Es comprensible que hace más de cuatro décadas ciertos sectores conservadores partidarios del rancio neoclasicismo napoleónico reaccionaran ante algo tan rompedor que para empezar no entendían. Hoy nadie discute su integración histórica en el entorno parisino y su potente originalidad. En su momento la torre Eiffel fue objeto de fuertes rechazos estéticos y hoy es sin duda una obra de arte universal. El Centro Pompidou sería exhibicionista, como dijeron sus detractores, si fuera pura exterioridad, es decir, construido desde fuera hacia dentro, lo cual hubiera sido un desastre. Pero, al revés, fue pensado desde la funcionalidad interna o distribución racional de los espacios hacia fuera a fin de lograr un equilibrio perfecto entre ambos conceptos. Por eso los arquitectos Renzo Piano y Richard Rogers ganaron el concurso. El edificio se inauguró en 1977. A mí me parece fascinante.
lunes, 4 de abril de 2022
sábado, 2 de abril de 2022
Los perros y la ciudad
¡No se ven
por las calles más que motos y perros! Me comentaba un taxista separados
por una mampara de plástico. Me reí, pero no supe qué decir. La intuición subitánea
(diría Ortega) me pareció un buen ejemplo de lo que se ha dado en llamar poesía
de la vida cotidiana. Una variante de la música rapera. Me bajé en la
estación de Madrid-Puerta de Atocha para coger el AVE. Durante el viaje tuve
tiempo de recordar el lugar de los perros en mi vida. El primero del que apenas
retengo una tira de comic fue una bolita de algodón con manchas negras que un
amigo de mis padres nos dejó un fin de semana por un viaje inesperado. Se
llamaba chuchina y era una perrita de dos meses que le gustaba la carne
picada y te mordía con unos dientes que parecían agujas. Lloriqueaba por las
noches en su rincón de trapos viejos y fue un alivio devolverla el lunes. Mis
imágenes infantiles más tristes son las de un lacero acercándose sigiloso a un
chucho vagabundo en Carretería, la calle principal de Cuenca, con la pértiga
escondida en la espalda: lo atrapó con una habilidad pasmosa entre aullidos de
terror; los demás esqueletos huyeron despavoridos mientras una camioneta
metálica recogía al desdichado animal. Su destino era el horno crematorio de la
perrera municipal. Muchos vecinos, hartos de verlos merodear por el barrio y
escarbar en las bolsas de basura los despachaban dándoles morcillo, un
trozo de carne de calceta envenenado (otro retazo de la memoria histórica). Una
buena noticia: desde 2020 la República Popular China ha prohibido el consumo de
carne de perro en todo el territorio nacional. Siempre me ha parecido, al
margen de sus dudosas virtudes culinarias, que comer carne de perro o de
caballo es como cenarte a un primo hermano. Y me viene a la cabeza la anécdota
de aquella comadre serrana en los tiempos del hambre que tras preparar la
paella del cumpleaños de su nieto les dijo a los invitados: el que quiera
que coma y el que no lo deje. Gato es.
Muchos años después, viudo mi padre, cazador de trocha mañanera y cartuchos de autor, siempre tuvo un epagneul breton tumbado en la alfombra de su cama. El segundo, Dino, le libró de una situación comprometida. En septiembre, durante las ferias y fiestas de San Julián recalaban en Cuenca gentes de toda suerte y condición. Mi padre vivía entonces solo y dormía en una habitación al final de la casa. Una noche, a las tres de la madrugada, el perro gruñó dos veces y se puso en pie. Alertó a mi padre de sueño ligero que oyó ruidos en la otra punta del pasillo en forma de ele. Cargó la escopeta que en esas fechas guardaba siempre en el armario y salió de su cuarto en pijama. Dos tipos mal encarados habían forzado la puerta y avanzaban sigilosos a la luz de una linterna. Mi padre les apuntó, inmóvil como en la muestra de la codorniz. Algo vieron en sus ojos que no les hizo gracia… Perdone, dijeron, nos hemos equivocado de piso y salieron al trote. ¿Qué habrías hecho, si no se hubieran largado?, le pregunté cuando me lo contó. Lo cierto es que se fueron, dijo; en la vida importa lo que pasa no lo que habría pasado… Dino se echaba la siesta a los pies de cualquier cama y si intentabas removerlo te gruñía con un colmillo fuera y cara de pocos amigos. Cuando comía tampoco estaba para bromas. En todas las demás situaciones era un perrhumano. Cuando volvías de comprar el periódico daba saltos y cabriolas hasta el techo. Si diez minutos después bajabas a recoger el correo, al abrir la puerta hacía lo mismo. El mundo se divide entre los que adoran a los perros, como mi padre que les hacía más caso que a nosotros, los que los detestan, como mi mujer que se cruza de acera cuando los ve, y los que creemos con Aristóteles que la virtud está en el justo medio.
