martes, 27 de octubre de 2026

El Estado. El individuo

 

Resumo por encargo de una revista cultural las conclusiones de la conferencia pronunciada por el coronel Carlos Abengoa, doctor en historia por la UNED y licenciado en Sociología, en el Aula Magna de la Universidad de…

“¿Cuál es la forma del Estado que hace al hombre más libre y la más próxima a la consecución del bien común? Descartamos los Estados autoritarios, totalitarios o integristas porque el bien común depende sucesivamente de una casta dominante apoyada en el poder militar, el partido único con una ideología al servicio de los privilegios de la burocracia dirigente y de unos textos teológicos escritos en la noche de los tiempos y convertidos en ley universal. Formas degenerativas de gobierno en terminología aristotélica. El filósofo griego prefirió la República (Politeia), el gobierno de la mayoría de los ciudadanos en la búsqueda ponderada del interés general. Consideró a la democracia una degradación de la Politeia, una causa perdida por los desmanes del populismo, la corrupción y la demagogia.

Tanto Jeremy Bentham como su discípulo John Stuart Mill, los pensadores más influyentes del liberalismo político, están de acuerdo en que la democracia representativa es la forma óptima del Estado. Resulta difícil discrepar del principio utilitarista de ambos: una acción es políticamente correcta si maximiza la felicidad y el bienestar para el mayor número posible de personas. Una fórmula tan vacía de contenido empírico como el imperativo categórico de Kant. Los modelos modernos de democracia representativa son el Estado neoliberal, propio de los Estados Unidos (actualmente en evolución autoritaria o peor) y el Estado del bienestar (el individuo frente al Estado y el Estado frente al mercado) en caída libre en Europa. La “democracia participativa” es una versión del mismo contrato social maquillado con las nuevas tecnologías: consultas frecuentes en plataformas digitales, asociaciones cívicas de casi todo, representantes electos en línea con la ciudadanía y elecciones generales cada tres años… En realidad, lo que quiere el pueblo soberano es que los políticos resuelvan problemas y no creen nuevos donde no los hay, que lo dejen en paz y no lo tengan en alerta legislativa con continuas digresiones y plebiscitos.

Además con lo que está cayendo en el ancho mundo la democracia representativa convence cada vez menos a un mayor número. Una desafección surgida de un pluralismo parlamentario cuyas tensiones espontáneas o prefabricadas eternizan las respuestas a los grandes problemas institucionales: económicos, tecnocientíficos, educativos, migratorios, sanitarios, laborales o habitacionales. De ahí que un autoritarismo de libro gane votos por ser el camino más directo, sin trabas leguleyas ni bloqueos de los partidos a la realización de unas soluciones que nunca llegan. El resultado, la fase terminal del neodarwinismo social que nos envuelve, es una rebelión de las masas cada vez más escoradas a un sombrío nihilismo, sobre todo de jóvenes propensos a abrazar las recias consignas del cirujano de hierro. El capitalismo en su versión final muestra la cara de una humanidad caída, inadaptada, seleccionada para la extinción

Hannah Arendt: “El súbdito ideal de los regímenes totalitarios no es el fanático, sino el que ya no distingue lo fáctico de lo ficticio”.

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Y puesto que es tarde para cambiar el mundo, cambiemos de conversación. Daremos una vuelta completa al tema y pasaremos de lo universal a lo particular; del Estado al individuo y su soledad constituyente, siempre empeñado en lo que llamamos “felicidad personal”. ¿Qué nos enseña la filosofía moral?

La autoconciencia, la figura del espíritu libre, debe fundar su causa en cuatro valores supremos: la armonía, la veracidad, la compasión y la inocencia. La primera apunta al viejo Platón: sólo un sujeto en el que concuerden la parte corporal, emocional y racional puede adaptarse con éxito a los rigores del mundo circundante. La segunda apunta a Francis Bacon: la ausencia de ídolos, es decir, de prejuicios heredados, de ataduras ideológicas, religiosas y morales fomentará la aparición de una sabiduría que no sea una torre de Babel y un riesgo para la supervivencia de la especie. La tercera apunta a Rousseau, el sentimiento de compasión: un generoso impulso emocional que evita el sufrimiento de los demás y el conflicto permanente de intereses. La cuarta apunta a Nietzsche y a su visión del superhombre: finalmente, la libertad como creación del genio y transvaloración de todos los valores deja paso a la inocencia. El hombre nuevo, libre, feliz, se convierte en un niño. Inocencia es el niño, y olvido, un nuevo comienzo, un juego, una rueda que gira por sí misma, un primer movimiento, un santo decir “sí”. El niño es el umbral, la puerta luminosa a esas mil sendas que no han sido recorridas, mil formas de salud y mil compensaciones ocultas en la vida…"

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