viernes, 27 de enero de 2017

Timos y gatazos en familia


La picaresca es un fenómeno social con patente hispana. También hay timos de cosecha propia: la estampita, el tocomocho, el nazareno, los trileros... Ahora con la globalización se han internacionalizado. Cada vez son más violentos y peligrosos. Pero no voy a extenderme aquí con historias desagradables del ancho mundo, que para eso están la prensa y la televisión, sino a timos, estafas, hurtos y gatazos de los que han sido víctimas mi familia, allegados, conocidos de primera y segunda, próximos. Doy mi particular versión y allá cada cual con su bolsa y conclusiones.
Comienzo por lo acaecido en un pueblo de la provincia de Cuenca donde una tarde brumosa de Febrero se presentaron en casa de don Constancio y doña Guadalupe su costilla, gente mayor, parientes lejanos de mis abuelos paternos, dos individuos de aspecto impecable con coche negro en la puerta y chófer con gorra (se supo después que era mangado y tuneado). Conviene recordar que la implantación definitiva del euro en España comenzó en Enero de 2002 y convivieron tres meses. Sacaron de un portafolio de cuero repujado unos papeles con membretes del Ministerio de Economía que entregaban como justificantes de las pesetas que los palomos les entregaban en metálico o cheque al portador para ser cambiadas por euros en cualquier banco del pueblo a partir de las cuarenta y ocho horas siguientes a este “procedimiento oficial, el único previsto por el gobierno según las disponibilidad de liquidez del Banco de España” y bla, bla, bla. Pringaron una parte importante de sus ahorros; otra la pudieron recuperar porque los ejecutivos de pega fueron detenidos en Tarazona de la Mancha cuando fueron con el mismo cuento a casa de un guardia civil retirado que en vez del talonario les sacó la reglamentaria del cuarenta y cinco y se la puso en las narices mientras llamaba a los vecinos y estos al cuartelillo.
El final es parecido a lo que le ocurrió a mi padre en su casa de Cuenca durante una madrugada de ferias y fiestas de San Julián. Parece que ciertas gentes de mal vivir se dan cita por esas fechas en la ciudad encantada. Vivía sólo, con Dino su perro, un epagneul-breton que dormía en la alfombra del dormitorio (era muy aficionado a la caza) y su escopeta cargada y apoyada en la mesilla de noche; así se sentía más seguro. La puerta de la casa era de papel de fumar y, como casi todos los vecinos, no quiso cambiarla por otra más sólida. Fue el perro a eso de las tres de la madrugada quien se levantó como un resorte y ladró de forma extraña. Mi padre, de sueño ligero, se levantó en el acto con el arma en la mano. Eran dos tipos y se encontraban al principio de un pasillo que terminaba en el dormitorio. Encendió la luz y los encañonó sin contemplaciones. ¡Perdone -balbuceó el que iba delante- creo que nos hemos equivocado de piso! y se dieron media vuelta a toda mecha para nunca más volver.
El siguiente sablazo me lo contó el conserje de mi casa la tarde que volvíamos de vacaciones de Galicia y supe los detalles al día siguiente por la propia implicada, una vecina jubilada que vive sola en la misma escalera. A eso de las once de la noche de un domingo a mitad del mes la llamaron con insistencia por el telefonillo del portal. Una voz desgarradora que se hizo pasar por mi hija (una adolescente de doce años que veraneaba con nosotros) le rogó angustiada si podía subir a su casa. Como es más buena que el pan la dejó entrar. Era una chica joven que le contó entre sollozos una patética historia de violencia de género: su novio la había echado a patadas de su casa donde vivían juntos, que sus padres (o sea, mi mujer y yo) estábamos fuera –lo único cierto que dijo- y que necesitaba dinero para pasar la noche en un hotel, coger el tren, algo de hospitales y no sé cuántas cosas más. Mi vecina sólo tenía cuarenta euros en casa, por lo que la chica le sugirió ir al cajero más cercano y sacar un dinero que luego nosotros le devolveríamos al volver… Le “prestó” seiscientos cuarenta euros, lo máximo que le dio el cajero. A la mañana siguiente, algo amoscada, se lo contó a Alfonso, el conserje, quien lo primero que le preguntó es si conocía a mi hija. No, le contestó. Según se supo, en Chamberí, mi barrio, dieron el pego del pariente en apuros unas cuantas veces en dos días (las noticias vuelan) hasta que se largaron con la música a otra parte.
A mí me tocó la siguiente, una estafa de poca monta y además frustrada. Ese año me tocó la presidencia de la comunidad y a primera hora de la tarde estaba con el administrador y dos operarios en el cuarto de calderas, cuando Alfonso me dijo que alguien preguntaba por mi mujer para subir a mi casa un paquete enorme. Cuando aparecí y oyó lo de presidente noté que torció el gesto a pesar de ser excelentes actores.
- Es un juego de sartenes y paletas que ha encargado su señora (traía una factura con pelos y señales). Aunque no entiendo mucho del género, el precio me pareció desorbitado.
Llamamos a mi mujer por el teléfono interno de consejería y me confirmó sin lugar a dudas que no sabía nada del asunto.
- Mire –le dije- con tono meloso de diplomacia vaticana (lo mejor es evitar conflictos): debe de tratarse de un error de tramitación, póngase en contacto con su proveedor y compruébelo. Pero no: después de reafirmarse sin más en su versión, el sujeto nos amenazó con voz tonante.
- Si no me lo abonan los voy denunciar y los vamos a incluir en la lista de morosos.
Lo mejor es aclararlo, le dije con calma. Si lleva razón le pido disculpas y le pago en el acto (eso pareció animarlo). Los operarios no daban crédito a mi cortesía con aquel bribón. Lo que vamos a hacer, si no tiene mucha prisa, es llamar a la policía y tratamos con ellos el asunto. ¿Le parece bien? Saqué el móvil y marqué el 091 ¿Policía nacional? y eso fue suficiente. Se retiró con su cargamento entre amenazas e insultos. ¡Pronto tendrán noticias del servicio jurídico de mi empresa! No andará muy lejos me dijo uno de los agentes. Vamos a dar unas vueltas por si lo vemos. Días después me enteré por internet que, efectivamente, la caja lleva sartenes y paletas pero de una calidad tan ínfima que las más baratas de los chinos son artesanía del metal. Luego las colocan a veinte veces su precio de coste.   
A mi suegra, una anciana, le tocó el cambiazo del cajero. Hay también dos compinches en el ajo. Cuando introdujo la tarjeta, el primero se fijó en la clave de acceso que había tecleado despacio con manos temblorosas. El dinero salió con normalidad y mi suegra lo cogió del cajetín sin problemas. Entonces una chica, según nos contó, le dijo que se le había caído algo que previamente había puesto en el suelo (cualquier chorrada). El otro, en cuanto mi suegra se dio la vuelta para mirar y decir que no era suyo, cambió su tarjeta por otra del mismo banco ya bloqueada por su anterior propietario también limpiado. Hasta que mi suegra no volvió a usarla no se percató de que no era la suya y entre tanto le volaron más de dos mil quinientos euros, de los que el banco, por supuesto, no se hizo cargo. Con la suya engañaron a otro y así sucesivamente. Moraleja: cuando saques efectivo en un cajero comprueba siempre que la tarjeta que te llevas es la tuya.
Pero el colmo del buen hacer timológico se realizó en el piso de una prima hermana de mi madre en el distinguido barrio de Rosales. Una mañana del viernes se detuvo en segunda fila ante el suntuoso portal de mármoles y cristaleras una furgoneta de una tienda llamada Canapé-lit, livraisons. Bajaron una caja en la que se entreveían embalados los cojines y orejas de color gris perla de un sofá. Es para el cuarto izquierda, y le mostraron a don Venancio, el conserje, un montón de facturas…
- Están fuera de Madrid este fin de semana, anunció Don Venancio.
Vaya faena, dijo con elegante acento francés el que parecía el jefe de los tres empleados vestidos con impecable mono blanco con el logo verde en la espalda e insignia en el pecho. No nos lo habían advertido. Fíjese en la fecha de entrega. Por qué no sube, con nosotros, sugirió amable al conserje, si dispone de las llaves del piso; lo dejamos en el salón y cuando vuelvan el fin de semana que lo coloquen donde mejor les parezca. Así nos evitamos cargarlo otra vez, gastos de desplazamiento y volver no sabemos cuándo… Se lo pensó don Venancio, no vio trampa ni cartón, y los acompañó hasta el piso de doscientos cincuenta metros cuadrados con vistas al templo de Debod. Abrió la puerta y desconectó la alarma. Depositaron el pedido, salieron seguidos del conserje, le dieron efusivamente las gracias y todos tan contentos. Se trata del viejo truco del caballo de Troya. Dentro del sofá gris perla, nada del otro mundo, va escondido otro compinche, seguramente bajito y delgado, provisto de todo tipo de ganzúas e instrumentos dolosos. No hizo falta utilizarlos porque en la entrada había una mini percha de diseño para dejar las llaves y estaban las de la puerta acorazada. Cuando los primos volvieron el domingo por la noche no quedaba en el piso ni con qué encender la chimenea. El pobre don Venancio tuvo que buscarse otro empleo. Se habían llevado hasta la mini percha de diseño.
Desconfíen de todo tipo de inspectores y técnicos del servicio oficial no solicitados, no les permitan entrar en su casa; no abran con el telefonillo al cartero comercial, no atiendan las llamadas de una empalagosa señorita que al final le pide datos personales o claves, tampoco se comprometan con su representante bancario (aunque sea cierto, graban las conversaciones) y corten por lo sano las llamadas gancho de las operadoras de telefonía con ofertas inverosímiles. Díganles que no les interesa porque no tienen teléfono.

