viernes, 26 de agosto de 2022

El coronel Abengoa. Técnica y tecnología

 

Hace tiempo sostuve unas conversaciones intermitentes con mi buen amigo el coronel Carlos Abengoa, hombre solitario, soltero profesional, misántropo sin malicia y militar ilustrado hasta donde alcanzo, pues es poco dado a confidencias personales y mi trato con él se reduce a unas breves estancias periódicas en un país de África Ecuatorial al que fui por razones profesionales. Nos presentaron durante una cena de cortesía que ofreció el embajador español en su residencia oficial al equipo de la Agencia de Cooperación Internacional (del que yo formaba parte) junto a otros miembros de la comunidad educativa; entre ellos, el coronel Abengoa, profesor titular de historia contemporánea en la extensión de la UNED de… Nuestra misión era asesorar a nuestros colegas africanos sobre el diseño curricular de las asignaturas de Bachillerato y la elaboración de los correspondientes libros de texto. Durante la cena el embajador se sintió obligado a disertar sobre las diferencias entre los rasgos culturales del país africano y el nuestro adobadas con anécdotas diplomáticas de perfil plano. En lugar de prestar atención y desconectar, algunos pelotaris avivaron con sus preguntas la hoguera de las vanidades. Un bostezo mal reprimido por mi parte, cuando un impecable mayordomo autóctono con uniforme de gala y guantes blancos retiró el segundo plato, fue la señal de nuestra futura amistad. Tras la cena nos dispersamos por la amplia residencia en grupos heterogéneos mientras el anfitrión seguía dando la matraca al representante de la Alta Inspección y al Agregado Cultural de la embajada. Algo achispados esa misma noche discutimos sobre la existencia de leyes históricas según el marxismo y otras teorías escatológicas. Siguiendo instrucciones muy precisas de las autoridades educativas españolas evitamos cualquier alusión crítica al país que solicitaba nuestra colaboración. Sobre todo, políticas. Sólo un detalle. La primera reunión oficial con las autoridades educativas fue peculiar. En la mesa presidencial estaba el gobierno al completo, incluido algún general con sable y colección de medallas. Durante los obligados discursos no dejaron de sonar los móviles de los profesores nativos sin que nadie se inmutara. Un rasgo cultural que el embajador, según parece, se olvidó de comentar. Luego me explicaron que era un símbolo de estatus y con algo más de malicia que era muy probable que se llamaran entre ellos. Quedamos Abengoa y yo con frecuencia en la Casa de España al amor del aire acondicionado y al buen trato del jefe de camareros, un simpático gaditano con buena mano para los cocteles étnicos. En nuestras charlas buscamos un terreno común lo que me dio la oportunidad de conocer sus ideas sobre filosofía de la historia. La primera era que el poder político está subordinado al poder económico, pero ambos, en última instancia, se sustentan en el poder militar. Resumí sus argumentos en una entrada de mi blog titulada C’est la guerre!

Ahora, jubilado, el coronel, nacido en Mondragón, ha vuelto del continente africano a su tierra de adopción, Madrid, donde tuvimos oportunidad de reanudar nuestras charlas sobre ochenta y tres diversas cuestiones, como reza (nunca mejor dicho) el título del opúsculo de San Agustín, casi todas, en la cafetería del Ateneo de Madrid. Un sitio que, por alguna razón, le inspira especialmente. Fui socio antes de mi aventura ecuatorial, ahora me he reenganchado, sentenció sin más. Entre todas, por su continuidad con la tesis antes expuesta, me resultó especialmente lúcida su nueva versión del motor de la historia. Voy a tratar de recordarla lo más fielmente posible.

El término “técnica”, comenzó Don Carlos tras apurar el primer sorbo del gin-tonic, procede, como es sabido del griego tékhne, que significa arte u oficio, industria o habilidad para hacer algo. La especie humana apareció gracias a la técnica y será la técnica la que hará que desaparezcamos de la Tierra, no lo dude (siempre nos tratamos de usted, una de las pocas formas de preservar la amistad entre adultos). Como sabe, el conocimiento técnico es el más antiguo en la evolución biológica y cultural del ser humano. Sin la técnica, sin la utilización, primero, y la posterior fabricación de instrumentos y herramientas no hubieran sido posible los procesos de hominización y humanización. La gran ventaja de la técnica frente a otros estadios iniciales del conocimiento como el mito, la magia, la religión o el arte cavernario fue que se trataba de un saber de control y dominio real de la naturaleza y la sociedad (no imaginario, simbólico, ornamental o propiciatorio). Era un saber efectivo, reglado, público, especializado, predictivo, revisable. La gran revolución neolítica hace nueve mil años fue posible por la implementación de nuevas técnicas aplicadas a la agricultura y la ganadería. Asimismo, el descubrimiento de nuevos materiales hizo posible el paso de la prehistoria a la historia con el surgimiento de las primeras civilizaciones: Asiria, Mesopotamia, Egipto y Persia.

Lo segundo, prosiguió, el final de la especie humana, un problema especulativo, distópico pero fundado, tiene su punto de partida en la gran Revolución científica del Renacimiento que culmina con la obra de Newton a finales del siglo XVIII cuando la antigua técnica basada en reglas de tanteo y eficacia se transforma en tecnología, es decir, en un saber con soporte científico: la tecnociencia. Se puede afirmar que el resto de las instituciones que configuran el desarrollo de las civilizaciones, la economía, la política, las fuerzas armadas, la familia, el sistema educativo, la moral, la religión, la medicina e incluso el deporte dependen directamente de la tecnociencia como el factor subyacente del proceso histórico. No se trata, prosiguió Abengoa, de un planteamiento reduccionista sino transversal. Podemos afirmar que la tecnociencia atraviesa y da sentido al resto de los factores de la historia. Sería interesante explicar la relación de dependencia de cada una de las instituciones con el factor central que las transforma. Le invito a intentarlo con cualquiera de ellas, por ejemplo, la familia, la economía, las fuerzas armadas o el deporte. En cualquier caso, esta idea surge con la famosa Encyclopédie, ou Dictionnaire raisonné des sciences, des arts et des métiers (“Enciclopedia, o Diccionario razonado de las ciencias, las artes y los oficios”) editada entre los años 1751 y 1772 en Francia bajo la dirección de Denis Diderot y Jean le Rond d'Alembert. Su adquisición por la Real Academia Española de la Lengua ha sido admirablemente novelada por Arturo Pérez Reverte en su obra Hombres buenos. Se la recomiendo (la conozco le dije). Por cierto, y lo digo como elogio Don Carlos, me recuerda usted mucho al personaje central de la novela, el almirante don Pedro Zárate. Prosiguió sin inmutarse: la tecnociencia como factor central sobre el cual pivotan el resto de los pilares de la evolución histórica puede ser entendida a partes iguales como esperanza de futuro y amenaza de extinción. Como propone el consabido tópico, la tecnología no es en sí misma buena o mala, todo depende del uso que hagamos de ella. Me gustaría que nos fijáramos ahora en la segunda acepción, justamente la contraria al espíritu de la Enciclopedia y a la idea ilustrada de progreso. En tal caso podemos intentar un breve esbozo de la presencia negativa de la tecnociencia en algunas de las instituciones citadas. Es decir, del mal uso y sus consecuencias.

