lunes, 20 de junio de 2022

Los arcanos radiofónicos

 

No solo nos hemos convertido en adictos a las series televisivas de las plataformas digitales. La pandemia ha relanzado los programas radiofónicos sobre temas esotéricos, ocultistas, proféticos, teosóficos, parapsicológicos, ufológicos, etc. que siguen en alza en todas las cadenas tanto en directo como en diferido (podcasts). Los índices de audiencia se han disparado según las encuestas del Estudio General de Medios. Algunos de los más conocidos son La Rosa de los Vientos, Cuarto Milenio, Espacio en blanco, El mundo de lo inexplicable, Los iniciados, El Colegio invisible, El Centinela del Misterio entre otros. Es curiosa la inversión, la deriva de su función manifiesta y latente durante los dos últimos años. Llamo a estos programas los arcanos del ocultismo revelado. ¿A quién no le fascinan las teorías de la conspiración?

Escucharlos fue como sacar agua del pozo, indolentes, para echarla al rio desbordado de la vida. Los dramas próximos, los duelos y la memoria de los ausentes nos trasladaron del sofá a lugares insustanciales, pero menos hollados por la desdicha, a limbos imaginarios regidos por una lógica más llevadera. El aburrimiento de salón se soportó mejor en compañía de los grandes enigmas sin resolver, inocuos en el fondo, que abrumados por los datos oficiales de contagios, ingresos y muertes. Los sitios sin mapa donde habita el pueblo blanco de Arthur Machen sustituyeron al turismo rural y a la escapada. Las dietas mágicas de ciertas tribus primitivas para invocar a los dioses de la longevidad nos empujaron a la espiral de la repostería. Todo el mundo escribió sus memorias de la pandemia trufadas de alusiones radiofónicas paranormales, aunque las únicas manifestaciones de la telepatía y la telequinesis que nos tomamos en serio fueron la teleconferencia y el teletrabajo. 

Los relatos a media voz de la inexplicable desaparición de florecientes civilizaciones antiguas como los Mayas, Micenas, los nativos de la Isla de Pascua, Los Nabateos o la cultura del Valle del Indo nos dejaron indiferentes ante el espectáculo desolador de las cortinas metálicas de los negocios bajadas para siempre, vejadas por los grafiteros, o los comercios entrañables del barrio abandonados; o los candados en los portalones de las cadenas hoteleras con funestos carteles de apertura; o la ruina de la pequeña y mediana empresa ahogada por las deudas. La sombra de la suspensión de pagos se cernió incluso sobre las grandes superficies. La vida cotidiana se trasmutó en inquietud y los sobresaltos paranormales en formas de pasar el tiempo entre las sábanas a salvo de la docta ignorancia. La incertidumbre, la esencia de la condición humana, transformó los relatos teosóficos en fábulas sobre el eterno conflicto entre las luces y las sombras donde al final el mal perece y el bien prevalece, como en las películas de Walt Disney. Los engendros antropomorfos de la Inteligencia Artificial, ajenos a la noción de finitud, estancaron la reflexión sobre la fugacidad de la vida y avivaron la hoguera de las vanidades.

Oíamos los programas esotéricos como los cuentos sin tiempo que los padres leen una y otra vez a sus hijos antes de dormir. Nunca ha habido una separación tan radical entre razón y fe. Me acuerdo de Peneloux, el corajudo sacerdote de La peste de Camus, empeñado en defender los designios inescrutables de un Dios que permite el dolor insoportable y la muerte de los niños. El método científico, incluso a ciegas, desplazó a la religión en cualquiera de sus variantes. El tirón del cerebro reptiliano se rindió ante la presencia inmediata de la parca. Cualquier especulación sobre las visiones de los que volvieron del túnel luminoso del tránsito o el sexto sentido de algunos escogidos para comunicarse con los espíritus del más allá quedó desterrada a ese tercer mundo, ni real ni virtual, que poblamos como especie. La angustia existencial, la radiación de fondo de la mente, encontró de pronto objeto singular y se convirtió en pánico. La nada nadea. Las criaturas invisibles de la noche, los no vivos, vagaban por las calles desiertas, mientras las historias de fantasmas se convertían en devaneos de almohada con los auriculares puestos. Es más, las olas sucesivas de la pandemia dieron lugar a hipótesis alternativas, amplificadas por los programas del arcano, sobre los orígenes del mal, a conjeturas darwinianas, a sectas negacionistas, a teorías de la conspiración. ¿Se trata de un virus artificial, de la tercera guerra mundial (que ahora sí nos amenaza), de un invento de los Poderes Últimos para someter a la humanidad mediante las vacunas?