domingo, 15 de enero de 2017

Banquetes y bodorrios


Hay un montón de pingües negocios, es decir, no millonarios sino lo que viene después, organizados en torno a la celebración de ciertas fiestas. Por ejemplo, las copiosas comidas navideñas con el alza consiguiente del precio de los alimentos, especialmente los de gama alta. La gente tira la casa por la ventana. Los dispendios del condumio navideño son lo único que iguala por unos días el estatus de la clase media y los ricos. El marisco, el pescado y las carnes nobles se suben por las nubes. Las angulas cotizan en bolsa. El currante mileurista debe conformarse con pelar rodolfos langostinos o tapilla con guarnición de verduras. Es sabido que en muchos de esos banquetes, al margen del estrato social, se arma la marimorena cuando algún cuñado bebe más de la cuenta, se le calienta la boca y larga unas cuantas impertinencias. O el caso de la nuera retorcida que saca los trapos sucios con cálculo sibilino mientras su yerno trincha el pavo antes de trincharla a ella. Afortunadamente hay cada vez más personas que comen o cenan en esas fechas en la intimidad de la familia nuclear, es decir, padres, hijos y cónyuges (estos últimos se reparten) y a casita que llueve. De primero un consomé de verdad y de segundo una jugosa tortilla de patatas. De postre flan casero y una botella de cava para todos. Aun mejor, si te lo puedes permitir, vuela a las islas Canarias o al Caribe. Te saldrá más barato.
Otro ejemplo de despilfarro institucional son los bodorrios. Vendrán a partir de mayo. Normalmente son “por la “iglesia”. En realidad, casarse es siempre un pacto civil al que algunas parejas heterosexuales deciden además darle un sentido religioso más por costumbre que por creencia. Lo primero es elegir una iglesia de postín, aunque no necesariamente. La última boda de alto copete a la que asistí fue en la Casa de la Panadería en la Plaza Mayor de Madrid. La boda anterior no se terminaba nunca; según parece todo el mundo tenía muchas cosas que decir a los cónyuges. Como comentaba el desaparecido Pedro Zerolo, concejal del PSOE que celebró más de 300, las bodas civiles se dignifican añadiendo música, lectura de poemas, flores… Me gusta que mis ceremonias sean muy participativas, decía.
Cuando por fin se terminaron los discursos y empezó el nutrido desfile de invitados, mi tía no hacía más que preguntarme cuándo salían los novios. Y, en efecto, eran dos de recia barba que entre arroces y piropos entraron en un flamante Citroën a la antigua que les esperaba a la puerta.
Tornemos. Para empezar, los honorarios de la iglesia son sorprendentemente elevados si decides decorarla con guirnaldas u otros adornos florales; o extender la alfombra roja desde la entrada al altar, iluminar las lámparas de las grandes ocasiones o contratar un coro para que la misa resulte más movida. Si es concelebrada (aunque sean curas amigos) prepara los ahorros del verano. Pompa y circunstancia a tanto el servicio. Más los gastos de representación. Al final, en la sacristía, después de firmar padrinos y esposos, el celebrante alarga una mano de metro y medio. Casarse por la iglesia tiene efectos civiles y eso (que el sacristán lleve los papeles al registro) se paga.
Pero el meollo viene después. Un bodorrio con cena, barra y bailongo sale, en resumidas cuentas, por unos sesenta mil euros, o sea, diez millones de las antiguas pesetas. Si pretendes contratar por menos o regatear, el gerente del establecimiento llama a los de seguridad. En los hoteles y lugares de moda de la capital los precios se disparan un veinte por ciento. Por eso los novios buscan en la periferia sitios especializados en este tipo de eventos donde han proliferado fincas y locales al olor del dinero fácil. En Madrid abundan. Eso sí (un gasto más) hay que contratar un servicio adicional de autobuses para llevar y traer a los invitados porque en una boda se bebe y no se conduce. Muchos de estos sitios tienen incluso alojamiento propio o concertado con hoteles de la zona para los que deciden dormir allí la trompa. A mí me parece una locura gastarse ese dinero en una noche. Eso sin contar la factura mareante del traje de la novia, que como mucho heredará su ahijada veinteañera. No sé si se pueden alquilar, una saludable opción, pero cualquier casadera que se precie rechazará la idea con horror. Un sistema muy utilizado para recuperar los onerosos gastos es que los comensales ingresen metálico en una cuenta bancaria que discretamente te facilitan los novios en lugar de los anticuados regalos (bastantes de baratillo simulado y otros guardados con caja y cinta de bodas propias). Los más tradicionales todavía admiten que les hagas regalos en unos grandes almacenes… que se convierten, previa comisión del establecimiento, en dinero contante y sonante. A veces los padres del novio pagan la parte de sus invitados y los de la novia los suyos. Con todo no se cubre ni la mitad de los gastos. La distribución de las mesas es fundamental. Puedes pasarte la cena hablando del tiempo o de lo mal que va el mundo con tus compañeros de mantel. Y si son parientes conocidos preguntando quien es quien en el bando de la parte contratante de la segunda parte. Por lo demás, es comprensible que servir un menú en condiciones gastronómicas aceptables a más de trescientas personas resulta complicado. Por eso los platos que traen los camareros suelen cumplir sin más y, en la mayor parte de los casos, no justifican el precio de la carta; tampoco el vino, un crianza en oferta sin excesivas pretensiones. En las bodas se come mal, no me vengan con cuentos. No queda más remedio que cocerse sorteando los reproches crecientes de tu señora a medida que se te traba la lengua. Después mucho ruido (imposible hablar) y luces de discoteca. Y barra libre. Es el momento de largarse si no quieres que te saquen en angarillas.
Todo esto para que un tanto por ciento alarmante de parejas, según el instituto nacional de estadística, se separe antes de un año de casados. Es evidente que no me gustan las navidades ni las bodas, pero no tienes porqué estar de acuerdo.