(Continuará)

domingo, 21 de agosto de 2022

El coronel Abengoa. C'est la guerre!

 

A lo largo de mis conversaciones con el coronel Abengoa, buen amigo y profesor asociado de historia en la extensión de la UNED de… al que traté durante mis desplazamientos profesionales a un país africano por encargo de la Agencia de Cooperación Internacional, tuve la oportunidad de conocer sus firmes ideas sobre filosofía de la historia. En las prolongadas tardes tropicales, después de la siesta, sentados en los mullidos sillones de piel de la Casa de España, al amor del aire acondicionado, me las fue desgranando al modo de la dialéctica socrática (yo hacía el papel del sofista perdedor).

La primera era que el poder político está subordinado al poder económico, pero ambos, en última instancia, se sustentan en el poder militar. A pesar de tratarse de una evidencia, de una certeza inmediata que, en el fondo todos compartimos sean cuales sean nuestras creencias éticas, políticas, estéticas o teológicas, nos olvidamos de su abrumadora verdad. Me comentaba el coronel que la historia no es una ciencia en sentido riguroso (por supuesto), tampoco la filosofía y mucho menos la filosofía de la historia. Decía que la historia era poliédrica, otra evidencia, que tenía muchas caras puesto que, después de todo, la historia es, a escala humana, la totalidad de lo real. Un aguerrido historicista con galones. Tras pedir el segundo gin-tonic, me permití completar el argumento: hay una historia biográfica como la Historia de mi vida de Giacomo Casanova, las Memorias de ultratumba de François-René de Chateaubriand o Las Memorias de Winston Churchill; o una intrahistoria, como los Episodios Nacionales de Benito Pérez Galdós; o la historia contada desde los grandes dirigentes de la Humanidad, Pericles, César, Carlomagno, Napoleón, Abraham Lincoln… o desde los grandes genios y los descubrimientos cruciales (mi preferido siempre ha sido Alexander Fleming); o la historia desde la economía política, al modo marxista; o desde los “hechos y las fechas”, le tópica lista de los reyes godos, como hace la historia positivista; o una mezcla de todas que recuerda a la miel multifloral. Pero la más convincente, según mi amigo, era la historia militar. Llegados a este punto, dedicamos varias tardes a repasar los principales acontecimientos bélicos que han marcado el devenir de la historia: el probable genocidio de los neandertales a manos de las violentas hordas de cromañones, las Guerras Médicas, las Guerras de Religión, La Revolución Francesa, el Octubre rojo, la inagotable Segunda Guerra Mundial, el atentado contra las Torres Gemelas el 11 de septiembre de 2001. Nos detuvimos porque seguir suponía pedir el tercer gin-tonic y nos gustaba plantarnos.

Al día siguiente, cuando saqué el tema, descartó sin miramientos la pretensión kantiana, expuesta en su obra La paz perpetua, de que “Los Ejércitos permanentes deberán desaparecer por completo con el tiempo”, porque el estado de guerra explícito o implícito, manifiesto o latente es una constante en la cualquier época y civilización. Y la utopía de una confederación planetaria bajo un mando único sólo se da en la saga de La Guerra de las Galaxias o en Star Trek. También en la estupenda novela de ciencia ficción Dune.

Prosiguió el coronel Abengoa: La confrontación violenta es una actividad consustancial al ser humano. Sigmund Freud distinguió dos instintos básicos, Eros o instintos de vida y Tanatos o instintos de muerte. Estos últimos generan pulsiones destructivas hacia el propio sujeto o hacia el exterior. Se ha cuestionado el carácter innato de los instintos tanáticos, que serían más bien adquiridos socialmente; lo cierto es que la agresividad, invocada o no invocada, siempre comparece. Según Rousseau y Abengoa, nacemos perfectos. El único bien, lo único bueno sin condiciones en este mundo es un recién nacido. La verdad absoluta, recuerda Nietzsche, es un niño. Las primeras formas de malestar cultural que imponemos al neonato son tratar de que coma o duerma a ciertas horas. Ambas represiones constituyen el punto cero, el Big Bang, el átomo primigenio de la inexorable guerra. Fascinante.

El coronel recomendaba el libro del historiador británico Ian Morris Guerra ¿Para qué sirve? cuya tesis es que la guerra es la clave principal del progreso humano: que los saltos cualitativos hacia nuevas formas de civilización tienen siempre su origen en la guerra. Eso sin contar que el propio Internet, los avances en navegación marítima y aeronáutica, los ordenadores más potentes y otras tecnologías electrónicas, la inteligencia artificial, la investigación médica se crearon para aumentar la capacidad operativa de los ejércitos. El pacifismo, la interculturalidad o las consideraciones sobre las condiciones de una guerra justa (desde San Agustín a John Rawls) son interpretaciones idealistas, éticas, sobre cómo debería ser el mundo, no sobre cómo es realmente. Discutible, contrataqué: ¿La Guerra Civil española?