Asocio mi niñez
a las aventuras televisivas del pequeño cabo Rusty de la caballería de los
Estados Unidos, y su perro Rin tin tin, un valiente pastor alemán. Frecuenté
menos la serie Lassie, una inteligente perra collie, siempre metida en los
enredos de una pandilla juvenil. En mi adolescencia admiré el instinto
infalible de Colmillo blanco, la novela de Jack London, o el sobrecogedor
Sabueso de los Baskerville, uno de los casos más siniestros de Sherlock
Holmes.
Decía el filósofo cínico griego Diógenes de
Sinope (y después muchos sabios misántropos): cuanto más conozco a la gente,
más amo a mi perro. Tampoco conviene exagerar. Reconozco que no me gustan
los perros enclaustrados en los pisos de ciudad. Nunca cedimos a las cartas
perrunas de mis hijos a los Reyes Magos. Aunque sean uno más de la familia y reciban
el cariño verdadero, lo cierto es los perros urbanitas sufren. Los niños se
encaprichan de los encantadores cachorros y cuando crecen les toca a los padres
sacarlos por el barrio a horas intempestivas. Después otra vez a la cárcel y a
ladrar si se quedan solos. Muchas familias crueles e irresponsables los
abandonan en medio de la nada y salen pitando en el coche. Mueren atropellados,
de pena o sacrificados entre barrotes si no encuentran quien los adopte.
Siempre he creído que los más felices son los perros callejeros de la España
vaciada; son de todos y de nadie, siempre tienen un pajar donde dormir, unas
sobras que comer y unos amigos libertarios con quien compartir las pulgas y
copular. Además, se libran de los pinchazos, las placas, los collares y la
castración. Y lo que es mejor, de las bolillas del pienso cotidiano que no se tragan
ni untadas de tocino. Más recuerdos. Al bretón color ceniza le recetó el
veterinario unas píldoras para el hígado. Si las disolvías en leche no se
acercaba al plato a menos de cinco metros; si se las dabas envueltas en chóped,
se comía el cebo y escupía la pastilla como un proyectil.
Hay que reconocer que durante lo peor de la pandemia los perros han sido tratados como marqueses. Los vecinos que llenaban el buzón con notas de protesta por los ladridos nocturnos, el pis en el ascensor y los lengüetazos en el portal, ahora hacían cola en la puerta para pasear por el parque al mejor amigo del hombre. Memes y videos por WhatsApp. Es cierto que hay dueños cívicos que llevan su kit cuando sacan al perro: guantes desechables, bolsas de plástico, espráis jabonosos… Aun así, durante el confinamiento y muchos meses después las calles estaban sembradas de zurullos y restregones. Con todo, lo que peor llevo de los perros son los cuescos a bordo. Son atroces, y duran y duran. Al menos los cagarrones puedes esquivarlos. Hay que parar el coche, abrir puertas y ventanas y salir corriendo por el arcén. No es para tanto, dice el sufrido propietario de la criatura mientras sujeta al sorprendido ventoso. Lo malo es que quedan trescientos quilómetros.
viernes, 25 de marzo de 2022
El feminismo como ideología
En otro lugar señalaba que es preciso separar la
ecología como ciencia del ecologismo como movimiento ideológico. Aquí
pretendo hacer una distinción similar. No hay que confundir el
reconocimiento ético y jurídico de la plena igualdad de género con el feminismo.