lunes, 2 de enero de 2017

Notas sobre el Holandés errante


Asistí hace unos días en el Teatro Real a la representación de la ópera de Richard Wagner El Holandés errante (1843), la primera de sus grandes obras.
El holandés errante es el capitán de un galeón gobernado por una tripulación de espectros descarnados que recorre los mares desde tiempo inmemorial. Maldito por su destino, ha intentado hacerlo pedazos innumerables veces contra los arrecifes, zozobrar con el velamen desplegado en medio de la tormenta, hundirlo con sus propias manos. Pero los demonios que sellaron su juramento sacrílego lo hacen invulnerable. Aunque se arroje desesperado por la borda en el centro del huracán, las profundidades marinas devuelven una y otra vez su cadáver viviente. Los navegantes lo temen. Cuando los grandes veleros otean en el horizonte su aparejo viran en redondo. Incluso los sanguinarios piratas elevan plegarias al cielo y se alejan a todo trapo cuando divisan su siniestra figura. Sólo el amor puro y fiel de una mujer podrá liberarlo de la maldición. Cada siete años le está permitido tomar tierra e intentar hallar a la esposa improbable que le dará la paz... Al inicio de la ópera, la llegada del buque fantasma a la costa es un anuncio sobrecogedor de su condición:  
De repente centellean unas luces fantasmales sobre el mar, sopla un viento helado que parece surgir de los confines del mundo. Y sobre las aguas corre, casi se podría decir que vuela, un imponente buque con mástiles negros y velas rojas. El buque se dirige hacia la ensenada y echa el ancla cerca del velero de Daland. Por una escala desciende un solo hombre con un extraño atavío. Con la cabeza baja, mirada sombría y pasos lentos asciende por la costa.
Toda la ópera gira en torno al mar, el motivo central que confiere sentido a los hechos insólitos que acontecen en escena. Se trata del mar del romanticismo, abismo insondable, superficie desconocida, naturaleza hostil, lugar de las grandes tempestades, como representa el cuadro de Turner Tormenta de nieve en alta mar.
El mar romántico es una metáfora literaria del misterio de las profundidades, los naufragios trágicos a la luz de la luna y las historias narradas en las noches de invierno por un viejo marino al amor de la lumbre, como la leyenda original del buque fantasma, el excelente relato de terror titulado El mensaje de Vanderbecqen a su hogar (1821): trata del encuentro en alta mar de un mercante cuya tripulación se encuentra con un barco oscuro y misterioso cuyos marineros, consumidos por una extraña melancolía, les entregan unas cartas pidiéndoles que las envíen al llegar a tierra, y, que resultan estar todas dirigidas a personas que murieron tiempo atrás. Así descubren que se han encontrado con una tripulación de fantasmas.
La imaginación romántica pobló el mar de monstruos y criaturas antinaturales. En la Historia de la fealdad de Umberto Eco se pueden ver los dibujos y grabados de algunas. Moby Dick (que da título a la novela de Herman Melville escrita en 1851), el gran cachalote blanco encarnación del mal al que el capitán Achab persigue obsesivamente a bordo del Pequod, es la culminación de esta fantasía.
Nemo, capitán del Nautilus de Verne, juró vengarse de los asesinos de su pueblo y su familia. El capitán Achab del Pequod juró vengar a todos los balleneros víctimas del cachalote blanco, incluido él mismo que perdió una pierna en un encuentro. La leyenda del juramento impío del holandés errante tiene diversas fuentes, pero Wagner se basó en la obra menor de Heinrich Heine titulada De las memorias del señor de Schnadbelewopski (1834) cuyo capítulo VII contiene la historia.
Ese fantasma de madera, ese lúgubre barco, toma su nombre de su capitán, un holandés que un día juró por todos los demonios que, a pesar de la fuerte tormenta que soplaba, doblaría un cabo cuyo nombre no puedo recordar ahora, aunque tuviera que navegar hasta el Día del Juicio. El diablo le tomó la palabra, y tendrá que vagar por el mar hasta el Día del Juicio a no ser que sea rescatado por la fidelidad de una mujer.
El mar romántico inspira la mirada interior como un espejo de lo que Bachelard denominó «inmensidad íntima». En ella la naturaleza urge y aviva los secretos del poeta y los límites de lo que puede ser dicho. Se convierte en el lugar privilegiado que le permite sumergirse en las profundidades de la imaginación como un espectador divino (o demoníaco) de sí mismo; es lo contrario del mare nostrum del Imperio romano o de los mercaderes venecianos, pura exterioridad material, dedicado al transporte de tropas o al tráfico de mercancías. Tampoco tiene nada que ver con el océano dominado por la máquina de vapor y la electricidad. Las nuevas técnicas de navegación acabaron con el mar como el más elevado concepto de lo sublime. La estética romántica fue sustituida por la ciencia moderna. El sofisticado Nautilus de Julio Verne es la antítesis del buque fantasma por más que ambos estén condenados a navegar eternamente y su redención final sea la misma.
Como subraya Àlex Ollé, uno de los seis directores de escena de la Fura dels Baus, autores de la dirección escénica de la ópera, también representa el sentimiento romántico de lo absoluto:
... Desde el principio me parece importante dejar constancia de lo lejos que el mundo contemporáneo está del sistema de creencias, profundamente románticas, sobre las que Wagner concibió esta pieza. Para Wagner, amor, muerte, eternidad, maldición pureza, pasión, terror eran conceptos que impulsaban la búsqueda del otro lado de la razón. El mismo mar era una metáfora poderosa –escribe Ollé- del último límite impuesto al ser humano. El mar era lo infinito, lo trascendente, una mirada metafísica sobre la muerte. En plena tormenta, cuando el cielo y el mar se funden y confunden en la línea del horizonte con la tierra, se abría la posibilidad de que “lo otro” interfiriera con lo real. Era así como surgía la posibilidad del encuentro entre todos los personajes –reales y fantasmagóricos- de esta ópera.