Lo cierto, dijo, es que la carrera de armamentos, la carrera por el poder político y económico, solo se ha detenido en los despachos de la diplomacia. Comisiones de burócratas bien pagados (y alimentados) firman acuerdos, resoluciones y tratados de paz que al final son papel mojado. Las grandes potencias fabrican ingenios cada vez más sofisticados: (aviones indetectables, drones de ataque, satélites omniscientes, anti, contra, recontra misiles, robots soldados) y venden los excedentes desmochados al resto del mundo. Sin olvidarnos de las armas biológicas creadas en laboratorios secretos de ingeniería genética. Algunas teorías conspirativas sugieren que la actual pandemia pudiera ser la Tercera guerra mundial. Es cierto que las armas termonucleares han evitado la única madre de todas las batallas, el holocausto y el final de la especie; pero la guerra se ha trasladado a otro escenario: La Red. Por ejemplo, los devastadores ciberataques a sectores estratégicos de un país; asimismo, las agencias nacionales monitorizan, recopilan y procesan infinitos datos para fines de inteligencia y contrainteligencia. O sea, el espionaje a todos los niveles: pero no sólo de las comunicaciones de los líderes o facciones que suponen un peligro real o imaginario para la seguridad del Estado; se ha llegado a intervenir los teléfonos de altos dirigentes de países aliados. Por no hablar del espionaje industrial y financiero. La información es poder; también la desinformación: decía un conocido sociólogo que la nube tóxica es un arma cargada de futuro. Las redes sociales mediante oscuros algoritmos (otra palabra de moda) conocen, orientan y manipulan la opinión pública con fines comerciales y políticos. Brillante.

Regreso a la historia: El único problema que preocupaba seriamente a Luis XIV, el rey absoluto por excelencia, era el control de la información; disponía de una policía secreta implacable, una red de espías que abarcaba todo el territorio, un número de asesores y consejeros desmedido, confidentes, delatores, soplones, chivatos… Aun así, reprochaba a sus ministros que nunca se enteraba de nada interesante. Un friki, como el coronel Abengoa.

viernes, 19 de agosto de 2022

Comienza la Liga: la ley de la palanca

 

El fútbol es un deporte de masas y un negocio de minorías. Obviamente las cuotas de abonados y las entradas de taquilla sólo cubren una parte discreta de los gastos de un club. Hay que recurrir, por tanto, a otras estrategias de financiación: los derechos de televisión, los patrocinadores, los ingresos por participar en las grandes competiciones nacionales e internacionales (estas últimas las más rentables); los jugosos contratos por las giras de pretemporada, la financiación bancaria o apalancamiento, por ejemplo los préstamos ICO, para cumplir con las restricciones económicas del fair play financiero que impone la UEFA (con criterios muy peculiares) para evitar endeudamientos excesivos y posibles quiebras; la venta de productos del club o merchandising, incluidas las visitas guiadas a las instalaciones deportivas; los acuerdos entre los fondos de inversión y las ligas europeas (utilizo esta denominación genérica) para vender una parte de la tarta con la consiguiente inyección de liquidez para muchos clubs en situación comatosa: por ejemplo, el acuerdo entre CVC Capital Partners y La Liga española; la adquisición de clubs enteros por magnates del petrodólar o por grupos de inversión (los llamados clubs Estado), la salida a bolsa, el pelotazo en el parqué, una vía de financiación avalada por los expertos que garantiza una imagen de marca eficaz y un reclamo emocional para captar accionistas: una cosa es ser de un equipo y otra muy distinta es que el equipo sea tuyo; se trata de una opción todavía no explorada por los equipos españoles, mientras que más de veinte clubs europeos cotizan en sus mercados. Por último, están los fichajes, tema al que nos vamos a referir con algún detalle.

La situación económica de la Liga Santander no es precisamente boyante. Sólo doce equipos entre primera y segunda división acabaron con  beneficios contables. El negocio del fútbol ha sido uno de los más perjudicados por la pandemia. El parón de las competiciones ha supuesto un duro golpe para la tesorería de los clubs. Cada vez se oye más el término “palanca” en las tertulias futboleras, un síntoma de las dificultades que arrastra el fútbol español. La generación de ingresos mediante fichajes se ha complicado. El lema grabado a fuego en el despacho de las juntas directivas (el mismo de las puertas del metro) es antes de entrar, dejen salir. Las tradicionales idas y venidas de los jugadores de un club a otro, los clásicos fichajes de invierno y verano, un mercado fluido que les permitía financiarse económicamente y reforzarse deportivamente se ha bloqueado. Crece la incertidumbre. No deja de ser irregular que la Liga comience sin estar cerrado el mercado de fichajes. Siempre ocurre que, en el último día, incluso en el último segundo, un treintañero de gama alta se marcha a un club forrado de la Liga inglesa que le promete iniciar una nueva edad de oro (en realidad todo estaba hablado hace meses). El entrenador al que le han comido la pieza se rasga las vestiduras. Tiene que rehacer la partida y decir a la prensa que no pasa nada. El equipo de origen se queda descolocado, o colocado, según las circunstancias a menudo impredecibles.

Es esencial moverse con la máxima cautela en las arenas movedizas de la masa salarial. Los jugadores con fichas desmedidas y bajo rendimiento de los que la entidad quiere desprenderse no se van ni a tiros porque el club de destino les obligaría a bajarse el sueldo a la mitad o menos... en el caso de que alguien los quiera. Los jugadores intransferibles no se avienen a bajarse las fichas o lo hacen tras ofrecer una resistencia numantina y con la promesa de recuperar pronto las pérdidas. Como lo principal es hacer caja, a veces saltan chispas entre la directiva y el cuerpo técnico. Los precios de los traspasos se han disparado, de tal modo que un jugador en alza cuesta lo imposible; las ofertas por las grandes estrellas escasean. Los pocos fichajes sonados (o los fiascos forzados) de figuras de primer nivel se hacen no para cubrir las necesidades de la plantilla sino para potenciar el valor económico del club. El jugador libre de obligaciones contractuales que desea marcharse se ha convertido en una pieza codiciada. Antes de que le caduque el contrato, el club trata de movilizar a sus representantes para venderlo cuanto antes. Al final, mucho ruido y pocas nueces. El objetivo del apalancamiento es cumplir rigurosamente con el estricto control financiero de La Liga. Los clubes se han vuelto conservadores. En cualquier caso, el gran circo se ha puesto en marcha.