Las profecías apocalípticas dejaron de interesarnos, porque los informes científicos eran en sí mismos proféticos. Los arcanos del ocultismo revelado dejaron de ser mensajes del más allá, parábolas sin clave, para convertirse en la prolongación natural de las tertulias nocturnas, políticas o futboleras. Ni te lo crees ni te lo dejas de creer. Aburren o divierten. Las llaves de los misterios se han convertido en un género de ficción serie B, si es que no lo eran. Como en las malas novelas, el andamio es demasiado visible. Siempre se desvelan “hechos” ocurridos en lugares ignotos, inaccesibles, sean exteriores, en las profundidades del bosque prohibido o interiores, en mansiones perdidas en el doble sentido del término. Los iniciados en inteligencias estelares son jueces y parte. Es curioso como los especialistas del arcano utilizan una jerga rigurosamente científica para referirse a fenómenos sobrenaturales. La misma denominación de ciencias ocultas es un oxímoron, una contradicción en los términos. Y como sentencia la lógica clásica: de una contradicción se sigue lo que quieras. Siempre me hago la misma pregunta: ¿Los conductores del arcano se creen algo de lo que cuentan o es un oficio de imposturas a sabiendas? Los testigos nunca son espectadores imparciales sino parte del advenimiento. Las abducciones son narradas por el abducido. Los avistamientos pueden ser cualquier cosa. El único expediente X verosímil fue silenciado por la Organización Mundial de la Salud. O la milagrería: las únicas curaciones imposibles, uno de los temas recurrentes del arcano, han sido las de los que salían por su pie o en silla de ruedas de las unidades de cuidados intensivos. No hicieron falta versiones falseadas o inventadas de la historia sobre el papel crucial de los rosacruces o las biografías apócrifas sobre personajes traspapelados, otro de los temas estrella del ocultismo revelado; la historia real fue y es más insoportable que cualquier versión retorcida que traten de colocarnos.

sábado, 11 de junio de 2022

La joven del parque

 

Basado en hechos reales. Hace un montón de años, todavía profesor interino, impartía clases en el instituto más antiguo de Cuenca (dónde, por cierto, había cursado el bachillerato). Los profesores lo llamaban “Harvard”. Quizás porque era primerizo en el aula, me gané la confianza (o más bien al revés) de tres alumnos pocos aficionados a los apuntes y a los libros de texto, aunque lectores voraces de ciertos temas más turbios. Aunque me parecieron más inteligentes de lo normal, eran repetidores. Una mañana, después de inventarse un pretexto para ir a mi departamento, su interés por la metafísica, terminaron por contarme que habían saltado en varias ocasiones, a oscuras y en celada, la tapia del cementerio municipal Cristo del Perdón mientras dormía el cuidador y habían colocado un magnetófono cerca de una tumba en la parte nueva para grabar psicofonías, sin darme más detalles pese a mi insistencia. Una semana después los invité a mi casa para escuchar en el equipo de alta fidelidad una psicofonía, la última me dijeron, de una hora aproximadamente: en efecto, a intervalos irregulares se oía un sonido muy lejano, rítmico, denso, desconocido que me produjo escalofríos. Encendí la luz. Mensaje recibido, sonrieron tres rostros lívidos. Ante mis dudas razonables, me juraron que sería estúpido engañarme y que nunca más volverían a saltar la tapia y menos, acercarse a esa tumba, incluso de día. No volvieron a sacar el tema ni me dieron más explicaciones. Empezaron a faltar a las clases. Tampoco se presentaron a los exámenes finales.

Al cabo de un mes, en vacaciones de verano, al oscurecer la tarde, cuando sacaba a pasear al perro de mi padre por el Parque de los Moralejos, se me acercó una joven delgada, con vestido largo y un sombrero de ala ancha que le tapaba parcialmente el rostro. Me identificó y me preguntó si estaba preparado para unirme al antiguo grupo de Madrid. ¿A quiénes, le pregunté sorprendido? Lo sabes de sobra me dijo. Le contesté que ignoraba de que estaba hablando y que seguramente me había confundido con otro y, sobre todo (un relámpago iluminó mi memoria) que no me buscara más. Se dio media vuelta y desapareció entre las sombras. Llamé a mis tres alumnos y les conté lo ocurrido: se miraron confusos, guardaron un elocuente silencio y con más prisa de lo normal se marcharon. Estaba claro que sabían algo, pero nadie quería abrir la puerta. Ni preguntas ni respuestas. Poco a poco nuestra relación se fue diluyendo.

Antes de las vacaciones de Pascua, Germán el mayor de los tres alumnos, falleció al caer desde una cornisa rocosa de la Hoz del Júcar. Un paseante madrugador se tropezó con su cuerpo al amanecer, de lo que se deduce que se despeñó entrada la noche porque de lo contrario lo hubieran descubierto antes al tratarse de un camino bastante transitado. Nunca se aclararon las circunstancias. El cadáver del muchacho se encontraba en un paraje junto al río Júcar donde se practica la escalada que, según sus amigos y allegados, no solía frecuentar. ¿Alguien le citó? ¿Iba solo o acompañado? ¿Fue hasta allí o lo llevaron? La autopsia reveló que murió a causa de la caída. Fue un desgraciado accidente, les dijeron a sus familiares. La prensa local se limitó a repetir el comunicado.

Asistí al entierro en la parte nueva del camposanto, pero sus dos amigos no comparecieron. La curiosidad me pudo y me informé en la Secretaría del centro del nombre y domicilio de sus padres. Los chicos vivían en Cuenca en el piso de un tío de Germán al que no pude localizar por encontrarse de viaje. Ya se habían ido de vacaciones. Sus padres eran vecinos de Tragacete, un pueblo de la Serranía Alta. En la ficha no constaba ningún teléfono. Me desplacé con mi padre al pueblo, a unos setenta quilómetros de la capital. La dirección que me dieron en el instituto no correspondía a ninguna calle y nadie conocía a los padres ni sus nombres constaban en el padrón. Al volver a Cuenca me fui directamente a la policía y les puse al tanto de mi relación con Germán. Tras varias entrevistas con los mismos inspectores, se olvidaron de mí y yo de ellos. Pasado algún tiempo coincidí en la cafetería del Hotel Torremangana con un antiguo compañero del bachillerato de letras que ahora era comisario de policía. Tras los cumplidos de rigor, me atreví a preguntarle por el “caso Germán”. Lo recordaba. Me dijo que levantó un considerable revuelo interno, que había pasado a otras instancias de la policía judicial y que la investigación iba más allá de la provincia de Cuenca. ¿Madrid, le dije? De entrada, es posible, me susurró, y no pude sacarle más.

