viernes, 5 de junio de 2015

Retorno a Venecia


Vuelvo de Venecia, la ciudad más bella del mundo. Desde las vistas aéreas de la laguna hasta la despedida en el embarcadero del Dorsoduro, frente a la arquitectura estatuaria de Santa María de la Salute, todo confirma que sólo como fenómeno estético está justificada la existencia del mundo (Nietzsche).
Es emocionante llegar en lancha al embarcadero del hotel tras atravesar el brazo de mar que separa la ciudad del aeropuerto Marco Polo. Increíble la pericia del patrón para navegar al milímetro entre toda clase de embarcaciones, góndolas, mercancías, taxis, vaporettos, policía y ambulancias que por fuerza van despacio. Curioso: nada más distinto que contemplar los puentes que unen las islas desde el agua o desde la piedra. Puro perspectivismo. He tenido la suerte de conocer, como decía el gerente de hotel al despedirme, las dos caras de Venecia: en color, a la luz brillante del Adriático, y en blanco y negro, envuelta en la bruma tras un aguacero ocasional que aleja a turistas y gondoleros de la piazzetta, la puerta de entrada a la Serenissima cuando sólo se llegaba por mar y escenario de las recepciones del dogo pintadas en los abigarrados cuadros de Tintoretto.
Tras ocupar tu habitación, sientes la urgencia de la Plaza de San Marcos. Los comercios de los aledaños te advierten de su inminencia. Crece por momentos la marea humana. Los italianos son consumados artistas del escaparate. Zapatos de fiesta de señora, cuatro tiras esbeltas, tacones aéreos, color desconocido, adornos de fantasía, mil quinientos euros. En los arcos de acceso a San Marcos, las tiendas de máscaras y disfraces de carnaval nos trasladan al mundo de Casanova y a los salones exclusivos de la burguesía veneciana. Por fin, nos encontramos frente a la imagen, nunca gastada, de la capilla privada del Dux y su palacio gótico. Y del Campanile, la torre dell’Orologio, los soportales mundanos y la orquesta del café Florián donde debes ir por la noche a sentarte en los canapés de terciopelo de los reservados en los que un camarero con guantes blancos te sirve el té en un juego de plata a veinte euros la taza. Dentro, la melopea musical es más llevadera. Imprescindible. Prescindible, a su vez, muy cerca de San Marcos, es el renombrado Harry’s Bar, un lugar corriente que debe su fama a la variedad de cocktails que, según parece, pedía el bueno de Hemingway.  
Venecia es una ciudad anegada. Ha trocado el comercio de sedas y especias con oriente por el negocio del turismo. Se ha convertido en una Babel cosmopolita donde conviven lenguas y razas. Procesiones de góndolas repletas de jubilados (obsequio de los turoperadores) recorren los ríos entre arias y cantos regionales. Mi ensueño de paseante solitario es recorrer por la noche las callejas y plazas de una Venecia desierta. Algo imposible ni siquiera en las horas tempranas del amanecer. Es difícil dar con los venecianos. Los puedes reconocer por su andar rápido y mirada ausente; también por su forma urbana de vestir, sin uniformes de viaje. Pude verlos en grupos al acabar la representación de Madame Butterfly en La Fenice. Sus trajes de noche, sus conversaciones mundanas, su “superioridad moral”, forman parte del atrezzo general que nos envuelve. Reconoces en las damas los zapatos malva de Salvatore Ferragamo. Quise asistir a la ópera pero la entrada más barata costaba doscientos euros. Había entradas de quince sin visibilidad, buenas para entrar, recorrer el teatro, oír el primer acto y marcharte.  
La mayoría de las fachadas de los campi están deterioradas. Cuando cae la tarde se ve luz en una ventana. Vislumbras una biblioteca, una pared vacía y un techo alto. ¿Quién vive? Hay otros mundos pero están en este. La restauración de las fachadas debe de ser cara y complicada. Especialistas, materiales, permisos, impuestos. De la unión de su aura histórica con el abandono actual y un futuro incierto surge la intuición romántica de la belleza decadente de Venecia, uno de los efectos estéticos más logrados.