viernes, 23 de diciembre de 2016

Inconvenientes de los WhatsApps navideños


¿Felicitar las navidades? Primero fueron las postales, luego los correos electrónicos, ahora los WhatsApps. El problema de estos últimos es que, para empezar, se pierde cualquier relación personal con el receptor. La mayoría no llevan ningún texto con tu nombre y apellidos. Los WhatsApps se suelen sacar de sitios webs especializados, fabricados en serie por autores anónimos, o bien se copian de los que circulan por las redes sociales o proceden de los continuos reenvíos de familiares, amigos o conocidos que por alguna razón les parecen “divertidos” y los ponen nuevamente en el aire.
El resultado es un aluvión de vídeos, muchos de los mismos forofos que te felicitan una y otra vez a partir de los que les llegan y deciden despacharlos por su “originalidad”. Los top se repiten sin piedad. Se produce un efecto rebote que al menos en mi caso resulta plomífero. Estás perdido si estás suscrito a grupos familiares, de amigos (los más recalcitrantes), del trabajo, o de ocio. El bombardeo es permanente. Si optas por responder puedes dedicar la tarde entera a darle al dedo y a los emoticones (otro invento del que habría mucho que hablar). O contratar a una secretaria con dedicación exclusiva (o secretario, que nadie se ponga puntilloso).
Puedes estar desayunando tranquilamente con la familia y todos excepto tú estar enganchados al smartphone. La mezcla de sonidos es delirante y los móviles echan humo de mano en mano (mira este, mira aquel, mira el otro) o se los mandan entre ellos mientras se enfría el café, se derrite la mantequilla y nadie te hace ni puñetero caso. Sólo pitidos y silbiditos. Siempre me acuerdo de aquella viñeta en la que se veía el típico bar de pueblo lleno de paisanos con un cartel encima de la barra que anunciaba alto y claro: No tenemos wifi, hablen entre ustedes. En lo WhatsApss navideños se han perdido las características de los entrañables grupos primarios: proximidad, simpatía, vivencias, cotilleos...
Enviar un WhatsApp se convierte en un fin en sí mismo. Lo que importa no es si alguien se acuerda de ti sino si te gusta el invento. Simplemente nos miramos al ombligo de la impersonalidad. Se vive la ilusión de “estar conectados” cuando en realidad cada cual está en su casa consumiendo imágenes sin dueño. Al conocido esquema de la teoría de la comunicación (emisor-receptor-canal-código-mensaje) habría que añadir un nuevo elemento: acuse de recibo. Se exige que envíes otro vídeo o comentes las virtudes de la jojoya. Si no los lees o los borras o no contestas te considerarán como mínimo un tipo raro. Cuando te encuentres con tus emisarios en el supermercado del Corte Inglés te lo echarán en cara antes de preguntarte cómo estás. No hacer caso de los WhatsApps navideños convierte al osado en una anomalía social. La única excusa ante el acoso callejero es tu poca afición a la telefonía celular. En estos días críticos conviene llevar encima tu antiguo Nokia que, además de pequeño, sólo sirve para llamar y recibir llamadas. Lo muestras orgulloso y al menos te considerarán un fósil pero no un marginado. Pasadas las fiestas todo se olvida. O puedes decir que los Reyes Magos te han echado uno “moderno”.
WhatsApps navideños hay de muchos tipos. Muchos son motivos convencionales con música archiconocida y subtítulos azucarados. Son los que más se rayan. Más llevaderos son los que ponen villancicos étnicos de calidad o rescatan temas alusivos de cantautores del tipo Amancio Prada o Joaquín Sabina. También los hay pretenciosos con corales de Bach o temas clásicos cantados por Plácido Domingo o Montserrat Caballé: todo muy bello pero fuera de contexto, o sea, kitsch.
Aunque con los que realmente disfruta el personal son con los que podemos llamar “adaptados”. Se toma un tema de actualidad, generalmente político, deportivo o mediático y se transforma en una esperpéntica escena navideña. Errejón hace de niño Jesús, Rajoy de San José y Susana Díaz de la Virgen y así hasta mil. Jua, Jua, Jua. Hay incluso Apps gratuitas (con montañas de publicidad) que te permiten convertirte en el protagonista del vídeo: en elfo, Donald Trump o un personaje de la guerra de las galaxias. Otros incluyen escenas chocantes como el pavo rebelde o las gambas haciendo natación sincronizada. Ahora comienzan los de la lotería nacional: tú en un yate de cien metros rodeado de bellas aborígenes o uno más realista: un señor don gato cantando con voz estentórea el sonsonete de los niños de San Ildefonso: Todos los años lo mismo, no me ha tocao una mierda…

domingo, 4 de diciembre de 2016

Contra el deporte