Al comenzar el curso, como era de esperar, los otros dos no se matricularon y no los volví a ver en una ciudad de treinta y tantos mil habitantes. No obstante, no omito ciertas extrañas circunstancias que me sucedieron mientras estudiaba la carrera en la Universidad Autónoma de Madrid. Una en el metro, otra en una librería céntrica, la última en la boda de un amigo. La misma cara, los mismos gestos, la misma mirada hipnótica y penetrante… Tengo la total certeza de que era la joven que me abordó en el parque. O ciertas reuniones en el Café Comercial con varios compañeros de la Facultad que comenzaron con diatribas políticas y derivaron pronto hacia terrenos morbosos e inquietantes. Les dije que no me interesaban y que no iba asistir más. Estoy seguro de que al menos en una de las reuniones estaba ella. A veces es mejor dejar las cosas como están y no completar los huecos que faltan. Les he contado lo que me pasó. Quizás nada.

viernes, 3 de junio de 2022

Ciudadanos del Cosmos

 

En el artículo anterior nos hemos centrado en la segunda parte del concepto de cosmopolitismo: la Politeia, las distintas versiones del hombre como ciudadano del mundo. Si nos centramos literalmente en la primera parte, el Cosmos en su acepción más amplia, el concepto se transforma para hacernos ver, en un sentido abrumador, más allá de la historia de las ideas, incluso de la historia de las civilizaciones, que somos visitantes accidentales del Cosmos, invitados fugaces a la fiesta de la vida, un instante puntual entre dos eternidades como individuos y como especie.  

El Cosmos es todo lo que es, todo lo que fue o lo que será alguna vez. Del Cosmos forma parte el universo conocido, acaso una cáscara de nuez en el océano del ser porque solo el ser es pensable y el no ser no es y ni siquiera es pensable (Parménides de Elea). Los científicos calculan que el universo conocido tiene una antigüedad de catorce mil millones de años. La Tierra se formó hace aproximadamente cuatro mil quinientos millones de años, gira alrededor de una estrella de tamaño medio, el Sol, situada en el borde de una galaxia entre miles de millones, La Vía Láctea, perdida en la inmensidad del espacio-tiempo. La Vía Láctea forma parte del Grupo Local de Galaxias situado en el Super Cúmulo de Virgo en Laniakea, a su vez ubicada en la llamada Corona Boreal en los confines del universo observable.

La Tierra no es un lugar normal. Ningún planeta estrella o galaxia puede ser un lugar normal, porque en la mayor parte del Universo hay menos de un átomo por metro cúbico, mientras en nuestro entorno terrestre hay quintillones de átomos en el mismo volumen. El único lugar normal es el vacío cósmico cuyos límites son un misterio para el cerebro humano. La noche helada y perpetua del espacio intergaláctico es un lugar tan desolado que en comparación suya los planetas, las estrellas y las galaxias son algo dolorosamente raro y precioso. 

Si nos soltaran al azar dentro del Cosmos la probabilidad de que nos encontráramos sobre un planeta o cerca de él sería inferior a una parte entre mil millones de billones (10 elevado a 33, uno seguido de treinta y tres ceros). En la vida diaria una probabilidad así se considera nula. Los mundos son algo precioso.

Las primeras formas de vida sobre la Tierra, unicelulares, datan de hace tres mil seiscientos millones de años. Aunque nada se sabe a ciencia cierta, la vida como realidad emergente tuvo su origen en la existencia de una primitiva atmósfera terrestre sin oxígeno en la que se formaron unos compuestos orgánicos muy simples. Estos compuestos estaban presentes en el agua primordial de los grandes océanos, donde, gracias a la energía proporcionada por el calor, los rayos ultravioletas y la electricidad ambiental, surgieron estructuras orgánicas más complejas que hicieron posible la formación de una atmósfera rica en oxígeno y el posterior desarrollo de todas las especies vivas. Fueron las bacterias los primeros pobladores del planeta y serán los últimos en dejarla cuando dentro de cuatro mil millones de años el fuego del Sol al morir consuma definitivamente la Tierra, nuestra única patria y morada. Somos polvo de estrellas, materia hecha consciencia en la que confluyen todos los niveles de realidad: fisicoquímico, biológico, neurológico, psicológico, cognitivo, cultural y virtual. Pienso, luego existe el Cosmos.

La existencia del hombre, el homo sapiens el hombre de Cromañón, la única consciencia capaz de preguntarse algo tan insólito como ¿Por qué el ser y no la nada? data de unos cuarenta mil años hacia atrás. Si convertimos la edad del Universo a escala de veinticuatro horas, el hombre lleva sobre la Tierra apenas unos segundos. Unos segundos tan valiosos que nos permiten considerarnos ciudadanos del Cosmos. Posiblemente los únicos. Stephen Hawking dejó escrito en su libro (póstumo) "Breves respuestas a las grandes preguntas": Tal vez la probabilidad de que la vida aparezca espontáneamente es tan baja que la Tierra es el único planeta en la galaxia — o en el universo observable— en el cual sucedió.

viernes, 20 de mayo de 2022

Eurovisión

 

El Festival de la Canción de Eurovisión supera cada año sus cuotas de audiencia. Las votaciones finales del 2022 fueron seguidas en nuestro país por casi siete millones de espectadores. Se estima que en todo el mundo lo vieron alrededor de 500 millones. ¿Cuáles son las claves del éxito de este acontecimiento internacional que se remonta a 1956 en Suiza (que, por cierto, ganó) y sólo ha sido suspendido en 1920 por la pandemia?

