jueves, 4 de junio de 2026

Pueblos sin historia. Segunda parte

 

(Continuación del guion de la conferencia prevista del Doctor Carlos Abengoa).

El ejemplo más notable del racionalismo en antropología cultural es Lévi-Strauss. Mientras que las principales corrientes (evolucionismo, difusionismo, funcionalismo) se han ocupado de estudiar las manifestaciones particulares de las distintas sociedades, de señalar sus semejanzas y diferencias, lo que pretende la antropología estructural (título de la obra donde expone el método) es descubrir las estructuras profundas e invariables de las instituciones de cualquier cultura. El principal supuesto del estructuralismo es la oposición entre hechos sociales (cultura) y sistemas subyacentes (estructura). Más allá de las normas culturales y de las formas de organización social que varían de unos pueblos a otros hay unas estructuras comunes que tienen su origen en la organización psicológica, lógica y epistemológica de la mente humana. Levi Strauss investigó las estructuras elementales del parentesco, los sistemas de clasificación del pensamiento salvaje y las reglas inmutables de los mitos. 

Lo contrario de las especulaciones racionalistas del estructuralismo es el denominado “empirismo antropológico” cuya referencia más controvertida es el clásico de Nigel Barley –doctor por la Universidad de Oxford- titulado El antropólogo inocente. Notas desde una choza de barro (1989). El libro fue mal visto por sus expertos colegas, quizás porque lo consideraron demasiado ligero y chispeante, por su proximidad excesiva a los libros de viajes (en mi opinión, su mayor encanto) y también por la acumulación de materiales etnográficos dispersos sobre el pueblo dowayo (o namchi), una comunidad de unas 18.000 personas que vive en las montañas alrededor de la ciudad de Poli, en el norte de Camerún. El libro de Barley es divertido y ameno; desde la narración inicial de la odisea burocrática del autor para obtener el visado de entrada hasta el laberinto interminable que tuvo que superar para volver a Inglaterra, enfermo y en los huesos, pero encendido por la fascinación de África y el deseo, convertido en destino, de reanudar sus inaplazables trabajos (algo que realizó y publicó en un segundo libro). A lo largo de sus páginas no aparecen por ninguna parte estructuras subyacentes, esquemas inextricables o hipótesis sobre un inconsciente colectivo. Al contrario, están pobladas de individualidades, de variopintos personajes cuyos hilos se mueven con una vida propia imposible de sistematizar. Destacan convertidos en personajes de novela el estrafalario jefe Zuuldibo, un hombre pragmático, astuto y con gran sentido del humor; o el viejo brujo Kpau, el atrabiliario “jefe de la lluvia” representante de la magia, el animismo, las tradiciones ancestrales y la resistencia de las creencias locales a la cultural occidental; o el misionero Herbert Brown, afectado por el sol de los trópicos, sin identidad cultural y dotado de un curioso don de lenguas. Asimismo, el subprefecto camerunés, funcionario de una compleja maquinaria burocrática a menudo corrupta o cómica que crea problemas donde no los hay. O el ayudante-traductor dowayo, imprescindible para el trabajo de campo de Barley, aunque las barreras del idioma generan constantes y sabrosos malentendidos. La obra es un recorrido completo por todos los aspectos de la comunidad dowaya, la comida, la sexualidad, la vivienda, el trabajo, la ciudad, la lluvia, las fiestas estacionales… No me resisto a reproducir un jugoso fragmento en el que se describe un episodio de la vida política. 

Varios viajeros me dijeron que el mijo de mi “verdadero cultivador” no estaba listo todavía para ser cortado, de modo que pude dedicarme a contemplar la última distracción, unas elecciones. El sous-préfect, representante del gobierno camerunés, había convocado a todos los aldeanos en un lugar a una hora determinada para hablarles de ese tema y del importante problema de la jefatura de las tribus. Cuando llegó el momento no se presentó y los dejó a todos plantados debajo de los árboles durante dos días, transcurridos los cuales regresaron a los campos y cultivos. Varios días después apareció por la aldea dowaya un goumier. Estos desagradables personajes son exsoldados utilizados por el gobierno central para cerciorarse de la obediencia de las aldeas perdidas que no pueden ser vigiladas por los gendarmes. Se instalan en ellas durante largos períodos y viven a costa de sus anfitriones, a quienes además obligan a hacer lo que les apetece mediante amenazas. En las zonas en que la gente ignora cuáles son sus derechos, o donde saben lo poco que pueden fiarse de ellos, ejercen una considerable tiranía. La tarea de ese individuo en concreto era asegurarse de que se prepararan las cabinas para las votaciones. Hasta el momento los dowayos no habían mostrado ningún interés por la política nacional y era necesario estimular su entusiasmo.

Todos los dowayos, hombres y mujeres, debían votar el día señalado. El jefe tiene que responsabilizarse de que la asistencia sea masiva y Mayo, el lugarteniente, aceptó humildemente la tarea mientras Zuuldibo (el jefe de la tribu) permanecía sentado a la sombra dando instrucciones a los que hacían el trabajo.

La democracia brillaba con todo su esplendor en las cabinas de votación. A un hombre le estaban regañando por no llevar a todas sus esposas. “No querían venir”. “Debías haberles pegado”. Les pregunté a varios dowayos qué era lo que estaban votando. Se me quedaron mirando sin saber qué decir. “Coges el carnet de identidad –explicaron por fin- y se lo das a ese funcionario, que te lo sella y toma nota de tu voto”. Sí, pero ¿qué era lo que estaban votando? Más miradas de incomprensión. Ya me lo habían explicado, cogías el carnet… Nadie sabía para qué era la votación. Además no se aceptaban votos negativos. Finalizada la jornada, los funcionarios consideraron que no se habían recogido las papeletas suficientes, de modo que les hicieron votar a todos otra vez. La semana en que se hicieron públicos los resultados yo me encontraba en un cine de Poli, la ciudad. Un noventa y nueve por ciento de los votantes habían elegido al único candidato que se había presentado por el único partido. Sin embargo me pareció una agradable señal que el público, bien preservado su anonimato en la oscuridad, prorrumpiera en burlones abucheos. En cambio, en la aldea todo el mundo se tomó la votación muy en serio y se siguieron las normas al pie de la letra. Se examinaron meticulosamente los documentos de identidad, se puso especial cuidado en colocar los sellos en los lugares destinados a tal fin, se calculó con precisión el porcentaje de lugareños que votaron y las actas pasaron de un funcionario a otro con las correspondientes firmas de acuse de recibo. Nadie parecía percibir la contradicción existente entre la concienzuda observancia de tales minucias y la flagrante violación de los principios básicos de la democracia…

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