Wittgenstein dijo que todos los juegos tienen un cierto aire de familia. Podemos afirmar que la esencia del deporte es la competición sujeta a reglas. Pero en el deporte profesional, “competir” significa ganar a toda costa y el “sujeto a reglas” ha sido degradado hasta las heces por la medicina deportiva, el principal enemigo de la alta competición (¿se acuerdan de las transfusiones de sangre “enriquecida” a atletas olímpicos?); sin contar con otros procedimientos anómicos para obtener ventajas sobre el rival (en ajedrez, por ejemplo, el espionaje electrónico, los parapsicólogos en primera fila dando la murga o los mensajes secretos en el fondo del yogurt). O sea, las trampas y cartón. Los ejemplos son tan numerosos que no merece la pena insistir. Recuerden el más sonado, el de Lance Armstrong, ganador de siete Tours consecutivos gracias al chute metodológico. La medicina deportiva siempre va un paso por delante de las contramedidas para detectar el dopaje. Con el tiempo algunos son descubiertos pero que les quiten lo “bailao”.
En resumen, queda la retórica sobada: el juego limpio, saber ganar y perder, felicitar al ganador, respetar al rival, aprender de la derrota, aceptar el fallo como parte del juego… pero no su contenido objetivo. En un partido de fútbol de la Liga de Campeones hay deportividad mientras dura el protocolo: el himno clamoroso de la Champions, el intercambio de banderines (son preciosos), la foto de los capitanes con el árbitro, el besamanos de los jugadores, los niños, los gritos de rigor de los hinchas y el despliegue de banderas. En cuanto comienza el partido c’est la guerre. Incluso se puede morder al defensa contrario si se pone cargante. Son los nuevos gladiadores pero con sueldos de escándalo. Lo más que les puede pasar es lesionarse.
Deportes como el golf, el billar o el tenis se acercan al ideal caballeresco pero también hay excepciones. No es muy edificante la imagen de un conocido jugador español lanzando furioso el putt al lago que bordea el green tras fallar un golpe corto. Ni ver al número uno del tenis mundial rompiendo una raqueta contra el suelo después de una mala devolución. Incluso el más admirable de los deportes, el ciclismo, nos ha brindado el espectáculo insólito de dos corredores en medio de la carrera lanzándose mamporros subidos en la bici.
Incluso en los deportes más bajos en la escala evolutiva es duro aceptar la derrota. Recuerdo las ligas futboleras de mi hijo Nacho en el colegio cuando tenía doce años. Los padres se ponían como energúmenos cuando sus hijos fallaban o los sustituía el entrenador para que, con buen criterio, jugase todo el banquillo, los buenos y los menos buenos. A mi hijo que era de los segundos, junto con otros, lo quitaron del equipo de un curso a otro por los manejos del lobby de los buenos. Como los malos no nos quedamos callados conseguimos al menos que el centro hiciera un equipo A y otro B. En todo caso una humillación impresentable. He visto a los padres amenazar físicamente al entrenador durante el partido por no hacer lo que a ellos les parecía conveniente. También poner al árbitro, un joven que empezaba por amor al arte, de vuelta y media a grito pelado por cometer errores irreparables según ellos. Un espectáculo lamentable de narcisismo paterno. Pobres niños.
Imagínense lo que ocurre en el deporte de élite. Periódicamente tenemos noticias de los tratos inhumanos que el cuerpo técnico asume como parte del entrenamiento. Quince antiguas nadadoras de natación sincronizada redactaron una carta en la que denunciaron y detallaron los abusos y malos tratos de la ex seleccionadora. Todas confirmaron que sufrieron pánico, desprecio, manipulaciones, amenazas e insultos. Tampoco los directivos de las más altas instancias del deporte son un ejemplo de ética profesional. Como el turbio asunto de Michel Platini presidente de la UEFA, entre otros. O los chanchullos de los clubs en los fichajes y la evasión de capital de las estrellas.
Cerca de mi casa hay un campito de fútbol que alquilan los colegios para jugar sus ligas. Además de la brutalidad de padres y familiares se une la de los propios chavales que a fuerza de aprender lo malo pierden los papeles, se insultan, se patean e incluso llegan a las manos. He visto desde mi ventana llegar a la ambulancia del Samur para llevarse a un chaval con el tobillo roto por una entrada salvaje, alentada por el público rival; o a un furgón de la policía para poner orden entre las aficiones o salvar el pellejo al árbitro, cerrado con llave en su aporreada caseta.
Un sobrino mío participaba en los campeonatos de tenis infantiles y juveniles del Club de Campo de Madrid. Los jugadores se arbitran entre ellos, normal. A su madre casi la lincha la familia del rival porque se atrevió a opinar que uno de los saques –que cantaron a coro como bueno- se había salido del cuadro de saque por más de dos palmos. He visto a padres de la misma familia dejar de hablarse más de un año por un punto dudoso ante la mirada atónita de sus retoños que por desgracia se sentirán culpables.
Lo que les digo, si hacen deporte, que sea para bajar el colesterol, dormir mejor o templar su autodominio. Lo demás son ganas de discutir y complicarse la vida. Eso si no le ponen un ojo a la funerala. Si no les apetece mover el esqueleto sin ton ni son, practiquen el sillón-ball para ver en la tele, delante de una buena pizza y una lata de cerveza, a los dioses del Barça y el Madrid partirse la cara a diez mil pavos el minuto.