La primera es, por supuesto, su larga tradición. Tuvo distintos formatos hasta que se adoptó el actual. Una curiosidad: es el programa de televisión vigente más antiguo. Desde nuestra más tierna infancia estábamos acostumbrados a que durante la primera quincena de mayo nuestros mayores se enchufaran a las nueve de la noche al Festival de Eurovisión, del mismo modo que lo hacían a las nueve de la mañana del 22 de diciembre al Sorteo de la Lotería de Navidad. Delante de la humeante sopa de Gallina Blanca engordada con un huevo escalfado, el pescado congelado en salsa verde y el flan chino mandarín (tan antiguo como Eurovisión) seguíamos con interés menguante la procesión de canciones de cada país hasta que le tocaba a la nuestra. En realidad, ya la conocíamos; era igual de insulsa que las demás y lo único que nos mantenía despiertos era el fallo clamoroso del o de la o de los intérpretes, como el genial gallo que hizo famoso a Manel Navarro en 2017. El pico de la ola coincidía con el politiqueo descarado de las votaciones, los amigos de los amigos, los previsibles intercambios de puntos (L’Italie, dix points) y el subidón aullante de los vencedores que repetían la matraca entre focos láser, nubes multicolor y lluvia digital de serpentinas. Hasta la presente edición, la española casi siempre terminaba en la parte baja de la tabla.  

Desde sus comienzos, la mayoría de las canciones eurovisivas han sido de encefalograma plano. Recuerdo algunas modalidades: la andanada de fragor que te golpea de principio a fin, la coreografía de vértigo que da cobertura a un tema monocorde (SloMo), la rebuscada originalidad de ciertos personajes estrafalarios salidos de un videojuego futurista y las baladas cursis, edulcoradas con una melodía sin melodía. Es cierto que algunas podían salvarse por su esquema musical creíble y pegadizo: Poupée de cire, poupée de son, de France Gall (1965), Puppet on a Strin, de Sandie Shaw (1967), Eres tú, de Mocedades (1973) o, más cercana, Merci Chérie, de Udo Jürgens (2017).

Otra razón del éxito del Festival son las deslumbrantes tecnologías kitsch del espectáculo que abruman al espectador con un impacto cada vez más envolvente y un aumento sostenido de la cantidad del estímulo. Se acabaron los efectos especiales a la vieja usanza. Los fuegos artificiales son historia. Este año, en el Pala Alpitour de Turín, los organizadores, habían preparado para sorprendernos el sol cinético, el centro luminoso del universo, una plataforma semicircular formada por siete arcos concéntricos que se moverían al ritmo de cada tema, proyectarían imágenes de Italia y del país representado y se ajustarían a la escenografía de los intérpretes. Al final uno de los rotores se estropeó sin tiempo para repararlo y hubo que dejarlo fijo. Chapuza a la italiana. Da la impresión de que los fines musicales han sido sustituidos por los medios electrónicos. Es probable que algunas canciones hayan sido compuestas mediante algoritmos informáticos.

La idea que recorre y soporta el desarrollo del Festival es lo inesperado. La canción, por supuesto. Pero todavía más el desfile de modelos exclusivos, los destapes rompedores (las piernas que no dejan ver el bosque), los peinados imposibles, los trucos de magia negra y los finales extáticos. Otro elemento imprescindible es el sentimiento nacional. Un nacionalismo inocuo (dentro de lo que cabe) de banderitas al viento y brindis al sol. Como la Liga de Campeones, Roland Garros o los Juegos Olímpicos. Los atuendos suelen incorporar detalles del folclore nacional más o menos evidentes. La canción puede aludir de pasada a rasgos musicales etnocéntricos. Chanel con traje de luces y toque de clarín. Y, sobre todo, el prestigio internacional del ganador, cuyo privilegio es organizar la siguiente edición. Patriotas por un día. Y la resaca mediática que dura una semana. Luego, el sol cinético se convierte en un agujero negro que no deja escapar ni un rayo de luz.    

martes, 10 de mayo de 2022

Anécdotas del Teatro Real

Desde que se remodeló hace más de dos décadas somos asiduos del Teatro Real. Un generoso familiar, directivo de una fundación que colabora en su mecenazgo, nos proporciona entradas de palco con derecho a copa en el entreacto. Agradecidos. Cuando alguien me pregunta si soy aficionado a la música clásica contesto que realmente lo que me gusta es la ópera. He coleccionado los programas de mano de todas las representaciones a las que hemos asistido. Los más antiguos eran auténticos libros con doble cubierta, los nuevos parecen hojas parroquiales. A propósito, el refrigerio del descanso también ha bajado el listón: en la edad de oro circulaba en abundancia el jamón, las croquetas, los tacos de salmón y la tortilla de patatas; ahora pasan de vez en cuando bandejas remilgadas con mini cazoletas rellenas de cremas multicolor parecidas a las tarrinas plastificadas de las películas de naves espaciales en tránsito. Por las mullidas alfombras del salón VIP desfilan los personajes más famosos e influyentes del gran teatro del mundo. Hay más escoltas que invitados. He visto a políticos de primera fila en el Congreso y en el patio de butacas departiendo cordialmente con sus compañeros de partido que una semana más tarde los pondrán entre la espada y la pared. A pesar de su facundia gestual, desafinan. Se me pasa por la cabeza una ocurrencia fácil: son lo contrario de una orquesta sinfónica.