¿Cuántas perspectivas tiene el Gran Canal? La primera, la Venecia de las mañanas luminosas que muestra desde los puentes de Rialto y la Academia los puntos de fuga del paisaje, las curvas donde se prevén otros espacios, los palacios reflejados en el agua, las texturas y matices del mármol. Es la Venecia de los cuadros de Canaletto y los concerti grossi de Vivaldi. Otra perspectiva es la que contemplas a bordo del vaporetto: el itinerario desde Santa Lucía al Palazzo Flangini, de San Geremia a San Stae, del Barbarigo a los mercados, Rialto y la Volta, de Ca’Rezzonico al Guggenheim, para acabar en La Salute y San Marcos. Es también el lugar de la Regata Storica de Septiembre, el gran desfile anual de góndolas ceremoniales y antiguas embarcaciones engalanadas con estandartes y doseles, tripuladas por marinos ataviados con trajes multicolores. Los venecianos aman el pasado y los relatos del ancho mundo. Una perspectiva insólita desde las ventanas del museo Peggy Guggenheim, en el Palazzo Venier di Leoni a orillas del Canal, nos impone el contraste entre la arquitectura del exterior y la espléndida colección de pintura contemporánea, Magritte, Picasso, Miró, los terribles cuadros de Max Ernst sobre el Antipapa. Por fin, restan los rincones del Gran Canal vistos desde los ríos laterales, imposibles de atrapar con el smart phone pero mágicos al ojo desnudo.
Italia desborda de arte, algunas ciudades como Roma, Florencia o Venecia son obras de arte en sí mismas. Me sorprendió que hubiera tan poca gente en la Scuola Grande di San Rocco y, sobre todo, en la Gallerie dell’Accademia, la mejor colección del mundo de pintura veneciana. Sus paredes están en regular estado. Se echa de menos el mantenimiento. En las esquinas se marcan las humedades. Los techos reclaman pintores de brocha gorda. Salas de un valor incalculable están sin vigilar. Los pocos guardas que ves no llevan uniforme y charlan animadamente con el público. Si una ciudad norteamericana poseyera tan sólo diez de los cuadros menores de la Academia, llamarían a Foster and Partners para que construyera un edificio inteligente con toda clase de medios materiales y excesos técnicos. Cada cuadro contaría con dos fornidos vigilantes. El último día la lluvia llenó las salas institucionales del palacio ducal. Recuerdo que en mi primera visita a Venecia, al comienzo de los setenta, asistí en su patio interior, en plena dictadura franquista, a un emotivo recital de Paco Ibáñez. Un público joven, izquierdista, sollozaba de libertad. 
En plena Bienal, no he querido abusar de la paciencia de mi mujer que, a su vez, ha renunciado amablemente a las tiendas, talleres y aglomeraciones de Murano. Termino con una coda sobre pastas. Prohibido comer pizzas. Son iguales que las de aquí y además il cameriere te pone mala cara si las pides. Tampoco interesan los platos que hayas comido en los restaurantes italianos de España, la mayoría son inventos nacionales. Si insistes se pueden burlar a la italiana. Nunca he visto en la carta de sus trattorias (no digo que no las haya) traducciones fiables de platos como espaguetis carbonara o a la boloñesa, macarrones con chorizo, lasaña de verduras o canelones de carne. Tampoco inundan los platos de queso parmesano (ni te lo van a poner en la mesa para que te cargues el almuerzo). ¡Degusta las variantes de pasta fresca preparadas al dente con pescados y mariscos de la isla: almejas, langostinos, cigalas, vieiras, todos los dones del mercado mañanero! No vayas a los restaurantes guiris de costa Rialto. Asesórate de alguien que conozca Venecia (y tenga paladar). Comer bien no es barato. Con vino y sin pasarte prepara sesenta pavos por cabeza. ¡Buon appetito, dunque!

