jueves, 5 de noviembre de 2026

Halloween

 

Xenocentrismo es lo opuesto a etnocentrismo. Propone que la cultura de origen es inferior a otra u otras culturas. Por lo tanto, es preciso importar y reajustar las propias normas y rasgos culturales a los ajenos. El principal peligro del xenocentrismo es la anomia o desarraigo cultural, es decir, el desconocimiento, la marginación e incluso el rechazo abierto de nuestra propia cultura.

El xenocentrismo ha propiciado la adopción de complejos culturales extraños como “la comida rápida”, ciertos gustos musicales, la ropa, las jergas juveniles y de empresa o el culto a las marcas y tecnologías extranjeras. Otro aspecto del xenocentrismo consiste en la adopción de festividades distintas a las tradiciones autóctonas, por ejemplo Halloween, el Black Friday o Papá Noel que coexisten pacíficamente, incluso se solapan, con las nacionales del Día de Todos los Santos, las rebajas de Enero o los Reyes Magos.

Halloween, literalmente “Víspera de todos los santos” (de la expresión del inglés antiguo All Hallows' Eve), es una conmemoración de origen anglosajón que se celebra cada 31 de octubre en Europa, Japón, Canadá y sobre todo en Estados Unidos. En nuestro país se ha impuesto y desplazado a nuestro Día de Todos los Santos por una serie de motivos sociológicos.

El primero es que en nuestra tradición forma parte de la liturgia de la Iglesia Católica. Se trata de una solemnidad, es decir, de una celebración de primer orden para la fe. Lo cierto es que una parte importante de la población no es católica practicante por lo que no se identifica ni participa del espíritu religioso de tan señalada fecha. Un espíritu unido en la mentalidad popular al recuerdo de la muerte (memento mori), la memoria fúnebre de los seres queridos y la visita a los camposantos, lugar de homenaje pero también de dolor renovado. El problema es que la religión se toma la muerte muy en serio porque su auténtica razón de ser es atenuar la angustia de la nada eterna mediante la esperanza de un más allá trascendente; de la inmortalidad como remedio al sinsentido de la fugacidad de una vida que al final siempre nos rompe el corazón. La religión no es el opio del pueblo sino del heideggeriano “ser para la muerte”. Convengamos en que no resultaría divertido llevar a los niños al cementerio para contarles cómo eran sus abuelos. Algunos ni siquiera los conocieron, otros se llenarán de congoja y, por suerte, unos pocos se harán preguntas que todavía no debieran hacerse.

Halloween es actualmente una fiesta laica que busca justamente lo contrario: burlarse de la muerte, mostrar con humor su olvido, trasladarla del camposanto a la calle. A los niños les encanta disfrazarse de esqueletos, vampiros, brujas, fantasmas, zombis, demonios y toda la imaginería macabra que los grandes almacenes ponen a su disposición. La víspera, los colegios les invitan a asistir disfrazados para bailar, cantar y reírse entre abrazos en el patio de recreo. Muchos van de pirata, bombero, camiseta del atleti o pastorcillo; o de nada, ¡qué más da! También hay cretinos que quieren dar la nota como la multimillonaria estadounidense Martha Stewart que se disfrazó de persona sin hogar…

Al caer la tarde los grupos de niños acompañados de sus padres en segundo plano también disfrazados de madrastra malvada o de caballero del Santo Sepulcro se desplazan de puerta en puerta para pedir golosinas (treat) o en caso contrario amenazan con hacer una travesura (trick). En los barrios más civilizados los vecinos hacen una lista de los hogares donde serán bien recibidos, algunos decorados con puertas cargadas de telarañas, calaveras, calabazas y diversos adornos góticos. Cuando se abre el abismo aparecen Frankenstein y su pálida novia envueltos en una música siniestra cargados de caramelos. La lista de domicilios previene timbrazos inesperados, puertas en las narices o, buenas gentes que lo único que pueden ofrecerles a las criaturas es una lata de sardinas o unas albóndigas congeladas.

Otra razón para el éxito definitivo de Halloween es que es un próspero negocio. Solo en Estados Unidos, el consumo asociado a esta festividad supera los 8.000 millones de dólares anuales. Además de los disfraces (que pueden valer de un año para otro, ser usados por los hermanos menores o prestados a los amigos), el mercado del miedo incluye repostería temática, decoración en comercios y hogares, fiestas en discotecas y todo tipo de accesorios de ultratumba, incluidas publicaciones con espeluznantes cuentos del más allá para niños (posiblemente redactados con Inteligencia Artificial dada la caducidad del género). Por no abrumarlos pueden consultar los treinta productos más vendidos en 2026 en una clásica web del ramo.

P.D. A partir del Viernes 27 de Noviembre, día del comienzo del Black Friday, pueden comprar todo lo que no necesitan a precios increíblemente rebajados.  No se lo pierdan.

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