Xenocentrismo es lo opuesto a
etnocentrismo. Propone que la cultura de origen es inferior a otra u otras
culturas. Por lo tanto, es preciso importar y reajustar las propias normas y
rasgos culturales a los ajenos. El principal peligro del xenocentrismo es la
anomia o desarraigo cultural, es decir, el desconocimiento, la marginación e
incluso el rechazo abierto de nuestra propia cultura.
El xenocentrismo ha propiciado la
adopción de complejos culturales extraños como “la comida rápida”, ciertos
gustos musicales, la ropa, las jergas juveniles y de empresa o el culto a las
marcas y tecnologías extranjeras. Otro aspecto del xenocentrismo consiste en la
adopción de festividades distintas a las tradiciones autóctonas, por ejemplo
Halloween, el Black Friday o Papá Noel que coexisten pacíficamente, incluso se
solapan, con las nacionales del Día de Todos los Santos, las rebajas de Enero o
los Reyes Magos.
Halloween, literalmente “Víspera de
todos los santos” (de la expresión del inglés antiguo All Hallows' Eve),
es una conmemoración de origen anglosajón que se celebra cada 31 de octubre en
Europa, Japón, Canadá y sobre todo en Estados Unidos. En nuestro país se ha
impuesto y desplazado a nuestro Día de Todos los Santos por una serie de
motivos sociológicos.
El primero es que en nuestra
tradición forma parte de la liturgia de la Iglesia Católica. Se trata de una
solemnidad, es decir, de una celebración de primer orden para la fe. Lo cierto
es que una parte importante de la población no es católica practicante por lo
que no se identifica ni participa del espíritu religioso de tan señalada fecha.
Un espíritu unido en la mentalidad popular al recuerdo de la muerte (memento
mori), la memoria fúnebre de los seres queridos y la visita a los
camposantos, lugar de homenaje pero también de dolor renovado. El problema es
que la religión se toma la muerte muy en serio porque su auténtica razón de ser
es atenuar la angustia de la nada eterna mediante la esperanza de un más allá
trascendente; de la inmortalidad como remedio al sinsentido de la fugacidad de
una vida que al final siempre nos rompe el corazón. La religión no es el opio
del pueblo sino del heideggeriano “ser para la muerte”. Convengamos en que no
resultaría divertido llevar a los niños al cementerio para contarles cómo eran
sus abuelos. Algunos ni siquiera los conocieron, otros se llenarán de congoja
y, por suerte, unos pocos se harán preguntas que todavía no debieran hacerse.
Halloween es actualmente una fiesta
laica que busca justamente lo contrario: burlarse de la muerte, mostrar con
humor su olvido, trasladarla del camposanto a la calle. A los niños les encanta
disfrazarse de esqueletos, vampiros, brujas, fantasmas, zombis, demonios y toda
la imaginería macabra que los grandes almacenes ponen a su disposición. La
víspera, los colegios les invitan a asistir disfrazados para bailar, cantar y
reírse entre abrazos en el patio de recreo. Muchos van de pirata, bombero,
camiseta del atleti o pastorcillo; o de nada, ¡qué más da! También hay cretinos
que quieren dar la nota como la multimillonaria estadounidense Martha Stewart
que se disfrazó de persona sin hogar…
Al caer la tarde los grupos de niños
acompañados de sus padres en segundo plano también disfrazados de madrastra
malvada o de caballero del Santo Sepulcro se desplazan de puerta en puerta para
pedir golosinas (treat) o en caso contrario amenazan con hacer una
travesura (trick). En los barrios más civilizados los vecinos hacen una
lista de los hogares donde serán bien recibidos, algunos decorados con puertas
cargadas de telarañas, calaveras, calabazas y diversos adornos góticos. Cuando
se abre el abismo aparecen Frankenstein y su pálida novia envueltos en una
música siniestra cargados de caramelos. La lista de domicilios previene
timbrazos inesperados, puertas en las narices o, buenas gentes que lo único que
pueden ofrecerles a las criaturas es una lata de sardinas o unas albóndigas
congeladas.
Otra razón para el éxito definitivo
de Halloween es que es un próspero negocio. Solo en Estados Unidos, el consumo
asociado a esta festividad supera los 8.000 millones de dólares anuales. Además
de los disfraces (que pueden valer de un año para otro, ser usados por los
hermanos menores o prestados a los amigos), el mercado del miedo incluye
repostería temática, decoración en comercios y hogares, fiestas en discotecas y
todo tipo de accesorios de ultratumba, incluidas publicaciones con
espeluznantes cuentos del más allá para niños (posiblemente redactados con
Inteligencia Artificial dada la caducidad del género).
P.D. A partir del Viernes 27 de
Noviembre, día del comienzo del Black Friday, pueden comprar todo lo que no
necesitan a precios increíblemente rebajados.
No se lo pierdan.

No hay comentarios:
Publicar un comentario