El libreto de la ópera, su contenido narrativo, y la puesta en escena hacen más fácil seguir sin travesías del desierto la unidad de letra música y no perderse en cabezadas y haces de ideas en el teatro de la mente, como diría Hume, que nada tienen que ver con la obra. Hemos asistido en numerosas ocasiones, también por el mismo cauce, a los conciertos que se celebran en el Auditorio Nacional y estoy familiarizado con el escuchar desatento de los aficionados, como yo; algo impensable en el auténtico melómano dotado de conocimientos musicales que le permiten leer la partitura, distinguir la función de los grupos instrumentales y captar el conjunto orquestal.

En realidad, lo importante de la ópera no es el valor literario del libreto, en ocasiones grandilocuente como ocurre con Wagner; otras, dramático sin mesura, por ejemplo, en Puccini, donde muere hasta el apuntador o demasiado insólito y simbólico, como la mozartiana flauta mágica, por lo demás una obra maestra. Lo que hace grande a una ópera es el talento del compositor para encontrar la armonía perfecta entre el argumento, la puesta en escena y la musicalidad; en encontrar los compases conmovedores, humorísticos, agónicos, arrebatadores y un conjunto infinito de matices que modelan, envuelven y transforman el argumento en pura sustancia musical. La industria del cine desde sus inicios sonoros comprendió el sentido de esta mutua copertenencia entre el guion, los planos y la banda sonora. Por cierto, la utilización conjunta del texto, el coro, la música, la danza y la escenografía proceden del antiguo teatro griego.  

Nadie como Mozart, ni siquiera Wagner con su teoría de la obra de arte total tomada de la tragedia griega, ha conseguido esta perfecta transfiguración de los tres elementos constituyentes de la ópera. Por cierto, cada vez soy más reticente a las escenografías que se aparten en exceso de las indicaciones del libreto. Es evidente que muchas obras de repertorio se repiten temporada tras temporada en los grandes coliseos y que a los abonados les gustan las nuevas producciones. No obstante, el exceso de originalidad del escenógrafo, su egotismo, pueden devaluar, truncar e incluso arruinar la representación. Una cosa es la creatividad y otra la extravagancia. Detesto el minimalismo extremo, donde una sábana blanca representa la pureza, una solitaria columna, el poder y unas cintas azules, el proceloso mar. Tampoco lo contrario: no es preciso que una casa sea un abigarrado complejo de módulos cubistas que inundan el escenario y giran sobre sí mismos para introducir las transiciones de la acción sin que el espectador se aclare. Tampoco me convencen los vestuarios ahistóricos donde los caballeros medievales parecen habitantes de otro planeta o los centuriones romanos se disfrazan de oficiales del tercer Reich. Hace años asistí a una representación del Don Juan de Mozart donde el ilustre seductor era un señorito de derechas y doña Elvira una criada del barrio. También se han puesto de moda las proyecciones en tres dimensiones y los hologramas con alusiones crípticas y mensajes ocultos. Aunque se trate de una ópera de Verdi, popular y diáfana, hay que asistir a la conferencia previa al estreno del director musical o del director de escena (o escuchar su grabación en video) para que se nos muestren los arcanos del enigma revelado.

Además del argumento, la puesta en escena y la musicalidad, el cuarto elemento de la ópera es, por supuesto, el reparto y la dirección musical. Por eso hablamos de grabaciones de referencia. Dos impresiones a propósito de estas últimas, antiguas o modernas, grabadas en vinilo, Cd o video: en absoluto es comparable el sonido de una orquesta en vivo a la alta fidelidad, si bien es cierto que la calidad vocal de los intérpretes y el equilibrio sonoro entre las voces y el foso es mejor en las grabaciones. Por lo demás, hay más distancia estética entre una opera en el teatro y la misma grabada que entre una película en el cine y en la televisión por muchas pulgadas que tenga. Por eso si antes de asistir a una representación escuchamos una grabación de referencia, al salir del teatro tenemos la sensación de haber escuchado dos óperas distintas. Es una experiencia curiosa.      

El único efecto beneficioso que ha tenido la pandemia sobre la ópera ha sido el uso obligatorio de las mascarillas, algunas a juego con los modelos de las damas, que ha fulminado las tormentas de toses. Es conocida la reacción hace años del gran pianista Maurizio Pollini en el Auditorio de Madrid ante el catarro coral del público: detuvo la interpretación de un nocturno de Chopin, se levantó y se retiró al camerino. Tras un cuarto de hora volvió, terminó el resto del programa de forma rutinaria y salió a saludar al público una sola vez. Durante la apertura del teatro tras la llamada nueva normalidad, un mero carraspeo suponía que tres filas de butacas mirasen horrorizadas al presunto transmisor de la carga viral.