P.D La ley de la palanca fue descubierta por el científico griego Arquímedes (287-212 a.C.). Es conocida su frase desafiante: Dadme una palanca lo suficientemente larga y un punto de apoyo para colocarla, y moveré el mundo. Dejo los detalles matemáticos y las aplicaciones técnicas al esforzado lector. Cualquiera que haya empujado una carretilla sabe de qué hablo. También el randa que fuerza el cerrojo con una palanqueta. Es la ley del fútbol actual.

lunes, 1 de agosto de 2022

El periodismo deportivo en la radio

 

Mi bisabuelo Damián fue director del periódico decimonónico La Unión. Mi abuelo Joaquín trabajó durante su estancia en Buenos Aires en distintas secciones del diario La Nación. En mi caso, colaboré hace un montón de años con el Diario de Cuenca en uno de los trabajos más divertidos de mi vida y no tanto por el insípido contenido de las columnas que me solicitaron para cubrir al galope unas jornadas culturales que les desbordaban (no era para tanto), sino por la gente que conocí en las madrugadas alcohólicas del periódico. El redactor jefe me echaba la bronca por sistema, aunque llegara a la hora prevista y con las palabras contadas. Luego me aleccionaba con sus monsergas sobre el oficio. Por suerte nunca reventé de risa en sus narices. Juanjo, el cronista deportivo escribía igual que hablaba. En fin, un diario de provincias con solera es un microcosmos memorable, siempre que tu estancia no sobrepase la semana. Con la edad he sentido la voz de mis abuelos por lo que cada vez me interesan más los artículos periodísticos y menos otros formatos filosóficos o literarios. 

En esta ocasión me refiero al periodismo deportivo radiofónico. Lo cierto es que no oigo la radio para informarme sino para dormirme y despertarme. "Con la radio me acuesto, con la radio me levanto, con la bronca futbolera y el último escándalo". De noche suelo escuchar estrepitarse en una puesta en escena bastante lograda a los colaboradores de El Partidazo de la Cope, programa dirigido por Juanma Castaños y Joseba Larrañaga cuyas estrellas lucientes en su momento le dieron un sonoro portazo a la Cadena Ser. Montan un circo de lo más divertido con tormentas en un vaso de agua sobre las finanzas ruinosas del Barça o el imposible fichaje de Cristiano por el Atleti. Estoy seguro de que a Simeone le pone tenerlo por repetir lo de Suárez hace dos años. Pero la afición manda casi tanto como el Cholo en el Metropolitano, aunque a veces se pase tres pueblos y rompa placas del Paseo de la Fama de jugadores centenarios que tanto nos han dado. De pronto alguien provoca el obligado incendio de las bajas pasiones de merengues y culés con el ventilador en marcha para avivar el fuego. Lama, atlético tapado, aprovecha su labia para dar caña a dos bandas en estilo indirecto. Incluso en temporada alta les encantan los temas recurrentes que cocinan por entregas. Son los folletines de nuestro tiempo. Con el caso Mbappé han construido un prisma de infinitas caras cuando sólo tiene cuatro: una enorme caja cuadrada repleta de petrodólares.

Como lo que me interesa es el fútbol cuando la Cope se pasa al baloncesto, al motor, al atletismo o al tenis recorro a oscuras el dial de la AM en busca de Onda Cero (pérdida irreparable la de Joserra) y de la Ser (resurgida de sus cenizas tras el éxodo masivo de sus figuras). El problema actual de la Ser es la radiación madridista de fondo que sobrevuela El Larguero de Manu Carreño; la salida del gran Manolete con quien mi hijo compartió asiento en San Siro en la tercera final que los rojiblancos hemos perdido sin perder durante los noventa minutos reglamentarios, ha dejado un vacío irremplazable. El viernes en la Cope toca boxeo con Garci y compañía en el Campo del Gas, por lo que vuelvo grupas con todos mis respetos. Por lo poco que los he oído, se dedican a mistificar a las leyendas del ring en un alarde de sabiduría pugilística dirigida a la inmensa minoría. Boxeo, NBA, Béisbol, Fútbol Americano, Hockey Hielo, même combat. Salvamos el golf que es un invento escocés con historia.

Otra cabeza de cartel es Julio Maldonado: si alguien como Maldini se dedica en cuerpo y alma al deporte rey, a seguir las grandes ligas mundiales, a llevar un archivo de los magos del balón comparable a los catálogos de la Biblioteca Nacional, una videoteca monotemática que llenaría un almacén de Fuenlabrada y reproducir no menos de cinco partidos diarios… pues bien, pues bueno, pues vale. El problema que tengo con Julito crack es que no conozco a la mayoría de los jugadores que citan sus oyentes, y sus comentarios son demasiado técnicos e irrelevantes para el trasnochador medio. ¿A quién le importa que un lateral de un equipo sueco pueda ser el complemento perfecto de la plantilla del City? Además, se nota que le han pasado el cuestionario con tiempo para que luzca su erudición. Cuando retrasmite un partido es justo al revés, todo es pedagogía al uso y comentarios demasiado razonables. Prefiero como analistas, por este orden, a Jorge Valdano en La Ser y a Santiago Segurola en Onda Cero. El primero cuenta con el aval de mundialista ganador, compañero de Maradona, entrenador y director técnico del Real Madrid. Sabe de qué habla y lo hace muy bien, con verbo fácil, intuición precisa y matices que iluminan el césped. Forma parte de la nobleza madridista, pero sobre todo ama el fútbol. Segurola, devoto del Athletic Club, se recrea en la espiral creciente de sus sólidos argumentos, siempre certeros y con fundamento. Desmenuza y reconstruye con cirugía cartesiana el partido de la jornada. Mas que charlar, da sustanciosas conferencias. Sienta cátedra. A nadie como a Segurola le cuadra el famoso hexámetro de la Eneida cuando aparece el héroe: Conticuere omnes intentique ora tenebant (Todos callaron y mantenían sus rostros atentos). Ambos son ajenos a la matraca del tertuliano que toca de oídas, con expresiones sacadas de las ruedas de prensa de los entrenadores y los videos de YouTube: bloque bajo, presión alta, desmarque de ruptura, pase filtrado, basculación, atacar el espacio, lateral largo, etc., que aplican profusamente en sus parlamentos para mirarse al ombligo y convocar los bostezos del oyente.   