Lo primero está recogido en el articulado de La Convención
sobre la Eliminación de Todas las Formas de Discriminación contra la Mujer,
un tratado internacional aprobado el 18 de diciembre de 1979 por
la Asamblea General de las Naciones Unidas, en vigor desde el 3 de
septiembre de 1981 y actualizado en sucesivas declaraciones. Lo segundo es una
ideología en el mejor sentido del término. Muchas de las tradicionales reivindicaciones feministas están
contempladas en estos acuerdos institucionales… pero no todas (por eso se renuevan
periódicamente). No es menos cierto que una cosa es la letra de los acuerdos y
otra su cumplimiento, como ocurre con la Declaración Universal de los
Derechos Humanos o la Constitución Española. Ahí desempeñan las
ideologías su legítima función crítica y transformadora.
Habría, por
tanto, que diferenciar a las mujeres que están a favor de la plena
igualdad de derechos y oportunidades, de las que se consideran propiamente
feministas. En realidad, habría que hablar del feminismo en plural, un
conjunto de posiciones ideológicas que tienen un núcleo común y un amplio
espectro de argumentos diferenciales. No es lo mismo el feminismo cristiano
que el movimiento Me Too.
Según un estudio realizado por The
Global Institute for Women’s Leadership del King’s College de Londres, en la que
participaron 18.800 mujeres de entre 16 y 64 años de 27 países sobre la igualdad
de género, a la pregunta Se considera feminista, solo el 32% respondieron afirmativamente. En Dinamarca, el país con
la mayor igualdad de género del mundo, una de cada cuatro mujeres se considera
feminista convencida, el 8% tiene una opinión favorable del movimiento #Metoo y
un 35% lo desaprueba expresamente. Resulta chocante que sus activistas, por
ejemplo, pongan de vuelta y media al sexismo, pero ellas se exhiban
semidesnudas en sus performances reivindicativas.
En principio, el
término feminismo abarca demasiado espacio semántico. La
mayoría de las mujeres defienden la plena igualdad de género, mientras el feminismo les suena a otra cosa. Por eso en cuando se intenta implicar seriamente a la
mujer con su significado estricto, a identificarse con sus rasgos contraculturales,
a interiorizar su lenguaje privado, comienzan los recelos, la desconfianza, las
dudas y el desapego. Además, todas las variantes del feminismo están
asociadas a las principales ideologías políticas: conservador, liberal,
socialista y radical. Y es bien sabida la creciente desafección hacia la clase
política y sus incompetencias.
Nos vamos a ocupar
aquí de lo que consideramos excesos de ciertas versiones en auge. Por
ejemplo, el llamado feminismo radical que llega a considerar al hombre
el culpable ontológico del mal en el mundo. Insiste en expresiones androfóbicas
que culpabilizan a todos los varones por el hecho de serlo. La historia del
hombre es la historia de la opresión de la mujer. Las convierten en víctimas de una cultura global de la violación y la
violencia machista, algo inherente a las hormonas masculinas. Las feministas radicales
tratan fatal a los hombres. Son manada o criminales en potencia. En los casos
más templados los desprecian. Se olvidan de pronto del motivo central de la
ideología, la lucha por la plena igualdad de género, y la sustituyen por estereotipos
de la discriminación y el enfrentamiento. Gran parte de la retórica feminista actual ha cruzado la
línea que separa las críticas al sexismo de las críticas a los hombres en
general. Según esta visión, los hombres forman parte de una raza
injustamente privilegiada, especialmente si además son blancos y
heterosexuales. Se ha dicho: el hombre abusa por el solo hecho de tener pene.
Muchas feministas prácticamente equiparan la penetración con la violación. Un psicoanalista
se frotaría las manos ante esta versión desmadrada del complejo de castración
en la mujer. Primera
derivación del feminismo extremo: puesto que vivimos en una sociedad
falocrática se impone una defensa a ultranza de los colectivos de gays y lesbianas, bisexuales,
intersexuales, travestis, transexuales y binarios. Segunda derivación: puesto
que vivimos en una cultura monogámica se impone una defensa cerrada del
poliamor. Nada nuevo: el poliamor, un asunto feminista según la filósofa Carrie
Jenkins, era frecuente entre nuestros antepasados neandertales del Pleistoceno;
también el incesto, una de las razones genéticas de su decadencia; o el cruce
sexual con otra especie de homínidos, los cromañones, o sea nosotros, e incluso
la zoofilia ritual con fines propiciatorios. ¡Alguien da más! Sí, además
practicaban el canibalismo en épocas de penuria. ¡Solo falta fijar la fecha del día del orgullo neandertal!