Las cumbres del género, muy por encima del siguiente escalón, son las tres grandes óperas que Mozart compuso en colaboración con el libretista italiano Lorenzo da Ponte: Le nozze di Figaro, Don Giovanni y Così fan tutte. Esta semana será la tercera vez que asistiré a una representación de Las bodas de Fígaro en el Teatro Real, mi preferida. Recuerdo la carátula de la primera grabación en vinilo de Daniel Barenboim en 1977 en la que unos ángeles muestran la partitura de Las bodas a un grupo de músicos que tocan sus instrumentos. Amadeus. Un amigo mío, flautista de una orquesta de cámara catalana, me comentaba que incluso las hojas de Las bodas, los pentagramas, son de una hermosa plasticidad. La primera vez fue en la temporada 2008-9 dirigida por Jesús López Cobos, fallecido en 2018, cuya salida del Real no fue todo lo digna que merecía, la segunda en la temporada 2010-2011 bajo la batuta de Víctor Pablo Pérez y esta última bajo la dirección musical de Ivon Bolton en una producción de Canadian Opera Company procedente del Festival de Salzburgo. He visto el video promocional y leído las opiniones de la crítica especializada. La obra está ambientada en la actualidad. Fígaro parece el empleado de una oficina de seguros y la trasposición del mensaje original gira en torno al significado del amor, un tema que sólo Platón se atrevió a tratar de forma directa, del erotismo (¿Por qué lo llaman amor cuando quieren decir sexo?), del acoso sexual desde una posición dominante y sus ambigüedades, del machismo celoso y de cómo el eterno femenino nos arrastra, esto sí típicamente mozartiano. En fin, para mí no son los mejores augurios de una ópera bufa cuya divertida trama se desarrolla en el palacio sevillano del Conde de Almaviva en la segunda mitad del siglo XVIII. 

miércoles, 27 de abril de 2022

Los grandes museos

Hay diferentes formas de visitar un gran museo: El Louvre, El Prado, el MET, el Hermitage… La primera oposición se da entre los que no quieren ver nada y los que quieren verlo todo. Los primeros van porque es obligado ponerle la chincheta al entorno cultural más emblemático de la ciudad. Además, muchos viajan con agencias que les ofrecen paquetes con los circuitos turísticos más conocidos. Los turoperadores les consiguen las entradas, los recogen en el hotel y los llevan en autobús a todas partes mientras una azafata nombra durante un instante fugaz lo que se ve tras los cristales. Estos recorridos vertiginosos concluyen en un cúmulo de información imposible de procesar incluso para un ordenador cuántico de última generación. A muchos jubilados les parece al tercer día de viaje que llevan tres meses fuera de casa. Cuando vuelven a su sillón favorito no saben ni donde han estado. ¿Qué te ha parecido la comida?, les preguntan por cambiar de tema: rara, contestan. Los azota pasillos de todas las edades deambulan sin rumbo fijo por las salas del museo porque lo que les interesa es el ambiente general. Miran o intercambian miradas envolventes (si pueden) con los y las guaperas que se cruzan en su camino. Los desnudos universales del pintor son sustituidos por las ensoñaciones eróticas del paseante solitario. De vez en cuando, para tener algo qué mostrar al volver a la oficina y matar de aburrimiento a sus amigos (sus parientes no se dejan), hacen fotografías con sus móviles a los cuadros donde se arremolina la gente. Siempre me ha sorprendido la compulsión fotográfica de los turistas. En la tienda del museo hay libros de una excelente calidad gráfica además de explicar las imágenes. Sospecho que el safari fotográfico es una forma de vencer al tedio. En realidad, el mejor uso del móvil es buscar información sobre las obras que tienes enfrente. El azota pasillos suele estirar vagamente las orejas en las salas dedicadas a las exposiciones temporales de joyas, artes decorativas y vestidos de época.

Se acerca por una entrada lateral un abanderado del sol naciente seguido de una nutrida fila de jubilados japoneses. ¿A dónde van, de dónde vienen, cuál es el sentido oriental de la vida? Una variante grupal es la visita guiada con cicerone. Un oficio que exige repetir cinco veces al día la misma historia. El ingenio del guía hace que el recorrido se convierta en una soporífera cinta magnetofónica o en una información divertida, salpimentada de anécdotas curiosas y picantes. En todas las visitas ciceronianas siempre hay un pelmazo que interrumpe al guía cada cinco minutos con preguntas triviales; al revés, el inevitable leído abruma a la concurrencia con sus comentarios eruditos de Wikipedia. Una señora mayor, harta de que siempre hable el mismo, levanta la mano y expone su punto de vista estético. Un buen cicerone les corta las alas a todos con un amable pero tajante cuando acabe la visita se lo aclaro o charlamos con detalle. Obviamente, les da el esquinazo.

En días laborables me ha llamado la atención la visita docente al Prado de dos tipos de alumnos: los de bachillerato y los de primaria. Actividades extraescolares. Los bachilleres, felices por no estar encerrados en clase, toman apuntes porque está programada una prueba de seguimiento para la próxima semana. Nada de trabajos copiados del Rincón del Vago o prestados del curso anterior. Se admiten preguntas sobre la marcha. Varios levantan la mano con el cebo preparado. Lo que dice el alumno no lo dice el profesor y la materia se acorta. A veces, el truco funciona. Los pequeños del cole: los maestros y, sobre todo, las maestras hacen literalmente juegos de magia para entretenerlos. Los sientan en semicírculo alrededor del cuadro y convierten a las Meninas en una variante de los cuentos de los hermanos Grimm. Las caritas que ponen son un cuadro más del museo.

Hay algunos aguerridos amantes del arte que, además de amortizar el precio de la entrada, deciden plenificarse con la contemplación del templo de las musas sin perderse ni un detalle. No saben lo que dicen. Para empezar, se cuelgan de una audioguía que comenta un amplio repertorio de los cuadros más famosos. Debería bastarles con eso, pero no… Nada más entrar se quedan mirando diez minutos el paragüero de la entrada como si fuera una de las siete maravillas del mundo. A las tres horas están exhaustos, desquiciados y a punto de gritar. Lo bueno es que han aprendido a no retar a los grandes museos.        