Soy, en cambio, un admirador de la dialéctica envolvente, interminable de Manolo Lama capaz de defender lo que no dijo que dijo o viceversa con argumentos de una altura tal que nadie se atreve a decir lo contrario (¿de qué?, concluyes al final); siempre quiere tener esa última palabra que los demás le otorgan por extenuación. Otro mérito: tiene un hijo en el filial del Atleti. Pero mi colaborador preferido es Tomás Guasch, un periquito de oro que no se mete con nadie y derrocha ingenio por los cuatro costados. Recuerdan su lamento ¡Y Australia sin Hewitt! en el mundial de 2014. Además, cuando le dejan decir más de cuatro frases sin interrumpirle con chorradas encadena un montón de verdades últimas. En las repuestas de botepronto al oyente es el único que salpimenta las ocurrencias banales. También me gusta el tono ponderado, el argumento ecuánime de Santi Cañizares, incluso cuando repudia a diario a la junta directiva del Valencia. O las entrevistas conjuntas a gente de la farándula futbolera: por ejemplo, Florentino aburre con sus declaraciones espesas, repensadas, con la responsabilidad de quien soporta el mundo sobre sus hombros. Enrique Cerezo es lo contrario: ocurrente, simpático y dicharachero. Larga el primer disparate que se le pasa por la cabeza y le sale bien. En el punto medio está Joan Laporta que tiene cierto encanto cuando se despacha en su lengua materna, pero se convierte en tostón cuando traduce sus opiniones a un castellano con acento. Pues es lo mismo pensamiento y lenguaje.

Cuando llega el celebrado Grupo Risa ya me he dormido.              

martes, 19 de julio de 2022

The Open Championship

 


Para Nacho

Si el fútbol es el deporte que más me apasiona, soy el patriarca de mi gran familia atlética, el golf es el único que practico desde hace más de treinta años. He dedicado alguna entrada de mi blog tanto a este juego imposible como a mis amigos de Superseniors, compañeros de alegrías y fatigas en el Club de Campo Villa de Madrid.

No hay unanimidad entre los estudiosos del golf sobre sus orígenes. Durante el Imperio Romano se sabe por fuentes difusas que algunos habitantes rurales se divertían golpeando con un palo curvado una bola emplumada para no sabemos qué. Las crónicas confirman que el golf como deporte oficial y reglado es un invento escocés. Se cuenta en el tiempo del mito que dos pastores de las Tierras Altas tras recoger a sus ovejas en el aprisco encendieron sus pipas con la lumbre de la chimenea tras dar buena cuenta del Scotch haggis, el queso Chedar y el whisky añejo.

-He visto a unos señoritos de la capital inventarse un juego muy raro. Golpean una bola con un bastón varias veces, luego se paran, escriben algo y siguen con lo mismo.

- ¿Y cómo se llama ese juego?, le espeta su compañero.

-  No lo sé, pero se pasan todo el tiempo diciendo: ¡shit! (¡mierda!).

Sobre la procedencia del nombre, la teoría más aceptada es que ha evolucionado de las palabras holandesas Kolven (garrote) y Kolv o Kolf que significa palo. En el 1754 nació la asociación St. Andrews Society of Golfers, conocida posteriormente como Royal & Ancient Golf Club of St. Andrew, la máxima autoridad normativa internacional. El recorrido universal de 18 hoyos procede también de aquí. El campo de St. Andrews es el más emblemático del mundo. Este año, del 14 al 21 de Julio, se ha jugado The Open Championship en el Royal & Ancient para conmemorar su 150 aniversario; es el más prestigioso de los cuatro majors o grandes torneos del golf masculino (el Masters de Augusta, el Abierto de Estados Unidos, el Abierto Británico de Golf y el Campeonato de la PGA). Cada día lo han seguido en vivo alrededor de 150.000 aficionados, entre ellos mi hijo, aguerrido golfista y, al revés que yo, jugador en alza. Todo amante del golf debe peregrinar al menos una vez en su vida a St. Andrews Old Course. Si además quieres medirte con el campo, la demora en la concesión de las reservas ronda el año y medio, son siempre nominales para evitar trapicheos y requiere que la Federación Nacional de Golf certifique que el titular de la concesión tiene un hándicap bajo para evitar retrasos y búsquedas interminables. Se dispone de un tiempo razonable para completar el recorrido y si no se cumple el Marshall puede suspender el partido y ordenar la retirada del campo de un jugador o del equipo. ¿Sabían que el Old Course cierra los domingos para convertirse en un parque para el disfrute de los habitantes del pueblo donde pueden pasear con la familia y el perro, almorzar sobre la hierba o simplemente contemplar el entorno?

The Open Championship (no British Open, denominación incorrecta que los organizadores detestan) se juega siempre en los campos links escoceses o ingleses. El término Link ha evolucionado a partir del inglés antiguo "hlinc", que significa cresta o terreno elevado. Un Link genuino es un campo construido en un Linksland, un terreno de suelo arenoso con llanuras y ondulaciones cubierto de hierba gruesa, cercano al mar y sometido a las inclemencias del viento. El toque definitivo para certificar su autenticidad es que los campos Link están diseñados de “dentro-afuera”, es decir, los salidas y los greenes de los hoyos 1 y 18 son los puntos más cercanos a la casa club (donde empieza y acaba el recorrido), mientras que las salidas de los greenes del 9 y del 10 son los más alejados.

Hay campos Link en todos los países, aunque solo el 1% son reconocidos. Además de St. Andrews, solo una selecta lista, diez en total, son la sede del torneo de golf más antiguo del mundo. Entre los más famosos están Muirfield (Escocia), Royal St. George’s (Inglaterra), Royal Liverpool (Inglaterra), Royal Troon (Escocia), Carnoustie Golf Links (Escocia), Royal Birkdale (Inglaterra) o Turnberry (Escocia). The Open 2023 se trasladará al Royal Liverpool.