martes, 22 de noviembre de 2016

El cristianismo primitivo


Conocemos con certeza muy poco de la figura histórica de Jesús, tanto de su vida y enseñanzas como de las creencias exactas de sus discípulos y seguidores antes y después de su muerte. Con seguridad sabemos que fue crucificado por orden de Poncio Pilatos como culpable de un delito de sedición, es decir, de un delito civil y no religioso, y que tras su muerte se formó la primera gran comunidad cristiana bajo la presidencia de su hermano Santiago.

La investigación histórica sobre el clima religioso de la Palestina de entonces ha dado lugar a varias hipótesis sobre la figura de Jesús: revolucionario zelota, asceta y gnóstico esenio, jasid galileo, maestro y profeta carismático...

En este marco ideológico se debe situar el primitivo cristianismo y considerarlo como una secta judaica en el clima de mesianismo escatológico (esperanza en la próxima llegada de un mesías o salvador) propio de la época. En todo caso, lo de menos fue si Jesús se proclamó a sí mismo o no mesías y que género de mesías; lo importante es que así fue considerado por sus discípulos y seguidores.

Sabemos también que sus partidarios superaron el trauma de su desaparición descartando la esperanza judaica en la instauración de un inminente reino terrenal, sustituyéndola por una salvación de carácter individual y espiritual, además de sostener una visión lejana y trascendente del futuro reino de Dios.

En realidad, la mayor parte de lo que sabemos de Jesús se debe a la interpretación teológica (no histórica) de su figura contenida en los escritos del Nuevo Testamento. Los propios cristianos la denominan “historia sagrada”. El Nuevo Testamento es la parte de la Biblia formada por un conjunto canónico (autorizado por la Iglesia) de libros escritos después del nacimiento de Jesús. Estos escritos son los siguientes:

- Evangelios Sinópticos y Evangelio de San Juan. Los primeros se llaman así porque sostienen un mismo punto de vista sobre la figura de Jesús, es decir, tienen un esquema narrativo muy similar y parten de una tradición común basada en relatos de los Apóstoles, otros testigos y tradiciones orales consideradas fiables. Son los Evangelios de Marcos, Mateo y Lucas y están escritos entre los años 50 y 80 d.C. El cuarto evangelio es el de Juan y está escrito con posterioridad al año 95 d.C. No sigue el esquema de los Sinópticos y dispone de fuentes propias o independientes señaladamente helenísticas.

- Cartas de San Pablo (50 d.C.). Son las epístolas a los Romanos I y II, a los Corintios I y II, a los Gálatas, a los Efesios, a los Filipenses, a los Colosenses, a los Tesalonicenses I y II, a Timoteo I y II, a Tito y a Filemón.

- Codex Vaticanus. Es del siglo IV d.C. Está escrito en griego y se trata de la Biblia completa más antigua que se conoce (contiene toda la Sagrada Escritura, tanto el Antiguo como el Nuevo Testamento). Se encuentra en la Biblioteca Vaticana.

- Codex Sinaiticus. Es del siglo IV d.C. Está escrito en griego y contiene la totalidad de los textos de la Biblia, incluida la primera versión del Nuevo Testamento y el Testamento Antiguo Griego, conocido como el Septuaginto, que incluye textos apócrifos.

-Codex Alexandrinus. Es también del siglo IV. Contiene, como los otros dos anteriores, la Biblia completa en griego. Fue encontrado en la ciudad de Alejandria, en Egipto.

- Los Rollos de Qumrán, una colección de 972 manuscritos que se hallaron en unas grutas situadas en Qumrán, a orillas del mar Muerto. Están fechados entre los años 250 a.C. y 66 d.C. Constituyen el testimonio más antiguo encontrado hasta la fecha de los libros de la Biblia hebrea.

La formación definitiva de la nueva religiosidad cristiana durante el periodo helenístico romano es el resultado de la síntesis de dos grandes influencias: filosóficas y religiosas. Esta distinción, aunque aceptable, no siempre resulta clara por la dificultad de trazar en esta época fronteras precisas entre contenidos filosóficos y religiosos.