jueves, 28 de mayo de 2015

¿Siempre ha habido clases?


A lo largo de la historia de las civilizaciones se han sucedido diferentes formas de estratificación. Se entiende por estratificación la clasificación de los individuos en posiciones o niveles de acuerdo con criterios de jerarquía social (superioridad o inferioridad): machos y hembras dominantes en las sociedades primitivas; hombres libres y esclavos en la sociedad antigua; señores y vasallos en la sociedad feudal; los estamentos de la sociedad del antiguo régimen; las castas en las sociedades orientales; las tribus en las sociedades africanas; las clases en las sociedades occidentales.

Las clases surgen como consecuencia de la división social y técnica del trabajo durante la primera sociedad industrial del siglo XVIII. El sistema de estratificación en la sociedad industrial avanzada sigue siendo el sistema de clases. Se trata de una realidad social relevante. Gran número de las diferencias y valoraciones –positivas o negativas- atribuidas generalmente a la raza, al sexo o a la ideología política, al código ético o a las creencias religiosas son en realidad diferencias de clase. Fenómenos como el racismo o la xenofobia comportan un elevado componente clasista. Un acreditado cirujano de raza negra o una famosa cantante gitana serán inmediatamente excluidos de tales consideraciones.

Se define una clase como un conjunto de estatus sociales identificados que tienen una valoración equivalente de rango y prestigio. La sociedad percibe como norma estadística que un nuevo rico y un noble con escaso patrimonio tienen un estatus similar. Por tanto, el criterio de estratificación mediante clases es el estatus. Otro ejemplo: en nuestra sociedad se incluyen en la clase alta (sin entrar en más matices) a los estatus asociados a las profesiones liberales con titulación universitaria, como médicos con prestigio, arquitectos con firma, abogados reconocidos, altos ejecutivos con capacidad de gestión, ingenieros que ocupan el vértice del organigrama de la empresa o funcionarios civiles que tienen un nivel alto en la burocracia del Estado…

Desde la perspectiva de la cultura, una clase es una subcultura que define la relación del individuo con todos los elementos de cultura material (objetos y técnicas) y de cultura no material (sistemas ideológicos). Cada clase es una subcultura con un conjunto de actitudes, creencias, valores y pautas que difieren de las de otras clases. Una subcultura de clase es una forma de pensar, de hablar, de vestir y de comprar, de casarse y de educar a los hijos; en definitiva, de conocer y construir la realidad. Prácticamente, todos los aspectos del pensamiento y de la conducta, de la vida familiar, incluso los procedimientos para hacer el amor, difieren de una clase a otra. Cada clase es una subcultura con una concepción del mundo diferenciada, incluso etnocéntrica, es decir, no comparable con la concepción de otra clase (de ahí que algunos patrones ajenos le resulten incoherentes o incomprensibles)Esta asignación de subcultura es la causa principal de la endogamia de clase, es decir, del hecho de que mayoritariamente los miembros de una clase decidan contraer matrimonio con los de su misma o similar posición social para compartir unos esquemas cognitivos y una visión convergente de las cosas. Asimismo, cuando los padres de la clase alta matriculan a sus hijos en determinados colegios privados, lo que buscan no es la mejora de la calidad de la enseñanza sino la transmisión de unos valores de clase. 

Entre otras, las funciones de una clase son socializar al individuo desde su niñez de acuerdo con su subcultura, fijar un modelo de interacción global, predecir las oportunidades que tendrá a lo largo de su vida o proyectar sus posibilidades de movilidad en un sistema de estratificación abierto (tener una titulación o una cualificación profesional más alta que la de sus padres o ¿por qué no? un matrimonio estratégico que le permita ascender en la escala social).

En la mayoría de las investigaciones empíricas de la sociología se utilizan varios indicadores del estatus de clase.

. La riqueza o el nivel de ingresos. Una clase es, ante todo, un fenómeno económico, pero no exclusivamente económico (como supone el marxismo). Un campeón de boxeo, un torero de cartel o una prostituta cara, pueden tener ingresos muy altos, pero otros indicadores obviamente rebajan el estatus.

. La jerarquía profesional. Se refiere al nivel de competencias y de responsabilidad  dentro de un organigrama burocrático o de empresa. Un obispo tiene probablemente menos ingresos que un próspero empresario dedicado a la recogida de chatarra, pero su jerarquía eclesiástica eleva su estatus de clase. El rector de la universidad es un profesor más, pero su nombramiento aumenta el estatus.

