Se trata de un antiguo problema. San
Jerónimo, patrono de los traductores y traductor de la Biblia al latín en el
siglo IV defendía la necesidad de interpretar el sentido del texto en vez de
buscar una correspondencia literal para evitar malentendidos o sobrentendidos.
Un ejemplo de fidelidad al original es la traducción que hizo en París (1930) Jorge Guillén de Le cimetière marin de Paul
Valéry revisada por el propio autor. A pesar de
todo se pone de manifiesto la imposibilidad de traducir sin traicionar. Un
ejemplo son los hermosos primeros versos del poema.
Ce toit tranquille, où marchent des colombes,
Entre les pins palpite, entre les tombes;
Midi le juste y compose de feux
La mer, la mer, toujours recommencée
O récompense après une pensée
Qu'un long regard sur le calme des dieux!
Este techo, tranquilo de palomas,
Palpita entre los pinos y las tumbas;
El mediodía justo en él enciende
El Mar, el mar, sin cesar empezando…
Recompensa después de un pensamiento:
Mirar por fin la calma de los dioses
Un solitario cementerio encima del mar donde nada perturba el paso de las horas. Grupos de palomas bajan de lo alto y se posan en el suelo de caliza y se deslizan entre en las tumbas y levantan el vuelo hasta los pinos que hay detrás del camposanto. Cuando el sol está en lo más alto, cuando todavía no existen sombras, brilla por todas partes la luz cegadora de la playa. La mirada se vuelve entonces hacia la línea blanda de la arena en la que mueren las olas después de un largo viaje, como la vida. Y el poeta torna su mirada hacia sí mismo, hacia dentro, donde es capaz de fijar la belleza del instante, amarla y seguir en paz su camino.

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