El rasgo más característico del clima ideológico en que nace el cristianismo es el acercamiento mutuo y el intento de fusión entre religión y filosofía. El resultado fue una religiosidad de carácter sincrético (resultado de la unión de influencias muy diversas) y ecléctico (opta por aquellas influencias que mejor se adaptan a su núcleo doctrinal). 

Influencias Filosóficas.

- Estoicos (siglos I-III d. C.): entre sus principios están la preocupación por la salvación personal, existencia de un orden divino en la naturaleza, aproximación al tema de una naturaleza creada, misión salvadora del saber, espiritualismo, y una ética universalista, igualitaria y fraternal.

- Neopitagóricos (siglo I d. C.): sus ideas más características son el dualismo cuerpo-alma, un misticismo exacerbado, la escuela como una secta de elegidos y la unidad entre religión y filosofía.

- Neoplatónicos (siglos I-III d. C.): su núcleo argumental es la teoría de la creación de los seres como emanación por grados a partir de lo Uno. 

Influencias religiosas.

- Religiones mistéricas (siglo I d. C.): Lo esencial de los misterios (Dionisos, Atis, Adonis, Osiris, Zagreus, Mitra) es el culto a un dios que muere y renace, que se humaniza mediante el dolor y la muerte.

- Hermetismo (siglos I-III d. C.): Entre las ideas del Corpus Hermeticum, atribuidas a la revelación del dios egipcio Thot (para los griegos Hermes Trimegisto), están la creencia en un dios-padre que es sabiduría absoluta y el Verbo su hijo. La afirmación de que el hombre y la naturaleza han sido creados a partir de dios. La formulación del mito de la caída como acercamiento al tema de la finitud y la muerte. El reconocimiento de la inmortalidad y divinización del hombre y el ascenso del alma a dios (tema egipcio por excelencia) en virtud de un don personal otorgado por la divinidad.

- Gnosis (siglos II-III d. C.): El gnosticismo es una forma de saber anterior y más amplio que el cristianismo, en el cual influyó decisivamente, aunque posteriormente fue considerado erróneamente como una herejía cristiana. Para los gnósticos la auténtica sabiduría consiste en el conocimiento de la realidad suprasensible o divinidad que se logra mediante un doble camino: de ascenso del hombre hasta dios de carácter intelectual y ritual; de descenso de dios hasta el hombre en forma de revelación y redención salvadora. 

La síntesis final entre estos elementos ideológicos (filosóficos y religiosos), que lleva a la definitiva formulación de la religiosidad cristiana, se debe, sobre todo, a San Pablo y a su personal interpretación de la figura de Jesús (Cristología). La elaboración paulina acabo por imponerse a las ideas del primitivo judeocristianismo e inauguró una doctrina que culminara en el siglo IV con la implantación de la ortodoxia religiosa por parte de la Iglesia Romana. Entre los principios doctrinales más significativos de la síntesis citada están las siguientes: divinización de Jesús, filiación divina de Cristo, doctrina de la redención del género humano con arreglo a un plan preestablecido por Dios, interiorización de la salvación, introducción de la dualidad cuerpo-alma, doctrina de la fe individual y de la gracia como un don otorgado por Dios, predestinación divina, ética individual basada en la en los valores de resignación y mansedumbre, actitud política fundada en la obediencia y aceptación del poder establecido, espiritualización y trascendencia del reino de Dios, y necesidad de una iglesia institucional y jerárquica.