El golf que se juega en los links es otra historia. Por ejemplo, un mes antes de comenzar el Open se deja de regar el campo excepto las salidas y los greenes. Si llueve (lo normal) la hierba de las calles adquiere un verde único, pero si hay sequía (como este año) las calles amarillean. El golpeo se hace más espeso. La naturaleza decide, es el lema. Aunque el diseño técnico es exquisito, se trata de un terreno donde las máquinas apenas han modificado el paisaje. Los bunkers imitan a los antiguos refugios del ganado cuando arreciaba el viento. La mayoría tienen taludes apenas salvables. El desafortunado jugador que los visita tiene que sacar a menudo la bola de la arena hacia atrás y perder distancia como mal menor. O declararla injugable si está cerca de los bordes con la consiguiente penalización. El cartel de un pub del pueblo muestra a un esqueleto dentro de un bunker, un palo y una bola; debajo dice: Lo intentó. En el caso del Old Course hay siete greenes compartidos por dos calles; por tanto, cada uno tiene dos hoyos con banderas de diferente color. Esto retrasa el juego cuando coinciden dos partidos en el mismo green, aunque la organización, muy eficiente, está acostumbrada a dirigir el tráfico para evitar parones. Los greenes, de acuerdo con esta visión, son irregulares, con caídas impredecibles y numerosos pianos y plataformas. Leerlos correctamente es uno de los siete misterios del golf. Pero la defensa natural de un Link es el viento del mar. Si no sopla, se pueden hacer vueltas bajas, pero si se levanta se convierte en un infierno intratable. Un Link es lo contrario de un campo de golf norteamericano, por ejemplo, Augusta National: calles anchas y planas, arbolado circundante, bellos obstáculos de agua, macizos de flores y trampas de arena blanca. Bastantes profesionales norteamericanos no irían al Open si no estuvieran obligados por contrato. Otros, aunque no están a sus anchas, van por tratarse del primero entre los grandes y, por supuesto, el montante de los premios. El ganador de este año, el australiano Cameron Smith, se ha embolsado dos millones y medio de dólares. Los patrocinadores, las marcas, los derechos de imagen y otros beneficios compensan de largo los impuestos.

Adenda. Incluyo las impresiones de mi hijo tras asistir al abierto británico.

En realidad, puedes jugar cualquier día en el Old Course siempre que quede un hueco en algún partido; eso sí, tienes que estar a las seis de la madrugada cuando se abre el campo con la bolsa preparada y apuntarte en la lista de espera. Si la suerte te acompaña, te comunican la hora de salida y solo queda esperar. Antes de comenzar, son especialmente cuidadosos en presentarte a los jugadores con los que vas a compartir recorrido.

Llama la atención lo alargado que es el campo, encajado en un rectángulo estrecho con greenes comunes. Cuando estás allí no sólo vives la experiencia única de seguir a los mejores jugadores del mundo; los demás: marshalls, público, ayudantes, staff del campo… todo el mundo entiende de golf, no hay nadie ajeno a esta pasión ni turistas que van a mirar al mar. Obviamente, la mayoría del público son jugadores aficionados de todos los niveles. Es una inmersión golfística total. Se trata del máximo evento internacional de este deporte. Ciudadanos del mundo se reúnen bajo dieciocho banderas. El ideal cosmopolita más noble se cumple durante cuatro días. El pueblo de Saint Andrews (con más tiendas de golf que restaurantes) se vuelca en la organización de lo que es el acontecimiento del año. Y se nota en cada hoyo y en cada rincón. Gradas colocadas en sitios estratégicos, asistentes amables, accesos sin colas, puntos de restauración asequibles. Aunque muy difícil, puedes hacerte un selfie con alguna figura nacional en el campo de prácticas. Una organización perfecta.

La experiencia del hoyo dieciocho durante la última jornada y, sobre todo, la finalización del Open es increíble. Confluyen ríos de gente para seguir el último partido, miles de personas deseosas de disfrutar de los últimos golpes, sea quien sea al ganador.

Sobre Tiger. Es su último Open como jugador competitivo y lo sabe. El público rindió el viernes (no pasó el corte) un homenaje multitudinario a una leyenda entre las leyendas del golf. En el dieciocho había tanta gente como en el último hoyo del último día. Su llegada con paso vacilante, sin poder controlar sus emociones, sus saludos, sus lágrimas son la mejor crónica de la trayectoria de uno de los más grandes deportistas de todos los tiempos. Sólo Jack Nicklaus fue despedido así en Saint Andrews.  

Impresionante victoria del australiano Cameron Smith, aunque las querencias del público estuvieron más cerca del irlandés Rory McIlroy. No es fácil ganar con tanto viento a favor en el partido estelar.

domingo, 10 de julio de 2022

Big data II

 

Aparte de sus catorce amantes, según cuentan las crónicas, el único problema que le quitaba el sueño a Luis XIV, el rey omnipotente, era el control de la información; es decir, no ser omnisciente. Sabemos que disponía de una eficiente policía secreta, una red de espías que hurgaba en cada rincón de Francia, un número desmedido de confidentes, delatores, soplones y chivatos a sueldo de las arcas del Estado que, según decía con frecuencia, era Él mismo. Aun así, reprochaba a sus ministros que nunca se enteraba de nada… Los cotilleos de la corte son más útiles que estos embrollos, añadía indignado tras lanzar los papeles al viento. Y tenía razón. Lo cierto es que la información es poder, fama y dinero. Dicho de otro modo: un suceso como tal, en bruto, si es que existe algo así, recorría hasta llegar al Rey Sol una escala ascendente de sujetos cada uno de los cuales lo utilizaba en beneficio propio tras introducir sutiles mutaciones, variantes interesadas y dudosas interpretaciones. Ahora, por el contrario, la información es recolectada sin molestos intermediarios, sin ruidos, sin trampa ni cartón por las nuevas tecnologías (Big data) para su tratamiento direccional mediante complejos algoritmos informáticos. Cito un artículo publicado por el diario El País hace unos días:

Parece mentira, pero existe un sector sin paro con los mejores sueldos en España. Es el área tecnológica y, dentro de ella, hay una especialización que está en auge: el big data. Esta industria recopila, almacena y analiza el reguero de datos que generamos cada segundo, ya sea subir una foto a Istagram o buscar dónde cenar. Detrás de cada gesto que hacemos hay un equipo especializado en macrodatos que se dedica a estudiar nuestras preferencias, tendencias y perfiles. Son ingenieros, programadores o analistas.    