El feminismo radical
afirma “que no nacemos con ninguna predisposición biológica y que todo se
reduce a la influencia de la cultura”. Es evidente que hay diferencias
biológicas entre el hombre y la mujer, pero la mayoría son a favor de ella. Lo
que resulta cuestionable, según los expertos en pediatría y psicología
infantil, es el normal desarrollo evolutivo (personal, intelectual y emocional)
de un niño con dos padres o dos madres en parejas homosexuales. Queda abierto el debate.
También se
refieren las radicales a la desigualdad de trato y contrato de la mujer en
ciertos deportes, como el golf, el tenis o el fútbol. Es cierto, pero el
deporte de elite es simplemente un mercado más. En este caso, la supremacía
masculina la fija la demanda y no el género. Tampoco se sostiene una noción
agresiva del empoderamiento profesional: es falsa la sistemática discriminación
de la mujer en el trabajo. En general, el acceso de la mujer a la formación superior,
a los sectores laborales, a los puestos de mayor responsabilidad, a la
producción de valor económico es cada vez mayor y equiparable al hombre.
Otro asunto turbio. En mi opinión carece de sentido el lenguaje inclusivo
que utiliza el feminismo radical. La Real Academia Española (RAE) ha expresado su rechazo ante el
uso de palabras aceptadas en el lenguaje inclusivo o no sexista.
Santiago Muñoz Machado, director de la RAE, dijo en una entrevista con EL
PAÍS Semanal que el desdoblamiento gramatical del lenguaje
inclusivo altera la economía del idioma. Decir, Ellos,
ellas y elles o Soldados y soldadas son simplemente ejemplos del
rebuzno nacional.
Otro escenario de la batalla son los llamados micromachismos, o
sea, las sutiles e imperceptibles
maniobras y estrategias de ejercicio del poder de dominio masculino en lo
cotidiano, que atentan en diversos grados contra la autonomía femenina. La mayoría de los micromachismos son
simplemente actitudes machistas explícitas o costumbres inocuas en vías de
extinción. Busquen ejemplos y lo comprobarán. Por cierto, toda crítica
al feminismo radical recoge sólo la indignación, nunca la réplica.
viernes, 18 de marzo de 2022
El machismo como ideología
La
versión más cruda del machismo que recorre la noche patriarcal de los tiempos
desde el Paleolítico Superior hasta nuestros días consiste en la identificación
de la mujer con la maternidad, el cuidado del hogar y el descanso del
guerrero. Es, por supuesto, la primera denuncia clamorosa del feminismo de ahora y siempre; al menos en esto coinciden las múltiples
variaciones sobre el mismo tema que circulan por el mundo real y virtual. Si el asunto te
interesa desde el principio, lo mejor es informarte en trabajos como el de Ana
Díaz Los feminismos a través de la historia. Aquí,
obviamente, lo vamos a acotar.
El machismo como ideología dominante se fraguó durante la Primera Revolución Industrial inglesa en la segunda mitad del siglo XVIII y se extendió posteriormente al resto de Europa occidental y Norteamérica. El núcleo de la ideología machista fue la escisión entre vida pública y privada. Los hombres y las mujeres debían estar separados en ámbitos civiles distintos. La vida pública corresponde al varón: el trabajo, el sustento familiar, el ascenso laboral, el desgaste que conllevan las transacciones comerciales… Rousseau advertía que los cambios en la industria y en la política conferían nuevas oportunidades a los varones burgueses, pero también nuevos motivos de angustia y preocupación, para lo cual el hogar debía conservarse como el oasis emocional, el refugio contra la fealdad de la competencia salvaje en la ciudad.