En el otro extremo está el que va a reencontrarse con un solo lienzo. O es un auténtico experto o un esnob que se las da de entendido y se monta una representación fastuosa de sí mismo o un astuto farsante que lo que quiere es plantar a la peña y largarse al barrio chino. Del mismo intento pueden seguirse tres cosas: una monografía erudita, una ruptura con la novia por memo o una diarrea salsera de tres días.

En mi opinión, si te interesa la pintura, la mejor opción es visitar la sala dedicada a un solo pintor o escuela. Puesto que, según Hegel, los tres momentos del espíritu absoluto son el arte, la religión y la filosofía, y el espíritu absoluto es Google, sugiero que te informes lo mejor posible antes de la visita y luego en directo compares la letra con la música. 

jueves, 7 de abril de 2022

El tótem del perro

 

Una tarde sofocante del julio madrileño tirado en el sofá con el libro de Javier Marías Corazón tan blanco entre las manos, tras escuchar los ladridos del caniche de un vecino, se me ocurrió la siguiente pregunta: ¿Si el término latino es canis de dónde procede la palabra “perro”? Como siempre recurrí al Diccionario etimológico de la lengua castellana de Joan Coromines. Copio literalmente la fascinante explicación: Vocablo exclusivo del castellano, que en la Edad Media (a partir de 1136) sólo se emplea como término peyorativo y popular frente a “can”, vocablo noble y tradicional. Origen incierto. Probablemente palabra de creación expresiva, quizá fundada en la voz “prrr, brrr” con la que los pastores incitan al perro, empleándola especialmente para que haga mover al ganado y para que este obedezca al perro. Compárese el gallego “apurrar” azuzar los perros. Son imposibles las etimologías ibéricas y célticas que se han propuesto.

El perro es el animal totémico por excelencia. Pertenecemos al clan del perro. En realidad, hay muchos tipos: los callejeros o libertarios, los caseros o claustrales, los vigilantes o guardianes, los adiestrados o de trabajo… que a su vez se dividen en otras ramas del tótem. He compartido vivencias con casi todos. Cuando veranábamos en las Rías Baixas, cerca de Bayona, mi hijo pequeño, no tendría más de cinco años, se hizo colega de uno de los perros callejeros de las parroquias cercanas. Según dijo la paisana que me alquilaba la casa se llamaba Martincho y era un chucho renegrido, mugriento y de mil razas. Simpático y más listo que el hambre nos saludábamos a distancia. Yo movía las manos y él el rabo. Como todo el mundo lo trataba o lo ignoraba, mi mujer, adversa canibus, no lo despedía con cajas destempladas. Una tarde subió al piso descompuesta. ¡Qué asco, por favor! Mi hijo y Martincho compartían al alimón un polo de fresa, lametazo tú, lametazo yo… Al final del verano ambos estaban sanos. Al año siguiente no volvimos a verlo. Según parece, el vecino de una finca cercana lo atropelló al salir marcha atrás y el veterinario no tuvo más remedio que sacrificarlo. Venía a darle las buenas tardes a cambio de una galleta.

De los perros caseros no me gusta la escalada de confianzas que se toman desde que son cachorros. De la manta al sofá; del sofá a la cama y de la cama a la mesa a incordiar mientras comes. Declinamos las invitaciones de unos amigos a degustar un sabroso cocido mensual (dejaron de hablarnos al saber el motivo) porque Lucas, un inquieto border collie, se metía entre las piernas, te daba repentones con el morro, ponía su cabeza en las rodillas y finalmente subía las patas a la mesa… Otro compañero del aula nos contaba muerto de risa que su adorado dálmata se había metido entre pecho y espalda la mitad de la paella dominical mientras bajaba al estanco a por tabaco y su hija no había llegado aún (estaba separado y le tocaba ese fin de semana). La otra mitad se la abrocharon sin problemas. No me extraña porque la chica, una adolescente de libro, le daba besos en el hocico después de sacarlo al parque. Un amigo suyo, al revés, se quejaba consternado, de que se habían ido un fin de semana al parador de La Granja y les había dejado en el patio a su pareja de chow chows un saco entero de pienso Royal Canin y un barreño de agua y que, por lo que parece, en cuanto se fueron se lo habían zampado de un tirón y habían reventado. Los perros caseros son especialmente sociables y soportan mal quedarse solos en los pisos. Ladran, lloran y aúllan sin freno. Si hablas con el dueño como mucho te pide disculpas y se marcha feliz a los toros sin más cargo de conciencia. Cuando fui presidente de la comunidad de propietarios, convencí a un vecino de la otra escalera, víctima de un terrier ruidoso, de que no comprara por internet un aparato de ultrasonidos ahuyentador de perros y anti-ladridos. Lo único que conseguiría es enloquecer más al animal y acabar a trompadas en la escalera. 