. La educación y titulación. El nivel de estudios y graduación, obligatorio, medio o superior, funciona también como indicador de estatus. Un profesional cualificado, un próspero fontanero, es probable que tenga un nivel de ingresos más alto que un técnico de la administración del Estado, pero el nivel de titulación equilibra el estatus de ambos.

- La dificultad y especialización. Determinadas actividades profesionales sólo pueden ser realizadas por un número reducido de personas. Cuanto más reducido, mayor es el nivel de ingresos y, paralelamente, el estatus de clase. El futbolista de élite, el buzo que mantiene los fondos de una plataforma marina infectada de tiburones o el bombero experto en apagar pozos de petróleo no tienen titulación superior, pero su especialización dispara el nivel de ingresos y paralelamente el estatus de clase.


- El poder o grado de influencia. El poder se define como la capacidad que alguien tiene de influir directamente en la conducta de los demás. A medida que aumenta el grado de influencia, proporcionalmente lo hace el nivel de estatus de clase. El poder puede ser físico, material o espiritual. Un dirigente político, moral o religioso deben su elevado estatus a la capacidad que tienen de influir en la forma de pensar y actuar de un gran número de personas. 

Los conceptos de "clase dominante", "clase obrera", lucha de clases" o "sociedad sin clases" pertenecen al materialismo histórico, una teoría filosófica y, sobre todo, una ética social.

