Un poco de teología acaso sea una forma saludable de distanciarnos momentáneamente
de la degradación política, el cambio climático, el comienzo de la Liga y los videos eróticos de las redes sociales.
No es lo mismo religión que teología. Una religión es un conjunto de
creencias doctrinales y dogmáticas y unas prácticas rituales basadas en unos
textos supuestamente revelados por Dios. La teología es una "reflexión
racional” (sin matizar el significado de la expresión) sobre el hecho religioso
en general o sobre una religión revelada en particular.
Uno de los temas de la exégesis bíblica que siempre me ha llamado la
atención (como a todo el mundo) es el fragmento del libro del Éxodo 3: 13-14 de la zarza ardiendo en el Horeb, la montaña sagrada o monte Sinaí, en el que
Yahveh explica a Moisés su misión como guía del pueblo hebreo y le revela su
nombre.
“Contestó Moisés a Dios: Si voy a
los israelitas y les digo: el Dios de vuestros padres me ha enviado a vosotros,
cuando me pregunten ¿cuál es su nombre, qué les responderé? Dijo Dios a Moisés:
Yo soy el que soy. Y añadió: Así dirás a los israelitas: Yo soy me ha
enviado a vosotros”.
De entrada, se trata de una y la
primera tautología pensable porque el predicado no sólo redunda en el
significado del sujeto sino que es el mismo. Pero los teólogos afinan y son
capaces de polemizar sobre cuántos ángeles caben en la punta de un alfiler
(¿infinitos o ninguno puesto que no son materia?). Según esta sabia tradición
dialéctica son posibles cinco interpretaciones del célebre fragmento.
La primera procede de Tomás de Aquino. Según el Doctor Angélico, en Dios coinciden existencia (Yo soy) y esencia (el que soy). Dios consiste en existir. A la esencia de Dios pertenece la existencia, mientras que en el resto de los seres esencia y existencia no coinciden. El hombre tiene una esencia (por ejemplo, ser "animal racional"), pero no pertenece a esa esencia el existir porque igual que los ángeles es un ser creado y contingente. Dice Aquino: “Dios es un océano de sustancia eternamente presente a sí mismo para quién la noción de acontecimiento carece totalmente de sentido”. Muchos ilustres representantes de la física teórica actual estarían dispuestos a tomarse en serio esta tesis sustituyendo a Dios por el universo.
La segunda interpretación tiene su origen en las especulaciones de la Cábala, la antigua tradición del misticismo judío, sobre el sentido oculto de los textos de la Torah (los primeros cinco libros de la Biblia), uno de cuyos arcanos es el nombre de Dios. La frase “Yo soy el que soy”, significa aquí: “Yo soy el que no puede ser nombrado”, el innombrable o con más precisión, el inefable; es decir, "Aquel cuyo nombre no puede ser dicho". La Cábala, “un saber anterior a cualquier religión o teología entregado a la humanidad por Dios mismo”, sostiene que en los textos sagrados se encuentran codificados los Setenta y dos Nombres de Dios y propone un método para descifrarlos. “El que soy” se refiere, por tanto, a las setenta y dos denominaciones esotéricas que buscan los cabalistas.
La tercera versión del nombre de Dios se debe al rígido monoteísmo de la teología hebrea. En la frase “Yo soy el que soy” se contraponen el Dios que es, el único y verdadero de la ley mosaica, con los dioses que no son: las deidades antropomorfas de la mitología, los dioses de las primeras civilizaciones, Mesopotamia y Egipto o los dioses del panteón grecorromano que limitaban su poder a una función específica como la guerra, el sol o la fertilidad, las hipóstasis neoplatónicas de Plotino, los dioses del Bien y del Mal de la tradición herética medieval o el Dios uno y trino del Nuevo Testamento (en realidad una inversión de la sentencia paleotestamentaria). El dogma de la Trinitas, la creencia de que hay un solo Dios que existe en tres personas distintas, ha sido otro de los problemas centrales de la teología cristiana aún más irresoluble que el de los ángeles y el alfiler. “Si lo comprendes, no es Dios”, escribió San Agustín en su obra De Trinitate.
Otra versión, próxima a la teología luterana, interpreta la frase del Éxodo como la intencionalidad explícita de un Deus absconditus. La absoluta trascendencia de Dios lo convierte en un ser oculto e infinitamente separado del hombre, cuyos designios misteriosos, inescrutables pero justos son imposibles de comprender. La fe debe iniciarse en la figura de Cristo quien muestra al hombre que el único atributo de Dios que se puede reconocer es la misericordia, revelada en el sacrificio de la cruz y la redención.
Una última interpretación del nombre divino Yo soy expresa la identidad de Dios consigo mismo, su absoluta permanencia en su mismidad, su inmutabilidad a pesar de la permanente infidelidad y caída de los hombres y del castigo que merecen; una identidad que según el libro del Éxodo “mantiene su amor por mil generaciones”. Contrariamente a la opinión de David Gross, Premio Nobel de Física en 2004, quien sostiene que la probabilidad de que la humanidad sobreviva cincuenta años más es escasa debido a los cuatro jinetes del apocalipsis: las armas nucleares, el mal uso de la Inteligencia Artificial, las consecuencias del efecto invernadero y las pandemias naturales o artificiales.

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