El hogar es el espacio de la vida privada a salvo de las asechanzas del mundo exterior, del tráfago hostil de la vida pública y de los negocios. La mujer es la reina, el ama y señora de la casa. El “retiro al hogar” de las mujeres provocó la aparición de ciertos valores asociados al matrimonio: la monogamia (virginal y de por vida), la maternidad (el deber de quedarse embarazada), el cuidado del hogar (o sea, limpiar, hacer la compra y cocinar) y la crianza y educación de los hijos (de los cuales el padre se desentiende por asuntos de fuerza mayor). Argumentos que fueron tratados en la literatura de la época: libros de consejos a las jóvenes en edad de merecer, recomendaciones frígidas de las madres, tratados parroquiales para embarazadas… era la literatura que se consideraba apropiada para el público femenino. La educación de las mujeres se diferenció de la de los hombres en cuanto a duración y contenido. Las niñas aprendían cosas útiles para su futuro confinadas; debían aprender sólo aquellas materias que las prepararan para su domesticidad; lo demás resultaba superfluo y hasta peligroso para las costumbres de las futuras madres.
Surgieron los roles de
género, la construcción machista de la feminidad y el fraude del segundo sexo. Aunque
se denominaba a la mujer la dueña del hogar, tampoco allí tenía
dominio alguno; estaba subordinada al marido en la vida privada y en la
pública: sometida en lo legal, con total dependencia económica y sin derecho al
voto hasta 1931 en nuestro país. También habría mucho que hablar de la
distancia entre la moral sexual del marido y la mujer. Mientras que se miraba
con condescendencia el adulterio masculino, la mujer era condenada al último
círculo del infierno de Dante. Según Schopenhauer, la fidelidad en el
matrimonio es artificial para el hombre y natural en la mujer, y, en
consecuencia, el adulterio por parte de la mujer es mucho menos perdonable que
por parte del hombre. ¿Natural? Lo trágico es que muchas mujeres han
perdido la vida a causa de esta visión obsesiva y posesiva de la
fidelidad. Actualmente, la violencia machista, el acoso sexual de la mujer
en el trabajo o las resistencias a que ocupen altos cargos en la empresa, por
ejemplo, son secuelas de aquella separación civil y la fantasía colectiva de dominancia
masculina.
La verdad es que me pierdo en el laberinto idiomático de los feminismos actuales. Dejemos a los filólogos/as que pongan en orden en el léxico y a los filósofos/as en los conceptos. Lo único que puedo decir es que en el Instituto de Enseñanza Secundaria donde impartí clases durante más de veinte años, la Junta Directiva estaba formada mayoritariamente por profesoras y que, en general, las alumnas eran más maduras, estudiosas, responsables, sensibles y guapas (permítaseme este piropeo micromachista) que sus colegas masculinos. No obstante, si es justo y necesario hacer una crítica de la sinrazón machista, no lo es menos hacerla de los excesos de la ideología feminista. Pero eso lo dejamos para la siguiente entrada.
miércoles, 16 de marzo de 2022
¡Porque creemos!
Victoria del Atleti
al viejo estilo frente al Manchester United y pase a cuartos de la Champions.
Objetivo cumplido. Dinero y prestigio. Ahora a esperar que no nos toque el Real
Madrid. Lleva razón Guti, un anti atlético declarado, cuando dice que el United
no está en su mejor momento; aun así son un prodigio de fortaleza y derroche físico. Cristiano con 37 años empieza a parecerse a Messi
y Luis Suárez. Además, da la impresión de que el portugués enturbia el ambiente del vestuario. El problema de estos grandes es que ya no pueden aspirar a que todo el
equipo juegue para ellos. Es el síndrome Di Stéfano. También lleva razón Futre, un reconocido anti madridista, cuando afirma que la
francesa no es equiparable al resto de las grandes ligas. Esto no empaña el
triunfo de los blancos, sino que hace más terrenal lo que se calificó de milagro escénico.
Personalmente,
no creo que el Cholo haya hecho al Atlético a su imagen y semejanza sino al
revés; su gran acierto desde el primer momento fue comprender que la esencia
del equipo rojiblanco, desde tiempo inmemorial, antes incluso de que mi abuelo
me llevara al antiguo Metropolitano, ha sido la defensa rocosa y el contrataque
letal. Toda la filosofía de Simeone se puede resumir en una frase: le gustan, como
no, las individualidades, pero siempre que estén supeditadas, incluso
sacrificadas, al trabajo colectivo. Excelentes jugadores como Arda Turán, Rodrigo Hernández o Thomas Partey fueron
traspasados por no compartir esta idea.
