno retorno, el ritual litúrgico de la misa renueva en el altar el sacrificio del cuerpo y de la sangre de Cristo bajo las especies del pan y el vino

Nietzsche, escribió en su obra El gay saber estas tremendas palabras:

341. LA CARGA MÁS PESADA

Vamos a suponer que cierto día o cierta noche un demonio se introdujera furtivamente en la soledad más profunda y te dijera: “Esta vida, tal como tú la vives y la has vivido tendrás que vivirla todavía otra vez y aún innumerables veces, y se te repetirá cada dolor, cada placer y cada pensamiento, cada suspiro y todo lo indeciblemente grande y pequeño de tu vida. Además, todo se repetirá en el mismo orden y sucesión… y hasta esta araña y este claro de luna entre los árboles y lo mismo este instante y yo mismo. El eterno reloj de arena de la existencia se dará la vuelta siempre de nuevo, y tú con él, corpúsculo de polvo”. ¿No te echarías al suelo, rechinarías los dientes y maldecirías al demonio que así te hablase?

Son numerosas las interpretaciones de la teoría nietzscheana del eterno retorno. Creo modestamente que se trata del ataque combinado de un heterodoxo catedrático de filología griega y un pasional filósofo romántico a la idea cristiana de inmortalidad y felicidad eterna. Lo asocio con la pintura mural La gloria del Paraíso de Tintoretto que decora la Sala del Consejo Mayor del Palacio Ducal en Venecia, obra maestra en la que los salvados tras el Juicio Final gozan de su eterno aburrimiento. Ni siquiera el propio Dios y la corte celestial que preside la escena sería capaz de soportar tan beatífica contemplación por los siglos de los siglos. La Razón divina sucumbiría finalmente al peso abrumador de esta carga. Echa una mirada al valor supremo de la vida y de la muerte ciudadano que pasas por aquí delante, aconsejaría Nietzsche a los turistas adormilados que transitan por el grandioso escenario.