viernes, 18 de noviembre de 2016

La mili


El servicio militar obligatorio fue suspendido en nuestro país por Real Decreto el 31 de Diciembre de 2001. Decía literalmente:
El Consejo de Ministros ha aprobado un Real Decreto por el que se adelanta al próximo 31 de diciembre la suspensión de la prestación del Servicio Militar, con lo que se hace efectiva la voluntad del Presidente del Gobierno de adelantar el fin del servicio militar, tal y como anunció en su discurso de investidura ante el Pleno del Congreso. El Ministro de Defensa ya había anticipado en su comparecencia ante la Comisión de Defensa que el Servicio Militar finalizaría el 31 de diciembre de 2001. En consecuencia, desde el 1 de enero de 2002 todos los soldados y marineros serán profesionales.
Suponía el final de la famosa “mili”, de los sorteos de quintas, de la milicia universitaria y las prórrogas por estudios. Cuando los varones cumplían 21 años, fuera el uno de enero o el 31 de diciembre, se entraba en quintas. Por cierto, ¿saben de donde proviene el nombre de quintos? Es curioso. Infórmense en Google, la versión digital del espíritu absoluto de Hegel.
Para la mayoría de los jóvenes el servicio militar era una lamentable pérdida de tiempo y el deber, el "honor" más bien, de contribuir a la defensa de la patria durante dieciocho meses les sonaba a música celestial. No obstante, para muchos mozos de las zonas rurales profundas era la oportunidad de salir de los surcos del terruño y conocer nuevas gentes y nuevas tierras. Muchos eran analfabetos. También de buscar otra forma de ganarse la vida que no fuera el arado.  
Batallitas de la mili las hay de todos los colores y tamaños, cada cual tiene la suya. La mía es breve porque me libré de hacerla. Pero tiene su miga y me apetece contarla como a todo el mundo.
Primero te llegaba una carta o cédula de citación recordándote tus obligaciones militares y en letra pequeña lo que te podía pasar si no las cumplías (años más tarde se admitió la objeción de conciencia que era peor que hacer la mili). Tenías que presentarte el día fijado en la caja de reclutas (“la zona” la llamaban en Cuenca, al lado del Parque de San Julián). Había un largo pasillo flanqueado por bancos de madera y algunas puertas sin cartel de aspecto burocrático; al fondo, estaba el despacho del Capitán Sanmartín donde se cumplimentaban los trámites de alistamiento y sorteo. Los bancos estaban llenos de mozos, algunos de pie y muchos sentados en el suelo a la espera de que un sorche los llamara por orden de lista para entrar en el despacho. De pronto cruzó el pasillo una rubia despampanante, Paula, antes Pablo (en las capitales pequeñas todo el mundo se conoce). Por supuesto se armó la de San Quintín y la cosa comenzaba a desmadrarse si no hubiera salido por una de las puertas un sargento de los de antes que puso orden con cuatro bocinazos. Miró con asombro a la rubia, le hizo en voz baja un par de preguntas y le dijo con aprensión: Acompáñeme al despacho del capitán. Silbidos y protestas, ¡ese tío se cuela, que no se la cuele sargento, nuestra cola va antes!
Cuando me tocó el turno, el capitán me saludó por mi nombre. Era amigo de mi padre. Muchos fines de semana salían de caza juntos. Me dio los papeles para la exención y los formularios. Los últimos no tenía que rellenarlos pero me señaló un ejemplar que le pedí (me miró con sorna). Te hacían preguntas sobre si eras o no creyente y de qué religión, si te interesaba la política, en tal caso qué ideas tenías, qué era para ti la democracia, tus valores morales sobre la familia o la homosexualidad, tu adhesión al movimiento nacional, etc. Al menor desliz la pifiabas, imaginé.
Al cabo de un mes me llegó una carta del Ayuntamiento para que me presentara en el Hospital Militar Gómez Ulla de Carabanchel tal día a las ocho de la tarde. ¿Qué hora tan rara pensé? Allí acudí con toda clase de certificados médicos y pensé que a las once como muy tarde estaría de vuelta en casa de mis abuelos. Pero no, tras las debidas comprobaciones, el oficial de guardia me dio un pijama gris y una chapa numerada y me dijo que después de la cena a las nueve pasaría la noche en la sala de enfermos, heridos o dados de baja, como todos los que alegaban exención del servicio militar.
La cena fue un aviso. Mesas de seis en el amplio comedor. Servían los platos los reclutas de cocina. El que nos tocó tenía el pelo grasiento y las uñas negras. Me imaginé las perolas y cazuelas. Cuando mis compañeros vieron que no me comía el puré amarillo con tropezones y las albóndigas en salsa me comentaron que aquello era un banquete comparado con el rancho del campamento. Unas vacaciones pagadas. Tras lo cual se repartieron mi cena con justicia distributiva. A las diez en la cama estés. El dormitorio era una sala enorme de 30x15 metros repleta de camas de hospital en batería. Barrotes blancos, manivelas y poleas. El pijama me quedaba enorme. Los que estaban a cada lado ni me saludaron. No tenía sueño y hablar estaba rigurosamente prohibido una vez que a las diez y cuarto se apagaban las luces. Eso no impedía los gritos obscenos de rigor (¡imaginaria, tengo línea con la península, imaginaria me han recetado un polvo, imaginaria ya me viene!) seguidos de una sinfonía de pedos y risotadas. Tras las amenazas de rutina, se hacía el silencio y sólo flotaban en el ambiente los lamentos y quejidos de los enfermos. ¡Después de mucho andar y caminar repetía uno! Hasta que le taparon la boca con un calcetín, deduje. Al día siguiente me enteré que había perdido una pierna en unas maniobras militares.
A las siete, arriba los que podían. Desayuno espartano en el comedor. Antes, una monja alférez dirigía el rezo de un misterio del rosario. Al cabo de varios padrenuestros se dirigió a mí.
- Usted no reza.
- Claro, pero en silencio, para mí mismo, es más espiritual…
- Déjese de cuentos o se queda en ayunas. Quiero oírle alto y claro (la amenaza era más bien un incentivo).
A las nueve, comenzaban las consultas. El primer día no me atendieron. Plantón en la sala de espera. Allí comencé a leer El Conde de Montecristo que me había prestado mi abuelo. ¡Bendito libro!
- ¿De qué va? Reconocí a mi compañero de cama de la izquierda, un pelirrojo flacucho que se sentó a mi lado. Estas aquí para librarte de la mili, añadió.
- De aventuras, dije vagamente. Y tú por qué estás.
- Por la sífilis, lo barato sale caro.
Di un respingo y me aparté medio metro. El otro se rió de buena gana.
- No te asustes, esta noche no pienso meterme en tu cama…
El segundo día, agua. El pelirrojo consiguió entrar y salió con cara de cabreo. Vuelvo al cuartel, me dijo sobre la marcha. ¡Cuidado con las señoras que te complican y se enamoran! (como en la canción) le aconsejé. Se volvió y me hizo una peineta. El libro de Dumas iba en buenas. Al acostarme imaginaba como evadirme del Hospital, igual que Edmond Dantès del Castillo de If. Era la mejor forma de dormirme pronto.
A la tercera fue la vencida. Entendí por qué todo iba tan lento. Media hora de exploraciones y papeleo. Dos médicos se ausentaron durante diez minutos y hasta que volvieron todo quedó parado. Lo único que me dijeron durante el tiempo que estuve en la consulta es que ya podía vestirme y que me llegaría una certificación en el plazo que marcaba la ley.
- ¿Puedo irme a mi casa, pregunté tímidamente?  
- Enseñe este parte de alta en el puesto de salida (me dijo la monja).
Al cabo de tres meses recibí una llamada del Capitán Sanmartín para que me pasara por la zona a recoger mi certificado de exención. Se había ocupado de pedirlo personalmente. Al final no pude reprimir  la indiscreción de preguntarle por el recluta Paula. ¿También había tenido que pasar por el Gómez Ulla?
- Se ha librado de la mili me contestó. Los psiquiatras lo han declarado incompatible con el ejército. Lo mejor. Imagínate el lío. Vive en Barcelona, según consta en su expediente aunque está empadronado aquí. Conozco a su familia. Vaya usted a saber…
Le di las gracias y me despedí cordialmente. Seguro que mi padre conocía mas detalles del asunto...