Tenían unos tíos, a los que visitábamos de vez en cuando, un lujoso chalé en la Sierra de Madrid. En la puerta de entrada lucía el típico cartel Cuidado con el perro. Deambulaba por la finca uno de raza indefinida, un peso medio cuya mayor virtud era no acercarse si no lo llamabas y aun así sólo cuando le convenía. Se llamaba Coco y sabía distinguir la palmada rutinaria del pelmazo de la caricia sincera del amigo. En los atardeceres estivales, después de un chapuzón en la piscina, el más agradable del día, mis tíos nos invitaban a compartir una merienda-cena a base de ensalada, embutidos, quesos, helado del pueblo y fruta. Para beber tinto de verano y clara con limón. Siempre les llevaba una botella de Rioja que guardaban en vez de abrirlo. El vino se estropea si no te lo bebes, les soltaba la indirecta, pero no se daban por aludidos. Una vez vi a mi tío echarle al perro unas cáscaras de melocotón que se comió en el acto. Me extrañó y se lo dije. ¿Le gustan las peladuras de la fruta? Ofrécele lo que te ha quedado de la raja de sandía, insistió. La dejé en el suelo, lo llamé y no dejó ni las pepitas. Luego las cáscaras de plátano. Pon en su comedero, dijo mi tía, los restos de la ensalada (lechuga, tomate, pepino, zanahorias, aceitunas, etc.). Le duraron un minuto. Es el único perro vegetariano que he conocido. Por supuesto, comía de todo, me aclaró mi tío. Era omnívoro como los osos, pero le chiflaba el verde. Pensé en el aviso de la entrada. ¿Pero vigila la parcela, les pregunté, cuando volvéis a Madrid? No, replicó. Ignora a los desconocidos. Además, se larga con frecuencia al viento de alguna hembra y vuelve famélico a los tres días. Tengo un eficaz sistema de alarma perimetral conectado al cuartel de la Guardia Civil. Se lo lleva el jardinero para que no salten los sensores de movimiento. Estoy convencido de que su afición a las frutas y verduras tiene que ver con el huerto de Julián; además no me gusta dejarlo encerrado. De hecho, nunca nos han robado.

Hay muchas clases de perros de trabajo: perros policía, como el Pastor Alemán entre otros; de compañía y ayuda emocional, como el Caniche Gigante; de búsqueda y rescate, como el San Bernardo; perros de detección de sustancias peligrosas o prohibidas, como el Rottweiler; los de pastoreo y protección, como el Mastín Español; los perros guía o lazarillos, que ayudan a las personas invidentes, como el Labrador Retriever. Dos anécdotas relacionadas con estos últimos. Un vecino amigo mío tenía un Labrador descartado por la ONCE. Se lo entregaron tras largas entrevistas y formularios. No servía porque se asustaba del ruido del metro y trataba de salir del vagón en todas las estaciones. Si oía en la calle un ruido fuerte (la sirena de una ambulancia, el acelerón de una motocicleta o los cláxones de un atasco) se paraba y se negaba a continuar hasta que cesaba, quizás como un gesto protector ante un peligro imaginario. Estaba, no obstante, medio entrenado. Se sentaba siempre al lado de su dueño y cada vez que este se ponía de pie, el perro también lo hacía; lo escoltaba sumiso por las habitaciones, siempre iba a su lado por el jardín o la calle. Poco a poco el condicionamiento cedió y al cabo de un año se comportaba normalmente.

De la segunda anécdota fui testigo. Ocurrió en el vestuario de la piscina de El Club de Campo Villa de Madrid. Me estaba poniendo el bañador cuando entró un entrenador de perros de la ONCE con un Labrador negro y mostró en el mostrador un montón de papeles. Le dijo al encargado del vestuario que parte del adiestramiento del perro consistía en adaptarlo a entornos especiales, como una piscina, y que por ley tenía derecho a entrar en cualquier espacio público y tal y cual. El encargado le dijo que si quería acceder al recinto necesitaba un permiso por escrito de la Secretaría del Club puesto que él no tenía competencia para autorizar la entrada de animales. El entrenador se puso farruco por lo legal. Tiró del arnés del perro y se metió por las bravas. Al cabo de media hora, tumbado en mi hamaca, lo vi de vuelta acompañado de dos policías nacionales. Una semana más tarde paseaba con el perro entre los bañistas que lo miraban con curiosidad.

Los perros de caza son una mezcla de perros caseros y de trabajo. Excluyo a las jaurías profesionales de caza menor o mayor. Otra historia. En aquel tiempo, Don Fidel Cardete era el director de la Biblioteca Municipal de Cuenca, profesor de latín y cazador empedernido de perdices y conejos. Salía al monte con mi padre muchos fines de semana. Tenía un pointer inglés, Roco, la niña de sus ojos y el vértice de la pirámide social. Un día se lo llevó al hortelano que se ocupaba de su hocino en una ladera de la Hoz del Huécar. Lleva unos días que no está bien el perro, no me come, está tristón, no sé qué le pasa… Eladio echó una mirada de reojo al pointer y le dijo a Don Fidel que lo atara al peral y volviera en un par de días. Y así lo hizo tras dos noches en vela. ¿Qué tal está mi campeón? preguntó sin saludar siquiera. Eladio lo miró sorprendido y sin decir palabra le tiró al perro dos tomates blandos que había separado. Al punto los devoró como una fiera. ¿Qué le has hecho? Preguntó amoscado el profesor. Nada, dijo Eladio, mientras encendía con su chisquero un pitillo de liar. Ahí está desde que te fuiste. Cuentas las crónicas que Don Fidel no supo si abrazar o estrangular al hortelano. 

Mi perro de trabajo preferido es el Mastín Español, defensor infatigable de la ganadería extensiva. Tuve oportunidad de conocerlos en una finca de los Montes de Toledo. Su dueño me hablo de sus virtudes largo y tendido. Pero esa es otra historia. Organizados en grupo son imbatibles. Amigable, valeroso, independiente y seguro de sí mismo, le he dedicado una de mis entradas preferidas: Lobos y mastines. 

Adenda.  Ahora están de moda los perros robots o cyberdogs, programados para la asistencia a personas mayores o discapacitados. Si les interesa el tema echen un vistazo al enlace.