El artículo 12 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos proclama a los cuatro vientos que: Nadie será objeto de injerencias arbitrarias en su vida privada, su familia, su domicilio o su correspondencia, ni de ataques a su honra o a su reputación. Toda persona tiene derecho a la protección de la ley contra tales injerencias o ataques.

En realidad, habría que redefinir lo que se entiende en pleno siglo XXI por vida privada. Los historiales personales de navegación, el barrido de opiniones en las redes sociales, incluso la actividad itinerante fuera de telépolis, están controlados por las grandes tecnológicas. La única forma de evitar esta intromisión permanente en tu privacidad es llevar, como San Jerónimo, una vida de anacoreta en una cueva del desierto y esconderte cuando pasa el satélite no sea que lean tus devotos labios y conozcan tus deseos más íntimos para complacerlos a buen precio. Puedo imaginarme al santo varón asombrado por la llegada de un dron con pizzas y un vibrador masculino.   

En todo caso, es preciso distinguir los dos niveles de influencia que tiene este seguimiento exhaustivo de los patrones de navegación de los ciudadanos: el impacto individual y el global. En mi caso, como individuo me afecta poco. En el fondo, me da igual que Google, Apple o Facebook conozcan las páginas web que visito, los lugares que recorro, mis restaurantes favoritos o los viajes que hago. Por lo demás, semanalmente los elimino (o creo que lo hago). Como soy Amigo de paradores, me envían por correo las ofertas del mes. Igual, las agencias de viaje. Me he comprado un coche nuevo y la marca me envía correos con catálogos de accesorios y suscripciones. He buscado en Amazon un scanner y me ha llegado vía web un amplio surtido de modelos. Además, publico un blog en blogger, la plataforma de Google (¡qué más quieren saber de mí!). Me hizo gracia un Watch de Facebook (videos subidos por cierto usuarios, normalmente picantes) en el que una monja cubierta de negro hasta el moño no consigue pasar el arco de seguridad del aeropuerto porque siempre le pita. Empieza a quitarse la ropa y complementos de dentro afuera (¡y qué ropa!), y como el final me parecía bastante previsible volví al inicio. Al día siguiente la oferta Watch de señoras que no pasaban el arco se multiplicó por tres. Las tecnológicas cuentan con potentes lectores de reconocimiento faciales y de objetos, pero con limitaciones. Hace tiempo subí a una conocida plataforma varios desnudos de la pintora Tamara de Lempicka y al día siguiente recibí una amenaza de baja si repetía la difusión de imágenes obscenas. La Inteligencia Artificial, capaz de ganar al mejor ajedrecista del mundo, no distingue la naturaleza del arte.

El mayor inconveniente del filtrado masivo de datos son las llamadas comerciales no deseadas que proceden de listas propias o compradas a proveedores del Big data. A la currita de una operadora de telefonía ante su insistencia llegué a decirle que no podía cambiarme de compañía porque no tenía teléfono… Ni se inmutó; siguió con el rollo hasta que colgué. ¡Cuidado con irte de la lengua poque te están grabando y todo lo que no sea un NO rotundo lo consideran un SÍ! Me apunté a la lista Robinson, pero da igual. Si bloqueas el número te llaman desde otro.

Otro asunto es el demoledor impacto de los Big data en la economía de mercado. Palabras como data sciencie, modelización matemática, citizen sciencie, variables latentes, etc. forman parte de un método cuyo fin último es la optimización de activos, el cálculo de inversiones financieras y el techo del balance empresarial. Por supuesto, puede tener otros usos: conservación del medio ambiente, predicción de la curva de una pandemia o análisis de las necesidades educativas de una sociedad.  El deporte profesional de élite, por ejemplo, no es ajeno a esta metodología. En realidad, puedes tomar datos de cualquier fuente.

Un uso controvertido del Big Data Analytics es el rastreo masivo de las comunicaciones para prevenir posibles ataques terroristas y, en general como estrategia militar. Todos las Agencias de Seguridad de las potencias mundiales, especialmente la norteamericana, disponen de medios electrónicos para seleccionar y controlar informaciones cruciales para evitar atentados y localizar objetivos humanos de alto interés. ¿Libertad o seguridad? Como se trata de una antinomia, es decir, de una contradicción en la que tesis y antítesis pueden ser demostradas con igual fuerza, la única solución es que desempaten con sus propias cabezas. Aunque el procedimiento se puede volver en contra, como ocurrió en el caso de las filtraciones de Wikileaks con cerca de 400.000 documentos militares clasificados y más recientemente con Pegasus el software espía más poderosos del mundo que se ha introducido sin permiso en miles de ordenadores, entre ellos los celulares de los más desatacados dirigentes del planeta. No somos nadie. Cuando afirmamos con fundamento que la democracia representativa se degrada deberíamos comenzar por una reflexión a fondo sobre el significado del Big data. Y todavía no han entrado en escena los ordenadores cuánticos que harán posibles impensables algoritmos. Un ordenador cuántico logra en 36 microsegundos resolver lo que uno clásico en 9.000 años. Los poderes fácticos están cambiando.

sábado, 2 de julio de 2022

Influencers

Son legión los partidarios de una visión tripartita de la realidad: Hegel y la triada dialéctica, los tres mundos del filósofo de la ciencia Karl R. Popper, o los del mítico Mao Zedong, el gran timonel de la República Popular China entre 1949 y 1976, autor de El libro rojo, el segundo más publicado de la historia después de la Biblia; tres más del sesudo filósofo alemán Jürgen Habermas con su teoría de la acción comunicativa, tan profunda y compleja que, como decía Dalí de su método paranoico-crítico: ni yo mismo lo entiendo. O la estructura de la mente en Freud; también la trilogía de la cosmovisión andina, el lema de la Revolución Francesa, la teología trinitaria del cristianismo, los partidarios de los tríos amorosos o los triduos de Pascua… Solo nos falta recordar a las Tres hijas de Elena, las Tres Gracias, los Tres Mosqueteros y los Tres Cerditos, entre los cientos del Club del Triángulo (por cierto, el símbolo por excelencia de la mujer).