Seamos, por lo
demás, críticos, puesto que queda lo más difícil y el año no va como el pasado.
El problema es si este sistema es suficiente para ganar a los grandes expresos
europeos… Es lo que debió pasar por la cabeza del Cholo cuando pensó en dimitir
tras perder la tercera final en Milán. Al final le pudo el corazón atlético y
un suculento contrato. El bloque bajo, ceder la mitad del campo al rival comporta
mucho riesgo, incluso cuando compites con equipos teóricamente inferiores; en
cuanto la defensa se despista te muerden. Para ganar tienes que hacer un
partido perfecto, como ayer. Los tres centrales dieron un recital. Giménez es
un grande de Europa (¡qué pena sus lesiones!). Por cierto, el fichaje del
mozambiqueño Reinildo ha sido un acierto. Otros inconvenientes: cuesta mucho sacar
el balón jugado si te presionan arriba; si lo consigues, el ataque estático es premioso
y poco rentable; más: la media presión no vale para nada, es preferible no
hacerla. La clave está en que funcione el centro del campo. Ayer, durante la
primera media hora fue un descoloque plagado de pérdidas e imprecisiones; por
suerte salimos vivos. El partido cambió cuando Koke, Herrera y De Paul empezaron
a defender y mover el balón con criterio. Joao Félix y Griezmann, dos
manufacturas del Cholo, se gustan. Llorente y Lodi son un peligro constante al
contrataque si tienen un lateral que les cubra las espaldas (más inventos del
míster). Así llegó el gol. Y la alegría de una afición que empujó en Old Trafford
incluso más que la local. ¡Aúpa Atleti!
viernes, 11 de marzo de 2022
Lancer l'argent par la fenêtre !
Enfin, la citoyenne Thérèse Lagarde a reçu le prix de 100.000 euros qu’elle
avait remporté il y a trois semaines. Le maire de Dijon a permis, après de
longues discussions au sein du Conseil Municipal, de lancer trois quarts de
l'argent par la fenêtre centrale de l’hôtel de ville. Radio France Loisir
(RFL), la station qui a organisé le drôle de jeu appelé « La bonne fée », a
fixé comme condition pour livrer l'argent que les idées folles qui avaient
obtenu le prix devraient être mises en œuvre au pied de la lettre. Les
promoteurs ont décidé, donc, de rester fidèles à la devise du concours : « Pour
que vos désirs n’avalent pas n’importe quoi… faites les croquer ! »
Eh bien, exactement 75.000 euros ne seront pas jetés
car Monsieur Horace Deschamps, le maire, a gardé 25.000 euros sans expliquer
pour le moment le but.
En tout cas, un autre problème est apparu : l’officier
supérieur de la gendarmerie à Lyon, Monsieur Armand López, a confirmé bel et
bien que l'initiative est très dangereuse en ce qui concerne l'ordre public,
même pour l'intégrité physique des personnes. Avec ses mots : « Nous pouvons
assister à la plus grande manifestation qui a eu lieu en France depuis celle de
sa libération en 1944. Si ce fou… pardon, si cet homme chanceux fait ce qu'il
dit, le bazar est assuré. » Tout de suite, en chantant, il a commencé à imiter
le « rrr » roulé alvéolaire voisé d’Edith Piaf.
Emportés par la foule
qui nous traîne Nous entraîne
Écrasés l'un contre l'autre
Nous ne formons qu'un seul corps
Et le flot sans effort
Nous pousse, enchaînés l'un et l'autre
Et nous laisse tous deux
Épanouis, enivrés et heureux.
Ou peut-être écrabouillés, il a ajouté avant de
quitter la salle où s’est tenue la conférence de presse.
La solution que mademoiselle Lagarde a trouvée au gros
problème, un compliqué ménage à quatre, est tout à fait géniale : elle
(c’est-à-dire, la solution) plaît au maire, satisfait des conditions de la RFL
et, en plus, débarrasse la Gendarmerie d’un grave souci.