viernes, 17 de abril de 2015

Tres tabúes

Una misma conducta tiene dos significados complementarios: uno subjetivo (psicológico o moral) y otro objetivo (sociológico o cultural). Cuando nos referimos al primero hablamos de acciones o actitudes, cuando nos referimos al segundo de hechos sociales. Las acciones se comprenden,  los hechos se explican. Estar enamorado, por ejemplo, tiene un componente interno, personal, consciente y, a la vez, un componente externo, social, inconsciente. En sentido sociológico, el enamoramiento es la forma universal de acceso a la familia, la sexualidad, la procreación, la crianza, la propiedad y la herencia. De ahí que sea “normal” enamorarse y formar una familia, y no hacerlo se considera desviado de la norma, disfuncional, y, a la larga, "complicado" para el individuo. 
La noción de hecho social, con todos los matices del positivismo, el funcionalismo y el estructuralismo, es el fundamento de la antropología cultural. La aplicamos al análisis de tres conocidos tabúes: el incesto, el canibalismo y la homosexualidad.
El incesto es antinatural en cuanto la sexualidad consanguínea propicia la aparición de taras genéticas, pero sobre todo es antisocial. El rechazo psicológico y moral del incesto, es decir, las relaciones carnales entre parientes dentro de los grados en que está prohibido el matrimonio, tiene un significado sociológico. En cualquier cultura, sea “primitiva” o avanzada, antigua o actual, la función del incesto es impedir la endogamia. El progreso social se basa en el aumento constante de la circulación de bienes (otra cosa es su distribución) y el medio para conseguirlo es el establecimiento de vínculos exogámicos mediante las mujeres, consideradas un bien más. La circulación de hembras fuera de sus grupos de origen permite establecer nuevas y sólidas relaciones económicas. Familias, clanes, tribus, pueblos, evitan el aislamiento intrasocial mediante estructuras de parentesco que les permitan salir de sí mismas y ampliar constantemente sus relaciones productivas. Por el contrario, cuando un estrato dirigente como la antigua nobleza ha querido cerrar su patrimonio y no compartir privilegios ha favorecido las relaciones carnales en primer grado. El matrimonio en ciertas castas hindúes es a la vez endo y exogámico. La mujer sólo se puede contraer matrimonio con un varón de su casta; pero son los padres de ambos quienes se ponen de acuerdo para concertar la boda y propiciar así el beneficio de los cónyuges, las familias y la casta. Después de haberse casado, ella debe enamorarse de su marido y lograr que él se enamore a su vez. Deben demostrar que la decisión de sus mayores ha sido correcta. El proceso del enamoramiento es inverso al nuestro.
En sentido opuesto, el canibalismo ha sido funcional en determinadas culturas. Sirve, en primer lugar, para infringir una deshonra final a los vencidos; y no tanto por el hecho de ser devorados sino por no recibir adecuada sepultura, lo cual supone un atentado a la dignidad y una exclusión de su destino transmundano. La función latente consiste en atemorizar a los enemigos ante la posibilidad de nuevos combates. También sirve para adquirir durante el banquete ritual las virtudes corporales y espirituales de los rivales más valiosos: el coraje, la valentía, la sabiduría o la astucia. Los casos de misioneros devorados por tribus caníbales de África o América Central hay que explicarlos en este contexto: los indígenas pretendían recibir los dones del dios a través de su representante. Son más raros los casos del llamado “canibalismo gastronómico”. Algunas tribus de la Amazonia profunda, acostumbradas al consumo de monos antropoides, han extendido esta inclinación a sus congéneres, a los que no consideran enemigos sino piezas de caza. Aunque esta práctica se da sobre todo en tribus cuya dieta es vegetariana por estar ubicadas en entornos donde la carne escasea; en tales circunstancias el aporte de proteínas se valora especialmente.
El rechazo estadístico de la homosexualidad se explica por la colisión entre dos grandes instintos (a menudo mezclados por las grandes religiones): la sexualidad, cuyo fin es el placer individual, y la filiación, dirigida a la reproducción de la especie. Mientras que las pulsiones sexuales buscan una satisfacción polimorfa, las pulsiones reproductoras, inscritas en nuestro código genético desde la filogénesis, son obviamente opuestas a la unión de individuos del mismo sexo. El instinto sexual admite la esterilidad, la filiación no. Se podría decir que la homosexualidad es natural por el primer instinto y antinatural por el segundo. Algunas tribus africanas permiten al hombre casado buscar un amante joven para “socializarlo”, para enseñarle las tradiciones de sus ancestros, pero no toleran el matrimonio entre varones. En la antigua Grecia la homosexualidad se entendía como paideia, como educación de los amantes en los ideales de la cultura helena. En ambos casos, socializar, educar, son extrapolaciones sublimadas del instinto filial para ocultar su transgresión. La homosexualidad muestra, como cualquier conducta, un doble significado: las interpretaciones psicológicas, fisiológicas o morales por un lado, la explicación sociológica por otro. Las interpretaciones de la homosexualidad son racionalizaciones de la disfunción estructural de un hecho social; la explicación sociológica analiza su significado objetivo... En todo caso, como descubrió Freud, la función global de la cultura es transformar (o hacer compatibles) las tendencias instintivas y convertirlas en energía socialmente útil. De ahí la lucha de las parejas homosexuales por contraer matrimonio, formar una familia y adoptar hijos.

domingo, 5 de abril de 2015

Le sens du monde


Le monde a commencé sans l’homme et il s’achèvera sans lui. Les institutions, les mœurs et les coutumes, que j’aurai passé ma vie à inventorier et à comprendre, sont une efflorescence passagère d’une création par rapport à laquelle elles ne possèdent aucun sens, sinon peut-être celui de permettre à l’humanité d’y jouer son rôle. Loin que ce rôle lui marque une place indépendante et que l’effort de l’homme -même condamné- soit de s’opposer vainement à une déchéance universelle, il apparaît lui même comme une machine, peut être plus perfectionnée que les autres, travaillant à la désagrégation d’un ordre originel et précipitant une matière puissamment organisée vers une inertie toujours plus grande et qui sera un jour définitive. Depuis qu’il a commencé à respirer et à se nourrir jusqu’a l’invention des engins atomiques et thermonucléaires, en passant par la découverte du feu -et sauf quand il se reproduit lui même-, l’homme n’a rien fait d’autre qu’allègrement dissocier des milliards de structures pour les réduire à un état où elles ne sont plus susceptibles d’intégration. Sans doute a-t-il construit des villes et cultivé des champs, mais quand on y songe, ces objets sont eux mêmes des machines destinées à produire de l’inertie à un rythme et dans une proportion infiniment plus élevées que la quantité d’organisation qu'ils impliquent. Quant aux créations de l’esprit humain, leur sens n’existe que par rapport à lui, et elles se confondront au désordre dés qu’il aura disparu. Si bien que la civilisation, prise dans son ensemble, peut être décrite comme un mécanisme prodigieusement complexe où nous serions tentés de voir la chance qu’a notre univers de survivre, si sa fonction n’était de fabriquer ce que les physiciens appellent entropie, c’est-á dire de l’inertie. Chaque parole échangée, chaque ligne imprimée établissent une communication entre les deux interlocuteurs, rendant étale un niveau qui se caractérisait auparavant par un écart d’information, donc d’une organisation plus grande. Plutôt qu’anthropologie, il faudrait écrire “entropologie”.