La posición que más me convence a esta altura determinada de los tiempos es la división del ser en tres ámbitos: el real, el virtual y el arcano.

El primero es el mundo de la vida sin aditivos. Apaga el móvil, sal a comprar el pan, saluda al vecino, coge el metro y sabrás de que hablo. Un mundo cada vez más cercado por las nuevas tecnologías. Pagamos con dinero electrónico en el súper, la farmacia, el estanco, el taxi, el restaurante o la tienda de zapatos. En realidad, en cualquier comercio o negocio. El otro día vi en un semanario satírico la viñeta (de mal gusto, pero graciosa) de un mendigo sentado en una esquina con su perro pulgoso, un bote y un datáfono. Una sencilla transferencia bancaria supone un calvario para la mayoría de los jubilados. Los bancos te obligan a instalar en tu teléfono un montón de aplicaciones inextricables que al final solo sirven para que algún listillo te time. Tengo almacenadas más de cien contraseñas en un disco externo que me ha encriptado un amigo friki. Si lo pierdo estoy muerto. Compramos en línea en los grandes almacenes nacionales o multinacionales. Cuando consultamos por curiosidad sus catálogos, descubrimos por primera vez la mitad de sus existencias. O que los electrodomésticos de toda la vida, como la nevera, la aspiradora o el horno tienen conexión wifi. Comerte un bocata analógico de calamares regado con un doble de cerveza y pagar con euros de papel o monedas de aleación es un acto de rebeldía contra la globalización del plástico. Por no hablar de la plaga de los códigos QR. O de las criptomonedas: sigo sin entender que carajo es la minería de bitcoins, por ejemplo. Según consta, hay un montón de empresas diez que aceptan pagos con bitcoins. Por lo visto, te haces rico o te arruinas en un santiamén. Lo cierto es que cada vez nos recortan más el primer mundo, incluido el poder adquisitivo. Y esto no ha hecho más que empezar. El mensaje esperanzador de la última novela de Ian McEwan, Máquinas como yo, es que, la mente humana y los algoritmos de los androides son líneas paralelas que nunca llegan a encontrarse. De momento los robots sólo son verborrea ilustrada; nada de pienso, luego existo. La lógica bivalente de las computadoras, verdadero-falso, 1-0, no sirve porque las neuronas cerebrales se rigen por una lógica polivalente desde tres a infinitos valores de verdad (o falsedad). Sin contar los grises intermedios donde normalmente flotamos indecisos.

Al mundo de los arcanos le he dedicado mi última entrada a propósito de los programas radiofónicos esotéricos.

Me queda, por tanto, el segundo, el virtual. El mundo de Telépolis, la ciudad digital en la que habitan clanes que mantienen prósperos negocios: influencers, youtubers, gamers, bloggers. Solo me caben los primeros.

Ser influencer es una profesión de moda en el doble sentido del término. Es la nueva gallina de los huevos de oro. Un influencer es una persona con capacidad para inclinar la balanza en las decisiones de una constelación de seguidores atrapados en sus redes sociales. El perfil estándar suele ser una esbelta diosa o un atractivo jovenzano, aunque hay innumerables figuras de la conciencia consumista. Lo importante es que el influencer (paso del artículo inclusivo) tenga una cierta credibilidad, es decir, que sus ondas gravitatorias atraigan a un público determinado sobre un producto concreto. El segundo valor es su capacidad de generar opiniones y reacciones, es decir, que crezcan y se multipliquen los árboles de comentarios entre su público. Según fuentes fiables, el 40% de los influencers recurren a seguidores falsos para engordar las listas. El tercer valor es su tirón para crear tendencia. Es bien sabido que la moda no nace, se hace mediante técnicas de modelado o refuerzo social y que su duración, incluso en los países totalitarios (sólo se me ocurre una excepción), es efímera, aunque sometida a los ciclos temporales del eterno retorno de lo mismo.

Hay tres categorías de influyentes: los que alcanzan el millón de adictos se denominan celebrities; los que se mueven entre el millón y los quinientos mil son los macros, los que tienen entre quinientos mil y cien mil se llaman mid y los de menos de cien mil son los micros. Según la plataforma en que interactúan serán Tiktokers, Instagramers, Twitstars, Facebook Stars, etc

Obviamente, un influencer no es una sola persona sino una empresa de marketing digital contratada por las firmas de moda. Detrás de la espontaneidad de un influyente famoso y su legión de seguidores hay un equipo completo de mercadotecnia. En primer lugar, está el producto. Cada producto requiere un espectro y un influencer. No podemos visibilizar un reloj suizo de gama alta con la imagen de un famoso milmillonario en bañador porque los potenciales clientes pensarían de inmediato que se trata de una compra rutinaria para él y fuera de órbita para ellos. Después, el marco o entorno: sería inconveniente promocionar un traje negro de fiesta en una concurrida terraza de playa o en un relajado forillo familiar. Los errores de contexto pueden estropear un buen trabajo. Le sigue el fotógrafo profesional que selecciona tres de trescientas instantáneas. Después el texto, cuidadosamente redactado por el experto en contenidos para que sirva de nexo perfecto entre los cinco elementos. Finalmente, hay que encontrar el momento exacto del lanzamiento del producto en función de los análisis de mercado. Aquí sí sirven los algoritmos.

P.D Fíjense que en cualquiera de los tres mundos cada vez hay profesiones más raras. Es tentador dedicar un artículo a este asunto; el principal problema, al margen de su mayor o menor acierto, es mi edad. Es un espacio donde siento que se me ha pasado el arroz.