Voici la clé : Comme convenu, le maire recevra
l’argent promis comptant et trébuchant ; l’officier supérieur de la gendarmerie
obtiendra, à son tour, un bonus de dix mille euros pour « sa collaboration » ;
et la rusée jeune femme versera la somme restante sur un compte bancaire (le
sien, évidemment). Jour après jour, Thérèse lancera depuis la fenêtre à
n’importe quelle heure de la journée (probablement durant la nuit obscure) une
pièce de monnaie d’un centime d’euro. Elle dépensera trois euros et soixante centimes
chaque année… Quand le journaliste du magazine Femme actuelle a demandé à
Thérèse si elle espère demeurer sur la terre seize mille ans environ, elle a
répondu en chantant très doucement :
La vie est belle même si c’est vrai qu’parfois le
destin s’en écarte.
Faut vivre ta vie comme si tu mourrais demain.
Profite de chaque instant avant qu’la mort vienne
te dire faut qu’tu partes.
Car il sera trop tard pour te reprendre en main.
Post-scriptum : Si Thérèse dépose l’argent à La Banque
Nationale de Paris, cette centenaire et respectable institution lui donnera un
taux d'intérêt de quatre pour cent annuel révisable à la hausse. Faites
vous-même les comptes !
viernes, 4 de marzo de 2022
El origen de la religión
La antropología cultural explica los orígenes de la experiencia religiosa, el surgimiento del hecho religioso y sus raíces en la idea de lo sobrenatural.
Un solitario paseo vespertino por el antiguo cementerio de San Isidro, un bello camposanto situado en un alto de Madrid, nos conecta poéticamente con este sentimiento ancestral: la presencia de la tierra sagrada, el aleteo de las almas entre los cipreses, la soledad de los panteones ilustres… Ensoñaciones de un paseante solitario. No podemos sustraernos al misterio simbólico del más allá. Echa una mirada a la vida y a la muerte, ciudadano que pasas por aquí delante, reza el epitafio de una sencilla lápida. Nombres escritos en el agua.
La religión comienza con lo que todas las culturas,
desde la prehistoria hasta nuestros días, entienden por sobrenatural.
¿Pero cuál es el origen de esta creencia universal? Los antropólogos Carol y
Melvin Ember afirman que Los fantasmas y
los espíritus ancestrales son seres sobrenaturales que en el pasado fueron
seres humanos. La creencia de que los seres vivos pueden percibir la presencia
de fantasmas o de sus acciones es casi universal. Esta cuasi universalidad
puede tener fácil explicación: en las experiencias de la vida sentimos muchas
impresiones que asociamos a un ser querido, y cuando este muere, seguimos
sintiendo esas impresiones que, de algún modo, nos hacen creer que está vivo.
El abrir una puerta o el olor a tabaco o colonia, evocan la sensación de que la
persona aún está viva, aunque solo sea por un instante. Por otra parte, los
sueños también recrean la idea de que los seres queridos siguen vivos. No es de
extrañar, entonces, que todas las sociedades crean en fantasmas.
De hecho, el duelo por las personas más queridas puede tomar dos caminos opuestos (probablemente equivocados): huir de los fantasmas (cambiar de casa, ausencia de los objetos personales, viajes a lugares desconocidos) o convivir con ellos (convertir la casa en un jardín del recuerdo, con fotografías de los momentos compartidos y la urna de las cenizas en un rincón de culto).
La experiencia religiosa tiene su origen antropogenético en el tránsito gradual de lo sobrenatural a lo numinoso, lo divino, lo sagrado, lo santo. Comienza con el reconocimiento durante el proceso de hominización de la existencia de poderes superiores a las fuerzas de la naturaleza que rigen de forma arbitraria el curso de los fenómenos naturales y sociales. La religión comienza con la posibilidad que tiene el hombre por diversos medios (invocación, rituales, ofrendas y sacrificios) de sentirse vinculado, religado a lo sobrenatural. Las pinturas rupestres del Paleolítico Superior, por ejemplo, tenían una finalidad ornamental, pero también propiciatoria, de invocación a los espíritus de la caza, la fertilidad o la guerra. El hombre ha creído en lo sobrenatural desde los primeros eslabones del proceso de hominización. Los yacimientos paleoantropológicos muestran al Homo erectus enterrado siempre en la posición supina de mirar a los cielos, de lo cual algunos filósofos desbocados han deducido unas incipientes inquietudes religiosas en los albores de la especie humana. Además, los monumentos funerarios de los yacimientos prehistóricos posteriores revelan la creencia en una vida sobrenatural o trascendente.