Claude Lévi-Straus, Tristes tropiques                    

jueves, 2 de abril de 2015

Historia de la filosofía. El significado de la historia en Ortega


El auténtico horizonte de sentido de la vida humana es siempre histórico. La historia es la apertura al sentido de la vida. El hombre está siempre delimitado por la época histórica que le ha tocado vivir. Cualquier existencia está siempre situada a una altura determinada de los tiempos. La circunstancia del yo es siempre y en última instancia de carácter histórico. La vida que funciona como razón es siempre histórica. Todo conocimiento efectivo de la vida está penetrado por la historia. Por tanto, la razón vital es necesariamente razón histórica.
El hombre no tiene naturaleza, lo que tiene es historia; porque historia es el modo de ser de un ente que es constitutivamente, radicalmente movilidad y cambio. Y por eso no es la razón pura, elástica y naturalista, quien podrá jamás entender al hombre. Por eso, hasta ahora, el hombre ha sido un desconocido. Pues la historia es el modo de ser de un ente radicalmente variable y sin identificar. (Sobre la razón histórica)
El hombre está situado inevitablemente en un segmento concreto de la historia. La vida como la vivimos día a día está impregnada del peculiar tejido de su tiempo. Somos herederos, sabedores o ignorantes, de esta circunstancia histórica que gravita sobre nuestros pensamientos y otorga significado a las acciones. La envoltura histórica de nuestra vida nos orienta teórica y prácticamente en todo momento. La vida individual es ya histórica.
La temporalidad, el tiempo como categoría general del ser, es en el caso del hombre historicidad. La historicidad, la vivencia del tiempo como historia de forma consciente o inconsciente, pertenece necesariamente a la vida, a la biografía de cada uno de nosotros. En su obra La historia como sistema (1935) Ortega afirma: El individuo humano no estrena la humanidad. Encuentra desde luego en su circunstancia otros hombres y la sociedad que entre ellos se produce. De aquí que su humanidad, la que en él comienza a desarrollarse, parte de otra que ya se desarrolló y llegó a su culminación; en suma, que no tiene él que inventar, sino simplemente instalarse en él, partir de él para su individual desarrollo.
La historia tiene, según Ortega, una estructura precisa que consiste en el desenvolvimiento o evolución de las generaciones. Cada hombre, cuando se instala en el mundo, encuentra una circunstancia histórica conformada por un repertorio de conocimientos, creencias, ideas, usos, normas y valores de su tiempo. Esta concepción del mundo, esta visión coherente de las cosas, mantiene una cierta estabilidad y dura un tiempo determinado. Ortega matiza que tal comunidad de supuestos es tan decisiva y totalizadora que aunque los individuos de una generación se esfuerzan siempre por poner de manifiesto sus diferencias, en realidad las semejanzas que los unen son todavía más importantes.
Una generación es una zona de quince años durante la cual una cierta forma de vida fue vigente. La generación sería, pues, la unidad concreta de la auténtica cronología histórica, o dicho en otra forma, que la historia camina y procede por generaciones. Ahora se comprende en qué consiste la afinidad verdadera entre los hombres de una generación. La afinidad no procede tanto de ellos como de verse obligados a vivir en un mundo que tiene una forma determinada y única.
Son precisamente las generaciones decisivas, en terminología del autor, las que propician con sus ideas los cambios cruciales o saltos cualitativos de la historia y determinan la articulación de las épocas. El denominado método de las generaciones se convierte para Ortega en el más esclarecedor instrumento de análisis histórico. A pesar de la lucidez innegable de este método y el uso deslumbrante que Ortega hizo del mismo al reflexionar en sus escritos sobre los acontecimientos políticos y culturales de su tiempo, es preciso reconocer que no tiene un significado científico sino ensayístico; por lo que es criticable y está cuestionado desde una historia entendida como ciencia social.

domingo, 29 de marzo de 2015

Paul Delvaux en el Thyssen


Una verdadera obra de arte debería enseñarnos que nunca habíamos visto lo que vemos ahora.
Paul Valéry
Copio de la web del Thyssen:
El Museo Thyssen-Bornemisza, en colaboración con el Musée d’Ixelles, presenta la exposición "Paul Delvaux: paseo por el amor y la muerte", un recorrido temático por el insólito universo del pintor belga Paul Delvaux (1897-1994), una de las más destacadas personalidades del surrealismo del siglo xx.
Una muestra que incluye sus temas favoritos: las mujeres, los dobles y espejos, la arquitectura, los esqueletos y los trenes. Se trata de una constelación de imágenes que hunden sus raíces en los escenarios metafísicos de Chirico, la realidad aparte de Magritte o las composiciones sintéticas de Picasso. Es asimismo una iconografía puramente pictórica, elegida por su potencial figurativo, “buena para ser pintada”. Esta autonomía formal se da especialmente en la pintura surrealista (también en el cubismo y el abstracto) y es un principio basado en la libertad del arte y el carácter arbitrario de los temas; hasta el punto de que a este ejercicio de estilo no siempre le corresponde un contenido narrativo manifiesto o latente. Buena parte del carácter enigmático de la pintura de Delvaux procede de su mera plasticidad. También del interés de los surrealistas por la creación de mundos posibles. El afán de singularidad los lleva incluso a encajar en la composición objetos incompatibles o desconocidos.


Se ha afirmado que el núcleo de la pintura de Delvaux es una visión pesimista del eterno femenino, quizás reflejo de su experiencia biográfica. La mujer es representada a solas, en pareja, con su doble, en el prostíbulo y en todas partes. Están ubicadas en entornos en los que no es posible preguntar por el dónde y el cuándo. El rasgo predominante es la apatía, la ausencia de sentimientos. Son criaturas ausentes, melancólicas, desterradas. En el titulado “La soledad” (una obra fuera de la muestra), una muchacha en una estación desierta en medio de la noche, de espaldas, vestida con su mejor traje para no esperar a nadie, sigue con la mirada a un tren de mercancías que pasa a toda velocidad…


El amor lésbico, un motivo recurrente, se muestra con frecuencia en escenas tiernas, inocentes, en las que la primera experiencia amorosa es compartida con la amiga como rito de transición. En otros cuadros desvela una visión esencial del erotismo; también se presenta como deseo intenso y sexualidad.
El doble femenino de Delvaux, un arquetipo universal del dualismo y los opuestos, no incurre en la tensión, elude el conflicto, no busca polos ambivalentes, aparece más bien como rechazo de sí y huida silenciosa del hastío. El doble es alguien que no dirige gestos o palabras al otro. En la famosa Mujer ante el espejo las miradas no llegan a cruzarse.


La poesía de Delvaux consiste en transformar lo apolíneo -la buena figura, la luz diáfana, el orden geométrico- en misterio. Los escenarios arquitectónicos son vastas composiciones inspiradas en modelos de la antigüedad. Edificios que no están hechos a la medida del hombre, inmensas avenidas que alargan el punto de fuga hasta un horizonte mágico de mares o desiertos. A veces representan ruinas calculadas, ajenas a la evocación romántica. Mujeres misteriosas aparecen en primer plano o entre gentes que vagan sin propósito por las calles. El conjunto sirve para crear un ambiente irreal, opresivo, onírico. Parece como si pintor se hubiera despertado en medio de una ciudad fantasma: espacios que sugieren visiones de otros mundos, habitantes que han sido sorprendidos en medio de quehaceres herméticos, calles silenciosas con sombras de personas que no pueden verse.
Los esqueletos, otra de sus obsesiones, no son símbolos de la muerte sino radiografías del cuerpo, armazones animados, individuos. Son ante todo un desafío basado en la dificultad de darles movimiento, gestos y emociones. Mientras que en el resto de los temas Delvaux transforma lo apolíneo en misterio, en los cuadros de esqueletos transforma el misterio en relato. Los esqueletos están más vivos que las mujeres.