Vivimos tiempos difíciles para la religión. El problema central desde la Patrística, la Escolástica, la Reforma, El Concilio Vaticano II … hasta nuestros días ha sido la tensión entre razón (la ciencia) y fe (el dogma). Es decir, entre la comunidad científica y las iglesias. Durante la pandemia la balanza se ha inclinado claramente por la razón, incluso en los países más católicos: nada de procesiones, rogativas o triduos contra la peste; en misa, mascarilla y distancia social; en los entierros por covid tres familiares; en la entrada de la iglesia junto a la pila bautismal un dispensador de gel hidroalcohólico; las bodas y funerales, mejor aplazarlos hasta nuevo aviso. Afortunadamente la ciencia ha parado por ahora el apocalipsis mediante las vacunas. En pleno siglo XXI, hasta los fideístas más conversos aceptan que Dios ha creado el virus, como todo, pero no se hace responsable de sus efectos. Dudan: Si Dios no existe todo está permitido. Las coladas ardientes del volcán, la incompetencia de unos políticos que hacen del insulto, el tú más y del ventilador su concepción del bien común (Maquiavelo se quedó corto al describir el no lugar de la ética en la política); y ahora, los horrores de la guerra. Decididamente, la existencia de un Dios omnipotente e infinitamente bueno es incompatible con el problema del sufrimiento y el mal en el mundo.
Hay tres soluciones teológicas a esta contradicción ajenas a las consabidas teodiceas tradicionales que lo justifican y racionalizan hasta eliminarlo y convertirlo en bien simulado o en líneas torcidas que finalmente se enderezan. La primera es la negación del Ángel caído, en palabras del iluminado párroco de la famosa novela “Cien años de soledad”, un inconsciente seguidor de las tesis ocultas de John Milton en El paraíso perdido o del esoterismo de William Blake en El matrimonio del cielo y del infierno.
Desde entonces manifestaba el párroco los primeros síntomas del delirio senil que le llevó a decir, años más tarde, que probablemente el diablo había ganado la rebelión contra Dios, y que era aquel quien estaba sentado en el trono celeste, sin revelar su verdadera identidad para atrapar a los incautos.
La segunda es la religión maniqueísta, fundada en el
siglo III d.C. por Manes quien se consideraba a sí mismo el último de los
profetas y a su doctrina la verdad definitiva. Su idea central es que el mundo
está regido por dos principios contrarios y eternos de igual poder y jerarquía,
el Bien y el Mal; ambos plenos y consistentes, enfrentados en eterno conflicto sin
posible unidad de los contrarios. La prevalencia de uno o de otro es el reflejo
de la vida misma, de la eterna agonía de las luces y las sombras. Hasta los
ideales morales más nobles pueden mostrar de pronto las garras afiladas del
monstruo. Inversamente, del cadáver vencido e insepulto de la bestia puede
surgir los presagios del bien.
La tercera es el ateísmo. Aunque la religión es una institución aceptada en todas las culturas no es así en todos los sujetos. Hay compromisos teóricos y prácticos contrarios a la experiencia religiosa: los más conocidos son el ateísmo, el agnosticismo y la indiferencia. En los tres casos el mal en el mundo sólo es imputable al hombre. El ateísmo consiste en asumir simplemente o en demostrar racionalmente que Dios no existe. El ateísmo práctico se sitúa al margen de la existencia de Dios sin ninguna justificación conceptual. El ateísmo teórico pretende racionalizar el sinsentido de aceptar la existencia de Dios. Muchos han sido los maestros pensadores que han sido ateos: Marx, Nietzsche, Freud o Sartre. Científicos eminentes como Steven Weinberg o Stephen Hawking han afirmado que la ciencia puede concluir experimentalmente que Dios no existe. Uno puede ser un científico y tener creencias religiosas. Pero no creo que pueda ser un verdadero científico en el sentido más profundo de la palabra, porque son dos categorías del conocimiento incompatibles entre sí, comentó Peter Atkins, catedrático de la Universidad de Oxford. El mundo es lo que acaece.