El enigma de Delvaux se convierte finalmente en obra abierta, hecho irrepetible o lenguaje privado. Muchos cuadros surrealistas van más allá de la interpretación y son propiamente accidentes puntuales cuyo sentido se pierde en la noche de los tiempos, incluso para el autor. Más aún, algunas composiciones son meros lenguajes privados, cúmulos de signos invertebrados, intraducibles, cuyo único vínculo con el espectador es que cualquier lenguaje privado presupone necesariamente el lenguaje común como sistema final de referencia. Al contemplar los cuadros de Delvaux, al comparar con esfuerzo los dos códigos, podemos afirmar una vez más que la imaginación no es un estado sino la existencia humana en sí misma.  

miércoles, 18 de marzo de 2015

Ganar, ganar y volver a ganar


¡Qué manera de sufrir! Normalmente solo escribo del atleti cuando tocamos copa, pero sería inconcebible no trasladar a las crónicas lo de anoche en el Calderón. ¡Vaya escena! El estadio a reventar, como en segunda. Las bufandas al viento, el ánimo tonante y un nudo en la garganta para entonar el himno. La afición atenta al gesto de su guía, el inefable Cholo ¡Qué distinta es (sin señalar) nuestra hinchada a otras, disciplinantes, frías y cabreízas!
Fue tremendo. Vi el partido en casa con Ana (la voz de la sensatez), disfrazado como siempre, incapaz de cortar la pizza, conectado por WhatsApp con mi hijo que está en Francia y por Samsung con mi hija y el resto de la familia para llorar juntos si ocurría lo peor, como en cierta final que nunca ocurrió. Con el desfibrilador al lado, treinta veces me levanté como un resorte para ir a otro cuarto, cerrar las puertas, aporrear las paredes y rezar en silencio.
Mal empezó la cosa con la lesión de Moya, aunque la entrada de Oblak (tan alto como Courtois) fue providencial. Para mí, el mérito del atleti fue no encajar el gol fatídico que sobrevolaba el estadio. Es evidente que no estamos como el año pasado. Sin entrar en matices masoquistas, además de los ausentes nos faltan ideas en el centro y definición arriba, aunque la defensa es la de siempre y el "pelao" Giménez más que una promesa. Los alemanes estaban como motos, daban cera, manos y codos a la cara, llegaban antes al balón, patadón y contraataque a mil por hora. Las apuestas no daban un real por el atleti. Vino el gol de carambola y nada cambió. Sin embargo, el milagro se produjo al cuarto de hora de la segunda parte. De pronto se les apagó el físico a los teutones mientras que los nuestros seguían igual y además achuchaban con más fe que razón. En la prórroga fuimos mejores, estaban muertos, pero faltaba ese detalle que ya no llega. Por ejemplo, el año pasado Raúl García las enchufaba y este se dedica a protestar.  
Después la ruleta rusa. No pude verla. Tengo que oírla en la radio, prefiero que me anestesien a gritos. A toro pasado, fue épica: los jugadores ensamblados, Arda de rodillas (dio resultado), la gente de los nervios. Entró ajustado el penal de Torres (lo único que hizo bien) y se fue a las nubes el de un desdichado; después el orgasmo universal. Seis millones de espectadores españoles vieron al atleti pasar a cuartos. Esperemos que no nos toquen los de siempre, aunque no creo en los sorteos de la UEFA. La pasta es la pasta. En fin, nunca se sabe, podemos eliminar al Bayern y palmar con el Mónaco.
La fría conclusión: necesitamos que los canteranos crezcan, las figuras resurjan, Mario no sólo juegue bien contra los buenos, y, sobre todo, que aumenten los euros del magnate chino para fichar un delantero, dos defensas y tres medios. Lo demás puede valer.